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Capítulo 1: Contar respiraciones
Capítulo 1: Contar respiraciones

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Capítulo 1

Contar respiraciones

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Londres, 10 de julio de 2026

—¡Corre, Elliot!

Apretó la mandíbula al oír la voz de su hermana mientras se abrían paso entre el laberinto de edificios. La buscó de reojo en los escaparates mojados, donde su reflejo se desdibujaba y, al ver que se quedaba atrás, el aire se le atascó en la garganta. Redujo el ritmo, esperando que así Mara pudiera seguirle.

—¡Vamos! ¡Corre, Elliot!

Torció a la derecha y se adentró en un callejón oscuro donde, a esa hora y bajo la lluvia, la humedad devoraba las paredes y el óxido descomponía las persianas grafiteadas. Esquivó una papelera que escupía bolsas de comida rápida y arrugó la nariz ante el olor a fritura rancia y cerveza agria que flotaba en el aire.

Volvió a buscar a su hermana pequeña en los espejos improvisados, pero la oscuridad engulló su silueta. Giró la cabeza por completo, intentando distinguirla entre los destellos intermitentes de neón y las sombras que se retorcían en cada esquina. Mara corría tras él, pero sus pasos perdían fuerza. Detrás de ella, el coro de voces de los policías crecía mezclado con el traqueteo de sus botas sobre la acera mojada. Más allá, las sirenas aullaban, distorsionadas por la distancia y el viento glacial.

—¡No te pares! —insistió Mara, pero su voz era poco más que un jadeo que se perdía entre el ruido de la lluvia.

Elliot giró la cabeza de golpe y vio que el ritmo de su hermana había bajado de nuevo. Si seguían así, la dejaría completamente atrás; pero si aflojaban, los atraparían. Miró a su alrededor, pero en aquella calle no había ningún rincón donde esconderse. Con la mirada, calculó veinte metros, quizá treinta, hasta la siguiente bifurcación. 

Mara resbaló en un charco, pero se aferró a una farola y logró evitar la caída. Su hermano se detuvo de golpe al oír el chapoteo. Al girarse, la garganta se le cerró al ver el temblor en las manos de su hermana mientras se aferraba al metal, y por un instante, creyó que iba a desplomarse en medio de la calle. 

Sin embargo, ella logró mantener el equilibrio, aunque sus fuerzas parecían habérsele agotado. La niña respiró hondo, una, dos veces. Sin pensarlo, Elliot dio media vuelta y se plantó detrás de ella, bloqueando el paso a sus perseguidores. 

Al oír los pasos de los policías entrando en el callejón, el cuerpo de Elliot reaccionó antes que él. Agarró la mano de Mara con fuerza, notando sus dedos helados y frágiles, y tiró de ella con rudeza.

—¿Puedes?

—Lo... intento... —respondió a duras penas Mara. Tosió y un hilillo de sangre le resbaló por la comisura de los labios, mezclándose con la lluvia que le caía sobre el rostro.

La tos de su hermana le encogió el estómago. Miró sus piernas bamboleándose bajo el peso de una carrera que nunca debió ser suya. Ocho años; demasiado pequeña para esa vida. Si los atrapaban ahora..., no quiso pensarlo.

Los pasos de los policías se acercaban, mezclados con el tamborileo de la lluvia y los ladridos furiosos de los perros mojados, que aullaban desde algún patio interior. En la mente de Elliot, los agentes eran enormes, demasiado grandes para aquella calle, demasiado grandes para ellos. No se atrevió a mirar atrás, porque aunque sabía que no eran tantos, la voz de uno solo bastaba para paralizarlo.

Al llegar a la bifurcación, un muro de ladrillos cubierto de carteles empapados y desgarrados bloqueaba la calle a la derecha. Elliot se lanzó hacia la izquierda tirando de la mano de su hermana, directo a la avenida principal. El resplandor azul de una sirena lo paralizó en seco. Por un segundo, todo seguía moviéndose menos él: los coches rugiendo, los gritos ahogados de los policías, la respiración entrecortada de su hermana... 

