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Capítulo 4: El precio de la magia
Capítulo 4: El precio de la magia

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Capítulo 4

El precio de la magia

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Londres, 28 de julio de 2026

Elliot había pasado días enterrado junto a Mara, atrapado en la vigilia de su fiebre y sus suspiros. Pero esa mañana, por fin su hermana había abierto los ojos con un destello de lucidez. «Estoy mejor», había susurrado, y aunque las ojeras y la palidez decían lo contrario, Elliot se aferró a esas palabras como a un clavo ardiente. Fue así como decidió regresar al patio trasero del «Caldero Chorreante» a investigar.

Mientras caminaba por las calles de Londres, notó que ese día, la niebla era más espesa que nunca; tan densa y pegajosa que sentía que Londres había decidido cubrirse con un velo gris para esconder lo que no quería que viera él. Además, los sonidos se amortiguaban y hasta las farolas parecían rendirse bajo el peso de tanta humedad. Así que avanzaba alerta, mirando las esquinas dos veces antes de doblar en una calle.

Con toda aquella niebla, el patio trasero del Caldero Chorreante parecía aún más invisible, más ajeno al tiempo y a las miradas. Un lugar que solo existía para quienes sabían buscarlo. Y Elliot había memorizado el camino. Por eso esta vez no le costó encontrar el lugar. El patio trasero estaba vacío; apenas una bolsa de basura que se desangraba sobre el cemento y el olor de la cerveza rancia flotando en el aire. El muro seguía igual: ladrillos de color sangre, rugosos, feos y dispuestos en un patrón anodino. Elliot se detuvo frente a él, y permaneció quieto y en silencio, sin atreverse ni siquiera a respirar e intentando controlar el ritmo de su corazón, que latía a marchas forzadas.

Tras unos minutos de inmovilidad, extendió la palma sobre la pared; pero la piedra respondió con la misma indiferencia de siempre. La golpeó con suavidad, al principio, pero, conforme crecía su frustración, los golpes se volvieron más y más fuertes. No ocurrió nada, salvo que terminó con la mano entumecida y dolorida. Apoyó el oído contra el muro, por si acaso; solo escuchó el retumbar lejano de los coches y el murmullo de la ciudad al desperezarse, nada más. Pensó que, quizá, había que pronunciar alguna contraseña como en los cuentos sobre ladrones y tesoros escondidos. Acercó los labios a la piedra fría y susurró:

—Ábrete, sésamo.

Contuvo la respiración, pero el muro permaneció inmóvil. Sacudió la cabeza con media sonrisa. Miró a ambos lados para asegurarse de que no hubiera testigos de su locura, y volvió a negar con la cabeza, dándose una pequeña palmada en la frente. 

Empujó el muro con el hombro, como hacían  los matones de sus hermanos de acogida Mike y Joey para abrir puertas cerradas. Después tanteó cada ladrillo buscando una grieta. Probó con patadas, con palos e incluso dibujando patrones sobre la piedra. Nada; el muro seguía allí, indiferente.

Derrotado, abandonó el patio cabizbajo. Al doblar la esquina del callejón, se topó con un perro vagabundo cuyo pelaje chorreaba tanto como su propia ropa. La criatura sacudió el hocico y soltó un estornudo lastimero. Elliot se detuvo de golpe, y se quedó observándolo completamente inmóvil. El chucho estornudó por segunda vez. Con un chasquido de lengua, Elliot dio media vuelta y regresó al patio trasero.

Se agachó detrás del contenedor de basura, en la esquina donde la humedad del musgo recubría los ladrillos. Se encogió contra el suelo frío, hecho un ovillo, y esperó. La ciudad se fue llenando de ruido a su alrededor. A las siete y media, pasaron los primeros barrenderos por el callejón contiguo al patio, al otro lado de la verja cubierta de hiedra. A las ocho, un par de clientes del pub salieron al patio, fumando y hablando de un deporte que no entendió; algo relacionado con escobas y buscadores. Durante todo ese tiempo, nadie lo vio, ni siquiera cuando se movió para evitar una colilla encendida que rodó cerca de su bota.

