top of page
Parte 2: Un lugar al que regresar

Capítulo 13

La medida exacta

Personajes

Personajes que intervienen en el capítulo

Elliot apenas había dormido tres horas cuando los primeros alumnos comenzaron a salir de sus habitaciones para prepararse para las clases. Se incorporó de golpe en el sofá, aún aturdido. Había tenido una pesadilla en la que la profesora Honeywick lo perseguía por los pasillos del castillo, amonestándolo por su ropa mientras blandía un tenedor y un cuchillo gigantes, gritando que llegaban tarde a la cena con Briarwood. Sabía que no era más que un sueño absurdo, pero se levantó con una sensación pesada en el estómago.

La situación no mejoró al entrar al lavabo y verse en el reflejo del espejo. El jersey raído que llevaba desde hacía dos inviernos estaba desgastado en los codos, agujereado y deshilachado; por no hablar de las viejas zapatillas, que tenían una suela medio despegada y que había rescatado de un contenedor tres meses atrás. Intentó lavar una mancha estirando la tela y mojándola bajo el grifo, pero solo logró empeorarlo todo. Cuando entraron varios alumnos de cursos superiores, lo apartaron a empujones, impidiéndole acercarse al espejo. Mientras ellos se cepillaban los dientes y se peinaban frente al espejo, Elliot reparó en su cabello largo y completamente enredado, que le daba un aire más de perro callejero que de estudiante.

Salió de allí cabizbajo, con la mirada fija en el suelo, y se dirigió hacia la salida de la Sala Común. Se daba ánimos y se dijo a sí mismo que, mientras no se topara con la profesora Honeywick, todo iría bien. Anhelaba que fuera de noche otra vez para buscar ropa limpia. Ahora, además, sabía que necesitaba un peine y un cepillo de dientes. Se preguntó si lograría encontrar a Lumi; tal vez él podría ayudarlo a conseguir todo lo necesario para presentarse, al menos, con un mínimo de dignidad.

Al salir al pasillo, Katherine ya estaba allí, recortada contra la luz matutina que se filtraba por las ventanas, aunque ella parecía empeñada en evitarla. Sus trenzas, perfectamente peinadas, enmarcaban un rostro de rasgos afilados, y sus labios, pintados de negro, brillaban con un destello rebelde bajo los tímidos rayos de sol que intentaban rozarla sin éxito.

Elliot vio el abismo que había entre ellos dos, su ropa raída, su desaliño, frente a la elegancia impecable de ella. No pudo evitar preguntarse por qué una chica como Katherine quería ser su amiga.

Katherine despegó sus ojos brevemente de las páginas gastadas del libro que sostenía, solo lo suficiente para registrar la presencia de Elliot antes de sumergirse de nuevo en la lectura.

—¿Preparado para la muerte por aburrimiento, Carter?

—Eh... Sí, supongo.

Katherine lo miró de arriba abajo y, finalmente, detuvo la vista en sus ojos.

—Carter, estás tan sucio como ayer.

Elliot intentó cubrirse la ropa con la túnica, pero el gesto fue inútil. Notó cómo la sangre le subía hasta las mejillas.

—Es mi ropa de la suerte —mintió, con una sonrisa torcida.

—Pues no parece que te haya dado mucha.

Elliot, incómodo, intentó cambiar de tema:

—¿Vamos a desayunar?

—Ya es tarde —respondió Katherine, cerrando el libro de golpe y guardándolo en su bolso—. Si no nos damos prisa, llegaremos tarde a Transformaciones.

No esperó a que Elliot la siguiera. Se alejó unos pasos y, sin mirarlo, añadió:

—No querrás que la profesora te convierta en mooncalf, ¿verdad?

Elliot se la quedó mirando mientras se iba, intentando deducir si aquello era una broma o hablaba en serio. Sin llegar a ninguna conclusión, aceleró el paso y se puso a la altura de ella.

Desde las ventanas altas caía una luz amarilla, todavía cansada, que no lograba iluminar del todo las baldosas del suelo. Elliot intentaba memorizar el camino. Observó a Katherine con curiosidad. ¿Cómo podía moverse con tanta seguridad? Su respuesta llegó cuando pasaron por tercera vez junto al mismo retrato de un mago barbudo con un cuervo en el hombro. Una sonrisa fugaz cruzó su rostro.

Al llegar a la escalera de caracol, Elliot se aclaró la garganta:

—¿Y Amaia? ¿No viene con nosotros?

—¿No has mirado el horario, Carter? Ahora tenemos clase junto a los de Gryffindor.

Se paró en un cruce de pasillos. Miró primero uno, después otro. Al final se decidió por el primero.

—Los de Hufflepuff van a «Historia de la magia» con Ravenclaw. Hoy coincidiremos con los de Hufflepuff en «Pociones» y «Defensa contra las artes oscuras».

—Ya... —Elliot se sintió decepcionado. Preferiría que Amaia estuviera con ellos. Al menos ella estaba tan verde como él; en cambio, Katherine parecía saberlo todo sobre la magia—. ¿Estás segura de que vamos por el camino correcto?

—Sí.

Subieron dos pisos, giraron tres esquinas y llegaron a un pasillo donde, al fondo, vieron a unos alumnos de primero de Slytherin entrar en un aula. Elliot se quedó paralizado al ver junto a la puerta al hombre más enorme que jamás había visto. No solo por su altura —que rozaba los dos metros—, sino por su corpulencia, que parecía ocupar todo el espacio del pasillo. Era un hombre de mediana edad, con el pelo y la barba largos, morenos y salpicados de canas.

Cuando Elliot y Katherine se dirigieron hacia la puerta, el hombre se acercó a ellos. Con cada paso, las llaves de su llavero resonaban en todo el pasillo. Elliot y Katherine se detuvieron intimidados. El hombre llegó hasta ellos y se detuvo. Elliot tragó saliva; desde tan cerca, su presencia era aún más abrumadora.

—Un pajarito me ha informado de que estuviste deambulando por mi castillo en plena noche —afirmó directamente a Elliot, sin preámbulos.

