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Capítulo 17: A dos metros del suelo
Capítulo 17: A dos metros del suelo

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Capítulo 17

A dos metros del suelo

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Mientras la tarde se rendía a la noche y las sombras del castillo se estiraban, Elliot avanzaba casi en la penumbra por los pasillos de Hogwarts. Al entrar al aula de Transformaciones, vio al fondo la puerta del despacho de la profesora Honeywick entreabierta. Guiado por el hilo de luz dorada que se filtraba por la rendija, caminó entre los pupitres hacia el despacho. Antes de llamar, escuchó voces que salían del interior. 

—Ama, por favor, tiene que descansar. Lleva demasiadas horas seguidas trabajando y aún no ha parado ni para el té. No es bueno para la salud de mi ama. 

—Estoy bien, Tilla. En cuanto termine la lección con el señor Carter, prometo que descansaré un rato. 

—Lo dudo, ama. La conozco mejor que nadie. Si por usted fuera, dormiría de pie como los caballos. 

—Por suerte, no soy un caballo —dijo la profesora, y justo entonces, se giró hacia la puerta—. Pase, señor Carter, que ya lo hemos oído. 

Elliot entró en el despacho y lo primero que vio fue a Tilla con los brazos en jarras, lanzándole miradas asesinas desde un rincón. Él le sonrió, pero la elfina, en lugar de devolverle la sonrisa, cruzó los brazos y lo miró con los ojos entrecerrados. 

El chico buscó a la profesora y la encontró sentada detrás de una mesa con pilas de libros, tinteros y un paquete enorme. Lo miraba con media sonrisa y señaló el asiento frente a su escritorio.

—Señor Carter. ¿Va a sentarse, o prefiere dar clase de pie? 

Rápidamente, Elliot cerró la puerta y se sentó en la silla que señalaba la profesora. 

—Encima, al señorito Carter le gusta llegar tarde —refunfuñó Tilla.

El chico miró el reloj de la pared alarmado. Solo pasaban dos minutos de las seis, tal y como había quedado con la profesora.

—Lo siento, profesora —se disculpó—. Pero todavía me pierdo por los pasillos del castillo.

—¿Otra vez las escaleras le han llevado al baño de prefectos, señor Carter? —preguntó irónicamente la profesora Honeywick.

—Eh… No, no —negó Elliot sin poder evitar que se le subieran los colores a la cara—. Esta vez, es cierto, profesora. He girado en un pasillo y me he metido en la torre de Defensa, dejando la torre de Encantamientos atrás.

—Muy bonito, señorito —intervino la elfina—. Pues sí que empieza usted bien. Inventándose excusas. Muy bonito.

—No, no es una excusa. Créame, profesora Honeywick. 

—Le creo, señor Carter —contestó la profesora. Luego girándose a la elfina, añadió:— Por favor, querida, deja el paquete ahí mismo y, si eres tan amable, déjanos a solas.

—Sí, ama. Pero prométame que no lo alargará mucho, ¿entendido? —insistió Tilla, para añadir mirando con los ojos entrecerrados a Elliot—. No debe cansarse demasiado con alumnos que no tienen ningún interés en aprender.

—Tengo interés, Tilla. Te lo juro, yo quiero aprender de verdad.

—Mmm…, ya veremos, señorito Carter, ya veremos.

Y con un chasquido, desapareció del despacho de Honeywick. En el silencio que quedó, la profesora empezó la lección. Le pasó a Elliot una página para que la leyera en voz alta. No era un texto largo; más bien eran sílabas sueltas y palabras cortas para acostumbrarse a la lectura poco a poco. Elliot tartamudeó, se atascó varias veces y, por momentos, deseó que el suelo lo tragara. Pero la profesora no perdió la paciencia; cuando fallaba, ella corregía en voz baja y le hacía repetir hasta que sonara bien. 

—Otra vez, señor Carter. Desde la «b». 

—Ba, be, bi, bo, bu… 

—Eso está mejor. Ahora, inténtelo con esta palabra. 

Elliot dudó. 

—Bo… ta. 

—Perfecto. Puede que no sea un genio, pero aprende rápido, señor Carter. 

Él alzó la vista; en el fondo, creía que la profesora simplemente mentía para que cogiera confianza, pero había una chispa de orgullo en su voz. Siguieron así un buen rato, avanzando de sílabas a frases cortas, y después a escribir en un pergamino con pluma. Cuando terminó la clase, Elliot tenía la cabeza cargada y las manos llenas de tinta. 

—Ya hay suficiente por hoy —dijo Honeywick, recogiendo las hojas—. Si sigue así, en un par de meses nadie notará la diferencia. Quizá hasta deje de perderse por los pasillos. 

El chico vio la sonrisa de la profesora y no pudo evitar sonreír. Se dispuso a recoger sus cosas, pero Honeywick se levantó y le tendió el paquete que había dejado Tilla. 

—Tome. Esto es para usted. 

Elliot lo miró, desconcertado. 

—¿Qué es? 

