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Capítulo 21
Entre gigantes
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Hogwarts, 9 de septiembre de 2026
El campo de Quidditch, visto desde abajo, no era la postal brillante que se vislumbraba desde las ventanas del castillo. La lluvia caía a mares cuando Elliot lo cruzó ese miércoles. Avanzaba con dificultad, pues sus botas se hundían en el barro con cada paso. Una sonrisa le cruzó los labios al imaginarse a Tilla amenazándolo con un dedo por llevar las botas tan sucias. Pero la sonrisa se le borró al instante cuando la escoba se le resbaló de sus manos. Miró a las nubes buscando un culpable. Nunca había volado bajo semejante aguacero, y el destino quiso que fuera precisamente ese día, el de las pruebas para buscador de Hufflepuff.
Se dirigía al centro del campo donde estaba el resto de aspirantes, notando de inmediato que era el centro de todas sus miradas. Tragó saliva y se forzó a seguir avanzando. Había una docena de alumnos, y casi todos lucían escobas bien enceradas con el nombre de la marca grabado en letras doradas. La suya era una deslucida Shooting Star que probablemente había pasado por todas las manos de Hogwarts antes de caer en las suyas.
Pero no era eso lo que le inquietaba, sino verse rodeado de estudiantes que le sacaban dos o tres cursos de ventaja, haciendo que su cuerpo, ya de por sí menudo, pareciera el de un niño que se había colado en una fiesta de mayores.
Nada más plantarse junto a los demás, John Wilson bufó.
—¿Te has perdido, Elliot? ¡Ah, no! Simplemente es que no sabes leer las normas.
John había sido el suplente del buscador durante la temporada pasada. Su altura intimidante, sus músculos definidos y aquella sonrisa deslumbrante que podría protagonizar cualquier anuncio de «El Profeta» lo convertían en todo lo que Elliot no era.
—O igual pensó que podía hacernos reír un rato —espetó Conrad Wish que estaba a su lado, cómo no—. ¿Sabes cómo se monta una escoba o te lo tenemos que explicar?
Elliot ignoró los comentarios. O al menos, lo intentó. Se concentró en los charcos bajo las botas y en evitar que se le cayera la escoba. Los aspirantes hablaban entre ellos, comentando tácticas y movimientos que él no entendía. Exhaló y cerró los ojos por un momento. Una cosa tenía clara: era el único que no había visto un partido de Quidditch en su vida.
La capitana del equipo, Eliza Fairbairn, apareció en ese momento, atravesando el campo con decisión. Llevaba el pelo cortísimo, casi militar, y los miraba casi con decepción. Elliot tragó saliva por si se había olvidado que fue ella la que le invitó a participar en las pruebas. Sin embargo, ella pareció no reparar en él. Se detuvo delante de los aspirantes y puso los brazos en jarras.
—Silencio, por favor. Gracias a todos por venir. Este año buscamos un nuevo buscador. Si alguien viene a hacernos perder el tiempo, ya puede volverse por donde ha venido. No es el mejor día para hacerme enfadar.
Nadie se movió. Ni un suspiro, ni un murmullo; el silencio era tan denso que parecía que hasta el aire se había detenido. Elliot se rascó la cabeza, dubitativo. El tono de la capitana no era el que recordaba; el día que le propuso participar en las pruebas, Eliza le había parecido amable, casi animada. Ahora, en cambio, su expresión era fría y distante. ¿Y si era un error estar aquí? Él ni siquiera sabía muy bien cómo se jugaba al Quidditch. Tal vez lo más sensato sería echarse atrás, dejarlo estar...
Eliza paseó la mirada por la fila de aspirantes, evaluando la disposición de cada uno de ellos. Cuando sus ojos se detuvieron en Elliot, aunque solo fue por una fracción de segundo, él bajó el brazo de inmediato y se puso firme.
—Antes de empezar, ¿alguna pregunta?
John alzó la voz.
—¿Los de primero pueden presentarse a las pruebas? Lo pregunto porque algunos aún no son capaces de leer las reglas.
Varios de los aspirantes rieron junto al resto de miembros del equipo que se habían colocado detrás de Eliza. Elliot apretó los puños, imaginando por un instante que usaba la escoba como bate y la cabeza de John como pelota. El impulso era fuerte, casi irresistible. No supo qué lo contuvo, pues no le preocupaba la pérdida de puntos, simplemente sería un precio pequeño a pagar para hacerle tragar cada una de sus palabras.
—Elliot tiene el permiso de la profesora Honeywick —contestó la capitana, mirando fríamente a John—. Y si quieres el puesto, lo peleas en el campo, no con chistes malos.
John bajó la mirada, pero la sonrisa burlona seguía dibujada en su rostro. Conrad susurró algo al oído a los demás miembros del equipo y varios rieron por lo bajo mientras miraban a Elliot de reojo.
Cansado de las burlas, Elliot desvió la mirada hacia las gradas. En la primera fila, la profesora Honeywick estaba sentada junto a Briarwood y al profesor Bramwell Tide, de Estudios Muggles. Elliot no lo conocía bien —después de todo, los de primero no cursaban su asignatura—, pero se había cruzado con él en varias ocasiones y siempre le había transmitido amabilidad. Los tres estaban envueltos en sus abrigos, subidos hasta la garganta, y se protegían bajo sus paraguas. Briarwood, con su energía habitual, parecía disfrutar del espectáculo, gesticulando con entusiasmo mientras les explicaba a sus compañeros en qué consistirían las pruebas. De sus amigos, solo Tide parecía prestarle atención; la profesora Honeywick, en cambio, miraba al grupo de aspirantes con evidente preocupación. Sobre su regazo, Misty, la gata de la directora, parecía estar en el paraíso, acurrucada y ronroneando mientras Honeywick la acariciaba con suavidad.
En la grada opuesta, Amaia agitaba su paraguas amarillo en el aire a modo de saludo, como un faro de apoyo en medio del frío y la humedad. A su lado, Katherine mantenía su característico paraguas negro, tan inmóvil como su expresión. Ni siquiera hizo un gesto de reconocimiento cuando sus miradas se cruzaron. Elliot intuyó que preferiría estar en cualquier otro lugar que allí y supuso que Amaia la había arrastrado a regañadientes hasta las gradas.
De pronto, Elliot escuchó pasos y giró la cabeza. Era la profesora Vane, que se acercaba con paso decidido. Iba sin paraguas y estaba tan empapada como el resto de los aspirantes y miembros del equipo, pero el agua parecía resbalarle sin importarle lo más mínimo.
—Gracias por venir, profesora —la saludó Eliza, con un tono respetuoso. Luego, girándose hacia los aspirantes, añadió:— La profesora Vane hará de jueza. ¿Alguna objeción?
El cambio en los rostros de los aspirantes fue instantáneo. Las sonrisas nerviosas y las miradas distraídas desaparecieron, reemplazadas por una expresión seria y concentrada. Aquello ya no era un simple juego.
—¡Escúchenme bien! —dijo la profesora Vane, con firmeza—. No permitiré trampas ni agresiones. Pórtense con respeto hacia sus compañeros, y todo irá bien. —Sus ojos recorrieron al grupo, fríos pero justos—. ¿Entendido?
—Las pruebas de hoy serán sencillas —anunció Eliza—. En la primera ronda, os lanzaremos cinco pelotas a cada uno, y debéis atraparlas en el aire sin que toquen el suelo. Pasarán a la siguiente ronda los cinco mejores. —Hizo una pausa, mirando a cada uno de ellos con severidad—. Espero que estéis a la altura y no nos hagáis coger una pulmonía por nada, ¿oído?
Conrad se acercó y le tendió una raqueta de tenis a Eliza. Algunos de los aspirantes soltaron risas al verla, pero fue John quien más fuerte se burló, con una carcajada que resonó en el campo.
—¿Con eso vas a lanzar las pelotas? ¡Venga, ya! —exclamó con desdén—. ¡Con eso las atraparía hasta un niño de cinco años! —Y, girándose hacia Elliot, lo señaló con una sonrisa burlona—. Hasta ese las cogerá.
