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Capítulo 5: El peso de la bolsa
Capítulo 5: El peso de la bolsa

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Capítulo 5

El peso de la bolsa

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Londres, 5 de agosto de 2026

Aquella tarde, Elliot caminaba de vuelta a su refugio por un laberinto de callejones oscuros, con la bolsa de comida medio llena apretada contra el pecho debajo de su abrigo, protegiéndola de la lluvia. Aunque no había tenido tanta suerte como otras veces, había conseguido lo suficiente para que él y Mara pasaran la noche: una naranja medio podrida, una manzana pocha, algo de embutido con un poco de moho y medio pan duro.

Volvía por las calles secundarias. Sabía que costaba el doble de tiempo; estaba convencido de que era más difícil encontrarse con algún policía. A medida que avanzaba, las aceras se vaciaban de gente, y los pocos con los que se cruzaba no reparaban en el niño flaco con cara de no haber dormido. Y él lo agradecía, ya que prefería seguir siendo una mota más en ese mural de días que nadie se molestaba en distinguir.

Al doblar la esquina de los contenedores con pegatinas de cervezas, el cuerpo se le tensó y los pies dejaron de caminar. Parpadeó incómodo. Más allá del cristal de agua que le nublaba las pestañas, dos siluetas estaban de pie junto a un bulto en el suelo. Llevaban chubasqueros negros y pantalones de deporte. El rugido de una moto al pasar al otro lado lo hizo reaccionar. Se pegó rápidamente a la pared en la calle contigua y asomó la cabeza, solo lo justo para ver.

Eran Mike y Joey, sus hermanos de acogida en casa de Helene. Mike, el alto, el que llevaba más tiempo con ella, era su favorito, pues le conseguía alcohol y tabaco. Joey, con su voz chillona, no era más que la sombra de Mike. Tenían dieciséis y quince años, respectivamente, y durante el tiempo que compartieron techo, hicieron todo lo posible por dejar claro quién mandaba allí.

Los dos estaban encorvados sobre un bulto en el suelo. Mike le propinaba patadas, mientras Joey lo señalaba y lo insultaba con saña. Al cabo de unos minutos, Elliot logró reconocer el bulto; era Peter, uno de los habituales del barrio, un sintecho de abrigo militar y bufanda roja. En alguna ocasión, lo había visto junto a Aristóteles, y había sido amable con él.

Elliot apretó la bolsa de la comida contra su pecho. Su primer instinto fue darse la vuelta, buscar otra ruta, cualquier cosa menos cruzarse con ellos. Pero, sin saber por qué, no se movió. Se quedó escondido, observando la escena con los puños apretados.

Mike se agachó, metió las manos en los bolsillos del abrigo militar y, tras una breve pelea con los dedos sucios del sintecho, sacó un par de monedas y las alzó. Joey, mientras tanto, forcejeaba con una bolsa de papel que el tipo intentaba proteger con el antebrazo. El hombre soltó un gemido, y Joey le pegó un manotazo en la oreja.

—¡Joder! Dame eso, bro —bufó, y con un tirón arrancó la bolsa.

Del interior cayó un sándwich a medio comer y un paquete de kleenex arrugados. Mike lo pisoteó, y Joey escupió sobre el sándwich antes de reírse.

—No te pongas así, bro. ¿Quieres? —Mike agitó las monedas delante de Peter, que se las quedó mirando sin decir nada—. Demasiado tarde. Hay que espabilar.

El hombre se retorció, pero Mike le dio una patada en las costillas que lo dejó sin aliento. Luego, tras repartirse el botín, los dos se alejaron calle abajo, sin mirar atrás.

Elliot no salió de su escondite hasta que los vio doblar la esquina. Luego cruzó la acera y se agachó junto al bulto. Peter tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el estómago. Elliot se fijó en que le sangraba la nariz y tenía un corte profundo en una mejilla. Sus ojos recorrieron la calle hasta perderse en la distancia mientras un nudo se formaba en su garganta. Cuando intentó hablar, descubrió que tenía la mandíbula tan tensa que apenas le salían las palabras.

—Eh.

