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Capítulo 18: Reyes y peones
Capítulo 18: Reyes y peones

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Capítulo 18

Reyes y peones

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Ese mediodía, el almuerzo parecía tener un ritmo propio, ajeno a los relojes y a las sombras que, en otros rincones del castillo, teñían el día de preocupaciones. Las mesas se llenaban y vaciaban al compás de las campanadas, que solo los alumnos más disciplinados respetaban a rajatabla. Para el resto, lo único que importaba era no perderse esos últimos bocados de postre, ese sorbo de zumo de calabaza o ese trozo de pastel de carne.

Elliot entró en el comedor minutos después de la clase de vuelo, acompañado por Katherine y Amaia. Llevaba las mejillas encendidas y caminaba más ligero que nunca. Amaia no podía parar de hablar, contando una y otra vez el momento del accidente. Tenía los ojos brillantes y movía las manos con gestos dramáticos.

—¡De verdad, Elliot! He pasado un susto de muerte. ¿Cómo lo hiciste para llegar tan rápido?

Él se encogió de hombros, con una modestia que no lograba ocultar del todo el orgullo que le quemaba por dentro.

—No lo sé. Supongo que la escoba me hizo caso porque estaba preocupada por ti.

—¿Preocupada? —preguntó Amaia con una ceja levantada—. ¿Puede una escoba preocuparse por alguien?

—Las escobas son receptivas al estado emocional de quien las monta —informó Katherine—. Si Carter se asustó al verte caer, ese miedo se transmitió a su escoba y por eso reaccionó más rápido. En tu caso, Moore, como sentiste pánico, lo más probable es que la escoba intentara deshacerse de ti. El miedo atrae el caos. 

—¿De verdad? ¿Tú crees?

—Me lo explicó mi padre. De todas formas, Moore, dudo que vuelvas a volar. No es lo tuyo.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Amaia sintiera el golpe. Sus hombros se hundieron un poco, y su voz, cuando habló, sonó más pequeña:

—¿Tú crees? 

Elliot, que ya empezaba a entender la dinámica de Katherine, intervino antes de que el desánimo se instalara en Amaia.

—¡Claro que volarás, Amaia! Solo necesitas practicar un poco más. Si quieres, este sábado te ayudo. Podemos salir al patio y practicamos un poco. Seguro que Katherine también nos echa una mano, ¿verdad?

—Por qué no. Será divertido ver cómo Moore se rompe la crisma.

Elliot y Amaia la miraron con los ojos como platos, paralizados entre la incredulidad y el horror. Pero Katherine siguió comiendo tranquilamente.

—Eh… bueno —Elliot carraspeó, intentando romper el silencio incómodo—. Amaia, no le hagas caso. Está bromeando… creo. 

Miró a Katherine de reojo. Amaia, sin embargo, ya se había recuperado. La mención de su nombre y la imagen mental de un desastre aéreo no habían sido suficientes para apagar el entusiasmo que brillaba en sus ojos. Con una sonrisa se abalanzó sobre el bol de puré que los elfos acababan de dejar en la mesa.

—¡Vale! ¡Este sábado, entonces!

Durante un rato, los tres comieron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Mientras masticaba, Elliot dejó vagar la mirada por el Gran Comedor, observando el ir y venir de los estudiantes. Aún había quienes lo miraban por encima del hombro, con esa mezcla de recelo y superioridad que ya empezaba a reconocer, pero eran menos que antes. Y, lo que era más importante, algunos —los menos— lo saludaban ahora con una inclinación de cabeza al cruzarse sus miradas. 

Como cada mediodía, los alumnos levantaron las cabezas cuando oyeron el aleteo de las lechuzas, que entraban en tropel por las ventanas altas. Entre el revuelo, una lechuza descendió en picado hacia la mesa de los tres amigos. Dejó caer un ejemplar de «El Profeta» justo delante de Katherine. El periódico, recién impreso, olía a tinta fresca y estaba enrollado con una banda de goma negra que contrastaba con el blanco del papel. Katherine lo desprecintó, lo desplegó sobre la mesa y, sin levantar la vista, comenzó a leer en voz alta el titular de la primera página.

—«Atentado frustrado en el Ministerio: desconocidos intentan acceder a la Sala de los Árboles». 

Amaia se limpió la boca con el dorso de la manga, dejando una mancha difusa en la tela, y clavó sus ojos en Katherine con una curiosidad que no podía contener.

—¿Qué es la Sala de los Árboles? —preguntó, inclinándose ligeramente sobre Katherine para leer la noticia.

Su amiga sin apartar lo ojos de la noticia, se encogió de hombros. 

—No lo sé. Es la primera vez que oigo hablar de ella.

—Pues por el nombre… —Amaia frunció el ceño, pensativa—. Tal vez sea un jardín. Un lugar con árboles y plantas. Algo así como un invernadero mágico.

—¿Un jardín? —preguntó Katherine mirando a su amiga fríamente—. ¿Y qué pinta un jardín en el Ministerio, Moore? ¿Crees que los aurores necesitan un lugar para hacer pícnic?

—A lo mejor quieren que el Ministerio esté bonito. O lo usan para descansar entre reuniones. ¡Podría ser un sitio relajante!

—¿Relajante? Vaya idea más ridícula, Moore. Además, ¿para qué iba alguien a intentar colarse en un jardín?

—Bueno, igual no es eso. A lo mejor hay un árbol que da manzanas mágicas, y si te comes una, ya no necesitas volver a comer en toda tu vida.

—Tu problema, Moore, es que tienes demasiada imaginación.

Así continuaron durante varios minutos: Amaia, lanzando teorías cada vez más extravagantes y alocadas sobre lo que podría esconder la Sala de los Árboles, y Katherine, desmontándolas una a una con una lógica implacable. Elliot, en cambio, no participaba en la conversación. El nombre le sonaba, pero no lograba ubicar dónde había oído aquello. Se frotó las sienes, pero el recuerdo seguía sin aparecer. Había algo allí, algo importante, pero por más que lo intentaba, el recuerdo se le escurría.

