
Capítulo 5
El peso de la bolsa
Elliot caminaba de vuelta a su refugio por un laberinto de callejones oscuros, con la bolsa de comida medio llena apretada contra el pecho. Esa tarde no había tenido tanta suerte. Sin embargo, llevaba lo suficiente para pasar la noche. Dentro llevaba una naranja medio podrida, una manzana pocha, algo de embutido con algo de moho y medio pan duro.
La bolsa iba dentro de su abrigo, protegiéndola de la lluvia. Elliot volvía por la misma ruta de siempre. Se movía por las calles secundarias aunque costara el doble de tiempo, pero también era más difícil encontrarse con algún policía.
A medida que avanzaba, las aceras se llenaban de gente. Nadie reparaba en el niño flaco con cara de no haber dormido. Y él prefería así: invisible, una mota más en ese mural de días que nadie se molestaba en distinguir.
Al doblar la esquina de siempre, la de los contenedores con pegatinas de cervezas, el cuerpo se le tensó y los pies dejaron de caminar. Parpadeó: más allá del cristal de agua que le nublaba las pestañas, dos siluetas estaban de pie junto a un bulto en el suelo. Llevaban chubasqueros negros y pantalones de deporte. El rugido de una moto al pasar al otro lado, despertó a Elliot de su letargo. Se pegó rápidamente al muro y asomó solo lo justo para ver.
Mike y Joey.
De la casa de Helene. Mike era el alto, el que llevaba más tiempo con ella. Joey era el de la voz chillona, la sombra de Mike. Tenían dieciséis y quince años, respectivamente. Mike era el favorito de Helene. El que le conseguía alcohol y tabaco.
Los dos estaban encorvados sobre un bulto en el suelo. Le chillaban. Mike le propinó una patada mientras Joey lo señalaba y lo insultaba. Al cabo de unos minutos, Elliot pudo reconocer el bulto. Era Peter, uno de los habituales del barrio: un sintecho de abrigo militar y bufanda roja.
Elliot apretó la bolsa de la comida contra el pecho. Su primer instinto fue darse la vuelta, buscar otra ruta, cualquier cosa menos cruzarse con ellos. Pero algo lo obligó a quedarse quieto, observando la escena.
Mike se agachó, metió las manos en los bolsillos del abrigo militar y, tras una breve pelea con los dedos sucios del sintecho, sacó un par de monedas y las alzó en el aire. Joey, mientras tanto, forcejeaba con una bolsa de papel que el tipo intentaba proteger con el antebrazo. El hombre soltó un gemido, y Joey le pegó un manotazo en la oreja.
—Dame eso, joder —bufó, y con un tirón arrancó la bolsa.
Del interior cayó un sándwich a medio comer y un paquete de Kleenex arrugados. Mike lo pisoteó, y Joey escupió sobre el sándwich antes de reírse.
—No te pongas así, tío. ¿Quieres? —Mike agitó las monedas delante de Peter, que se las quedó mirando sin decir nada—. Demasiado tarde, bro. Hay que espabilar.
El hombre se retorció, pero Mike le dio una patada en las costillas que lo dejó inmóvil. Luego, tras repartirse el botín, los dos se alejaron calle abajo, sin mirar atrás.
Elliot contuvo la respiración hasta que estuvieron lo bastante lejos para no escucharlo ni verlo. Esperó. Luego cruzó la acera y se agachó junto al bulto.
Peter tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el estómago. Elliot se fijó en que le sangraba la nariz y tenía un corte profundo en una mejilla.
Sus ojos recorrieron la calle hasta perderse en la distancia mientras un nudo se formaba en su garganta. Solo al intentar hablar notó que sus labios habían estado congelados en un grito mudo que nadie escucharía.
—Eh.
El tipo se hizo un ovillo en el suelo y se cubrió la cabeza. Elliot volvió a mirar al final de la calle. El pie derecho se levantó. No llegó a avanzar.
