
Capítulo 4
El precio de la magia
La niebla y la lluvia londinenses no conocían la clemencia, ni siquiera en pleno verano. Llevaba más de un mes lloviendo sobre la ciudad, con pausas tan breves que apenas daban tiempo a secar las aceras.
Ese día, la niebla era más espesa que nunca. Densa, pegajosa, parecía que Londres había decidido cubrirse con un velo gris para esconder lo que no quería que el mundo viera. Las calles perdían sus contornos, los sonidos se amortiguaban y hasta las farolas parecían rendirse bajo el peso de tanta humedad.
Y en medio de aquel frío, el patio trasero del Caldero Chorreante parecía aún más invisible, más ajeno al tiempo y a las miradas. Un lugar que solo existía para quienes sabían buscarlo.
Elliot había pasado días enterrado junto a Mara, atrapado en la vigilia de su fiebre y sus suspiros. Pero esa mañana, por fin su hermana había abierto los ojos con un destello de lucidez. "Estoy mejor", había susurrado, y aunque las ojeras y la palidez decían lo contrario, Elliot se aferró a esas palabras. Fue así como regresó al patio.
Había dejado a Mara en el refugio, dormida y arropada hasta el cuello, con el rostro pálido pero en calma. Aristóteles, por supuesto, no estaba; a esas horas, probablemente estaría dando de comer a las palomas bajo el puente, ajeno a todo lo que no fueran sus propios sueños y el eco del río de coches.
El patio trasero estaba vacío. Apenas una bolsa de basura que se desangraba sobre el cemento y el olor de la cerveza rancia flotando en el aire. El muro era el mismo. Ladrillos de color sangre, rugosos, feos y dispuestos en un patrón anodino. Elliot se quedó frente a él. Quieto y en silencio. No se atrevía ni siquiera a respirar. Solo sentía que su corazón latía a marchas forzadas.
Puso la palma sobre la pared.
La piedra respondió con indiferencia. La golpeó, primero suave, luego con el puño. Nada. Apoyó el oído, por si acaso; solo escuchó el retumbar lejano de los coches y el murmullo de la ciudad al desperezarse. Quizás había que pronunciar alguna contraseña. Recordó los cuentos que Aristóteles le narraba sobre ladrones y tesoros escondidos. Acercó los labios a la piedra fría y susurró:
—Ábrete, sésamo.
El muro permaneció inmóvil. Sacudió la cabeza con media sonrisa. Miró a los lados y volvió a negar con la cabeza dándose una pequeña palmada en la frente.
Probó empujando con el hombro, como los matones de sus hermanos de acogida Mike y Joey, que sabían abrir cualquier puerta. Luego, tanteando cada ladrillo, buscando una grieta o una piedra suelta. Nada se movió. La pared seguía ahí.
Pasó un buen rato intentándolo todo: patadas, toques con diferentes palos, incluso dibujar patrones con los dedos. Nada. Derrotado, abandonó el patio. Al doblar la esquina del callejón, se topó con un perro vagabundo cuyo pelaje chorreaba tanto como su propia ropa. La criatura sacudió el hocico y soltó un estornudo lastimero. Elliot se detuvo, observándolo. El chucho estornudó por segunda vez. Con un chasquido de lengua, dio media vuelta y regresó al patio del pub.
Se agachó detrás del contenedor de basura, en la esquina donde la humedad del musgo recubría los ladrillos. Se encogió contra el suelo frío, hecho un ovillo.
Esperó.
La ciudad se fue llenando de ruido. A las siete y media pasaron los primeros barrenderos. A las ocho, un par de clientes del pub salieron al patio, fumando y hablando de un deporte que no entendió Elliot. Nadie lo vio, ni siquiera cuando se movió para evitar una colilla encendida que rodó cerca de su bota.
Casi a las nueve, cuando el sol intentaba asomar por encima de la niebla, apareció la primera figura interesante. Elliot la vio antes de que la figura lo viera a él, lo cual no era mérito; los magos, descubrió enseguida, no parecían tener gran talento para la discreción.
Era un hombre de mediana edad, ni alto ni bajo, vestido con una capa que parecía salida de una tienda de cortinas y un sombrero puntiagudo. Sacó una varita del bolsillo y la agitó en el aire. Elliot notó el brillo oscuro, como de madera bruñida. El hombre la sostuvo con la familiaridad de quien maneja una llave.
