
Capítulo 1
Contar respiraciones
—¡Corre, Elliot! —la voz de Mara se quebró, ronca y desesperada, mientras sus piernas flacuchas luchaban por seguir el ritmo de su hermano.
Londres se había duplicado. Uno real, ahogado tras dos semanas de lluvia. Otro, su reflejo tembloroso: un Londres líquido donde las farolas amarillas se deslizaban sobre los charcos y las torres se doblaban en ángulos imposibles.
El barrio, a esa hora y bajo la lluvia, se descomponía a cámara lenta: persianas grafiteadas, cristales empañados, manchas de humedad trepando por las paredes. Las papeleras escupían bolsas de comida rápida, y el aire apestaba a fritura rancia, cerveza agria y podredumbre.
Elliot se abría paso entre el laberinto de edificios, siempre unos metros por delante de Mara. De reojo captaba fragmentos de su hermana en los escaparates mojados: su boca jadeante, su figura deformada. Cuando la niebla espesaba hasta borrar estos espejos improvisados, giraba la cabeza por completo, intentando distinguirla entre los destellos intermitentes de neón y las sombras que se retorcían en cada esquina. Detrás, el coro de voces de los policías crecía: gritos roncos y autoritarios, mezclados con el traqueteo de sus botas sobre la acera mojada. Más allá, las sirenas aullaban, distorsionadas por la distancia y el viento glacial.
—¡No te pares! —gritó Mara, pero su voz era poco más que un susurro ahogado, un jadeo que se perdía entre el ruido de la lluvia.
Se estaba quedando atrás. Elliot lo notaba en cada zancada: los pasos de su hermana perdían cadencia. Si Elliot corría más, la dejaría atrás. Si aflojaban, los atraparían. Calculó la distancia con la mirada: veinte metros, quizá treinta, hasta la bifurcación de la calle. Mara resbaló, se agarró a una farola con manos temblorosas y, por un instante, pareció que iba a desplomarse. La vio coger aire, una, dos veces. Elliot giró en redondo sin pensarlo y se plantó a su lado, como un muro entre ella y los que venían detrás.
Elliot no era un atleta. Nunca lo había sido. Pero correr era lo único que había hecho en sus once años de vida. Ahora se movía impulsado por un instinto de supervivencia puro. Agarró la mano de Mara con fuerza, notó sus dedos helados y frágiles, y tiró de ella con rudeza.
—¿Puedes? —susurró, sin detenerse ni mirarla.
—Lo… intento… —respondió a duras penas Mara. Tosió y un hilillo de sangre le resbaló por la comisura de los labios, mezclándose con la lluvia que le caía sobre el rostro.
La tos le heló la sangre. Miró sus piernas bamboleándose bajo el peso de una carrera que nunca debió ser suya. Tan solo ocho años. Si los atrapaban ahora..., no. No podía ni quería pensarlo.
Los pasos de los policías se acercaban, mezclados con el tamborileo de la lluvia y los ladridos furiosos de los perros mojados, que aullaban desde algún patio interior. Elliot imaginó a los agentes: enormes, demasiado grandes para aquella calle. No se atrevió a mirar atrás. Sabía que no eran tantos, pero la voz de uno solo bastaba para paralizarle la sangre.
Un muro de ladrillos, cubierto de carteles empapados y desgarrados, bloqueaba la calle a la derecha. Elliot se lanzó hacia la izquierda, directo a la avenida principal, donde el resplandor azul de una sirena rasgó el aire, congelando el tiempo por un instante. Todo parecía más lento, más irreal.
Mara perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el asfalto, brillante y oscuro, salpicado de cristales rotos y colillas apagadas. Hubo algo en su caída que desarmó a Elliot: la fragilidad de sus huesos, el modo en que su cuerpo se dobló como un junco roto. Por un segundo, pensó que no se levantaría. Pero Mara se apoyó en una mano temblorosa, sacudió la cabeza con un gesto de furia y gritó, desesperada:
—¡Vete…, Elliot! ¡No me… esperes! —las palabras salieron entrecortadas de la garganta de Mara. Estaba sin aliento. Inhaló con un silbido agudo, mientras sus hombros temblaban por el esfuerzo—. Sálvate… tú.
