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Capítulo 22
La primera luz
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Hogwarts, 11 de septiembre de 2026
—¡Wingardium Leviosa!
Nada. La pluma seguía inmóvil en el suelo. Elliot llevaba toda la tarde intentando lanzar su primer hechizo sin éxito. Esa misma mañana de viernes, en clase de Encantamientos —que reunía a los estudiantes de Hufflepuff y Gryffindor—, el profesor Flitwick les había enseñado el encantamiento de levitación. La tarea parecía de lo más sencilla: hacer levitar una pluma.
Cansados de que en todas las materias los profesores no hicieran más que explicarles los aspectos técnicos, por primera vez iban a poner en práctica un hechizo de verdad. Por eso, el entusiasmo se desató entre todos los alumnos llenando el aula de un coro desordenado de voces entrecruzadas y a destiempo, mientras repetían una y otra vez «¡Wingardium Leviosa!».
La primera en lograrlo fue Clara Fletcher, la hermana pequeña de Imogen, que lo consiguió en su primer intento. Elliot se preguntó si ya sabría hacerlo antes de llegar a Hogwarts, como Katherine. Después de todo, Clara provenía de una antigua familia de magos, igual que su amiga. Y no había olvidado que fue ese mismo hechizo el que Katherine había usado para salvarlo en el tren.
A lo largo de la clase, varios alumnos consiguieron alzar la pluma unos centímetros. Otros, como Leo Cartwright, quemaron la suya en un intento fallido, llenando el aula de un olor a plumas chamuscadas. Amaia, por su parte, no logró levantarla, pero al menos consiguió que se moviera por la mesa. Lo celebró con tanto entusiasmo que hasta el profesor Flitwick se contagió de su alegría.
Al finalizar la clase, quien más y quien menos había conseguido algún efecto, aunque solo fuera un temblor de la pluma o al menos un leve estremecimiento en el aire. Todos, excepto Elliot. Él no había conseguido nada. Nada de nada. Y eso lo había sumergido en un mar de dudas. La cuestión de si era Elliot Carter o Elliot Brown lo volvía a atormentar y, al mismo tiempo, la respuesta abría un abanico de posibilidades que lo martirizaban aún más. ¿Y si no era mago? ¿Y si, por algún error del destino, había ocupado el lugar de otro en Hogwarts?
Pero fue otra duda la que lo machacó por completo, la que lo dejó sin aire. ¿Había dejado atrás a Mara para estudiar magia y poder ayudarla, y ahora resultaba que no podría ayudarla en absoluto? ¿Todo aquel sacrificio, toda aquella distancia, había sido para nada?
El peso de aquella idea se le clavó en lo más hondo del pecho. Así que, nada más finalizar las clases, se escabulló de sus amigas y buscó refugio en las galerías del patio interior del reloj, protegido de la lluvia que encharcaba el césped del patio. La única que fue capaz de encontrarlo fue Misty, que se había sentado a su lado y lo miraba con la cabeza inclinada mientras él seguía repitiendo el hechizo una y otra vez.
De nuevo, respiró hondo, cerró los ojos y probó a concentrarse. En su mente, recreó los movimientos de la varita que el profesor Flitwick les había enseñado. Cuando creyó que estaba listo, abrió los ojos, apuntó a la pluma y ejecutó los movimientos tal como los recordaba.
—¡Wingardium Leviosa!
Nada. La pluma seguía en su sitio, indiferente a sus intentos. Elliot giró sobre sí mismo, frustrado, y levantó con energía el brazo decidido a lanzar la varita al otro extremo del patio; pero en el último momento, bajó el brazo y, en su lugar, dio una patada al suelo. Cansado, se dejó caer al suelo derrotado. Misty se metió entre sus piernas buscando la atención de su amigo, que la acarició distraídamente mientras intentaba decidir qué hacer a partir de aquel momento.
Porque claro, si no era mago, tarde o temprano algún profesor se daría cuenta. Y eso, no podía permitírselo, pues no podía irse de allí con las manos vacías. Tenía que retrasar lo inevitable todo lo que pudiera ya que antes tenía que encontrar una poción para salvar a Mara. Y, si para eso debía fingir que era un mago, lo haría. Costara lo que costara.
Las ideas se le agolpaban en su mente una detrás de otra. La primera era colarse en clase de Pociones y coger algunos frascos. No obstante, como no podía llevárselos todos, el primer problema a resolver era averiguar cuál necesitaba. Podría preguntarle a la profesora Ravenshade o a la señora Longbottom, pero eso implicaba ciertos riesgos. Su petición podría llevar a preguntas, y esas, a su vez, podrían conducir a Mara. Podía mentir, claro… pero, visto lo visto, no era precisamente su fuerte.
Otra opción era buscar en los libros de la biblioteca. Seguro que había volúmenes enteros dedicados a pociones, con recetas e instrucciones para cada dolencia imaginable. No obstante, ahí de nuevo aparecía su torpeza con la lectura. Podría tardar años solo en descifrar los títulos de los libros, y el tiempo no estaba de su lado. Tal vez podría…
—¡Misty! —La voz de la profesora Honeywick resonó en el patio.
Elliot levantó la cabeza de golpe y maldijo para sus adentros. No quería que lo encontraran; necesitaba tiempo para pensar. Además, ¿por qué la profesora Honeywick siempre estaba buscando a la gata de la directora? ¿Acaso era su secretaria personal?
