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Parte 2: Un lugar al que regresar

Capítulo 10

El último techo

Personajes

Personajes que intervienen en el capítulo

Elliot, acurrucado entre dos maletas inmensas que olían a naftalina, sentía que los segundos se desvanecían. Había pasado tanto tiempo oculto en la oscuridad absoluta del vagón que había perdido la cuenta de los minutos. Solo el traqueteo del tren y los chasquidos del metal le aseguraban que el mundo seguía en movimiento.

Cuando el zarandeo cambió, volviéndose más agudo y rápido, Elliot supo que el tren había salido de Londres y había acelerado por fin. Era el momento de actuar. Se deslizó entre los bultos, palpando el suelo con las manos, hasta encontrar la rendija de luz bajo la puerta lateral.

Abrió la puerta y el chirrido quedó ahogado, para su sorpresa, bajo el estruendo ensordecedor del tren. La luz repentina lo cegó por un instante y el viento gélido, cargado de partículas de carbón, le azotó el rostro junto a la lluvia, fría e implacable.

Al mirar abajo, vio que la plataforma entre vagones temblaba bajo sus pies, vibrante y traicionera. Tragó saliva mientras medía con la mirada la distancia que lo separaba del siguiente vagón, un abismo negro y movedizo. Retrocedió dos pasos, tres, y flexionó las rodillas. El corazón le martilleaba las costillas mientras su cabeza le decía que estaba loco. Respiró hondo, contuvo el aire y se lanzó.

Por un momento, pensó que no había saltado lo suficiente. Sus dedos rozaron el frío metal de la barandilla, resbaladizo por la lluvia, y por un segundo creyó que el tren se lo tragaría para siempre. Pero se aferró con uñas y dientes, arrastrándose hacia el siguiente vagón. Solo cuando sintió el suelo firme bajo sus pies se permitió exhalar, jadeante. Sin embargo, no se atrevió a mirar atrás.

Se asomó a la ventanilla del último vagón de pasajeros y vio que había revisores en él.

—¡Demonios! —dijo con toda la rabia del mundo, sin temer que le oyera, pues el ruido del tren lo apagaba todo.

No sabía qué podía hacer. Lo único que se le ocurría era esperar a que los revisores se fuesen de allí, pero nadie le aseguraba que volviesen o que hubiese otros escondidos. De pronto, un movimiento brusco del tren hizo que Elliot se tuviera que agarrar instintivamente de un travesaño de hierro. Cuando recuperó el equilibrio, descubrió que el travesaño era una escalera. No lo pensó demasiado, ni demasiado bien; puso un pie, después el otro y poco a poco trepó la escalera hasta el techo.

Allí arriba todo parecía multiplicarse, desde el rugido del tren que le retumbaba en sus huesos, la lluvia que le azotaba el cuerpo como latigazos, hasta el viento que le silbaba en los oídos con tanta fuerza que sus propios pensamientos se ahogaban en el estruendo. Además, el techo de metal, cubierto de una capa negra de hollín y agua, brillaba como un espejo traicionero, convirtiendo cada paso en una apuesta arriesgada: si resbalaba o perdía el equilibrio, el tren seguiría su camino sin él. 

Elliot comenzó a avanzar agachado con los ojos entrecerrados contra el viento mientras el humo y la lluvia lo cegaban. Se detuvo un instante para limpiarse los párpados con la manga de su chaqueta, pero el agua y el carbón solo empeoraron las cosas y acabó estornudando varias veces. No obstante, se dijo que no podía detenerse, pues si lo hacía, el viento lo convertiría en una estatua de hielo y carbón.

Cada pocos metros, asomaba la cabeza por el borde lo justo para echar un vistazo rápido a través de las ventanas empañadas. Dentro, el mundo parecía otro: chicos y chicas riendo, lanzándose pelotas de papel, soplando burbujas de chicle que explotaban en carcajadas. Gente normal. Gente feliz. Vio a una niña saltando de banco en banco, equilibrándose con los brazos extendidos como si volara. A un chico con unas gafas enormes, absorto en un libro de monstruos, ajeno a todo menos a las páginas que devoraba. Vio grupos de amigos, risas compartidas y complicidades, pero ningún rostro conocido. Nadie que lo buscara. Nadie que supiera que estaba allí, colgado entre el cielo y el abismo.