—Ropa. Camisetas, jerséis, pantalones, incluso ropa interior nueva. Y no ponga esa cara de pánfilo. Aquí los alumnos crecéis rápido, y siempre hay quien deja prendas en buen estado. Los elfos domésticos las limpian, las remiendan y las guardan. Dentro de poco, cuando llegue el frío, le buscaré una bufanda y un par de guantes decentes. Quizá hasta unas camisetas térmicas. 

Él se puso rojo y apretó los puños. 

—No necesito caridad. Yo puedo arreglármelas con lo que tengo. Además, ya encontraré la forma de conseguir ropa para el invierno.

—Señor Carter, no voy a dejar que un alumno mío vaya con la misma ropa seis días seguidos. Y, además, usted quiere adaptarse a Hogwarts, ¿verdad? Pues bien, parte de eso es aceptar ayuda cuando la ofrecen. 

El chico apretó la mandíbula, indeciso. Sostuvo el paquete unos segundos antes de cogerlo, como si pesara más de lo que parecía.

—Gracias —dijo secamente.

—De nada. Y no se vuelva a perder por las escaleras, señor Carter. Vaya directo a la Sala Común y empiece a estudiar. Recuerde que me prometió trabajar. 

—Sí, profesora Honeywick. 

Salió del despacho sujetando el paquete con las dos manos, sin mirar atrás. El pasillo, sumido en una penumbra tranquila, parecía contener la respiración. Caminó despacio, procesando lo que acababa de pasar. No sabía si odiaba más a la profesora por tratarlo como a un crío, o si en el fondo le agradecía que lo estuviera ayudando de verdad. Quizá ambas cosas. 


───────── ✧ ─────────


Elliot avanzaba despacio, sujetando el paquete de ropa que ya empezaba a pesarle demasiado. Iba repitiendo mentalmente el ritmo que le había enseñado Amaia para abrir la entrada a la Sala Común de Hufflepuff, sin estar convencido de ser el correcto. Al llegar al primer piso de la torre central, el sonido de unos sollozos ahogados lo detuvo. Miró a su alrededor y, al fondo del pasillo contiguo, distinguió las siluetas de Rowan Whitfield y Suzanne Rourke, ambas de Hufflepuff y dos cursos por encima de él. Rowan estaba llorando, mientras Suzanne, con gestos torpes pero sinceros, intentaba consolarla, pasando un brazo por sus hombros.

Sintió de pronto que no tenía derecho a estar allí. Se quedó quieto un segundo más, con el corazón apretado, antes de decidir seguir su camino en silencio. Solo alcanzó a escuchar un nombre, escapado entre los hipidos de Rowan mientras intentaba explicar lo sucedido: Corvinus. Esa sola palabra bastó para que Elliot entendiera todo lo que no necesitaba oír. 

Siguió caminando, sin poder sacarse de su cabeza aquella imagen. No le consolaba en absoluto saber que no era el único al que ese gánster en miniatura había convertido en blanco. ¿Cuántos más habría? ¿Cuántos silenciados, como Rowan, se tragaban el miedo para no parecer débiles? La idea lo enfurecía, pero también lo dejaba vacío. Porque, al final, ¿qué podía hacer él?

De pronto, cuando llegó a la planta baja, antes de dirigirse hacia las cocinas, el Barón Sanguinario apareció ante él, materializándose de la nada. Flotaba a escasa distancia del suelo, con su túnica manchada de sangre y arrastrando sus cadenas. Elliot se tensó, preparándose para lo peor; aquel fantasma le ponía los pelos de punta. El espectro lo observó con un desprecio que parecía haber perfeccionado a lo largo de los siglos.

—El nuevo experimento de Hogwarts. ¿De verdad crees que por cambiar de casa vas a borrar lo que eres? Patético.

Elliot no quiso darle el gusto de contestarle. Intentó parecer lo más tranquilo posible, aunque agradeció estar sujetando el paquete; así el fantasma no vería que le temblaban las manos. El Barón se interpuso en las escaleras que bajaban al sótano, donde se encontraba la Sala Común de Slytherin, y le señaló el pasillo que llevaba a las cocinas de Hogwarts.

—Tu camino es ese. 

Le recordó con desdén. El chico no le contestó y siguió su camino, pero por dentro la rabia lo carcomía porque le daba la impresión de que lo obedecía, aunque aquel era su camino desde un principio. Sin embargo, no supo qué responderle. Así que se mordió la lengua y se dirigió hacia las cocinas. No obstante, el fantasma comenzó a flotar a su alrededor, lento, como una luna desprendida de su órbita.

—Escúchame bien, crío. Puedes fingir que eres un mago, pero a mí no me engañas.

Elliot se detuvo y miró al fantasma con el ceño fruncido.

—Carter… —pronunció el fantasma con desprecio—…es un asqueroso apellido muggle. Llevo siglos aquí en Hogwarts y no recuerdo ningún Carter. —Siguió dando vueltas alrededor de Elliot mientras lo miraba de arriba abajo—. Tú no eres mago. 