La gata lo traicionó sin ningún miramiento. Nada más oír la voz de Honeywick, Misty saltó de su regazo y maulló en respuesta. La profesora no tardó en aparecer, siguiendo el sonido hasta el rincón donde Elliot intentaba pasar desapercibido.
—¡Oh! —exclamó Honeywick, sorprendida—. Vaya, señor Carter, ¿qué hace aquí a estas horas? ¿No debería estar cenando como todo el mundo?
El chico intentó esconder la varita y la pluma con un movimiento torpe, pero la profesora lo captó.
—¿Qué esconde ahí?
Elliot se resistió un momento, pero ante la mirada severa y penetrante de Honeywick, no le quedó otra que mostrar la varita, dejando la pluma oculta. La profesora alzó una ceja, confundida al principio, pero al mirar a Elliot a los ojos, su expresión pasó de la sospecha a la preocupación.
—¿Qué le ocurre, señor Carter?
—Nada —respondió Elliot, demasiado rápido.
Se levantó con una sonrisa forzada y dio media vuelta para marcharse; sin embargo, no era tan fácil engañar a Honeywick.
—Señor Carter, venga aquí un momento.
Él se detuvo y, con resignación, se volvió hacia la profesora. Mantuvo la sonrisa en los labios por un instante; no obstante, bajo la mirada interrogativa y persistente de Honeywick, la sonrisa se esfumó. Incapaz de sostener esa mirada, agachó la cabeza y fijó los ojos en sus zapatos.
—¿Y bien? —insistió Honeywick con paciencia.
El niño se encogió de hombros, sin atreverse a levantar la vista. Misty llamó la atención de la profesora con un maullido mientras con una pata golpeaba la pluma que seguía en el suelo. El chico abrió los ojos de golpe y miró a Honeywick, que tenía los ojos entrecerrados, intentando entender que le quería decir la gata. Por fin la profesora asintió lentamente.
—Así que el profesor Flitwick les ha enseñado el hechizo de levitación, ¿verdad?
—¡Chivata! —murmuró Elliot entre dientes, lanzando una mirada asesina a Misty.
La gata se sentó y empezó a lamerse una pata como si aquello no fuera con ella.
—No culpe a Misty, señor Carter. Está preocupada por usted al igual que yo. Dígame, ¿qué le ocurre?
Él volvió a evitar los ojos de la profesora.
—Ya se lo he dicho… nada. No me ocurre nada, ¿vale? —contestó exasperado.
La profesora buscó sus ojos, pero el chico la evitaba a toda costa.
—¿Estaba practicando el hechizo?
El chico se encogió de hombros. No obstante, la profesora no iba a ceder tan fácilmente; sabía que algo le ocurría a Elliot, y no iba a dejarlo marchar sin una respuesta.
—¿Me deja ver cómo lo hace?
De pronto, la miró con los ojos abiertos de par en par, como si la idea de intentar el hechizo frente a ella fuera lo peor que podía imaginarse. ¿Lo iban a descubrir tan pronto? Buscó desesperadamente una excusa, cualquier cosa que pudiera distraer a la profesora y salvarlo.
—Yo… esto… verá…
—Venga, señor Carter. Inténtelo.
Pero al ver que seguía indeciso y temeroso, añadió con un tono más suave:
—No se preocupe. Yo tardé varios días en conseguir que el hechizo funcionara correctamente. Tal vez… pueda ayudarlo.
Él tragó saliva con fuerza y asintió. Rezó en silencio para que, por una vez, las cosas salieran bien. Tomó aire y volvió a intentar el hechizo.
—¡Wingardium Leviosa!
La pluma —o la magia— siguió ignorándolo, como en todos sus intentos anteriores. Elliot sintió cómo el calor le subía por el cuello. Sin embargo, la profesora no pareció decepcionada tras ese primer intento. Le corrigió los movimientos de la varita y la pronunciación, convencida de que el problema era solo una cuestión de técnica.
No obstante, tras varios intentos más, la pluma seguía en su sitio. La profesora guardó silencio con expresión pensativa. El corazón de Elliot bombeaba a toda velocidad mientras el sudor le corría por la espalda. De pronto, la profesora rompió el silencio.
—Probemos con un hechizo más sencillo —dijo, buscando una solución alternativa. Con un ligero movimiento de varita, pronunció:— ¡Lumos!
De la punta de su varita surgió un halo de luz dorada que iluminó el corredor. La profesora repitió el movimiento junto a Elliot, guiándolo con paciencia hasta que él consiguió reproducir los giros sin ayuda.
—Inténtelo usted.
—¡Lumos! —exclamó Elliot, desesperado.
De nuevo, la nada. La varita permaneció estática y opaca como siempre. La profesora pareció sorprendida, sin poder creer que el hechizo no funcionara. Le corrigió la pronunciación, pero su voz sonaba dubitativa, incapaz de encontrar sentido a que no hubiera ni siquiera un mínimo de reacción.
Elliot, por su parte, estaba cada vez más convencido de ser muggle. Notaba la boca seca y las manos sudorosas. Le parecía increíble que la profesora no hubiera llegado ya a la misma conclusión.
—¿Me deja ver su varita, señor Carter? —le solicitó de repente la profesora.