El corazón de Elliot empezó a latir con fuerza. Se obligó a no parpadear y contuvo la respiración.
El mago se paró justo frente al muro, levantó la varita y tocó con ella varios ladrillos, en un patrón extraño: arriba, a la izquierda; en medio, al centro; abajo, a la derecha. El patrón de los ladrillos cambió; los colores se corrieron como si alguien los hubiese pintado con agua. Y entonces, sin ruido, el muro se abrió.
El mago entró sin mirar atrás. Elliot esperó apenas tres segundos, el tiempo justo para asegurarse de que nadie más miraba, y luego corrió tras él. Sus pies cruzaron el umbral en el último segundo, mientras los ladrillos se reagrupaban detrás de él como murciélagos volviendo a sus nidos, sellando nuevamente el pasaje.
Es real.
Cuando el último ladrillo se puso en su sitio, el ruido de los coches se desvaneció por completo. Fue sustituido por voces, saludos y risas.
El Callejón Diagon era exactamente como lo recordaba, o como había querido recordarlo. Un hervidero de gente, tiendas, gatos y olores.
Elliot apenas podía respirar. Las tiendas eran un delirio: escaparates llenos de calderos, jaulas de animales que no reconocía, estanterías repletas de frascos con líquidos que cambiaban de color y forma mientras los miraba. Había magos por todas partes, cada uno más raro que el anterior. Unos vestían túnicas plateadas, otros abrigos que parecían hechos de escamas, otros simples trajes de segunda mano con pañuelos chillones. El único denominador común era la varita: todos la llevaban a la vista, en la mano, en el cinturón o colgando del cuello como un amuleto.
Pasó junto a un puesto de periódicos, y de nuevo, como con la mujer de las manzanas, la lluvia parecía esquivar aquel rincón. Las gotas caían a su alrededor, empapando el suelo, las farolas, los transeúntes… pero el puesto —y los periódicos apilados con pulcritud— permanecían secos. Elliot se detuvo, desorientado, pasando una mano por el aire. Un niño mayor que él, con la cara salpicada de pecas y los dientes desordenados, voceaba las noticias a los cuatro vientos:
—¡Extra, extra! ¡La primera ministra de magia, Hermione Granger, se reúne con los ministros de magia de toda Europa para tratar sobre el ciclo extraordinario de reajuste! ¡Lea la edición especial! ¡Con fotos exclusivas de los debates!
El chico se movía entre la multitud como un gato: ágil, astuto, con las palabras en la punta de la lengua. Llevaba un gorro rojo y una chaqueta tres tallas menor. Elliot se quedó mirándolo. Nunca había visto a un niño gritar con tanto desparpajo sin miedo a que alguien le partiera la cara.
El chico lo miró de reojo, le guiñó un ojo y alzó un ejemplar del periódico.
—¡Tú, el de la cara de estar soñando con la nueva Nimbus 2026! ¿Quieres una copia? Solo cinco knuts.
Elliot negó con la cabeza, sonriendo sin querer. El chico se encogió de hombros y siguió con lo suyo.
—¡Extra, extra! ¡Llueven las críticas a Augustus Nott por llamar a La Orden del Umbral, secta de lunáticos, y exigen…!
Elliot siguió su camino. Se perdió por el Callejón Diagon, absorbiendo cada detalle, cada voz, cada fragmento de un mundo fascinante. Recorrió los escaparates con los ojos muy abiertos. No sabía qué necesitaba, pero desde que había vuelto a entrar al Callejón Diagon sus dedos dejaron de temblar en los bolsillos.
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Había pasado media hora perdido entre el bullicio del Callejón Diagon, con los sentidos saturados de maravillas, cuando Elliot presenció algo que, en medio de tanto hechizo y brillo, le pareció el milagro más terrenal de todos: una mujer anciana, no muy distinta de esas vendedoras de chucherías de las estaciones del metro, con los dedos artríticos y una mirada astuta. Salía de una tienda envuelta en una bufanda que le cubría media cara, y aunque el callejón hervía de vida, lo que más destacaba de ella era su tos: seca, áspera, rabiosa. No era igual que la de Mara, pero el sonido le heló la sangre.