—¡Demonios, Mara! —Elliot apretó los dientes—. ¡No digas tonterías! ¡No te voy a dejar aquí sola!
Un destello de linterna los cegó. Una voz cortó el aire como una cuchilla:
—¡Quietos ahí! ¡No os mováis, mocosos!
No hubo tiempo para pensar. Elliot levantó a Mara de un tirón y la arrastró hacia un callejón oscuro. Se pegaron al muro lateral y buscó, desesperado, algún refugio. Pero el muro era liso, sin portales ni salientes, solo grafitis y carteles de algún político pidiendo votos con su cara sonriente manchada por la lluvia. El único escondite eran dos cubos de basura, encajados en una esquina, rebosantes de cajas empapadas y desechos.
Se aplastaron contra ellos, con los cuerpos tensos como cuerdas a punto de romperse. Elliot aguzó el oído, atento al más mínimo ruido, pero el latido de su propio corazón ahogaba todo lo demás. Al fin, oyó que los pasos de los policías resonaban en el cruce —firmes, cercanos— y luego se perdieron en la distancia. Elliot soltó el aire de golpe, aliviado. Parecía que habían vuelto a ganarles la partida.
Alzó la cabeza, solo un instante, para asegurarse de que la calle estaba desierta, pero el corazón se le paró: a veinte pasos, distinguió la silueta negra del agente Smith. No podía ser otro. Llevaba semanas persiguiéndolos sin piedad. Tenía una linterna en una mano y una porra en la otra. Detrás, el agente Harris, más bajo, con la pistola asomando en el cinturón, como una amenaza silenciosa.
—¡Están aquí! —gritó Smith triunfalmente.
Elliot sintió a Mara temblar bajo su brazo. El miedo le secó la boca, y solo pudo girarse para mirarla. Su cara estaba pálida, empapada de sudor y lluvia, respirando por la boca abierta con un gesto de animal acorralado. Quiso decirle algo, cualquier cosa que la tranquilizara, pero entonces la linterna se paró en su cara y lo cegó.
—¡Levantad las manos! —ordenó Smith—. ¡Vamos, enseñadlas!
Elliot obedeció, tiritando. Mara logró levantar una mano, temblorosa.
—¿Qué pensabais, eh? —Smith sonaba exasperado, casi divertido. Los miró de arriba abajo—. ¿Creéis que podéis correr más que nosotros, mocosos?
Mara tosió de nuevo, y de nuevo un hilo de sangre le resbaló por la comisura de los labios.
—¡Maldita sea! ¿Que no la ves? ¡Está enferma! —dijo Elliot furioso, con la voz rota.
—¡Claro que está enferma, niño estúpido! —gruñó Harris, avanzando hacia ellos—. ¿Crees que eres lo suficientemente mayor para cuidarla tú solo, renacuajo? Si no la llevamos a un hospital, va a empeorar.
Elliot sintió el pánico y la rabia helarle los músculos; notaba cómo se congelaba la sangre en sus venas. Prefería ahogarse en este diluvio antes que ver desaparecer a su hermana tras una puerta cerrada con llave, como aquella vez en el hospicio, cuando la recluyeron en la enfermería durante un mes y él solo pudo verla a través de un cristal empañado, mientras unos desconocidos intentaban llevárselo, prometiéndole un hogar.
El mundo se redujo a un punto minúsculo: la cara del policía, la linterna cegadora, la porra negra, la barba recortada con precisión militar. Vio su propio rostro asustado reflejado en los ojos de Smith.
Nunca supo cómo ocurrió.
Solo que, de repente, el frío que corría por sus venas brotó de su pecho. El aire se espesó, y el frío de la noche se multiplicó, como si un invierno entero hubiera decidido caer sobre aquel metro cuadrado de acera. Elliot sintió la piel erizarse, el vaho de su respiración convertirse en nubes densas.
El suelo, bajo los pies del policía, crujió.
