

Personajes
Personajes que intervienen en el capítulo





























Capítulo 24
Usted es un Hufflepuff
... vistas
Hogwarts, 6 de noviembre de 2026
Elliot sentía un nudo en el estómago cada vez que entraba al aula de Defensa contra las Artes Oscuras, aunque le costaba precisar si la causa era el profesor Nott o el recuerdo de aquel primer día tan humillante. Fuera una cosa o la otra, lo cierto es que durante toda la clase mantenía la cabeza agachada detrás del libro de texto, rogando en silencio para que el profesor no se percatara de su presencia. Y es que las clases con Nott seguían la misma rutina de aquel primer día; nada más comenzar la clase, varios estudiantes leían el tema correspondiente al día en voz alta y luego el profesor se extendía en largas y tediosas explicaciones teóricas. Sin embargo, lo que más frustraba a Elliot y a sus compañeros era que durante todo aquel tiempo no habían practicado ni un solo hechizo.
Por suerte para Elliot, durante aquellos dos primeros meses, el profesor no le había vuelto a pedir que leyera en voz alta. Pero aunque lo agradecía en silencio, era un detalle que no había pasado desapercibido entre sus compañeros. De hecho, se había convertido en el chismorreo favorito del castillo. Las teorías iban desde los que afirmaban que era el protegido del profesor hasta los que consideraban que Nott lo ignoraba sencillamente porque no lo creía apto para Hogwarts. Pero lo que más le dolía fue descubrir que habían apuestas entre sus compañeros y varios de ellos habían apostado que sería incapaz de leer cuando le tocara el turno y huiría de Hogwarts. Aun siendo consciente de todo aquello, Elliot prefería mil veces soportarlo que volver a pasar por la tortura de leer en voz alta.
—Hoy nos adentraremos en un encantamiento fundamental —anunció Nott, plantándose ante la pizarra con las manos enlazadas tras la espalda—. Expelliarmus.
La mayoría de los alumnos tenía la mirada perdida en la nada. Noah, por ejemplo, observaba con absoluto desinterés las musarañas que danzaban cerca del techo, siguiendo su vuelo con ojos vidriosos, mientras otros, como Oldwick, apoyaban la cabeza en la palma de la mano, batallando por mantenerse despiertos.
—¿Quién puede decirnos la función del encantamiento Expelliarmus?
Al notar el cambio de entonación del profesor, varios lo miraron con preocupación pues sabían que acababa de hacer una pregunta pero no sabían cuál. No obstante, como era costumbre y para suerte de muchos, la mano de Poppy se alzó, provocando un suspiro colectivo entre sus compañeros.
—Veo que la señorita Whitaker es la única interesada —dijo Nott, con decepción—. ¿Nadie más?
En la tercera fila, Elliot percibió cómo la mirada del profesor se clavaba en él. Agachó todavía más la cabeza tras su libro, mientras Amaia, a su lado, encontraba un interés repentino en sus zapatos. Cuando Nott giró su atención hacia Holloway, este empezó a revisar el tintero aparentemente absorto en un fascinante estudio de la viscosidad de la tinta.
—Señorita Whitaker —cedió el profesor, con un suspiro apenas perceptible.
—El hechizo Expelliarmus se utiliza para desarmar al oponente.
—Excelente, como siempre, señorita Whitaker. Cinco puntos para Hufflepuff.
Una sonrisa de satisfacción iluminó el rostro de Poppy, mientras Hazel Brookstone le daba un codazo cómplice. A su alrededor, los estudiantes con corbatas amarillas y negras intercambiaban miradas de triunfo, pues en los relojes de arena con los puntos de las cuatro Casas, Hufflepuff ocupaba el último lugar, y cada punto nuevo era recibido como una pequeña victoria.
—Correcto. Expelliarmus es el hechizo para desarmar al adversario por excelencia. Algunos magos lo consideran tosco, mientras que otros aprecian su sencillez.
Hizo una pausa mientras paseaba la vista por la clase y, como si ya lo tuviera previsto antes incluso de entrar a clase, detuvo la mirada en Elliot.
—Señor Carter, ilústrenos con la definición del libro. Página cuarenta y dos.
Todas las cabezas se giraron hacia él con un brillo pícaro en los ojos. De pronto, mientras los alumnos pasaban las hojas del libro, empezaron a murmurar y a darse codazos mientras intentaban apagar las risitas. Elliot sintió que el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Cuando se levantó, sus dedos, torpes y sudados, a duras penas encontraron la página. Notaba todos los ojos puestos en él, clavados en su nuca, y el aula, de repente, se hizo más y más pequeña. Miró las letras y, por un momento desesperante, se le olvidó todo lo aprendido durante aquel tiempo. Cerró los ojos un instante y respiró hondo, buscando el aire que parecía haber abandonado el aula. Cuando los abrió, poco a poco, las palabras empezaron a cobrar sentido. No obstante, cuando empezó a leer, su lengua se le enredó al intentar pronunciar Expelliarmus. En su segundo intento, oyó los primeros resoplidos. Sin embargo, siguió adelante como pudo, sílaba a sílaba, intentando disimular el temblor de su voz. Pero a mitad de la definición, cuando el tartamudeo ya había destrozado cualquier resto de dignidad, la risa ahogada de Oldwick, Holloway y Mireya resonó en el aula, y las palabras se le desmoronaron por completo.
—Señor Oldwick —dijo Nott, secamente—. ¿Tiene algo que compartir con el resto de la clase?
—No, profesor.
—Pues cállese y siga la lectura.
El profesor le sostuvo la mirada durante unos segundos sin pestañear, hasta que la sonrisa de Oldwick se borró por completo, arrastrando con ella las de sus compañeros, que volvieron a sus libros con la cabeza gacha.
—Continúe, señor Carter.
Elliot continuó leyendo o al menos lo intentó. Nott no lo interrumpió en ningún momento, ni le ofreció ayuda cuando Elliot se enganchaba en alguna palabra. No obstante, tampoco le recriminó. Se limitó a observar, impasible, con los brazos cruzados. Pero había algo mucho más importante, nadie volvió a reírse.
El último fragmento salió de la boca de Elliot como la exhalación final de un corredor exhausto. Tenía la camisa pegada a la espalda, las manos frías y húmedas, y una gota de sudor resbalaba por su frente. El profesor asintió con lentitud.
—Esfuerzo aceptable. Aunque necesita más práctica para que la ejecución llegue a igualar la ambición —remató, mientras varios alumnos se permitían una risa baja que se tragaron al instante ante la mirada gélida del profesor.
Elliot no fue capaz de mirar a sus compañeros. Se sentó mientras se secaba la frente con la manga de la túnica y mantuvo la vista fija en las vetas de la madera del pupitre, incapaz de levantar la cabeza. Amaia le rozó el brazo con la manga.
—No ha estado nada mal —le susurró, con una sonrisa cálida—. Has mejorado mucho.
Katherine, sin levantar la mirada de su libro, apuntó por lo bajo:
—Al menos has acabado, Carter. Algo es algo.
Nott retomó su habitual tono académico, desgranando la evolución histórica del hechizo Expelliarmus a través de los siglos. Sus manos dibujaban en el aire los movimientos precisos mientras se recreaba en relatos de magos legendarios que habían cambiado el curso de duelos con un simple giro de muñeca, con el entusiasmo contenido de quien rara vez se permite uno.
—Quien no domina este hechizo merece vivir eternamente desarmado.
Entonces, provocando un silencio expectante en el aula, pronunció las palabras que todos anhelaban escuchar desde hacía dos meses:
—En parejas. Es hora de poner en práctica sus habilidades mágicas.
El aula estalló en un frenesí de exclamaciones de entusiasmo, risas contenidas y el chirrido de las patas de las sillas al arrastrarse por el suelo, en un caos orquestado que Nott ni intentó sofocar. Como atraídos por un imán invisible, los estudiantes gravitaron hacia compañeros de sus respectivas casas, uniéndose en pequeños corrillos de túnicas del mismo color. Elliot encontró la mirada de Amaia y ambos asintieron. A pocos metros, Katherine ya se había colocado frente a Mireya, su compañera de habitación en las mazmorras de Slytherin.