Elliot maldijo para sus adentros. No le costó imaginar quién había ido con el cuento. Aunque sentía que le faltaba el aire, tenía que decir algo. ¿Pero el qué? Soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

—¿Quién... quién es usted? —logró balbucear.

El hombre entrecerró los ojos dolido porque no supiera quién era.

—Soy Edgar Thistledown. El celador del castillo —respondió con voz solemne—. No me gusta que los alumnos deambulen por la noche por mis pasillos.

Cada vez que decía «mi», lo hacía con una convicción casi posesiva. Elliot lo miraba con los ojos muy abiertos, sin poder articular palabra. Katherine, en cambio, ya se había recuperado de la primera impresión y lo observaba con desdén.

—Señor Thistledown, no sé quién le ha informado, pero Carter no ha sido —afirmó ella con firmeza.

El señor Thistledown miró a Katherine solo unos segundos antes de volver a clavar su mirada en Elliot.

—La fuente es fiable —replicó—. Será mejor que no lo vuelvas a hacer. De lo contrario, te convertiré en picadillo para alimento de los animales de la profesora Briarwood con mis propias manos, ¿entendido?

Apretó el puño frente a los ojos de Elliot, quien dio dos pasos atrás. Su mano era tan enorme que podría aplastar su cabeza sin esfuerzo. Elliot asintió repetidamente, sin atreverse a respirar.

Al ver que el niño estaba lo suficientemente asustado, el celador dio media vuelta y se alejó. Mientras se perdía por el pasillo, Elliot se preguntó por qué el castillo no temblaba bajo el peso de su enorme cuerpo.

Katherine lo miró con una ceja arqueada.

—¿Era cierto eso, Carter?

Elliot se rascó la cabeza, pero no respondió. Entró en el aula delante de Katherine, caminando sumido en sus pensamientos. Esa noche tendría que moverse con extremo cuidado; no solo debía evitar a Honeywick, sino también a Thistledown si quería llegar a la lavandería para conseguir ropa limpia. Ahora el castillo tenía dos cazadores. Y entonces, una idea se le materializó en la mente: ¿sería Thistledown el hombre con quien hablaba Honeywick la noche anterior?

Dentro, la clase de Transformaciones ya estaba medio llena. Había alumnos de Slytherin mezclados con los de Gryffindor. En el centro del aula, un grupo de estudiantes intercambiaba nombres y anécdotas entre risas, mientras que en las esquinas, algunas figuras solitarias estaban ya sentadas, manteniendo la mirada fija en sus pergaminos. A pesar de la aparente camaradería, las túnicas con las capuchas verdes se agrupaban a un lado, y las rojas al otro.

Elliot se sentó en la esquina más alejada, pegado a la pared, y Katherine se acomodó a su lado. Abrió el libro de texto y continuó leyendo, ajena a todo lo demás. Elliot, en cambio, sacó su varita del bolsillo y la depositó sobre la mesa con un gesto casi distraído.

Katherine la cogió al instante. Sus dedos la giraron con una curiosidad casi científica; la acercó a su oído, la olfateó con los ojos entrecerrados y la examinó bajo la luz.

—Mmm... Flexible, pero resistente —murmuró, pasando el pulgar por su superficie—. Madera de tejo, y el núcleo... pelo de unicornio.

Alzó la vista hacia Elliot con una ceja levantada.

—Una combinación extraña, ¿no crees, Carter?

—Eh... —Elliot parpadeó varias veces—. Sí, supongo —respondió, encogiéndose de hombros.

—No es una varita fácil —sentenció Katherine antes de devolverle la varita.

Elliot la tomó e imitó los gestos de ella, pero no notó nada especial. Para él, no era más que un trozo de madera, un palo sin mayor misterio. Se preguntó si Katherine le habría tomado el pelo, pero al mirarla, vio que ya había vuelto a sumergirse en su libro. Con un suspiro, depositó la varita sobre la mesa otra vez, pero esta vez con un cuidado casi reverente, como si, de repente, intuyera que había algo más en ella, y se quedó mirándola fijamente.

El murmullo de la clase se desvaneció de golpe cuando la profesora entró en el aula. Al notar el silencio repentino, Elliot se giró y vio a la profesora avanzar por el pasillo. Su corazón se detuvo unos instantes; no podía creerlo, era la profesora Honeywick. Se encogió en su asiento, tapándose medio rostro con una mano, mientras maldecía su mala suerte entre dientes.

La profesora llevaba la túnica color mostaza impecable. Caminaba con paso ágil, y aunque su postura no era autoritaria, todos los estudiantes guardaban un silencio absoluto. Honeywick se detuvo un instante en el centro de la clase, observando a cada alumno con una sonrisa en los labios.

—Buenos días. Soy la profesora Honeywick.

—Buenos días, profesora Honeywick —respondieron los alumnos, unos con entusiasmo, otros con timidez, como un coro desordenado pero sincero. Elliot permaneció callado.

Ella esperó a que el eco de las voces se disfumara antes de continuar.

—Antes de nada, quiero daros la bienvenida a Hogwarts. Hoy es vuestro primer día en la escuela. —Hizo una pequeña pausa—. Tengo el privilegio de ser vuestra primera profesora. Es un honor que no tomo a la ligera y haré todo lo posible por estar a la altura.

Mientras hablaba, sus ojos se posaban en cada uno de los alumnos. Era una mirada serena y dulce, sin ningún atisbo de rigidez. Sin embargo, Elliot se removió incómodo en su asiento. Enarcó una ceja y siguió atento a lo que decía la profesora.

—¿Cuántos de vosotros venís de familia muggles?

Algunos niños empezaron a levantar las manos de forma tímida. Elliot miró a su alrededor, indeciso, mientras su propia mano quedaba suspendida a medio camino sobre su pupitre antes de rendirse y volver a cubrirse la cara con ella.

—Gracias —dijo Honeywick con un gesto amable—. Hoy comenzaremos con los fundamentos de la magia para quienes vienen del mundo no mágico: su naturaleza, sus posibilidades y sus limitaciones.