—¡Eh, Carter! —La voz de Katherine lo sacó de sus pensamientos—. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué te has quedado mudo de repente?

El chico miró a sus amigas mientras se frotaba la frente.

—Tengo la sensación de que he oído ese nombre antes. ¡Demonios! ¿Dónde lo he escuchado?

—No creo que lo hayas oído en Londres, Carter.

De pronto, Elliot dio un puñetazo a la mesa.

—¡Maldita sea! ¡Claro! ¡En el Callejón Diagon!

—¿En el Callejón Diagon? —repitió Katherine, incrédula.

—Sí. ¿Sabéis dónde está?

—Por supuesto, Carter, ¿cómo no voy a saber dónde está? —le contestó Katherine poniendo los ojos en blanco—. Mi familia tiene allí su tienda de varitas desde hace generaciones.

—Pues veréis. Un día fui al Callejón Diagon y me perdí. Terminé en una calle oscura, fea… 

—Carter —le cortó Katherine—, tu ignorancia acabará metiéndote en peligro. 

—¿Por? —preguntó Elliot desconcertado.

—Te metiste en el Callejón Knockturn.

—¿El Callejón Knockturn? —Amaia repitió el nombre—. ¿Qué es eso?

Katherine resopló y negó con la cabeza.

—A veces me olvido de lo poco que sabéis del mundo mágico. Es una calle paralela al Callejón Diagon, donde venden artefactos mágicos prohibidos.

—¿Artefactos mágicos prohibidos? —repitieron sus amigos al unísono.

—Magia oscura.

Katherine lo soltó con la misma naturalidad con la que otro diría «juegos de niños». Elliot y Amaia se miraron, intercambiando una mirada confusa. Luego, casi al mismo tiempo, se encogieron de hombros.

—Continúa, Elliot —pidió Amaia.

—Eh… ah, sí. Pues eso, me metí en el Callejón Knockturn y oí a dos hombres encapuchados. No pude verles la cara, pero hablaban de que este año alguien vendría a Hogwarts.

—¿Quién? —preguntó Katherine.

—No sé. No sabían quién era, pero uno dijo que debían comenzar la búsqueda ya. Recuerdo que discutieron, porque no sabían por dónde empezar y uno propuso que debían empezar por la Sala de los Árboles.

Los tres amigos se quedaron en silencio. Katherine estudiaba la cara de Elliot. Parecía decidir si Elliot le estaba tomando el pelo o no. 

—¿Y no dijeron nada más? —insistió Katherine.

—No recuerdo más.

Elliot cerró los ojos intentando recordar y se apretó la frente con dos dedos. Durante unos segundos, sus amigas lo miraron sin insistir más, hasta que de golpe Elliot abrió de nuevo los ojos.

—¡Sí! Recuerdo que dijeron algo así como que «ella predijo que el linaje se manifestará».

—¿Ella? —preguntó Amaia.

—¿Linaje? —repitió Katherine.

Él se encogió de hombros. Katherine volvió su atención a la noticia, mientras Elliot y Amaia volvían a comer.

—¿Creéis que está relacionado con la noticia? —insistió Amaia.

—Puede —dijo Katherine secamente encogiéndose de hombros.

De repente, Elliot volvió a golpear la mesa con el puño y sus amigas lo miraron con el ceño fruncido.

—¡Demonios! —exclamó dejando caer la cuchara en el plato—. Ahora que lo pienso. ¿Os acordáis que os conté que la primera noche di una vuelta por Hogwarts?

—¿Cuándo te pilló la profesora Honeywick? —preguntó Amaia.

—Sí, eso es. Pues, se me olvidó contaros algo —se acercó más a sus amigas y, volviendo a bajar la voz, continuó su historia—. Me metí en el baño de los prefectos…

—¿En el baño de los prefectos? —volvió a interrumpirlo Katherine mientras negaba con la cabeza—. Lo tuyo, Carter, es vandalismo. No entiendo cómo no te han expulsado de Hogwarts. Bueno, sí, porque te pilló la profesora Honeywick. Si llega a ser un profesor como Merlín manda, tal vez el profesor Nott, estarías encerrado en Azkabán.

Elliot y Amaia se la quedaron mirando. Al ver que Katherine sonreía mínimamente, los dos intentaron reír, pero su risa sonó demasiado falsa.

—Bueno, como iba diciendo, estaba en el baño de los prefectos cuando oí a un hombre y una mujer hablar fuera del baño. Decían algo de que habían llegado y que debían comenzar la búsqueda.

—La búsqueda, ¿de qué? —preguntó Amaia.

—No oí nada más.

—Interesante, Carter —lo felicitó Katherine—. Estás empezando a captar mi atención. ¿Qué más?

—Eh… Eso es todo.

Amaia asintió satisfecha, pero Katherine pareció algo defraudada. Elliot apartó la mirada, avergonzado.

—Intentaré ordenar lo que nos has contado —propuso Katherine apartando el periódico—. Por un lado, oíste en el callejón Knockturn a dos que dijeron que el linaje se manifestará en Hogwarts y que para saber quién es ese linaje deben entrar a la Sala de los Árboles. ¿Voy bien, Carter?

—Sí, correcto.

—Nada más llegar aquí, oíste a un hombre y a una mujer que debían empezar la búsqueda. Y tú sugieres que se refieren a la misma búsqueda. ¿Es así?

—Puede... —contestó Elliot, inseguro.

—Y, nada más salir del baño de prefectos, te encontraste con la profesora Honeywick. ¿Correcto, Carter?

—Eh… sí. Así fue —corroboró su amigo con el ceño fruncido.

—Así que en teoría estás diciendo que quien está buscando al linaje es la profesora Honeywick, ¿cierto?

—Eh… —Elliot creyó que su amiga iba demasiado deprisa con las deducciones y le costaba seguirla.

—Con lo que deduzco que estás insinuando que la persona que ha intentado entrar en la Sala de los Árboles es Honeywick —concluyó Katherine.