—¿Estás bien?
El sintecho abrió un ojo; solo un milímetro. La bufanda roja se le había caído al suelo, y la ropa estaba empapada de una mezcla de lluvia y sangre. Elliot recogió la bufanda y se la colocó sobre el cuello. El hombre reaccionó con un gruñido leve, y al notar el tacto, intentó sentarse.
—No te levantes —dijo Elliot, y buscó en el suelo el paquete de Kleenex—. Déjame ver.
El hombre lo miró, y por un segundo, Elliot supo lo que veía el tipo: un crío pálido, con las cejas pegadas de agua y los nudillos blancos de tanto apretar la bolsa. Un crío tan asustado como él.
—¡Largo! Déjame en paz.
Elliot negó con la cabeza y abrió el paquete de pañuelos. Le ofreció uno. El tipo se quedó mirando el pañuelo y después a Elliot. Tras una pausa, lo cogió y se limpió la sangre de la comisura de los labios. El pañuelo se tiñó enseguida de un rojo sucio.
Elliot no supo qué decir. Se quedó agachado, sosteniendo el paquete de kleenex con ambas manos. Lo observó unos segundos más. El hombre parecía estar bien, o al menos tan bien como se podía estar en su situación.
Se dio la vuelta para irse. No había dado ni tres pasos cuando sintió los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. La bolsa entre sus manos parecía haberse vuelto de plomo. Echó un vistazo al contenido y luego, sin querer, al hombre, que seguía con la mirada clavada en el suelo. Un gruñido traicionero le retorció el estómago. Dio tres pasos. Al cuarto, se detuvo.
Antes de darse cuenta, sus pies ya lo habían devuelto junto a Peter. El hombre seguía con la mirada clavada en el asfalto mojado. Con dedos temblorosos, Elliot abrió la bolsa y extrajo el pan duro y la naranja. Los sostuvo un momento, sintiendo su peso. El estómago le volvió a gruñir mientras exhalaba profundamente. Depositó ambos junto al hombre, dentro de una bolsa de plástico.
—Es para usted.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió corriendo, apretando los párpados. Cuando alcanzó la esquina, la tentación fue más fuerte que su voluntad y echó un último vistazo.
El hombre se había incorporado del todo. Estaba sentado con la espalda contra el muro y tenía el pan entre las manos. La bufanda roja le cubría el cuello, y bajo la lluvia, Elliot juraría que por un instante, Peter no parecía tan pequeño.
Tras doblar la esquina, Elliot inspeccionó la calle en todas direcciones. Ni rastro de Mike y Joey. Exhaló relajando los hombros y tomó el camino opuesto al que habían seguido los matones, mientras las gotas de lluvia le golpeaban la cara con más fuerza a cada zancada que daba.
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Al despertar, Elliot sintió que algo había cambiado en el aire del refugio. El aire olía a pan recién hecho —o quizás era solo su estómago jugándole una mala pasada— mezclado con el moho de siempre. Era una de esas mañanas en que la humedad no agobiaba tanto, en que el aire se deslizaba más ligero entre los pulmones. De haber sido otro mundo, habría dicho que era la promesa de un día feliz. Pero la vida era esta y el mundo, el de siempre, así que se contentó con saber que Mara seguía respirando.
Estaba dormida, aunque ya no con la misma fiebre que la hacía sudar y temblar de frío a la vez. Ahora dormía de lado; la manta de cuadros le cubría hasta la barbilla, las piernas enroscadas y el brazo asomando fuera. La respiración no era perfecta; a veces, una tos la sacudía, breve, pero sus mejillas habían recuperado ese tono rosado que separa a los vivos del mármol.
Elliot se sentó a los pies del catre, cuidando de no hacer ruido. Aprovechó la poca luz que entraba por el respiradero para sacar un trozo de pan, que masticó a solas con desgana. Miró a Mara, luego el pan, y volvió a mirarla. Apretó los labios y volvió a guardar el pan en la bolsa de tela.