Desde la esquina opuesta, Adrian Holloway puso los ojos en blanco. Clara Fletcher, una chica de Gryffindor, dejó escapar un suspiro teatral. La profesora Honeywick los observó sin perder su sonrisa serena.

—Entiendo vuestra impaciencia. Pero incluso los magos de las familias más antiguas descubren que la magia más poderosa suele esconderse en las verdades más simples.

Clara se puso colorada y se sentó más recta, pero Adrian negó con la cabeza mientras volvía a poner los ojos en blanco. Algunos se giraron a mirar a los nacidos de muggles. Pero la mayoría empezaron a escuchar con interés.

—Antes de comenzar, necesito aclarar algo fundamental. —Sus ojos recorrieron el aula, deteniéndose brevemente en cada rostro hasta asegurarse de que tenía la atención de todos—. La mayoría de vosotros ha llegado a Hogwarts con ideas equivocadas sobre lo que es realmente la magia.

Un murmullo inquieto recorrió el aula. Elliot se inclinó hacia delante, con la silla crujiendo bajo su peso.

—La magia no es un juego. No basta con agitar una varita y pronunciar palabras. Ser mago o bruja es una responsabilidad que deben asumir desde el primer día.

La garganta de Elliot se tensó. A su lado, Katherine entrelazó los dedos sobre el pupitre, sin apartar los ojos de la profesora.

—La magia huye de la impaciencia, del temor y de la cólera. Cada encantamiento exige una mente clara y un corazón preciso. Y no os debe obediencia solo porque tengáis una varita en la mano.

Elliot recorrió con la mirada a sus compañeros. Un nudo se formó en su estómago. A su lado, Katherine permanecía inmóvil, absorbiendo cada palabra. El sudor comenzó a perlar la frente de Elliot mientras se hundía un poco más en su asiento.

—Un hechizo es tan potente como vuestra capacidad de concentración. Y cada vez que canalizáis magia, consumís parte de vuestra energía.

La garganta se le secó mientras observaba los rostros atentos de sus compañeros. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Era el único que no entendía nada?

La profesora Honeywick recorrió el pasillo entre las mesas, observando a cada uno de sus alumnos. Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible al reconocer en sus rostros las expresiones que había visto año tras año: la fascinación en algunos, el desconcierto en otros.

—La magia transforma la realidad, pero la realidad no es plastilina que uno pueda moldear a capricho. Tiene consecuencias. Antes de aprender a cambiar el mundo, hay que aprender a no romperlo.

Alzó la varita. De la nada, una copa de cristal apareció flotando sobre su mesa. Se giró a la clase:

—¿Alguien me puede decir si puedo transformar esta copa en plomo?

Nadie levantó la mano. Elliot miró de reojo a Katherine, esperando que ella se lanzara a responder, pero ella tampoco dijo nada. Algunos alumnos, hijos de magos, cabeceaban de forma afirmativa.

—Por supuesto, profesora —contestó Peter Oldwick de Slytherin.

—¡Claro! —dijo Leo Cartwright de Gryffindor—. Eso lo puede hacer mi hermano mayor con los ojos cerrados —añadió con orgullo.

Honeyick asintió y con un gesto elegante hizo girar su varita. Ante los ojos de todos, el cristal transparente de la copa se oscureció hasta adquirir el brillo opaco del plomo que la frágil mesa no pudo sostener. Un estruendo resonó por el aula cuando la madera cedió bajo el nuevo peso, seguido del golpe seco del metal contra la piedra. La loseta se agrietó como una telaraña. Un coro de jadeos y murmullos nerviosos recorrió la clase mientras los estudiantes se inclinaban en sus asientos, incapaces de apartar la mirada de aquella pequeña destrucción.

—Es tentador pensar que transformar es sencillo, pero deshacer lo que se ha hecho... eso requiere verdadera maestría. Las consecuencias pueden ser desastrosas. Un error puede tener efectos irreparables. Por eso, antes de aprender a cambiar el mundo, hay que aprender a no romperlo —dijo Honeywick, y los ojos le brillaron de una forma inquietante—. ¿Preguntas hasta aquí?

Nadie se atrevió a alzar la mano. La profesora recorrió el aula con la mirada, deteniéndose en cada alumno. Al llegar a Elliot, algo cambió en su expresión; un sutil movimiento, casi imperceptible para todos excepto para Elliot. Los latidos de su corazón se aceleraron contra el pecho mientras rogaba en silencio que no lo señalara. Convertirse en el blanco de las burlas el primer día de clase era lo último que necesitaba. Pero Honeywick, se giró y, con un movimiento de varita, restauró la mesa y convirtió de nuevo la copa en cristal.


───────── ✧ ─────────


El resto de la clase transcurrió con una normalidad casi decepcionante: repaso de normas, lista de materiales y la obligatoria advertencia sobre las «travesuras» con la varita fuera del aula. Elliot dejó atrás los nervios, aunque hizo todo lo que pudo por pasar desapercibido.

Cuando la campana marcó el fin de la clase, los alumnos comenzaron a levantarse, arrastrando sillas y murmullos, mientras se dirigían hacia la puerta. La profesora Honeywick se acercó a su escritorio y empezó a alinear los papeles. Entonces, sin levantar la vista, dijo:

—Señor Carter, espere un momento.

El estómago de Elliot se contrajo de golpe. Respiró hondo, clavando los dedos en los libros que sujetaba, y se giró hacia el escritorio de la profesora.

Katherine se quedó de pie junto a la puerta, esperando. Cuando el resto de la clase salió, Honeywick se quedó mirándola. La niña no hizo ningún gesto, pero salió sigilosamente y cerró la puerta tras ella. Nada más cerrarse la puerta, la profesora Honeywick se encaró a Elliot.

Lo miró con una seriedad que espesó el aire entre ellos, volviéndolo casi irrespirable. La sonrisa afable que había lucido durante la clase se había esfumado por completo, reemplazada por una expresión fría y sin espacio para malentendidos. Y, de repente, la pesadilla de esa madrugada volvió a su mente como un mal presagio.

