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Capítulo 23: Una semilla de duda
Capítulo 23: Una semilla de duda

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Capítulo 23

Una semilla de duda

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Al regresar al despacho de Honeywick, Amaia seguía allí, sentada en una silla con la cabeza agachada mientras Tilla la regañaba con su voz chillona. Elliot dio unos pasos hacia su amiga con la varita en alto para mostrársela, pero de reojo vio que la profesora Honeywick se dirigía con rapidez hacia la puerta sin esperar a nadie. Cambió de idea y la siguió, dejando atrás a sus amigas junto a Tilla, aunque se moría de ganas por enseñarle la nueva varita a Amaia. Sin embargo, no estaba dispuesto a quedarse fuera de aquello pues él era el principal interesado en el asunto, y necesitaba respuestas. 

Cuando salió al aula de Transformaciones, oyó a Amaia preguntar qué pasaba y a Tilla regañarla de nuevo, pero no se detuvo; ya se lo explicaría luego. La profesora Honeywick ni siquiera era consciente de que Elliot la seguía. Caminaba tan rápido que el chico tenía que correr para no quedarse atrás. Rogaba en silencio para que el señor Ollivander se hubiera equivocado y que el profesor Nott no fuera quien le compró la varita, porque eso significaría que... No pudo ni quería pensarlo. Cada vez que lo intentaba, se atragantaba.

El rostro de la profesora estaba desencajado y en la mano apretaba con fuerza la anterior varita de Elliot. Los alumnos con los que se cruzaban por los pasillos se apartaban inmediatamente de su camino y miraban a Elliot con curiosidad y morbosidad, creyendo que se había metido en algún problema. Pero él ni siquiera era consciente de las miradas suspicaces que provocaba a su paso.

Al llegar al despacho de Nott, Honeywick entró hecha un torbellino y ni siquiera tuvo la delicadeza de llamar primero. El profesor levantó la cabeza, sorprendido, pero no tuvo tiempo de decir nada. La profesora se plantó frente a su mesa y le tendió la varita, mientras sus ojos lo atravesaban como dos puñales.

—Profesor Nott —dijo, arrastrando las palabras—, creo que esta varita es suya.

El profesor miró la varita y frunció el ceño. Levantó la mirada hasta posarse en los ojos de la profesora, y enarcó una ceja. Durante unos segundos que se hicieron eternos, nadie habló. El silencio era tan denso que parecía cortarse con un cuchillo. Elliot, que había entrado con sigilo, intentando pasar desapercibido, se había quedado dos pasos por detrás de la profesora. Cuando Nott se percató de su presencia, desvió la mirada hacia el chico y volvió a fruncir el ceño.

—¿Y bien? —insistió Honeywick.

El profesor Nott miró de nuevo la varita y luego a la profesora, buscando una explicación en su rostro.

—No entiendo a qué viene esto, Mirabel.

—¿No? Pues es muy sencillo. ¿Compró o no usted esta varita?

El profesor parecía no salir de su asombro.

—Sabes muy bien el aprecio que le tengo a mi varita. ¿Para qué iba a necesitar otra?

—Para usted no. Para el señor Carter. El señor Ollivander dice que se la compró usted —afirmó la profesora, con dureza.

La impresión de Nott fue tal que tuvo que agarrarse a la mesa para no caer. Fue entonces cuando Elliot vio que, delante del profesor, había un pergamino con varios círculos rodeando palabras o frases completas, y en medio de todas, dos palabras en mayúsculas y con letra enorme que destacaban por encima del resto, rodeadas también con un círculo, pero además subrayadas varias veces con insistencia: «¿Quién es?».

Cuando el profesor se percató de que Elliot observaba el pergamino, lo giró de inmediato. Sus miradas se cruzaron, pero ninguno de los dos dijo nada al respecto.

—¿Lo hizo o no? —insistió la profesora.

—¿Y por qué iba a comprarle una varita al señor Carter? 

—Dígamelo usted.

El profesor Nott apoyó los codos en la mesa, cruzó las manos y apoyó la barbilla en ellas, todo sin dejar de mirar a la profesora. Aunque tomó una postura calmada, no engañó a sus dos interlocutores, pues mantuvo una mirada rígida y tensa.

—No tengo por costumbre comprarles varitas a mis alumnos.

—¿Qué motivos tendría el señor Ollivander para mentir?

—Mirabel…

—Profesora Honeywick —lo cortó ella mientras su mirada se volvía más afilada.

El profesor la observó fijamente durante unos instantes. Exhaló el aire con un suspiro y asintió lentamente.

—Disculpe, profesora Honeywick. Tal vez alguien la compró usando mi nombre. Quizá alguien quiso gastarme una broma…

—¡¿Una broma?! —bramó la profesora—. ¿Es eso lo único que se le ocurre?

Aunque el profesor no contestó, a Elliot le dio la impresión de que se tragaba las palabras. Las venas de sus manos empezaban a sobresalir, y los músculos de su mandíbula se veían tensos. Durante unos segundos que se hicieron eternos, el profesor Nott los miró a ambos. Luego, exhaló con fuerza y se apoyó en el respaldo de su silla, desviando la mirada hacia la ventana. A Elliot le dio la impresión de que estaba tan confundido como ellos dos.

Elliot miró a la profesora Honeywick, y ella le hizo un gesto discreto con la cabeza, pidiéndole paciencia. El profesor permaneció unos segundos en silencio, sumido en sus pensamientos. Finalmente, se giró hacia ellos, con expresión resignada.