Cuando escuchó un roce contra la ventana, se sobresaltó tanto que se atragantó. No fue un golpe fuerte. Más bien, un tamborileo preciso, insistente. La ventana, empañada y sucia, parecía no querer dejar pasar la luz, pero el visitante era obstinado: golpeó tres veces más y después aguardó.
Elliot se incorporó con lentitud, evitando el más mínimo crujido. Apartó el cartón que tapaba la esquina de la ventana y asomó un ojo, preparado para los ojos brillantes de un gato callejero, el destello de una rata escabulléndose entre las sombras o, en el peor de los casos, la figura del agente Smith.
Pero no.
Lo que vio por segunda vez lo dejó sin aliento. Allí, inmóvil sobre el alféizar, se posaba una lechuza diminuta, de plumas grises con manchas negras. Sus ojos, redondos y dorados, no parpadeaban. Y entre sus garras sostenía un sobre.
Por un segundo, Elliot pensó que era la misma lechuza de la otra vez. Pero esta era mucho más pequeña, y la mancha en el pecho tenía forma de media luna.
La lechuza extendió el ala, señalando el interior del refugio. Elliot, tras vacilar, abrió la hoja de cartón que tapaba la parte baja de la ventana. La lechuza entró como en su casa, aterrizó sobre la caja de madera que hacía de mesa y dejó caer el sobre.
Elliot vio de nuevo el escudo de Hogwarts en el sobre, la letra “H” imposible de confundir, rodeada de las mismas cuatro figuras que la vez anterior. Elliot bufó. Puso los ojos en blanco. Después lo recogió con fastidio, notando el peso seco y la textura rugosa. Lo miró como miraría un trapo sucio y, sin más, lo dejó caer sobre la mesa.
La lechuza, al notar el desinterés, clavó los ojos en él. Elliot se quedó de pie, mirando el sobre. La lechuza resignada revoloteó hacia la ventana, se agazapó un instante en el alféizar y luego se perdió en la niebla. Elliot volvió a tapar la esquina de la ventana con el cartón y volvió junto a Mara, que no había abierto los ojos, pero sí había cambiado de posición: ahora lo miraba de reojo.
—¿Qué era ese ruido?
—Otra lechuza. Parece que los magos han descubierto que no tengo nada con qué pagarles, y ahora me mandan una negativa.
Mara se desperezó con movimientos lentos, de muñeca remendada. Le tembló un poco la voz cuando dijo:
—No creo. Los magos han de ser buenos.
—¡Demonios! ¿De dónde te sacas eso?
—Si tienen magia, ¿no crees que la usarían para hacer cosas buenas y bonitas? Si pueden hacer que las cosas vuelen y hacer brotar margaritas, ¿cómo no van a querer ayudar a los demás?
—Eh…
—Nadie con ese poder haría daño a los demás, hermanito. ¿Han traído algo bonito?
—Solo es una carta.
Mara se incorporó, dejando que la manta cayera hasta la cintura. Los ojos, aunque hinchados, tenían la chispa de siempre. Miró la mesa, luego a Elliot, luego la mesa otra vez. Le costaba disimular el entusiasmo.
—¡Ábrela!
Los dedos de Elliot se crispaban alrededor del sobre, arrugando el papel sin darse cuenta.
—¿Para qué? —Su voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Ya sabes que no entenderíamos ni la mitad. Y aunque pudiéramos… —Tragó saliva, mirando el escudo— …seguro que es otra forma de decirnos que no.
Se quedaron los dos callados. Elliot miró el techo. Después, recordando algo, añadió:
—Además, ha pasado el plazo de inscripción. Tal vez sea eso. Me deben avisar de que me he quedado sin plaza.
—¿Y si te dicen que puedo ir contigo?
—¡Maldita sea! —Elliot suspiró, pasando una mano por su pelo revuelto—. ¡Ya me gustaría, Mara! Pero seguro que es lo que te digo, que ha pasado el plazo. Nada más.