—Señor Carter, ¿sabe por qué le he pedido que se quede?

—No, profesora.

—Lleva la misma ropa que anoche. ¿Puede explicarme por qué no se ha cambiado, señor Carter?

Elliot se limitó a encogerse de hombros. Sus dedos se crisparon levemente contra su pierna, pero mantuvo la mirada baja, fija en un punto indeterminado del suelo.

—¿Ha tenido algún problema con su maleta? —continuó ella, ante su silencio.

Elliot negó con la cabeza, un gesto casi imperceptible, pero suficiente. Se obligó a mantener las manos quietas a los costados, aunque el sudor frío le resbalaba por los dedos y le hacía querer frotárselas contra el pantalón.

—¿Entonces? —la profesora cruzó los brazos, sin dejar de observarlo—. ¿Por qué sigue con la misma ropa?

El silencio de Elliot se volvió denso. No podía confesar la verdad. Porque esa confesión arrastraría consigo un alud de preguntas y, tarde o temprano, todo conduciría a Mara. Y algo en su interior le gritaba que nadie podía saber de su existencia.

Se mordió el labio hasta notar el sabor metálico de la sangre y mantuvo los ojos clavados en el suelo.

Por unos instantes, el silencio se instaló entre ambos. La profesora Honeywick escrutaba el rostro de Elliot. Su mirada se desvió brevemente hacia la ventana donde las gotas de lluvia chocaban. Por fin, la profesora enderezó la espalda y volvió a fijar su atención en él.

—Señor Carter, estoy muy disgustada con usted. Cuando le pido que venga con la ropa limpia, no lo hago por capricho. Mi cometido no es solo enseñarle hechizos, sino también a mostrar respeto.

Sus ojos se estrecharon.

—Dígame, señor Carter. ¿Ha visto a algún otro alumno con la ropa en el estado en que lleva la suya?

Elliot se encogió de hombros.

—No, profesora Honeywick. Yo... lo siento.

La profesora suspiró. Su tono, aunque firme, perdió el filo cortante y se tiñó de cansancio.

—Vaya directo a su habitación y cámbiese. Espero no volver a verle con esas pintas. Y, ya puestos —añadió, con un gesto hacia su cabello enmarañado—, córtese ese pelo. Lo lleva como si no hubiera visto unas tijeras en años.

Elliot seguía con la cabeza agachada. La profesora alzó una mano hacia su hombro, pero la retiró antes de tocarlo. Miró de nuevo a la ventana y respiró hondo.

Él lo vio y apretó los dientes hasta sentir un dolor agudo en la mandíbula. ¿A qué venía aquel gesto? No supo por qué, pero algo dentro de él empezó a hervir, algo que le quemaba las entrañas.

—Pero las normas son las normas. Y, por desobediencia, tengo que restarle cinco puntos a Slytherin. La próxima, serán muchos más. Espero que sea consciente de que las consecuencias de sus actos no recaen solo sobre usted. Lo siento, señor Carter —su voz se suavizó—. No me gusta empezar el curso así, quitando puntos a un alumno por indisciplina. Pero no me ha dejado otra opción.

Elliot asintió sin decir nada. Salió igualmente en silencio, sin mirar atrás. Pero la puerta se cerró tras él con un golpe seco.


───────── ✧ ─────────


El ruido de la puerta al cerrarse llamó la atención de Katherine, que lo esperaba fuera del aula sumergida en su libro. Elliot llegó hasta ella con el rostro desencajado. Katherine alzó la vista, lo miró un instante y, sin preguntar, supo que las cosas no habían salido bien.

—¿Qué quería?

—¡Demonios! Nos ha restado cinco puntos a Slytherin.

—¿Por qué?

—Por mi ropa. ¡Dios, cómo odio a esa mujer! —respondió, e imitando la voz de Honeywick, continuó—. «Parece un desarrapado, señor Carter. Preséntese con el uniforme limpio, o le pongo a fregar el techo del Gran Comedor con la lengua».

Katherine lo miró fijamente a los ojos, en silencio. Hasta que Elliot, incapaz de soportar su escrutinio, apartó la mirada.

—No se te da bien mentir, Carter. No me creo que la profesora te haya soltado eso. Parecía algo… blandita.

—¡¿Blandita?! —exclamó Elliot, sorprendido. Se rascó la cabeza, mirando al suelo—. Bueno, tal vez exageré un poco. Pero para nada es blandita.

—¿Qué exageraste un poco? Yo diría que bastante. 

Cruzó los brazos, deteniéndose en medio del pasillo para mirarlo de arriba abajo. Y, tras una pausa, añadió con firmeza: 

—Y, por cierto, Carter, que sepas que la profesora tiene razón.

Elliot se quedó boquiabierto. Intentó disimular con un gesto vago y echó a caminar hacia las escaleras, acelerando el paso.

—Ya te lo advertí —dijo Katherine, siguiendo sus pasos sin esfuerzo—. De hecho, diría que has tenido suerte. Con esas pintas, yo no te dejaría ni acercarte a las puertas de Hogwarts.

Elliot la fulminó con la mirada, frunciendo el entrecejo. Sin decir nada, giró la cabeza hacia adelante y apretó el paso, como si quisiera dejar atrás tanto la conversación como su propia vergüenza.

—Pide a los elfos que te laven la ropa —insistió Katherine—. Y hazlo pronto. Si siguen restándole puntos a Slytherin por tu culpa, vas a convertirte en el blanco favorito del resto de Slytherin. Te recuerdo que nuestro «amigo» Corvinus es de Slytherin.

—¡Demonios! ¡Ya lo sé! —gritó Elliot, con los puños apretados.

Katherine se encogió de hombros y continuó caminando a su lado en silencio. El tramo de escaleras descendía ante ellos, largo y vacío, iluminado solo por la luz temblorosa de los candelabros. Tras unos minutos de caminata, Elliot reflexionó en silencio: 

Si hablo con Lumi, tal vez él pueda conseguirme ropa. ¿Pero cómo? Además, ¿de dónde sacaría la ropa si solo tiene un trapo para cubrirse? Está igual que yo. O peor. ¡Demonios! Tengo que aguantar hasta la noche… como sea. Vamos, Elliot, solo son dos clases más.