Casi a las nueve, cuando el sol intentaba asomar por encima de la niebla, salió del pub la primera figura interesante. Era un hombre de mediana edad, ni alto ni bajo, vestido con una capa que parecía salida de una tienda de cortinas y un sombrero puntiagudo. Sacó una varita del bolsillo y la agitó en el aire durante unos segundos. El corazón de Elliot empezó a latir con fuerza. Se obligó a no parpadear y contuvo la respiración. El mago se paró justo frente al muro, levantó la varita y tocó con ella varios ladrillos, en una combinación extraña: arriba, a la izquierda; en medio, al centro; abajo, a la derecha. El patrón de los ladrillos cambió; los colores se corrieron como si alguien los hubiese pintado con agua. Y entonces, por fin, el muro se abrió.

Elliot no fue capaz ni de pestañear, y solo al ver de reojo que el mago entraba sin mirar atrás, volvió en sí. Esperó tres segundos —el tiempo justo para asegurarse de que nadie más miraba—, y luego corrió tras él. Sus pies cruzaron el umbral en el último segundo, mientras los ladrillos se reagrupaban a sus espaldas como murciélagos volviendo a sus nidos, sellando nuevamente el pasaje. Cuando el último ladrillo se puso en su sitio, el ruido de los coches se desvaneció por completo. Fue sustituido por voces, saludos y risas.

El Callejón Diagon era exactamente como lo recordaba, o como había querido recordarlo. Un hervidero de gente, tiendas, gatos y olores. Elliot apenas podía respirar. Las tiendas eran un delirio: escaparates llenos de calderos, jaulas de animales que no reconocía, estanterías repletas de frascos con líquidos que cambiaban de color y forma mientras los miraba. Había magos por todas partes, cada uno más raro que el anterior. Unos vestían túnicas plateadas, otros abrigos que parecían hechos de escamas, otros simples trajes de segunda mano con pañuelos chillones. El único denominador común era la varita: todos la llevaban a la vista, en la mano, en el cinturón o colgando del cuello como un amuleto.

Se cruzó con varias familias cargadas de paquetes. Los niños corrían entre risas mientras sus padres los apuraban para que no llegaran tarde. De pronto, escuchó a una madre decirle a su hijo: «…demasiados libros este año, a ver si mejoras las notas en Hogwarts…». El corazón de Elliot dio un brinco; apretó los puños y una sonrisa se le dibujó en el rostro sin que pudiera evitarlo.

Pasó junto a un puesto de periódicos, donde un niño mayor que él, con la cara salpicada de pecas y los dientes desordenados, voceaba las noticias a los cuatro vientos:

—¡Extra, extra! ¡La primera ministra de magia, Hermione Granger, se reúne con los ministros de magia de toda Europa para tratar sobre el ciclo extraordinario de reajuste! ¡Lea la edición especial! ¡Con fotos exclusivas de los debates!

El chico se movía entre la multitud con la agilidad y astucia de un gato y con las palabras en la punta de la lengua. Llevaba un gorro rojo y una chaqueta tres tallas menos. Elliot se quedó mirándolo. Nunca había visto a un niño gritar con tanto desparpajo sin miedo a que alguien le partiera la cara. El chico lo miró de reojo, le guiñó un ojo y alzó un ejemplar del periódico.

—¡Tú, el de la cara de estar soñando con la nueva Nimbus 2026! ¿Quieres un ejemplar? Solo cinco knuts.

Elliot negó con la cabeza, sonriendo sin querer. El chico se encogió de hombros y siguió con lo suyo.

—¡Extra, extra! ¡Llueven las críticas a Augustus Nott por llamar a La Orden del Umbral, secta de lunáticos, y exigen...!

Elliot siguió su camino. Se perdió por el Callejón Diagon, absorbiendo cada detalle, cada voz, cada fragmento de un mundo fascinante. Recorrió los escaparates con los ojos muy abiertos. No sabía qué podía encontrar, pero desde que había vuelto a entrar al Callejón Diagon sus dedos dejaron de temblar en los bolsillos.


───────── ✧ ─────────


Había pasado media hora deambulando entre el bullicio del Callejón Diagon cuando la vio. Entre tanto hechizo y escaparate llamativo, fue precisamente una anciana tosiendo la que atrapó su atención. La vio salir de una tienda envuelta en una bufanda que le cubría media cara, y aunque el callejón hervía de vida, escuchó claramente su tos seca. Pese a no sonar exactamente igual que la de Mara, a Elliot le heló la sangre.

Entre sus dedos, casi escondido, llevaba un frasco minúsculo y de cristal opaco, tapado con un corcho envejecido y sellado con cera verde. Cuando pasó a su lado, entre un acceso de tos y otro, la bruja murmuró para sí mientras guardaba su frasco en el bolso:

—Lo mejor para la tos.