El ejercicio consistía en intentar desarmar al compañero. La primera vez que Elliot lo intentó, la varita de Amaia ni se inmutó. Amaia lo intentó a continuación, obteniendo exactamente el mismo resultado nefasto. De hecho, nadie consiguió nada en su primer intento. A lo largo del aula solo se oían gritos de «¡Expelliarmus!» que se estrellaban contra varitas firmemente ancladas a sus dueños. Nadie, excepto Katherine, que logró que la varita de Mireya temblara mínimamente. Nott, que recorría la clase en silencio absoluto, se detuvo al verlo.
—Cinco puntos para Slytherin. Señorita Ollivander, su gesto es aceptable, pero la entonación debe ser más firme —le indicó, y Katherine asintió, imperturbable.
La práctica continuó entre risas; sin embargo, las varitas no se movieron. A lo sumo, algún pequeño destello, algún chispazo, pero poco más. Nott corregía, criticaba, se detenía junto a cada pareja, pero no volvió a conceder ningún otro punto. Al final de la clase, el profesor se dirigió al frente del aula con paso lento y deliberado, y cargó el silencio antes de hablar.
—He de decir que, salvo escasas excepciones, el nivel de la clase ha sido lamentable.
Las sonrisas de los alumnos desaparecieron, borradas de golpe.
—Para el martes, deberán preparar una redacción de cinco pergaminos explicando los puntos fuertes y débiles del hechizo Expelliarmus. Quien no lo entregue, o lo entregue con un número inferior de páginas, restará diez puntos a su casa.
Los alumnos agacharon la cabeza y se oyeron murmullos de resignación, quejas ahogadas y algún que otro suspiro de derrota. Miles Nimble y Luke Thornby intentaron protestar, pero guardaron silencio al instante al ver que Nott se giraba hacia ellos.
—Y, señor Carter —añadió de pronto el profesor—, esta vez espero que entregue un trabajo como el resto. Es hora de que vuele por usted mismo y no dependa tanto de la señorita Moore.
Elliot abrió los ojos como platos mientras el corazón le empezaba a latir con fuerza. Hasta ahora había hecho los trabajos junto con Amaia. Sin embargo, él era especialmente consciente de que el mérito era exclusivamente de ella, pues era Amaia quien los escribía y él, en contadas ocasiones, aportaba algún dato interesante encontrado en algún libro que después ella añadía. Pero ahora, de repente, tendría que hacerlo todo él solo. Y para colmo, era el primer fin de semana con partido de Quidditch.
—Pero mañana tenemos partido de Quidditch —las palabras se le escaparon a Elliot antes de que pudiera detenerlas.
Durante unos segundos que parecieron eternos, Nott se quedó observándolo en silencio. Era una mirada fría, calculadora, de quien evalúa a un espécimen bajo el microscopio. Elliot, incapaz de sostenerla, bajó los ojos y sintió que encogía.
—Haberlo pensado antes. ¿Se cree usted, señor Carter, que por jugar al Quidditch va a tener un trato diferente al resto de sus compañeros?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Elliot tragó saliva.
—No, profesor.
—Exacto. Si cree que tiene suficiente tiempo para perderlo jugando al Quidditch, lo tiene para hacer su trabajo. Y si no, priorice.
Las risitas de Oldwick y Holloway se apagaron al instante cuando el profesor les clavó su mirada gélida. Sin embargo, a Elliot no le importaron las burlas. Miró fijamente a los ojos del profesor e intentó ver algo oculto, algo que llevaba semanas buscando tras esa fachada de hielo. Pero era incapaz de encontrar nada que pudiera explicar cómo era posible que Honeywick hubiera sido en algún tiempo amiga de él; tan amiga como para hacerse una foto juntos, riendo, con aquella naturalidad que no se puede fingir.
La campana sonó por fin, liberando a la clase de su prisión temporal. Los alumnos salieron en tropel, atropellándose en la puerta, algunos evitando mirar atrás, otros lanzando miradas fugaces hacia Elliot, curiosas y burlonas a partes iguales. Él permaneció inmóvil un instante, clavado en su sitio, sintiendo cómo el peso de cada risa, cada susurro y cada cuchicheo se le aferraba al pecho.
Amaia se quedó a su lado, imperturbable ante la marea de alumnos que los rodeaba y los empujaba hacia la puerta.
—No le hagas caso. Hoy está especialmente de mal humor.
Elliot asintió, pero no pudo sacudirse la sensación de que, en algún rincón de su interior, una herida que creía cicatrizada volvía a sangrar, abriéndose otra vez con una facilidad espantosa. Salió del aula cabizbajo, con los dientes apretados y los ojos fijos en el suelo. Katherine los alcanzó a la salida, con su paso habitual, sereno y medido.
—El profesor Nott hoy ha estado brillante, ¿no creéis? Parece que es el único profesor con aptitudes en todo Hogwarts.
Amaia le dio un codazo que Katherine no entendió, mientras Elliot ponía los ojos en blanco y negaba con la cabeza. Sin embargo, mientras los tres amigos cruzaban el pasillo hacia su próxima clase, Elliot apartó de momento de su mente el trabajo de Nott; ya tendría tiempo para él el domingo. Porque lo que de verdad le apretaba el pecho en aquel momento era el partido del día siguiente, pues iba a estar en el centro de todas las miradas y, para colmo, delante tendría a Gareth, que, según le habían repetido una y otra vez en los entrenamientos, era uno de los mejores buscadores de Hogwarts de los últimos tiempos, un prodigio al que hasta los Montrose Magpies habían echado el ojo.
En aquel momento no tenía tiempo para Nott ni para su estúpido trabajo; mañana tenía una snitch que cazar.
───────── ✧ ─────────
Aquella noche, previa al primer partido de Quidditch, cuando Elliot abrió la puerta de su dormitorio, el panorama que encontró no fue el que buscaba para aplacar sus nervios. Noah y Alfie estaban plantados cada uno a los pies de su cama, ambos en pijama, discutiendo con pasión. Noah, con las manos en la cintura, marcaba el ritmo con la cabeza, mientras escupía sus razones a todo volumen. Alfie, que no solía alzar la voz, tenía la cara roja como un tomate, los puños apretados y las venas del cuello a punto de estallar. Luke, en cambio, estaba sentado en su cama, reclinado contra la cabecera como quien ocupa el palco de un teatro. Era el único que parecía disfrutar del espectáculo; se mordía los labios para no soltar una carcajada y le guiñó un ojo a Elliot cuando le vio entrar. Miles, el cuarto en discordia, no se veía por ninguna parte.
—¡No tienes ni idea, Noah! —gritaba Alfie—. ¡Repites como un loro lo que dicen en tu casa, pero no has leído nada de verdad sobre el Umbral!
—Ni falta que me hace para saber que es una sarta de sandeces —Noah se cruzó de brazos y lo miró con desdén—. ¿De verdad te crees lo de la profecía? ¿De verdad crees que la magia va a morirse porque lo diga un tipo con pinta de búho borracho?
—¡No lo entiendes porque eres un cerrado!
Elliot vagó con la mirada por sus dos compañeros de cuarto. No era la primera vez que discutían del asunto y él seguía sin entender muy bien por qué se lo tomaban tan a pecho; y mucho menos entendía qué más le daba a Noah que Alfie y sus padres fueran seguidores de la Orden del Umbral. Cansado, dejó caer la mochila al suelo.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, aunque en realidad no estaba interesado en que le volvieran a calentar la cabeza con sus quejas y miedos sobre la Gran Disonancia.
—Alfie ha recibido carta de su padre —explicó Luke, sin apartar la mirada de la refriega, como un narrador de Quidditch que no quiere perderse ni una jugada—. Dice que el Hierofante Nocthar ha hablado en el Ministerio. Dice que la magia se va a acabar en dos años. Y que esta lluvia que no para es la primera señal.
Elliot frunció el ceño, pero antes de poder decir nada, Noah bufó, exasperado.