Entre sus dedos, casi escondido, llevaba un frasco minúsculo. De cristal opaco, tapado con un corcho envejecido y sellado con cera verde. Cuando pasó a su lado, Elliot contuvo el aliento. Y entonces, entre un acceso de tos y otro, la bruja murmuró para sí, con una voz que sonó a promesa:
—¡Buena para la tos, siempre lo ha sido! Eso espero.
Siguió su instinto, el mismo que tantas veces le había llevado a encontrar restos de comida aún aprovechables en los contenedores traseros de los restaurantes. Elliot mantuvo los ojos fijos en la bufanda de la anciana hasta que esta se desvaneció entre la multitud. Con un suspiro, dio media vuelta y regresó a la tienda de la que había visto salir a la anciana.
En el interior de la tienda había botellas de todos los tamaños, alineadas en estantes altos, rotuladas con palabras que no entendía y tintadas en colores que ni siquiera sabía que existían. El aire olía a azufre, a menta y a algo más punzante, que no supo distinguir. Detrás del mostrador, un hombre de pelo blanco y gafas tan gruesas que los ojos parecían de insecto, rellenaba frascos mientras silbaba una melodía.
Elliot se aproximó poco a poco. Se detuvo al pie del mostrador, conteniendo la respiración. El hombre no levantó la vista hasta después de un buen rato. Cuando por fin lo hizo, fue solo para mirar a Elliot por encima de las gafas.
—¿Qué te trae por aquí, jovencito? ¿Te envía tu madre?
—Mi hermana pequeña está enferma. Tiene tos, y no se le quita con nada.
El dependiente se agachó detrás del mostrador, abrió una vitrina con llave y extrajo un frasco no más grande que un pulgar. Cuando lo sostuvo a contraluz, Elliot pudo ver el líquido verde brillante que se arremolinaba dentro. Su corazón dio un vuelco y comenzó a latir más rápido.
—Poción herbovitalizante. No es barata… ni fácil de preparar. —Sus dedos, curtidos y precisos, giraron el frasco, y la luz verde bailó entre las sombras—. Pero si tu hermana tiene fiebre, puede que no le sirva de mucho.
Elliot asintió, tragando saliva. El hombre soltó un chasquido con la lengua.
—Así que tiene fiebre, ¿eh? Tose. Tiene fiebre. —Hizo una pausa, mientras buscaba entre sus frascos—. ¿Algún otro síntoma?
—A veces… cuando tose muy fuerte, escupe sangre.
El dependiente se giró de nuevo para mirar a Elliot. Su expresión se ensombreció.
—Eso es cosa seria, jovencito. Yo solo puedo recomendarte remedios para males comunes: resfriados, dolores, heridas leves. Lo que describes… —Sacudió la cabeza, lento—. Eso requiere un sanador. Alguien que pueda prepararte una poción más potente que lo que tengo en estos estantes.
Elliot apretó los puños.
—Pero la señora de antes… la que tosía… ella compró algo para la tos. —Señaló con la barbilla hacia la puerta, donde la anciana había desaparecido—. Le vendió algo. Yo lo vi.
El dependiente torció la boca. Giró sobre sí mismo con un gesto teatral y de entre los estantes extrajo un frasco con líquido azul en su interior. Lo plantó sobre el mostrador con un golpe seco frente a Elliot.
—Expectorante básico. Una cucharada cada mañana. Sabe a barro, pero despeja la garganta. Eso sí, si no mejora, ni se te ocurra esperar. Llévala a San Mungo.
Elliot miró el frasco. Extendió la mano hacia él, con los dedos temblorosos. Pero el dependiente la apartó de un manotazo, rápido y contundente.
—¡No tan rápido, muchacho! Son 5 galeones.
Elliot se quedó paralizado, y el aire se le heló en los pulmones. Sus dedos, aún extendidos hacia el frasco, se quedaron suspendidos en el vacío.
—¿Galeones?
El dependiente arqueó una ceja, impaciente.
—¡Sí, claro, galeones! ¿O acaso creías que costaba solo cinco sickles?
Elliot metió la mano en el bolsillo por inercia, aunque ya sabía lo que encontraría: tres peniques, gastados e inútiles, que ni siquiera alcanzaban para un chicle en la estación del metro. El metal frío le quemó los dedos.
—¿Cuánto es eso… en dinero normal?
El hombre lo miró enarcando una ceja.
—¿Dinero normal? —Sacudió la cabeza lentamente—. No entiendo, jovencito. ¿Tienes cinco galeones o no?