Fue un chasquido seco. Un anillo de escarcha surgió de la nada, blanco, cristalino, y empezó a expandirse con una velocidad antinatural, abrazando la acera, tragándose el asfalto bajo una capa de hielo. La linterna iluminó el círculo helado: grueso, brillante, creciendo como un organismo hambriento. Y en un instante, cubrió todo el espacio entre los hermanos y los policías.
El agente Smith dio un paso. Resbaló. Cayó al suelo con un grito ahogado cuando su cabeza golpeó contra la acera. Harris apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que sus pies también traicionaran su equilibrio. Rodó sobre sí mismo, y la pistola se deslizó varios metros, fuera de su alcance.
El tiempo se detuvo.
Elliot miró el suelo, luego a Mara, luego a los policías retorciéndose sobre el hielo que cubría la acera. Y de repente, el hielo se derritió sin previo aviso. Desapareció tan rápido como había llegado, dejando solo un charco brillante sobre el asfalto, testigo mudo de lo ocurrido.
No sabía qué había ocurrido. Tiró de Mara, que apenas podía mantenerse en pie, y cruzaron la calle sin mirar atrás. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que casi no podía respirar.
—¿Has visto… eso? —susurró Mara, sin aliento, con los ojos muy abiertos.
—¡Corre! —fue lo único que Elliot logró decir, sin mirar atrás.
Se perdieron en el siguiente recodo, tragados por la oscuridad de un callejón que olía a lluvia y a secretos. Las sirenas sonaban más lejanas, y las voces de los policías se habían convertido en ecos distantes. En la penumbra de un callejón estrecho, Elliot y Mara se dejaron caer contra la pared, y el frío del ladrillo pegado a sus espaldas les provocó un escalofrío. La lluvia los había seguido, pero ya no era una enemiga: era refugio, una cortina líquida que los ocultaba del mundo.
Mara tosió de nuevo, pero esta vez no hubo sangre.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella, mirando fijamente a su hermano.
Elliot agachó la cabeza y vio sus reflejos distorsionados en el charco a sus pies: dos sombras rotas bajo la luz de una farola lejana. Se dio cuenta de que temblaba. No tenía respuesta. Solo apretó la mano de su hermana y miró hacia el fondo del callejón, donde la ciudad seguía respirando, indiferente y ajena a su existencia.
Siguieron adelante, escabulléndose entre cubos de basura rebosantes, verjas torcidas que crujían con el viento y gatos hambrientos que los observaban con ojos brillantes.
Aquello no era un hogar. Nunca lo había sido. Pero era lo más parecido que habían encontrado. El sótano se escondía al fondo de un edificio de oficinas abandonado. El agua se filtraba entre las baldosas rotas hasta formar charcos negros y grumos de moho. Tuvieron que empujar la puerta con todo el peso de sus cuerpos. La madera, hinchada por la humedad, protestó con un gemido.
Entraron a trompicones, los dos empapados hasta los huesos. El frío les calaba hasta la médula. Por un instante, la oscuridad los tragó por completo. Elliot palpó a ciegas hasta que sus dedos rozaron la superficie fría de una vela y el cartón húmedo de una caja de cerillas. Con las manos temblorosas y entumecidas por el frío, la cerilla se le escapaba una y otra vez. Tuvo que insistir tres, cuatro veces, protegiendo la llama con la mano libre, hasta que al fin una chispa cobró vida. La acercó a la mecha con cuidado, y un tenue resplandor amarillento bañó la estancia, haciendo bailar las sombras en las paredes.
El refugio —llamarlo así era un acto de fe— era un rectángulo de suelo enlosado y tres paredes de ladrillo descascarado, la cuarta solo tierra agrietada por la humedad. El mobiliario, rescatado de una tienda abandonada, se reducía a cajas de cartón como sillas, un lecho de periódicos y cartones cubiertos por mantas raídas y una caja de naranjas volcada a modo de mesita. Entre todo, el olor a madera podrida y humedad ácida lo impregnaba todo.
Mara solo llegó hasta la mitad de la estancia. Se desplomó jadeando sobre el suelo. La tos la sacudió con saña, tanto que parecía que algo le desgarrara el pecho por dentro. Elliot cerró la puerta de una patada y se arrodilló a su lado con el corazón encogido.