Bajaron dos pisos hasta la planta baja, donde el recibidor principal —punto de encuentro de todas las escaleras y pasillos— bullía con grupos de alumnos de diferentes cursos y Casas. Elliot notó cómo algunos se giraban hacia él, señalándolo entre murmullos y risas contenidas. Intentó ignorarlos, aunque resultaba difícil cuando todas las miradas parecían clavarse en él como agujas.

De pronto, entre el gentío, descubrió a Amaia sentada en un banco, completamente sola. Abrazaba su mochila con fuerza, y sus ojos, ligeramente enrojecidos, se iluminaron al verlos. Les hizo una seña discreta para que se acercaran.

Elliot no lo pensó dos veces; después de tantas miradas de soslayo, la de Amaia le parecía un faro en medio de la tormenta.

—¿Qué tal «Historia de la Magia»? —preguntó, deslizándose en el banco a su lado.

Amaia se encogió sobre sí misma. Sus dedos, nerviosos, jugaban con el dobladillo de su túnica mientras respondía en un susurro:

—No me gusta el profesor. Es un fantasma, ¿sabes? Da... da mal rollo. Además, se ha pasado toda la clase hablando sin parar. Creo que me he quedado dormida.

—Eres un caso perdido, Moore —le soltó Katherine sentándose a su otro lado—. Pero no te preocupes. Ahora nos toca «Pociones» juntos. Si te duermes otra vez, te prometo que dejaré caer mi libro sobre tu cabeza para despertarte.

Amaia la miró a los ojos, sin estar segura de si hablaba en serio o no.

—Veremos qué tal es el profesor —interrumpió Elliot—. ¿Sabéis cómo se llama? 

—Es la profesora Ravenshade —dijo Katherine, poniendo los ojos en blanco—. Carter, parece que no te has leído el horario. Es la subdirectora. La que nos ponía el Sombrero Seleccionador en la cabeza anoche.

—¡Maldita sea! Espero que no sea tan mala como la profesora Honeywick.

—¿Cómo? ¿La profesora Honeywick es mala? —preguntó alarmada Amaia.

—¡Demonios, claro que es mala! Anoche salí de la Sala Común y me pilló... 

—¡¿Qué?! —exclamó Katherine irguiéndose para mirar a Elliot directamente—. ¿Te he defendido ante el señor Thistledown y resulta que tenía razón? Carter, llevas menos de un día y ya estás incumpliendo todas las normas de Hogwarts.

—¿Quién es el señor Thistledown? —preguntó Amaia con curiosidad.

—El celador —respondió Elliot—. ¿Sabes? Es el tío más grande que he visto nunca.

—Qué exagerado eres, Carter. No te preocupes, Moore, no es un gigante.

Amaia abrió los ojos, sorprendida. Katherine se levantó y empezó a caminar hacia las escaleras que llevaban a las mazmorras, donde estaba el aula de «Pociones». Elliot la siguió, mientras Amaia se quedaba paralizada, reflexionando sobre las palabras de Katherine. Al volver a la realidad, se levantó de un salto y corrió hasta alcanzar a sus amigos.

—¿De verdad existen los gigantes?

—Pues claro, Moore. De hecho, el anterior guardabosques era un semigigante. 

Elliot y Amaia se miraron con los ojos entrecerrados, intentando decidir si su amiga les estaba tomando el pelo. Katherine, al notar sus miradas, puso los ojos en blanco.

—Carter, continúa. ¿Qué pasó anoche?

—Eh… Ah, sí. —Elliot se rascó la nuca, nervioso—. Pues Honeywick me pilló y se puso hecha un basilisco, que si esto, que si lo otro… Quería ponerme a limpiar las escaleras con un cepillo de dientes. ¡Maldita sea! Y ahora, para colmo, resta cinco puntos a Slytherin simplemente porque no le gusta mi ropa. —Y dirigiéndose a Amaia, añadió—. Es mala, ¿sabes? Ha fingido durante toda la clase que era buena, pero yo sé que no lo es. —Volvió a imitar a Honeywick— «Que si la magia es un juego, que todo lo que rompes lo puedes arreglar con magia…» ¡Y venga a sonreír todo el rato! Pero a mí no me engaña.  ¿Habrá mujer más falsa?

—Carter —intervino Katherine, con una ceja arqueada—, no te has enterado de nada de la clase, ¿verdad?

—Eh… ¿Por? —preguntó Elliot, sorprendido, mientras el rubor le subía por el cuello.

—Además, no es tan mala —continuó Katherine, ignorando su pregunta—. No le hagas caso, Moore. Yo diría más bien que le falta un poco de carácter.

—¿Que le falta carácter? —replicó Elliot, negando con la cabeza—.  ¡Al contrario! ¡Ah! Por cierto —recordó de repente—, ayer me contó que la profesora Briarwood se come a los alumnos que llegan tarde a su clase o andan por las noches por los pasillos del castillo.

Amaia se detuvo en seco, petrificada. Miró a Elliot mientras se abrazaba a su mochila con fuerza.

—¿Eso es cierto?

—¡Claro que no! Eso se lo habrá inventado para asustar a Carter.

—Pues no lo ha conseguido —replicó  Elliot, evitando sus miradas al recordar la pesadilla—. ¡Demonios! No me asusto tan fácilmente.

Katherine miró a Elliot con media sonrisa, algo que para ella ya era todo un acontecimiento, sin creérselo del todo.

—Anoche yo soñé que la profesora Briarwood se transformaba en un oso y me perseguía por el lago —confesó Amaia, bajando la voz—. Me desperté gritando.

Por primera vez aquella mañana, una sonrisa genuina se dibujó en el rostro de Elliot, iluminando por un instante sus rasgos cansados.

—Tranquila. Si está hambrienta, a los últimos que se comería sería a nosotros dos.

—Cierto —corroboró Katherine—. Solo sois un amasijo de huesos. Aunque, si no hay otra opción, mejor vosotros que nada.