El niño se la tendió sin entender qué quería encontrar. La profesora la examinó lentamente, dándole vueltas entre sus dedos. Pero parecía no encontrar nada extraño en ella. Tras unos segundos que para el chico se hicieron interminables, el rostro de Honeywick se iluminó.
—¿De dónde ha sacado la varita?
La pregunta pilló a Elliot por sorpresa. Guardó silencio unos segundos y clavó su mirada en la profesora. De repente, se puso rígido.
—¡No la he robado! —gritó, apretando los puños con fuerza.
—No he dicho que lo hiciera.
Él la miró a los ojos durante unos instantes. Luego, relajó los hombros y exhaló.
—Estaba en el baúl que me envió mi tutor.
De pronto, y ante la mirada atónita de Elliot, la profesora estalló en una carcajada. El chico sintió cómo sus mejillas comenzaban a arder. No entendía aquella reacción y, por un momento, pensó que se burlaba de él. Al ver la expresión de su alumno, la profesora se secó los ojos y se puso seria.
—Perdone, señor Carter —se excusó—. No me río de usted, sino de la situación.
Elliot enarcó una ceja.
—Parece ser que su tutor o es muggle o es un mago muy torpe.
—No… no la entiendo, profesora.
Honeywick sonrió y le devolvió la varita mientras se explicaba.
—Todo mago sabe que no se puede hacer magia con cualquier varita. Como le explicará su amiga, la señorita Ollivander, el mago no escoge la varita, es la varita quien escoge al mago.
Él miró la varita un momento y luego a la profesora. Esta parecía aliviada por haber descifrado el problema, pero Elliot no estaba para nada convencido. ¿Cómo iba a escoger la varita al mago? No tenía ningún sentido. Además, ¿ahora qué? Él no podía permitirse una nueva varita. ¿Qué iba a hacer? Si era cierto, solo se había resuelto un problema para meterse en otro.
—Bien, señor Carter —dijo la profesora Honeywick—. Mañana le acompañaré a comprar una nueva.
El chico bajó la cabeza mientras el rubor volvía a teñirle las mejillas.
—Yo… no tengo dinero —logró murmurar.
—No se preocupe, yo se la pago.
Elliot levantó la vista de golpe y clavó la mirada en la profesora. Algo dentro de él comenzó a crecer en su vientre.
—¡Maldita sea! Ya le dije que no me gusta la caridad.
Honeywick se cruzó de brazos y lo miró con seriedad.
—Cuide ese lenguaje, señor Carter.
Ante aquella mirada tan severa, el chico bajó de nuevo la mirada, pero sus puños seguían apretados.
—¿Cuándo aprenderá a callar y dar las gracias? —añadió la profesora con tono seco y directo—. Ahora vaya a cenar. Le espero en mi despacho mañana a las diez de la mañana. Sea puntual.
Elliot la miró a los ojos. Tras un momento de silencio, expiró con fuerza y desvió la mirada. Finalmente, asintió sin energía y se alejó con los hombros caídos. Antes de que entrara de nuevo en el castillo, la profesora añadió:
—Avise a la señorita Ollivander. A lo mejor nos quiere acompañar. Así podrá saludar a sus padres.
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El sábado amaneció con una tormenta furiosa. La lluvia azotaba los ventanales de Hogwarts, mientras rayos y truenos retumbaban en las paredes del castillo. Los estudiantes se lamentaban pues aunque tenían el día libre, no podían salir, así que la mayoría se había refugiado en sus respectivas Casas Comunes, jugando al ajedrez mágico o apelotonándose en el Gran Comedor en busca de calor y compañía. Fuera como fuere, el pasillo que conducía al aula de Transformaciones donde se encontraba el despacho de la profesora Honeywick estaba desierto a esa hora.
Amaia caminaba alegremente, ajena a la tensión que flotaba en el aire, mientras parloteaba sin parar sobre lo que podrían hacer en el Callejón Diagon. Detrás de ella, Elliot y Katherine avanzaban sumidos en un extraño mutismo.
—¿Creéis que la profesora nos dejará acercarnos a Sortilegios Weasley? —preguntó con los ojos brillantes—. Me muero de ganas de ver la tienda. Dicen que tienen puffs pigmeos. ¿Sabes si podemos comprarlos, Katherine?
Su amiga no respondió. Seguía caminando con la mirada fija en el suelo, tan callada que ni siquiera sus trenzas se atrevían a moverse. Amaia, sin embargo, no se dio por vencida.
—¿Y tú, Elliot? —preguntó, girándose hacia él—. ¿Dicen que tienen fuegos artificiales que se convierten en dragones de fuego?
Elliot se encogió de hombros e hizo una mueca amarga. Notaba cómo se le retorcía el estómago solo de pensar que, en unos minutos, tendría que entrar en la tienda de varitas y confesar ante todos que era un fraude.
Amaia entrecerró los ojos y miró a sus amigos con curiosidad pero también con preocupación. Desde la noche anterior, cuando Elliot había aparecido y mencionado que irían a la tienda de varitas de los padres de Katherine, los dos se habían comportado de forma extraña. Había preguntado una y otra vez, pero siempre obtenía el mismo silencio como respuesta. Resignada, intentó cambiar de tema, sabiendo que, por el momento, no obtendría nada más de ellos.