Mara perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el asfalto, brillante y oscuro, salpicado de cristales rotos y colillas apagadas. El modo en que su cuerpo se dobló sin fuerza sacó de su letargo a su hermano. Se agachó para ayudarla, pero ella se apoyó con una mano temblorosa, sacudió la cabeza con un gesto de furia y gritó, desesperada:

—¡Vete, Elliot! ¡No me esperes! —las palabras salieron entrecortadas de la garganta de Mara. Estaba sin aliento. Inhaló con un silbido agudo, mientras sus hombros temblaban por el esfuerzo—. Sálvate tú.

—¡Demonios, Mara! —Elliot apretó los dientes—. ¡No digas tonterías! ¡No te voy a dejar aquí sola!

Un destello de linterna los cegó mientras una voz cortó el aire como una cuchilla:

—¡Quietos ahí! ¡No os mováis, mocosos!

Miró al frente; el coche de policía seguía lanzando sus luces azules. Detrás, los policías con linternas se acercaban cada vez más. Solo tenían una salida: a la izquierda, un callejón estrecho y oscuro, donde la humedad y el frío parecían intensificarse.

Levantó a Mara de un tirón y la arrastró hacia allí. Mientras corrían, Elliot buscó, con desesperación algún escondite. Pero el callejón no ofrecía ninguno; no había ni portales ni rendijas, solo grafitis y carteles de algún político, cuya sonrisa manchada por la lluvia parecía burlarse de ellos. Continuaron avanzando, y justo antes de que los policías entraran en la calle, descubrió un contenedor de basura, rebosante de cajas empapadas y desechos que apestaban a podrido. 

Se aplastaron contra el contenedor, intentando recuperar el aliento. Elliot aguzó el oído, atento al más mínimo ruido, pero el latido desbocado de su corazón ahogaba todo lo demás. Al fin, distinguió los pasos de los policías resonando en la calle, cada vez más cercanos, hasta detenerse junto al contenedor. Tragó saliva, sin atreverse a moverse.

—¿Los habéis visto? —preguntó alguien.

El silencio fue la única respuesta. Empezaron a barrer con las linternas ambos lados de la calle. Cuando el haz de luz rozó el contenedor, Mara se aferró a su brazo con fuerza. Elliot la atrajo hacia sí con el brazo libre y cerró los ojos, conteniendo el aliento.

—¡Por allí! —gritó otro de pronto.

Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada. Hasta que de repente, alguien echó a correr y el resto de policías lo siguió. Desde su escondite, oyeron cómo los pasos se alejaron a toda prisa, hasta perderse en la distancia. Soltó el aire de golpe y esbozó una sonrisa tímida hacia su hermana. Poco a poco, Mara liberó el brazo de su hermano y le devolvió la sonrisa.

Elliot se llevó un dedo a los labios. Con cuidado, alzó la cabeza por encima del contenedor. Allí, a veinte pasos, la silueta negra del agente Smith se recortaba contra la oscuridad; el mismo que llevaba semanas persiguiéndolos sin descanso. Llevaba una linterna en una mano y barría con su luz los rincones de la calle, buscando escondites. Detrás, el agente Harris esperaba atento a cualquier ruido.

Smith dirigió el haz de la linterna hacia el contenedor. Elliot se agachó de golpe, con la mala fortuna de que el movimiento no pasó desapercibido.

—¡Están aquí! —gritó Smith triunfalmente.

Elliot tenía la boca completamente seca; sintió a Mara temblar bajo su brazo y se giró para mirarla. Su cara estaba pálida, empapada de sudor y lluvia, respirando por la boca con la mandíbula tensa. Quiso decirle algo, cualquier cosa que la tranquilizara, pero entonces la linterna se paró en su cara y lo cegó.

—¡Levantad las manos! —ordenó Smith—. ¡Vamos, enseñadlas!

Elliot maldijo para sí y se resistió durante unos segundos, pero finalmente las alzó. Sin embargo, Mara solo logró levantar una mano temblorosa.

—¿Qué pensabais, eh? —Smith sonaba exasperado, casi divertido. Los miró de arriba abajo—. ¿Creéis que podéis correr más que nosotros, mocosos?

Un ataque de tos obligó a Mara a bajar los brazos y doblarse en dos.

—¡Maldita sea! ¿Que no la ves? ¡Está enferma! —chilló Elliot con la voz rota mientras bajaba los brazos para sostener a su hermana.