Aquello le dolió a Elliot, que tuvo que emplearse a fondo para tragarse sus propias dudas y mantener la cabeza alta. El Barón Sanguinario se detuvo frente a él, esperando ver el efecto de sus palabras. No obstante, aunque por dentro las dudas se mezclaban con el miedo y la furia, Elliot lo miraba desafiante. Tras unos instantes, el fantasma se acercó más y le susurró al oído.

—Me pregunto cómo has hecho para engañar a todo el mundo y entrar en Hogwarts. 

Cuando se separó lo observó de nuevo a los ojos. A Elliot sus propias dudas le quemaban la garganta. Sin embargo, recordó la promesa que se había hecho esa misma mañana: no se iba a dejar pisotear tan fácilmente. Durante varios segundos se quedaron mirándose a los ojos en silencio. Por fin, viendo que el chico no bajaba la mirada, el Barón se enderezó y antes de marcharse dijo entre dientes:

—Te estaré vigilando, Carter.

Y desapareció. Elliot soltó el aire que llevaba dentro y, antes de seguir caminando, masculló un insulto. Pero, mientras se dirigía hacia las cocinas, estaba tan enfadado preguntándose si debía haber contestado al fantasma, que tardó en oír el siseo para llamarle la atención.

—¡Pst! 

El susurro llegaba desde las sombras detrás de una estatua. Elliot giró la cabeza y vio a Peeves asomando solo medio rostro.

—¡Eh, chaval! ¿Se ha marchado el Barón?

—Sí.

Peeves emergió de su escondite con un movimiento exagerado e inmediatamente comenzó a mover los brazos en círculos, imitando un estilo de natación torpe, mientras flotaba al lado de Elliot con una sonrisa burlona.

—¡Vaya, vaya! Mira quién tenemos aquí. ¡Si es el famoso niño que no sabe leer!

—¿Tú también? —preguntó Elliot enérgicamente lanzándole una mirada asesina al poltergeist.

—¡Oh, no te enfades, Carter! —Peeves se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa—. Solo he oído que te escondiste en la torre para llorar como un bebé. ¿Quieres un pañuelo? —preguntó, sacando uno imaginario de su manga—. ¡O mejor un chupete!

Elliot soltó un bufido y aceleró el paso.

—¡Carter, Carter! No corras. Creo que ese paquete debe pesar.

—¿Qué quieres, Peeves? —preguntó deteniéndose frente a Peeves.

—Nada, nada. Yo solo pretendía ayudar —dijo el poltergeist imitando la pose de un niño bueno.

—No me lo creo. Buscas algo, ¿qué es?

—Nada, Carter, no busco nada. ¿Es que un poltergeist no puede hablar con un alumno cuando le da la gana?

—¿Y qué hacías ahí escondido?

Peeves no respondió. En lugar de eso, giró sobre sí mismo y comenzó a flotar bocarriba en el aire,  imitando el balanceo de una hamaca invisible. Sus ojos evitaban los de Elliot. Este estaba a punto de seguir su camino cuando, de pronto, una idea cruzó por su mente. Una sonrisa astuta se dibujó en sus labios.

—¿No será… que le tienes miedo al Barón Sanguinario?

—¡¿Miedo, yo?! —Peeves se incorporó de golpe, con los ojos desorbitados y la voz cargada de indignación—. ¿¡Peeves, el gran poltergeist de Hogwarts, tenerle miedo a un fantasma cochambroso?! ¡Nunca!

—Ah, no, ¿eh? ¿Qué tal si lo llamo? —se giró y empezó a vocear—. ¡Barón! 

—Calla, niño, calla —y corrió a esconderse de nuevo a su escondite—. ¿Estás loco?

—Vaya, vaya. Así que el gran Peeves, el terror de Hogwarts, el rey del caos, le tiene miedo a un viejo fantasma.

—¡Shhhh! —Peeves asomó solo la cabeza, con un dedo sobre los labios y los ojos desorbitados—. Cállate, niño estúpido. Que te va a oír.

Elliot rio, intentando no hacer demasiado ruido. Después se giró para marcharse, pero de repente otra idea le vino a la mente.

—Oye, Peeves. ¿Qué te parece si le gastamos una broma al Barón Sanguinario?

—¿Una broma? —Los ojos del poltergeist, ya brillantes de por sí, se iluminaron con una chispa de malicia pura. Una sonrisa lenta, casi diabólica, se dibujó en su rostro—. Una broma, ¿eh? Al Barón… ¡Oh, no hay nada como una buena broma para hacer que Peeves disfrute de verdad!

Salió de su escondite, flotando alrededor de Elliot como un remolino de energía traviesa.

—¿Y qué clase de broma?

—Bueno, todavía no lo tengo del todo claro. Pero algo se me ocurrirá. 

Peeves comenzó a frotarse las manos con entusiasmo.

—¡Trato hecho, Carter! Pero no tardes mucho en prepararla, ¿eh? ¡Peeves no puede esperar eternamente!

Y, con un giro final, se alejó flotando por el pasillo, riéndose para sus adentros mientras imaginaba la cara del Barón al caer en la trampa. Su risa se fue desvaneciendo en la distancia, dejando a Elliot con una sonrisa en los labios.