Elliot contuvo el aliento. Siguió su instinto, el mismo que tantas veces le había llevado a encontrar restos de comida aún aprovechables en los contenedores traseros de los restaurantes. Mantuvo los ojos fijos en la bufanda de la anciana hasta que esta se desvaneció entre la multitud. Con un suspiro, dio media vuelta y regresó a la tienda de la que había visto salir a la anciana.

En el interior de la tienda había botellas de todos los tamaños, alineadas en estantes altos, rotuladas con palabras que no entendía y tintadas en colores que ni siquiera sabía que existían. El aire olía a azufre, a menta y a algo más punzante, que no supo distinguir. Detrás del mostrador, un hombre de pelo blanco y gafas tan gruesas que los ojos parecían de insecto, rellenaba frascos mientras silbaba una melodía.

Elliot se aproximó poco a poco y se detuvo al pie del mostrador, conteniendo la respiración. El hombre no levantó la vista hasta después de un buen rato. Cuando por fin lo hizo, fue solo para mirar a Elliot por encima de las gafas.

—¿Qué te trae por aquí, jovencito? ¿Te envía tu madre?

Él negó con la cabeza. Luego, respiró hondo antes de hablar.

—Mi hermana pequeña está enferma. Tiene mucha tos.

El dependiente se agachó detrás del mostrador, abrió una vitrina con llave y extrajo un frasco no más grande que un pulgar. Cuando lo sostuvo a contraluz, Elliot pudo ver el líquido verde brillante que se arremolinaba dentro. Su corazón dio un vuelco y comenzó a latir más rápido.

—Poción herbovitalizante. No es barata... ni fácil de preparar. —Sus dedos, curtidos y precisos, giraron el frasco, y la luz verde bailó entre las sombras—. Pero si tu hermana tiene fiebre, puede que no le sirva de mucho.

Elliot asintió, tragando saliva. 

—¿Y cuál sí podría servir?

El hombre soltó un chasquido con la lengua.

—Así que tiene fiebre, ¿eh? Tose y tiene fiebre. —Hizo una pausa, mientras buscaba entre sus frascos—. ¿Algún otro síntoma?

El chico no contestó inmediatamente. Luego cerró los ojos un momento antes de decir:

—A veces... cuando tose muy fuerte, escupe sangre.

El dependiente se giró de golpe para mirar a Elliot. Su expresión se ensombreció.

—Eso es cosa seria, jovencito. Yo solo puedo recomendarte remedios para males comunes, como resfriados, dolores, heridas leves. Lo que describes... —Sacudió la cabeza, lento—. Eso requiere un sanador. Alguien que pueda prepararte una poción más potente que lo que tengo en estos estantes.

Elliot apretó los puños.

—Pero la señora de antes... la que tosía... ella compró algo para la tos. —Señaló con la barbilla hacia la puerta, donde la anciana había desaparecido—. Le vendió algo. Yo lo vi.

El dependiente torció la boca. Giró sobre sí mismo con un gesto teatral y de entre los estantes extrajo un frasco con líquido azul en su interior. Lo plantó sobre el mostrador con un golpe seco frente a Elliot.

—Expectorante básico. Una cucharada cada mañana. Sabe a barro, pero despeja la garganta. Eso sí, si no mejora, ni se te ocurra esperar. Llévala a San Mungo.

Elliot no entendió lo último, aunque no le importó. Sus ojos no se apartaban del frasco. Extendió la mano hacia él, con los dedos temblorosos. Pero el dependiente la apartó de un manotazo, rápido y contundente.

—¡No tan rápido, muchacho! Son cinco galeones.

Elliot se quedó paralizado, y el aire se le heló en los pulmones. Sus dedos, aún extendidos hacia el frasco, se quedaron suspendidos en el vacío.

—¿Galeones?

El dependiente arqueó una ceja, impaciente.

—Sí, claro, galeones —dijo, mientras rozaba los dedos en el universal gesto del dinero.

Elliot metió la mano en el bolsillo por inercia, aunque ya sabía lo que encontraría: tres peniques, gastados e inútiles, que ni siquiera alcanzaban para un chicle en la estación del metro. El metal frío le quemó los dedos.

—¿Cuánto es eso... en dinero normal?

El hombre lo miró enarcando una ceja.

—¿Dinero normal? —Sacudió la cabeza lentamente—. No entiendo, jovencito. ¿Tienes cinco galeones o no?

Elliot no apartó la vista del frasco. Por un segundo, estuvo a punto de suplicar, pero el tendero, con un gesto brusco, casi despectivo, retrocedió y devolvió el frasco a su estante.