—Eh… no, yo no he insinuado nada de eso. Además, no, no creo que sea ella, ¿verdad? —contestó Elliot mirando a Amaia, buscando ayuda.

—No lo creo. La profesora Honeywick es buena persona —afirmó con rotundidad Amaia.

—Le falta carácter, pero eso no quiere decir que no juegue con magia oscura.

—No. La profesora Honeywick, no —dijo Elliot, negando enérgicamente con la cabeza.

—Bueno, no sería la primera mosquita muerta que juega con magia oscura —concluyó Katherine volviendo a desplegar el periódico para seguir leyéndolo.

Elliot se negaba a creer que la profesora Honeywick tuviera algo que ver con la magia oscura. Aun así, cuando recordó el momento en que salió del baño de prefectos, no pudo ignorar un detalle incómodo: durante unos instantes estuvo convencido de que era su voz la que había oído al otro lado de la puerta. No tenía sentido. Honeywick no era así. Pero, tal vez…

Se giró y miró hacia la mesa de profesores. Honeywick estaba sentada junto a Briarwood y tenía sentado sobre su regazo a James, el hijo de cinco años del profesor Longbottom y su esposa, la enfermera de Hogwarts, Hannah Longbottom. Las profesoras Honeywick y Briarwood le hacían muecas a James, que no paraba de reír. 

—¿La profesora Honeywick? Imposible, ¿verdad?

Miró a Amaia y esta negó con la cabeza e hizo un gesto con la mano indicando que Katherine estaba medio chiflada. Volvieron a su plato pero Elliot no se quitó de la mente aquella conversación.


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Las mesas del Gran Comedor habían empezado a vaciarse, dejando tras de sí un rastro de platos medio vacíos y murmullos que se desvanecían en el aire. Un trueno retumbó en la distancia, sordo y profundo. Elliot desvió la mirada hacia las ventanas del Gran Comedor y vio que el cristal estaba empañado por un velo de gotas gruesas. La lluvia había vuelto. 

Al volver la vista a la puerta, vio que el trío de Slytherin había hecho su aparición en el Gran Comedor. Por un instante, Elliot los comparó con las bandadas de cuervos que solía ver en los tejados de Londres. Corvinus iba en cabeza con la sonrisa de quien está convencido de que el mundo no es más que un tablero y él, el jugador más astuto. Detrás de él, Petra avanzaba con elegancia, seguida por Silas, que cerraba la formación.

Los vio acercarse; sin embargo, esta vez, no tuvo ninguna intención de esquivar el encuentro. Cuando los tres pasaron frente a la mesa de Hufflepuff y Corvinus lo recorrió con una mirada de arriba abajo, él se obligó a enderezar la espalda y alzar el mentón. 

—Mirad quién tenemos aquí. Si es el gran héroe del día. El niño pájaro, el que no sabe leer, pero sí volar. ¿Qué se siente, Carter, al salvar a una niñata llorona?

Elliot mantuvo la mirada fija en los ojos de Corvinus. Por dentro, sentía un cosquilleo en su estómago, pero lo ignoró completamente. Amaia, en cambio, parecía desear desaparecer de aquel lugar. La única ajena a aquel encuentro era Katherine que, por su parte, seguía comiendo mientras ojeaba el periódico como si el trío solo fuera una decoración más del Gran Comedor. Al ver que los ignoraba, Petra se dirigió primero a ella.

—A algunos, nos basta con oler para saber quién merece ser salvado y quién no. Seguro que tú también lo hueles, ¿verdad, Ollivander? La casa de Hufflepuff huele a farsantes. A gente que cree que los sentimientos son una virtud cuando no es más que debilidad.

Por un momento, Elliot creyó ver que Katherine detenía el cuchillo con el que estaba cortando el pan, pero no estuvo seguro. Al segundo siguiente, seguía cortando con la misma calma de siempre. Y, sin alzar la mirada hacia Petra, le contestó.

—Ahora huelo a parásitos.

Petra asintió satisfecha y se giró hacia Elliot, pero de pronto volvió la cabeza de golpe hacia Katherine con una ceja levantada. Parecía confusa con su respuesta. Sin embargo, Corvinus no estaba interesado en Katherine; su atención estaba exclusivamente puesta en Elliot. Al ver que ni contestaba ni apartaba la mirada, dio un paso hacia él. 

—¿Debo felicitarte, ratita? —preguntó, arrastrando cada una de las sílabas—. ¿Es un acto heroico entre los mestizos salvar el pellejo de otro? 

Desvió la mirada hacia Amaia y la observó con desprecio. Esta se encogió aún más sobre sí misma, intentando ocupar el menor espacio posible en el mundo. Corvinus sonrió y volvió a encararse con Elliot.

—Creo que ha sido una pérdida de tiempo. Solo habría sido una sangresucia menos.

Algo viejo y familiar se encendió en el pecho de Elliot. Era el mismo sentimiento que lo invadía en los callejones de Londres o en casa de Helene cada vez que tenía que plantarse frente a los matones de Mike y Joey para defender a Mara. Podía soportar que lo atacaran a él; los insultos, las burlas y el desdén formaban parte de su vida allí, y empezaba a aprender cómo seguir adelante con ello. Pero esto era diferente. Que atacaran a Amaia, que la humillaran por su culpa, que le hicieran sentir pequeña solo por estar a su lado… Eso, no. 

—¿Por qué no volvéis por donde habéis venido? —dijo con la mandíbula apretada y todo el odio que pudo acumular en su mirada—. En esta mesa no sois bienvenidos.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Katherine, por fin, pareció interesada en aquella conversación. Amaia miró a Elliot con los ojos desorbitados. Y los alumnos que estaban sentados en las mesas de alrededor se callaron y observaron la escena. Algunos incluso se levantaron de sus asientos para ver mejor.

—Te vas a arrepentir de cada una de esas palabras. —Su mano se cerró sobre el hombro de Elliot con una fuerza que le heló los huesos—. Ya veremos cuánto te dura la bocaza cuando te pille fuera de Hogwarts lejos de los profesores.