───────── ✧ ─────────


Cuando Elliot cruzó el umbral del dormitorio de los alumnos de primer curso de Hufflepuff, sus nuevos compañeros lo recibieron con miradas cargadas de suspicacia. Miles Nimble fue el primero que dio un paso al frente y romper el hielo, aunque su tono no delataba exactamente calidez.

—Bienvenido. Esa de ahí es tu cama.

Elliot siguió la dirección de su dedo. Al fondo del cuarto había una cama vacía. Era la más alejada de la ventana, la que recibía menos luz y probablemente fuera la más fría en invierno y la más calurosa en verano. Supuso que era la peor de todas; sin embargo, no discutió. ¿Para qué? Sus compañeros llevaban dos noches instalados en ese cuarto; las jerarquías ya estaban marcadas, y él, el recién llegado, no tenía derecho a quejarse. Al menos, todavía no. Respiró hondo, dejó el paquete sobre el colchón y se giró hacia ellos con una expresión neutra. 

—Gracias.

Y era un agradecimiento sincero. Aunque seguían mirándolo como a un intruso, el trato era muy diferente al de Slytherin, donde ni siquiera le habían dejado una cama para dormir. Eso sí, en descargo de Holloway y Oldwick, fue Marius quien se lo impidió.

—Será mejor que espabiles en clase —le advirtió Luke Thornby, un chico moreno de gafas y complexión regordeta—. Juraría lo que fuera a que el profesor Nott ya te tiene fichado. 

—¿Fichado? —Alfie Greenwell, alto y delgado como un junco, con unos incisivos prominentes que le daban un aire desgarbado, soltó una risa seca—. Yo diría que tachado, más bien. El profesor Nott no tiene pinta de perdonar los errores. Para mí que ya te ha suspendido.

—No les hagas caso, Elliot —intervino Noah Pembroke, con un tono más cálido que el de los demás—. Mi primo lleva tres años aquí y me ha dicho que Nott es duro, pero justo. Si te esfuerzas de verdad, le harás cambiar de opinión. Ya verás.

—¡Demonios! Eso espero —respondió Elliot, aunque el peso de las expectativas lo hizo tragar saliva. No necesitaba que le recordaran lo que estaba en juego.

Sus compañeros de cuarto lo miraron con los ojos abiertos. Noah se rascó la cabeza y miró a Luke que se encogió de hombros. Elliot no supo qué había dicho para que se comportaran de aquella manera.

—No sé yo si lo conseguirá —sentenció por fin Miles mientras cruzaba los brazos, escéptico—. No con esa lengua tan suelta. Aquí no se pasan por alto las faltas de respeto.

—Sí, es verdad —asintió Luke, ajustándose las gafas con un gesto pensativo—. Yo que tú, cuidaría esos tacos delante de los profesores. O nos harás perder más puntos a Hufflepuff.

Elliot se quedó callado, recordando cómo Honeywick lo corregía cada vez que soltaba un taco. Aquello iba a ser lo más complicado; se había acostumbrado a soltarlos sin ni siquiera ser consciente de que lo hacía.

—¡Maldita sea! —exclamó Elliot mientras se dejaba caer en la cama—. Otra cosa más en la que tengo que mejorar. 

—Eh… No lo haces muy bien que digamos —insistió Alfie.

—Ya puedes esforzarte —añadió Miles—. No podemos permitirnos perder más puntos. Ya vamos los últimos en la clasificación. Y con lo que cuesta remontar…

—Sí, Elliot —afirmó Alfie—. Tu primer día en Hufflepuff y ya nos has costado treinta puntos. 

—A ver, tampoco es que te echemos toda la culpa a ti, pero las cosas no pintan bien para nosotros —remató Noah.

—¡Ey, ey! ¡Basta ya! —Luke alzó una mano—. Dejadlo en paz. No es justo cargarle todo a él.

—Pero… —Miles abrió la boca, claramente dispuesto a seguir, pero Noah lo interrumpió con un gesto firme.

—Luke tiene razón. Hoy ha debido ser un día duro para Elliot. —Luego, girándose hacia él, su expresión se suavizó—. Bueno, te dejamos para que te instales con tranquilidad. Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos.

—Eh… sí, claro —murmuró Miles, aunque su tono delataba que aún no estaba del todo convencido.

—Gracias —respondió Elliot, con un nudo en la garganta que no esperaba. No estaba acostumbrado a que un grupo de desconocidos le diera ni siquiera un respiro.

Los cuatro salieron de la habitación, dejando a Elliot solo con sus pensamientos y el silencio. Miles y Alfie, sin embargo, lanzaron una última mirada de desconfianza por encima del hombro antes de cerrar la puerta.


───────── ✧ ─────────


Al día siguiente, la mañana se abrió fresca con una brisa suave y el cielo cubierto de nubes negras pero sin lluvia, algo que no habían visto desde hacía tiempo. La clase de vuelo reunía a los de Hufflepuff y Slytherin en el campo de Quidditch, justo donde el césped aún lucía las cicatrices de algún entrenamiento.