—¡Claro que está enferma, niño estúpido! —gruñó Harris, avanzando hacia ellos—. ¿Crees que eres lo suficientemente mayor para cuidarla tú solo, renacuajo? Si no la llevamos a un hospital, va a empeorar.

Sintió como si alguien le hubiera hundido un cuchillo en el pecho. Prefería ahogarse en aquel diluvio antes que volver a ver a Mara desaparecer tras una puerta cerrada, como aquella vez en el hospital, cuando los de Servicios Sociales le dijeron que no podía quedarse allí mientras ella tosía en la cama y él forcejeaba con una desconocida que intentaba arrastrarlo hacia una nueva casa de acogida. Helene. La última. La peor.

Detrás de la luz de la linterna, solo distinguió el rostro del policía y el trazo recto de su barba. Y entonces, al acercarse, descubrió su propio rostro descompuesto reflejado en los ojos de Smith. Durante unos segundos dejó de oír nada, salvo el martilleo de sus latidos en los oídos.

Un crujido resonó en la calle. Elliot abrió los ojos como platos al ver que bajo sus pies un anillo de escarcha surgía de la nada y comenzaba a expandirse, devorando el asfalto bajo una capa de hielo. La linterna de Smith iluminó el círculo helado, que crecía como un organismo vivo. En un instante, el hielo cubrió todo el espacio entre los hermanos y los policías.

El agente Harris frunció el ceño, pero avanzó hacia los niños. Su pie resbaló en la superficie helada y cayó de bruces con un grito ahogado al golpear su hombro contra la acera. Smith, al intentar sujetarlo, también perdió el equilibrio cuando sus pies resbalaron sobre la escarcha y cayó encima de su compañero. La linterna se deslizó varios metros, fuera de su alcance y, al chocar contra el suelo, se apagó dejando la calle sumida en la oscuridad.

Mientras Elliot y Mara miraban con la boca abierta a los dos agentes, el hielo se derritió sin previo aviso; desapareció tan rápido como había llegado, dejando solo un charco brillante sobre el asfalto.

No lo pensó mucho; tiró de Mara, que apenas podía mantenerse en pie, y cruzaron la calle sin mirar atrás.

—¿Has visto… eso? —susurró Mara, sin aliento, con los ojos abiertos.

—¡Corre! —fue lo único que Elliot logró decir, sin mirar atrás.

Se perdieron en el siguiente recodo, tragados por la oscuridad y la niebla. Las sirenas sonaban más lejanas, y las voces de los policías se habían convertido en ecos distantes. En la penumbra de un callejón estrecho, Elliot y Mara se desplomaron contra la pared, y el frío del ladrillo pegado a sus espaldas les provocó un escalofrío. 

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, clavando sus ojos en los de su hermano.

Elliot le devolvió la mirada. Durante un instante, el silencio se extendió entre ellos. Se fijó en que su hermana temblaba. Apretó su mano con fuerza, y juntos miraron hacia el fondo del callejón, donde la ciudad, indiferente, seguía su ritmo ajeno a su existencia. Finalmente, se encogió de hombros y esbozó una sonrisa para su hermana.


───────── ✧ ─────────


Aquello no era un hogar, nunca lo había sido, pero era lo más parecido que habían encontrado. El sótano se escondía al fondo de un edificio de oficinas abandonado, donde el agua se filtraba entre las baldosas rotas hasta formar charcos negros y grumos de moho. Tuvieron que empujar la puerta con todo el peso de sus cuerpos mientras la madera, hinchada por la humedad, protestaba con un gemido.

Entraron a trompicones, empapados hasta los huesos. Al cerrar la puerta, la oscuridad los tragó por completo. Elliot palpó a ciegas hasta que sus dedos rozaron la superficie fría de una vela y el cartón húmedo de una caja de cerillas. Con las manos temblorosas y entumecidas por el frío, la cerilla se le escapaba una y otra vez. Tuvo que insistir tres o cuatro veces, protegiendo la llama con la mano libre, hasta que al fin una chispa cobró vida. La acercó a la mecha con cuidado, y un tenue resplandor amarillento bañó la estancia, haciendo bailar las sombras en las paredes.