Elliot contuvo el grito de dolor que le subía por la garganta pues los dedos de Corvinus se clavaban en su hombro como garras, pero no iba a darle el gusto de verlo flaquear. Corvinus se agachó aún más, hasta que sus labios rozaron el oído de Elliot, y su voz se convirtió en un susurro venenoso:

—Porque lejos de aquí…

De pronto, se calló bruscamente como si alguien le hubiera cortado las palabras de golpe. Elliot, confundido, alzó los ojos y volvió a ver esa mirada intensa que Corvinus lanzó a Julius. Y, al igual que el día anterior, sintió que ya había visto aquella mirada antes… pero ahora ya sabía dónde. Sin embargo, no estaba dirigida a él. Elliot se giró para seguir la dirección de la mirada de Corvinus. Esta estaba fija en el pelirrojo que acababa de entrar al Gran Comedor.

El pelirrojo no era otro que Gareth Prewett, el alumno más imponente que Elliot hubiera visto jamás; más alto que cualquier prefecto y con una musculatura digna de los héroes de las historias que Elliot le contaba a Mara antes de dormir. Su túnica de Gryffindor, ceñida a los hombros, dejaba al descubierto unos brazos robustos como troncos. Sin embargo, Gareth no tenía la típica cara de bruto que suele acompañar a los músculos; al contrario, tenía los ojos azules, el pelo revuelto y pelirrojo, y la sonrisa de un niño feliz. 

Por supuesto, Elliot ya lo había visto antes. Solía ser el centro de atención en la mesa de Gryffindor y recordó que, durante la cena de bienvenida, había deseado ser como él. Ahora, al verlo avanzar por el Gran Comedor con la seguridad de quien sabe que el mundo le ama y la fortuna lo favorece, volvió a sentir el mismo deseo. Observó cómo a su paso las chicas suspiraban y los chicos lo observaban con admiración. Lo acompañaba Imogen Fletcher, una chica de Gryffindor de cabello rubio, con ojos azules y una bonita sonrisa, y que era la hermana mayor de Clara Fletcher, compañera de curso de Elliot.

Gareth caminaba con paso firme mientras con la mirada barría el comedor encantado de saberse el centro de todas las miradas. Sus ojos se detuvieron en Amaia, que se había quedado con la boca abierta observándolo, y en Katherine, que lo miraba con curiosidad. Les sonrió, con ese gesto característico de quien sabe que puede derretir el hielo con una sonrisa. Y, finalmente, les guiñó un ojo. Katherine respondió arqueando una ceja mientras Amaia, a su lado, escondió una sonrisa. 

Por su lado, Elliot sintió el frío vacío de la indiferencia. Gareth pasó a su lado como si no existiera, ni un atisbo de reconocimiento, ni siquiera el placer de despreciarlo. Al menos, al entrar Gareth en el Gran Comedor, la presión en su hombro se esfumó. Volvía a ser el niño invisible.

Conforme avanzaba Gareth, la mano de Corvinus se retiró. Elliot observó al trío de Slytherin: Corvinus no apartaba los ojos de Gareth y, en aquella mirada, Elliot intuyó que Gareth era una grieta en su mundo perfecto. Petra, por su parte, miraba a Imogen y le dirigió un gesto discreto con la cabeza. A su lado, Silas parecía maldecir en silencio. Cuando Gareth llegó a la altura de la mesa, Corvinus le cerró el paso, extendiendo el brazo con estudiada elegancia. 

—Vaya, vaya, Prewett —dijo Corvinus, con esa sonrisa de suficiencia que siempre lo acompañaba—. ¿Se te ha olvidado que vuestra mesa está al otro lado? ¿O es que tienes la cabeza tan hueca que no sabes distinguir la derecha de la izquierda?

Gareth ni se dignó siquiera a mirarlo.

—No. He venido a ver si los Slytherin encuentran el camino a la suya. Parece que algunos se han perdido.

Se oyeron los chirridos de las sillas mientras el resto de alumnos se levantaban y se acercaban como imanes hacia el centro del conflicto, pues nadie estaba dispuesto a perderse el espectáculo. No obstante, los protagonistas de aquel encuentro parecían ajenos al revuelo que habían originado. 

Petra frunció el ceño al oír las palabras de Gareth, y buscó los ojos de Imogen; sin embargo, esta tenía la vista clavada en Corvinus, por lo que sus miradas no se cruzaron. A su lado, Silas apretaba los labios con fuerza, conteniendo lo que fuera que bullía en su garganta. De los cinco, el único que no parecía alterado era Corvinus que, si se sintió ofendido con las palabras de Gareth, no lo exteriorizó.  Más bien todo lo contrario, su sonrisa cada vez era más amplia.

—Los Gryffindor siempre tan previsibles. Deberías probar a ser más educado, Prewett. No me has dado los buenos días.

Por fin, Gareth giró la cabeza con lentitud, como si hasta entonces no hubiera merecido la pena mirar a Corvinus a los ojos. Y cuando lo hizo, su sonrisa había desaparecido. En su lugar, había algo más peligroso, una calma que olía a tormenta. Corvinus, en cambio, seguía sonriendo. 

—¿Por qué debería darte los buenos días, Corvinus? —pronunció su nombre con desprecio.

De repente, el Gran Comedor enmudeció. No quedó ni un susurro, ni un tintineo de cubiertos, ni el más mínimo crujido de los bancos de madera. El silencio se extendió como una marea, espesa y expectante.

—Por educación, Prewett. Parece que en tu casa no os enseñan modales.

—¿Y vas a ser tú quien me eduque, Corvinus?

—Por supuesto. Antes eras más educado, ¿no crees? 

Corvinus dejó de observarlo mientras se quitaba una pelusilla de la manga. Pero la expresión de Gareth había cambiado; ahora miraba a Corvinus con una rabia fría. Sus labios estaban apretados en una línea delgada. Aunque Elliot no conocía a Gareth de nada, en ese momento, sin dudarlo, estaba de su lado. Deseaba que le diera una lección a Corvinus y que lo pusiera en su sitio de una vez por todas. 