Elliot llegó junto a Amaia y Katherine. La brisa era tan suave y agradable que Elliot se sentía libre solo con respirarla, y la tierra olía a hojas frescas y a tierra mojada. Elliot tenía las manos metidas en los bolsillos, pero estaba tan alegre que reía junto a Amaia. De todas las clases, era la que más le apetecía dar; solo de pensar que podría volar se le erizaba el cabello. Tenía años de experiencia escurriéndose por tejados y cornisas, pero poder volar le parecía lo mejor del mundo. 

La profesora Cressida Vane, rubia con gafas y de complexión más bien delgada, los esperaba ya en el centro del campo, junto a dos hileras de escobas. Llevaba una túnica corta de deporte verde y la expresión relajada de quien está acostumbrada a ver niños volando desde alturas que harían vomitar a un bombero.

—¡Bien, atención todos! Quiero ver a cada alumno junto a una escoba. Y, por favor, nada de hacer el tonto.

Elliot y Amaia se abrieron paso entre el gentío, buscando un lugar en la hilera de Hufflepuff. Mientras tanto, Katherine —como siempre que pisaba el exterior— avanzaba hacia la fila de Slytherin, enfrente de ellos, con su paraguas negro abierto, un objeto que parecía más una extensión de su personalidad que un simple accesorio. De las puntas de cada varilla colgaban pequeñas arañas de tela y, entre ellas, flecos que imitaban telarañas.

Los demás alumnos no podían apartar los ojos de Katherine. La señalaban, cuchicheaban, intercambiaban miradas de incredulidad. Algunos, incluso, se detenían a medio paso para observarla con una mezcla de fascinación y recelo. Pero ella seguía adelante, indiferente. Solo Elliot y Amaia, ya acostumbrados, no le daban importancia.

—Escúchenme bien —ordenó la profesora—. Necesito que todos presten atención especial a la seguridad. La clase de hoy es para aprender, no para lucirse. ¿Está claro?

Vane recorrió con la mirada a cada uno de sus alumnos. Pero al llegar a Katherine, alzó una ceja.

—Señorita Ollivander, ¿puede decirme para qué le sirve ese paraguas si no está lloviendo?

—Por el sol, profesora.

La profesora alzó la vista hacia el cielo plomizo, donde las nubes se apiñaban como un manto grueso.

—Con estas nubes, no creo que corra peligro de que el sol la moleste.

—Las nubes no son un obstáculo, profesora.

Vane la observó durante un segundo largo. Parecía decidir si aquella niña se estaba burlando de ella o hablaba en serio. Al final, exhaló un suspiro resignado.

—No puedo permitir que vuele con ese trasto. Dígame, ¿cómo piensa sujetar la escoba si tiene las manos ocupadas? 

—No lo cerraré, profesora. Sin paraguas, no subo.

Holloway y Oldwick intentaron ahogar sus risas con las manos, pero los sollozos escaparon entre sus dedos, contagiosos y mal disimulados, provocando que otros alumnos también se rieran. La profesora Vane clavó los ojos en Katherine. 

—¿Se está burlando de mí, señorita Ollivander?

—No, profesora. Yo nunca bromeo.

Elliot se acercó al oído de Amaia y le murmuró:

—Más bien tiene un humor negro.

Amaia asintió con la cabeza sin dejar de observar aquel enfrentamiento. Temía por su amiga, pues no conocía a la profesora de nada —era su primer día con ella—, y no sabía qué podría hacer si se tomaba aquello como una afrenta personal. 

Por su parte, Vane mantuvo la mirada clavada en Katherine durante un instante más. Al final, con un gesto de resignación, alzó su varita y apuntó al paraguas.

¡Umbrella Leviosum! 

El paraguas se soltó de las manos de Katherine y, como obedeciendo a una coreografía ensayada, comenzó a flotar sobre su cabeza. Giraba lentamente, como un satélite oscuro orbitando su mundo, proyectando una sombra que se movía con ella. Algunos compañeros, entre ellos Holloway y Oldwick, no pudieron ocultar más sus risas y estallaron en una sonora carcajada. Otros murmuraban incrédulos, pero Katherine no se inmutó. Si acaso, hubo un destello casi imperceptible en sus ojos.

La profesora permitió que una sonrisa fugaz asomara en sus labios antes de girarse hacia el grupo de alumnos que aún se reían en voz baja.

—Señor Oldwick, ¿alguna objeción? ¿O prefiere que su escoba vuele sola mientras usted la persigue desde el suelo?

El aludido negó con la cabeza de inmediato y la risa se le borró de los labios al instante.

—No, profesora.

Vane asintió satisfecha y volvió a su lugar, al principio de la fila de alumnos.

—Bien. Vamos allá. Estiren el brazo derecho, coloquen la mano abierta sobre la escoba y digan «arriba».

Elliot no perdió tiempo. Fue el primero en gritar:

—¡Arriba!