—¿Sabéis lo que pasó anoche? Poppy se cayó de la cama. Y lo más gracioso es que ni se despertó. Se quedó ahí, durmiendo toda la noche tirada en el suelo.
Aquello sí logró arrancar una sonrisa a Elliot, que durante un par de segundos olvidó el nudo en la garganta que lo había estado ahogando.
—¿En serio? —preguntó, y hasta Katherine esbozó una mueca de medio lado.
—Lo juro. Y esta mañana, cuando la hemos despertado, decía que estaba soñando que era una patata y que la iban a pelar.
Aquella anécdota hizo que el resto del trayecto se sintiera menos pesado. Incluso Katherine parecía menos rígida, y al llegar a la puerta del despacho de la profesora Honeywick, se permitió ser ella quien llamara con los nudillos.
—Adelante —respondió la voz de la profesora Honeywick, cálida y acogedora, desde el otro lado de la puerta.
Al entrar, vieron a Misty sentada sobre el escritorio mientras Tilla, la elfina doméstica de la profesora, la amonestaba con un dedo, aunque la gata la miraba con indiferencia. La profesora Honeywick alzó la mirada de su escritorio y al ver a los tres alumnos, los saludó con una sonrisa radiante.
—Buenos días —saludó.
Tilla se giró para ver a quién saludaba su ama y, cuando vio a Elliot, su dedo, que hasta un segundo antes amonestaba a Misty, se volvió hacia él como una flecha, directo y amenazador.
—¡Pero mire, mire! ¡Qué pinta lleva, señorito Carter! La camisa por fuera, la corbata mal puesta... ¿Es que nadie le enseñó a vestirse?
Elliot sintió cómo le ardían las mejillas. Pero antes de que pudiera protestar o defenderse, Tilla se acercó a él rápidamente y, sin importarle la incomodidad del chico, le metió la camisa por dentro del pantalón, enderezó la corbata con un tirón seco y le ajustó la túnica.
Katherine observaba la escena con una ceja levantada. En cambio, Amaia, a su lado, se tapaba la boca con la mano, incapaz de reprimir una carcajada.
—Así, mucho mejor —dictaminó la elfina, retrocediendo un paso para inspeccionarlo con mirada crítica.
—¿No crees, querida, que la corbata está un poco torcida? —preguntó Honeywick con una chispa en los ojos.
La elfina inclinó ligeramente la cabeza y asintió. Se acercó de nuevo a Elliot para enderezarle de nuevo la corbata, mientras la profesora, a sus espaldas, les guiñaba un ojo a las chicas. Al percatarse, Elliot frunció el ceño, y eso bastó para que la risa de Amaia se alargara un buen rato más, hasta que le saltaron las lágrimas.
—Señorita Moore —dijo la profesora Honeywick—, no hacía falta venir a despedirse. En menos de una hora estaremos aquí.
—¿Despedirme? —preguntó Amaia, mientras su risa se congelaba en los labios.
—¿No ha venido a despedirse? —insistió la profesora, confundida.
—No —respondió Amaia, negando con la cabeza—. Elliot nos dijo que íbamos a Ollivanders para comprarse una varita.
La profesora miró a Elliot, que se había quedado de piedra. De repente, el rubor que teñía sus mejillas le subió hasta las orejas. ¿No iba a ir Amaia? ¿Por qué no? Miró a su amiga, buscando una forma de disculparse, pero ella miraba fijamente a la profesora, como si suplicara en silencio que la incluyeran.
—Lo lamento, señorita Moore —dijo la profesora, realmente disgustada por el malentendido—. Solo he solicitado al Ministerio permiso para que me acompañen dos alumnos.
Amaia asintió, claramente decepcionada. No protestó, pero sí que bajó la cabeza, y el brillo que antes iluminaba sus ojos se apagó un poco. Elliot se sintió culpable, y una tímida disculpa se le escapó de los labios, tan suave que casi se perdió en el aire.
—Ya sabe que los alumnos no pueden salir de Hogwarts sin el consentimiento de sus padres… —explicaba la profesora Honeywick, intentando suavizar la negativa al ver la decepción en el rostro de su alumna.
Mientras la profesora seguía hablando, Misty se desperezó sobre el escritorio, estirando sus patas con su acostumbrada elegancia. Luego, fijó sus ojos enormes en Elliot, intentando captar su atención. Caminó hacia el borde de la mesa y estiró la pata en dirección a la mano de su amigo. Elliot la vio de reojo, pero seguía enfadado con la gata por haberlo delatado el día anterior. No estaba dispuesto a perdonarla tan fácilmente.
—…El caso de la señorita Ollivander es diferente, ya que vamos a ver a sus padres… —continuaba justificándose Honeywick.
Misty, persistente, volvió a rozar la mano de Elliot y dio un pequeño maullido. El niño se resistió al principio, pero la carita de Misty resultó irresistible. Al final, cedió y dejó que la gata lo rozara. Misty ronroneó, satisfecha, sabedora de que había vuelto a ganar, y Elliot, sin querer, esbozó una sonrisa. Al final, la cogió en brazos y comenzó a acariciarla. La gata ronroneo y rozó con su cara el rostro de su amigo. Cuando Elliot levantó la mirada, vio que Katherine lo miraba con la nariz arrugada, mientras negaba con la cabeza.
—No se preocupe —finalizó la profesora Honeywick, dando el tema por cerrado—. Volveremos en un ratito. Tendrán tiempo para verse luego.