—Estoy bien…, tranquilo —mintió Mara, escupiendo al suelo un hilo de saliva teñido de rojo—. Solo es… un poquito de tos.
Elliot apartó la mirada por un segundo. Se sobrepuso rápido, secó a su hermana con una toalla vieja y la acomodó sobre el lecho de cartones. Sus manos temblaban al extender sobre ella la manta raída, la misma que habían rescatado tres semanas atrás entre los cubos de basura del restaurante chino. Al rozar su frente con los dedos, notó el calor que quemaba bajo su piel y apartó la mano aterrado.
Rebuscó entre sus escasas pertenencias: una mochila remendada, pan tan duro como una piedra, botellas de agua y los remedios de siempre. Empapó el pañuelo menos sucio que encontró con agua y se lo puso a Mara sobre la frente. Sus dedos encontraron un trozo de cartón seco y varias páginas de periódico: no era mucho, pero podría servir como aislamiento extra contra el frío.
La vela temblaba con la vibración del tren subterráneo. Mara intentó sonreír, pero solo logró una mueca torcida.
—¡Esta vez sí que la liamos! —susurró, con una voz tan débil que se perdía en el zumbido del tren.
—¡Sí! ¡Demonios! Casi nos atrapan. —Elliot intentó sonar seguro, pero su voz se quebró al final—. ¿Te… te duele mucho?
Ella se encogió de hombros, un gesto lento, cansado. El tren, por fin, se alejó. Por un momento, los dos se quedaron en silencio, escuchando el goteo del agua y el crujido de las ratas peleándose entre los escombros del rincón.
De pronto, Mara se incorporó. Sus ojos, brillantes por la fiebre, se clavaron en los de Elliot con una intensidad que lo hizo retroceder unos centímetros, sorprendido.
—¿Qué ha sido eso? —susurró, llevándose una mano al pecho.
—¿El qué? ¿Las ratas otra vez?
—No. Lo de antes. El hielo.
—¡Anda! ¿Tú también lo has visto?
—¡Claro que lo he visto! —Mara lo miró con seriedad, buscando el adjetivo exacto, pero el cansancio la venció antes de encontrarlo—. Ha sido… Un poquito raro, ¿verdad?
—¡Demonios, sí! —Elliot asintió con vehemencia, pero luego, bajo el excesivo peso de aquel instante, intentó aligerarlo—. ¡Pero, madre mía…! ¿Has visto las caras que han puesto los polis mientras caían?
Abrió los brazos de golpe, trastabilló con exageración y puso cara de sapo, imitando al agente Smith resbalando sobre el hielo. Sus movimientos eran torpes, ridículos, pero suficientes para arrancarle a Mara un sonido entre tos y risa. Sus párpados pesados se elevaron un poco, y por un segundo, la fiebre pareció retroceder en sus mejillas.
—¡Y el bajito! —Elliot abrió mucho los ojos y movió los labios como un pez fuera del agua, imitando al agente Harris—. ¡Creo que estaba flipando en colores! No se creía lo que veía.
La risa de los niños se fue apagando, hasta que solo quedó el eco de su última carcajada, rebotando contra las paredes. Entonces, Mara clavó sus ojos en los de Elliot, y dijo con una certeza que lo heló más que el invierno:
—Creo que has sido tú.
—¿Qué? —Elliot se frotó las manos con nerviosismo; parecía intentar borrar algo invisible de su piel. Sus ojos saltaban de un rincón a otro del sótano, esquivando los de Mara, que no se apartaban de él—. ¿A qué te refieres?
—Creo que has sido tú quien ha hecho aparecer el hielo.
—¿Yo? —Elliot soltó una risa forzada—. ¡Cachis, Mara! No digas tonterías.
—Sí, estoy segura, hermanito. Estaba a tu lado, ¿recuerdas? Ya casi nos habían atrapado. Y no teníamos salida. Pero de repente, te has quedado quieto y el frío…
—¡Paparruchas! —Elliot respondió con un tono demasiado brusco—. Me he quedado quieto porque creía que no teníamos salida. Y el frío… —Buscó una explicación, cualquier cosa que sonara lógica—. ¡Demonios! Estábamos empapados. Tú también lo estabas, ¿no? ¡Mira esta maldita lluvia! Estamos en pleno julio y, ¿cuánto lleva? ¿Dos, tres semanas cayendo sin parar? ¡Eso sí que es raro!