Elliot le lanzó una mirada que podría haber derretido el acero. Pero antes de que pudiera responder, fue Eliza quien con calma acalló las risas de los aspirantes con su frialdad.
—No te preocupes, John. La raqueta está embrujada. —Ensanchó su sonrisa—. Veremos cuántas cogéis.
John miró a Conrad con una ceja levantada, claramente confundido. Conrad, al notar la mirada de su amigo, se rascó la cabeza con incomodidad y desvió los ojos hacia el suelo. Al ver que su amigo evitaba su mirada, John soltó una maldición entre dientes, frustrado.
Eliza se giró hacia Elliot y, poniéndose seria de nuevo, le dijo:
—Elliot, eres el primero.
El corazón de Elliot dio un salto tan brusco que por poco se le escapa la escoba de las manos. ¿Por qué él el primero? Hubiera dado cualquier cosa por observar a los demás antes, por aprender de sus errores o aciertos. Y, sobre todo, le carcomía la incertidumbre sobre la raqueta embrujada. ¿Por qué a John se le había helado la sonrisa en el rostro? Pero no había tiempo para preguntas ni quejas.
Con un esfuerzo por mantener la calma, se subió a la escoba y, con torpeza, flotó hasta colocarse junto a Eliza. La capitana adoptó una postura firme, la raqueta en alto, lista para el primer lanzamiento.
—¿Listo? —preguntó la profesora Vane, y su voz resonó en el aire como un trueno en el silencio tenso.
Elliot asintió, aunque sus dedos seguían resbalándose por el mango mojado de la escoba. La profesora Vane llevó el silbato a sus labios y lo tocó con decisión. La capitana golpeó la pelota con la raqueta. Al principio, el lanzamiento parecía recto, sin efectos ni trucos. Pero de repente, la pelota cobró vida propia; comenzó a oscilar y a cambiar de dirección sin razón aparente.
Sin embargo, eso no fue lo peor. En el momento en que Elliot salió disparado tras la pelota, supo que todo saldría mal. El arranque fue desastroso; se resbaló en la escoba, que se balanceó violentamente, y al intentar corregir el movimiento, estuvo a punto de caer de bruces. No solo no atrapó la pelota, sino que ni siquiera logró acercarse a ella. Ya podría haber lanzado la pelota con una raqueta normal, que no la habría alcanzado de todas formas.
—¡No! —gritó la profesora Vane.
John Wilson no perdió la oportunidad y soltó un silbido burlón.
—¡Buenísimo, Elliot! ¿Sabes que tienes que coger la pelota, verdad?
Elliot bajó la cabeza, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. Volvió a su posición junto a Eliza, que no le dijo nada. Solo le indicó con un gesto seco que se preparara para el segundo intento.
Esta vez, la pelota salió con un ligero efecto. Elliot salió disparado tras ella, con una determinación que no había sentido antes. Calculó el ángulo con una precisión que no sabía que poseía y, como si el instinto lo guiara, giró la escoba en el momento exacto en que la pelota viró bruscamente. ¡La tenía! Pero el agua, traicionera, hizo de las suyas; la pelota se escurrió de sus manos, resbaladiza como un pez que se niega a ser atrapado. Sin embargo, en el último segundo logró retenerla contra su pecho. Se quedó mirando la pelota, incrédulo. Un segundo después, el alivio y la emoción lo inundaron, dejándolo sin saber si gritar de alegría o reír como un loco.
—¡Punto para Carter! —anunció la profesora Vane, sorprendida.
—¡Eso es, Elliot! —gritó Amaia desde la grada, agitando su paraguas amarillo. Aunque su voz llegaba desde lejos, Elliot la escuchó más fuerte que todas las burlas juntas.
Con la segunda pelota en la mano, el miedo comenzó a retroceder, como una niebla que se disipa. No desapareció por completo, pero fue suficiente para que la tercera pelota, lanzada en una parábola perfecta, le pareciera casi sencilla. Cuando alzó la mano para atraparla y la pelota intentó esquivarlo, Elliot intuyó su movimiento. Rápidamente desvió la mano y la atrapó al vuelo, con una facilidad que lo sorprendió a sí mismo.
—¡Punto para Carter! —volvió a gritar la profesora Vane, esta vez con un dejo de satisfacción.
La cuarta pelota fue más complicada pues Eliza la golpeó con fuerza, y en el trayecto, la bola hizo una curva imposible. Elliot dudó, perdió el ritmo por un instante y estuvo a punto de resignarse a verla perderse en el cielo. Pero, en un arrebato de determinación, giró la escoba en una maniobra tan brusca que el aire se le escapó de los pulmones. Contra todo pronóstico, logró atraparla a pocos centímetros del suelo. Por poco se cae de bruces, pero, con un esfuerzo sobrehumano, logró estabilizarse.
La última pelota fue la más sencilla de todas. La atrapó con un vuelo tan veloz que la interceptó cuando aún no había comenzado a descender. Cuando aterrizó, las piernas le temblaban, pero lo que más sentía era un alivio tan grande que casi lo mareaba.
—¡Cuatro puntos para Carter! —anunció la profesora Vane, que lo miraba con curiosidad.
—Cuatro de cinco, Elliot —dijo Eliza, asintiendo con la cabeza—. Muy bien. Sabía que lo harías bien.
Y, con un gesto, le indicó que volviera al grupo. Al pasar por delante de John y Conrad, Elliot escuchó sus cuchicheos.
—Ha sido pura suerte —murmuraba Conrad—. Le han regalado dos.
—Da igual. Si llega a la segunda ronda, no podrá hacer nada con esa birria de escoba.
Elliot los ignoró por completo. Se plantó en la fila junto a los otros aspirantes, que ahora lo miraban con respeto. Alzó su rostro hacia el cielo, dejando que el agua fría se llevara consigo la tensión acumulada.
Las pruebas continuaron. John atrapó las cinco pelotas sin esfuerzo. Lydia Wood y Suzanne Rourke, de sexto y tercero respectivamente, lograron cuatro, al igual que Elliot. Ron Davis, con tres, completaba el grupo de los más destacados. Pit O’Connor, de segundo año, apenas logró atrapar dos pelotas antes de resbalar y caer aparatosamente de su escoba en el último lanzamiento. Las carcajadas de John y Conrad resonaron por el campo, crueles, mientras el chico se levantaba del barro, cubierto de lodo y humillación. Elliot apretó los labios y entrecerró los ojos, observándolos con toda su rabia. El resto de los aspirantes no lo hicieron mejor, pues la lluvia era un factor traicionero que hacía resbalar a los estudiantes de sus escobas una y otra vez, y la raqueta mágica provocaba que las pelotas cobraran vida complicándolo todo. Pero John y Conrad, en lugar de mostrar empatía, no dejaron de burlarse de cada fallo.
Una vez finalizada la prueba, Eliza los hizo formar de nuevo.
—Bien. Los cinco mejores son: John, Elliot, Lydia, Suzanne y Ron. Enhorabuena, pasáis a la segunda ronda. Tomad un respiro y preparaos. —Sus ojos recorrieron al grupo, serios—. Lo duro empieza ahora.
Mientras los demás se reagrupaban, Elliot miró hacia la grada. Amaia, emocionada, se había quitado la bufanda y la agitaba junto al paraguas amarillo. Katherine, por su parte, le dedicó una leve inclinación de cabeza, un gesto que, viniendo de ella, era lo más parecido a una ovación.
—Lo ha hecho muy bien, señor Carter —oyó que alguien le decía por detrás.
Elliot se giró con una sonrisa en los labios, creyendo que la voz era la de la profesora Honeywick, pero se encontró con que era Vane quien se dirigía a él.
—He tenido mucha suerte en la segunda pelota —admitió Elliot, con modestia.
—No, señor Carter. La suerte no hace que gire la escoba tan rápidamente. Ya se lo dije: tiene madera de buscador e instinto. Pero no sé si es demasiado pronto para usted. —Sus ojos se posaron en él, serios—. El señor Wilson también es muy bueno, y lleva años queriendo ser el buscador. No se lo pondrá nada fácil.