Cuando llegó al final del primer vagón, no supo qué hacer. Allí arriba no había nada a lo que aferrarse, como en la ocasión anterior. Dio media vuelta y entonces vio el hueco entre el vagón y el de equipajes. Entonces, comprendió que no había vuelta atrás.

Cogió carrerilla; esta vez no se conformó con tres pasos, sino que caminó hasta la mitad del vagón. Dio varias respiraciones profundas, como si fuera un atleta a punto de batir un récord en salto de longitud. Cuando creyó que estaba lo suficientemente concentrado, corrió hacia el final del vagón —o del mundo— y saltó con todas sus fuerzas.

Cuando aterrizó en el siguiente vagón, no podía creerlo. Alzó los brazos como un campeón en un torneo. Pero otro movimiento brusco del tren lo derribó de nuevo, recordándole que la victoria, en aquel lugar, era siempre temporal.

Conforme pasaba el tiempo, el frío le entumecía las manos y le provocaba temblores en las piernas, volviendo cada movimiento más lento y torpe. De pronto, al asomarse por el borde para mirar en otra ventanilla, el tren tomó una curva brusca. Sus pies resbalaron sobre el metal mojado, y antes de que pudiera reaccionar, el mundo se inclinó bocabajo. Por instinto, sus dedos se cerraron alrededor de la chimenea de ventilación, y quedó colgando, balanceándose sobre el vacío. Sus pies buscaban apoyo en el aire, inútilmente. Al mirar hacia abajo, el corazón le dio un vuelco. 

No había nada. Justo en ese momento, el tren pasaba por un viaducto largo y altísimo. Un puente de piedras que se perdía en la distancia, suspendido sobre un río que, desde allí arriba, no era más que un hilo plateado. Los árboles parecían miniaturas, las rocas, cuchillas dispersas esperando un error. El vértigo empezó a ganar la batalla, y por un segundo, sintió que sus dedos no aguantarían; que se soltarían y caería.

Dentro del vagón, nadie se había dado cuenta de nada. Solo un gato pelirrojo, con los ojos como platos, lo observaba desde el cristal, inmóvil, como si entendiera que estaba viendo algo que no debía. Elliot sintió cómo sus dedos, helados y doloridos, empezaban a ceder. Una mano se le resbaló, quedando colgado de un solo brazo; su cuerpo se balanceaba como un péndulo roto. Estuvo a punto de soltarlo todo y dejar que la gravedad ganara.

Pero entonces, de algún lugar dentro de él, sacó fuerzas. Con un último esfuerzo, logró aferrarse de nuevo con las dos manos y, jadeando, se izó hasta el techo. Se quedó allí, tendido sobre el metal, respirando como si acabara de volver a nacer. En ese momento comprendió que, si caía, nadie podría salvarlo y que allí arriba solo estaban él y el abismo, separados por una delgada capa de hierro oxidado.

—¡Maldita sea! —gritó a la nada.

Se volvió a levantar y avanzó un poco más, pegado al techo. No se atrevía a separarse, no hasta que sintió que el tren había dejado atrás el viaducto. Entonces, exhausto, se dejó caer sobre el techo mojado y cerró los ojos, dejando que su corazón recuperara su ritmo habitual.

Pero no había tiempo para descansar. Volvió a su rutina: avanzar, saltar, agacharse, asomarse a las ventanas. Hasta que la bocina del tren lo alertó. Miró al frente y vio la oscuridad de un túnel acercándose a toda velocidad. Si no llega a agacharse, su cabeza hubiese chocado contra el techo de piedra. Se tumbó bocabajo, apretándose contra el metal justo a tiempo. El tren entró en el túnel, y el mundo se llenó de un rugido ensordecedor y de humo negro que le quemaba los pulmones. Tosió y escupió como nunca en su vida, sintiendo el sabor amargo del carbón en su garganta. Cuando salieron al otro lado, se sentó, jadeante, escupiendo bilis y hollín. No sabía qué había tragado más, si humo, carbón o miedo.

—¿Qué más puede salir mal?

Volvió a incorporarse conforme pudo, secándose los ojos y limpiándose la nariz, y siguió avanzando, siempre hacia adelante, hasta que, al inclinarse junto a una ventanilla, la vio.