El refugio —llamarlo así era un acto de fe— era un rectángulo de suelo enlosado y tres paredes de ladrillo descascarado; la cuarta, solo tierra agrietada por la humedad. El mobiliario —rescatado de una tienda abandonada— se reducía a cajas de cartón, un lecho de periódicos cubiertos por mantas raídas y una caja de naranjas a modo de mesita. Y, por si fuera poco, el olor a madera podrida y humedad ácida lo impregnaba todo.

Mara solo llegó hasta la mitad de la estancia; se desplomó jadeando sobre el suelo y, de pronto, la tos la sacudió con tanta saña que parecía que algo le desgarrara el pecho por dentro. Elliot corrió hasta ella y se arrodilló a su lado con el corazón encogido.

—Estoy bien..., tranquilo —mintió Mara, escupiendo al suelo un hilo de saliva teñido de rojo—. Solo estoy un poquito cansada.

Elliot apartó la mirada por un segundo. Pero se sobrepuso rápido; secó a su hermana con una toalla vieja y la acomodó sobre el lecho de cartones. Sus manos temblaban al extender sobre ella la manta raída, la misma que habían rescatado tres semanas atrás entre los cubos de basura del restaurante chino. Al rozar su frente con los dedos, notó el calor que quemaba bajo su piel y apartó la mano aterrado.

Rebuscó en su mochila remendada, donde solo encontró una botella de agua medio llena y algunas telas viejas. Empapó el trapo menos sucio que encontró con agua y se lo puso a Mara sobre la frente.

La vela tembló con la vibración del tren subterráneo que pasó bajo ellos. Mara intentó sonreír, pero solo logró una mueca torcida.

—¡Esta vez sí que la liamos! —gritó, con una voz tan débil que se perdía en el zumbido del tren.

—¡Sí! ¡Demonios! Casi nos atrapan —chilló Elliot intentando sonar seguro, pero su voz se quebró al final—. ¡¿Te... te duele mucho?!

Ella se encogió de hombros, un gesto lento, cansado. El tren, por fin, se alejó regresando la calma a la estancia. Por un momento, los dos se quedaron en silencio, escuchando el goteo del agua y el crujido de las ratas peleándose entre los escombros del rincón.

De pronto, Mara se incorporó. Sus ojos, brillantes por la fiebre, se clavaron en los de Elliot con una intensidad que lo hizo retroceder unos centímetros, sorprendido.

—¿Qué fue eso? —susurró, llevándose una mano al pecho.

—¿El qué? ¿El tren?

—No. Lo de antes. El hielo.

Su hermano se apoyó en la pared y miró al techo. 

—Ha sido... —insistió Mara—…un poquito raro, ¿verdad?

El silencio de su hermano fue su única respuesta, hasta que, de pronto, empezó a reír.

—¿Has visto las caras que han puesto los polis mientras caían?

Abrió los brazos de golpe, trastabilló con exageración y puso cara de sapo, imitando al agente Smith resbalando sobre el hielo. Sus movimientos eran torpes, ridículos, pero suficientes para arrancarle a Mara un sonido entre tos y risa. Sus párpados pesados se elevaron un poco, y por un segundo, la fiebre pareció retroceder en sus mejillas.

La risa de los niños se fue apagando, hasta que solo quedó el eco de su última carcajada, rebotando contra las paredes. Entonces, Mara clavó sus ojos en los de Elliot, y dijo con una certeza que lo heló más que el invierno:

—Creo que has sido tú.

—¿Qué? —Elliot se frotó las manos con nerviosismo; parecía intentar borrar algo invisible de su piel. Sus ojos saltaban de un rincón a otro del sótano, esquivando los de Mara, que no se apartaban de él—. ¿A qué te refieres?

—Lo he sentido.

Elliot soltó una risa forzada.

—¡Paparruchas! —Elliot respondió con un tono demasiado brusco—. Estábamos empapados. Eso es todo.

—No, Elliot. El frío salía de dentro de ti.

Elliot se sentó a su lado, mirando sus manos rojas, temblorosas, normales; no sentía nada extraño en ellas, ninguna energía oculta, ningún poder.

—Bueno, Mara... no sé —murmuró, acercándole la botella de agua—. Bebe. Te hará bien.

Ella obedeció a regañadientes, como siempre que él ponía fin a una conversación. Sin embargo, el agua le quemaba al pasar por la garganta, obligándola a beber en pequeños sorbos con largas pausas entre ellos. Mientras, Elliot le apartaba el pelo pegado a su frente y se lo alisaba detrás de la oreja, un gesto que repetía desde que se pasaban las noches en vela en casa de Helene.