El chico respiró hondo, sin saber qué responder. Las palabras de la profesora resonaron en su mente, mezclándose con sus propias dudas. La profesora le deseó buena suerte y se alejó para discutir con Eliza los pormenores de la segunda prueba.
Él se quedó pensativo, repitiendo en su mente las palabras de Vane. Tal vez tenía razón; tal vez era demasiado pronto, demasiado pequeño, como solía decir la profesora Honeywick. Buscó su figura en la grada y la encontró mirándolo; para su sorpresa, le pareció que sonreía. A su lado, Briarwood levantó el brazo y se señaló el bíceps, abriendo la boca en un grito mudo para infundirle ánimos. Elliot sonrió al verla y asintió para sí, mientras se dirigía hacia el grupo de aspirantes que ya estaban esperando a la segunda prueba.
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A medida que el sol iba escondiéndose en las montañas, los últimos rayos que se filtraban entre las nubes daban paso a una luz tan anaranjada que convertía la pista de Quidditch en un escenario teatral. Todo parecía comenzar a desvanecerse, incluidas las gradas, los anillos y la sombra inconfundible de los cinco aspirantes. Todo, excepto la lluvia, que parecía convertirse en eterna.
Elliot intentaba secar el palo de la escoba. John, a su izquierda, se ajustaba los guantes de cuero. La Comet 2026 que llevaba era tan nueva que el barniz estaba impecable y las cerdas de la cola perfectamente alineadas. John giró la cabeza hacia Elliot con una sonrisa de medio lado.
—¿Seguro que no quieres cambiar la tuya por una de verdad? Igual llegas a la meta antes de que anochezca del todo.
—No me hace falta, gracias —contestó Elliot, secamente.
A su derecha, Lydia calentaba los brazos con movimientos rápidos y calculados. Al fondo de la fila, Ron y Suzanne discutían en voz baja sobre quién tenía más opciones de pasar el corte.
Eliza y la profesora Vane aparecieron frente a ellos.
—Atención —dijo la capitana—. Tres vueltas completas al campo. Los dos primeros en cruzar la línea de meta pasan a la final.
—¡¿Listos?! —preguntó la profesora Vane.
Alzó la varita y una chispa azul flotó en el aire, creando una línea de humo azul suspendida. Los cinco aspirantes subieron a sus escobas y empezaron a levitar sin traspasar la línea. Elliot empezaba a sentir los nervios previos a una carrera.
—A la de tres, todos en posición —añadió Vane—. Uno… dos… ¡Tres!
El primer impulso fue un desastre, pues la Shooting Star de Elliot tardó una fracción más en salir que el resto, lo justo para quedarse último nada más comenzar. Las otras escobas, nuevas y perfectas, tomaron velocidad enseguida. John y Lydia se distanciaron casi al instante, codo a codo, mientras Suzanne y Ron se apiñaban detrás, peleando por la estela. La escoba de Elliot vibraba, sin entender la urgencia del momento. El frío del aire le cortaba la cara y los nudillos, pero no tenía tiempo de pensar en ello pues veía cómo las espaldas de los demás se alejaban más y más.
En la grada, Amaia se llevó las manos a la boca y, aunque Elliot no podía escucharla, la vio saltar en el banco entusiasmada. Briarwood, por su parte, era un espectáculo en sí misma; se había puesto en pie y corría por la grada, animando a los aspirantes con gestos exagerados y gritos llenos de energía. La profesora Honeywick y Tide la observaban con media sonrisa. Mientras tanto, Misty se había levantado sobre el regazo de Honeywick, siguiendo con la mirada los movimientos de Briarwood, intentando descifrar si la invitaba a jugar o, simplemente, se había vuelto loca.
Al llegar al primer anillo, Elliot estaba seguro de que no había esperanza. Estaba al menos diez metros detrás del penúltimo, y su escoba no parecía dispuesta a colaborar. Estaba volando incómodo, pues tenía las manos congeladas; además, la lluvia se le metía por los ojos y la ropa la tenía tan pegada al cuerpo que le molestaba. Pero, en un golpe de terquedad, se inclinó hacia delante y le «ordenó», como si de verdad pudiera hacerlo o como si de verdad supiera cómo hacerlo, que volara más rápido. Contra todo pronóstico, la Shooting Star respondió con una aceleración tan brusca que la inercia casi hizo que Elliot se quedase atrás.
El chico no pensaba en técnicas. Intentaba seguir los consejos que le dio Briarwood después de la carrera hacia la isla del Lago Negro: agacharse en las rectas y frenar lo justo antes de llegar en las curvas para acelerar antes de salir de ellas. Sin embargo, él añadió una regla más: rezar para que nadie se le cruzara por delante de golpe. El viento silbaba tan fuerte que le reventaba los oídos y la lluvia le hacía lagrimear los ojos. De pronto, la escoba empezó a vibrar con fuerza. Elliot no tenía ni idea si era buena señal o, por el contrario, la estaba llevando más allá de su límite; pero no desistió, se pegó todo lo que pudo a la escoba y rogó que aguantara hasta el final de la carrera.
Cuando llegó a la mitad de la primera vuelta, había conseguido reducir la distancia con Ron y Suzanne, que iban tan cerca el uno del otro que casi se tocaban las rodillas y se entorpecían entre ellos. Por otro lado, John y Lydia estaban en otra liga. Competían por el liderazgo sin ferocidad, volando limpios y sin empujones, como si supieran que el duelo verdadero sería en la última vuelta.
Detrás de ellos, la pelea era encarnizada. En la recta hacia el segundo anillo, Ron intentó pasar a Suzanne por el interior, pero ella le cerró el paso con un giro brusco. La maniobra hizo que ambos perdieran velocidad, lo que Elliot aprovechó para adelantarlos por el exterior.
El tramo final de la primera vuelta fue un torbellino. Elliot ya no veía el suelo ni las gradas, solo las espaldas de John y Lydia, y el parpadeo de los anillos en los extremos. Además, la lluvia no ayudaba y tenía que secarse los ojos constantemente. Mantuvo la tercera posición a duras penas, lejos aún de la cola de Lydia, y sentía el aliento de Suzanne en la nuca cada vez que intentaba adelantarlo. Ron había perdido fuelle y se estaba quedando rezagado.
En la grada, la profesora Honeywick seguía cada movimiento con atención. A Elliot le pareció ver un destello de aprobación en la mirada de la jefa de casa, aunque sabía que podía estar equivocado. Briarwood parecía pasarlo estupendamente y no paraba de animar, mientras Misty la seguía corriendo detrás de ella.
—¡Vamos, John! ¡Así se vuela, Lydia! ¡Eso es grumete!
Al inicio de la segunda vuelta, John forzó el ritmo. La Comet 2026 respondía con una facilidad insultante; cada giro parecía desafiar las leyes de la física. Lydia no se quedaba atrás, pero cada movimiento le costaba el doble de esfuerzo para no quedarse rezagada. Elliot y Suzanne recortaban distancia, pero seguían lejos de los dos líderes. Sin embargo, la escoba de Elliot vibraba cada vez más, protestando por el esfuerzo, mientras que las de John y Lydia parecían no haber alcanzado aún su límite.
En el giro previo a la recta final, Elliot notó que Lydia perdía un poco el control y se abría demasiado en la curva. John, astuto, no dejó pasar la oportunidad; se colocó a su lado y, con un movimiento casi imperceptible, rozó su hombro contra el de ella. No fue un golpe fuerte, pero bastó para desestabilizarla y obligarla a reducir la velocidad. John se colocó en primera posición con comodidad y se alejó sin mirar atrás.
Elliot, en cambio, se encontró con un dilema moral. ¿Qué hacía? ¿Forzaba para adelantar a Lydia, que luchaba por recuperar el equilibrio, o frenaba para no aprovecharse del empujón de John? Al ver que Suzanne le pisaba los talones, apretó los dientes e intentó pasar a Lydia por el interior, manteniendo la cabeza gacha para reducir la resistencia del aire. Sin embargo, Lydia era experta en esas lides; recuperó el equilibrio rapidamente, se agachó aún más en su escoba y aceleró al máximo, cerrándole el paso a Elliot justo a tiempo para impedírselo.
