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Parte 1: Antes de la magia

Capítulo 7

El peso del mundo

Personajes

Personajes que intervienen en el capítulo

Elliot había perdido la noción del tiempo desde que Mara empeoró tras el paseo. Los minutos y las horas se fundían en un ritual interminable: el trapo húmedo sobre la frente ardiente, los vómitos que limpiaba, las mantas que ajustaba una y otra vez, la cuchara de agua que acercaba a sus labios resecos. Su propio cansancio, su hambre, sus necesidades, todo eso había dejado de existir.

Fuera, la ciudad era apenas un rumor sordo; en cambio, dentro del refugio, la fiebre tenía un ruido propio, mezcla de jadeos y temblores, puntuado por la tos seca que desgarraba la garganta de Mara y los alaridos que escapaban de sus labios cuando las sombras de su mente la arrastraban lejos de la realidad. Si Elliot hubiese sido poeta, habría llamado a eso la música de la fiebre.

La vela, testigo único, lanzaba sombras retorcidas en las paredes. El calor dentro de la manta era tan intenso que, de haber sido posible, la habría apartado del cuerpo diminuto de su hermana. Pero el frío acechaba a un dedo de distancia, por lo que quitarle la manta era invitar a que la devorara. Elliot le limpiaba el sudor, intentaba mantener su cuerpo caliente y, cuando su hermana abría los ojos, intentaba que bebiera agua.

Se arrodillaba junto al catre, sujetando el trapo empapado con ambas manos; lo apretaba hasta que el agua goteaba y luego la pasaba con lentitud por la frente y las sienes de Mara. Pero la fiebre no bajaba ni un grado.

La niña, atrapada en mitad de la pesadilla, se removió y masculló algo entre dientes. Al principio no fue más que un lamento bajo, luego una frase que Elliot no entendió. Los labios resecos se movían como si hablasen otro idioma. A veces lloriqueaba; otras, gritaba palabras sueltas.

—No te vayas... no te vayas...

Fue lo único que entendió Elliot, que intentó calmarla, pero Mara no lo oía.

Durante la siguiente hora, la frente de Mara cada vez ardía más, sus dientes rechinaban y la tos desgarraba el aire como un clavo contra una pizarra. Elliot, que tenía el corazón en un puño, intentaba no estar sin hacer nada para evitar pensar, así que recogía los restos de vómito con el mismo paño una y otra vez, lo lavaba en la cubeta y volvía a empezar. Cuando intentó darle agua, Mara no pudo tragar y el líquido le chorreó por la barbilla, dejando un rastro oscuro en la manta. Notó un pinchazo en el pecho cuando la mirada de ella se posó en sus ojos como la de un animal atrapado en una trampa.

Por un instante, la mente de Elliot se fue a otra parte y a otro tiempo; vio el recuerdo de su madre —o al menos lo que quedaba de ella en su memoria— sentada al borde de una cama igual de pobre, con la piel macilenta y los dedos largos acariciando la cabeza de Mara mientras entonaba una canción, o le contaba un cuento —no lo recordaba bien—, y al fondo la risa de Mara... un sonido que ahora temía que solo viviese en su memoria, como el tacto de esas manos que ya no volverían a acariciarla. Elliot quiso aferrarse a ese recuerdo, pero se le escapaba igual que el agua entre los dedos. En cambio, volvió de golpe a la realidad cuando Mara chilló retorciéndose bajo la manta.

—¡No! ¡No quiero! ¡No me lleves! ¡No quiero ir!

Elliot la sujetó, con una mano en la frente y otra en el hombro. Mara temblaba entera, pero la piel seguía ardiendo. El sudor empapó la vieja manta que hacía de almohadón, y la tos volvió, más violenta. Mara se dobló en dos, escupiendo una flema oscura que Elliot limpió sin titubear. Notó que su propio cuerpo temblaba al igual que ella.

—Tranquila, Mara, estoy aquí. No te voy a dejar sola.

—No... No te vayas, Elliot, no te vayas... No me dejes sola...

Elliot la arropó más fuerte, con un movimiento torpe. El trapo se le cayó al suelo, y la cabeza se le llenó de ruido blanco.

—¡Maldita sea! —escupió entre dientes—. ¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea...!