—Les aseguro que yo no he comprado esa varita —dijo lentamente, intentando calmar el ambiente—. No sé quién la compró ni por qué. Pero está claro que alguien se ha hecho pasar por mí para comprarla.

La profesora bajó el brazo por fin, aceptando, al menos de momento, su explicación. Elliot, sin embargo, arrugó el entrecejo, confundido y frustrado. No entendía cómo la profesora podía dar por buenas aquellas palabras. Era completamente imposible.

—Pero… —dijo de repente Elliot. 

Se detuvo cuando vio que los dos profesores lo observaban con atención. Se giró hacia la profesora y, mientras señalaba al profesor Nott con un dedo, le recordó:

—Pero el señor Ollivander lo ha descrito también.

—Sí, cierto —admitió la profesora, recordando el detalle crucial—. ¿Qué dice a eso?

—Eso es más extraño todavía, no obstante puede tener una explicación —intervino el profesor Nott.

Elliot se giró y miró al profesor, que esta vez lo observaba sin furia.

—Poción Multijugos —aclaró Nott, como si eso lo explicara todo.

Aquello no le sonaba de nada a Elliot. Volvió a girarse hacia la profesora, que asentía con la cabeza, aprobando la explicación.

—Es una poción que te permite tomar la apariencia de otra persona —le explicó la profesora.

Su alumno no entendió para qué alguien inventaría algo así. Seguramente era magia oscura, pensó. Si no, ¿para qué servía sino para evitar que te pillaran haciendo algo malo y culpar a otro? Pero eso ahora no importaba, ya que lo verdaderamente importante era si se creía las palabras del profesor. Porque una duda le hacía mirar al profesor con desconfianza, ¿por qué alguien se haría pasar por él? Mejor dicho, ¿qué motivos iba a tener su tutor para hacerse pasar por él?

De pronto, la profesora volvió a interrumpir el hilo de sus pensamientos, pues la pregunta que hizo Honeywick era por la que él había acudido allí. Olvidó todo lo demás y prestó atención con cada fibra de su ser, consciente de que la respuesta podía cambiar su vida y la de Mara.

—¿Es usted el tutor del señor Carter?

El profesor Nott se levantó de su silla de un salto, y su enorme estatura hizo que Elliot diera un paso atrás.

—¡Por supuesto que no! —exclamó el profesor, y su voz retumbó en las paredes—. ¿Cómo puede pensar algo así de mí? Si yo fuera el tutor, ¿cree que lo dejaría en casas de acogida? Y para más inri, entre muggles. ¿A mi ahijado? Tal vez un miembro de mi familia. Me cree tan ruin.

—Sus antecedentes solo acrecientan las dudas.

Aquellas palabras hicieron que el profesor se quedara rígido. Sus ojos medusinos se clavaron en Honeywick y durante unos segundos, en el despacho reinó el silencio. Nunca en su vida Elliot había sentido tanto miedo como ante aquella mirada de Nott. El niño observó a la profesora, pero ella mantenía la mirada del profesor con la cabeza bien alta.

—¿Y usted? —preguntó de pronto Nott.

—Yo, ¿qué?

—He oído que ha permitido que el señor Carter sea el nuevo buscador de Hufflepuff. ¿Es así como ayuda al chico? ¿Permitiendo que pierda el tiempo con el Quidditch? Le recuerdo que va muy retrasado con respecto a sus compañeros. ¿Así es como pretende que recupere el terreno perdido?

Elliot tragó saliva. Aquello no le gustaba nada por dónde iba. Miró a la profesora que, por primera vez desde que entraron en el despacho de Nott, la vio dudar. Su instinto le decía que la agarrara de la mano y la sacara del despacho a la fuerza. 

—El Quidditch es importante… 

—¡Ja! —se burló el profesor—. ¿Importante? ¿Importante para quién? 

La profesora apretó la mandíbula y sus ojos volvieron a expeler furia.

—Augustus ya me advirtió de que usted, incluso cuando era estudiante de Hogwarts, consideraba el Quidditch una estupidez. Supongo que formar parte de un equipo le habría obligado a relacionarse con otros alumnos. Y usted, que siempre se ha creído estar en lo alto de la atalaya de la rectitud que usted mismo se ha construido, consideraba al resto de los estudiantes seres inferiores, ¿verdad?

Durante unos momentos, los profesores se miraron a los ojos sin decir nada. Pero Elliot notó que el profesor, de pronto, parecía menos alto en aquel momento. Y entonces, Nott se dejó caer en su silla.

—Y ya veo que no ha cambiado nada —continuó la profesora—. Sigue en lo alto de esa atalaya, mirándonos por encima del hombro a todos los demás. A los alumnos, a los profesores… Incluso a su propio hermano.

Elliot observaba a la profesora con los ojos y la boca abierta, incapaz de parpadear. Nunca la había visto así, con el rostro desencajado de tan tensa que tenía la mandíbula. Además, no hablaba sino que escupía las palabras. En cambio, Nott parecía encogerse en la silla. 

Sin darle tiempo a sobreponerse, Honeywick dio un paso más hasta el escritorio, apoyó ambas manos en él y continuó su discurso:

—Y sin embargo, ni con todas las virtudes que usted mismo se otorga, le llega a la suela del zapato de su hermano Augustus. Pero usted, en el fondo, lo sabe, ¿verdad? Y eso le revienta por dentro, le carcome cada noche. Le duele que todos lo prefiramos a él, que sea él el héroe que todos admiramos. Y que a usted, en cambio, lo ignoremos.