Allí, sentada junto a la ventanilla, estaba Amaia.


───────── ✧ ─────────


Allí estaba Amaia, inconfundible como un destello de luz en medio de la noche. Y de repente, el frío, el viento y el miedo dejaron de importar. Estaba sentada con la cabeza ladeada, los hombros relajados y el pelo le caía sobre el rostro como un velo oscuro. Elliot, por un segundo, creyó que dormía.

Golpeó el cristal con los nudillos, un sonido seco que resonó contra el rugido del tren. Amaia se irguió de golpe con los ojos desorbitados. Pero al reconocerlo, su cara se iluminó con una sonrisa que le llegó de oreja a oreja, brillante y cálida. Con un gesto enérgico, señaló la ventana: «¡Aquí! ¡Entra por aquí!» parecía decir.

Elliot echó un vistazo rápido al interior del compartimento. Solo estaba Amaia y, frente a ella, una chica de tez pálida como la luna, con dos trenzas perfectas a cada lado, inmóvil, que lo observa con una calma que le erizó la piel; no parecía haberla sorprendido ver a un chico colgando del techo del tren. Sin embargo, Elliot no tenía tiempo para pensarlo dos veces.

Amaia forcejeó con la ventana, que cedió con un chirrido oxidado.

—¡Estás completamente loco! —gritó intentando vencer la fuerza del viento—. ¡¿Qué haces ahí arriba?!

—¡Te lo explico dentro! —respondió con la voz entrecortada por el esfuerzo y el frío. Extendió una mano—. ¡Ayúdame a bajar, antes de que me lleve el viento!

Amaia abrió la ventana del todo y, sin dudarlo, estiró el brazo para agarrar la mano de Elliot con fuerza. Él, con los dedos entumecidos por el frío y la humedad, comenzó a deslizarse hacia abajo, centímetro a centímetro, con mucho cuidado. De pronto, el pie de Elliot resbaló y su cuerpo se balanceó en el aire, colgando peligrosamente, sostenido solo por la frágil fuerza de Amaia, que se vio empujada contra la ventana. Ella tiró de él con todas sus fuerzas, pero sus brazos delgados temblaban bajo el peso. Por un segundo, pareció que ambos caerían, arrastrados por el viento que aullaba como una bestia hambrienta.

Fue entonces cuando la chica pálida de enfrente, que hasta entonces había observado en silencio, se levantó de un salto. Con un movimiento rápido, se asomó por la ventana y agarró la otra mano de Elliot; sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca.

—¡No hay tiempo que perder! ¡Entrémoslo ya! —ordenó la niña de trenzas.

Tiraron con todas sus fuerzas, pero era como intentar levantar una roca. Amaia gritaba con el esfuerzo y los músculos de sus brazos ardían mientras el viento azotaba a Elliot, arrastrándolo hacia el abismo. Las dos niñas notaban que estaban llegando a su límite.

—¡Vamos! ¡No podemos soltarlo! —chilló Amaia desesperada.

Elliot sintió el vacío bajo sus pies. Por un instante, creyó que los tres caerían, arrastrados por la fuerza implacable de la gravedad. Tragó saliva y cerró los ojos. Sabía que había llegado su fin y, en silencio, se disculpó con su hermana. No quería ser el culpable de llevarse por delante a esas niñas.

—¡Soltarme, o caeréis vosotras también! —dijo con el latido de su corazón en la garganta.

Miró a Amaia a los ojos, que negó con la cabeza. En cambio, la niña desconocida, le miró a los ojos con calma durante unos segundos y le soltó la mano. El viento los arrastró a los otros dos, y Amaia se balanceó peligrosamente hacia el vacío.

—¡No le sueltes! —gritó Amaia desesperada, al ver que también iba a caer.

Con una calma que no encajaba en la situación, la chica pálida sacó su varita del bolsillo. Con un movimiento elegante, exclamó:

—¡Wingardium Leviosa!

De repente, Elliot sintió que su cuerpo se aligeraba, como si alguien hubiera cortado las cuerdas que lo ataban al suelo. Flotó, ingrávido, hacia el interior del vagón, arrastrado por las manos de Amaia que ya no luchaba contra su peso, y lo guiaban con suavidad. Al momento, Amaia consiguió meterlo dentro. Elliot se desplomó en el suelo, jadeando.