—La única señal que veo es que cada vez hay más tontos dispuestos a seguir a un fanático.
Alfie giró la cabeza hacia Elliot, desesperado, con la mirada de quien busca un aliado en una guerra ya perdida.
—No le hagas caso, Elliot. No es ningún fanático.
—Esto… ¿Hiero… qué? —le preguntó Elliot a Luke.
Pero fue Alfie quien se adelantó para explicárselo:
—Hierofante. Es el cargo más importante de la Orden del Umbral.
—El máximo estafador, querrás decir —soltó Noah, con una sonrisa torcida.
—¡No es ningún estafador! —le defendió Alfie, escandalizado, y girándose de nuevo hacia Elliot, añadió con la solemnidad de quien comparte un secreto:— Es el más sabio de Europa. Mi padre estuvo en la ponencia del Ministerio. Dijo que fue impresionante y que se le erizó el vello de los brazos. Hasta la ministra de Magia se quedó sin palabras.
Noah resopló con fuerza.
—¿Impresionante? Seguramente la ministra Granger se quedó sin palabras al oír tantas chorradas. ¿Nocthar dijo algo de cómo salvarnos? ¿O solo predijo el apocalipsis y después se fue a beber hidromiel, cobrando entrada?
—Si te dignaras a leer algo, sabrías que está reuniendo a los mayores magos expertos de todo el mundo para encontrar una solución. ¡Lo tuyo es pura ignorancia!
—¡Y lo tuyo es pura paranoia! ¿No ves que la Orden es una tapadera para vender libros? Todo el mundo con dos dedos de frente se ríe del Umbral. ¡Hasta Augustus Nott llamó lunático a tu querido Nocthar! Lo único que morirá aquí son las neuronas de los que lo siguen.
Por un segundo, Elliot creyó que Alfie iba a lanzarse sobre Noah. Sus músculos estaban tensos y se marcaban bajo la tela del pijama, y sus dedos se clavaron en el dosel de la cama con tanta fuerza que las articulaciones palidecieron. El silencio que siguió duró apenas un suspiro, pues Alfie abrió al fin la boca, con una furia que Elliot jamás habría imaginado en él.
—Pues cuando el mundo se quede sin magia… Cuando los muggles nos borren del mapa como si nunca hubiéramos existido… ¡A ver quién se ríe el último, Noah!
Aquello pilló totalmente por sorpresa a Elliot. ¿A Alfie no le gustaban los muggles? Había creído que eso era cosa de Slytherin, tal vez de algún que otro Gryffindor, tal vez Gareth. ¿Pero de Hufflepuff? Nunca. Y menos de Alfie. Miró a sus otros compañeros, pero ninguno pareció sorprendido por las palabras de Alfie.
De repente, la puerta se abrió de golpe y Miles apareció en el marco, con su pijama azul celeste con un ejército de snitch doradas, el pelo tan revuelto como siempre y una expresión de odio eterno en los ojos.
—¡¿Queréis callaros de una vez?! ¡Se os oye en toda la Sala Común! —Hizo una pausa, recorriendo con la mirada a Noah y Alfie, señalándolos como culpables indiscutibles del escándalo—. ¿No os acordáis de que mañana hay partido de Quidditch? ¡Elliot necesita descansar! Si no cerráis el pico ya, os lo cierro yo con mis puños.
Alfie y Noah se miraron, resoplando como perros de pelea tras una lucha agotadora. Sus pechos subían y bajaban con violencia y sus miradas todavía chispeaban de rabia, a medio apagar.
—Yo no he empezado —dijo Noah, alzando las manos con fingida inocencia.
—No, claro —espetó Alfie, sarcástico, con la voz goteando veneno—. Solo eres un listillo con complejo de superioridad.
Noah respiró hondo con fuerza, hinchando el pecho y preparando la réplica. Sin embargo, Miles se le adelantó, cortándole el paso con la voz.
—Juro que si volvéis a empezar, os ato de pies y manos y os dejo en la Sala de los Trofeos hasta que se acabe el partido. —Clavó la mirada en Noah y luego en Alfie, alternando entre ambos—. Y no es ningún farol.
Luke, que no podía estar más feliz con el caos, se acomodó la almohada tras la nuca y se giró hacia Elliot, bajando la voz para que solo él pudiera oírlo, con un brillo pícaro en los ojos:
—No van a poder echar ojo. Se van a pasar la noche dándole vueltas a la discusión. Mañana van a estar tan cansados que, cuando empiece el partido, se quedarán dormidos en la grada.
Elliot sonrió. Se preguntó si de verdad tenía sentido preocuparse por el futuro de la magia cuando ni siquiera se podía dormir una noche entera sin que alguien discutiera a gritos.
Noah y Alfie se dirigieron a sus respectivas camas mientras mascullaban en silencio y dejaban caer maldiciones entre dientes. Miles los vigilaba desde el centro del cuarto, con los brazos cruzados. Al final, ambos se metieron en la cama lanzándose miradas mortales, pero ya sin ganas de continuar la batalla. Cuando los vio acostados, Miles apagó la luz con un manotazo al aire y el dormitorio quedó a oscuras, solo con el resplandor de la luna filtrándose entre las cortinas.
Unos segundos después, la voz de Alfie —que estaba justo en la cama al lado de la de Elliot— llegó hasta él.
—¿Y si es cierto, Elliot? ¿Y si un día nos despertamos y la magia no responde?
Elliot no contestó al momento. Pensó en Mara, en Londres, en lo que sería ese mundo sin su única esperanza, y un frío incómodo le rozó el estómago. Quiso decir que no tenía ni idea, que prefería no pensar en ello, pero solo le salió un murmullo, más para sí mismo que para nadie:
—Entonces, habrá que buscar otra forma de sobrevivir. Como siempre.
Del otro lado de la habitación, Noah masculló medio dormido, con la voz pastosa y deshecha:
—Si la magia se acaba, al menos nos libraremos del Umbral y de Nocthar.
Miles golpeó la pared con la palma de la mano, haciendo temblar el cabecero.
—Lo juro por Merlín, ¿queréis dormir de una vez?
—Lo intentamos. Pero hay gente aquí que no se calla ni durmiendo.
Alfie soltó un bufido, pero ya no le quedaban fuerzas para pelear. Al final, el cuarto cayó en un silencio tenue, con el eco de la discusión flotando sobre las mantas y la promesa de una batalla más grande esperando en el amanecer. Elliot se acomodó en la cama, hundiendo la cabeza en la almohada, con la sensación de que nada —ni siquiera el apocalipsis de la magia— podía ser peor que el sonido de cinco chicos intentando ponerse de acuerdo.
───────── ✧ ─────────
Pasaron dos horas sin que Elliot pudiera conciliar el sueño. A su alrededor, sus compañeros de cuarto componían una sinfonía nocturna de respiraciones lentas y suspiros, mientras él permanecía con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando el techo con la manta hasta el mentón. Al otro lado de la ventana, el viento aullaba entre los árboles y la lluvia golpeaba el cristal con insistencia, como un presagio de lo que le esperaba al amanecer.
De pronto, Alfie murmuró algo ininteligible mientras dormía. Elliot se giró instintivamente y, justo en ese momento, un rayo de luz de luna escapó de las nubes y fue a parar a su mesilla de noche, iluminándola. Allí, olvidado en un rincón de su memoria, se encontraba el libro que Nott le había entregado aquella vergonzosa clase en la que lo desafió, lo señaló ante todos y le recriminó que aquel libro en sus manos fuera poco menos que un montón de papeles inútiles.
Durante unos segundos, fijó la mirada en él, sin parpadear. Las nubes volvieron a cubrir la luna y la oscuridad se hizo de nuevo impenetrable. Sin embargo, Elliot seguía con la vista clavada en el mismo punto. Por fin, se incorporó en la cama y lo cogió. Durante unos instantes lo sopesó entre las manos en la penumbra mientras se mordía el labio inferior. Luego sacó su varita de debajo de la almohada y se echó la sábana por encima de la cabeza, a modo de tienda de campaña.
—¡Lumos!