Pero la escoba no se movió. El resto de alumnos lo gritaba pero las escobas seguían en su sitio. Frustrado, Elliot lo intentó de nuevo, esta vez con más fuerza. Y entonces, despertando de su letargo, la escoba saltó hacia su mano. Estaba fría, áspera, con la madera de la empuñadura astillada por el uso. Pero, bajo sus dedos, Elliot sintió algo más: un leve temblor, casi imperceptible, como si la escoba se preparara para algo.

Miró de reojo a Amaia. Ella repetía una y otra vez «arriba» en un susurro cada vez más desesperado, pero su escoba seguía inmóvil, indiferente a sus súplicas. En cambio, Katherine, que miraba a su amiga con los ojos en blanco le dijo:

—Con más convicción, Moore.

—Si tanto sabes hacerlo, a ver, inténtalo tú —le respondió Amaia dolida.

Katherine no mostró ni un ápice de duda. Con calma, colocó la mano sobre su escoba y, sin alzar la voz, sin gestos dramáticos, murmuró un simple:

—Arriba.

La escoba obedeció al instante. Se pegó a su palma con precisión; incluso frenó antes de posarse en su mano para no lastimarla. Alzó la mirada a Amaia con suficiencia. Su amiga resopló y siguió intentándolo. La escoba de Amaia apenas se movía; se elevaba un miserable centímetro antes de desplomarse. Con cada intento, su voz se volvía más insegura, más débil. Holloway no tardó en aprovecharse de ello, imitándola con una voz aguda y burlona:

—Arriba… arriba… Quizás deberías pedirlo con un «por favor».

La sangre de Elliot hirvió al instante. De no haber estado la profesora observándolos, habría convertido la escoba de Holloway en un bate y la cara del chico en la pelota. Sin embargo, la profesora se acercó a Amaia, ajustó con suavidad la inclinación de sus hombros y le susurró unas palabras al oído. Cuando Amaia volvió a intentarlo, la escoba se elevó con decisión hasta su palma de la mano. Amaia sonrió, incrédula. La profesora le dedicó un guiño cómplice antes de dirigirse hacia Poppy que aún luchaba con su escoba.

Elliot observaba cómo uno tras otro sus compañeros conseguían que sus escobas volaran hasta su mano, mientras él notaba cómo la suya vibraba en su mano con energía, como un animal impaciente por correr. La emoción le burbujeaba en el pecho y, de haber tardado la profesora un poco más, habría cedido al impulso de lanzarse al aire sin esperar a nadie.

—Muy bien, clase —los premió la profesora Vane—. Siguiente paso. Monten la escoba y mantengan los pies en el suelo. Que nadie despegue hasta que yo lo indique.

La fila de escobas se pobló de estudiantes balanceándose sobre ellas, algunos con la torpeza de quien intenta domar un animal salvaje, otros con la naturalidad de quienes hubieran nacido con una escoba entre las piernas. Amaia se lanzó con un brinco entusiasta, pero el impulso la llevó demasiado lejos y, por un instante, pareció que iba a caer de cabeza al otro lado; solo un movimiento desesperado de sus brazos logró mantenerla sobre la madera.

Katherine, en cambio, se elevó con una gracia que parecía desafiar la gravedad. Su paraguas se ajustó sobre su cabeza como una corona oscura, y la escoba la recibió con la misma certeza con la que un trono acoge a su reina. Al verla en lo alto, Elliot se dio cuenta de que Katherine llevaba pantalones. Nunca antes la había visto con unos puestos, y ahora, al observarla, pensó que, de todo su atuendo —paraguas incluido—, lo más extraño era verla con pantalones.

Imitó a sus amigas y, para su sorpresa, al posarse sobre la escoba, se sintió seguro como si encajara la última pieza de un rompecabezas. Por un instante, cerró los ojos y recordó las noches en los tejados de Londres.

—¡Atentos, todos! —La voz de Vane fue clara y sin espacio para réplicas—. A la cuenta de tres, elevarán sus escobas dos metros. Nada de carreras. Y que quede claro: si alguien intenta pasarse de listo, será mi varita la que lo devuelva al suelo. —Los miró uno a uno asegurándose que todos entendían sus palabras—. ¿Listos?

Elliot notaba el corazón que se agitaba en su pecho, impaciente. Miró enfrente de él, donde Katherine, en cambio, parecía aburrida. Al contrario de su otra amiga, Amaia, que a su lado parecía aferrarse a la escoba con uñas y dientes con los ojos cerrados. La oía mascullar un «ay, ay, ay» repetitivo. Quiso animarle y tranquilizarla pero sobre todo decirle que todavía estaban en el suelo.

—¡Uno! —la profesora empezó la cuenta— ¡Dos! ¡¡TRES!! 

El campo estalló en un caos descontrolado. Algunas escobas se negaban a obedecer, clavadas al suelo. Otras, en cambio, se dispararon hacia arriba, lanzando a sus pilotos a alturas peligrosas, entre gritos de sorpresa y risas nerviosas. Elliot sintió un tirón suave bajo sus piernas y se elevó. Alcanzó los dos metros, más o menos. El vértigo inicial se transformó en euforia. 