La luz de la vela proyectaba sus sombras contra la pared, deformándolas en fantasmas que parecían más reales que ellos mismos.

—¿Cuánto tiempo estaremos aquí? —preguntó Mara, ya más calmada, pero con una nota de resignación en la voz.

Elliot se encogió de hombros. Solo sabía que la policía y los servicios sociales continuaban buscándolos. Habían durado tres meses en ese sótano, mucho más de lo que se habría imaginado. Pero no tenían otro sitio al que ir.

—Hasta que podamos.

Su hermana guardó silencio un momento mirando el techo. La sonrisa de su hermano aligeró el peso que sentía en su pecho. Cerró los ojos y, durante unos minutos, el único sonido fue su respiración, pesada, constante, como un reloj que marcaba el tiempo que les quedaba. 

Elliot la observó en silencio, registrando la curva de su espalda —demasiado delgada—, el contorno de sus costillas marcándose bajo la camiseta mojada, la manera en que sus dedos agarraban la manta. Por un instante, la imaginó sana corriendo por las calles bajo el sol, riendo sin tos, sin fiebre, sin ese peso en los huesos que la hacía parecer más pequeña de lo que era. Pero el pensamiento se esfumó rápido; demasiado breve para aferrarse a él.

La tos volvió, ronca y profunda, y Mara se encogió sobre sí misma. Elliot se arrodilló a su lado y le frotó la espalda con movimientos circulares, como había hecho cientos de veces.

Miró a Mara que dormía, o fingía dormir; los labios entreabiertos, la piel pálida salpicada de manchas rojas donde la fiebre había anidado. Con cuidado, Elliot la tapó mejor con la manta y se sentó a su lado, apoyando la espalda contra la pared fría. Se obligó a mantener los ojos abiertos y confió en que la vela no se apagara antes del amanecer.


───────── ✧ ─────────


A la mañana siguiente, aprovechando que su hermana parecía haber recuperado algo de fuerzas, Elliot salió un momento a visitar a Aristóteles, un anciano sintecho al que habían conocido dos meses atrás. Aunque Mara insistió en acompañarlo, él se negó. Sin embargo, no fue su negativa lo que la detuvo, sino el temblor de sus piernas al levantarse.

El refugio de Aristóteles era, técnicamente, el sótano de una lavandería en ruinas; aunque, en realidad, parecía más un almacén de objetos reciclados. El pasillo de entrada, iluminado por tubos de neón que parpadeaban agonizantes, olía a detergente barato mezclado con el tufo dulce de grasa recalentada. Al bajar los escalones húmedos, el aire se espesaba, cargado de tabaco rancio, café amargo y mugre que solo existe donde nadie mira.

Elliot entró sin llamar —la puerta nunca estaba cerrada del todo, simplemente se aseguraba con un pestillo de alambre retorcido que se enganchaba al marco más por inercia que por seguridad—, como si supiera que sería bienvenido a cualquier hora. Dentro, Aristóteles ocupaba su trono, que no era más que una silla de oficina destripada, con las patas amputadas y el respaldo sostenido por cinta aislante negra y un cojín de estampado descolorido, que apenas lograba disimular las tripas de espuma que asomaban.

—¡Mírate, chaval! —tronó la voz de Aristóteles, áspera como papel de lija, antes de que Elliot pudiera abrir la boca—. Pareces un náufrago que, en vez de hundirse en el mar, se ha rebozado en el barro. ¿Y la chiquilla?

Elliot esbozó una sonrisa sin ganas y se dejó caer en un cajón de cerveza invertido, que crujió bajo su peso.

—Está... descansando —dijo sin mirarle a los ojos—. ¡Demonios! Nos persiguió media ciudad anoche.

Aristóteles levantó una ceja y se rascó la mejilla, dejando una estela de ceniza de cigarrillo en la barba canosa. El viejo pescó un cigarrillo nuevo entre sus posesiones, se lo colocó en los labios sin encenderlo y lo movió de un lado a otro.

—Media ciudad, ¿eh? ¿Y qué has hecho para merecer tanto amor, chico? ¿Robaste la corona?