Elliot tragó saliva. Miró el frasco una última vez. Por un segundo, estuvo a punto de suplicar. Pero el tendero, con un gesto brusco, casi despectivo, retrocedió y devolvió el frasco a su estante.
—¡Sin dinero, no hay trato! —sentenció, cortante. Sus ojos ya no miraban a Elliot, sino más allá—. No tengo tiempo para curiosos.
Se dio la vuelta, dejando claro que la conversación y cualquier atisbo de esperanza se había evaporado.
Elliot se quedó clavado frente al mostrador, con las manos aún extendidas hacia el vacío que el frasco había dejado. No sabía si maldecir o llorar.
El tendero lo miró de reojo y resopló.
—¡Mira, jovencito! La tos de los niños suele pasar sola. Que beba agua caliente. Que descanse. Y si la cosa empeora, busca a un adulto.
Elliot giró sobre los talones y salió de la tienda antes de que el hombre pudiera añadir nada más.
Afuera, el Callejón Diagon seguía igual de ruidoso. Pero Elliot notó que no sonaba igual.
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Elliot caminó sin rumbo. Los talones golpeaban el suelo a cada paso. Avanzaba esquivando a los transeúntes que se agolpaban ante los escaparates de las tiendas. Esta vez, no se detuvo. Se metió las manos en los bolsillos y dio vueltas a los tres peniques entre los dedos mientras su vista estaba perdida más allá del Callejón Diagon.
Entonces, entre el bullicio, vio de nuevo a la anciana de la bufanda. Ahora salía de una tienda distinta, con un paquete pequeño envuelto en papel marrón entre sus dedos nudosos. Ya no tosía tanto. Y el frasco de antes había desaparecido. Elliot parpadeó varias veces hasta enfocar la vista en ella. Sacó los tres peniques de su bolsillo y los miró mientras se mordía el labio inferior. Los volvió a guardar y se giró hacia la tienda.
Sus ojos se clavaron en la puerta por la que la bruja acababa de salir. A través del cristal empañado, se distinguían estantes abarrotados de macetas de barro, ramitas retorcidas y racimos de flores secas que colgaban del techo como murciélagos dormidos. El aire que escapaba de la tienda olía a tierra húmeda y a hojas trituradas, un aroma denso y verde.
Respiró hondo y empujó la puerta. Una campanilla flotante tintineó sobre su cabeza.
El interior era pequeño, pero cálido, con una luz amarilla que caía desde farolillos de papel pintado a mano. Al fondo había dos mujeres mayores envueltas en chales oscuros que escudriñaban entre las macetas. Más allá, un niño pequeño de rostro redondo y ojos brillantes estaba sentado en el suelo con las manos enterradas en la tierra de una maceta.
Detrás de un mostrador cubierto de musgo y hojas secas, un hombre mayor, de barba blanca y sonrisa ancha, clasificaba raíces en un mortero de piedra. A diferencia del tendero de la otra tienda, este hombre parecía estar de buen humor, y cuando vio a Elliot, lo saludó con una inclinación de cabeza.
—¡Bienvenido! Pasa, pasa. Tranquilo, que aquí no nos comemos a nadie.
Elliot se detuvo, sorprendido. La calidez de esa voz lo desarmó, y avanzó con pasos indecisos. El herbolario lo miraba con una atención absoluta.
—¿Buscas algo en particular? —preguntó, inclinándose ligeramente sobre el mostrador. Sus manos, grandes y cubiertas de un polvo verdoso, se apoyaron sobre la madera gastada—. ¿Un encargo, o acaso un remedio?
—Un remedio. Para la tos.
El herbolario cerró el libro que tenía entre las manos y se incorporó. Al acercarse, su sonrisa se hizo más amplia, y sus ojos cálidos y astutos parecieron atrapar los de Elliot en un silencio cómplice.
—¿Tos seca, húmeda? ¿Con fiebre, sin fiebre?
Elliot tragó saliva.
—Mi hermana pequeña está muy enferma. No deja de toser. Tiene mucha fiebre. No puede dormir. A veces ni siquiera puede respirar bien.
El herbolario asintió, sin apartar la mirada. Se giró hacia los estantes y, tras buscar entre frascos y cajas, extrajo un tarro pequeño de cristal ámbar. Lo sostuvo contra la luz, y la pomada en su interior brilló con un tono dorado y tranquilo.