La niña guardó su varita con la misma calma con la que la sacó, y de pronto, la gravedad recordó que Elliot existía, recuperando su peso de golpe. Elliot y Amaia se quedaron allí, respirando con dificultad mientras la otra niña los miraba con la misma expresión impasible de siempre.

—Gracias... —A duras penas lograba decir Elliot—. Muchas... gracias.

—¿Qué... hacías ahí... arriba? —preguntó Amaia, todavía jadeando.

Elliot se pasó una mano por el pelo, revuelto y pegajoso por el sudor, el polvo y el viento, y soltó una risa seca, entrecortada.

—No me... dejaban pasar —resopló, recuperando el aliento poco a poco, evitando mirarlas a los ojos—. El pasillo estaba lleno de alumnos. No tenía otra opción.

Amaia levantó una ceja y cruzó la mirada con la otra niña. Sin embargo, ninguna de las dos dijo nada más.

Cuando por fin Elliot logró llenar sus pulmones de aire sin que le ardieran, sus ojos se posaron en la niña pálida. Era como una estatua de mármol; su piel parecía no haber visto nunca la luz del sol. El pelo, negro como la tinta y con dos trenzas rígidas, le caía sobre los hombros. Su postura era erguida y rígida. Pero lo que más lo perturbó fueron sus ojos; eran como dos pozos oscuros, profundos y serios, sin un atisbo de emoción. Por un instante, Elliot pensó que era un fantasma.

La niña, sin embargo, no parecía afectada en absoluto. Lo observaba sin pestañear, con una calma que contrastaba con el caos del momento. Su respiración era tan serena que parecía que el tiempo no la tocaba. Sus manos se apoyaban delante de ella sobre un paraguas negro.

—¿Quién es tu amiga? —preguntó Elliot a Amaia, pero mirando a la niña con todo descaro.

La niña lo miró con más intensidad, analizándolo como quien mira una aburrida tarea escolar.

—Ollivander. Katherine Ollivander. Y no soy su amiga.

—Elliot Carter.

Hubo un silencio incómodo. Amaia se mordió el labio inferior y agachó la cabeza. La otra chica se sentó recta con las manos cruzadas sobre las rodillas y mantuvo la mirada fija en Elliot.

—No vas muy limpio, que digamos.

Él se miró con indiferencia. La ropa arrugada, las manchas de no sabía qué, el pelo revuelto como un nido de pájaro. Se encogió de hombros con una sonrisa pícara y se dejó caer al lado de Amaia.

—Wingar..., ¿qué? —le preguntó a Katherine—. ¿Qué era eso?

—Wingardium Leviosa. Encantamiento de levitación. Extremadamente básico. —Volvió a mirarlo de arriba abajo—. Dudo que te dejen entrar en Hogwarts así.

Elliot iba a contestarle que se metiera en sus asuntos, pero en ese momento la puerta del compartimento se abrió con un golpe seco. Apareció un chico, un par de años mayor que ellos, con la cara cubierta de pecas y una energía nerviosa. Miró a los tres, luego a la ventana abierta y luego a Elliot.

—¿Qué hacéis?

—Nada que te importe —dijo Katherine.

El chico lanzó una mirada a Katherine, pero ella ni pestañeó, desafiándolo con la mirada. Con un resoplido de puro desdén, el chico giró sobre sus talones para largarse. Bufó algo ininteligible y se marchó. Y entonces, sin que él se diera cuenta, algo resbaló de su bolsillo: un objeto pequeño, redondo, envuelto en papel de colores. Pero el chico ya se había esfumado.

Elliot no lo pensó dos veces. Se agachó, lo recogió y lo sostuvo entre sus dedos, girándolo bajo la luz. En toda su vida no había visto nada igual.

—¿Sabéis qué demonios es esto?

—¿Que si sabemos qué es? —repitió Katherine, arqueando una ceja con superioridad—. La pregunta es, ¿en qué mundo vives para no saberlo tú?

Se volvió hacia Amaia, buscando complicidad en su mirada, pero lo que encontró fue el mismo desconcierto pintado en su rostro. Katherine suspiró, exasperada.