—¿Qué has dicho?

—Mira, Prewett, ya te has alterado —respondió Corvinus con una calma que rayaba en lo obsceno. No había ni un atisbo de alteración en su postura, ni una sombra de preocupación en su rostro. Si alguien lo observara desde lejos, habría jurado que estaba charlando amablemente con un viejo amigo, no al borde de un duelo—. ¿Tengo que recordarte que perder los nervios es de mala educación?

El pelirrojo se irguió, como un lobo marcando territorio. Su presencia, de repente, parecía ocupar el doble de espacio, y los alumnos más cercanos comenzaron a retroceder, instintivos, como si supieran que estar demasiado cerca de esa chispa era jugar con fuego. 

—Solo eres un… un…

—Un, ¿qué? Vamos, Prewett, tú puedes. Un, ¿qué?

—¡Un idiota!

—¿Idiota? —Corvinus levantó una ceja, decepcionado—. ¿Ese es el mejor insulto que se te ocurre? ¿No tienes nada más original? 

Su tono era burlón y sus ojos brillaban de placer. Gareth llevó su mano hacia la varita y, al verlo, Corvinus ensanchó su sonrisa; parecía ser el momento que tanto estaba esperando. Pero Imogen se acercó a Gareth y le detuvo el brazo, mientras Petra hacía lo mismo con Corvinus.

De repente, una risa nasal, casi un resoplido burlón, resonó en el aire. Los cinco giraron la cabeza al unísono hacia el origen del sonido. A pocos pasos de ellos, Julius Rowle observaba a Corvinus y Gareth con una expresión de desdén que helaba el ambiente. Por un instante, el tiempo parecía haberse detenido.

Imogen giró la cabeza con brusquedad, dándole la espalda a Julius como si su sola presencia le resultara insoportable. Petra, al verlo, dio un paso hacia Imogen, pero se detuvo a medio camino, indecisa. Lo que más sorprendió a Elliot fue la reacción de Silas. Sin dudarlo, se interpuso entre Julius y el resto del grupo, como si su cuerpo fuera un escudo. Julius, al verlo, clavó su mirada en Silas y soltó otra risa por la nariz, cargada de ironía. Pero, tan rápido como había aparecido, la sonrisa se esfumó de su rostro. Sin decir una palabra, dio media vuelta y abandonó el Gran Comedor, dejando atrás un silencio incómodo.

—¿Hay algún problema aquí, señores? 

La voz de la profesora Briarwood cortó el aire, suave pero irrompible. Había aparecido entre ellos sin hacer ruido. Su presencia, alta y serena, impuso el orden instantáneamente. Corvinus no perdió la compostura ni por un segundo; su sonrisa se mantuvo intacta, aunque sus ojos traicionaban un destello de irritación al verse interrumpido.

—Ninguno, profesora. Solo estábamos charlando mi amigo Prewett y yo.

—¿De nuevo… amigos? —preguntó la profesora escéptica—. Pero qué curioso.

El comedor entero contuvo la respiración. Petra e Imogen se miraron de reojo, incómodas. La profesora giró ligeramente el cuerpo, dirigiendo su atención a Gareth. 

—Señor Prewett, ¿el señor Rosier es su amigo?

Gareth no respondió de inmediato. Seguía clavando su mirada en Corvinus, y sus dedos seguían rozando el mango de su varita. Corvinus le devolvía la mirada sonriendo. La rabia de Gareth le brotaba en los ojos, pero al final, con un esfuerzo visible, desvió la vista hacia la profesora y bajó la mano.

—Sí, profesora.

—¡Estupendo! —exclamó la profesora Briarwood, con un entusiasmo exagerado—. Me alegra mucho que sean tan buenos amigos. Porque en Hogwarts, lo más importante es que los alumnos se respeten. ¿No es así, señor Rosier?

Corvinus la miró fijamente. Su sonrisa, por fin, había desaparecido. Parecía un niño al que acababan de arrebatarle su juguete favorito. Asintió con la cabeza, desilusionado, dándose cuenta de que la partida había terminado antes de tiempo.

—Bien. Pero estaré aún más contenta si cada uno se dirige a su mesa. Usted, señor Prewett, a la de Gryffindor. Y usted, señor Rosier a la de Slytherin. Ya saben, sin protestar. Solo por… educación.

La última palabra la pronunció mirando fijamente a Corvinus. Los dos adolescentes intercambiaron una última mirada cargada de odio. Luego, con movimientos rígidos, se alejaron en direcciones opuestas. La profesora Briarwood los siguió con la mirada hasta que cada uno alcanzó su mesa. Satisfecha, dio media vuelta y abandonó el Gran Comedor con la misma elegancia con la que había llegado.

—¡Qué guapo! —Amaia no pudo contener el suspiro mientras miraba a Gareth, que en la mesa de Gryffindor resoplaba como un toro recién domado.

—¿Quién? —Elliot siguió su mirada, confundido, hasta posarse en la figura imponente del pelirrojo.

—¿Ese? —Katherine arqueó una ceja con desdén. Después imitó a Gareth con un tono exagerado—. Parece un… un… un idiota.

Aquello sorprendió a Elliot. ¿Katherine haciendo un chiste? Y, para colmo, imitando a alguien. No pudo evitar soltar una carcajada, aunque intentó ahogarla con un carraspeo. Amaia, en cambio, frunció el ceño, ofendida.

—No os burléis de él —protestó Amaia, cruzando los brazos—. Cualquiera en su lugar se habría puesto nervioso.

Katherine la miró durante unos segundos, como si estuviera evaluando si valía la pena discutir. Finalmente, asintió con un movimiento lento de cabeza.

—Puede, Moore. No me gusta la mirada de Corvinus —dijo, bajando la voz como si temiera que alguien más pudiera escucharla.