El tipo se hizo un ovillo en el suelo y se cubrió la cabeza. Elliot volvió a mirar al final de la calle. Hizo ademán de marcharse, pero no llegó a dar el primer paso. Se giró de nuevo hacia Peter.

—¿Estás bien?

El sintecho abrió un ojo; solo un milímetro. La bufanda roja se le había caído al suelo, y la ropa estaba empapada de una mezcla de lluvia y sangre. Elliot recogió la bufanda y se la colocó sobre el cuello. El hombre reaccionó con un gruñido leve, y al notar el tacto, intentó sentarse.

—No te levantes —dijo Elliot, y buscó en el suelo el paquete de kleenex—. Déjame ver.

El hombre lo miró, y por un segundo, Elliot supo lo que veía el tipo: a un crío pálido, con el cabello empapado y los nudillos blancos de tanto apretar la bolsa. Un crío tan asustado y acabado como él.

—¡Largo! Déjame en paz.

Elliot negó con la cabeza. Abrió el paquete de pañuelos y le ofreció uno. El tipo se quedó mirando el pañuelo y después a Elliot. Tras una pausa, lo cogió y se limpió la sangre de la comisura de los labios, tiñendo al instante el pañuelo de un rojo sucio.

El chico no sabía qué decir, por lo que se quedó agachado junto a Peter, sosteniendo el paquete de kleenex con ambas manos. Lo observó unos segundos más. Peter acabó de sentarse y se limpió la sangre con el pañuelo. Elliot se levantó y dio la vuelta para irse. 

No había dado ni tres pasos cuando sintió los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. La bolsa entre sus manos parecía haberse vuelto de plomo. Echó un vistazo al contenido y luego, sin querer, al hombre, que seguía con la mirada clavada en el suelo. Un gruñido traicionero le recordó que él también llevaba horas sin comer. Negó con la cabeza y dio tres pasos más. Pero al cuarto, se detuvo de nuevo. Antes de darse cuenta, sus pies ya lo habían devuelto junto a Peter. El hombre seguía con la mirada clavada en el asfalto mojado. Con dedos temblorosos, Elliot abrió la bolsa y extrajo el pan duro y la naranja. Los sostuvo un momento, sintiendo su peso. El estómago le volvió a gruñir mientras exhalaba profundamente. Depositó ambos junto al hombre, dentro de una bolsa de plástico para que no se mojaran.

—Es para usted.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió corriendo, apretando los párpados. Cuando alcanzó la esquina, la tentación fue más fuerte que su voluntad y echó un último vistazo. El hombre se había incorporado del todo. Estaba sentado con la espalda contra la pared y tenía el pan entre las manos. La bufanda roja le cubría el cuello, y bajo la lluvia, Elliot juraría que, por un instante, Peter no parecía tan pequeño.

Tras doblar la esquina, Elliot inspeccionó la calle en todas direcciones. Ni rastro de Mike y Joey. Respiró aliviado y tomó el camino opuesto al que habían seguido los matones, mientras la bolsa, mucho más ligera, golpeaba contra su costado y su barriga rugía como protesta.


───────── ✧ ─────────


A la mañana siguiente, cuando Elliot despertó, sintió que algo había cambiado en el aire del refugio. Durante un instante creyó oler pan recién hecho, aunque sabía que era imposible. Era una de esas mañanas en que la humedad no agobiaba tanto y el aire se deslizaba más ligero entre los pulmones. De haber sido otro mundo, habría dicho que era la promesa de un día feliz. Pero la vida era esta y el mundo, el de siempre, así que se contentó con saber que Mara seguía respirando.

Estaba dormida, aunque ya no con la misma fiebre que la hacía sudar y temblar de frío a la vez. Ahora dormía de lado, cubierta por la manta de cuadros hasta la barbilla, las piernas enroscadas y el brazo asomando fuera, pero la respiración seguía siendo imperfecta, sacudida a veces por una tos breve, aunque sus mejillas habían recuperado ese tono rosado que separa a los vivos del mármol.