—¿En serio? ¿De qué planeta habéis caído? —Sacudió la cabeza, resignada—. Es una bomba fétida. De Sortilegios Weasley, por supuesto. Barata, vulgar y tan predecible como el mal aliento de un troll.

—¿Una qué? —Elliot y Amaia lo soltaron al unísono.

—Nada importante —Katherine se encogió de hombros con desdén—. Una tontería. Los niñatos la usan para gastar bromas pesadas. Al estallar, huele a huevo podrido durante días.

Elliot y Amaia se miraron durante un segundo de silencio. Y de pronto, estallaron en risas cómplices y divertidas. Katherine puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Con una sonrisa traviesa, Elliot guardó la bomba fétida en su bolsillo.

—¿No seréis hijos de muggles, verdad? —preguntó Katherine.

—¿Muggles?

—Ya me lo imaginaba —Katherine suspiró, exasperada—. Gente sin magia. Aburrida.

—Yo sí lo soy —dijo Amaia, encogiéndose de hombros—. Pero Elliot...

Amaia miró de reojo a Elliot y agachó la cabeza.

—No conocí a mis padres.

—¿Eres huérfano, Carter? —preguntó Katherine tan inexpresiva como siempre.

Elliot asintió y desvió la mirada a la ventana.

—Mi madre murió cuando yo tenía tres años. De mi padre... —Se encogió de hombros—. Solo me quedan recuerdos borrosos.

El silencio que siguió fue incómodo. Amaia abrió la boca, con los ojos brillantes y el labio inferior tembloroso.

—¡Dios, Elliot...!

Katherine, en cambio, no dijo nada. Lo observó con la misma expresión indescifrable que había mantenido desde que entró en el vagón. Pero, sin saber por qué, Elliot sintió que la compasión de Amaia le resultaba más incómoda que la indiferencia de aquella niña.

No obstante, no estaba dispuesto a seguir hablando de aquello y menos aún a mencionar a su hermana pequeña, enferma en algún lugar de Londres, esperando a que él volviera. Así que, con un movimiento brusco, cambió de tema y empezaron a hablar del curso que les esperaba.

Al rato, un carrito de madera crujiente, empujado por una bruja de sonrisa dentuda y delantal manchado de caramelo, recorría el pasillo ofreciendo sapos de chocolate que croaban al ser mordidos, pasteles que humeaban con aromas imposibles y grageas de todos los sabores. Amaia, con los ojos brillantes, no lo pensó dos veces; se acercó y compró media docena de grageas.

—¡Mirad! —exclamó, repartiéndolas entre los tres con gesto triunfal.

Cuando Katherine recibió las suyas, las observó con asco.

—Gracias, Moore. Pero no como dulces. El azúcar nubla el razonamiento.

Elliot y Amaia intercambiaron una mirada cómplice. Se encogieron de hombros y, sin más ceremonias, se repartieron el botín de Katherine.

A Elliot le tocó una gragea de chocolate negro tan intenso que casi le quemó la lengua, y otra de batido de frambuesa, dulce y ácido a la vez. Pero la tercera... la tercera fue una traición. Apenas la probó, su cara se retorció en una mueca de asco.

—¡Puaj, qué demonios es esto! ¡Sabe como si alguien lo hubiera guardado dentro de un calcetín sudado!

Amaia se llevó la mano a la boca para contener la risa.

—Estará en mal estado —asumió la niña.

Katherine, con una ceja arqueada, soltó:

—Claro que no, Moore. Son grageas de todos los sabores. Pueden saber a cualquier cosa, incluso a calcetín sudado de un troll.

Elliot hizo una mueca de asco tan exagerada que parecía que acababa de tragarse un sapo vivo. Se asomó a la ventana y escupió la gragea. Después, se frotó la lengua con el dorso de la mano, pero solo logró extender la suciedad de sus dedos por toda la boca.

Amaia estalló en una carcajada tan fuerte que le saltaron las lágrimas. Katherine, aunque intentó mantener su compostura, no pudo evitar que una sonrisa traicionera se le escapara. Rápidamente, giró la cabeza hacia la ventana, fingiendo un interés repentino en el paisaje que pasaba borroso. Sin embargo, la risa de Amaia rompió el hielo de la tensión. Al rato, la conversación fluía con más naturalidad.