Su varita se iluminó, escupiendo un haz de luz. Sus dedos recorrieron las arrugas del lomo gastado mientras recordaba la clase de aquella mañana con Nott, cómo lo había «obligado» a leer en voz alta y luego lo había sentenciado con aquellas palabras que todavía le retumbaban en su cabeza: «Esfuerzo aceptable, aunque la ejecución no iguala a la ambición». Y, sin embargo, lo que realmente le dolía era darse cuenta de que todo el duro trabajo de los últimos dos meses solo había servido para darle la razón al profesor. Además, sabía que aquello también dolería a Honeywick; por eso, esa misma tarde, mientras repasaban juntos, no había tenido fuerzas para confesárselo, y había dejado que ella sonriera orgullosa de su progreso.
—Hechi… zos anti… guos olvidados —leyó, tropezando con cada sílaba.
Abrió por fin el libro y empezó a leer. En cada página había un hechizo diferente. Avanzó despacio; por cada palabra larga, una pelea; por cada línea, una pausa; por cada párrafo, un pulso contra su lengua. Hubo un momento —uno en particular, frente a una palabra interminable— en que estuvo a punto de lanzar el libro por la ventana. No obstante, recordó las palabras de Honeywick: «Un Hufflepuff nunca se rinde; aunque el camino sea difícil, nunca bajamos los brazos». Volvió a abrirlo y siguió intentándolo, palabra a palabra, mientras la lluvia seguía golpeando la ventana.
Fue pasando páginas hasta que algo lo detuvo. Una frase subrayada con tinta roja, probablemente por algún dueño anterior con más entusiasmo que él: «Ignis serpenta frigidus». El hechizo, según la descripción, era un encantamiento antiguo avanzado, pero la explicación venía escrita en un lenguaje tan enrevesado que Elliot, con paciencia de artesano, fue desmenuzando poco a poco:
—Crea una ser… piente de fuego frío que se ma… mate… ria… liza y ataca al enemigo.
No entendió lo de «fuego frío». Se rascó la cabeza y siguió leyendo las instrucciones: «Se requiere de un trazo preciso con la varita, y pronunciar con firmeza las palabras “Ignis serpenta frigidus”, además de un control perfecto del frío interior. Solo los magos con suficiente temple, capaces de neutralizar todo sentimiento, lograrán que la serpiente sea completa, y no solo una brisa gélida.».
Cerró el libro con un brillo en los ojos. Se prometió que aprendería ese hechizo, aunque tuviera que practicarlo hasta la saciedad. Sí, lo haría y le demostraría al profesor Nott que no era ningún inútil.
—Elliot —murmuró una voz desde el otro lado de la habitación. Era Miles con la cabeza medio tapada por la manta—. Apaga esa varita o te la apago yo. Como mañana te quedes dormido en la escoba, te la estampo en la cabeza.
Elliot sonrió; sabía perfectamente que Miles era un forofo del Quidditch y, desde que Elliot se había convertido en el nuevo buscador, se había nombrado a sí mismo como su entrenador personal. Le daba consejos, le explicaba jugadas y técnicas, incluso le proponía diferentes tácticas de los buscadores más famosos.
Apagó la varita, salió de debajo de la sábana y se recostó en la cama. Sentía una ráfaga de orgullo tonto mientras se imaginaba una serpiente helada que brotaba de la punta de su varita, deslizándose por el suelo con un siseo gélido y atrapando la muñeca de Corvinus. O mejor aún, la de Nott. Se imaginó al profesor perdiendo la compostura, incapaz de ocultar su asombro, y pidiéndole disculpas delante de toda la clase, mientras Oldwick y Holloway lo observaban con la boca abierta. Y sin darse cuenta cayó rendido por fin en los brazos de Morfeo con una sonrisa de oreja a oreja.
───────── ✧ ─────────
El Gran Comedor de Hogwarts tenía un aire distinto los días de partido. Las mesas largas estaban llenas hasta el borde, abigarradas de túnicas y bufandas; el ruido se duplicaba, convertido en un murmullo constante de voces y risas, y las banderas de las dos casas que iban a participar en el partido —ese día Hufflepuff y Gryffindor— ondeaban más vivas que nunca con cada ráfaga imaginaria de viento.
Elliot estaba sentado junto a Amaia y Katherine en el extremo sur de la mesa de Hufflepuff, donde el sol de la mañana entraba directo por los ventanales y le calentaba la cara aunque su estómago seguía helado. Amaia, con una bufanda con los colores de Hufflepuff —en realidad con dos, porque una se la había atado a la muñeca—, empujó hacia Elliot una taza con cereales y leche.
—Vamos, come.
—¡Maldita sea! Ya te lo he dicho. No puedo comer. Me parece que voy a vomitar.
—No lo vas a hacer.
Katherine le lanzó una mirada rápida, sin dejar de masticar.
—Carter, lo peor que puede pasarte es que te maten. Si eso ocurre, al menos te librarás de las clases del profesor Binns.
—¡Katherine! No lo digas así, que lo vas a poner más nervioso.
—No, Moore, no soy yo quien le pone nervioso. Simplemente, Carter es así, un drama con patas.
A Elliot se le escapó la risa por la nariz y Amaia, que miraba enfadada a Katherine, no pudo evitar relajarse al verlo, contagiada por su risa. Cuando Elliot volvió la vista al frente del Gran Comedor, notó que la mesa de los profesores estaba menos poblada que de costumbre. Briarwood destacaba por encima del resto. Llevaba la cara pintada a franjas negras y amarillas, y no llevaba su chaqueta de cuero sino que iba vestida con una túnica con los colores amarillo y negro, perfectamente conjuntada con Honeywick, que llevaba la misma túnica, pero sin la cara pintada.
Sin embargo, al contrario que Briarwood —que saludaba a la mesa de Hufflepuff como una general arengando a sus tropas, dirigiendo los cánticos a favor del equipo y usando la varita como batuta, marcando el compás con entusiasmo desbordante—, Honeywick apretaba las manos sobre el regazo y miraba a Elliot cada poco tiempo con una sonrisa tensa. Eso lo puso aún más nervioso.
Katherine se giró para comprobar qué miraba Elliot y, al ver a Honeywick, le dijo:
—No te preocupes, Carter. La mayoría de la gente sobrevive al primer partido. Y si no, seguro que Honeywick te escribe una carta póstuma muy bonita.
Amaia le tiró una miga de pan, indignada; sin embargo, Elliot volvió a reírse, a carcajada limpia. Y no supo por qué, pero de pronto le entró hambre. Así que cogió el tazón de leche que antes le había acercado Amaia y comenzó a desayunar, con apetito de verdad.
Entre la algarabía, un ruido de tacones retumbó por el comedor. Era la profesora McGonagall, con la toga verde oscuro y una bufanda de Gryffindor perfectamente anudada. Iba acompañada por un hombre con el pelo en perpetuo estado de caos; llevaba unas gafas redondas y, en la frente, se podía ver una cicatriz.
Katherine soltó un bufido. Los dos se giraron hacia su amiga.
—¿Lo conoces?
—Claro, Moore. ¿Quién no lo conoce?
—Nosotros.
Katherine los miró a los ojos, pasando de uno a otro con incredulidad, y negó con la cabeza mientras volvía la mirada a su tostada.
—Harry Potter.
—¿Harry Potter? ¿El héroe de la Segunda Guerra Mágica? —preguntó Amaia a Katherine, con los ojos desorbitados.
Katherine se encogió de hombros, sin conceder más importancia al asunto.
—¿Quién? —preguntó Elliot mientras se giraba rápidamente para observarlo mejor.
Sin embargo, sabía perfectamente quien era; pero tras las historias que Katherine les había contado sobre la guerra mágica, Elliot se había imaginado a Harry Potter como una especie de coloso, alguien similar a Gareth Prewett, o más grande todavía. Pero ese hombre de gafas redondas y pelo alborotado, con aire de haberse vestido a oscuras, no encajaba en absoluto con su idea de lo que debía ser un héroe. ¿Ese había derrotado al mago más tenebroso de todos los tiempos?
—Es quien derrotó a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado en la segunda guerra mágica y el director de la Oficina de Aurores —le contestó Amaia entusiasmada.