—No, Elliot. No cambies de tema. No era solo que estuvieras helado. El frío salía de dentro de ti.
Elliot se sentó a su lado, mirando sus manos. Rojas, temblorosas, normales. No sentía nada extraño en ellas, ninguna energía oculta, ningún poder.
—Bueno, Mara… no sé —murmuró, acercándole una botella de agua—. Bebe. Te hará bien.
Ella obedeció a regañadientes, como siempre que él cerraba una conversación. El agua bajaba por su garganta, en sorbos pequeños que le quemaban. Tras cada sorbo, una pausa larga. Elliot le apartaba el pelo pegado a su frente y se lo alisaba detrás de la oreja, un gesto que repetía desde que eran pequeños, desde que ella lloraba porque de noche los ruidos de la calle la asustaban.
La luz de la vela proyectaba sus sombras contra la pared, deformándolas en fantasmas que parecían más reales que ellos mismos.
—¿Cuánto tiempo crees que podemos quedarnos aquí? —preguntó Mara, ya más calmada, pero con una nota de resignación en la voz.
Elliot se encogió de hombros. No tenía respuestas. Solo sabía que la policía y los servicios sociales continuaban buscándolos. Habían durado tres meses en ese sótano.
—Hasta que podamos. O hasta que alguien más nos eche.
—¿Aristóteles sigue por aquí? —Mara sonrió al pensar en el viejo indigente que siempre les ayudaba—. Es buena persona, ¿verdad?
—Más tarde iré a buscarlo.
Elliot apretó los dientes.
Mara cerró los ojos y, durante unos minutos, el único sonido fue su respiración, pesada, constante, como un reloj que marcaba el tiempo que les quedaba. Elliot la observó en silencio, registrando cada detalle: la curva de su espalda, demasiado delgada, el contorno de sus costillas marcándose bajo la camiseta mojada, la manera en que sus dedos agarraban la manta. Por un instante, la imaginó sana: corriendo por las calles bajo el sol, riendo sin tos, sin fiebre, sin ese peso en los huesos que la hacía parecer más pequeña de lo que era. Pero el pensamiento se esfumó rápido: demasiado breve para aferrarse a él.
La tos volvió, ronca y profunda, y Mara se encogió sobre sí misma. Elliot se arrodilló a su lado y le frotó la espalda con movimientos circulares, como había hecho cientos de veces. Sabía que no servía de mucho.
Miró a Mara. Dormía, o fingía dormir. Los labios entreabiertos, la piel pálida salpicada de manchas rojas donde la fiebre había anidado. Con cuidado, Elliot la tapó mejor con la manta y se sentó a su lado, apoyando la espalda contra la pared fría. Se obligó a mantener los ojos abiertos y confió en que la vela no se apagara antes del amanecer.
El refugio de Aristóteles era, técnicamente, el sótano de una lavandería en ruinas. En la práctica, era como un almacén de objetos reciclados. El pasillo de entrada, iluminado por tubos de neón que parpadeaban agonizantes, olía a detergente barato mezclado con el tufo dulce de grasa recalentada. Al bajar los escalones húmedos, el aire se espesaba, cargado de tabaco rancio, café amargo y mugre que solo existe donde nadie mira.
Elliot entró sin llamar. La puerta nunca estaba cerrada del todo, solo asegurada por un pestillo de alambre retorcido que se enganchaba al marco más por inercia que por seguridad. Dentro, Aristóteles ocupaba su trono: una silla de oficina destripada, con las patas amputadas y el respaldo sostenido por cinta aislante negra y un cojín con el estampado descolorido, que apenas lograba disimular las tripas de espuma que asomaban.
—¡Mírate, chaval! —tronó la voz de Aristóteles, áspera como papel de lija, antes de que Elliot pudiera abrir la boca—. Pareces un náufrago que, en vez de hundirte en el mar, te has rebozado en el barro. ¿Y la chiquilla? ¿Dónde la dejaste esta vez?