Apenas se habían acostumbrado a la paz de su compartimento cuando la puerta se abrió de golpe. En el umbral, apareció un adolescente que los miraba desde arriba con desprecio y superioridad. A Elliot, su postura le recordó a Mike. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaron, Elliot sintió un escalofrío. Algo le decía que este chico era peor que Mike.


───────── ✧ ─────────


El adolescente entró sin pedir permiso. Las suelas de sus botas resonaron contra el suelo del vagón. Tras él, como sombras obedientes, le seguían otro chico de mejillas hundidas y una chica de labios pintados color cereza que lo miraban con la misma devoción que un creyente a su dios. El aire cambió al instante; las risas desaparecieron, reemplazadas por un silencio tan denso que parecía solidificarse, y una tensión que erizaba cada vello de la nuca.

El chico, de catorce años, destacaba por su altura. Su cabello, oscuro y corto, estaba peinado impecablemente hacia atrás y su rostro afilado y pálido —aunque no tanto como el de Katherine— mostraba unos ojos claros que escudriñaban el compartimento con frialdad. En sus labios finos bailaba una sonrisa cruel, de las que prometen más dolor que placer. Vestía un traje negro hecho a medida, con camisa del mismo color y una corbata de un verde esperanza. La capa negra que llevaba tenía el dobladillo bordado con hilo de plata auténtica, y sus botas —también negras— estaban tan pulidas que reflejaban el mundo distorsionado a sus pies.

No se dignó a mirar a nadie al entrar; avanzó con la arrogancia de quien sabe que el mundo le pertenece, se dejó caer en el asiento como un rey en su trono y estiró las piernas sobre el asiento frente a él mientras se cruzaba de brazos. Solo entonces, con una lentitud deliberada, giró la cabeza hacia Elliot.

—¿Qué miras, renacuajo?

Elliot se encogió de hombros, fingiendo indiferencia. Había vivido en la misma casa de acogida que Mike y Joey, así que los matones no le impresionaban. No obstante, aquel chico desprendía un aura diferente, algo que no sabía nombrar ni explicar, pero que le ponía los pelos de punta.

—Hay otros vagones. Este está ocupado.

El segundo chico, flaco como un clavo oxidado, soltó una risa seca. Sus ojos brillaron con una chispa de malicia. Era el tipo de persona que se alimentaba de migajas de aprobación de su líder, y que insultaba porque era la única forma de sentirse vivo.

—¿Habéis visto a este...? —Hizo una pausa, buscando la palabra perfecta mientras señalaba a Elliot con un dedo—. ¿Esta basura?

La chica que los acompañaba levantó la barbilla. Sus labios, pintados de un rojo cereza que contrastaba con su piel de porcelana, se torcieron. Parecía bonita, pero la mueca la afeaba.

—¡Qué asco! ¿De qué cloaca has salido, niñato?

—Hogwarts está cayendo muy bajo —murmuró el flaco.

—Por una vez tienes razón, Silas —intervino el líder, con una voz untuosa y condescendiente—. La culpa la tienen los sangresucias. —Sus ojos se clavaron en Elliot, fríos y calculadores—. ¿O me equivoco, mocoso? ¿Eres uno de esos?

Elliot no entendió el término, pero el tono le dejó claro que no era un cumplido. Abrió la boca para responder, pero no tuvo oportunidad.

—No deberían manchar las aulas de Hogwarts con mestizos —dijo la chica—. Es un insulto a Salazar Slytherin.

—Cada año hay más. —Silas Selwyn asintió, como un eco fiel—. Son como una plaga.

—Bueno, basta ya. —Su jefe alzó una mano, y los dos callaron al instante—. Dejadlo en paz. No es más que un crío insignificante.

Luego, girándose hacia ellos con una sonrisa que no prometía nada bueno, añadió:

—No os he visto tan locuaces cuando nos hemos cruzado con el imbécil de Prewett.

Silas se removió incómodo en su sitio.

—Nos pilló desprevenidos —murmuró, evitando la mirada de su dios.

—Siempre tienes alguna excusa, ¿verdad, Silas? Patético.

—¡Bah! —La chica cruzó los brazos—. Prewett es un idiota. Un gigante creído con una escoba. Pero ya verás, este año volveremos a ganar la copa. 

—¡Por supuesto que ganaremos! No es eso lo que me preocupa. Pero medio Hogwarts cree que ese idiota es mejor buscador que yo.