—¡Sin dinero, no hay trato! —sentenció, cortante. Sus ojos ya no miraban a Elliot, sino más allá—. No tengo tiempo para curiosos.

Se dio la vuelta, dejando claro que la conversación y cualquier atisbo de esperanza se habían evaporado. Elliot se quedó clavado frente al mostrador, con los ojos clavados aún hacia el vacío que el frasco había dejado. El tendero lo miró de reojo y resopló.

—Lo siento, muchacho. Yo no puedo ayudarte. Si de verdad escupe sangre, llévala cuanto antes a San Mungo.

Tras unos segundos en los que Elliot clavó la mirada en el dependiente, giró sobre los talones y salió de la tienda antes de que el hombre pudiera añadir nada más. Afuera, el Callejón Diagon seguía igual de ruidoso y animado, pero para Elliot había cambiado completamente. Ahora comprendía que, aunque todas aquellas maravillas seguían allí, ninguna estaba al alcance de sus tres tristes peniques.


───────── ✧ ─────────


Durante los siguientes minutos, Elliot caminó sin rumbo mientras sus talones golpeaban el suelo a cada paso. Avanzaba esquivando a los transeúntes que se agolpaban ante los escaparates de las tiendas, pero él ya no se detuvo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos y les daba vueltas a los tres peniques entre los dedos mientras su vista estaba perdida más allá del Callejón Diagon.

De pronto, vio de reojo a la anciana de la bufanda entre el bullicio. Elliot parpadeó varias veces hasta enfocar la vista en ella. Acababa de salir de una tienda distinta, con un paquete pequeño envuelto en papel marrón entre sus dedos nudosos. El chico sacó los tres peniques de su bolsillo y los miró, mordiéndose el labio inferior. Tras un momento de duda, los volvió a guardar y se giró hacia la tienda.

Sus ojos se clavaron en la puerta por la que la bruja acababa de salir. A través del cristal empañado, se distinguían estantes abarrotados de macetas de barro, ramitas retorcidas y racimos de flores secas que colgaban del techo como murciélagos dormidos. El aire que escapaba de la tienda olía a tierra húmeda y a hojas trituradas, un aroma denso y verde.

Respiró hondo y empujó la puerta. Una campanilla flotante tintineó sobre su cabeza. El interior era pequeño, pero cálido, con una luz amarilla que caía desde farolillos de papel pintado a mano. Al fondo había dos mujeres mayores envueltas en chales oscuros que escudriñaban entre las macetas. Más allá, un niño pequeño de rostro redondo y ojos brillantes estaba sentado en el suelo con las manos enterradas en la tierra de una maceta.

Detrás de un mostrador cubierto de musgo y hojas secas, un hombre mayor, de barba blanca y sonrisa ancha, clasificaba raíces en un mortero de piedra. A diferencia del tendero de la otra tienda, este hombre parecía estar de buen humor, y cuando vio a Elliot, lo saludó con una inclinación de cabeza.

—¡Bienvenido! Pasa, pasa. Tranquilo, que aquí no nos comemos a nadie.

Elliot se detuvo, sorprendido. La calidez de esa voz lo desarmó, y avanzó con pasos indecisos. El herbolario lo miraba con una atención absoluta.

—¿Buscas algo en particular? —preguntó, inclinándose ligeramente sobre el mostrador. Sus manos, grandes y cubiertas de un polvo verdoso, se apoyaron sobre la madera gastada—. ¿Un encargo, o acaso un remedio?

El chico asintió.

—Un remedio. Para la tos.

El herbolario cerró el libro que tenía entre las manos y se incorporó. Al acercarse, su sonrisa se hizo más amplia, y sus ojos cálidos y astutos parecieron atrapar los de Elliot en un silencio cómplice.

—¿Tos seca, húmeda? ¿Con fiebre, sin fiebre?

Elliot tragó saliva.

—Mi hermana pequeña está muy enferma. No deja de toser y tiene mucha fiebre. A veces ni siquiera puede respirar bien.

El herbolario asintió, sin apartar la mirada. Se giró hacia los estantes y, tras buscar entre frascos y cajas, extrajo un tarro pequeño de cristal ámbar. Lo sostuvo contra la luz, y la pomada en su interior brilló con un tono dorado y tranquilo.