En ese momento comprendió que el peso del mundo cabía en aquella manta de cuadros, y él tenía que aguantarlo solo, porque no tenía a nadie más que lo aguantase por él. Tuvo que apretar los ojos con fuerza para no echarse a llorar.

Todo por mi culpa. No fui capaz…

Se golpeó la pierna una y otra vez porque no tenía ningún otro sitio donde golpear. Lo que sí podía era seguir mojando el trapo, limpiar la frente, murmurarse a sí mismo que todo pasaría, aunque supiera que no era verdad. Le hablaría al oído a su hermana hasta que la fiebre la soltara, o hasta que el mundo entero se viniera abajo. Así que Elliot habló sin parar; le contó a Mara historias absurdas de cuando eran pequeños, le recordó los paseos al parque, los días en que Aristóteles les traía caramelos o los inviernos en que compartieron un solo abrigo.

Mara no respondía, pero a veces, entre delirio y delirio, parecía escuchar. En una de esas, abrió los ojos y, con un hilo de voz, preguntó:

—¿Mamá...?

Elliot tragó saliva. Apretó la mano de Mara entre las suyas y se la llevó al pecho.

—Estoy aquí. No me voy.

La vela se agotó y la habitación quedó sumida en penumbra. Elliot no distinguía bien los contornos de la cara de su hermana, solo una tenue sombra de sus mejillas hundidas y el reflejo del sudor en la frente. Durante un minuto largo, todo pareció detenerse. Ni la fiebre ni la ciudad ni el mundo se movían. Elliot notó que el pulso de Mara se ralentizaba bajo sus dedos. Se derrumbó, en silencio, sobre el cuerpo de su hermana, hundió la cara en la manta húmeda y dejó que el llanto le sacudiera el pecho. Lloró hasta quedarse vacío.

Entonces Mara alzó la mano y le rozó el cabello.

—No llores... —Apenas era un susurro—. No llores, hermanito.

Elliot apretó los dientes, incapaz de pronunciar palabra.


───────── ✧ ─────────


El primer golpe de realidad llegó con un ruido en la escalera que deshizo el silencio, luego pasos, secos y decididos, de alguien que parecía bajar los peldaños de dos en dos, seguido por el rechinar de la puerta y, finalmente, un haz de luz blanca rompió la penumbra. Una tos cargada hizo que Elliot levantara la cabeza y mirase hacia la puerta donde Aristóteles había aparecido, envuelto en su abrigo de trapos y con el gorro de lana tan apretado que le desfiguraba la frente.

Se detuvo apenas dos segundos en la entrada, pero sus ojos lo vieron todo. La respiración entrecortada, el temblor del catre de cartones, el cuerpecito hecho ovillo bajo la manta de cuadros y, sobre todo, la figura de Elliot arrodillado, con las manos aferradas a la mano de su hermana.

—¿Qué ha pasado?

Elliot abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta como espinas. Solo logró un jadeo, un sonido quebrado que le rasgó el pecho. Señaló a Mara con la cabeza, sin soltarle la mano.

Aristóteles, sin decir nada, se acercó y se agachó hasta quedar a su altura. Le puso una mano en el hombro y apretó. Elliot se tragó las lágrimas que se le formaron en los ojos al notar el contacto del viejo. Aristóteles respiró hondo y acercó una mano sobre la frente de Mara, grande y rugosa, curtida por años de calle y de frío. Sin embargo, la retiró al instante.

—¡Está ardiendo!

—No baja. Lleva así toda la noche. He probado de todo. No sé... —Intentó tragar saliva, pero tenía la garganta cerrada—. No sé qué más hacer.

Aristóteles se quedó mirando a Mara largo rato, observando el sudor, la palidez extrema, la respiración que se enredaba en el pecho. La niña gemía entre dientes, pero no parecía notar nada de lo que pasaba alrededor. Tras unos instantes, los ojos del viejo se fijaron en la mancha que había en el suelo.

—¿Ha vomitado sangre?

Elliot asintió, con los labios apretados.

—Hace un rato —logró decir, con un hilo de voz que temblaba—. No era mucha. Pero...

El viejo cerró los ojos y masculló algo entre dientes, una maldición baja y gutural.

—Hay que llevarla a un hospital, ya.