—¿Y si no es eso?
—¡Mara, el mundo no funciona así! Nadie quiere a dos huérfanos sin nada.
—¡No digas eso, hermanito! —Mara apretó los puños—. No puede ser cierto. Los magos tienen que ser buena gente.
—Ojalá fuera cierto, Mara. Pero no hay ninguna diferencia entre magos y no-magos. Solo que los magos pueden hacer hechizos. Nada más.
—¡No, no quiero creerte! Tú mismo fuiste al Callejón Dragón y me contaste lo bonito y alegre que era. Y te regalaron dos manzanas asadas sin nada a cambio. ¿No te acuerdas, Elliot?
Elliot negó con la cabeza, lento y cansado.
—Sí, claro que me acuerdo. Pero volví allí. Fui al Callejón Diagon y, ¿sabes qué? Es igualito que aquí. Solo que en vez de trajes con corbata, llevan túnicas y sombreros. Pero son… son… Son como los demás.
Mara guardó silencio, estudiándolo. El silencio se espesó un poco, hasta que ella se animó a preguntar:
—¿De verdad has vuelto al Callejón Dragón?
Elliot se encogió de hombros. Miraba fijamente el techo mientras respiraba hondo.
Pero Mara no se conformó.
—¿Y volviste a ver escobas voladoras y animales raros?
—Sí. Vi todo eso y más. Pero cuando les pedí un remedio para ti, no les importaba ni tu tos, ni tu fiebre. Solo el dinero.
Mara escuchó, asintiendo despacio. Luego, miró a su hermano fijamente y añadió:
—Quiero conocer ese lugar. Aunque sea solo una vez.
—¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho?
—Sí, sí te he oído. Pero aun así quiero verlo con mis propios ojos. Las escobas flotando, los libros moviéndose… todo. Llévame contigo, Elliot. Solo una vez, por favor.
—¡Demonios, claro que no! Con esa fiebre no llegarías ni a la esquina. Cuando puedas caminar sin tambalearte, te lo prometo.
Mara extendió su meñique pálido y tembloroso en el aire entre ellos.
—¿Me lo prometes de verdad?
Elliot enganchó su dedo con el de ella, apretando apenas, como si temiera romper algo más que su piel.
—Palabra de hermano mayor.
—Está sellado entonces —murmuró Mara, dejando caer la mano sobre la manta—. Juramento de meñique. Ahora no puedes echarte atrás.
Mara calló de nuevo. Sus labios se movían ligeramente. Cuando por fin se recostó en el catre, exhaló suavemente antes de hablar:
—¿Y si le llevas la carta a Aristóteles? Él te la puede leer como la otra vez.
—¿Para qué?
—Porque si fueras mago podrías curarme —susurró Mara, apretando la manta entre sus dedos—. ¿Y si esta carta tiene la respuesta? Por favor, Elliot. Si no la abres por ti, hazlo por mí.
La última frase, dicha casi sin voz, pesó más que cualquier argumento. Elliot la miró durante un buen rato. Finalmente, agachó la cabeza.
—Bueno. Pero solo porque seguro que Aristóteles se parte de la risa leyéndola.
Mara sonrió, tímida pero sincera.
—¿Me vas a dejar sola mucho rato?
—No pienso dejarte sola ni un minuto más de lo necesario. Y si tardo, te juro que es porque ese viejo se ha puesto a despotricar.
Mara asintió, conforme. Se dejó caer sobre la almohada y cerró los ojos, aunque la sonrisa se le quedó pegada a los labios como una pegatina rebelde.
Elliot rebuscó entre los harapos hasta encontrar su abrigo, un trapo lleno de agujeros que ya ni siquiera protegía del frío, y se lo echó sobre los hombros con un gesto brusco. Antes de guardarla, miró la carta. Con un resoplido, la dobló con más fuerza de la necesaria y la hundió en el bolsillo.