La segunda vuelta se convirtió en un tira y afloja constante, donde cada segundo contaba. La diferencia entre los cuatro primeros se había acortado. Al acercarse al tramo final, Lydia logró recuperar parte del terreno perdido y se pegó a la cola de John como una sombra. Los dos iban tan cerca que el aire entre ellos parecía vibrar con la adrenalina.
La tercera y última vuelta comenzó con un rugido colectivo desde las gradas, animando a los participantes. Elliot no miró atrás, ni siquiera a los lados. La lluvia le azotaba los ojos, y la escoba, resbaladiza y temblorosa, lo obligaba a concentrarse al máximo solo para mantenerse sobre ella.
Al llegar a los anillos y empezar la curva hacia la recta final, Lydia intentó un adelantamiento arriesgado, casi suicida. Los miembros del equipo y los pocos estudiantes de Hufflepuff en las gradas enloquecieron, y Elliot, sin poder evitarlo, sintió cómo su corazón latía al ritmo de la maniobra, deseando con todas sus fuerzas que Lydia lo lograra.
Pero John no iba a permitirlo. Justo antes de la curva, giró de golpe y le asestó una carga lateral a Lydia. Esta vez, el contacto fue brutal. Lydia perdió el control y salió disparada de su escoba, cayendo de espaldas sobre el césped con un golpe seco que resonó en el campo.
La profesora Vane permaneció impasible, sin pitar falta. Ninguno de los corredores se detuvo a reclamar ni a verificar cómo estaba Lydia. Elliot escuchó el estruendo del impacto contra el suelo, y por un instante, el pecho se le encogió. Pero el empuje de Suzanne por detrás lo obligó a seguir adelante, sin mirar atrás. No había tiempo para la compasión.
En el último tramo, John parecía tener la carrera en el bolsillo, pero Elliot no cedió ni un centímetro. Por detrás, Suzanne recortaba distancia con determinación y, en los últimos metros, su escoba se emparejó con la Shooting Star de Elliot. Volaban tan cerca que sus codos se rozaban. Suzanne intentó adelantarlo por la izquierda, pero Elliot, recordando la maniobra de John minutos antes, cerró el paso con precisión, aunque con el cuidado de no golpearla.
Cruzaron la meta en un suspiro: John en primer lugar, en solitario; Elliot segundo, y Suzanne tercera, por menos de medio palmo de escoba. Por último, Ron llegó rezagado a bastante distancia de Suzanne. La profesora Vane pitó el final, y el público, aunque escaso, explotó en aplausos y gritos de emoción. Desde la grada, Amaia saltaba como una poseída, agitando su bufanda con furia. Katherine, más contenida, levantó su paraguas negro y le dedicó a Elliot un gesto de victoria, un reconocimiento silencioso pero elocuente.
Cuando Elliot aterrizó en el campo de Quidditch, las piernas le temblaban. Cada músculo de su cuerpo protestaba, pero el dolor físico se desvanecía ante la euforia que lo inundaba; contra todo pronóstico, había llegado a la final.
John bajó de su escoba con esa arrogancia natural que lo caracterizaba y se acercó a Elliot.
—He de reconocer que creía que no lo conseguirías —admitió, sorprendido—. Pero te lo has currado. Si quieres el puesto, tendrás que ganarme. Y te aseguro que no lo voy a poner fácil.
—No voy a rendirme —respondió Elliot, con determinación.
John le tendió la mano en un gesto que, en apariencia, era cordial. Pero cuando Elliot la aceptó, el apretón fue tan fuerte que casi le partió los dedos. Sin mediar palabra, John giró sobre sus talones y se unió a Conrad.
Elliot, en cambio, se acercó a Suzanne, que estaba junto a Lydia. La tensión en el aire era palpable.
—Gran carrera —le dijo a Suzanne, tendiéndole la mano con sinceridad.
Ella la aceptó y le sonrió, con un brillo de complicidad en los ojos.
—No ha estado nada mal. ¡Enhorabuena!
Elliot se giró hacia Lydia, que seguía en silencio, con la mirada perdida.
—Siento lo de tu caída —se sinceró—. Si no hubiera sido por eso, habrías pasado tú.
Lydia miró la mano tendida de Elliot durante unos segundos que se hicieron eternos. Finalmente, giró sobre sus talones y se marchó sin decir nada, con la cabeza bien alta. Elliot bajó el brazo lentamente, quedándose mirando su figura mientras se alejaba.
—No le hagas caso —le susurró Suzanne—. Está enfadada consigo misma. Dale tiempo.
En la grada, Amaia cerraba el paraguas y bajaba corriendo los escalones, tropezando dos veces en su prisa, pero sin dejar de sonreír ni un solo instante. Katherine, en cambio, se limitó a acomodarse el paraguas bajo el brazo y seguir a Amaia con su paso tranquilo. Al llegar junto a Elliot, Amaia comenzó a relatar la carrera con tanto entusiasmo que parecía que ella misma había estado volando. Katherine, siempre concisa, se limitó a un comentario seco:
—Ha sido de puro milagro, Carter. No lo estropees en la final.
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Llegó el momento de la final. La noche había caído por completo sobre el campo de Quidditch, donde cuatro enormes focos mágicos proyectaban sombras desde cada esquina. Elliot respiró hondo, consciente de que la oscuridad añadía un nuevo desafío. Al menos la lluvia había cesado; pequeño consuelo tanto para él como para John.
Las gradas rebosaban de espectadores, muchos más que antes. Estudiantes de Ravenclaw, Gryffindor e incluso algunos de Slytherin se habían congregado, atraídos por el rumor de que un novato de primero podría convertirse en buscador. Entre gritos y risas, intercambiaban galeones y sickles, apostando por el desenlace. Elliot alzó la mirada y distinguió a sus compañeros de habitación entre la multitud. Los cuatro habían venido a verle; Miles, especialmente, saltaba y agitaba los brazos.
Elliot se puso nervioso. Tantos ojos fijos en él, tantas expectativas... Seguramente la mayoría esperaba quizás presenciar el espectáculo de su fracaso, incluso apostarían a que se caía de la escoba. Bajó la vista hacia su mano y la vio temblar. La apretó contra el muslo, intentando disimular.
Recorrió las gradas con la mirada, buscando a sus amigas. Allí estaban, en su lugar de siempre; Amaia, convertida en un torbellino de energía, con su bufanda ondeando como una bandera en medio del viento; y Katherine, rígida e inmutable, estudiaba la pista.
Más allá, divisó a la profesora Honeywick, sentada, con Misty en brazos mientras le hablaba y lo señalaba. Sus miradas se encontraron, y Honeywick le dedicó una sonrisa cálida acompañada de un saludo discreto, como un secreto compartido entre ellos. En ese instante, el temblor de sus manos cesó.
Eliza estaba de pie en el centro del campo, hablando en voz baja con la profesora Vane. John apareció flanqueado por Conrad, que le hacía de escudero y le arreglaba el cuello del uniforme como si fuera un príncipe antes de la coronación.
Cuando estuvieron listos, Eliza alzó la mano.
—Atención, por favor. La última prueba será un mano a mano. Soltaremos la snitch dorada, y el primero que la atrape será el nuevo buscador de Hufflepuff.
La multitud aplaudió, y Elliot sintió ese vértigo familiar en el estómago. Tragó saliva al pensar que la snitch, ya escurridiza a plena luz, se convertiría ahora en poco más que un destello fugaz en la penumbra. Subió a su escoba y esperó la señal, apretando con fuerza el mango. Miró hacia los anillos y se dio cuenta de que casi no se distinguían. Luego, giró hacia John y, en su rostro, vio reflejada su misma preocupación. Entonces, fue consciente de que si jugaba bien sus cartas, la oscuridad podía equilibrar la partida.
La profesora Vane sacó una jaula de madera con la snitch dentro; el insecto mecánico zumbaba y se debatía en círculos diminutos con sus alas doradas vibrando a toda velocidad.