Luego, al ver a Elliot con Misty en brazos, la profesora Honeywick se la arrebató sin contemplaciones, y la depositó con delicadeza en los brazos de Amaia.
—Mientras estemos fuera, puede cuidarla —propuso Honeywick, con una sonrisa—. ¿Qué le parece?
El rostro de Amaia se iluminó de golpe. Abrazó a Misty con fuerza, y la gata, acostumbrada a su independencia, intentó zafarse para volver junto a Elliot. Pero Amaia la sujetaba con tanta fuerza que no pudo librarse.
—¡Gracias, profesora! —exclamó Amaia, emocionada—. Prometo cuidarla bien y no dejar que se coma nada raro.
Honeywick asintió con satisfacción. Elliot fue a protestar, pero la profesora le lanzó una mirada tan seria y firme que las palabras se le atascaron en la garganta y guardó silencio. Miró a Misty, que asomaba su cabeza por el hombro de Amaia y lo observaba directamente con esos ojos grandes y expresivos, como si le suplicara: «¡Socorro! ¡Sácame de aquí!». Elliot se encogió de hombros, resignado e igual de decepcionado que la gata.
Tras comprobar que todo estaba en orden, la profesora condujo a Elliot y Katherine hacia la chimenea de su despacho, donde Tilla ya había preparado el tarro de polvos Flu.
—Volveremos en un ratito —dijo Honeywick a Amaia.
La niña asintió mientras continuaba acariciando a la gata, esta vez sin rastro de tristeza, y animó a sus amigos con una sonrisa llena de entusiasmo:
—¡Suerte, Elliot!
Katherine se colocó al lado de Elliot, recta como una estaca, y miró a Amaia mientras se mordía el labio. Aquello preocupó a su amiga, que no entendía su comportamiento. Iba a ver a sus padres, ¿por qué estaba tan rara?
La profesora cogió un puñado de polvos Flu y, mientras los soltaba en las llamas, pronunció con voz firme y clara:
—¡Callejón Diagon!
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Aún Elliot no había dejado de toser después de tragar una cantidad enorme de humo verde, con los pulmones ardiendo y los ojos llorosos, cuando entraron en la tienda de Ollivanders.
—La próxima vez cierre la boca antes de viajar por la Red Flu —le aconsejó la profesora.
—Ya podía haber… cof, cof… avisado antes, profesora —le recriminó Elliot.
Cuando por fin dejó de toser, dio una vuelta completa sobre sí mismo, con la boca abierta. Ante él se extendían estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de cajas de todas las formas y colores.
—Bienvenidos a Ollivanders —anunció Katherine.
—¡Demonios! —exclamó, sin poder contener su asombro.
—¡Señor Carter, ¿todos los días le tengo que recordar que cuide su lenguaje?!
—Lo siento, profesora —se disculpó Elliot, ruborizado—. ¿Todo eso son varitas?
—Sí, así es, Carter —respondió Katherine—. Mi familia se ha dedicado al negocio de las varitas desde hace siglos. La tienda es la más antigua de todo el Callejón Diagon, y si...
—¡Katie! —exclamó una voz desde el fondo de la tienda.
Todos se giraron al unísono y vieron a un hombre alto y huesudo, cuya barba blanca parecía recientemente nevada. Sus gafas colgaban de la punta de su nariz, y su capa, de un azul desvaído, le quedaba dos tallas grande. Pero lo que realmente llamaba la atención eran sus ojos brillantes, iluminados, mirando a Katherine.
—Padre —saludó Katherine con voz fría y distante.
El señor Ollivander abrió los brazos y, sin esperar invitación, la abrazó con fuerza. Durante un segundo, Katherine permaneció rígida. Pero entonces, el viejo le susurró algo al oído:
—Tu madre no está hoy.
De repente, los hombros de Katherine se relajaron y correspondió al abrazo con energía, cerrando los ojos. Elliot enarcó una ceja, sorprendido por el cambio en su amiga, y miró a la profesora Honeywick, que estaba tan estupefacta como él.
—Katie, ¿has crecido? —preguntó Ollivanders mientras se alejaba un poco de su hija.
—Papá, si solo hace dos semanas que me he ido —respondió Katherine, con tono divertido y ligeramente exasperado.
—¿Katie? —preguntó Elliot, con una ceja levantada y la comisura de los labios temblando. Luchaba con todas sus fuerzas para que la sonrisa traviesa no lo delatara.
Al verlo, Katherine recuperó al instante su porte habitual. Le lanzó una mirada asesina a Elliot que le hizo tragarse su diversión. El señor Ollivander carraspeó y Katherine dejó de mirar a su amigo, recordando que no los había presentado.
—Papá, te presento a la profesora Honeywick.
La profesora Honeywick estrechó la mano del señor Ollivander, que le dedicó una reverencia tan elaborada que sus gafas casi se le cayeron por completo.
—Y él es Carter, un compañero de clase —añadió Katherine, secamente.
—¿Compañero, Katie? —preguntó Elliot, con una ceja levantada y una sonrisa pícara. Luego, girándose hacia el señor Ollivander, añadió:— Soy uno de sus mejores amigos.
El rostro del señor Ollivander se arrugó con una sonrisa de alegría, mientras asentía con entusiasmo.
—¿Ves como te dije que algún día encontrarías amigos? —le espetó a su hija.