El rumor corrió de punta a punta del comedor, más rápido que cualquier hechizo; los alumnos lo señalaban con el codo, cuchicheando tras las manos, estirando el cuello para verlo mejor. Potter saludó a todos con una sonrisa breve pero sincera.
Desde su asiento, Elliot captó un movimiento brusco: Julius se levantó de golpe, abandonando la mesa de Slytherin con los puños apretados, y lanzó hacia Potter una mirada tan cargada de veneno que Elliot, a varios metros de distancia, sintió un escalofrío. Nadie pareció notarlo salvo él.
Cuando la directora y el señor Potter pasaban junto a la mesa de Hufflepuff, se detuvieron un instante cerca de donde estaban Elliot y sus amigas, escudriñando la mesa de profesores, buscando algo o a alguien entre las túnicas.
—No, aquí tampoco está —dijo el señor Potter, frunciendo el ceño.
—Ya le advertí que el profesor Nott lo esquivaría —le contestó McGonagall, sin dejar de recorrer el Gran Comedor con la mirada.
Al oír el nombre de Nott, Elliot cruzó una mirada con Katherine, que se llevó un dedo a la boca al instante para que guardara silencio.
—No se preocupe, directora; ya lo encontraré —le aseguró Harry Potter.
Durante unos instantes, McGonagall siguió vagando con la mirada por el Gran Comedor hasta que dio con Elliot. Se acercó hasta él, con una sonrisa en los labios llena de orgullo y un brillo en los ojos que no solía exhibir, e hizo las presentaciones:
—Señor Potter, le presento a Elliot Carter. Este joven tiene el honor de ser el buscador de Hufflepuff en su primer año.
El director de los aurores se agachó con naturalidad, colocándose a la altura de Elliot. El movimiento fue tan inesperado que Elliot sintió cómo el aire se le atascaba en la garganta.
—Así que tú eres buscador en tu primer año, ¿eh?
Elliot no supo qué decir. Las palabras se le quedaron atrapadas en algún punto entre el pensamiento y la voz, como atascadas en un embudo. Solo logró asentir, torpe, con un gesto seco de la cabeza, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas.
—No te pongas nervioso. Yo también lo fui el primer año. Y la primera vez, casi me trago la snitch. ¿Se acuerda, profesora?
Los alumnos de las mesas cercanas se acercaron más, estirando el cuello como si fuera un partido dentro del partido. Incluso algunos de Gryffindor espiaban la escena.
—Lo único que tienes que hacer es divertirte —continuó Potter, ajeno al revuelo, con una naturalidad absoluta—. Y, si puedes, atrapar la snitch antes que el otro.
Potter se despidió con una palmada suave en la espalda de Elliot, y McGonagall asintió, muy seria.
—Suerte, señor Carter —dijo la directora. Luego, guiñándole un ojo al señor Potter y esbozando una media sonrisa, añadió:— Espero que no le importe, pero el señor Potter y yo animaremos a Gryffindor.
Elliot asintió sin apartar los ojos de Harry Potter. La directora y su invitado se giraron para marcharse cuando de pronto el comedor entero enmudeció ante una voz cortante que se elevó por encima del bullicio:
—Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí? El gran Harry Potter. ¿El gran héroe… o el gran timo?
Todos giraron la cabeza hacia la mesa de Slytherin, donde Corvinus miraba al señor Potter con desdén, apoyado en la mesa con una insolencia estudiada. Parecía que todos los estudiantes habían dejado de respirar mirando a Corvinus y al señor Potter. McGonagall se giró y miró a su alumno como solo ella podía mirar. A Harry Potter, en cambio, aquellas palabras no parecieron afectarle en absoluto; solo se giró hacia Corvinus y le sonrió con una mueca elegante, casi compasiva.
—Ni lo uno ni lo otro. Parece que no has cambiado nada, ¿eh, Corvinus?
El chico permaneció quieto, mirándolo fijamente con la mandíbula tensa y los ojos reducidos a dos rendijas. McGonagall lo fulminó con la mirada.
—Cinco puntos menos para Slytherin, señor Rosier. La educación es un requisito, no un adorno.
Corvinus se marchó, apartando de un manotazo a los alumnos que lo rodeaban. Mientras observaban cómo se alejaba, el señor Potter y McGonagall conversaban entre ellos a escasos pasos de Elliot y sus amigas, ajenos a que tres alumnos de primer año pudieran escucharlos.
—¿Se ha dado cuenta, profesora McGonagall? Ese crío, Corvinus, me odia de verdad.
—¿Por qué, señor Potter?
—Ya le he dicho que no me llame «señor», profesora. Usted me lo enseñó todo.
—La costumbre, Potter —concedió ella, con un punto de ternura apenas disimulada—. Pero, ¿por qué te odia tanto ese niño?
McGonagall hizo un gesto a Potter para que se dirigieran hacia la salida, mientras continuaban la conversación. Elliot los siguió con la mirada, agudizando el oído.
—Es por lo de su tía Elizabeth. Desapareció hace bastantes años. Estaba acusada de ayudar a los mortífagos. La buscamos… —poco a poco la voz de Harry Potter llegaba con más dificultad— …no apareció pero yo… Rosier me…
Finalmente, sus voces se perdieron en la distancia, tragadas por el ruido del comedor, dejando a Elliot con una inquietud nueva anidada en el estómago. ¿Acaso la tía de Corvinus tenía vínculos con los mortífagos?
Amaia le dio un codazo discreto. Al mirarla vio que sus ojos brillaban con curiosidad pero también de inquietud.
—¿Habéis oído eso?
—¿El qué, Moore? ¿Lo de Nott o lo de la tía de Rosier?
—¿Qué es lo de Nott? —preguntó desconcertada Amaia.
—¿No has oído que Harry Potter lo está buscando? —le preguntó Elliot—. ¿Por qué creéis que lo busca?
Katherine los miró y se agachó en la mesa como para compartir un secreto.
—Tal vez Nott sí sea un mortífago y quiera interrogarlo.
Elliot asintió ya que era lo mismo que había pensado él. En cambio, Amaia arrugó la frente.
—Eso es suponer demasiado.
—No sé, Amaia. Yo también lo creo.
Su amiga se rascó la cabeza unos segundos y tuvo un escalofrío. Después fue ella quien se agachó sobre la mesa.
—¿Y lo de la tía de Rosier?
—¡Demonios! Si es cierto que su tía era una mortífaga, eso explicaría muchas cosas.
Amaia asintió repetidas veces. En cambio, Katherine hizo un gesto ambiguo con la cabeza, algo entre un asentimiento y un encogimiento de hombros. Elliot la miró confundido, pero antes de que pudiera preguntarle nada, un estruendo de voces los interrumpió.
Briarwood se había subido a la mesa de Hufflepuff sin ningún pudor, saltándose todos los protocolos de Hogwarts. Su figura imponente destacaba sobre el mar de cabezas. Con los brazos en alto y los ojos brillantes de entusiasmo, comenzó a arengar a sus alumnos con una energía que parecía sacudir hasta las velas suspendidas, haciéndolas titilar.
—¡Ha llegado la hora de comerse a los leones! —gritó. Luego, marcando el ritmo con los brazos, empezó a animar a los suyos—: ¡Vamos, tejones! ¡TEJONES! ¡TEJONES!…
La mesa de Hufflepuff estalló en gritos, siguiendo su ritmo como una sola voz, como un solo corazón amarillo y negro. Los estudiantes se levantaron, zarandeando sus bufandas, golpeando la mesa con los puños. El Gran Comedor vibró con su entusiasmo. Desde la mesa de Gryffindor, los abucheos y silbidos intentaban ahogar su energía, pero solo conseguían avivarla más, era como echarle leña al fuego.
En medio del caos, Eliza, junto a Conrad y el resto del equipo de Hufflepuff, pasaron al lado de Elliot. Con un gesto grave de cabeza, le indicó que se uniera a ellos. Elliot tragó saliva, respiró hondo y los siguió.
El partido iba a comenzar.