—En sus marcas, listos... —Vane abrió la jaula y la snitch salió disparada, convirtiéndose en un destello casi invisible contra el cielo—. ¡Ya!
Elliot salió como un rayo, pero John le sacó ventaja desde el primer instante. La Comet 2026 aceleró como una bala, y John se pegó a la estela de la snitch, siguiendo cada cambio de dirección con una agilidad que solo la práctica y la confianza absoluta podían dar. Elliot volaba detrás, apretando los dientes, consciente de que su única opción era resistir y esperar un error.
Durante los primeros minutos, la snitch serpenteó entre los anillos, desapareciendo en la oscuridad de la noche como un fantasma. John se acercaba a ella poco a poco, anticipándose a cada movimiento. Elliot, siempre un paso por detrás, luchaba por no perderlos de vista. Desde las gradas, los murmullos crecían; la gran mayoría apostaba por John. Solo Amaia y los compañeros de cuarto de Elliot gritaban su nombre con desesperación. Todos sabían, incluido él, que si la carrera era solo de velocidad, el resultado estaba decidido.
Tras cinco minutos de persecución sin respiro, la snitch hizo un quiebro hacia el extremo sur del estadio y bajó en picado, casi rozando el suelo. John se lanzó tras ella, y Elliot lo siguió, aferrado a su Shooting Star. Al fondo del campo, la snitch subió de golpe, esquivó uno de los anillos y, de repente, hizo un giro tan brusco que, con la poca luz que había, desapareció de la vista de ambos.
Era el momento que Elliot había estado esperando. Sin dudar, puso en marcha su plan. Salió disparado hacia la grada norte, alejándose del epicentro de la acción. Al verlo, John, confiado en su superioridad, decidió seguirlo para marcarlo y no darle respiro mientras buscaba la snitch.
Pero esta danzaba en el cielo en dirección opuesta. Cuando Elliot la vio de reojo, no cambió de dirección. Sabía perfectamente que, si se lanzaba tras ella, John lo adelantaría sin esfuerzo. Fingió que la había visto en el otro extremo, se apretó a la escoba y aceleró. John cayó en la trampa; aceleró pegándose a la escoba de Elliot, seguro de que el chico había visto a la snitch. Elliot, astutamente, redujo la velocidad mínimamente dejando que John lo pasara.
Cuando lo adelantó por completo, Elliot frenó de golpe —una maniobra suicida con una escoba vieja— y giró ciento ochenta grados. John estaba tan concentrado buscando la snitch que no vio la jugada con lo que se pasó de largo varios metros. Solo cuando los gritos del público resonaron en el estadio, giró y comprendió lo que sucedía. Para entonces, Elliot ya estaba demasiado lejos.
El chico vio de reojo la reacción de John, se apretó contra la Shooting Star y esta, aunque vibró con el esfuerzo, mantuvo la línea recta. John se recompuso rápido, pero había perdido segundos preciosos. Intentó alcanzar a Elliot, pero la distancia parecía insalvable.
La snitch comenzó a zigzaguear, pero Elliot había aprendido en las calles de Londres a reaccionar antes de pensar. Con un giro brusco, lanzó el brazo hacia delante, sintiendo el zumbido de las alas rozándole los dedos. Cerró el puño con fuerza mientras la snitch forcejeaba dentro, y por un instante, pensó que había atrapado una abeja.
Cuando abrió la mano y vio la snitch entre sus dedos, no podía creérselo. Él, Elliot Carter —¿o era Elliot Brown?—, había ganado. Alzó la mano con la snitch brillando entre sus dedos, y la grada estalló. La mayoría no podía creer lo que veían; el novato había ganado a John un chico de quinto curso que llevaba toda la vida jugando a Quidditch. Sus compañeros de cuarto comenzaron a corear su nombre con tanta energía que parecía sacudir el aire, pero que incluso así no podían acallar los gritos de Amaia. Katherine, fiel a su estilo, aplaudió tres veces, lentas y deliberadas, antes de volver a cruzar los brazos, pero le dedicó una sonrisa pequeña, pero sincera. En ese instante, Elliot cerró los ojos por un segundo y se lamentó de que su hermana no estuviera allí para verlo.
Mientras, John aterrizó en el césped a toda velocidad y se dirigió con energía hacia la profesora Vane. Conrad corrió hacia él, indignado, con los puños apretados.
—¡Eso ha sido trampa! —gritó el primero.
—¡Cierto! Elliot ha engañado a John. ¡Eso es ilegal! —lo secundó su amigo.
—Es totalmente legal, señores —sentenció Vane, seriamente—. Ha sido una finta brillante y astuta. Felicidades, señor Carter.
Eliza se acercó a ellos, imperturbable, como si las protestas de Conrad no merecieran ni un segundo de su atención.
—¿Trampa? —preguntó, con desdén—. ¿Cómo va a ser trampa? Solo fue más listo que tú, John. —Hizo una pausa mirando a John con severidad. Luego se giró hacia Conrad—. Y eso es justamente lo que necesitamos en nuestro equipo, un buscador astuto.
John miró a Elliot, y en sus ojos se mezclaban el odio y el respeto, como dos fuerzas en lucha. No dijo nada. Asintió, tragando saliva, y se marchó con la cabeza bien alta. El resto del equipo de Hufflepuff rodeó a Elliot, algunos todavía incrédulos. La profesora Briarwood llegó corriendo y se abrió paso entre el grupo, con una energía que parecía capaz de derribar montañas.
—¡Fantástico! —exclamó, mientras le golpeaba la espalda con tanta fuerza que Elliot temió caer de bruces al suelo—. No esperaba menos de ti. Sabía que podías hacerlo. ¡Así se hace, grumete!
Había tanta gente a su alrededor, tantas voces y felicitaciones, que ni siquiera escuchó a Amaia acercarse corriendo. Cuando la vio, solo alcanzó a abrir los brazos y dejarse abrazar.
—¡Lo has conseguido, Elliot! —gritó Amaia, con una alegría que contagiaba a todos los que la rodeaban.
Katherine llegó poco después. No lo abrazó, pero le tendió la mano con seriedad y solemnidad. Elliot la estrechó, y notó que la mano de Katherine estaba fría. Los profesores Tide y Honeywick descendieron de las gradas. La profesora llevaba a Misty en brazos y caminaba hacia el grupo con calma. Su túnica le ondeaba al viento, y el cabello recogido en un moño dejaba escapar mechones rebeldes que bailaban como hebras de paja al compás del aire. Tardaron en llegar, pero cuando la profesora se plantó frente a Elliot, lo miró durante un largo rato, en silencio.
—Sigue sin convencerme que juegue al Quidditch siendo tan joven —dijo finalmente, dudando.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Elliot, y los miembros del equipo, que hasta ese momento gritaban de emoción, enmudecieron de golpe.
—Pero no puedo arrebatarle lo que ha conseguido con esfuerzo —declaró al fin Honeywick.
Elliot sonrió, aún con la snitch en la mano, temiendo que todo fuera a desaparecer si la soltaba.
—No pienso defraudarla, profesora. Se lo prometo.
Honeywick asintió y con un gesto lento, le tendió a Misty en brazos.
—Puede quedarse esta noche con ella. Cuídela bien, que he tenido que convencer duramente a la directora. —Hizo una pausa, con una sonrisa pícara—. Si le pasa algo, me echará la culpa a mí.
Todos rieron, aunque Elliot no entendió del todo el chiste. Pero en ese momento, nada le importaba. Estaba tan feliz por su victoria y por la idea de tener a Misty toda una noche para él solo, que el mundo parecía haber dejado de existir más allá de ese instante. Miró a la profesora con una sonrisa, y ella, como respuesta, le revolvió el pelo, igual que él solía hacer con su hermana.
Eliza dio un paso al frente y, con su voz clara y decidida, aclamó:
—El nuevo buscador de Hufflepuff es Elliot Carter.