—Este ungüento es antiguo. Lo usaba mi madre mucho antes de que inventaran todas esas pócimas modernas. —Lo colocó sobre el mostrador—. No cura, no te voy a mentir. Pero calma el pecho, abre las vías, ayuda a respirar. Es suave, sin efectos secundarios. Solo alivio.
Sus ojos buscaron los de Elliot.
—¿Quieres probarlo?
Elliot cerró los ojos un segundo y aflojó los hombros. Por un instante, sintió cómo el pecho se le llenaba de un alivio ligero, frágil, como un globo a punto de desinflarse. Sus dedos ya se extendían hacia el tarro, pero el herbolario alzó una mano con suavidad, deteniéndolo sin prisa.
—Son tres galeones.
Elliot retiró la mano y sus ojos perdieron brillo. El herbolario se quedó mirándolo un segundo.
—Aunque si no puedes pagarlos, podemos buscar otro remedio más sencillo.
Miró al hombre, luego al frasco, y bajó la cabeza. El silencio se alargó, incómodo, hasta que sacó el sobre de su bolsillo y lo colocó sobre el mostrador con las manos temblando.
—No… no tengo dinero. Solo tengo esto.
El herbolario tomó el sobre entre sus dedos y lo examinó con cuidado. Sus ojos, antes curiosos, se velaron por un instante. Elliot tragó saliva. Cuando el anciano alzó la mirada, su sonrisa era más sincera.
—¿Vas a ir a Hogwarts?
Elliot tragó saliva antes de responder con un movimiento de cabeza. Sintió cómo el calor le subía por el cuello y le teñía las mejillas. Los latidos de su corazón empezaron a sonar más firmes.
—Me alegro. La escuela es importante, y para aprender magia… bueno, no hay mejor lugar que Hogwarts. Pero, lamento decirte que no puedo darte el ungüento si no lo pagas.
Elliot apretó los puños. Alzó la cabeza con decisión.
—¡Puedo ayudarle, señor! Puedo barrer, limpiar frascos, regar las macetas… lo que haga falta. Trabajo duro, se lo prometo. No me importan las horas.
El herbolario suspiró, largo y profundo. Negó con la cabeza, lento, y sus ojos también se apagaron.
—Lo siento, muchacho. No está permitido contratar a niños sin permiso. Y aunque lo estuviera… —Miró alrededor, a los estantes impecables, al orden meticuloso de su tienda—. La verdad es que no necesito ayuda.
Elliot asintió. Se dio la vuelta, con los hombros tensos y la mirada fija en el suelo. Pero al llegar a la puerta, notó el peso de las miradas clavadas en su nuca: las dos mujeres cuchicheaban tras sus manos. Y el niño había dejado de jugar y lo observaba con una mezcla de fascinación y extrañeza.
Salió al exterior, con el pecho apretado y los ojos ardiendo. El Callejón Diagon seguía igual: la misma multitud, los mismos olores, las mismas risas de fondo. Pasó junto a un grupo de niños que señalaban emocionados una vitrina de escobas. Él no giró la cabeza.
Se apoyó en una pared y respiró hondo. El olor a plantas medicinales se le había pegado a la ropa, como un recordatorio cruel. En ese momento, un gato negro cruzó la acera y se le quedó mirando. Elliot se inclinó para acariciarlo, pero el animal dio un salto y salió corriendo.
—¿Tú también?
Se incorporó y siguió caminando hacia el muro por el que había entrado, con paso lento. Al llegar a la calle principal, alguien lo empujó con el hombro. Elliot dio un paso a un lado y se quedó quieto. A su alrededor, la gente paseaba, conversaba o se saludaba con risas.
Nadie lo miró a él.
Elliot volvió a caminar con la vista puesta en los adoquines. Al llegar al final de la calle, buscó el muro de ladrillos y lo reconoció enseguida. Se apoyó en él con las dos manos, esperando, pero no pasó nada. El muro volvió a ser indiferente.
Le tocó volver a esperar. Cuando por fin el muro se abrió para dejar pasar a otro mago, Elliot lo traspasó y se giró una última vez hacia el Callejón Diagon antes de que los ladrillos volvieran a su sitio. Pero, ahora, solo le pareció una calle más de Londres.
16 de abril de 2026
Enrique Vallés Balaguer

Elliot Carter
Estudiante