───────── ✧ ─────────
El vestuario apestaba a ungüento para golpes y cera para escoba. Sobre el suelo de tablas sin barnizar, seis siluetas formaban una fila casi imperfecta, mientras Eliza recorría el frente de ellos de un lado a otro, con su escoba al hombro, como un sargento inspeccionando tropas.
—Escuchadme bien. El equipo de Gryffindor no es tan bueno como el de Slytherin, pero su buscador es el mejor que han tenido en décadas. Si Gareth coge la snitch, estamos muertos. Elliot, está en tus manos que no la coja. Mientras tanto, nosotros hemos de conseguir distanciarnos más de ciento cincuenta puntos, por si acaso Gareth gana la partida a Elliot.
—¡¿Ciento cincuenta?! —exclamó Rowan Withfield, una chica de pelo moreno y ojos negros que jugaba de golpeadora.
—¿Y por qué no doscientos? —dijo Opal Merryweather, una de las cazadoras del equipo.
—¡Silencio! —gritó Eliza, cortando el aire con la mano—. Esa no es la actitud que espero de vosotros.
—Claro que no, jefa. Tranquila, que este año los ganamos —dijo Theo Bramble, un chico de cuarto curso que jugaba también de cazador.
—Así me gusta. Hagamos que nuestros compañeros de Casa se sientan orgullosos de nosotros. ¡Por Hufflepuff!
—¡POR HUFFLEPUFF! —gritaron todos al unísono, haciendo vibrar las tablas del vestuario.
Elliot respiró hondo y revisó que su escoba estuviera en condiciones. A su lado, Conrad, el guardián, lo miró serio.
—Enano, no la cagues.
Cuando Eliza dio por finalizada la charla, ordenó formar y el equipo se dirigió en fila hacia el túnel de acceso, con las escobas al hombro y el corazón a cien por hora. El murmullo de las gradas llegaba hasta ellos, creciendo con cada paso, como una marea acercándose a la orilla. Al salir al campo, Elliot alzó la vista hacia un cielo despejado por primera vez en días. Aun así, el frío le obligaba a apretar los dientes y le escocía la cara con cada ráfaga.
En cuanto montaron sus escobas y se elevaron, la sección amarilla de las gradas estalló ondeando banderas, lanzando confeti encantado de amarillo y negro que cuando giraba en el aire se convirtió en un enjambre de abejas y formaron una H gigantesca, mientras en la grada se coreaba el nombre de Hufflepuff con fervor.
Elliot miró de inmediato hacia las gradas. Tragó saliva al ver a tanta gente. No solo había estudiantes y profesores, también se habían acercado algunos parientes de alumnos, periodistas de «El Profeta» y exalumnos invitados como Harry Potter. Nunca creyó que asistiría tanta gente a verlos. Por un momento, se sintió demasiado pequeño para estar allí.
Miró hacia la grada de Hufflepuff. Allí, en la primera fila estaban Amaia, Hazel y Poppy; las tres con bufandas, las mejillas pintadas de negro y amarillo, y agitando banderas encantadas del bullicio que recorría todo el campo. Detrás de ellas, sus compañeros de cuarto, con Miles gritando como un poseso, rojo hasta las orejas, desgañitándose a base de bien. Para sorpresa suya, las profesoras Briarwood y Honeywick estaban en la grada junto a sus alumnos, mientras el resto de profesores estaban en una grada destinada a ellos exclusivamente. Briarwood se había puesto —literalmente— de pie sobre el banco y ondeaba su bufanda como una espada, arengando a las filas traseras. Justo a su lado, Honeywick estaba sentada, erguida, con las manos apretadas en el regazo y una sonrisa tensa. Al ver que miraba hacia ella, le hizo un gesto para darle fuerzas. Él le sonrió y siguió buscando a su otra amiga.
Porque Katherine no estaba junto a Amaia. Así que recorrió las gradas buscándola sin éxito. En la tribuna presidencial, donde estaban los profesores vio que estaba la profesora McGonagall y a su lado, Harry Potter. Los dos charlaban animadamente, emocionados ante el inicio del partido.
Cuando el equipo de Gryffindor salió volando al terreno de juego, las gradas rojas estallaron de júbilo. La directora y el señor Potter se levantaron de sus asientos y ondearon sus bufandas de Gryffindor con un entusiasmo nada protocolario. Gareth, por su parte, dio varios giros imposibles con su escoba que enloquecieron a las gradas, haciendo piruetas que desafiaban la física y la prudencia. Y cuando llegó a la altura de Elliot, lo saludó con una sonrisa condescendiente mientras le guiñaba un ojo burlón. Elliot le devolvió el saludo distraído.
Siguió buscando en las gradas hasta que por fin encontró a su amiga. Se encontraba completamente sola, erguida con su paraguas negro abierto detrás de la última fila de la grada de Slytherin. Mientras todos observaban el campo, ella tenía la mirada fija únicamente en él. No supo por qué, pero Elliot sintió alivio al verla allí.
—¡Bienvenidos al primer partido de la Copa de Quidditch!
Elliot escudriñó las gradas hasta localizar la fuente de aquella voz amplificada, que rebotaba por todo el estadio. Allí estaba Elias Whitcombe, aquel Ravenclaw que lo había humillado públicamente semanas atrás, ahora sentado con aire de importancia en el palco principal, micrófono mágico en mano, peinado para la ocasión y dispuesto a narrar el partido. Hogwarts era pequeño. Demasiado.
—¡Hoy se enfrentan Gryffindor, uno de los favoritos para llevarse el torneo, contra Hufflepuff!
Un rugido dividido sacudió el estadio. Desde las gradas de Ravenclaw y Slytherin también surgían vítores hacia Hufflepuff, algo que desconcertó a Elliot hasta que distinguió el tono mordaz escondido entre los gritos de ánimo.
—¡Eh, tejones! ¡Intentad al menos hacer sudar a los leones esta vez!
—¡Que alguien les recuerde que las escobas son para volar, no para barrer el suelo!
Las carcajadas se mezclaban con cada nuevo ingenio cruel que pretendía pasar por aliento, y el estadio entero se reía de la broma colectiva a costa de los de negro y amarillo.
—Como buscador de Gryffindor: ¡Gareth Prewett! —Elias seguía con las presentaciones—. El buscador más veloz que ha visto la casa del león en la última década. Y enfrentándose a él: el novato Elliot Carter, que apenas sabe distinguir un lado del otro de la escoba. ¡Apuesto cinco galeones a que besa el suelo antes de los cinco minutos!
Una oleada de risas recorrió las gradas escarlatas, creciendo como una marea incendiaria. Aquello le dolió a Elliot, le ardió en el pecho más de lo que quería admitir; no obstante, se prometió que le haría tragar sus palabras. Detrás de Elias, la profesora Ravenshade se inclinó hacia delante. Su mirada afilada se clavó en el chico y el adolescente carraspeó nerviosamente antes de continuar.
La profesora Vane caminó hasta el centro del campo, con el silbato colgando del cuello. Sus ojos escrutaron a los equipos suspendidos en el aire, evaluando la tensión en cada rostro. Satisfecha al fin, llevó el silbato a los labios y liberó a la snitch dorada que desataría la tormenta. Y el silbato resonó en todo el campo.
—¡Comienza el partido!
Los jugadores salieron disparados con sus escobas, repartiéndose en todas direcciones. El viento golpeó en la cara de Elliot cuando salió disparado tras la snitch que había desaparecido en un momento. La orden que Eliza le había dado para los primeros minutos era sencilla: dar vueltas por el campo buscando la snitch dorada y no perder de vista a Gareth Prewett. Más sencillo de decir que de llevar a cabo.
La tarea más sencilla era la de no perder de vista a Gareth, pues su cabello pelirrojo era una bengala en movimiento, y su escoba —una Firebolt personalizada— brillaba con un esmalte rojo que parecía prenderse fuego bajo el sol. A los diez segundos de vuelo, Gareth ya se le había pegado a la cola a Elliot; a los treinta, se le emparejó por la derecha y le lanzó una sonrisa feroz, de dientes apretados y ojos brillantes.
—No durarás ni dos minutos —gruñó Gareth, y le soltó una carga en el costado.