Frente a él, Katherine ascendió con una limpieza casi irritante. Perfecta e impecable, como si la gravedad fuera solo una sugerencia. En ningún momento hizo ni un gesto superfluo ni exagerado. Sobre su cabeza, el paraguas giraba en sincronía con sus movimientos. Miraba a Amaia con el ceño fruncido. Esta que estaba al lado de Elliot con los pies danzando en el aire y temblorosa, repetía su cansino «ay, ay, ay» mientras sus ojos, abiertos de par en par, observaban asustados cómo el suelo se alejaba.

La profesora Vane avanzó entre las filas, revisando alturas y posturas con ojo crítico.

—¡Muy bien! Señor Carter… —Se detuvo frente a Elliot, estudiándolo con atención—. Mantenga ese centro de gravedad. Va perfecto.

Elliot asintió, mordiéndose el labio para no sonreír demasiado. Los elogios le resultaban tan extraños como la sensación de flotar. A su lado, Noah le dedicó un gesto de aprobación asintiendo satisfecho, mientras Miles, aferrado a su escoba, lo observaba con una mezcla de envidia y admiración mal disimulada.

—¡Señorita Whitaker, controle esos nervios! La escoba nota su inseguridad.

Poppy tragó saliva y asintió, aunque sus dedos seguían aferrados al mango torpemente.

—Señores Oldwick y Holloway, dejen de hacer el payaso y alíniense con sus compañeros. ¡Ahora!

Los dos ya habían volado en escoba antes, pues venían enseñados desde casa, así que quisieron lucirse ante toda la clase. Subieron mucho más alto y daban vueltas con soltura. No obstante, al oír a la profesora, bajaron de golpe, avergonzados.

—Señorita Ollivander, excelente. Señor Thornby —la profesora se detuvo frente a Luke, cuya escoba se balanceaba como una hoja al viento—, suba un poco más y deje de moverse como si estuviera en un bote en medio del lago.

—¡Lo intento, profesora! ¡Pero es la escoba la que se mueve!

—No ponga excusas, Thornby. Y usted, señorita Moore… —Se giró hacia Amaia, que miraba hacia abajo con los ojos asustados—. ¡Cuidado! ¡No mire al suelo! Si mira abajo, la escoba pierde confianza. 

Amaia asintió con determinación, pero sus ojos seguían clavados en el suelo. Vane permaneció unos segundos más mirándola. Luego se giró al resto de alumnos.

—Ahora, chicos, daremos una vuelta al campo. Muy despacio. Los que no se sientan seguros pueden bajarse cuando lo necesiten. No se avergüencen de ello. Pero los que se animen, que me sigan. 

Vane se montó en su propia escoba y despegó con la naturalidad de quien lleva montando años surcando el cielo. Giró en el aire, lenta y elegante, y les hizo una seña.

Elliot no lo pensó dos veces. Avanzó tras ella y, aunque al principio la escoba vibró bajo sus manos, poco a poco se estabilizó. La sensación era extraña: familiar y nueva a la vez. Como correr, sí, pero sin el peso de la gravedad ni el esfuerzo de los músculos. Era velocidad flotante, un deslizarse que dependía… De pronto, frunció el ceño. ¿De qué dependía? Estaba claro que no de su fuerza. Entonces, ¿de qué? 

Se giró para preguntárselo a Amaia, pero esta avanzaba con los ojos cerrados mientras la escoba se balanceaba de un lado a otro. Pensó que mejor no distraerla, así que se giró hacia su otro lado, donde Katherine avanzaba con la misma frialdad de siempre. Sus dos trenzas se pegaban a sus hombros, inmóviles pese al viento. Sobre su cabeza, el paraguas levitaba,  girando de vez en cuando sobre sí mismo como una hélice invertida; un baile lento y calculado que parecía marcar el compás de su vuelo. Cuando Elliot fue a abrir la boca, le vino a la mente la cara de fastidio que Katherine ponía cada vez que le hacían una pregunta sobre la magia. Decidió que mejor no darle otra oportunidad para mostrar su pedantería.

Volvió a mirar enfrente mientras se preguntaba si no dependería de la confianza. Pero, ¿en qué confiaba él en esos momentos? ¿En la escoba? ¿En la magia? Cansado de aquella cuestión, se encogió de hombros y disfrutó de aquel instante. Allí arriba, en la escoba, mientras avanzaban por el campo de Quidditch, se sintió libre. 

El primer giro alrededor del campo fue un éxito relativo. Al menos para la mitad del grupo. Algunos se quedaron rezagados, luchando contra escobas rebeldes o su propio miedo. Otros, como Amaia, llegaron con los nudillos blancos de tanto apretar el mango. Pero Elliot completó la vuelta, siguiendo el ritmo de la profesora Vane, y al aterrizar notó algo más que el contacto del suelo bajo sus pies.

Holloway y Oldwick lo observaban, con los brazos cruzados y los rostros tensos.

—¿Has visto a ese? —preguntó con hastío Holloway.

—Dale tiempo. Ya caerá. 