Katherine se limitó a cruzar los brazos y desviar la mirada. Pero Elliot juraría que en su boca se dibujó un amago de sonrisa.
—No soy su único amigo —aclaró Elliot. Y mirando a la profesora con despecho, añadió:—. También está Amaia, pero no ha podido venir.
Honeywick puso los ojos en blanco. Luego aprovechó el momento para exponer el problema con claridad:
—Señor Ollivander, nos ha surgido un contratiempo con la varita del señor Carter. Su tutor le compró una sin que él estuviera presente.
El padre de Katherine soltó un resoplido.
—Lo de siempre —murmuró, sacudiendo la cabeza—. No hago más que advertirlo, pero algunos nunca escuchan. Las varitas, joven Carter —continuó, señalando a Elliot con un dedo delgado—, son las que escogen al mago, no al revés.
Elliot vio de reojo que la profesora Honeywick lo observaba con media sonrisa, como si le dijera: «¿Ve? Ya se lo dije». Sin embargo aquello no era ningún alivio. Sabía que el momento había llegado, el momento que había estado temiendo. Tragó saliva, intentando que su corazón dejara de latir con tanta fuerza, pero sus esfuerzos fueron en vano.
De pronto, el señor Ollivander sacó una cinta métrica que cobró vida propia. Se desplegó y empezó a medir a Elliot: desde la nariz hasta el codo, la distancia entre sus dedos, la circunferencia de su cabeza e incluso la longitud exacta entre la comisura de sus labios y la oreja. Elliot miraba la cinta confuso. Buscó a Katherine con la mirada, esperando alguna explicación o apoyo, pero ella no le hizo caso. Estaba absorta en su tarea, anotando en un pergamino los números que su padre le dictaba con seriedad profesional. Giró hacia la profesora Honeywick, pero ella parecía encontrar perfectamente normal aquello.
—Bien, veamos —anunció el señor Ollivander.
Estudió el pergamino que su hija le tendió, pasando los dedos por los números. Tras unos segundos, caminó hacia una estantería y comenzó a extraer cajas al azar, leyendo sus etiquetas con atención meticulosa. Si alguna no le convencía, la devolvía a su lugar. La primera que eligió era de un color oscuro, casi negro, y al abrirla, un brillo nacarado recorrió el mango de la varita.
—Inténtalo —dijo Ollivander—. Agítala sin miedo.
El momento que tanto había temido había llegado. Elliot oía los latidos de su corazón en los oídos. La boca se le había secado, y las manos le temblaban terriblemente. Cogió la varita con cuidado, como si fuera a romperse, y apuntó al aire, sintiendo el peso de la expectativa sobre sus hombros. Tomó aire y, con un movimiento torpe, la sacudió.
Un latido de silencio. Dos.
Y entonces, de la punta de la varita salió disparada una explosión de chispas azules, brillantes y caóticas, como fuegos artificiales descontrolados. Las chispas tumbaron tres cajas de la estantería de enfrente y rebotaron en el techo, iluminando la tienda con destellos efímeros.
—¡No, no, no! ¡Esa no es para ti! —exclamó Ollivander, arrebatando la varita de las manos de Elliot.
Guardó la varita de nuevo en su caja y volvió a las estanterías, sumergido en su búsqueda, mientras Katherine y la profesora Honeywick lo observaban con atención. Elliot, por su parte, se había quedado petrificado, mirando su mano con una mezcla de incredulidad y asombro. De repente, para sorpresa de los otros tres, una sonrisa enorme iluminó su rostro, y empezó a gritar con una emoción que no podía contener:
—¡¿Habéis visto eso?! ¡He hecho magia! ¡He hecho magia!
Comenzó a saltar y a dar vueltas, levantando las manos, como si hubiera ganado la Copa de las Casas. Los otros lo miraban con los ojos con una ceja levantada, sin entender a qué venía aquello.
—Claro que ha hecho magia, señor Carter —confirmó Honeywick.
—No lo entiende, profesora. Yo… yo… temía ser un muggle.
Katherine levantó una ceja y negó con la cabeza.
—Carter, cada día te superas.
Elliot paró de golpe y miró a los tres con el ceño fruncido.
—Señor Carter, ¿cómo iba a ser un muggle si ha volado en escoba? —preguntó la profesora.
—¡Demonios! Las escobas están embrujadas, eso lo puede hacer cualquiera, hasta un muggle.
Katherine puso los ojos en blanco y el señor Ollivander comenzó a reír.
—Ese vocabulario… —Lo regañó Honeywick, cansinamente—. Un muggle podría flotar en una escoba, pero nunca volar. Una escoba obedece las órdenes a través de la conexión que se establece entre mago y escoba. Esa conexión no se puede establecer con alguien no mágico.
—¿Quiere decir…? —preguntó Elliot, notando cómo el rubor le subía a las mejillas.
—Sí, señor Carter —afirmó la profesora, intentando no sonreír ante la cara de asombro de su alumno—. Usted ya había demostrado con creces que es un mago.
El chico no podía creérselo. Llevaba preocupado desde que llegó a Hogwarts, pero sobre todo el día anterior, cuando la duda lo había consumido tanto que ni siquiera había podido dormir. Y ahora, descubría que, sin saberlo, hacía más de una semana que había demostrado a todo el mundo que era mago. Miró a los tres con la boca abierta.