Elliot esbozó una sonrisa sin ganas y se dejó caer en un cajón de cerveza invertido, que crujió bajo su peso.
—Está… descansando —mintió—. ¡Demonios! Nos persiguió media ciudad anoche. Pensé que era mejor pasar unos días bajo tierra.
Aristóteles levantó una ceja y se rascó la mejilla, dejando una estela de ceniza de cigarrillo en la barba canosa. Sobre la mesa frente a él, reinaba el caos: una radio de transistores que emitía estática, una botella de licor de marca indeterminada, varios libros viejos con las solapas desgastadas por dedos que los habían hojeado demasiado y una montaña de colillas aplastadas dentro de varias latas de atún vacías. Aristóteles pescó un cigarrillo nuevo entre sus posesiones, se lo colocó en los labios sin encenderlo y lo movió de un lado a otro.
—Media ciudad, ¿eh? ¿Y qué has hecho para merecer tanto amor, chico? ¿Robaste la corona?
Elliot se encogió de hombros.
—La acera se congeló, ¿sabes? Literalmente. Madre mía, no sé cómo, pero… lo hice yo. O lo hizo Mara. O lo hicimos los dos. —Sus manos, que hasta entonces habían estado quietas, empezaron a moverse, intentando recrear el momento—. Toda la acera. Los polis resbalaron y cayeron de culo. ¡Buf! Te perdiste sus caras. Parecían… no sé… que habían visto a un fantasma.
Aristóteles soltó una risotada corta y ronca, que terminó en una tos seca. Se quitó el cigarrillo de los labios, lo miró y lo aplastó contra la lata de atún más cercana.
—¡Magia otra vez, eh! Eres un artista, chico. Siempre sacas algún truco de la manga cuando más falta hace.
—¿Un truco? No sé… Tal vez…
Elliot clavó los ojos en el techo agrietado. Aristóteles lo miró con escepticismo divertido.
—Tienes demasiada imaginación, chico. De mayor, deberías escribir cuentos.
—¿No me crees, verdad?
Aristóteles se limitó a observarlo. Encendió el cigarrillo con parsimonia, inhaló el humo y lo soltó en un suspiro gris que se enredó en el aire viciado del sótano.
—En mis tiempos, bastaba con esconderse y pasar desapercibido. A vosotros, los jóvenes, os gustan los fuegos artificiales. Y mira dónde os lleva: a las noticias, o a un callejón con dos polis con el culo dolorido.
Se rio, pero era una risa sin alegría, más bien un sonido viejo y cansado.
—Podrías probarlo, ¿sabes?
—¿Probar el qué?
—Vestirte de superhéroe. Con capa y todo. Total, ya tienes los poderes.
—No soy ningún superhéroe.
—Menos mal. Los superhéroes siempre terminan mal, chico.
Elliot rio, pero la risa se le quedó atascada en la garganta. El silencio que siguió fue espeso, lleno de cosas no dichas. Afuera, la lluvia repicaba contra los ventanales del piso de arriba, un sonido que se mezclaba con el claxon de un camión.
—Necesito un favor —dijo Elliot al fin.
Aristóteles lo miró con una sonrisa sin dientes, pero con una astucia que brillaba en sus ojos cansados.
—Siempre, chico. Pero primero, dime… —Hizo un gesto teatral hacia la chaqueta de Elliot—. ¿No habrás traído algo para tu viejo amigo Aristóteles?
Elliot entendió. Rebuscó en la mochila y sacó una caja de cigarrillos y otro paquete, este abultado y susurrante: chocolate. Los dejó sobre la mesa, entre las latas de atún y colillas. Aristóteles recogió el chocolate, lo partió con dedos torpes.
—No está mal, chaval. Toma, come. No vaya a ser que te desmayes.
Masticó un momento, saboreando el dulce, y luego se recostó en su trono de cinta aislante.
—Ahora, cuéntame eso del hielo. Pero despacio, que quiero saber si has heredado los poderes de algún antepasado tuyo perdido en el tiempo o si solo es que Londres está más loco de lo normal.