Una ola de aplausos, gritos y hasta algún silbido de admiración lo envolvió. Y, como una avalancha, sus compañeros de cuarto aparecieron de golpe a su alrededor, saltando y celebrando como si ellos también hubieran ganado algo. Noah y Luke le daban palmadas en la espalda entusiasmados. Alfie, con voz de pregonero, proclamaba a los cuatro vientos:
—¡Es nuestro compañero de cuarto!
Mientras, Miles, sin perder tiempo, le recitaba una lista interminable de tácticas para burlar a los buscadores rivales, como si Elliot ya tuviera que prepararse para la próxima batalla. Elliot apenas lograba captar fragmentos sueltos entre el caos de voces superpuestas, pero no le importaba. En medio de aquella marea de felicidad abrumadora, encontró la mirada de la profesora Honeywick, quien le dedicó un guiño cómplice antes de reunirse con Briarwood y Tide, dejando a Elliot con la sensación de que, por primera vez, formaba parte de un equipo.
───────── ✧ ─────────
Al día siguiente, los tres amigos trabajaban en silencio en la biblioteca. Amaia garabateaba una redacción sobre unicornios, con la pluma danzando sobre el pergamino. Katherine, por su parte, leía tres libros a la vez, haciendo anotaciones con su pluma negra y precisa. De vez en cuando, lanzaba una mirada de reojo a Misty, que estaba tumbada sobre la mesa, entre Elliot y Amaia, observándola fijamente.
—Carter, ¿no crees que ya es hora de devolver esa gata?
Elliot la miró, notando cómo Katherine observaba a Misty como si fuera un montón de ropa sucia sobre la mesa. Él, en respuesta, acarició a Misty, que ronroneó sin apartar la mirada de Katherine.
—Ha sido Misty quien me ha buscado hoy después de clase —argumentó Elliot, mientras le acariciaba la barbilla a la gata.
—Te recuerdo que es la gata de la directora.
Elliot se quedó congelado un momento, pensando en ello. Miró a su amiga a los ojos, pero ella seguía con la vista clavada en Misty, que tampoco apartaba la suya de ella.
—¿Qué culpa tengo yo de que a la gata le guste estar conmigo? —se excusó Elliot, sin poder ocultar su orgullo—. Además… ¿A ti qué te pasa con Misty?
—¡Eso! —intervino Amaia, dispuesta a defender a su nueva amiga peluda—. ¿No te gusta esta gatita tan bonita? —Y, mientras le hacía mimos, comenzó a piropearla con una voz dulce y exagerada—. ¡Si es una ricura, ¿a que sí?! ¿A que esta gatita es la más mona del mundo?
Katherine arrugó la nariz al ver cómo su amiga acercaba la cara a la gata, y no pudo evitar soltar:
—Por supuesto que no. Es una gata peluda, llena de microbios y gérmenes.
—¡Katherine! —exclamó Amaia, horrorizada, mientras le tapaba los oídos a Misty—. ¿Cómo puedes decir algo así delante de ella?
Por fin, Katherine apartó la mirada de Misty y miró a sus amigos exasperada.
—Es una gata, Moore. No me entiende.
—¡Claro que te entiende! —gritaron al unísono Elliot y Amaia, mientras acariciaban a Misty con devoción.
Misty se sentó en la mesa, hinchó el pecho con aire de superioridad y miró a Katherine con una expresión que no dejaba lugar a dudas: «Me prefieren a mí porque yo soy la reina, no tú». Katherine bufó y volvió a sus libros. Tras unos segundos de caricias, sus amigos la imitaron, dejando a Misty en su trono improvisado.
Elliot se concentró de nuevo en la batalla contra un ejercicio de redacción que la profesora Honeywick le había encomendado. Debía escribir una carta formal de agradecimiento a un profesor de Hogwarts. Pero la tarea no le estaba resultando nada sencilla.
—¡Demonios! ¿Por qué la «d» siempre va hacia el mismo lado?
—Porque, Carter, si la haces al revés, se convierte en «b». Y entonces no tiene sentido la frase.
Elliot la miró, intrigado. Katherine estaba escribiendo en un pergamino algo que había visto en uno de los libros que tenía abiertos.
—No sé cómo puedes escribir tan rápido. Seguro que has embrujado esa pluma.
—Se llama práctica, Carter —replicó Katherine—. Por cierto, tienes mala postura.
—¿Qué tiene que ver la postura?
Katherine, sin más, estiró el brazo y le empujó los hombros hacia atrás.
—Siéntate recto. ¿Eres un gato o un mago?
Amaia los miró y rio bajito, aunque sin dejar de escribir. Elliot se sintió un poco ridículo, pero obedeció. Intentó escribir un par de frases más, pero la mano le dolía y la paciencia se le agotó. Con un bufido, soltó la pluma y la dejó rodar por la mesa.
—Estoy harto —anunció, levantándose—. Voy a estirar las piernas.
Se escabulló entre los estantes, seguido de cerca por Misty, arrastrando los dedos por los lomos de los libros. Lejos de la mirada crítica de Katherine, zigzagueó por los pasillos de la biblioteca, donde el silencio solo se veía interrumpido por el susurro ocasional de los estudiantes y el rasgueo de las plumas sobre el pergamino.
Entre las sombras de los estantes, divisó a Poppy junto a dos chicas de Ravenclaw: Elara Moonfield y Priya Das. Las palabras de Katherine sobre el Sombrero Seleccionador y su supuesto error con Poppy resonaron en su mente, pero la sonrisa cálida de ella al saludarlo las ahuyentó al instante.
—Hola, Elliot —murmuró Poppy—. Enhorabuena por lo del Quidditch.
Elliot inclinó la cabeza en agradecimiento, devolviéndole la sonrisa. Las Ravenclaw lo saludaron con un gesto formal, pero distante. Fue inevitable pensar que, por primera vez desde que conocía a Katherine, quizá podría estar equivocada.
Tras varias vueltas, llegó a un rincón oculto, detrás de una estatua de un duende con sombrero de copa, donde un tablón de anuncios colgaba de la pared. La mayoría de las notas estaban amarillentas por el tiempo, pero una, escrita con tinta roja y brillante, llamó su atención: «Debate abierto: ¿El futuro de la magia peligra?». Junto a ella, otra nota advertía: «La Orden nos advierte de que la magia se apaga y que debemos estar preparados para cuando llegue el momento».
Tras el esfuerzo de descifrar las palabras, Elliot suspiró para sí. Tal vez la magia se estuviera acabando, y eso lo complicaba todo. Siguió paseando entre los estantes, leyendo los títulos de los lomos con esfuerzo, deteniéndose en los más raros o en aquellos que tenían dibujos intrigantes en la portada. Avanzó por un pasillo donde la luz era más tenue, y el polvo flotaba en el aire como motas de oro, danzando en la escasa claridad.
Elliot leyó en voz baja los títulos:
—«His…torrrr…ia se…secreta de los dra…gones». «La cienciiia del polllll…ter…geist» —cada sílaba era una pequeña victoria—. «Ennn…canta…mien…tos para el hogar y el huuuu…erto» —. Cada palabra reconocida era un pequeño triunfo, una prueba de que, poco a poco, no era tan torpe.
Al fondo de la estantería, sus dedos rozaron un libro pequeño, encuadernado en tela azul desgastada, con letras doradas algo borrosas: «Hechizos sencillos para un mago travieso», de George Weasley. El título le arrancó una sonrisa. Se sentó en el suelo y abrió el libro mientras Misty se sentaba en su regazo. El interior estaba lleno de dibujos de gatos flotantes, tan expresivos que parecían estar a punto de saltar de la página. Se lo señaló a Misty, que lo miró con interés e inclinó la cabeza. No era un libro aburrido, sino más bien una guía para aprender hechizos bromistas. Elliot se quedó hojeando las páginas, cada vez más fascinado. Cada vez que algo le hacía gracia, se lo mostraba a Misty, que parecía compartir su entusiasmo.
Había un capítulo sobre cómo provocar eructos mágicos, otro para transformar el pelo en estalactitas e incluso uno para embrujar bengalas para que escriban palabras malsonantes en el aire. Las ideas eran tan disparatadas que no pudo evitar reírse.