Se agachó para coger en brazos a Mara, pero Elliot lo apartó y se echó sobre su hermana a modo de protección.

—¡No! ¡No la toques! 

El viejo dio un paso atrás. Esperó unos segundos hasta que el niño se calmara.

—Lo siento. Es que no puedo —se disculpó Elliot incorporándose—. No podemos ir. Ya sabes lo que pasará. Si la llevo, nos separarán. Para siempre. Nunca... —Tragó saliva, pero el nudo había crecido hasta no caber en su garganta—. Nunca volveremos a vernos.

Aristóteles se quedó callado, alargando tanto el silencio que Elliot pensó que se había marchado, pero el viejo seguía ahí a su lado.

—Mírame, chico —ordenó Aristóteles, y Elliot obedeció, porque en ese momento no tenía fuerza para nada más—. Si no la llevas, se va a morir. Así de simple.

—¡No! ¡No va a morir, ¿me oyes?! No puede...

—No te miento, chaval. Tienes miedo de que te la quiten. Eso lo entiendo. Pero si no la llevas, no hay vuelta atrás. Puede que ya sea tarde.

Elliot apretó los labios. El dolor en el pecho, el miedo a los hospitales, la imagen de Mara desapareciendo en un pasillo blanco y él, otra vez, solo, siempre solo; todo se le hacía demasiado grande. ¿De qué servía luchar, de qué servía querer si al final siempre acababa perdiéndolo todo?

—No me pueden separar de ella.

—Ese debería ser el menor de tus preocupaciones ahora. Ni tú ni yo podemos hacer más por tu hermana. ¡Vamos, chico! Atiende a razones.

Elliot sintió cómo el suelo se movía bajo sus pies. Su mente se negaba a aceptar lo que su corazón ya sabía, pero la pregunta salió de todos modos, temblorosa, rota:

—Pero... pero Mara no va a morir, ¿verdad? —preguntó, y su voz sonó pequeña.

Aristóteles no rehuyó su mirada; aunque sabía que la respuesta iba a hacer daño a Elliot, era necesario que conociera la verdad para tomar una decisión tan difícil.

—Si no la llevamos a un hospital pronto... Sí, Elliot, va a morir.

—¡Mentiroso! —Elliot gritó, desesperado, con la voz rota—. ¡Viejo estúpido! —Sus manos temblaban, y sus ojos ardían—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Demonios, no! ¡No, no y no! ¡Mara no puede morir! ¡¿Me oyes?!

Aristóteles suspiró, profunda y lentamente. Se sentó en el suelo cerca de ellos y se quitó el gorro, pasando una mano por su pelo canoso y enmarañado.

—Chaval, eres el hermano mayor. Te toca decidir por ella.

—¡No es justo! ¡¿Me oyes?! ¡No es justo tener que decidir siempre por los dos! ¡Nadie nunca me preguntó si quería ser el hermano mayor, si quería ser el que tomara las decisiones! —Su voz se ahogó en un sollozo, pero no dejó de hablar—. ¡No es justo!

Aristóteles lo miró con una calma que contrastaba con el torbellino de Elliot. No había prisa en sus ojos, solo una tristeza antigua.

—Mira, chico. Si la llevas al hospital, puede que la curen o puede que no, pero al menos tendría una posibilidad. Pero si no la llevas, seguro que no sobrevive. Eres el hermano mayor. Tienes que ser fuerte por los dos. Así que escucha bien, porque esto es importante. A veces proteger no es agarrarlo más fuerte. A veces es soltar.

Mara tosió. El viejo y el niño la miraron alarmados. Pero la niña seguía en su inconsciencia. Elliot atendió a su hermana. Le volvió a secar la frente y se aseguró de que estaba bien tapada. Después, se hundió en su sitio.

—Si no puedes con esto tú solo, dilo, yo te ayudo. Pero no la dejes morir aquí por miedo a perderla, porque entonces, la perderás para siempre.

Las palabras de Aristóteles pesaron más que el aire. Fue un golpe tan duro que Elliot sintió que algo se rompía dentro. Miró a Mara. Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Hacía tan solo unos días, sentado en ese mismo suelo, le había prometido que la llevaría al Callejón Diagon cuando se recuperase. Ahora esa promesa se disolvía como el azúcar en el agua. Aunque los médicos pudiesen salvarla, el sistema se la tragaría.