Amaia los miró a ambos, primero a Katherine y luego a Elliot. La expresión de Katherine seguía siendo insondable, pero al girarse hacia Elliot y ver la sonrisa que aún le iluminaba el rostro, sintió cómo un nudo en su pecho se aflojaba. 

Mientras descendían juntos hacia las mazmorras, el aire se volvió más gélido y las paredes, cubiertas de manchas verdosas, parecían respirar humedad. Las antorchas parpadeaban a cada paso, como si temieran quedarse solas en la oscuridad.

Una vez más, varios alumnos giraron la cabeza hacia él. Algunos lo señalaron mientras cuchicheaban entre ellos; otros ni siquiera se molestaron en disimular la sonrisa. La de Elliot se borró al instante. Bajó la mirada, apretó los puños y continuó caminando en silencio, ajeno a la conversación que Amaia y Katherine mantenían a su lado.

Solo dos clases más.


───────── ✧ ─────────


La clase de Pociones estaba enterrada tan profundamente en los cimientos del castillo que allí dentro el frío parecía adherirse a la piel y dificultaba hasta la respiración. Elliot fue el primero en entrar. Aspiró el aire húmedo, impregnado de moho y ceniza. Bajo aquellos olores familiares se escondían otros más penetrantes: desinfectante, alcohol, sangre... y un sinfín de aromas desconocidos que prefirió no intentar identificar.

Elliot ocupó un pupitre en la tercera fila, junto a Katherine. Los alumnos de Hufflepuff se sentaban al otro lado del aula, donde Amaia ya había encontrado sitio junto a Poppy, una niña de cara redonda y salpicada de pecas, con dos trenzas pelirrojas y mejillas tan sonrosadas que parecía sacada de un catálogo de mermeladas.

Poppy ya había desplegado un pergamino y movía la pluma sobre él con una rapidez casi frenética. Elliot no pudo evitar preguntarse qué estaría escribiendo si la profesora todavía ni siquiera había llegado. Amaia siguió su mirada. Al descubrir a Poppy, abrió mucho los ojos y levantó las dos manos en un silencioso gesto de auxilio. Elliot no pudo contener una sonrisa y le respondió con un guiño.

Katherine dejó el libro de texto sobre la mesa y empezó a hojearlo. Elliot la imitó mientras tragaba saliva. Había conseguido salir airoso de la primera clase, pero seguía sin saber cuánto tardarían en descubrir su otro secreto. Al menos, se consoló, no sería la profesora Honeywick quien lo hiciera.

Poco a poco el aula se fue llenando de alumnos y el murmullo creció hasta que una sombra alargada se proyectó sobre el umbral. Elliot levantó la vista. La profesora Ravenshade avanzaba entre las filas de pupitres sin dedicar una sola mirada a los estudiantes.

El silencio se extendió por el aula casi al instante. Bastó un solo vistazo de aquellos ojos fríos para que cesara cualquier conversación.

—Mi nombre es profesora Ravenshade —se presentó con voz serena—. Y si estáis aquí, es porque el destino os ha concedido la oportunidad de enfrentaros a mi clase.

Algunos alumnos soltaron una risita que apagaron inmediatamente en cuanto comprobaron que la profesora no estaba bromeando.

—Las pociones son la unión perfecta entre la ciencia y la magia. Si hacéis las cosas bien, tal vez sobreviváis al curso. Si las hacéis mal... las consecuencias serán mucho peores que un simple suspenso.

Katherine asintió casi imperceptiblemente. Había un brillo de interés en sus ojos.

—¿Alguna pregunta antes de empezar?

Un silencio incómodo se adueñó del aula. Algunos alumnos tragaron saliva; otros se hundieron un poco más en sus asientos.

—¡Demonios! —murmuró Elliot al oído de Katherine—. Esta sí que da miedo.

—Me gusta. Tiene carácter.

Elliot giró la cabeza hacia ella de golpe. No podía estar hablando en serio. Buscó a Amaia al otro lado del aula. Bastó una mirada para comprobar que compartía exactamente el mismo pánico que él.

Sin más preámbulos, la profesora Ravenshade alzó su varita. Con un simple movimiento, las pizarras se llenaron de instrucciones. 


Poción desinfectante básica.

Página 3. Ingredientes: mandrágora, salvia, esencia de menta. Tiempo de preparación: 20 minutos. Efectos secundarios si se realiza mal: erupciones, quemaduras o disolución parcial de la piel.


Elliot levantó la vista hacia la pizarra. Las letras parecían moverse por voluntad propia, parpadeando como luciérnagas entre la niebla. Tragó saliva y fingió buscar la página en el libro, igual que hacían los demás, pero sus ojos acabaron desviándose hacia Katherine, que ya anotaba los ingredientes con total tranquilidad.

—¡Chist! ¡Carter!

Elliot se giró. Peter Oldwick y Adrian Holloway, sus compañeros de dormitorio, lo observaban desde la mesa de atrás.

—Ya nos hemos enterado de que nos han quitado cinco puntos por tu culpa —le recriminó Oldwick en voz baja.

—Procura que no vuelva a pasar —añadió Holloway—. Bastante tenemos ya contigo.

Elliot abrió la boca para responder, pero la profesora Ravenshade apareció junto a su mesa.

—Guarden silencio y concéntrense en la poción.

Elliot apretó la mandíbula y volvió a girarse. La respuesta se le quedó atrapada en la garganta, mientras la rabia empezaba a arderle por dentro. Miró de reojo a Katherine. Ella seguía copiando los ingredientes, completamente ajena a todo.

El aula distaba mucho de estar en silencio. La mayoría de los alumnos, sobre todo los nacidos de muggles, jamás habían preparado una poción. Los cuchicheos iban de una mesa a otra mientras intentaban averiguar cómo encender el fuego del caldero, medir los ingredientes o utilizar la balanza.

Ravenshade recorría el aula sin hacer el menor ruido. Se detenía detrás de cada alumno y sus ojos parecían descubrir el más mínimo error. Al llegar a la mesa de Elliot, lanzó una rápida mirada al trabajo de Katherine y asintió apenas un instante.