La profesora se inclinó un poco más sobre el escritorio de Nott, acortando la distancia hasta invadir su territorio, con la mirada clavada en la de él. Cogió aire, hinchando el pecho como quien prepara el golpe final.

—Pero escúcheme bien, no solo lo ignoramos sino que no lo soportamos. Nadie. Ni siquiera su propio hermano. Todos lo rehuyen porque lo desprecian tanto como yo lo odio con toda mi alma.

Aquellas palabras hicieron que Nott saliera de su letargo. Pero para sorpresa de Elliot, no gritó ni se defendió de las palabras de Honeywick. Más bien, todo lo contrario. Cogió el pergamino que anteriormente había girado, lo guardó en un cajón y sacó de él varios pergaminos con los trabajos de sus alumnos y comenzó a corregirlos como si todo aquello no hubiera pasado.

—Si eso es todo, profesora, le rogaría que salieran de mi despacho —dijo sin levantar la mirada de los pergaminos y sin alzar la voz—. Tengo trabajo atrasado.

La profesora se quedó mirándolo mientras se mordía el labio inferior. Nott parecía haberse olvidado de ellos. Ella abrió la boca por un segundo, pero la volvió a cerrar inmediatamente. Luego, le indicó a Elliot con un gesto que la siguiera fuera del despacho. Cuando llegaron a la puerta, Honeywick se giró y volvió a abrir la boca, pero el profesor seguía corrigiendo sin levantar la cabeza hacia ellos. Por fin, la profesora cerró la puerta con cuidado. Sin embargo, Elliot notó que se había quedado pálida. 

Mientras caminaban entre los pupitres del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, la profesora se secaba el sudor de la frente con gesto cansado y respiraba entrecortadamente. Se había olvidado por completo de Elliot y, lo que era peor, parecía enferma.

Cuando salieron del aula, Katherine y Amaia estaban allí esperándolos. La profesora, sin embargo, parecía no haberlas visto y siguió su camino ensimismada. Los tres amigos se quedaron en medio del pasillo, observando cómo se alejaba la profesora con paso tambaleante. Su figura se perdió poco a poco mientras subía la escalera, dejando a Elliot con más preguntas que respuestas.


───────── ✧ ─────────


Mientras los tres amigos caminaban por los pasillos de Hogwarts en dirección al Gran Comedor, Elliot les contó lo que acababa de pasar en el despacho del profesor Nott, mientras gesticulaba y exageraba las reacciones de los profesores. Amaia no salía de su asombro al saber que no solo Honeywick se había enfrentado a Nott, sino que, lo más increíble de todo, lo había dejado sin palabras.

—¿En serio?

—Sí, lo ha dejado hecho polvo —confirmó Elliot, hinchando el pecho.

—Mmm… Vaya —dijo Katherine, con tono sorprendido—. Parece que, después de todo, Honeywick no es la mosquita muerta que creía.

Al oír aquello, Elliot se giró hacia su amiga.

—¡Demonios! ¡Claro que no! 

No obstante, Katherine lo ignoró por completo. Parecía que la historia la había dejado pensativa, aunque Elliot no supo por qué.

—Pero entonces, ¿por qué la profesora ha salido tan alterada? —preguntó Amaia, preocupada por su profesora favorita.

Su amigo se encogió de hombros y negó con la cabeza igualmente preocupado. Los tres amigos siguieron caminando en silencio, mientras le daban vueltas al asunto. De pronto, Elliot recordó que Misty no estaba con Amaia.

—Por cierto, ¿dónde está Misty?

—No lo sé —respondió su amiga, dejando caer los hombros—. Cuando os habéis marchado, me he girado un momento y ha salido corriendo. He intentado seguirla, pero la he perdido. He regresado al despacho de Honeywick para ver si volvía, pero no lo ha hecho.

Elliot quiso tranquilizarla, aunque, en lo más hondo de su interior, sintió un regocijo culpable al pensar que Misty lo prefiriera a él. Sin embargo, antes de que pudiera añadir algo, su amiga continuó:

—Por cierto, cuando he regresado, estaba allí la profesora Vane. Me ha amonestado por entrar al despacho de una profesora sin llamar. Creí que nos iba a quitar puntos a Hufflepuff. He intentado explicarle que os estaba esperando pero parecía no fiarse. Gracias a Merlín, ha vuelto Tilla y se lo ha explicado todo.

Viendo que su amiga estaba bastante alterada, Elliot le puso una mano en el hombro.

—No te preocupes. Al menos Tilla estaba allí para ayudarte. Es solo una cascarrabias pero…

—¡¿Solo una cascarrabias?! —bramó Amaia, cortándolo—. ¡Al rato me ha echado un rapapolvo porque dice que le he desordenado los papeles a Honeywick! ¡Yo! —gritó, señalándose el pecho—. Si ni siquiera me he acercado a su escritorio.

—Lo sé, lo sé —intentó calmarla su amigo—. Yo te creo.

Miró de reojo a Katherine, buscando ayuda para apaciguar a Amaia, pero su amiga de Slytherin seguía pensativa y ausente. Durante los siguientes minutos, Elliot consiguió, con paciencia y diplomacia, que Amaia perdonara a Tilla, algo que, gracias al buen corazón de su amiga, no le costó demasiado.