Elliot se sentó a los pies del catre, cuidando de no hacer el más mínimo ruido. Su estómago protestó. No había cenado nada: su pequeño botín de la tarde anterior se lo había dado a Mara, asegurándole que él ya había comido por el camino. Aprovechó la poca luz que se filtraba por el respiradero para sacar un trozo de pan duro y mohoso que llevaba días guardando en una bolsa. Dio un mordisco con desagrado y se lo tragó, conteniendo las arcadas. Cuando fue a dar el segundo, sus ojos se posaron en Mara. Cerró la boca, miró el pan y luego a su hermana. Apretó los labios, resignado, y volvió a guardar el trozo en la bolsa de tela mientras su estómago volvía a rugir.

Cuando escuchó un roce contra la ventana, se levantó de golpe, sopló la vela y la apagó. Con sigilo, se apretó contra la pared, justo al lado del cristal. Creyó que, por fin, la policía los había encontrado. Cerró los ojos, rogando que no fueran ellos. De pronto, escuchó tres golpes más en la ventana. Abrió los ojos despacio y miró hacia su hermana y, bajo la poca luz que se filtraba a través del cristal sucio, pudo distinguir que no se había movido.

Los golpes volvieron, más insistentes esta vez. Respiró hondo y, con mucho cuidado, apartó el cartón que tapaba la esquina de la ventana y asomó solo un ojo. Lo que vio por segunda vez lo dejó sin aliento. Allí, inmóvil sobre el alféizar, se posaba una lechuza diminuta, de plumas grises con manchas negras. Sus ojos, redondos y dorados, no parpadeaban y entre sus garras sostenía un sobre. Por un segundo, Elliot pensó que era la misma lechuza de la otra vez, pero esta era mucho más pequeña, y la mancha en el pecho tenía forma de media luna.

La lechuza extendió el ala, señalando el interior del refugio. Elliot, tras vacilar, abrió la hoja de cartón que tapaba la parte baja de la ventana. La lechuza entró como en su casa, aterrizó sobre la caja de madera que hacía de mesa y dejó caer el sobre.

Elliot vio de nuevo el escudo de Hogwarts en el sobre, la letra "H" imposible de confundir, rodeada de las mismas cuatro figuras que la vez anterior. Y debajo, el nombre de Elliot Carter. Bufó mientras ponía los ojos en blanco. Después lo recogió con fastidio, notando el peso seco y la textura rugosa. Lo miró como miraría un trapo sucio y, sin más, se lo devolvió a la lechuza.

—No es para mí.

La lechuza lo miró a los ojos, pero no se movió. Elliot hizo ademán de volver a atarle la carta a su pata, pero el ave esquivaba sus dedos, apartando la pata con rapidez.

—Te has equivocado. Yo soy Elliot Brown.

La lechuza inclinó la cabeza, como si lo evaluara. Después, de un salto, revoloteó hacia la ventana, se agazapó un instante en el alféizar y luego se perdió en la niebla. Elliot se quedó con la boca abierta y la carta en la mano. Tras unos segundos, volvió a tapar la esquina de la ventana con el cartón. 

Durante un momento, permaneció de pie, mirando la carta que todavía sostenía mientras se rascaba la cabeza. Por fin,  se encogió de hombros y, sin más, lo dejó caer sobre la mesa. Volvió junto a Mara, que no había abierto los ojos, pero sí había cambiado de posición y ahora lo observaba de reojo.

—¿Qué era ese ruido?

Su hermano se sentó a su lado y, con gestos mecánicos, le colocó la manta mejor.

—Un búho con una carta para Elliot Carter.

Mara le cogió una mano y se la apretó.

—Ábrela, tal vez sea para ti.

Elliot resopló por la nariz.

—Si es para mí, seguramente los magos han descubierto que no tenemos dinero, y ahora me mandan una carta para enviarme a la mierda. Como si no estuviéramos ya allí.

—¡Elliot! —gritó Mara indignada.

Mara se desperezó con movimientos lentos, de muñeca remendada. Le tembló un poco la voz cuando dijo:

—No creo. Los magos han de ser buenos.

—¡Demonios! ¿De dónde te sacas eso?

La niña sonrió antes de decir:

—Si tienen magia, ¿no crees que la usarían para hacer cosas buenas y bonitas? Si pueden hacer que las cosas vuelen y hacer brotar margaritas, ¿cómo no van a querer ayudar a los demás?