Las lágrimas volvieron. Lloró en silencio, tapándose la cara con las manos sucias, hasta que el temblor se le pasó y sólo quedó un hueco inmenso en el estómago. Cuando se atrevió a alzar de nuevo la cabeza, vio a Aristóteles esperando, paciente, sin mover un músculo. 

Elliot miró a Mara, le besó la frente ardiente y la abrazó. Sintió el pecho de la niña subir y bajar, cada vez más lento, cada vez más costoso. No pudo decirle adiós; todavía no estaba preparado para despedirse. Repetía el nombre de su hermana una y otra vez, como un hechizo.

—Mara, Mara, Mara...

Aristóteles se levantó, despacio, y puso una mano en el hombro de Elliot.

—Cuando estés listo, avísame. Yo os acompañaré. No estarás solo en esto, chico.


───────── ✧ ─────────


La noche había transformado el refugio en una cueva de sombras. Sólo la llama temblorosa de la vela se atrevía a desafiar la oscuridad, proyectando en la pared los perfiles quebrados de tres almas rotas. Mara era apenas un bulto bajo la manta de cuadros. Aristóteles, sentado en una esquina, era una estatua de ropa apolillada. Elliot, encogido al borde de los cartones que hacían de colchón, se debatía entre el miedo y la duda.

Mara dormía con la boca abierta; su abdomen se llenaba y vaciaba con esfuerzo. La fiebre se le pegaba al cuerpo en gotas saladas, y cada tanto la tos la sacudía. Elliot tenía la manga húmeda de tanto secarle la frente.

La vela se consumía demasiado deprisa. Aristóteles, que ni siquiera intentaba dormir, miraba la llama fijamente. Cada tanto, una tos cargada lo sacudía, pero él le había asegurado a Elliot que no era nada más que un catarro. Permanecía en silencio, esperando a que Elliot tomara la decisión. La última vez que habló fue para preguntarle si quería que trajera algo de comer, pero Elliot había negado con la cabeza con tanta rabia que Aristóteles no volvió a insistir.

Fuera, la ciudad zumbaba, los autos salpicaban agua, las sirenas se respondían en la distancia, pero aquí abajo solo existía la respiración de Mara.

De pronto, la niña se removió; el movimiento fue leve, apenas una protesta de músculos cansados. Elliot le acomodó la manta sobre los hombros, con la ternura de una madre. La miró a la cara y le pareció más niña que nunca, pero también más vieja.

No supo en qué momento se le llenaron los ojos de lágrimas. Tampoco hizo nada por ocultarlas. Si Aristóteles lo vio, no dijo palabra. Pero Mara abrió los ojos en ese momento, apenas dos rendijas.

—¿Por qué lloras?

Elliot negó con la cabeza, limpiándose los ojos con el dorso de la mano.

—No es nada. Solo estoy cansado.

Mara le tocó la cara con la palma fría y débil, y luego la dejó allí, pegada como una nota triste.

—No quiero que llores por mí. Me pone triste que estés triste.

Elliot le agarró la mano y se la mantuvo apretada. Había algo en ese gesto que lo hacía sentir útil.

—¿Te acuerdas de mamá? —preguntó Mara.

—No mucho. Recuerdo que era bonita. Y que olía a flores, aunque no sé cuáles.

—¿Crees que estará en el cielo?

—Seguro que sí. Y desde allí puede vernos siempre.

Mara sonrió.

—Me gustaría verla. Me hubiera gustado haberla conocido. ¿Crees que nos quería?

—Mucho. Recuerdo una vez que mamá te sostenía envuelta en una manta. Apenas eras un bebé recién nacido. Ella te miraba como si fueras un tesoro, te besaba la frente y susurraba: «Mi niña bonita, mi estrellita». Lo repetía una y otra vez.

Mara sonrió y unas pequeñas lágrimas se le formaron en sus ojos.

—Me gustará conocerla.

—¡No digas eso! —le gritó Elliot alarmado, y con lágrimas en los ojos añadió—. No puedes dejarme todavía.

—No llores por mí, hermanito —dijo Mara mientras le secaba los ojos a Elliot.