Al doblar la esquina, se dieron de bruces con un grupo de estudiantes, en su mayoría de Gryffindor, que estaban inmersos en una batalla campal de globos de agua contra Peeves. El poltergeist surcaba el aire lanzando globos desde todos los ángulos mientras reía de puro placer y los alumnos empapados se confabulaban contra él.

Uno de los globos dio de lleno en Leo Cartwright, con tal mala fortuna que el chico quedó cubierto de tinta azul de la cabeza a los pies. Peeves, como colofón de su travesura, había rellenado algunos globos con tinta y los había guardado en reserva, esperando el momento oportuno para descargarlos sobre los estudiantes confiados. El poltergeist estalló en una carcajada estruendosa, dando vueltas de alegría en el aire y aplaudiendo su propia genialidad, mientras el resto de alumnos recogían globos del suelo y se los devolvían con todas sus fuerzas… aunque la mayoría estallaba en sus manos.

Ante aquella escena, Katherine se giró en el pasillo, cambiando la ruta sin dudarlo. Sus dos amigos la siguieron, más valía evitar aquella guerra acuática.

—¿Sabéis? Por un momento pensé que Nott era mi tutor —dijo Elliot con una sonrisa asomándole en la boca—. Menudo susto. ¿Os imagináis?

Se rio, aliviado. No solo por el susto pasado, sino porque, por fin, se sentía libre de todas sus dudas. Había hecho magia —él, con sus propias manos—, lo que significaba que era mago y, por tanto, Elliot Carter. Y eso significaba algo todavía más importante; tenía una posibilidad, remota pero real, de salvar a Mara. Su risa nació pequeña y creció hasta volverse pura felicidad desbordada. Amaia, sin entender del todo por qué se reía su amigo, se unió a sus risas, contagiada. A su lado, Katherine regresó al mundo de los vivos y los miró con el ceño fruncido.

—Eso es irrelevante, Carter —les cortó con firmeza—. Lo verdaderamente importante es el pergamino que dices que escondió Nott.

Sus amigos dejaron de reír de golpe y la miraron. Elliot se rascó la cabeza, desconcertado, y se giró hacia Amaia, que parecía tan confundida como él.

—¿Qué tiene de importante?

Katherine resopló e inclinó la cabeza.

—Recordad que hay, que sepamos, al menos dos profesores que están buscando al linaje.

Amaia arrugó todavía más el ceño.

—Bueno, yo creo que no lo sabemos, solo lo hemos supuesto.

—No, Moore. Lo he estado pensando y es la única explicación. Aquí pasa algo, y hemos de averiguar qué es.

Sus dos amigos la miraron con los ojos como platos. Luego, cruzaron sus miradas incrédulos. Mientras, doblaron otra esquina y empezaron a subir unas escaleras.

—¿Y cómo quieres hacerlo? —le preguntó Elliot temiendo lo que su amiga iba a proponer.

—Sin querer, Carter, has conseguido una pista.

—¿El pergamino? —preguntó Elliot dubitativo, sin acabar de ver la conexión.

—Exacto —confirmó Katherine, con una chispa de satisfacción en los ojos—. Eso podría implicar al profesor Nott.

Su amigo se rascó la cabeza, intentando encajar las piezas del rompecabezas que Katherine veía tan claro, y miró a Amaia, que se encogió de hombros, tan perdida como él en aquel maremágnum de teorías.

—¿Por qué?

Llegaron a un descansillo de la escalera. Pero antes de dirigirse a la puerta de la torre, Katherine se detuvo de golpe.

—Sabemos que están buscando al linaje, ¿no? Por tanto ese «¿Quién es?» puede referirse a… —Dejó la respuesta en el aire, esperando que sus amigos llegaran solos a la conclusión.

—A «¿Quién es el linaje?» —acabó la frase Elliot con una ceja levantada.

—Elemental, querido Carter —contestó Katherine con media sonrisa, celebrando que por fin sus amigos habían llegado a la misma conclusión que ella.

—Brillante, Sherlock —intervino Amaia con sarcasmo.

Katherine y Elliot la miraron con el ceño fruncido.

—Sherlock —repitió Amaia y, al ver que sus amigos seguían mirándola con la misma expresión perdida, aclaró con un suspiro—: Sherlock Holmes.

Sus dos amigos siguieron sin comprender. Amaia hizo un gesto con la mano, como si apartara una mosca, para indicar que lo dejaran estar; había llegado a la conclusión que explicar el mundo muggle era una batalla perdida.

Katherine abrió la puerta de la torre y vieron que llovía con fuerza. El puente hasta la torre de Astronomía estaba completamente encharcado, y las gotas al caer sobre los charcos los salpicaba. Pero los tres prefirieron el agua de la lluvia a un globo con tinta de Peeves; al fin y al cabo, la lluvia se secaba, pero no te convertía en un duendecillo de Cornualles.

Amaia y Elliot levantaron sus túnicas y se cubrieron las cabezas con ellas, preparados para cruzar el puente a toda velocidad. Antes de salir corriendo, Elliot preguntó:

—¿No creéis que eso es suponer demasiado? Podría significar cualquier otra cosa.

—Lo sé —confirmó Katherine, que escarbaba en su bolsillo con calma—. Por eso, hemos de averiguarlo.

—¿Cómo? —preguntó Elliot, mientras salía corriendo junto a Amaia por el puente, con la lluvia golpeándoles la túnica.