El señor Ollivander estalló en una carcajada sonora mientras volvía su atención a las estanterías buscando una nueva varita. Aprovechando el momento, la profesora Honeywick se acercó a Elliot y, bajando la voz para que solo él pudiera escucharla, susurró:
—¿Así que era eso lo que le preocupaba ayer?
Elliot asintió con la cabeza, medio avergonzado y medio aliviado.
—Si me hubiera preguntado, se habría ahorrado el sufrimiento —dijo la profesora, mientras lo miraba con intensidad.
Elliot no entendió aquella mirada. ¿Decepcionada? ¿Dolida? No sabía cómo interpretarla, ni qué era lo que se suponía que tenía que decir. Se disponía a disculparse, pero el señor Ollivander lo interrumpió, acercándole una nueva caja con una varita en su interior. Elliot miró a la profesora, mordiéndose el labio inferior, indeciso. Ella, sin embargo, se limitó a señalarle la varita con la cabeza. Por fin, la cogió, aunque su mente seguía atrapada en la mirada de la profesora.
Agitó la segunda varita, y esta vez, de la punta salieron burbujas, millones de ellas, que inundaron el local en segundos. Las burbujas flotaban por todas partes, cubriendo cada rincón, y el pobre Ollivander quedó envuelto en una nube de espuma. Elliot soltó una carcajada que intentó acallar al instante, pero la sonrisa le llegaba hasta los ojos, imposible de contener. La profesora Honeywick sonrió y le guiñó un ojo, antes de acercarse a ayudar al señor Ollivander a deshacerse de las burbujas.
Elliot fue probando las varitas que el padre de Katherine le alcanzaba; sin embargo, ninguna parecía elegirlo. Algunas echaban chispas o burbujas o tiraban cajas de las estanterías; otras ni reaccionaban, al igual que su antigua varita. Poco a poco, la garganta se iba cerrando de nuevo. Pero entonces, Katherine, que había estado observando el proceso, propuso a su padre:
—¿Y la del abuelo?
Su padre la miró durante unos segundos. Luego, se encogió de hombros y murmuró:
—¿Por qué no?
Caminó hasta el final de la tienda, donde de un estante polvoriento extrajo una caja simple, de madera sin barnizar, y la colocó sobre el mostrador.
—Esta varita la fabricó mi padre —explicó el señor Ollivander, y su pecho se hinchó de orgullo—. Fue un gran artesano. No quiero presumir, pero... —hizo una pausa dramática— fue quien diseñó las varitas de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y Harry Potter. Esta la hizo siendo mucho más joven. Como puedes ver, es bastante más rudimentaria que el resto. No obstante, él le tenía un cariño especial pues fue la primera que diseñó cuando aún era un aprendiz.
Todos la miraron con atención. La varita, en efecto, no tenía nada especial a primera vista. De hecho, casi ni parecía una varita. No era recta como las otras; su forma se retorcía como si hubiera sido cincelada por una mano inexperta.
—Nunca nadie la quiso —añadió el señor Ollivander, con un dejo de melancolía—. Como puedes ver, no es gran cosa —añadió como disculpándose—. Es de madera de sauce y su núcleo es de pelo de thestral.
—Tal vez, alguna más... —empezó a decir la profesora Honeywick, pero se interrumpió al ver el rostro de Elliot.
El niño miraba la varita con la boca abierta. Sabía que era fea, que parecía más un palo que una varita, con sus curvas torcidas y su aspecto rústico. Sin embargo, notaba una afinidad extraña con ella.
—¿Quieres probarla? —le preguntó el señor Ollivander—. ¿O prefieres que sigamos buscando otra?
Elliot negó con la cabeza. Extendió la mano, y en el momento en que sus dedos rozaron la varita, supo que era diferente. Nada más sujetarla, sintió un calor que le subió desde los dedos hasta la nuca. El mango encajó perfectamente en su palma. Sin esperar a que nadie le indicara qué hacer, apuntó al techo y, con una voz que temblaba de emoción, pronunció:
—¡Lumos!
La punta de la varita se encendió, y una luz dorada y cálida iluminó el rostro de Elliot. Los ojos del chico se humedecieron al darse cuenta de que acababa de hacer su primer hechizo. ¡Lo había conseguido! Miró a la profesora Honeywick, y ella lo miraba con una sonrisa enorme, mientras sus ojos se humedecían.
El señor Ollivander, mientras tanto, no podía ocultar el orgullo que le brillaba en cada arruga de su rostro.
—Creo que, después de tanto tiempo, la primera varita de mi padre por fin ha elegido a su dueño —dijo. Y con la voz entrecortada por el nudo que le apretaba en la garganta, añadió:— Ojalá estuviera aquí para verlo.
Cuando la profesora fue a pagar la varita, el señor Ollivander no quiso ni oír hablar de ello.
—No, profesora. Ni lo mencione —dijo, con un gesto firme pero cálido, mirando a Katherine con cariño—. Es el mejor amigo de mi hija. Nunca podría aceptar dinero.
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Mientras la profesora felicitaba al señor Ollivander por tener una hija tan inteligente y le explicaba que en tan solo dos semanas ya había llamado la atención de varios profesores, Elliot se comía las uñas deseando volver pronto a Hogwarts para poner a prueba su varita. Sin embargo, cuando sus ojos vieron un pergamino sobre el mostrador, la tentación fue más fuerte que él.