Al oír aquello, Elliot se acordó de algo. Se inclinó sobre la mesa, arrastrando a sus amigas a hacer lo mismo. El reflejo de las velas danzaba en sus ojos mientras susurraba:

—Acabo de acordarme de que ya había visto a Corvinus antes de llegar a Hogwarts.

Amaia y Katherine lo miraron con sorpresa. Katherine, en particular, lo interrogó con la mirada, como si esperara que Elliot continuara sin necesidad de palabras. Las tres cabezas se juntaron sobre la mesa, formando un pequeño círculo de confidencias.

—Justo después de ver a los encapuchados, vi entrar a Corvinus en una tienda.

—¿Justo después? —preguntó Katherine—. ¿Crees que podría ser uno de ellos?

—No. Eran adultos; además, Corvinus iba con su traje negro sin capucha.

Katherine asintió.

—¿Y en qué tienda entró?

—No sé. Era una tienda de objetos viejos y raros.

—¿Una tienda de antigüedades? —preguntó Katherine, que ante el encogimiento de Elliot añadió:— Podría ser Borgin & Burkes. Si es esa, no es muy alentador.

—¿Por? —preguntó Amaia.

Su amiga miró a sus dos amigos que la observaban expectantes.

—No es solo una tienda de antigüedades. Dicen que también venden objetos peligrosos y de magia oscura.

Amaia y Elliot se miraron en silencio. Katherine volvió a tomar la palabra.

—¿Corvinus estaba solo?

—No, iba acompañado de dos personas. Creo que eran su padre y su hermano. El hermano era mayor, alto… y albino. 

Katherine se quedó en silencio por un instante, como si estuviera conectando piezas de un rompecabezas invisible. De pronto, se golpeó la frente con la palma de la mano.

—Seré estúpida —murmuró, más para sí misma que para ellos—. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Un Rosier? ¡Claro!

Amaia y Elliot se miraron, confundidos. No entendían por qué Katherine parecía tan alterada.

—¿Qué pasa, Katherine? —preguntó Amaia.

—Ya sé quién es Corvinus —respondió Katherine, recuperando su tono frío—. Su padre es Octavius Rosier, el cabeza de la familia Rosier.

—¿Y? —Elliot no veía la importancia.

—Es una de las familias más influyentes del mundo mágico —explicó Katherine, como si eso lo dijera todo—. Está al nivel de los Nott. Octavius es el principal opositor a la ministra de Magia, Hermione Granger.

Amaia y Elliot intercambiaron una mirada vacía. Los nombres y las jerarquías del mundo mágico seguían siendo un laberinto para ellos.

—Pero, ¿eso en qué nos afecta? —preguntó Elliot, intentando entender.

—En nada… directamente —respondió Katherine, aunque su tono sugería lo contrario—. Pero la familia Rosier apoyó a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Algunos de sus miembros fueron mortífagos.

La palabra mortífago resonó en el aire como un conjuro oscuro. Elliot miró a Amaia, quien palideció al escucharla. Era la segunda vez que oían ese término en tan poco tiempo. 

—¿Y Octavius fue uno de ellos? —preguntó Elliot, sintiendo un nudo en el estómago.

—Sí —asintió Katherine—. Pero dicen que cambió de bando cuando vio que la derrota de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado era inminente. Mi padre opina que lo hizo por conveniencia, no por convicción.

Amaia se mordió el labio inferior, sus ojos fijos en Corvinus como si temiera que, en cualquier momento, este pudiera girarse y mirarla. Elliot, en cambio, se quedó en silencio, procesando toda la información. Pensó que Katherine había terminado, pero ella añadió:

—Y hay más. El hermano mayor de Corvinus es Cassian Rosier, el joven albino que viste.

Katherine miró a sus amigos esperando alguna reacción a lo que acababa de decir, pero ninguno de los dos pareció darle mayor importancia. Finalmente, puso los ojos en blanco.

—El último ganador del Torneo de los Tres Magos.

—¿El Torneo de los Tres Magos? —preguntó Amaia, intrigada.

—Es una competición mágica entre las escuelas más prestigiosas de Europa —aclaró Katherine—. Solo participan los mejores. Si Corvinus es hermano de Cassian… —hizo una pausa dramática—, es probable que sea igual de poderoso.

Amaia miró a Elliot con preocupación.

—No creo que sea buena idea que te enfrentes a él, Elliot —dijo, su voz llena de temor—. Si es tan bueno como su hermano…

Katherine asintió, clavando su mirada fría en Elliot.

—Estoy de acuerdo con Moore. No me gustan sus ojos —dijo, como si eso lo explicara todo.

Elliot no entendió del todo qué quería decir, pero asintió sin dudar. Si Katherine, que conocía el mundo mágico como nadie, decía que algo andaba mal con Corvinus, él estaba dispuesto a creerlo. Sin embargo, no era lo que le había aconsejado anteriormente.

—Pero tú me dijiste que no huyera —le recriminó, sintiendo una punzada de frustración.

—Una cosa es huir, Carter —respondió Katherine, con una seriedad que no admitía réplica—, y otra muy distinta es enfrentarte a él. En un duelo de magia, no tendrías ninguna posibilidad.

Aquellas palabras dolieron, aunque Elliot sabía que Katherine tenía razón. Llevaba solo tres días en Hogwarts y, hasta el momento, lo único que había logrado hacer era volar en una escoba… y eso gracias a que ya estaban embrujadas. El mundo mágico, que al principio le había parecido emocionante, ahora se le antojaba más complicado y peligroso de lo que había imaginado.

Allí, en Hogwarts, parecía jugarse una partida de ajedrez en la que Corvinus y Gareth eran los reyes enfrentados. Pero, ¿y Julius? ¿Acaso también era un rey oculto en el tablero? ¿Era un tercer jugador? No lo sabía. Lo único que tenía claro era su propio papel, el de un simple peón. Y, como le habían advertido Amaia y Katherine, un peón no puede desafiar a las piezas mayores sin arriesgarse a ser barrido del tablero.