Al ver que Katherine no los seguía, se detuvieron en medio del puente y se giraron. Katherine tenía medio brazo metido en su bolsillo, como si buscara algo con total tranquilidad. Amaia y Elliot se miraron con los ojos desorbitados. Cuando se giraron de nuevo hacia ella, vieron que sacaba su paraguas del bolsillo. Lo abrió y caminó tranquilamente hacia ellos, como quien pasea por un jardín en primavera.

—Muy sencillo, Carter —continuó Katherine, sin importarle cómo la miraban sus amigos—. Hay que entrar en el despacho de Nott.

Y continuó caminando hacia la torre de Astronomía, como si acabara de decir lo más normal del mundo, mientras sus amigos se quedaban de piedra en medio del aguacero. Elliot y Amaia volvieron a cruzar sus miradas, con una ceja enarcada cada uno. Finalmente, se dirigieron corriendo hacia la torre de Astronomía, donde Katherine los esperaba, seca e imperturbable bajo su paraguas.

—¿Entrar en el despacho de Nott? —preguntó Elliot, mientras se sacudía el agua de su túnica.

—Esta noche —confirmó Katherine, que siguió bajando los escalones de la torre de Astronomía, mientras sus amigos se volvían a quedar de piedra.

—¡Demonios! ¿Estás hablando en serio?

—Claro, Carter. Yo siempre hablo en serio.

Al llegar a un descansillo donde había varios grupos de estudiantes, en su mayoría de Ravenclaw, los tres amigos guardaron silencio. Katherine caminaba con la cabeza alta, con esa elegancia natural que la hacía parecer dueña de todo el castillo. Amaia, en cambio, no levantaba la vista de sus pies, preocupada por lo que proponía su amiga. Elliot, por su parte, se rascaba la cabeza y miraba a Katherine de reojo, con un nudo de dudas en el estómago.

Sabía que si los pillaban entrando a hurtadillas y de noche en el despacho de un profesor, seguramente les restarían bastantes puntos. Además, no era cualquier despacho, era el de Nott. Y sabía perfectamente que eso podía darle al profesor el pretexto perfecto para insistir en su expulsión.

No obstante, había una cuestión que lo carcomía por dentro y que todavía no había comentado con sus amigas: la voz que oyó la primera noche, cuando estaba en el baño de los prefectos, creía que era la de Honeywick. Pero si Nott estaba metido en el ajo, estaba convencido de que Honeywick no podía estarlo, pues después de lo ocurrido en el despacho del profesor, sabía a ciencia cierta que se odiaban a muerte. Así que si averiguaba que Nott estaba buscando al linaje, descartaría a Honeywick y se quitaría un enorme peso de encima.

—Hecho —exclamó Elliot con determinación.

—Sabía que podía contar contigo, Carter.

—¿No estaréis hablando en serio, verdad? —preguntó Amaia, mirando a sus amigos con los ojos como platos.

—Por supuesto, Moore —confirmó Katherine, con su rotundidad habitual—. Quedamos a las dos de la madrugada en las escaleras de la torre de Defensa.

—Vale —aceptó Elliot.

Amaia se detuvo de golpe.

—¡¿Cómo que vale?! —exclamó Amaia, alarmada—. ¿Os habéis vuelto locos?

—Venga, Amaia. Será emocionante.

—¿Emocionante? —repitió Amaia, con sarcasmo—. Si nos pillan, nos pueden expulsar.

—No digo que no podamos correr algunos riesgos, Moore —respondió Katherine, con esa calma que exasperaba a su amiga—, pero algo está sucediendo aquí, y hemos de averiguarlo.

Amaia la miró con el ceño fruncido. Buscó ayuda en Elliot, con una mirada suplicante, pero él asintió con la cabeza, apoyando a Katherine.

—Pero, ¿por qué nosotros? ¿Por qué no avisamos a un profesor y que lo investiguen ellos?

Katherine respiró hondo y soltó el aire lentamente.

—Porque sabemos que hay profesores metidos en esto —explicó, cansada por tener que repetirlo de nuevo—. Al menos dos. Y no sabemos quiénes son. Imagínate que avisamos a un profesor y resulta que es uno de los implicados. Entonces, además de ponerlos en sobre aviso, nos pondríamos nosotros mismos en peligro.

—Se lo podemos decir a la profesora Honeywick —propuso Amaia, aferrándose a su última esperanza.

Elliot agachó la cabeza y se mordió el labio, incómodo.

—Honeywick es una de las principales sospechosas —afirmó Katherine, ante el estupor de sus amigos.

—¡¿Honeywick?! —exclamó Amaia.

El corazón de Elliot palpitaba con fuerza. Él también la contemplaba como sospechosa, y eso lo martirizaba por dentro. Que su amiga, mucho más perspicaz que él, también sospechara de ella, le hizo un nudo en el estómago. Sin embargo, no iba a permitir que nadie sospechara de ella. No sin pruebas.

—Honeywick, imposible —dijo, mientras negaba con la cabeza con energía.

—¡Claro que no! Honeywick es buena.

—¿Os tengo que recordar que fue con quien se tropezó Carter cuando escuchó a los dos profesores que estaban buscando al linaje? 

—¡Maldita sea! Eso también es suponer demasiado —aseguró Elliot, aunque esa misma duda era una de las que le quemaban por dentro.

—Bien. Puede que tengas razón, Carter. Sin embargo hay una posibilidad de que sea cierto y por tanto no podemos descartarla como sospechosa. Lo que nos lleva a que no podemos decírselo a ella sin correr el riesgo de equivocarnos.