—Este ungüento es antiguo. Lo usaba mi madre mucho antes de que inventaran todas esas pócimas modernas. —Lo colocó sobre el mostrador—. No cura, no te voy a mentir. Pero calma el pecho, abre las vías, ayuda a respirar. Es suave, sin efectos secundarios. Solo alivio.

Sus ojos buscaron los de Elliot.

—¿Quieres probarlo?

Elliot cerró los ojos un segundo y aflojó los hombros. Por un instante, sintió cómo el pecho se le llenaba de un alivio ligero, frágil, como un globo a punto de desinflarse. Sus dedos ya se extendían hacia el tarro, pero el herbolario alzó una mano con suavidad, deteniéndolo sin prisa.

—Son tres galeones.

Elliot retiró la mano y sus ojos perdieron brillo. El herbolario se quedó mirándolo un segundo.

—Aunque si no puedes pagarlos, podemos buscar otro remedio más sencillo.

Él miró al hombre, luego al frasco, y finalmente bajó la cabeza. El silencio se alargó, incómodo y pesado, hasta que, con un gesto lento, sacó el sobre de su bolsillo. Lo observó unos instantes, hasta que con un suspiro, lo colocó sobre el mostrador con las manos temblando.

—No... no tengo dinero. Solo tengo esto.

El herbolario cogió el sobre entre sus dedos y lo examinó con cuidado. Sus ojos, antes curiosos, se velaron por un instante. Elliot contuvo la respiración. Cuando el anciano alzó la mirada, su sonrisa era más sincera.

—¿Vas a ir a Hogwarts?

Elliot tragó saliva antes de responder con un movimiento de cabeza. Sintió cómo el calor le subía por el cuello y le teñía las mejillas. Los latidos de su corazón empezaron a sonar más firmes.

—Me alegro. La escuela es importante, y para aprender magia... bueno, no hay mejor lugar que Hogwarts. Pero, lamento decirte que no puedo darte el ungüento si no lo pagas.

El chico apretó los puños. Tras una pausa, alzó la cabeza con decisión.

—¡Puedo ayudarle, señor! Puedo barrer, limpiar frascos, regar las macetas... lo que haga falta. Trabajo duro, se lo prometo. No me importan las horas.

El herbolario suspiró, largo y profundo. Negó con la cabeza, lento, y sus ojos también se apagaron.

—Lo siento, muchacho. No está permitido contratar a niños sin permiso. Y aunque lo estuviera... —Miró alrededor, a los estantes impecables, al orden meticuloso de su tienda—. La verdad es que no necesito ayuda.

Los dos se miraron a los ojos, y durante unos segundos, el silencio entre ellos fue tan denso que parecía tangible. Por fin, Elliot bajó la cabeza y se dio la vuelta, con los hombros tensos y la mirada clavada en el suelo. Pero al llegar a la puerta, notó el peso de las miradas clavadas en su nuca: las dos mujeres cuchicheaban tras sus manos, y el niño, que había dejado de jugar, lo observaba con una mezcla de fascinación y extrañeza.

Al salir al exterior se apoyó en la pared de la tienda y respiró hondo. El olor a plantas medicinales se le había pegado a la ropa, como un recordatorio cruel. Un gato negro cruzó la acera y se le quedó mirando. Elliot se inclinó para acariciarlo, pero el animal dio un salto y salió corriendo.

—¿Tú también?

Se incorporó y siguió caminando hacia el muro por el que había entrado, con paso lento. Al llegar a la calle principal, alguien lo empujó con el hombro al pasar sin ni siquiera disculparse. Elliot dio un paso a un lado y se quedó quieto. A su alrededor, la gente paseaba, conversaba o se saludaba con risas, pero nadie lo miró a él.

Volvió a caminar con la vista puesta en los adoquines. Al llegar al final de la calle, buscó el muro de ladrillos y lo localizó al instante. Se apoyó en él con las dos manos, esperando… pero no pasó nada. El muro lo ignoró de nuevo, indiferente. Con todas sus fuerzas, descargó un puñetazo contra la pared. El golpe fue tan fuerte que la sangre brotó de sus nudillos. Se quedó mirando el rojo en su mano, sin ni siquiera sentir el dolor.

Se sentó en el suelo, resignado, y tuvo que volver a esperar. Cuando por fin el muro se abrió para dejar pasar a otro mago, Elliot se deslizó tras él. Se giró una última vez hacia el Callejón Diagon antes de que los ladrillos volvieran a su sitio, pero ya no vio los colores ni escuchó las risas, solo una calle más de Londres, gris y ordinaria.

3 de agosto de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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