De pronto recordó su promesa a Peeves. Había decidido no ayudar al poltergeist con el Barón Sanguinario, pero ahora, con ese libro en las manos, sentía que podía —y debía— cumplir lo prometido. Decidido, metió el libro bajo el brazo y regresó a la mesa. Amaia alzó la vista y, al ver la portada, sus ojos brillaron con una chispa de complicidad.
—¿Qué es eso?
—Un libro de hechizos para gastar bromas.
Katherine, que en ese momento estaba apartando a Misty con un libro como si fuera un escudo, giró de golpe y lo miró con una ceja levantada.
—¿Para qué quieres ese libro? —preguntó, escéptica.
—Parece divertido —respondió Elliot, encogiéndose de hombros.
—¿Divertido? —repitió Katherine, incrédula—. Carter, ya tienes demasiadas cosas entre manos. ¿De dónde vas a sacar tiempo para eso?
Misty se sentó frente a Katherine y le maulló, exigiendo su atención. La niña comenzó a hacer aspavientos para que se apartara, pero la gata, testaruda, seguía en su sitio maullando.
—Solo quiere que la acaricies, Katherine —explicó Amaia, con una sonrisa burlona.
—¿Acariciarla? ¿Te has vuelto loca, Moore?
Elliot cogió a Misty y la acomodó en su regazo, acariciándola con suavidad.
—Encontraré tiempo para leerlo.
—Déjalo, Katherine. Al menos con ese libro, practicará la lectura.
Katherine negó con la cabeza, como si la lógica de sus amigos le resultara incomprensible.
—No sé, Moore. ¿Un libro de hechizos de broma? Carter, ¿qué eres, un niño?
—¡Soy un niño! —exclamó Elliot, recalcando algo que era evidente para él.
—¡Shhhh! —siseó la señora Ashcroft, la bibliotecaria, que pasaba por el pasillo mientras colocaba unos libros—. Intenten bajar la voz, por favor.
Elliot se disculpó con un gesto y, sin más preámbulos, comenzó a hojear el libro de George Weasley, dejando claro que la conversación había terminado. Katherine puso los ojos en blanco y volvió a sus libros con un suspiro de resignación, mientras Amaia reía por lo bajo, observando la expresión de esfuerzo y concentración que ponía Elliot al intentar descifrar las palabras.
───────── ✧ ─────────
Cuando se acercaba la hora de la cena, los tres amigos recogieron sus cosas y se dirigieron hacia la puerta de la biblioteca. Misty caminaba pegada a Elliot, mientras que Katherine se colocó lo más alejada posible de ella, al otro lado de Amaia dejando a esta en medio del grupo. Sin embargo, nada más cruzar la puerta, vieron a lo lejos la silueta de la directora McGonagall subiendo las escaleras. Misty, al reconocerla, salió disparada tras ella sin ni siquiera despedirse. Al verla alejarse tan alegre, Elliot bajó los hombros, decepcionado. Amaia, siempre atenta, le dio unas palmaditas en la espalda para animarlo. En cambio, Katherine resopló aliviada y, sin perder tiempo, tomó el mando del grupo, guiándolos hacia el Gran Comedor con su habitual determinación.
Los tres amigos avanzaban juntos, con Elliot sumido en un silencio melancólico tras el abandono de Misty. Las chicas caminaban animadamente, hablando de los planes para el fin de semana, de los deberes pendientes y de la posibilidad de una visita a la cabaña de Briarwood. Poco a poco, Elliot fue aceptando la realidad; otra vez sin gata. Se unió a la conversación, dejando que el ritmo de sus pasos y el murmullo de las voces de sus amigas lo distrajeran.
Al doblar la esquina que conducía a la escalinata de mármol, divisaron a lo lejos un grupo de Slytherin. A la cabeza marchaba el trío que menos ganas tenía Elliot de ver: Silas, Petra y como no, Corvinus, enfundado en su habitual traje negro, esta vez con rayas sutiles que brillaban bajo la luz de los candelabros. Ni un solo pliegue alteraba la perfección impecable de su atuendo; cada detalle parecía calculado al milímetro. Sus labios se curvaron en una mueca inquietante al detectar la presencia de Elliot.
—Vaya, vaya. Si es el gran héroe de Hufflepuff —dijo Corvinus, sarcásticamente, deteniéndose frente a ellos—. El cazador de pelotas —se burló, señalando los libros que Elliot cargaba—. ¿Ahora te haces el intelectual?
—Alguien tiene que serlo por aquí, ¿no crees? —respondió Elliot sin pensarlo.
Los ojos de Corvinus se clavaron en él, fríos y calculadores. Por un instante, Elliot sintió que un viento gélido soplaba entre ambos. A su lado, Amaia agachó la cabeza y se mordió el labio. Elliot, en un gesto instintivo, dio dos pasos hacia la izquierda, apartándose de sus amigas para dejarlas fuera de la confrontación. Pero Corvinus lo malinterpretó.
—¿A dónde crees que vas, estúpido ratoncito asustado? —preguntó con desdén mientras le bloqueaba el paso—. ¿Sabes cuál es la diferencia entre Wilson y yo, Carter? Que cuando nos enfrentemos, no pienso permitir que dures ni dos minutos en esa vieja escoba. Al primer contacto, te tiraré de ella, y todo Hogwarts se reirá hasta el fin de los tiempos.
—No todos se dedican a empujar a los pequeños para sentirse grandes —replicó Elliot, de nuevo sin pensarlo.
Por un segundo, los ojos de Corvinus lo fulminaron; no obstante, inmediatamente recobró la calma. Elliot no sabía por qué, pero prefería la furia a esa calma estudiada. Se prometió a sí mismo aprender a callarse a tiempo. Notaba que las piernas le temblaban, pero no iba a permitir que nadie lo notara. Por un momento, pareció que Corvinus iba a sacar su varita, pero antes de que pudiera moverse, una sombra se interpuso entre ellos.
Era Gareth Prewett. Se plantó entre Corvinus y Elliot como un muro inquebrantable. Su imponente figura habría hecho retroceder a cualquier otro alumno, sin embargo Corvinus, lejos de intimidarse, ensanchó su sonrisa.
—¿Hay algún problema por aquí? —preguntó Gareth.
—Una vez más, Prewett, tu falta de educación es alarmante —respondió Corvinus.
—Te repites demasiado.
—Es para que te entre en esa mollera de trol.
Gareth exhaló con fuerza, como si la paciencia se le estuviera agotando, antes de volver a hablar:
—¡Serás idiota! ¿Quién te crees que eres, Corvinus?
—Alguien con mucho más clase que tú.
—¿Tú? ¿Clase? —Gareth soltó una carcajada incrédula—. ¿Cómo vas a tener clase tú si ni siquiera te soportan en tu casa?
La sonrisa de Corvinus desapareció de golpe, y sus puños se apretaron levemente, casi imperceptiblemente. Elliot, que seguía al lado de aquellos dos, no pudo evitar preguntarse qué demonios hacía allí. De repente, la realidad lo golpeó con fuerza, pues recordó que tenía que enfrentarse a esos dos en el campo de Quidditch, y él ni siquiera sabía muy bien en qué consistía. Un nudo se le formó en el estómago. Se sintió pequeño, como si estuviera entre gigantes, y él solo fuera un juguete en sus manos, un objeto insignificante en un juego que no comprendía del todo.
En ese momento, la mano delicada pero firme de Imogen se cerró sobre el brazo de Gareth insistiendo para que lo dejara estar. Poco a poco, la mano de Corvinus volvió a abrirse relajada y la sonrisa volvió a dibujarse en sus labios.
—¿Necesitas que te salven? —ensanchó su sonrisa y se giró hacia Imogen—. Fletcher, será mejor que ates mejor la correa a tu gatito.
—¿A quién llamas gatito? —preguntó Gareth, avanzando un paso.
—A ti, experimento fallido de trol. ¿Qué te pasa, Prewett? ¿Tantos músculos hacen que no te llegue la sangre al cerebro?