Aquella explicación era razonable, y Elliot no pudo poner ninguna pega, aunque por dentro algo se rebelaba. Amaia tampoco pareció encontrar ningún fallo en el argumento; sin embargo, parecía que seguía sin estar convencida del todo.

—De todas formas —añadió, en un último intento de hacerlos recapacitar—. ¿Entrar en el despacho de Nott? Es una locura.

—Ya te he dicho que corremos algún riesgo —insistió Katherine, mientras su paciencia empezaba a agotarse—. Pero hay que hacerlo para encontrar pistas.

—Sí. Además, será como una aventura.

Amaia los miró a ambos durante unos segundos, con una expresión difícil de descifrar. Por un momento, Elliot se preguntó si Amaia los dejaría plantados. Pero tras pensarlo bien, la niña asintió lentamente. No con la energía de Elliot, pero al menos no continuó poniendo pegas.

Siguieron caminando, y entonces Elliot se acordó de su nueva varita. Con un gesto orgulloso, se la mostró a Amaia y, ante sus ojos, ejecutó el hechizo «Lumos». Un destello de luz brotó de la punta, iluminando el pasillo. Amaia se emocionó de inmediato y le pidió a su amigo que le enseñara el hechizo, repitiendo el movimiento una y otra vez con entusiasmo.

Cuando llegaron al Gran Comedor, con el rumor de las conversaciones llenando el aire y las velas flotando sobre sus cabezas, Amaia ya se había olvidado por completo de lo que les esperaba por la noche, arrebatada por la magia del pequeño momento. 

Elliot, en cambio, miró hacia la mesa de profesores, buscando algo sin saber muy bien qué, y descubrió que el asiento de Honeywick estaba vacío, un detalle que ensombreció su alegría y le dejó un sabor amargo.


───────── ✧ ─────────


El reloj de la torre daba las dos cuando Elliot y Amaia se deslizaban por la cocina, convertidos en dos sombras más entre las sombras. Amaia avanzaba pegada a la espalda de su amigo, agarrada a su jersey mientras escudriñaba todos los rincones. Elliot, por su parte, casi tenía que ir arrastrándola, paso a paso.

Al salir al pasillo, las sombras se estiraban más todavía con la luz de la luna que entraba por los ventanales, dibujando figuras retorcidas en las paredes. Cuando Amaia creía ver algo u oía cualquier ruido, se apretaba aún más al cuerpo de su amigo con tanto ímpetu que en más de una ocasión estuvieron a punto de caer de bruces.

Por su lado, aunque Elliot estaba acostumbrado a pasear de noche por los pasillos de Hogwarts, el recuerdo de su último paseo, cuando se cruzó con Julius, Corvinus y Silas, aún le erizaba la nuca. Por eso, mientras intentaba tranquilizar a Amaia, vigilaba cada esquina del castillo.

Cuando por fin llegaron a las escaleras de la torre de Defensa, no había ni rastro de Katherine. Elliot pensó que tal vez su amiga se había cansado de esperarlos y se había marchado a la Sala Común de Slytherin. O, peor aún, había decidido ir a investigar ella sola.

—Elliot —le susurró Amaia, mientras miraba a todos los rincones—, será mejor que volvamos.

—¿Tú crees que Katherine habrá ido sola al despacho de Nott? —le preguntó Elliot, haciendo oídos sordos a la propuesta de su amiga.

—Llegáis tarde.

Amaia dio un salto con un grito ahogado y se aferró a su amigo con fuerza, mientras ambos se giraban de golpe. Allí, a dos metros de ellos, detrás de la sombra de una estatua, algo se movía. Elliot sacó la varita, con el corazón golpeándole las costillas, mientras Amaia se escondía a su espalda, temblando. Pero la sombra caminó hacia ellos sin prisa alguna, hasta que la luz de la luna dio en su rostro y vieron que se trataba de Katherine.

Se quedó allí plantada delante de ellos, con los brazos cruzados y una ceja levantada, esperando una explicación. Pero Amaia sintió tal alivio al verla que corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas.

—Suéltame, Moore —dijo Katherine, rígida como un palo—. Ya sabes que no me gusta que me toquen.

Amaia la soltó sin acritud, con una sonrisa que no cabía en su cara. Elliot, mientras tanto, miró la varita que aún sujetaba en la mano, sorprendido de haberla desenfundado con tanta rapidez, cuando tan solo sabía dos hechizos. Y, pensándolo bien, ni siquiera los dominaba. Era como intentar defenderse con un juguete.

—Vamos. No hay tiempo que perder —ordenó Katherine.

Amaia tragó saliva. Elliot asintió, con un brillo en los ojos y una sonrisa en los labios. Empezaron a subir las escaleras en silencio, cada uno a su manera. Katherine iba en medio, caminando tan tranquila como cualquier otro día. Amaia avanzaba de puntillas, tan alerta como antes, aferrada a la manga de su amiga, que la soltaba de cuando en cuando pero a la que ella se volvía a agarrar al instante. Elliot, pegado a la pared, tenía los cinco sentidos agudizados y se giraba de vez en cuando para comprobar que nadie —ni nada— los seguía.

Cuando entraron al aula de Defensa contra las Artes Oscuras y subieron las escaleras hasta el despacho de Nott, descubrieron que la puerta estaba cerrada con llave.

—¿Y ahora qué? —susurró Elliot.

Katherine no respondió. Sacó la varita y apuntó al picaporte.