───────── ✧ ─────────


El viernes por la noche, Elliot se sentía tan eufórico por haber sobrevivido a los insultos, a las miradas y a Corvinus y Nott, que ni siquiera el cansancio acumulado de su primera semana en Hogwarts era capaz de apagar esa sensación en su pecho. Es más, decidió que se merecía un premio y que dormir podría hacerlo en cualquier otro momento.

Así que, cuando sus compañeros de cuarto cayeron rendidos en sus camas, respirando con la profundidad de quienes duermen sin preocupaciones, Elliot se deslizó fuera de la Sala Común de Hufflepuff como una sombra. Avanzó con sigilo, asomando la cabeza en cada esquina por si el señor Thistledown aparecía en el siguiente pasillo, y se dirigió hacia el baño de los prefectos. 

Pero con quien se encontró fue con Lumi que limpiaba el suelo de un pasillo. Elliot le insistió varias veces para que lo acompañara hasta el baño de prefectos. Aunque el elfo se negaba, finalmente aceptó encantado por acompañar a su amigo. Allí, Elliot se sumergió en el agua caliente de la piscina, dejando que el vapor y las burbujas lo envolvieran. Pero el elfo doméstico, aunque siempre solícito, se negó en redondo a unirse a él. Se sentó en un banco de mármol cercano, balanceando las piernas mientras Elliot se relajaba en el agua. Hablaron en susurros, como cómplices de un secreto, mientras el elfo le contaba chismes del castillo que solo los elfos conocían.

Cuando decidieron que era hora de volver a sus cuartos, Lumi se despidió y, con un chasquido de dedos, desapareció con un suave plop. Por su parte, Elliot salió del baño con el pelo aún húmedo y una sensación ligera en el pecho. Cerró la puerta con un cuidado exagerado, temiendo que el más mínimo ruido pudiera delatarlo. Luego, con los sentidos alerta, comenzó a avanzar por el corredor. 

Sentía que el castillo por la noche era diferente. Las antorchas estaban apagadas, rendidas al sueño. La lluvia seguía golpeando los cristales y, junto a los truenos y relámpagos, acrecentaba la sensación de peligro. 

De pronto, oyó unos pasos que se acercaban. Elliot se pegó a la pared como un ratoncito y, en un movimiento rápido y silencioso, se escondió tras la estatua de una bruja. Apretó el cuerpo contra el mármol frío, conteniendo la respiración, e hizo lo que mejor sabía hacer: desaparecer. Se convirtió en una sombra más entre las sombras, inmóvil, casi invisible. Los pasos resonaban cada vez más cerca, lentos y vacilantes.

El corazón de Elliot comenzó a latir con fuerza, golpeándole las costillas. Cerró los ojos un segundo, rogando en silencio que no fuera la profesora Honeywick. No podría soportar la idea de ver una mirada de decepción en su rostro. Pero cuando la silueta se recortó en la esquina, iluminada por el resplandor de un relámpago, Elliot comprendió que la figura era demasiado pequeña para ser un adulto. 

La sombra avanzó con vacilación. Se detuvo unos segundos y se giró para mirar hacia atrás. Finalmente, reanudó la marcha, pero sus movimientos eran torpes, nerviosos. Al pasar frente a la estatua, un relámpago dio oportunidad a Elliot de distinguir su rostro. Era Julius.

No estaba seguro, pero juraría que en su expresión había algo que no encajaba con el Julius que conocía. ¿Preocupación? ¿O quizá miedo? No podía estar seguro. Estaba demasiado oscuro para confirmarlo. Sin embargo, algo en su interior lo empujó a actuar. Sin pensarlo dos veces, se apartó de la estatua y dio un paso al frente.

Al oír los pasos, Julius se giró con un movimiento brusco, con la varita ya en alto lista para atacar. Elliot no vio con claridad su expresión, pero intuyó el miedo en sus ojos. Otro relámpago los iluminó a los dos. Cuando lo reconoció, el rostro de Julius se endureció. La varita seguía apuntando directamente al pecho de Elliot, y por un instante, creyó que la cogía con mayor seguridad. Elliot se preguntó si no habría sido mejor quedarse escondido tras la estatua.

—¿Estás bien? —preguntó Elliot, y en cuanto las palabras salieron de su boca, supo que eran las más estúpidas que podía haber elegido en ese momento.

—¿Y a ti qué te importa, microbio? 

Sin esperar respuesta, Julius dio media vuelta y reanudó su camino. Elliot debería haberlo dejado marchar y aprendido la lección la primera vez. Pero algo lo hizo abrir la boca de nuevo, sin pensarlo.

—¿Seguro que estás bien?

Julius se detuvo de golpe. El silencio que siguió fue tan denso que Elliot pudo oír el latido acelerado de su propio corazón. Julius se giró lentamente hacia él. Esta vez, Elliot no tuvo ninguna duda de que en los ojos de Julius ardía furia. Maldijo su propia lengua que le había metido en aquel embrollo. Cuando Julius alzó la varita y lo apuntó directamente a él, no tuvo tiempo para reaccionar o retroceder.

—¡Wingardium Leviosa!

De repente, Elliot sintió cómo su cuerpo se elevaba del suelo, como si una mano invisible lo hubiera agarrado por el cuello de la túnica. Era la misma sensación que había experimentado en el tren, cuando Katherine lo había salvado de caer. Julius hizo un movimiento brusco con la varita, y Elliot flotó hacia él, deteniéndose tan cerca de su rostro que podía sentir el aliento cálido de Julius, cargado de rabia.

—¡Métete en tus asuntos, niñato! Y procura no volver a cruzarte en mi camino. ¡Largo!

Con otro gesto violento de la varita, Julius lo lanzó por los aires. Elliot se estrelló contra el suelo de piedra varios metros más allá. El dolor físico no era nada comparado con la quemazón de su orgullo, ahora hecho trizas a sus pies.