Apenas unos centímetros separaban los rostros de Gareth y Corvinus. Elliot había esperado ver a Corvinus retroceder ante la imponente presencia de Prewett, pero el Slytherin permanecía firme, con su sonrisa dibujada en su rostro.
Parecía que todo el mundo se había olvidado de él, así que volvió junto a sus amigas. Katherine observaba el enfrentamiento con la misma expresión de hastío que dedicaría a dos moscas zumbando sobre su comida. Amaia, en cambio, contemplaba a Gareth con ojos brillantes.
—Este año os destrozaremos en Quidditch —continuó Gareth—. Ganasteis el año pasado porque teníais las mejores escobas. Sin ellas, no ganaríais ni un solo partido… Ni siquiera contra Hufflepuff.
Elliot lo miró, dolido. ¿A qué venía ese insulto gratuito a su equipo? Corvinus rio por la nariz y relajó una pierna mientras se metía una mano en el bolsillo.
—No me hagas reír, Prewett. Tú solo sabes dar volteretas en tu escoba. Solo eres el mono amaestrado de Fletcher.
Con un movimiento rápido, Gareth extrajo su varita del bolsillo interior de su túnica. Corvinus hizo lo mismo pero tomándose todo el tiempo del mundo. El pasillo pareció estrecharse mientras ambos se estudiaban. El resto de los estudiantes formaron un círculo tenso alrededor de ambos. Gareth, erguido como una estatua, sostenía su varita con tanta fuerza que parecía a punto de romperla. Corvinus, en cambio, parecía encantado con la situación. Con una mano en el bolsillo y una sonrisa burlona, apuntaba con la varita a su rival. Sin embargo, sus pupilas se habían dilatado hasta casi devorar el gris de sus iris, reflejando algo oscuro e inquietante que Elliot no supo definir, pero que le heló la sangre. Era como si, en el interior de Corvinus, algo primitivo luchara contra su propio instinto, una batalla silenciosa entre la razón y la bestia. Esa contención forzada resultaba más aterradora que cualquier grito o amenaza.
De nuevo, Imogen tiró con insistencia del brazo de Gareth, mientras Petra hacía lo mismo con Corvinus. Pero ninguno cedió un milímetro.
—Por favor, Rosier —susurró Petra, con una voz temblorosa y casi ahogada—. Aquí, no.
La mirada que Corvinus le lanzó hizo que Petra retrocediera instintivamente y soltase su brazo. Los ojos de Corvinus volvieron a clavarse en Gareth, y durante unos segundos que se hicieron eternos, los dos permanecieron en silencio, midiéndose con la mirada.
—Dejarlo ya —insistió Imogen, desesperada.
—Venga, hacerles caso —intervino por primera vez Silas.
—Por favor —suplicó Petra.
Corvinus, lentamente, giró la cabeza hacia ella y la miró a los ojos. Petra se puso rígida. Durante un instante, el aire se espesó, cargado de una tensión que parecía a punto de romperse.
—No… no vale la pena —murmuró Petra, con una voz tan débil que casi se perdió en el silencio.
Corvinus la miró durante unos instantes más. Finalmente, se giró hacia Gareth mientras guardaba su varita.
—Algún día, Prewett, no habrá nadie que te salve.
Gareth permaneció inmóvil, con la mirada encendida de desprecio. Corvinus rio por la nariz mientras negaba con la cabeza. Luego, echó una última mirada a Petra —esta vez, la sonrisa había desaparecido— y dio media vuelta, alejándose con su habitual calma. Silas se retorcía las manos indeciso; miró a Petra con complicidad y finalmente siguió a Corvinus, manteniendo una distancia prudencial.
Una vez que Corvinus desapareció por el pasillo, Gareth dejó escapar una risa contenida, más un resoplido de alivio que una carcajada.
—Menudo gallina —murmuró a Imogen, con un tono que pretendía ser despectivo.
Ella exhaló lentamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante todo el enfrentamiento. Lo miró con tanta seriedad que él dejó de reírse al instante.
—¿Qué? —preguntó Gareth.
Imogen negó con la cabeza mientras ponía los ojos en blanco. Petra, en cambio, no se había movido. Seguía mirando por donde se había ido Corvinus. Luego, encaró a Gareth, con preocupación.
—Pero, ¿a ti qué te pasa, Prewett? ¿Estás loco?
—¿Loco? —replicó Gareth, con una sonrisa burlona—. El que está loco es tu amiguito.
Petra se giró hacia Imogen, como si buscara apoyo.
—Fletcher, tú eres mucho más sensata.
—¿Qué quieres que haga yo? —preguntó Imogen, con resignación.
—Convéncele de que se mantenga alejado de Rosier.
—¡Ja! —soltó Gareth—. Convéncele tú a él, o lo convertiré en polvos Floo.
Petra clavó sus ojos en Gareth, inmóvil como una estatua. Luego, su mirada saltó hacia Imogen, que puso los ojos en blanco y se encogió de hombros. Finalmente, la mirada de Petra se posó en Elliot, y este captó que sus ojos no brillaban como de costumbre, sino que estaban nublados por una preocupación profunda.
—No tenéis ni idea —murmuró Petra tan bajito que apenas fue audible.
Se giró para seguir el mismo camino que Corvinus. Al llegar a la esquina del corredor, se apoyó con una mano contra la piedra fría. Inhaló profundamente y luego enderezó la espalda con determinación. Finalmente, desapareció con su habitual paso firme, dejando atrás un silencio cargado de preguntas sin respuesta.
Elliot se quedó mirando cómo Petra se alejaba, sin entender nada. Miró a sus amigas, que estaban tan desconcertadas como él. Luego, se dirigió a Gareth:
—Gracias por la ayuda.
El gigante se giró hacia él, y su sonrisa se congeló al instante. Sus ojos, fríos como el acero, se clavaron en Elliot con una intensidad que lo hizo retroceder un paso sin querer.
—¿Gracias? ¿Te crees, enano, que lo he hecho por ti?
Imogen volvió a cogerle el brazo, como si temiera que la situación se descontrolara, pero Gareth la soltó de un tirón. Elliot tragó saliva, sintiendo cómo el peso de aquella mirada lo aplastaba contra el suelo.
—No, enano. No lo he hecho por ti.
Se acercó aún más, hasta que Elliot pudo sentir el aliento de Gareth en su rostro, cálido y cargado de una amenaza silenciosa.
—Solo eres un renacuajo insignificante —espetó con desdén—. Cuando nos enfrentemos en el campo de Quidditch, procura no ponerte por delante de mí. ¿Entendido?
Sin esperar respuesta, Gareth se enderezó y, con una palmada que no tenía nada de amistosa en el hombro de Elliot, lo apartó y se alejó. Al pasar junto a Katherine y Amaia, les guiñó el ojo. Imogen lo siguió, pero se giró hacia Elliot y le hizo un gesto con la mano, como para restarle importancia a lo sucedido.
El resto de estudiantes se fueron dispersando. Durante unos segundos, ninguno de los tres amigos habló. El silencio se extendió entre ellos, pesado y cargado, mientras la figura del pelirrojo de Gryffindor se perdía por el pasillo.
—No puedo creer que ese sea Gareth —dijo finalmente Amaia, decepcionada.
—Pues ese es, Moore. Nada más que un trol. Apenas chapurrea, pero poco más.
—No me lo esperaba así. Pensé que, con lo guapo que es y al no ser de Slytherin...
—¿Qué tiene que ver que no sea de Slytherin, Moore? —interrumpió Katherine, indignada.
—Eh… nada, nada —tartamudeó Amaia, buscando la ayuda de Elliot con los ojos—. Me refería a…
—Se refiere a que, como es el rival de Corvinus, pensaba que sería todo lo contrario a él —aclaró Elliot—. Pero son como dos gotas de agua.
Katherine lo miró fijamente durante unos segundos.
—No, Carter. No se parecen en nada —dijo, fría, girándose para continuar el camino sin mirar atrás—. No me gustan sus ojos.
No aclaró de quién eran los ojos, pero no hizo falta. Elliot lo sabía perfectamente, pues a él tampoco le gustaban.
28 de septiembre de 2026
Enrique Vallés Balaguer