—Eh... —Fue lo único que logró decir su hermano.

Mara se incorporó, dejando que la manta cayera hasta la cintura. Los ojos, aunque hinchados, tenían la chispa de siempre. Miró la mesa, luego a Elliot, luego la mesa otra vez. 

—¡Ábrela! —insistió.

Su hermano ni se inmutó. Tenía la espalda recostada contra la pared y miraba el techo con las manos en la nuca.

—¿Para qué?

Se quedaron los dos callados. Mara miraba a su hermano fijamente, pero él seguía con la vista perdida en el techo. Ella alargó la mano y cogió la carta y se la ofreció.

—Vamos, ábrela. Tal vez quieran que vaya contigo.

Él bajó la vista hasta su hermana y la miró a los ojos. Bajó las manos hasta su regazo, pero no cogió la carta.

—Mara, el mundo no funciona así. —Tras una pausa, añadió:— El otro día volví al Callejón Diagon y, ¿sabes qué? Es igualito que aquí. Solo que en vez de trajes con corbata, llevan túnicas y sombreros. Pero son... son... Son como los demás.

Mara guardó silencio, estudiándolo. El silencio se espesó un poco, hasta que ella se animó a preguntar:

—¿De verdad has vuelto al Callejón Dragón?

Elliot se encogió de hombros y volvió a recostarse en la pared mirando el techo. Pero Mara no se conformó.

—¿Y volviste a ver escobas voladoras y animales raros?

—Sí. Vi todo eso y más. Pero cuando les pedí un remedio para ti, no les importaba ni tu tos, ni tu fiebre. Solo el dinero.

Mara escuchó, asintiendo despacio. Luego, miró a su hermano fijamente y añadió:

—Quiero conocer ese lugar. Aunque sea solo una vez.

—¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho?

—Sí, sí te he oído. Pero aun así quiero verlo con mis propios ojos. Las escobas flotando, los libros moviéndose... todo. Llévame contigo, Elliot. Solo una vez, por favor.

—¡Demonios, claro que no! Con esa fiebre no llegarías ni a la esquina. Cuando puedas caminar sin tambalearte, te lo prometo.

Mara extendió su meñique pálido y tembloroso en el aire entre ellos.

—¿Me lo prometes de verdad?

Elliot enganchó su dedo con el de ella, apretando apenas, como si temiera romper algo más que su piel.

—Palabra de hermano mayor.

—Está sellado entonces —murmuró Mara, dejando caer la mano sobre la manta—. Juramento de meñique. Ahora no puedes echarte atrás.

Mara calló de nuevo. Sus labios se movían ligeramente. Cuando por fin se recostó en el catre, exhaló suavemente antes de hablar:

—¿Y si le llevas la carta a Aristóteles? Él te la puede leer como la otra vez.

—¿Para qué?

—Porque… si fueras mago podrías curarme —susurró Mara, apretando la manta entre sus dedos—. ¿Y si esta carta tiene la respuesta? Por favor, Elliot. Si no la abres por ti, hazlo por mí.

La última frase, dicha casi sin voz, pesó más que cualquier argumento. Elliot la miró durante un buen rato. Finalmente, agachó la cabeza.

—Bueno. Pero solo porque seguro que Aristóteles se parte de la risa leyéndola.

Mara sonrió, tímida pero sincera.

—¿Me vas a dejar sola mucho rato?

—No pienso dejarte sola ni un minuto más de lo necesario. Y si tardo, te juro que es porque ese viejo se ha puesto a despotricar.

Mara asintió, conforme. Se dejó caer sobre la almohada y cerró los ojos, aunque la sonrisa se le quedó pegada a los labios como una pegatina rebelde.

Elliot rebuscó entre los harapos hasta encontrar su abrigo, un trapo lleno de agujeros que ya ni siquiera protegía del frío, y se lo echó sobre los hombros con un gesto brusco. Miró la carta antes de guardarla. Con un resoplido, la dobló con más fuerza de la necesaria y la hundió en el bolsillo.