Elliot lo resumió rápido: la persecución, el frío que no venía del invierno, los policías cayendo. Aristóteles lo escuchó en silencio, moviendo la cabeza de un lado a otro con lentitud. Cuando Elliot terminó, el viejo se quedó mirando el vacío un momento, masticando el último trozo de chocolate con parsimonia.
—¿Sabes lo que pienso, chaval? —dijo al fin, limpiándose los dedos en los pantalones—. Que estás agotado. Que eso de la magia… Bueno, todos tenemos nuestras magias, ¿no? Mi tío juraba que levantaba coches con las manos. Mi madre, la última vez que la vi, leía el futuro en las manchas de café.
Elliot inclinó la cabeza mientras se pellizcaba el labio inferior.
—Ahora, dime, ¿qué favor querías pedirle a un viejo mendigo?
—En el sótano donde estamos Mara y yo, hace demasiado frío. ¿Sabes de algún otro sitio mejor para escondernos?
Aristóteles negó con la cabeza.
—Están patrullando las estaciones y los refugios. Mejor bajo tierra, por ahora. —Se levantó con un crujido de articulaciones—. Pero puedo darte una manta y una linterna que no se apaga ni aunque el diablo sople —se dirigió hacia un rincón oscuro y rebuscó entre cajas y trapos—. ¿La niña come? ¿Bebe?
—Lo justo. Está peor. Mucho peor que hace dos semanas.
Por unos instantes, el aire se le atascó en la garganta. Sus ojos buscaron la salida.
Aristóteles volvió con un paquete de galletas envuelto en papel de periódico, una manta de cuadros y una linterna militar que parecía haber sobrevivido a una guerra. Lo dejó todo sobre la mesa, junto a la botella de agua que siempre estaba ahí.
—¡Toma, coge esto! —dijo, empujando el paquete hacia Elliot con un gesto brusco—. Os vendrá bien. Yo tengo de sobra.
—¡No, gracias!
—¿Seguro?
Elliot asintió y miró a los ojos del mendigo.
—¡Bueno! —El viejo suspiró, resignado, y se dejó caer de nuevo en su trono.
No insistió. Pero sus ojos, astutos y cansados, no dejaron de estudiar a Elliot mientras se acomodaba.
—No hay médico que os atienda sin preguntar.
—Ya lo sé.
—Y cuando pregunten, vendrán los de siempre. Si os atrapan… —Aristóteles lo miró fijo—. Ya sabes cómo funciona esto.
Elliot no respondió.
—Y esta vez no te dejarán quedarte en la puerta.
—Nunca lo permitiré.
El viejo asintió, satisfecho.
—Eso quería escuchar. Ahora lárgate antes de que los ladrones salgan a hacer de las suyas y la poli vuelva a patrullar.
Elliot ya se disponía a marcharse, pero su mirada se detuvo en la manta que Aristóteles le había ofrecido. Era gruesa, resistente, mucho mejor que el jirón raído que cubría a Mara. Se tragó aquello que le cerraba la voz y logró decir:
—¡Creo que… mejor me lo quedo! —Sus dedos temblaron al recoger la manta—. Por Mara, ¿sabes?
Aristóteles no dijo nada. Solo asintió, observando cómo Elliot recogía el paquete con torpeza.
Elliot se dirigió a la salida, con la manta apretada contra el pecho. Justo antes de subir la escalera, cuando el sótano ya se desdibujaba tras él, Aristóteles le gritó desde el fondo, mientras su voz resonaba entre las sombras y el humo:
—¡Chaval! ¡Si vas a hacer algún espectáculo de magia, avisa! ¡Me gustaría verlo con mis propios ojos!
Elliot sonrió, solo por un segundo. Se despidió con un gesto y subió al nivel de la calle, dejando atrás la luz cálida y el olor a tabaco rancio del sótano.
Bajó los últimos peldaños lentamente. Cada paso era una conversación entre su cuerpo y la gravedad. Al llegar a la puerta del sótano, Elliot se detuvo y escudriñó en la oscuridad detrás de él. Aguzó el oído. Nada. Solo el rumor lejano de la ciudad.