Elliot no entendía nada, pero tampoco estaba interesado. Lo único que quería era que se marcharan del vagón y los dejaran tranquilos. Desde que habían entrado, notaba que el ambiente estaba demasiado tenso.

—¿Ese paleto mejor que tú? —la chica arqueó una ceja—. Pero si es un necio. Enorme y rápido, sí, pero tiene menos cerebro que un troll. Creo que en alguna clase de Pociones, se quemó las pocas neuronas que tenía.

Silas chistó.

—Pero si antes él... 

La chica se giró de golpe hacia Silas y le propinó un golpe en el brazo. El cabecilla le clavó su mirada asesina y, de pronto, el rostro de Silas palideció. Bajó la cabeza, como si deseara que la tierra se lo tragara en ese mismo instante.

—Termina esa frase —le espetó el chico que permanecía sentado en su trono.

Silas tragó saliva y buscó la mirada de Petra en busca de una ayuda que no encontró.

—Eh... Yo... no quería insinuar nada.

—Eso pensaba —dijo mirándolo todavía con furia. Después de unos segundos, se recostó de nuevo en el asiento—. Prewett es bueno. Muy bueno. Y aunque no lo parezca, es más inteligente de lo que parece.

—¿Inteligente? ¿Ese? —intervino Silas nervioso, intentando recuperar su favor.

—Por supuesto que sí. Mucho más que tú, Silas.

Silas agachó la cabeza. La chica intentó agasajar a su líder supremo.

—Pero no es tan bueno como tú.

Este hizo un gesto como aceptando el cumplido, pero sin estar totalmente convencido de que fuera cierto. Sus ojos se posaron en ellos, inmóviles y expectantes. Por fin, se dijo que ya tenían suficiente castigo y tuvo clemencia con ellos.

—Sentaos de una vez —ordenó, apartando los pies del asiento con un gesto de fastidio—. Parecéis dos dementores, ahí plantados como idiotas.

Silas y la chica ocuparon sus asientos con obediencia. Silas se acomodó junto a Elliot, demasiado cerca. Parecía querer recordarle con su mera presencia que no era bienvenido. La chica, en cambio, se sentó junto a Katherine, que permanecía imperturbable. Amaia, por el contrario, estaba sentada junto a la ventana escondida tras Elliot, intentando pasar desapercibida.

Fue entonces cuando Petra Yaxley —pues así se llamaba la chica— posó sus ojos en Katherine. Hubo un destello de reconocimiento en su mirada. Pero no hubo calidez en sus ojos, ni complicidad —parecía desconocer esos términos—; en cambio, la miró de arriba abajo como quien evalúa a un rival.

—¿Y tú? ¿No te han enseñado a sentarte con los de tu clase?

Katherine alzó la vista con desdén. Sus ojos, fríos y serenos, se encontraron con los de ella sin pestañear.

—Me han enseñado muchas cosas. Pero tu opinión no estaba en el temario.

Corvinus Rosier —el líder— soltó una carcajada que resonó en el vagón como un trueno.

—Me gusta esta niña. Tiene agallas.

Petra apretó los labios, y sus ojos brillaron con un odio que no se molestó en disimular.

—Es una maleducada, Corvinus. Y las maleducadas necesitan un escarmiento.

Corvinus hizo un gesto con la mano, como si apartara una mosca.

—¡Bah! Déjala, Petra. ¿Qué más da? Son unos críos. —Se inclinó hacia adelante y miró a los tres amigos—. Pero os voy a dar vuestra primera lección, niñatos: los mayores eligen sitio. Los mocosos, al pasillo.

Katherine recogió sus cosas con la dignidad y elegancia de una dama. Se levantó primero, marcando el ritmo, y Amaia la siguió con los ojos clavados en sus zapatos. Elliot tardó un segundo de más mirando a los ojos de Corvinus. Al final, las siguió.

Cuando ya estaban en el pasillo —Katherine y Amaia unos pasos por delante, Elliot rezagado todavía en el compartimento—, recordó la bomba fétida. La sacó del bolsillo, la sostuvo entre sus dedos y miró a Amaia. Ella alzó los ojos, alarmada, y negó con la cabeza. Con un gesto rápido, les hizo señas a las chicas para que siguieran adelante. Luego, se agachó, fingiendo atarse los cordones, mientras el corazón le latía con fuerza.