Salió del refugio a zancadas, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. Al subir las escaleras, cada peldaño le arrancó un gruñido entre dientes, un murmullo cargado de rabia y frustración:

—¡Ni que yo fuera ese Elliot Carter!


───────── ✧ ─────────


Elliot avanzaba por la calle empapado, maldiciendo en silencio al viejo. Había ido a buscarlo bajo el puente, donde solía estar a esas horas, alimentando a las palomas, pero no lo encontró. Ahora se dirigía hacia el refugio de su amigo, enfurruñado por la caminata bajo la lluvia.

Al llegar a la antigua lavandería, se quitó el abrigo y lo escurrió para quitarse el exceso de agua. Lo colgó de un gancho en la pared, sabiendo que allí solo entraban Aristóteles y algún sintecho conocido del anciano que acudía a él en busca de ayuda o consejo.

Bajó los escalones y abrió la puerta sin llamar, como era su costumbre. En el centro de la sala, una lámpara de batería proyectaba una luz amarillenta sobre la mesa, donde Aristóteles reinaba como un monarca entre las ruinas. El viejo tenía la costumbre de sentarse con los codos apoyados en el tablero y las manos entrelazadas. Al ver entrar a Elliot, levantó la vista.

—¿No deberías estar con tu hermana, chico?

—Está descansando. Le ha bajado un poco la fiebre. Creo que por fin respira mejor.

Aristóteles guardó silencio. Lo miró con una intensidad que solía reservar para los momentos en que alguien venía a pedirle favores imposibles.

—¿Y tú has comido?

Elliot apartó la mirada un segundo. Aristóteles repiqueteó el tablero con los dedos, secamente, hasta que el silencio pesó tanto que el mismo Elliot tuvo que cortarlo.

—He ido a buscarte bajo el puente. Pensaba que estarías dándoles de comer a tus palomas.

El viejo tosió y carraspeó antes de responder.

—Hoy hace más frío que de costumbre. Me quedé sin migas y preferí venir aquí. Además, las palomas solo me quieren por la comida.

Elliot se sentó frente a él en una silla vieja y coja. 

—¿Has visto a Peter? —preguntó, mirando fijamente al viejo.

Aristóteles asintió sin apartar los ojos de él.

—Me dijo que le diste algo de comer.

El chico apartó la mirada, sin abrir la boca.

—Le eché la bronca por aceptar tu comida. —Se inclinó y lo señaló con un dedo—. Y a ti te digo lo mismo: preocúpate por ti y por tu hermana. Peter ya es mayorcito para arreglárselas solo. 

Elliot lo miró fijamente a los ojos durante unos segundos, en silencio. Luego, con calma, dijo:

—Fueron Mike y Joey.

—¿Y qué? ¿Crees que por ser tus hermanos de acogida le debías algo a Peter?

El chico bajó la mirada y se mordió el labio inferior.

—¿Habéis comido algo desde entonces? —preguntó Aristóteles, suavizando el tono.

Elliot se encogió de hombros.

—Algo. No mucho.

No quiso confesar que él no había probado bocado desde hacía casi un día. Evitó su mirada y, al meterse la mano en el bolsillo, chocó con la carta. La sacó de su bolsillo y la observó durante unos segundos. Supuso que era una buena forma de cambiar de tema. La apoyó sobre la mesa y la empujó hacia Aristóteles con un gesto cansado.

—Ha llegado un nuevo búho.

Aristóteles giró el sobre entre los dedos, examinando el sello y la letra. 

—Mmm… Va dirigida a Elliot Carter de nuevo.

—Lo sé.

El viejo lo observó unos segundos. Él desvió la mirada; no quería parecer muy interesado, sin embargo, sus ojos no paraban de volver a la carta una y otra vez. Aristóteles resopló por la nariz y, sin decir nada más, la abrió con una uña sin ningún miramiento. El crujido del papel resonó en los oídos de Elliot. El viejo desdobló el pergamino y empezó a leerlo en silencio. Sus ojos iban y venían entre líneas, con la incredulidad aumentando en cada frase. Cuando terminó, lo leyó de nuevo, esta vez más despacio, y luego apoyó el codo en la mesa y frotó su barba desordenada.