La puerta cedió con el mismo quejido de siempre. Dentro, la atmósfera era densa, el aire más quieto y más sucio que la última vez. El haz de luz de la vela seguía allí, iluminando como una luna cubierta de nubes negras. Elliot dejó caer la mochila junto a la entrada; el golpe hizo vibrar los botes y las latas en el suelo. Ni siquiera intentó ordenarlas.
Mara estaba tumbada de lado, recogida sobre sí misma en el catre de cartones. Por un momento, Elliot pensó que dormía. Pero cuando se acercó, vio que los ojos de ella estaban abiertos, fijos en la pared, y que la piel de su cara era translúcida. El pecho le subía y bajaba a un ritmo errático, a veces en ráfagas, a veces apenas perceptible. El sudor le pegaba el pelo a la frente, y los labios estaban partidos, morados.
Elliot se quedó quieto, con la mandíbula apretada. Se sentó junto a la cama y le tomó la mano. La sintió frágil.
—Ey —dijo él, en voz baja.
Mara giró la cabeza con esfuerzo. Sus ojos estaban velados, pero todavía había un tenue brillo terco.
—¿Has vuelto, hermanito? —preguntó, apenas audible.
—Siempre vuelvo. No he tardado nada.
Elliot intentó sonreír. No pudo. Ella esbozó una media mueca.
—¿Has traído algo de comer?
—Un poco. Galletas, agua. Además de una manta que nos ha prestado Aristóteles y una linterna de las buenas.
El silencio llenó el espacio entre ellos. Mara apretó su mano con una fuerza sorprendente, aunque solo fue un segundo.
El aire estaba helado. Se quitó la chaqueta y cubrió a Mara con la manta prestada, arropándola. Le frotó la espalda con movimientos lentos, rítmicos. La respiración de Mara era cada vez más superficial, pero al menos estaba ahí. Elliot se inclinó hacia adelante.
—Aristóteles te envía recuerdos.
—¿Cómo está?
—Bien. Dice que hubiese preferido verte a ti que a mí.
—Mentirosillo… —dijo Mara, y por un segundo rio, pero el sonido se cortó en tos seca.
Elliot le limpió la boca con el borde de la manga. Luego se quedó un largo rato sin decir nada, escuchando el goteo del agua sobre el cemento y el pulso de la ciudad en las cañerías. Quiso decirle tantas cosas. Pero no dijo nada. Solo le acarició el pelo, apartando los mechones húmedos con delicadeza.
Mara temblaba. El cuerpo entero se sacudía por escalofríos. Elliot no pudo soportarlo: se metió en el catre junto a ella y la abrazó, los dos apretados bajo las mantas. Sintió la respiración de Mara en su cuello, tan débil que por momentos pensó que se desvanecería. El temblor pasó de ella a él, como si pudieran repartirse el frío.
No supo cuánto rato estuvo así, solo que de pronto Mara dejó de toser y se quedó muy quieta, respirando lento, casi normal. Elliot no se movió, ni siquiera cuando el brazo se le durmió por sostenerla, ni cuando la luz de la vela titiló en una agonía interminable.
Al final, sintió que ella lo miraba.
—¿Tienes miedo? —susurró Mara.
Elliot apretó la mandíbula.
—Sí.
Ella asintió, como si lo esperara.
—Yo también.
Permanecieron unos segundos callados.
—Elliot… tal vez… si crees que puedes…
—¡Demonios! ¡Ni lo digas! —la interrumpió Elliot alarmado.
—No quiero ser…
Las lágrimas de Mara humedecieron el jersey de Elliot mientras se aferraba a él. Elliot le besó la frente, la mantuvo abrazada. Sus ojos se perdieron en la diminuta ventana, donde las luces del edificio vecino parpadeaban detrás del cristal sucio.
Esa noche, Elliot no durmió. Contó cada respiración de su hermana.
26 de marzo de 2026
Enrique Vallés Balaguer
Personajes

Elliot Carter
Estudiante

Aristóteles
Indigente

Mara Carter
Hermana de Elliot

Agente Smith
Policía