Cuando Katherine y Amaia estuvieron lo suficientemente lejos, dejó la bomba fétida en el suelo con cuidado. Se levantó despacio. Se quedó un segundo quieto, mordiéndose el labio inferior. Oía cómo Silas se burlaba de ellos y Petra le seguía las bromas. Respiró hondo y, antes de cerrar la puerta del compartimento, aplastó la bomba con el talón. Un olor a huevo podrido explotó en el aire. Cerró de golpe y salió corriendo mientras oía los gritos de dentro.

—¡¿Qué has hecho?! —gritó Amaia.

—¡Corred! —les gritó Elliot sin detenerse con una sonrisa pícara.

Amaia no lo pensó dos veces y se lanzó corriendo tras él. Pero Katherine ni se inmutó; siguió caminando como si nada.

La puerta se abrió de golpe con estruendo. Los tres adolescentes salieron disparados al pasillo, tosiendo con violencia. Corvinus barrió el corredor con los ojos inyectados en sangre, buscando a Elliot entre el gentío. Pero el vagón estaba abarrotado de otros alumnos, maletas flotantes, gritos de emoción... Demasiado ruido; demasiado caos. Elliot y Amaia se aplastaron contra la pared, fundiéndose con las sombras tras un grupo de chicas que se pintaban las uñas con esmaltes.

Katherine, que los había seguido en silencio como una sombra, se detuvo. Corvinus la divisó entre la multitud, y su rostro se iluminó con una ira ciega. Avanzó hacia ella con pasos largos y la varita preparada.

Pero Katherine tampoco se inmutó esta vez, alzó la barbilla, esbozó una sonrisa cómplice y extendió un dedo elegante hacia el extremo opuesto del vagón.

—Si buscas a ese sucio mestizo y a su amiguita, se fueron por allí.

Corvinus, sin cuestionarlo ni un segundo, giró sobre sus talones y echó a correr en la dirección señalada, arrastrando a Silas y Petra tras él. Sus maldiciones se perdieron entre el bullicio del tren.

Amaia y Elliot emergieron de su escondite.

—Gracias.

Katherine asintió con un gesto casi imperceptible.

—No ha sido nada.

Se alejaron de allí en dirección contraria por donde desaparecieron Corvinus y sus acólitos. Al final del tren, escondido entre la penumbra de un vagón casi vacío, encontraron un compartimento pequeño. La luz parpadeaba como un farol a punto de apagarse. Pero no les importó; entraron, cerraron la puerta y se dejaron caer en los bancos.

—Te has arriesgado mucho, Katherine —le dijo Elliot.

—Me aburren los tontos.

—¡Demonios! Pensé que habías dicho que las bombas fétidas eran cosa de niñatos.

—Y lo son. Pero prefiero a los niñatos que a los tontos.

Elliot abrió la boca, sin saber si reír o fruncir el ceño. ¿Acababa de insultarlo? ¿O era un cumplido disfrazado? Decidió ignorarlo.

—¿Creéis que nos hemos metido en un lío? —preguntó Amaia, mordisqueándose el labio inferior.

Katherine asintió con un gesto casi imperceptible. Amaia, en cambio, bajó la cabeza y sus dedos se aferraron con más fuerza al borde del asiento. Elliot miró a sus dos compañeras de viaje. No sabía si podía llamarlo amistad aún, pero era lo más cercano que había sentido en mucho tiempo. 

—¡Demonios! Fijo que sí. En Hogwarts tendremos que andar con ojo.

8 de julio de 2026

Enrique Vallés Balaguer

Contar respiraciones

01

Capitulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capitulo 2

Tres latidos

03

Capitulo 3

El precio de la magia

04

Capitulo 4

El peso de la bolsa

05

Capitulo 5

Un día prestado

06

Capitulo 6

El peso del mundo

07

Capitulo 7

La promesa

08

Capitulo 8

Entre el 9 y el 10

09

Capítulo 9

El último techo

10

Capítulo 10

Bienvenidos a Hogwarts

11

Capítulo 11

Voces en la noche

12

Capítulo 12

La medida exacta

13

Capítulo 13

Cambio de piel

14

Capítulo 14

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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