Elliot lo miró expectante, mordiéndose una uña sin apartar los ojos del anciano. El viejo leyó la carta en voz alta.


Estimado señor Carter:


Nos complace informarle que hemos recibido su lechuza aceptando la plaza en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Así mismo, le notificamos que su tutor legal ha completado todos los trámites de matrícula y abonado las tasas correspondientes. Sus libros y demás material escolar ya están guardados y se le entregarán cuando llegue. Recuerde que el tren de Hogwarts saldrá el 31 de agosto a las 12 del mediodía desde el andén 9 y ¾ de la estación de King's Cross de Londres.


Muy cordialmente,

Calista Ravenshade

Directora adjunta


Aristóteles recitó el cargo en voz alta, impostando la voz como un pregonero de feria. Hubo un silencio mientras Aristóteles doblaba la carta y la volvía a introducir dentro del sobre. Luego, miró a Elliot con media sonrisa.

—No está mal para una broma.

Elliot parpadeó varias veces. Ni siquiera parecía haber escuchado a Aristóteles. Pasó unos momentos sin que nadie dijera nada. El plic-plic de la lluvia en la ventana era la banda sonora de fondo.

—¿Has dicho tutor legal? ¿Estás seguro de que pone tutor?

—Sí, chico. Seré viejo, pero todavía veo las letras.

Elliot clavó la mirada en el suelo mientras se frotaba la barbilla. Luego, soltó todo el aire que llevaba dentro.

—Bueno, creo que eso deja claro que no soy Elliot Carter.

El viejo guardó silencio unos segundos con la frente arrugada. Después sacudió la cabeza.

—¿Por?

—Mara y yo no tenemos ningún tutor. Salvo Helene. Y no creo que ella…

Durante los siguientes minutos, ninguno de los dos dijo nada. Elliot seguía mirando el suelo, perdido en sus pensamientos, mientras Aristóteles lo miraba sin querer interrumpir sus pensamientos. Pero el silencio se alargó tanto que Aristóteles quiso sacar de su ensimismamiento a su joven amigo. 

—Tal vez sea una broma de Mike.

Elliot alzó la vista y miró al anciano.

—No, imposible. Si todo esto es una broma, es demasiado sofisticada para Mike. 

Echó la cabeza atrás y clavó la mirada en el techo. Aristóteles volvió a respetar su silencio. De pronto, Elliot rio, pero sus ojos seguían fijos en el suelo.

—Y si es cierto, ¿cómo que tutor? Tutor, ¿de qué? ¿Un tutor que nos deja tirados en la calle, sin nada en los bolsillos, como si fuéramos basura y que permite que una borracha nos...? 

Las palabras se le atascaron en la garganta. Desvió la mirada hacia las grietas del suelo. Aristóteles no lo presionó. Después de unos instantes, Elliot levantó los ojos hacia el anciano.

—¿Ese es el tipo de tutores que existe en el mundo mágico?

Aristóteles no respondió. Se quedó allí, quieto, observándolo con calma. El silencio duró unos minutos en los que ninguno de los dos se movió. El único sonido en la habitación fue el goteo persistente del agua filtrándose por algún rincón.

—Me da miedo que sea una broma.

Tragó saliva, y por un instante, pareció más niño que nunca. Volvió a quedarse en silencio. De algún rincón de su memoria emergió el fantasma de un aroma, menta fresca entrelazada con el humo dulzón de tabaco de pipa, seguido por los ecos de una voz femenina suplicante y los sollozos agudos de Mara. Sus hombros se hundieron mientras expulsaba el aire de sus pulmones en un solo suspiro derrotado.

—Me da más miedo que no lo sea.

Se removió en la silla, incómodo, y de pronto se incorporó de golpe.

—¡Demonios! Pues, ¿sabes qué? No me interesa. Ni ir a Hogwarts ni a ningún sitio. ¡Maldita sea! No me importa si existe o no existe. Yo lo único que quiero es que Mara esté bien. Y si tengo que seguir metido en sótanos o buscando comida en los contenedores, pues lo haré. Pero no voy a perder más tiempo con esas malditas cartas.

5 de agosto de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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