Elliot no estaba preparado ni se lo esperaba. La escoba le vibró en las piernas, perdió el equilibrio y por poco no se estampa contra una Bludger que pasó silbando a centímetros de su cabeza, tan cerca que le despeinó el flequillo.
—¡Por las barbas de Merlín! —gritó Elias en el micrófono, divertido—. ¡Aposté a que besaría el suelo en cinco minutos, pero parece que Carter ni siquiera puede mantenerse derecho durante un minuto!
Una oleada de carcajadas estalló desde las secciones escarlata y verde del estadio. En el palco, la profesora Ravenshade se inclinó hacia Elias con expresión severa y le dio un golpecito en el hombro. El locutor se disculpó inclinando la cabeza y siguió con la narración.
—¡Despierta, Carter! —le gritó Conrad desde los anillos que defendía—. ¿¡Eso es todo lo que sabes hacer!?
Elliot recuperó el control como pudo. De pronto, vio la snitch por un instante, tan solo un destello dorado bajo las gradas norte. Se lanzó a por ella, pero Gareth anticipó el movimiento y le cerró el paso; el choque fue tan fuerte que a Elliot se le empañaron los ojos y cuando se recobró, la snitch ya había desaparecido.
De nuevo las risas y las burlas. Por un momento, el pánico a hacer el ridículo lo paralizó. Pero al mirar hacia el palco presidencial vio a Harry Potter, que lo observaba con su sonrisa tranquila, y recordó sus palabras. Tenía que disfrutar el partido y no dejar que nadie le robara aquel día.
—¡Fairbairn tiene la Quaffle! —bramaba Elias—. ¡La capitana de Hufflepuff esquiva una Bludger de Fletcher! ¡Qué reflejos! Pase perfecto a Merryweather… Hawthorne intenta bloquearla, pero… ¡QUÉ MOVIMIENTO! La Quaffle vuela hacia Bramble, que está completamente solo. Lanza con fuerza… Redgrave se lanza… ¡NO LLEGA! ¡DIEZ PUNTOS PARA HUFFLEPUFF! ¡Hufflepuff se adelanta, brujas y magos!
Durante la primera media hora del partido, los dos equipos fueron marcando goles sin conseguir que ninguno de los dos pudiera coger distancia. Elliot, por su parte, volaba en busca de la snitch, surcando el campo en amplios círculos, escudriñando cada destello sospechoso. Con el paso de los minutos había dejado los nervios atrás y ahora solo se concentraba en encontrar la pelota voladora y no perder de vista a Gareth, que lo vigilaba de reojo desde su Firebolt. Miró el marcador y vio que su equipo lograba mantener el empate a treinta.
—¡Eso es, grumete! ¡Hazle tragar polvo a ese gallito!
Al oír aquello, Elliot giró la cabeza. Allí estaba Briarwood, saltando de grada en grada como un torbellino amarillo y negro, con el rostro pintado y la voz ronca de tanto gritar, dando órdenes como si fuera la entrenadora. Los estudiantes se apartaban entre risas nerviosas mientras ella agitaba los puños, alternando entre vítores para los tejones y maldiciones tan creativas que harían sonrojar a un duende.
—¡Eliza, por la izquierda! —bramaba la profesora, para luego señalar a Jonas Peake, un cazador de Gryffindor—. ¡Como vuelvas a hacer eso, te convertiré en un sapo con bigote!
A la izquierda de Elliot, Gareth planeaba con la parsimonia de un depredador, esperando el momento justo para atacar. Elliot volvió a ver la snitch cerca del suelo. Voló en picado, concentrado en el objetivo, pero Gareth lo embistió por detrás. Esta vez, Elliot se aferró con fuerza, y aunque la escoba vibró como loca, aguantó la trayectoria. Y cuando recuperó del todo el equilibrio, embistió él. Gareth lo miró con el ceño fruncido y pegó su hombro al de él. Se picaron juntos y enderezaron las escobas al unísono a pocos centímetros del suelo, tan cerca de la hierba que sus capas la rozaban. La snitch zigzagueó, Gareth se la jugó e intentó bloquearla, pero Elliot le golpeó suavemente en la cadera desviando su trayectoria en el último suspiro. Por una fracción de segundo, vio la cara de Gareth, sorprendida y descolocada, pero sobre todo sin el brillo burlón del principio del partido.
—¡Brujas y magos! ¿Han visto la maniobra del novato? —gritaba entusiasmado Elias. Luego, se giró hacia Theo Marrowick que estaba a su lado—. ¿Qué quieres? Lo sé, Theo, lo sé. Ya he visto que han pasado más de media hora y Carter sigue en el aire. Te pagaré luego, deja de insistir, pesa… —Un carraspeo nervioso interrumpió su murmullo al darse cuenta de que el micrófono estaba abierto—. ¡Hawthorne anota para Gryffindor! 30 a 40, ventaja para los leones.
Conrad lanzó improperios al verse superado de nuevo. En las gradas, los Hufflepuff empujaba a su equipo a reaccionar antes de que Gryffindor cogiera mayor ventaja. Sin embargo, Elliot apenas era consciente de ello, pues Gareth había intensificado sus embestidas. Su maniobra había despertado a la fiera, y la fiera ya no sonreía. En una de las cargas, el impacto contra el hombro de Elliot fue tan brutal que le hizo perder el equilibrio; su frente chocó contra el mango de la escoba, abriéndole una herida que comenzó a sangrar profusamente. Pero ni siquiera el sabor metálico de la sangre que le resbalaba hasta los labios lograría que abandonara.
—¡Eh, Cressida! ¿Estás ciega o qué? —gritaba la profesora Briarwood desde las gradas, hecha una furia—. ¡Eso es bludging!
—¡Sí, profesora Vane! —gritó también Eliza, que había visto la carga brutal de Gareth, acercándose a la árbitro en un suspiro—. ¡Eso es bludging!
—No. Solo es una disputa. Entra dentro de las normas —respondió Vane, imperturbable, con un gesto seco de la cabeza.
—¿A eso le llamas juego limpio? —vociferaba Briarwood—. ¡Por Merlín, Cressida! Necesitas unas gafas nuevas, porque con esas apenas distingues un hipogrifo de una escoba.
Una oleada de risas recorrió las tribunas, por encima de los colores y de las casas. Pero Briarwood ya había saltado tres asientos más abajo, ágil como una alumna de primer año, agitando su bufanda amarilla y negra mientras seguía alentando frenéticamente a sus tejones, sin perder ni un segundo la fe. Honeywick, en cambio, le hacía señas desesperadas desde la grada a Elliot, meneando los brazos como un molino en plena tormenta, para que se alejara de Gareth y buscara la snitch en el otro extremo del campo y que dejara de seguir el juego de su oponente.
Elliot decidió seguir el consejo de Honeywick y dejar de rivalizar con Gareth. Se agachó sobre su escoba para ganar velocidad y buscar la snitch lejos de la fiera, pero con tan mala fortuna que Gareth creyó que la había visto y lo embistió de nuevo, sin aviso, con todas sus fuerzas.
Esta vez, Elliot no pudo reaccionar. La embestida lo lanzó al vacío, y durante un segundo eterno su cuerpo flotó libre, suspendido entre el cielo y el campo, mientras el viento le azotaba la cara y el estadio entero contenía la respiración. Luego, el impacto contra la tierra le arrancó todo el aire de los pulmones; rebotó y se arrastró por el césped, girando sobre sí mismo, dejando un rastro de sangre en la mejilla y el brazo, tiñendo la hierba de rojo. Un chasquido seco en su hombro le envió una oleada de dolor tan intensa que le nubló la vista. Al menos la caída había sido desde poca altura. Pero su fiel Shooting Star yacía a unos metros con la punta completamente astillada.
—¡El novato ha caído! ¡Ha caído! —anunciaba Elias, con una mezcla de asombro y decepción que no lograba disimular—. Hay que reconocer que ha aguantado mucho más de lo que nadie esperaba. Pero Prewett ha demostrado por qué es la estrella de Gryffindor.