—Sabe lo que hace, señorita Ollivander. Espero que no se deje distraer por su compañero.

Katherine ni siquiera levantó la vista. Continuó trabajando como si la profesora no hubiera hablado.

Elliot decidió hacer lo único que podía hacer: copiarla. No fue el único. Tras el comentario de Ravenshade, varios alumnos empezaron a imitar los movimientos de Katherine. Pero él tenía un problema que los demás no compartían. No sabía qué estaba copiando.

Cortó la mandrágora, añadió la salvia y colocó la balanza sobre la mesa, reproduciendo cada gesto de Katherine con la mayor precisión posible. Cuando llegó el momento de pesar los ingredientes, se quedó inmóvil. ¿Cuántos gramos debía añadir? No tenía forma de saberlo. Al final echó la cantidad a ojo y rezó para que bastara.

Cuando llegó a la esencia de menta, vaciló. Katherine había cogido un frasco con un líquido verde, pero sobre la estantería descansaban varios exactamente iguales. Sin pensárselo demasiado, los destapó uno tras otro y los olió, igual que había visto hacer a los cocineros en los programas de televisión.

El primero lo descartó enseguida. El segundo desprendía un aroma fresco y agradable, así que lo dejó aparte. El tercero... En cuanto lo olió, algo en su interior le dijo que era ese. Recordó que Katherine había añadido exactamente dos gotas. Inclinó el frasco con cuidado y contó mentalmente: una, dos. Se apresuró a enderezarlo, pero una tercera gota se desprendió del borde y cayó en el caldero. Masculló algo entre dientes. Se encogió de hombros; aquello ya no tenía remedio.

Cuando fue a guardar el frasco, su mirada volvió a detenerse en el otro. Katherine solo había utilizado uno. Pero aquel también olía bien. Y, por algún motivo, estaba convencido de que ambos combinarían. Sonriendo para sí, añadió dos gotas más.

La mezcla empezó a burbujear. Primero adquirió un tono marrón; después viró al verde y, finalmente, se volvió de un azul turbio. Elliot observó el caldero con el ceño fruncido. No tenía la menor idea de si aquello era normal. Echó un vistazo al de Katherine, que seguía siendo marrón. Se encogió de hombros y continuó removiendo la poción, imitando el ritmo de su compañera.

Katherine levantó la vista. Miró el contenido del caldero de Elliot, después el suyo, cogió el frasco que había utilizado Elliot y, por último, repasó la receta. Se inclinó hacia él con una ceja levantada.

—¿Por qué has echado babas de flobberworm a la poción?

Elliot arrugó la nariz.

—¿Babas de qué?

—De flobberworm. Acabas de añadirlas.

—No lo sé. Las olí y pensé que combinarían bien con la esencia de menta.

Katherine permaneció unos segundos mirándolo. Después negó lentamente con la cabeza y volvió a concentrarse en su receta.

Elliot se rascó la nuca. Quizá se había dejado llevar demasiado por la improvisación. Pero, más importante, ¿qué demonios era un flobberworm? Como Katherine siguió trabajando sin decir nada más, decidió dejar de darle vueltas al asunto y continuó copiando cada uno de sus movimientos.

Amaia, al otro lado del aula, no corría la misma suerte. De su caldero salía un olor tan agrio que incluso Poppy empezó a apartarse discretamente. De pronto, la marmita soltó una explosión sorda y una nube de humo violeta envolvió a Amaia. La niña rompió a toser y, cuando el humo se disipó, tenía la cara cubierta de manchas rosadas, como si hubiera contraído un extraño sarampión.

—¡Señorita Moore! —tronó Ravenshade—. ¿Ha leído las instrucciones?

Amaia asintió en silencio.

—¿Sí? Entonces solo hay dos posibilidades: o no sabe leer o no ha entendido una sola palabra de lo que ha leído.

El aula quedó completamente en silencio.

—Ha tenido suerte. Esta poción es sencilla y sus efectos desaparecen en unos minutos. Pero imagínese que estuviera preparando una más compleja. Podría matarse usted. —Hizo una breve pausa—. O, lo que sería aún peor, matarnos a todos.

Nadie se atrevió a moverse.

—No improvisen sin saber lo que hacen. ¿Ha quedado claro?

Sin esperar respuesta, agitó la varita. Las manchas desaparecieron al instante. El olor, sin embargo, permaneció. Amaia bajó la cabeza

Algunos alumnos soltaron una risita. Entre ellos estaban Oldwick y Holloway, e incluso Luke Thornby y Miles Nimble, de Hufflepuff. Elliot los fulminó con la mirada. Le dieron ganas de levantarse y decirles cuatro cosas. Sin embargo, bastó una mirada de Ravenshade para que todos recuperaran la compostura y volvieran a concentrarse en sus calderos.

Elliot creyó que Amaia rompería a llorar, pero no lo hizo. Respiró hondo y empezó la receta desde el principio. Aunque sus manos temblaban, lo volvió a intentar. Poppy acercó su caldero al de Amaia y empezó a indicarle los pasos en voz baja.

Elliot asintió y desvió la vista hacia su propia poción. No parecía perfecta, pero al menos no había explotado... aún. Con extrema cautela, volvió a remover la mezcla desde la mayor distancia que le permitía el cucharón.

Cuando la clase estaba a punto de terminar, la profesora Ravenshade fue revisando una a una las pociones de los alumnos. Ninguna parecía convencerla. Las calificó de mediocres y reprendió a sus autores con la misma severidad. Los estudiantes se alejaban cabizbajos, incapaces de comprender qué esperaba de ellos si muchos jamás habían preparado una poción.

—Carter. Ollivander. Enséñenme sus muestras.

Ravenshade tomó primero el frasco de Katherine. Lo observó unos segundos.

—Muy bien, señorita Ollivander. Cinco puntos para Slytherin.