Cuando se incorporó, jadeante y con las mejillas ardiendo, Julius había desaparecido. Se maldijo en silencio. ¿Quién se había creído que era para intentar ayudar a alguien como Julius? Alguien que, claramente, era de la misma especie que Corvinus, frío, cruel y con un desprecio innato por los demás. Había aprendido la lección o eso esperaba; la próxima vez, se quedaría callado. 

Reanudó la marcha, pero estaba tan enfadado consigo mismo que ya no se molestó en moverse con sigilo. Justo cuando se disponía a bajar otro tramo de escalera, volvió a oír pasos. El cuerpo le reaccionó antes que la mente. Rápidamente se aplastó contra la pared, conteniendo el aliento. Al principio pensó en Julius. Pero conforme los pasos se acercaban, se dio cuenta de que no venían de detrás de él, sino de las escaleras; alguien estaba subiendo. Peor aún, los pasos eran de dos personas.

El mismo instinto que lo había empujado a preocuparse por Julius ahora le gritaba que desapareciera. Se pegó a la pared con tanta fuerza que sintió el frío de la piedra filtrarse a través de la túnica. Hasta dejó de respirar. 

Las sombras se acercaban. Una era alta, esbelta y avanzaba con seguridad. La otra, más bajita, seguía unos pasos atrás, vacilante. Cuando empezaron a subir el tramo de escalones frente a él, Elliot contuvo el aire en los pulmones hasta quemar.

Era Corvinus, y detrás, como siempre, Silas. Un relámpago iluminó el pasillo, y Elliot los pudo distinguir mejor. El corazón le dio un vuelco, creyendo que la luz del relámpago podría haberlo delatado. Pero Corvinus miraba hacia el fondo del pasillo y no reparó en él. Elliot salió disparado hacia atrás y sus pasos alertaron a los Slytherin. Sin embargo, solo vieron una silueta corriendo en medio de las sombras.

—¿Es él? —preguntó Silas.

—¡Expelliarmus! 

Corvinus lanzó el hechizo, pero Elliot ya había girado en un pasillo y el hechizo no lo golpeó. Tras una maldición, los dos Slytherin salieron disparados tras él. Cuando Elliot pasó por delante del aula de encantamientos, vio la puerta abierta y se deslizó dentro del aula. Cerró la puerta y se escondió  debajo de una mesa que había al fondo del aula pegada a la pared. 

Su corazón latía a mil por hora. Se sentía totalmente desprotegido. Maldijo no conocer todavía ningún hechizo para poder hacer frente a aquellos dos, o tal vez engañarlos. De pronto, oyó que los pasos se detenían al otro lado de la puerta.

—¿Por dónde ha huido? —oyó que decía Corvinus. Hubo un pequeño silencio hasta que Corvinus volvió a hablar:— Tú busca en el aula de Encantamientos, voy a buscar al otro lado del pasillo.

Oyó los pasos de Corvinus que se alejaban. La puerta se abrió y Silas entró al aula. Caminó despacio mirando por los rincones. Silas se aproximó donde se encontraba Elliot aunque seguía sin verlo. Elliot ni siquiera parpadeaba aunque notaba un picor en los ojos. 

—¡Lumos! 

La varita de Silas se iluminó y recorrió el aula apuntando a los rincones. Por suerte, Silas estaba de espaldas a Elliot y no lo vio. Empezó a dar la vuelta, poco a poco. Elliot sabía que en cualquier momento lo vería. No sabía si levantarse e intentar cambiar de escondite. Pero de pronto, se oyó un grito de Corvinus en el pasillo.

—¡Aquí, Selwyn!

Silas salió corriendo del aula en busca de su amigo. Cuando la puerta del aula de Encantamientos se cerró, Elliot soltó todo el aire que llevaba dentro. Poco a poco se incorporó, se acercó a la puerta y pegó el oído. Cuando dejó de oír los pasos de Silas se permitió relajarse, pero el alivio no llegó inmediatamente. Su mente bullía con preguntas: 

¿Cómo sabe Corvinus que estoy despierto? ¿Alguien me ha delatado? ¿O tiene cuadros espiando para él?

De momento, no tenía respuestas. Y eso era lo más aterrador de todo. Asomó la cabeza por la puerta con cautela, pero justo cuando estaba a punto de salir, una luz titilante apareció al final del pasillo, acompañada del inconfundible sonido de unas llaves entrechocando. No había duda, era el señor Thistledown.

Rápidamente, Elliot retrocedió y cerró la puerta sin hacer ruido. Contuvo la respiración y rezó para que el celador pasara de largo. Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta. El corazón le latía con tanta fuerza que temió que se escuchara. Tragó saliva con dificultad y cerró los ojos, esperando lo peor.

El pomo de la puerta comenzó a girar lentamente. Elliot sintió cómo el sudor frío le recorría la espalda. Pero, de repente, un grito lejano resonó en el pasillo, rompiendo el silencio. El pomo dejó de moverse y los pasos del señor Thistledown se alejaron a toda prisa, apurados por el sonido inesperado.

Elliot abrió los ojos, pero el alivio no llegó de inmediato. Permaneció inmóvil, escuchando el eco de los pasos que se desvanecían, hasta que, poco a poco, el miedo comenzó a disiparse, aunque le costó un buen rato recuperar la calma.

Cuando estuvo seguro de que el señor Thistledown se había alejado lo suficiente, salió del aula y bajó las escaleras a toda prisa, casi tropezando en su afán por llegar a las cocinas y, de ahí, a la seguridad de la Sala Común de Hufflepuff. Una cosa había quedado clara esa noche: deambular por los pasillos de Hogwarts por la noche no era un juego. Era demasiado peligroso y, de momento, no estaba dispuesto a repetirlo.

7 de septiembre de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

18

Capítulo 18

Reyes y peones

19

Capítulo 19

La isla fuera del mundo

20

Capítulo 20

La Gran Disonancia

21

Capítulo 21

Entre gigantes

22

Capítulo 22

La primera luz

23

Capítulo 23

Una semilla de duda

24

Capítulo 24

Usted es un Hufflepuff

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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