En la segunda vuelta, Elliot ya no se conformó con seguir el ritmo. Apretó las piernas contra la escoba y, sin pensarlo demasiado, aceleró. No fue el único: Mireya Calder, con su túnica negra y verde ondeando tras ella, también aumentó la velocidad, y en una de las curvas lo adelantó y lo miró con suficiencia. Más atrás, Amaia volaba apenas a unos palmos del suelo. Sus movimientos eran torpes, pero su rostro estaba iluminado por una sonrisa radiante.

Pero en la última vuelta, todo se torció. Isolde Ravenshaw perdió el control de su escoba. Esta se ladeó bruscamente, arrastrándola en una trayectoria caótica que la lanzó directamente hacia un grupo rezagado de Hufflepuff. Amaia, sorprendida por el movimiento, giró su escoba con torpeza para esquivarla y, en ese instante, la escoba se desbocó, sacudiéndola con violencia.

Vane, ocupada corrigiendo la trayectoria de Isolde, no vio lo que sucedió después. Amaia ascendió diez metros de golpe, como impulsada por una mano invisible. El miedo la paralizó; sus dedos resbalaron del mango y, por un segundo terrible, quedó colgando de la escoba solo con una mano, mientras su cuerpo se balanceaba como un péndulo.

Elliot al verla colgando, aceleró sin pensarlo, adelantando a dos compañeros con un movimiento brusco y, con un tirón instintivo de su escoba, se lanzó hacia Amaia. No supo cómo lo hizo, pero en el último segundo, cuando los dedos de ella ya se desprendían del palo, logró agarrarla del brazo y atraerla contra sí. Sin embargo, las dos escobas se enredaron y comenzaron a descender en espiral. 

Por un instante, volaron juntos, pegados el uno al otro, como si fueran un solo cuerpo. Elliot consiguió reducir la velocidad de caída. Cayeron sobre la hierba en un enredo de brazos, piernas y jadeos. La rodilla de Amaia le golpeó el vientre y el impacto le cortó el aire, pero fue el codo al estrellarse contra la hierba lo que le arrancó un dolor agudo que le recorrió todo el brazo. Mucho menos de lo que había temido mientras caían. Rodaron por el suelo durante unos segundos. Cuando por fin el mundo se detuvo, el brazo le ardía por el esfuerzo de sostener a Amaia, y al levantarse notó que el codo derecho sangraba, pero no le importó. Porque al girarse vio que Amaia estaba allí. Viva. Llorando de miedo, sí, pero ilesa.

El silencio que siguió fue tan denso que hasta el viento parecía haberse detenido. Hasta Oldwick, que momentos antes se reía con sarcasmo, cerró la boca de golpe. La profesora Vane se acercó corriendo, arrodillándose junto a ellos.

—¿Están bien? —preguntó, mientras sus manos expertas revisaban a Amaia con rapidez, buscando lesiones ocultas.

—Sí… creo que sí —respondió Amaia, aún temblorosa, con la voz quebrada por el llanto.

Vane los ayudó a incorporarse y, al ver el codo sangrante de Elliot, alzó su varita.

¡Episkey!

La herida de Elliot se cerró al instante, dejando solo una línea rosada donde antes había sangre. Luego, la profesora se levantó y se giró hacia el resto de la clase. 

—Lo que acaba de hacer el señor Carter es exactamente lo que espero de un buen mago: pensar en el compañero antes que en uno mismo. 

Un murmullo de admiración recorrió las filas de Hufflepuff. Algunos asintieron, otros intercambiaron miradas de complicidad. Incluso entre los de Slytherin, más de uno lo observó ahora con una intensidad nueva.

La profesora Vane se giró hacia Elliot y, por un instante, sus ojos brillaron con algo parecido al respeto.

—Veinte puntos para Hufflepuff. 

De pronto, estalló aplausos y vítores en el grupo de Hufflepuff.

—Señor Carter… —continuó la profesora—. He visto volar a cientos de estudiantes en su primer día. El suyo ha sido, sin duda, el mejor vuelo de un principiante que he presenciado en años. Esa capacidad de reacción… —Sacudió la cabeza, como si aún no pudiera creerlo—. Muchos darían cualquier cosa por tenerla. Creo que, dentro de unos años, podría convertirse en un gran buscador.

Elliot no entendió del todo lo último. ¿Un buscador? No tenía ni idea de qué significaba, pero en ese momento, con el corazón aún acelerado y la adrenalina corriendo por sus venas, le daba igual. Estaba demasiado emocionado para preguntar.

Noah y Luke lo miraron con respeto. Incluso Katherine le dedicó una mirada de aprobación. Que viniera de ella lo hacía aún más valioso. Entonces, Amaia se abrazó a él. Aquel gesto —fuerte, desesperado, agradecido— bastó para borrar de un plumazo todos los insultos del día anterior. 

Y por un instante, Elliot tuvo la absurda sensación de que incluso el paraguas de Katherine se inclinaba hacia él, como un saludo silencioso, un reconocimiento de que, contra todo pronóstico, Elliot Carter acababa de ganar algo más que puntos para su casa.

1 de septiembre de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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