Un murmullo recorrió el aula. Sus compañeros la miraron con verdadero interés. Ella, sin embargo, permaneció impasible. Oldwick y Holloway le dieron unas palmadas de felicitación en el hombro. Katherine se apartó de inmediato, visiblemente incómoda por el contacto. Los dos se miraron un instante y terminaron encogiéndose de hombros.

—Sin embargo, la receta no está completa del todo.

Katherine alzó una ceja, fijando su mirada en la profesora mientras esperaba que añadiera algo más. Sin embargo, la profesora se limitó a guardar el frasco en silencio, sin pronunciar palabra.

Luego, Elliot tendió su frasco a la profesora. Ravenshade lo destapó y aspiró con cautela. Volvió a olerlo con el ceño fruncido; esta vez durante más tiempo. Después alzó la vista y clavó los ojos en Elliot.

—Señor Carter... ¿Había preparado antes la «Poción Desinfectante Básica»?

—No, profesora.

—¿Está completamente seguro?

—Segurísimo, profesora.

Ravenshade siguió observándolo unos instantes.

—Entonces explíqueme por qué ha añadido dos gotas de baba de flobberworm.

Elliot abrió mucho los ojos.

¿Cómo demonios puede saberlo solo con oler la poción?

Dudó unos segundos si decir la verdad parecería una locura. Pero mentir delante de aquella mujer le parecía todavía peor.

—Pensé... que los olores combinaban bien —admitió al fin, bajando la cabeza.

Durante unos segundos, Ravenshade no dijo nada, pero arqueó una ceja lentamente.

—No alcanzo a comprender su razonamiento, señor Carter. —Hizo una pausa—. Aunque el resultado es correcto.

Un murmullo recorrió el aula. La profesora se volvió hacia el resto de la clase.

—La receta que les entregué estaba incompleta. La preparación correcta requería añadir además dos gotas de baba de flobberworm. —Su mirada recorrió el aula—. Mi intención era demostrarles que elaborar una buena poción exige algo más que obedecer una receta. Si las instrucciones son erróneas o están incompletas, seguirlas al pie de la letra no les servirá de nada.

Algunos alumnos, entre ellos Poppy, protestaron de inmediato.

—¡Eso no es justo!

—¡Eso es trampa!

—¿Cómo pensaba que lo hiciéramos bien?

Ravenshade esperó a que el murmullo se apagara.

—Como les dije al principio de la clase, las pociones son la unión entre la ciencia y la magia. Una receta no basta. Deben estudiar, experimentar y comprender qué hace cada ingrediente. Las buenas pociones no nacen de la obediencia, sino del conocimiento.

Nadie volvió a protestar. La profesora se giró hacia Elliot.

—Enhorabuena, señor Carter. Aunque creo que ha añadido alguna gota de más de esencia de menta, la poción es casi perfecta. Más de lo que se puede esperar de un alumno de primer año. Diez puntos para Slytherin.

El aula entera volvió la cabeza hacia él. Elliot sintió una extraña calidez crecer en su pecho. Por un instante tuvo ganas de sonreír. De sonreír de verdad. Pero se contuvo.

—Gracias, profesora.

Ravenshade asintió levemente y continuó revisando el resto de las pociones.

Katherine se volvió hacia él. Durante un instante, una pequeña sonrisa asomó a sus labios.

—No ha estado mal, Carter. —Hizo una pausa—. Sobre todo para alguien como tú.

Elliot estuvo a punto de responder. Al final decidió dejarlo correr.

La clase concluyó unos minutos después. Ravenshade fue despidiendo a los alumnos mientras estos abandonaban el aula en silencio.

Al salir al pasillo, Elliot se volvió hacia sus amigas. Amaia seguía con los ojos hinchados y el pelo salpicado de motas moradas, aunque ya no parecía a punto de echarse a llorar. Katherine, en cambio, cerró el libro con un gesto de satisfacción.

—¿Ves? Al final no era para tanto —dijo Elliot, imitando la voz grave de Ravenshade—. «Al preparar una poción, no improvisen sin saber lo que hacen».

Amaia soltó un largo suspiro.

—Si todas las profesoras son como ella, no voy a durar mucho.

—¡Qué va! Yo la prefiero mil veces antes que a Honeywick. Por lo menos a esta no le importa la ropa que llevas.

Katherine arqueó una ceja.

—Si que le has cogido manía a la profesora Honeywick, Carter. —Hizo una breve pausa—. Pero coincido contigo. Ravenshade sí parece saber lo que se hace.

Elliot asintió. Todavía notaba una agradable ligereza en el pecho. Aquellos diez puntos para Slytherin no habían cambiado quién era, pero por fin, desde que llegó, sintió que quizá podía encajar en Hogwarts.

Amaia, en cambio, caminaba abrazada a la mochila, con la cabeza gacha. Al llegar al final del pasillo, se detuvo.

—Si la de «Transformaciones» es peor que esta, mejor me esconderé en el baño hasta que acabe el curso.

Intentó sonreír, pero no pudo. Se despidió con un gesto de la mano y desapareció en el lavabo de las chicas.

Elliot y Katherine permanecieron unos segundos mirando la puerta cerrada.

—¿Crees que se lo ha tomado demasiado a pecho? —preguntó Elliot.

—Más le vale aprender. Si no, acabarán echándola.

Elliot guardó silencio. Hasta ese momento nunca se le había pasado por la cabeza que Hogwarts pudiera expulsar a un alumno. Y, por primera vez, se preguntó qué ocurriría el día que descubrieran su secreto.

14 de julio de 2026

Enrique Vallés Balaguer

Contar respiraciones

01

Capitulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capitulo 2

Tres latidos

03

Capitulo 3

El precio de la magia

04

Capitulo 4

El peso de la bolsa

05

Capitulo 5

Un día prestado

06

Capitulo 6

El peso del mundo

07

Capitulo 7

La promesa

08

Capitulo 8

Entre el 9 y el 10

09

Capítulo 9

El último techo

10

Capítulo 10

Bienvenidos a Hogwarts

11

Capítulo 11

Voces en la noche

12

Capítulo 12

La medida exacta

13

Capítulo 13

Cambio de piel

14

Capítulo 14

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

bottom of page