—¡Wingardium Leviosa!
Aunque no fue perfecto, el pergamino se levantó unos centímetros del mostrador. Elliot miró orgulloso a la profesora Honeywick, que le guiñó un ojo y le revolvió el pelo. Sin embargo, cuando se giró hacia Katherine, ella negó con la cabeza mientras ponía los ojos en blanco. Se acercó hasta él, lo apartó y ejecutó el hechizo; el pergamino se elevó del mostrador y, con un simple giro de varita, lo movió por el aire a su antojo, dibujando un círculo perfecto antes de dejarlo descender con delicadeza. Luego, le devolvió el sitio a Elliot y le indicó con la mirada que lo intentara él.
Pero el pergamino volvió a levantarse torcido, bamboleando varios centímetros por encima del mostrador. Katherine chasqueó la lengua, le corrigió los movimientos y le hizo repetir el hechizo una y otra vez.
Mientras los dos niños practicaban el hechizo, la profesora Honeywick le entregó al señor Ollivander la otra varita de Elliot, la que había llegado en su baúl. Ollivander la examinó, recorriendo cada milímetro de la madera.
—¿Puede saber quién la compró? —preguntó la profesora.
El señor Ollivander asintió y se sumergió entre unos libros enormes, pasando páginas con dedos ágiles hasta encontrar lo que buscaba.
—Aquí está —anunció, alzando la vista—. Lucan Nott. Lo recuerdo perfectamente: un hombre muy alto, de pelo negro, con una voz grave.
Elliot y Katherine se giraron al unísono. El niño tenía los ojos desorbitados, sin acabar de creerse lo que acababa de oír.
—¿Está usted completamente seguro? —preguntó Honeywick, tan incrédula como su alumno.
Sin darle tiempo suficiente a Ollivander para contestar, le quitó el libro de las manos y buscó con rapidez. Allí, en medio de la página, aparecía el nombre: «Lucan Nott».
—Jamás olvido una cara —se justificó el señor Ollivander, sorprendido del arrebato de la profesora—. Menos una tan particular. ¿Por qué?
—Por nada —dijo la profesora Honeywick, recuperando su compostura con rapidez—. Perdone mi intromisión —añadió, mientras le devolvía el pergamino, incómoda.
No obstante, la mente de Elliot trabajaba a toda velocidad, atando cabos.
—Profesora, ¿eso significa que el profesor Nott es…?
No tuvo fuerzas para terminar la frase, pues temía que si lo hacía, se haría realidad. Sin embargo, la profesora estaba sumida en un silencio tenso, tan atrapada en sus propios pensamientos que incluso Elliot creyó que no lo había escuchado. Apretaba los puños y la mandíbula con fuerza y su mirada estaba fija en algún punto más allá del señor Ollivander.
Durante unos segundos el silencio reinó en la tienda. De pronto, la profesora parpadeó volviendo a la realidad. Clavó su mirada en su alumno durante unos instantes. Finalmente, recogió la varita que el señor Ollivander le tendía.
—Volvamos a Hogwarts y averigüemos qué pasa aquí —dijo con determinación.
Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, sin ni siquiera despedirse del señor Ollivander. Sin embargo, al oír cómo Katherine se despedía de su padre, recordó sus modales. Dio media vuelta y se despidió con amabilidad del viejo artesano. Cuando se iban el señor Ollivander detuvo a Elliot con un apretón en el hombro y esperó a que su hija se alejara. Luego, acercó su boca al oído del chico y le susurró:
—Ten paciencia con mi hija. Katie es…
El hombre se interrumpió al ver que Katherine se había detenido en la puerta y los miraba. Aunque no podía oírle lo que decía, intuyó que hablaba de ella.
—No se preocupe. Katherine es… —respondió Elliot en un susurro, buscando las palabras adecuadas.
Buscó el adjetivo perfecto, pero algunos le parecían demasiado cursis o tiernos y, sobre todo, ninguno parecía encajar con la personalidad de Katherine. Finalmente, solo se le ocurrió decir:
—Katherine es Katherine.
El señor Ollivander lo miró a los ojos un segundo, luego le sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro, aprobando su respuesta. Al girarse, Elliot vio que Katherine, que seguía sin oírlos, lo miraba con el ceño fruncido. Él volvió a girarse para añadir en otro susurro:
—Aunque a veces da un poquito de miedo.
El hombre soltó una carcajada y dejó que Elliot se marchara. Mientras se acercaba a la puerta, donde lo esperaba su amiga, esta no le quitaba la vista de encima. Cuando salió a la calle, ella se olvidó de él por un momento y se despidió de su padre con un último saludo.
La profesora ya caminaba con pasos apresurado para volver cuanto antes a Hogwarts. Elliot no podía creerlo, parecía que iba de duda en duda, como si cada respuesta solo consiguiera abrir otra pregunta. Había llegado creyendo que no era mago, y volvía temiendo que el profesor Nott fuera su… No. Seguía sin atreverse a acabar la frase.
Un nudo en la garganta no le dejaba tragar con facilidad. Se preguntó si cuando llegara a Hogwarts, todo se aclararía. Aunque esta vez no sabía si prefería saber la verdad o no.
5 de octubre de 2026
Enrique Vallés Balaguer