—¡Alohomora!

Oyeron un clic sordo y la puerta cedió con un leve crujido. Sus amigos se quedaron con la boca abierta, cambiando una mirada de asombro. Katherine entró la primera, imperturbable, y sus amigos la siguieron, más despacio.

—¿Me enseñas a hacer eso? —le pidió Elliot a Katherine, en voz baja.

—No hay tiempo para eso, Carter —replicó ella, sin siquiera volverse.

Elliot estaba a punto de replicar, pero se lo pensó mejor. Al día siguiente se lo recordaría. Le pareció que era un hechizo demasiado útil para dejarlo pasar.

El despacho de Nott olía a humo de chimenea, al igual que el profesor. Las sombras de las estanterías, altas y repletas de libros, parecían moverse con cada paso que daban. Sobre la mesa, todo estaba perfectamente alineado: los frascos, los rollos de pergamino, la pluma en su sitio exacto...

—Busquemos el pergamino —susurró Katherine.

Elliot asintió. Sacó su varita y susurró un «Lumos» apenas audible. Un haz de luz blanca brotó de la punta e iluminó la estancia, tiñendo de plateado los muebles y las estanterías. Sus amigas lo imitaron, aunque la luz de Amaia apenas titilaba, tenue y vacilante.

Katherine y Elliot se acercaron al escritorio, mientras Amaia se perdía entre las estanterías. Katherine abrió los cajones uno a uno, mientras Elliot le alumbraba por encima del hombro. Encontraron trabajos de alumnos, apuntes del profesor, pergamino tras pergamino, pero el que buscaban no aparecía. 

—¿Por qué el profesor Nott tiene una foto con Honeywick y Briarwood? —preguntó de pronto Amaia desde una estantería.

Elliot levantó la cabeza de golpe, con el ceño fruncido. Cruzó el despacho en silencio y se colocó junto a su amiga. Esta le señaló una fotografía enmarcada, medio oculta detrás de un tomo grueso de tratados mágicos. En la imagen, Honeywick y Briarwood aparecían cogidas del brazo, sentadas en un banco bajo un árbol, riendo a carcajadas. En la otra esquina de la foto, de pie, estaban Nott y un mago desconocido. Este último también se reía, echando la cabeza hacia atrás. En cambio, Nott, más rígido y con los brazos cruzados, mantenía la compostura, pero sus ojos tenían un brillo que Elliot no supo explicar. Y lo más desconcertante de todo era que Nott sonreía. 

—No puede ser —dijo Elliot, incrédulo, con la varita temblándole levemente en la mano.

—¿Qué más da? —le restó importancia Katherine que seguía buscando entre los cajones del escritorio—. No perdáis tiempo. Hemos venido a buscar el pergamino.

Amaia se encogió de hombros, aunque sus ojos permanecieron un instante más fijos en la imagen. Luego se giró, dispuesta a ayudar a su amiga con la inspección. Rebuscaron en todos los cajones, levantaron cada carpeta y hasta revisaron la papelera, removiendo pergaminos arrugados a la luz de las varitas. 

Sin embargo, Elliot no se había movido de la estantería. Seguía allí, clavado ante la fotografía, observándola con desconcierto, como si cuanto más la mirara, menos entendiera.

—Debe estar trucada.

Sus amigas no le contestaron; seguían enfrascadas en la búsqueda, revisando cajones y leyendo pergaminos, sin prestarle la menor atención.

—Seguro que es eso. La ha trucado.

Amaia levantó la cabeza un momento, con una ceja arqueada.

—¿Trucada?

—Sí. Manipulada. ¡Demonios! ¿Cómo iba Honeywick a hacerse una foto con Nott? Si lo odia a muerte.

—Tal vez no se odien tanto como crees, Carter —contestó Katherine sin dejar de buscar.

—¡Maldita sea! Claro que se odian a muerte. Sobre todo ella. Se lo ha dicho a la cara esta misma mañana.

Sus amigas no le contestaron. Elliot siguió mirando la fotografía, hundiéndose en ella, buscando en los ojos de Honeywick algún gesto forzado o extraño, cualquier detalle fuera de lugar que le confirmara que no era ella. Pero no lo encontró. La forma de reírse era exactamente la misma que había visto en la isla. Y precisamente aquello lo atormentaba más, porque si la risa era verdadera…

Katherine y Amaia siguieron buscando unos minutos más, revolviendo el despacho de arriba abajo, hasta que, por fin, se dieron por vencidas, cansadas y con las manos vacías.

—Salgamos de aquí —propuso Katherine—. Aquí no hay nada.

—¿Y el pergamino? —preguntó Elliot, sin moverse del sitio.

—Nott debe de haberlo destruido —respondió ella—. Y eso me hace sospechar que era más importante de lo que creíamos.

Amaia y Elliot se miraron, igual de confusos, con las varitas aún encendidas iluminando sus caras desconcertadas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Amaia, con un hilo de voz.

—Está muy claro, ¿no? —contestó Katherine, pero al ver las caras de sus amigos, puso los ojos en blanco—. Nott vio a Carter observando el pergamino, ¿verdad?

Elliot asintió.

—Entonces el profesor lo destruyó para no dejar pruebas —concluyó Katherine.

Y sin dar más explicaciones, dio media vuelta y salió del despacho, dejando a sus amigos más confusos que antes. Finalmente la siguieron, aunque nadie dijo nada. Lo cierto es que para Elliot el pergamino había dejado de importarle; a él solo le interesaba saber qué hacía Honeywick en una foto junto a Nott.