Elliot volvió a apretarle la mano, tragándose las lágrimas. La tos volvió, esta vez más breve. Cuando terminó, Mara respiró hondo y cerró los ojos. Parecía dispuesta a dormirse otra vez, pero antes de hacerlo abrió la boca y susurró:

—Ojalá fueras mago, Elliot.

Elliot apretó la mandíbula. Le habría gustado reírse de esa frase, o decir alguna broma, pero solo pudo asentir.

—Yo también lo desearía —murmuró, y entonces sí, se permitió llorar sin miedo ni vergüenza.

Mara no vio a su hermano llorar. Había caído en el sueño turbio donde la fiebre y el cansancio apagan el dolor. Elliot la miró un rato largo, con la vela encendiendo su cara y oscureciendo todo lo demás, y sintió que no existía nada fuera de ese cuarto, ni Aristóteles, ni la ciudad, ni siquiera el futuro.

Cuando la vela se consumió del todo, el refugio se llenó de sombras. Mara respiraba, cada vez más lento, cada vez más leve. Elliot se quedó a su lado, con la mano de su hermana entre las suyas, esperando.

En la oscuridad, Aristóteles encendió una nueva vela. La llama tembló al principio, dudando entre prender o apagarse, hasta que al fin se alzó, firme, dibujando sombras en las paredes. El humo se elevó en espirales, trazando formas que nadie veía. 

La respiración de Mara fue apagándose, poco a poco, como una marea que se retira. Cada inspiración se hacía más corta, cada expiración más larga, hasta que el silencio entre ambas se estiró como un abismo. Y entonces, por un instante eterno en el que el corazón de Elliot dejó de latir, no hubo más sonido.

Ya está. Por fin Mara descansará.

Pero ella respiró de nuevo. Solo un hilo de aire, casi imperceptible, pero suficiente para devolverla al mundo. Los dedos de Elliot temblaron al rozar el pelo de Mara. Se llevó el puño a la boca y mordió hasta notar el hierro en la lengua. Luego, golpeó el suelo con fuerza, una y otra vez.

¿Qué clase de monstruo soy? ¿Cómo puedo desear que termine?

El suelo le devolvía el dolor de sus golpes, pero no le daba respuestas. Dejó de golpearlo y guardó silencio. De nuevo, solo se oía la respiración costosa de Mara y una suave lluvia sobre el cristal de la ventana. Por fin habló. Aristóteles no supo si hablaba con él o consigo mismo.

—Mañana, cuando la fiebre le baje un poco, iré a buscar al agente Smith. Le diré que me rindo. Que no puedo más. Que lleven a Mara donde sea, pero que la salven.

—Es lo mejor, chico.

—Después, cuando se recupere... o cuando la salven por mí —Elliot apretó los puños—. La estaré esperando. No importa cuánto tarde, yo la esperaré. Mientras, yo iré a Hogwarts. Encontraré la forma de salvarla por si los médicos no pueden.

Se quedó en silencio un momento. Aristóteles fue a protestar, pero decidió callar. Entonces Elliot se giró hacia el viejo, lo miró suplicante y con la voz temblorosa, preguntó:

—¿Lo sabrá ella, verdad? ¿Sabrá que la dejo ir solo para que tenga una oportunidad de sobrevivir?

—Claro que lo sabrá, chaval.

Elliot volvió a mirar a su hermana y le acarició la frente con ternura. Después cerró los ojos; no quería que su hermana lo viera llorar de nuevo.

—Ojalá ella me perdone. Ojalá pueda perdonarme yo algún día.

7 de mayo de 2026

Enrique Vallés Balaguer

Contar respiraciones

01

Capitulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capitulo 2

Tres latidos

03

Capitulo 3

El precio de la magia

04

Capitulo 4

El peso de la bolsa

05

Capitulo 5

Un día prestado

06

Capitulo 6

El peso del mundo

07

Capitulo 7

La promesa

08

Capitulo 8

Entre el 9 y el 10

09

Capítulo 9

El último techo

10

Capítulo 10

Bienvenidos a Hogwarts

11

Capítulo 11

Voces en la noche

12

Capítulo 12

La medida exacta

13

Capítulo 13

Cambio de piel

14

Capítulo 14

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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