El estadio estalló en gritos enloquecidos. En las gradas de Gryffindor aplaudían y reían; en las de Hufflepuff, algunos gritaban que lo dejara, otros que se levantara, todos de pie e histéricos. Briarwood, en cambio, se quedó inmóvil como una estatua. Y Honeywick, de pie entre la multitud, se llevó las manos a la cabeza, pálida como la leche, y los ojos clavados en él sin pestañear.
—¡Eso es falta! —gritaba Eliza a la profesora Vane, inclinándose hacia ella desde su escoba—. ¡Es bludging!
Pero la profesora Vane negó con la cabeza, serena como el mármol, y permitió que el juego continuara.
Amaia se levantó y empezó a hacer gestos exagerados con los brazos para que lo dejara estar. Gritaba su nombre y casi lloraba mientras gesticulaba desesperadamente. En el palco presidencial, Harry Potter se había levantado preocupado por el chico y la directora, pálida como Honeywick, bajaba los escalones hasta ponerse en primera fila, indecisa mirándolo primero a Elliot y luego a la jefa de Hufflepuff.
Mientras, Elliot seguía tumbado en el suelo, sintiendo cómo la sangre se le pegaba al labio. Le dolía todo el cuerpo, pero aún peor, le dolía el orgullo. Más cuando desde lo alto, Gareth lo miraba sonriendo.
—¡Levántate, Elliot! —Era Conrad, que desde la portería le gritaba con furia—. ¿O es que solo sabes lloriquear como un crío?
Aquellas palabras le dolieron. Cerró los puños, sintiendo cómo las uñas se le clavaban en las palmas. Las risas ahogadas de algunos espectadores le llegaron como olas frías. Por un segundo, solo quiso desaparecer y que el partido terminara.
—¡Quieres callarte Conrad! —le ordenó Eliza, que miraba a Elliot preocupada.
Elliot quiso gritarle a su capitana que se rendía, que no podía con Gareth, pero no pudo soportar la mirada de su capitana, así que cerró los ojos. Y entonces recordó las palabras de Honeywick que lo perseguían una y otra vez, desde hacía dos meses: «Usted es un Hufflepuff». Buscó a la profesora en la grada y vio que negaba con la cabeza. Elliot respiró hondo, tragó el sabor a sangre y apretó los dientes. A base de pundonor y rabia, se levantó como pudo. Con un gesto torpe, escupió al suelo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Cojeando llegó hasta su Shooting Star rota, la cogió y se subió de nuevo, aunque su escoba no parecía poder volar demasiado.
—¡Miren eso, brujas y magos! —bramaba entusiasmado Elias—. El novato vuelve al juego. Ese enano tiene más agallas de las que creíamos. ¡Vamos, chaval!
La grada de Hufflepuff bramó de júbilo, en especial Briarwood que alzó las manos como si hubieran ganado el partido. De pronto, Miles y sus compañeros de cuarto empezaron a corear su nombre, y pronto toda la grada de Hufflepuff gritaba al unísono «Elliot, Elliot». Amaia se quedó inmóvil sin saber qué hacer, hasta que finalmente, empujada por el entusiasmo de sus amigas, se unió al coro.
Él, en cambio, apenas podía mantener la escoba estable mientras se arrastraba por el aire, casi rozando el césped. Desde las alturas, el buscador de Gryffindor lo observaba con su sonrisa triunfal. A pesar de que la sangre le nublaba la vista, formando una cortina rojiza frente a sus ojos, Elliot se mantuvo firme, flotando obstinadamente a escasos metros del suelo. Gareth bajó hasta ponerse a la par.
—El idiota de Corvinus tenía razón. Solo eres un ratoncito asustado.
Elliot lo ignoró, cansado de sus chistes y bravuconadas. Vio que Honeywick negaba con la cabeza y se sentaba mientras se mordía el labio. McGonagall seguía indecisa, de pie, con la varita en la mano. Elliot miró, una última vez, a la grada de Slytherin. Allí, arriba de todo, estaba Katherine, sola. Ella también negó con la cabeza, despacio. Elliot quiso creer que era su manera de decirle que no podía rendirse… aunque no estaba seguro. Nunca lo estaba con Katherine.
Después recorrió con la mirada el resto de la grada de Slytherin. Gran parte de los alumnos le señalaba mientras reían, disfrutando de su particular espectáculo, cubierto de sangre y hierba, y la escoba astillada. En medio de la grada estaba Corvinus, que observaba la escena con una sonrisa burlona. En cualquier otra circunstancia, aquella expresión habría encendido la rabia de Elliot, pero el dolor y el agotamiento habían consumido hasta la última gota de su energía.
Y, entonces, en la primera fila, vio al profesor Nott de pie, que lo miraba fijamente sin parpadear, apretando la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Al igual que con Katherine, no supo interpretar su mirada.
—¿Estás bien, Elliot? —le preguntó Eliza que se había acercado.
Él asintió casi sin fuerzas. Ella lo miró sin creerle, pero tampoco quiso mostrar su preocupación. En cambio, se giró hacia su equipo.
—¡¿Escucháis a la grada?! ¡¿Vais a dejar que solo Elliot se lleve la gloria?!
Un «¡NO!» rotundo de los otros cinco miembros del equipo resonó en todo el campo. Eliza se volvió hacia Elliot y asintió en silencio. Se quedó mirándolo unos instantes más, mordiéndose el labio, y luego volvió al juego.
—¡Miren eso! —bramó Elias—. Parece que el valor de Carter ha alentado a su equipo. ¡Allá va Bramble con la Quaffle…!
Mientras, Elliot solo pensó en una nueva estrategia. Se fue poco a poco al lado opuesto del campo para mantener una distancia prudente con Gareth y rogó porque la snitch dorada estuviera en su parte y no en la de Gareth. Empezaron a buscarla cada uno en su lado. Elliot notaba que temblaba, pero no sabía si era del cansancio, del dolor o del miedo. Nunca creyó que un partido de Quidditch se le pudiera hacer tan largo. La snitch no aparecía y estaba tan agotado que no le importaba que la encontrara Gareth en la otra punta del campo.
—¡Otro tanto de Fairbairn para Hufflepuff! ¡Empate a 40! ¡Qué partido, brujas y magos! Parece que este año el equipo de Hufflepuff no va a ser la perlita en dulce de los últimos años.
La grada de Hufflepuff empezó a corear a su capitana. Y justo en ese preciso instante, al girar hacia la tribuna de Ravenclaw, Elliot vio la snitch suspendida a seis metros de altura. Gareth, distraído en el extremo opuesto, no la había detectado. Sin pensarlo dos veces, se impulsó con sus últimas reservas de energía, inclinando todo su peso hacia delante mientras se aferraba desesperadamente al mango astillado de su escoba. Las gradas estallaron en un clamor indescifrable mientras extendía el brazo tembloroso.
Por un instante, el estadio, los gritos, el viento, todo quedó en suspenso. Solo quedó el latido ensordecedor de su propio corazón, la sangre caliente mezclada con el sudor que le resbalaba por la sien y el zumbido de la snitch. Se le dibujó una sonrisa enorme en su boca cuando comenzó a notar las vibraciones de la snitch…
El impacto fue brutal. Gareth, convertido en proyectil humano, lo había embestido en el último momento con tal violencia que su cuerpo salió despedido contra una de las vigas de madera de la tribuna de Ravenclaw. El aire se le escapó de los pulmones en un gemido ahogado, y el dolor explosionó en su espalda antes de que su mente pudiera siquiera entender qué había pasado. Y el crujido seco de su columna al fracturarse contra la viga resonó en todo el estadio.
El público enmudeció de golpe; hasta Elias se olvidó de narrar el final del partido. El rugido animal de Gareth retumbó en todo el estadio con un eco hueco; con los brazos extendidos, mostraba la snitch a unas gradas que no aplaudían, mientras el cuerpo de Elliot caía a plomo.
—¡Arresto Momentum! —gritó McGonagall, frenando la caída a escasos centímetros del suelo.
—¡ELLIOT!
El grito desgarrador y roto de la profesora Honeywick fue lo último que oyó antes de que el mundo se le apagara.
19 de octubre de 2026
Enrique Vallés Balaguer