Salió del refugio a zancadas, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. Al subir las escaleras, cada peldaño le arrancó un gruñido entre dientes, un murmullo cargado de rabia y frustración:
—¡Estúpidas cartas y estúpidos magos!
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Elliot bajó los escalones hacia el refugio de Aristóteles. El viejo siempre presumía de que su hogar había sido una lavandería de lujo en otro siglo, pero Elliot lo dudaba. No había ni rastro de las antiguas máquinas; solo quedaban las paredes cubiertas de azulejos rotos y el olor a lejía incrustado en el cemento. Podría haber sido cualquier cosa: un almacén, unos baños públicos, incluso una morgue. Daba igual. Lo único que importaba era que mantenía a Aristóteles seco cuando llovía y que el techo no se había derrumbado todavía.
En el centro, una lámpara de batería arrojaba una luz amarillenta sobre la mesa donde Aristóteles reinaba como un monarca de las ruinas. El viejo tenía la costumbre de sentarse con los codos apoyados en el tablero y las manos entrelazadas. Cuando vio a Elliot entrar, se removió en la silla, incómodo.
—¿No deberías estar con tu hermana, chico?
—Está descansando. Le ha bajado un poco la fiebre. Creo que por fin respira mejor.
Aristóteles no contestó de inmediato. Miró a Elliot con una intensidad que solía reservar para los momentos en que alguien venía a pedirle favores imposibles.
—¿Y tú? ¿Cómo estás, chico?
—Estoy entero, si es eso lo que preguntas.
Aristóteles asintió, distraído. Repiqueteó el tablero con los dedos, secamente, hasta que el silencio pesó tanto que el mismo Elliot tuvo que cortarlo.
—He ido a buscarte bajo el puente. Pensaba que estarías dándoles de comer a tus palomas.
—Hoy hace más frío que de costumbre. Me quedé sin migas y preferí venir aquí. Además, las palomas solo me quieren por la comida.
Elliot se sentó frente a él, mirando la carta en sus manos. No se la ofreció, ni la mencionó; simplemente la apoyó sobre la mesa y la empujó hacia Aristóteles con un gesto cansado.
—Ha vuelto la lechuza.
Aristóteles giró el sobre entre los dedos, examinando el sello y la letra. Lo abrió con una uña. El crujido del papel resonó en los oídos de Elliot. El viejo desdobló el pergamino y empezó a leerlo en silencio. Sus ojos iban y venían entre líneas, con la incredulidad aumentando en cada párrafo. Cuando terminó, lo leyó de nuevo, esta vez más despacio, y luego apoyó el codo en la mesa y frotó su barba desordenada.
—Vaya, vaya. No solo tienes un fanático que te manda cartas por búho exprés, sino que ahora te escribe para decir que tu matrícula ya está pagada y todo arreglado.
Elliot se quedó inmóvil, con la boca abierta de par en par y los ojos fijos en Aristóteles.
—Dice aquí: “Estimado señor Carter: Nos complace informarle que hemos recibido su lechuza aceptando la plaza en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Así mismo, le notificamos que su tutor legal ha completado todos los trámites de matrícula y abonado las tasas correspondientes. Sus libros y demás material escolar ya están guardados y se le entregarán cuando llegue. Recuerde que el tren de Hogwarts saldrá el 1 de septiembre a las 12 del mediodía desde el andén 9 y ¾ de la estación de King’s Cross de Londres.” —Aristóteles recitó el último párrafo en voz alta, impostando la voz como un pregonero de feria—. No está mal para una broma.
Elliot tragó saliva. Parpadeó varias veces. Ni siquiera parecía haber escuchado a Aristóteles. Permaneció en silencio. Pasó unos momentos sin que nadie dijera nada. El plic-plic de la lluvia en la ventana era la banda sonora de fondo.
—¿Tutor legal? ¿Estás seguro de que pone tutor legal?