De pronto, justo cuando salían del aula de Defensa contra las Artes Oscuras, oyeron pasos. Los tres apagaron la luz de sus varitas y se alinearon en la sombra detrás de una vieja armadura, conteniendo la respiración.

En el cruce de pasillos, una luz se acercaba. Primero apareció una silueta; luego, otra. Ambas llevaban capas con capucha, que les caían hasta el suelo ocultando hasta sus zapatos. De pronto, la primera sombra se detuvo en seco y miró hacia donde ellos estaban. Alargó el brazo para alumbrar el pasillo donde se escondían los tres amigos. Estos se pegaron más a la pared protegiéndose detrás de la armadura. Elliot notó el corazón de Amaia latiendo contra su brazo, o quizás era el suyo. La segunda figura susurró:

—Vamos, no te detengas. Nos estarán esperando.

Al reconocer la voz, Elliot se quedó rígido. Estaba convencido de que era la de Honeywick. Miró de reojo a sus amigas y vio que no la habían reconocido, o al menos no hicieron ningún gesto de reconocimiento. Pero él, sí. Él la conocía mejor que ellas y no tenía ninguna duda.

No podía creerlo. La idea de que Honeywick estuviera allí, a medianoche, conspirando con un desconocido encapuchado, le heló la sangre y le llenó la boca de un sabor amargo. Se quedó paralizado, esforzándose por descifrar el rostro oculto bajo la capucha de la segunda figura. Pero la luz de la varita lo cegaba y le fue imposible averiguarlo. Finalmente, la primera sombra siguió a la otra y ambas se perdieron tras el recodo del pasillo, llevándose con ellas la luz.

Mientras sus amigas empezaban a salir del escondite, Elliot se quedó clavado en su sitio, con la vista fija en el recodo donde habían desaparecido las sombras, preguntándose en qué estaba metida Honeywick realmente.

—Vamos, debemos seguirlos —propuso Katherine.

Elliot sintió un pinchazo en el pecho, pero permaneció callado pues todavía no sabía qué hacer. ¿Debía espiar a Honeywick? ¿Y si estaba implicada en algo oscuro, debía delatarla? ¿Apoyarla? ¿O dejarla hacer sin intervenir?

En cambio, Amaia se negó rotundamente, con la cabeza agitándose sin parar.

—No, no, no. Eso sí que no. Es demasiado peligroso.

—Vamos, Moore. Es nuestra oportunidad de cogerlos in fraganti.

Discutieron durante unos instantes mientras Elliot permanecía callado, ajeno por completo a la disputa de sus amigas, pues su cabeza estaba en otro lugar, dándole vueltas y más vueltas a una sola pregunta: ¿qué demonios estaba haciendo Honeywick? Finalmente, las chicas se giraron hacia él, dejando que fuera él quien deshiciese el empate. Pero Elliot necesitaba tiempo, tiempo para desenredar sus dudas. Así que dijo lo único que podía decir:

—Amaia tiene razón. ¿Y si nos descubren?

Amaia asintió con fuerza, apoyándolo. En cambio, Katherine lo miró con desprecio, cruzando los brazos.

—No entiendo cómo el Sombrero Seleccionador te puso en Slytherin. Desde un principio debió ponerte en Hufflepuff porque solo eres un cobarde sin sangre como todos los de vuestra Casa.

Aquello dolió doblemente a su amigo. Amaia también pareció ofendida. Pero Elliot no tenía tiempo para discutir, solo quería volver a su cuarto y poder pensar con tranquilidad. Porque, en el fondo, había tomado ya la decisión de que no iba a permitir que Katherine descubriera a Honeywick. Al menos, de momento.

—No somos cobardes —respondió Elliot, con un nudo en el estómago, pero esforzándose por sonar convincente—. Solo tenemos más sentido común. Piénsalo, Katherine. Si los seguimos y nos descubren, ¿qué podemos hacer unos alumnos de primer curso contra dos profesores? Nos hechizarían antes de sacar la varita. Y si no nos descubren, ¿cómo los delatamos luego? Denunciarlos sin pruebas sería una locura; sería su palabra contra la nuestra. De momento, seguirlos no nos llevaría a ninguna parte. Solo conseguiríamos que descubran que estamos detrás de ellos.

Amaia asintió y miró a Katherine esperanzada, con los ojos suplicantes, para que cambiara de opinión. No obstante, su amiga se quedó pensativa durante unos segundos, silenciosa, con la mirada perdida en algún punto del pasillo. Por fin levantó la vista.

—Puede que tengáis razón. Tal vez deberíamos averiguar primero qué pretenden.

Sus amigos respiraron aliviados. Empezaron a bajar las escaleras en silencio, envueltos otra vez en la penumbra del castillo. Pero Elliot no podía quitarse de la cabeza que por primera vez desde que conoció a Honeywick, una semilla de duda había germinado en su interior. ¿Y si no era la bruja buena que él creía? ¿Y si, todo aquel tiempo, había estado confiando en la persona equivocada?

12 de octubre de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

18

Capítulo 18

Reyes y peones

19

Capítulo 19

La isla fuera del mundo

20

Capítulo 20

La Gran Disonancia

21

Capítulo 21

Entre gigantes

22

Capítulo 22

La primera luz

23

Capítulo 23

Una semilla de duda

24

Capítulo 24

Usted es un Hufflepuff

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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