—Sí, chico. Seré viejo, pero todavía veo las letras.
Elliot clavó la mirada en el suelo mientras se frotaba la barbilla.
—¿Será Helene? —Apoyó los codos en la mesa y enterró la cara entre sus palmas. —No, Helene, imposible.
Sacudió la cabeza enérgicamente. De pronto, se irguió en el asiento y su mano golpeó la mesa con un estruendo que ahuyentó a varias moscas.
—¡Demonios! Pero… ¿Tenemos un tutor? ¿Desde cuándo? ¿Quién? ¿Cómo?…
Aristóteles se encogió de hombros.
—No tengo ni la más remota idea, chico. Tal vez es un invento de esos que tienen los de los papeles para limpiarse las manos con los huérfanos. Igual en el mundo de los magos uno puede poner cualquier nombre y ya está. No me extrañaría que los burócratas fueran igual de idiotas allí que aquí.
Elliot golpeó la mesa con los nudillos y se desplomó sobre la silla.
—¡Maldita sea! ¡Es absurdo! ¿Para qué mandar una carta así? ¿Para reírse de nosotros? ¿Para qué una niña que no puede ni levantarse de la cama se ponga a soñar con magos y brujas?
Aristóteles lo observó desde el otro lado de la mesa. No dijo nada al principio. Solo dejó que el silencio se extendiera, denso y pesado, como el humo de un cigarrillo mal apagado.
—Quizás es justo para eso. Para que luego te pegues de bruces contra el suelo y aprendas que nadie te va a regalar nada. El mundo no funciona con magia, chico. Ni aquí ni allí ni en ningún maldito sitio.
—Pero, ¿quién demonios haría algo así?
Agachó la mirada y se pellizcó el labio inferior. Aristóteles respetó su silencio, volvió su mirada al papel y volvió a releer la carta. De pronto, Elliot rio, pero sus ojos seguían fijos en el suelo.
—Tutor. Tutor, ¿de qué? ¿Un tutor que nos deja tirados en la calle, sin nada en los bolsillos, como si fuéramos basura y que permite que una borracha nos…?
Las palabras se le atascaron en la garganta. Desvió la mirada hacia las grietas del suelo. Aristóteles no lo presionó. Después de unos instantes, Elliot levantó los ojos hacia el anciano.
—¿Ese es el tipo de tutores que existe en el mundo mágico?
Aristóteles no respondió. Se quedó allí, quieto, observándolo con calma. El silencio duró unos minutos en los que ninguno de los dos se movió. El único sonido en la habitación fue el goteo persistente del agua filtrándose por algún rincón.
—Me da miedo que sea una broma.
Tragó saliva, y por un instante, pareció más niño que nunca. Volvió a quedarse en silencio. De algún rincón de su memoria emergió el fantasma de un aroma, menta fresca entrelazada con el humo dulzón de tabaco de pipa, seguido por los ecos de una voz femenina suplicante y los sollozos agudos de Mara. Sus hombros se hundieron mientras expulsaba el aire de sus pulmones en un solo suspiro derrotado.
—Me da más miedo que no lo sea.
Se removió en la silla, incómodo, y de pronto se incorporó de golpe.
—¡Demonios! Pues, ¿sabes qué? No me interesa. Ni ir a Hogwarts ni a ningún sitio. ¡Maldita sea! No me importa si existe o no existe. Yo lo único que quiero es que Mara esté bien… y eso no lo van a arreglar unas malditas cartas. Y si tengo que seguir metido en sótanos o buscando comida en los contenedores, pues lo haré. Pero no voy a perder el tiempo con magos estúpidos.
23 de abril de 2026
Enrique Vallés Balaguer

Elliot Carter
Estudiante

Aristóteles
Sintecho

Joey
Hermano de acogida de Elliot

Mara Carter
Hermana de Elliot

Mike
Hermano de acogida de Elliot

Peter
Sintecho