Elliot se encogió de hombros.

—Tuvimos suerte, ¿sabes? —Sus manos empezaron a moverse, intentando recrear el momento—. Toda la acera se congeló. Los polis resbalaron y se cayeron de culo. —Empezó a reírse—. Te perdiste sus caras. 

Aristóteles soltó una risotada corta y ronca, que terminó en una tos seca. Se quitó el cigarrillo de los labios, lo miró y lo aplastó contra la lata de atún más cercana.

—Eres un artista, chico. Siempre sacas algún truco de la manga cuando más falta hace.

Elliot clavó los ojos en el techo agrietado. Aristóteles volvió a pescar un nuevo cigarrillo mientras lo miraba de reojo.

—Tienes demasiada imaginación, chico. De mayor, deberías escribir cuentos.

—¿No me crees, verdad?

Aristóteles se limitó a observarlo mientras encendía de nuevo el cigarrillo con parsimonia; inhaló el humo y lo soltó en un suspiro gris que se enredó en el aire viciado del sótano.

—Cómo os gustan a los jóvenes los fuegos artificiales. Y mira dónde os lleva: a las noticias, o a un callejón con dos polis con el culo dolorido.

Se rio, pero era una risa sin alegría, más bien un sonido viejo y cansado.

—Podrías probar a vestirte de superhéroe. Con capa y todo. Total, ya tienes los poderes.

El chico levantó una ceja.

—No soy ningún superhéroe.

—Menos mal. Los superhéroes siempre terminan mal, chico.

La risa de Elliot se le ahogó en la garganta. El silencio se adueñó entonces del refugio; mientras el viejo sintecho aspiraba el humo de su cigarrillo y lo exhalaba en lentas volutas, intentando dar forma a figuras efímeras, Elliot se recostó en el asiento y se perdió en el juego de sombras que danzaban en las paredes. Lo único que se oía era la lluvia golpeando los ventanales del piso superior con un ritmo monótono.

Un ataque de tos de Aristóteles, seguido del claxon insistente de un camión, sacaron a Elliot de golpe de su ensimismamiento. Se incorporó en la silla de un respingo y, con paciencia, esperó a que la tos del viejo amainara, mientras le daba suaves palmaditas en la espalda.

—Necesito un favor —dijo cuando el viejo se recuperó.

Aristóteles lo miró con una sonrisa, pero con un brillo en los ojos que a Elliot le recordó a un gato callejero.

—Siempre, chico. Pero primero, dime... —Hizo un gesto teatral hacia la chaqueta de Elliot—. ¿No habrás traído nada para este pobre viejo?

Elliot rebuscó en la mochila y sacó una caja de cigarrillos y un paquete de chocolate. Los dejó sobre la mesa, entre las latas de atún y colillas. Aristóteles recogió el chocolate, lo partió con dedos torpes.

—No está mal, chaval. Toma, come. No vaya a ser que te desmayes.

Masticó un momento, saboreando el dulce, y luego se recostó en su trono de cinta aislante.

—Ahora, dime, ¿qué favor querías pedirle a un viejo mendigo?

—En el sótano donde estamos Mara y yo, hace demasiado frío. ¿Sabes de algún otro sitio mejor para escondernos?

Aristóteles negó con la cabeza.

—Con este agua, mejor bajo tierra, por ahora. —Se levantó con un crujido de articulaciones—. Pero puedo darte una manta y una linterna que no se apaga ni aunque el diablo sople —se dirigió hacia un rincón oscuro y rebuscó entre cajas y trapos—. ¿La niña come?

—Lo justo. Está peor. Mucho peor que hace dos semanas.

Por unos instantes, el aire se le atascó en la garganta. Mientras esperaba que volviera Aristóteles, sus piernas no estaban quietas y sus ojos buscaban la salida una y otra vez.

Por fin el viejo volvió con un paquete de galletas envuelto en papel de periódico, una manta de cuadros y una linterna militar que parecía haber sobrevivido a una guerra. Lo dejó todo sobre la mesa, junto a la botella de agua que siempre estaba ahí.

—¡Toma, coge esto! —dijo, empujando el paquete hacia Elliot con un gesto brusco—. Os vendrá bien. Yo tengo de sobra.

Elliot miró el paquete y miró directamente al viejo con la mandíbula apretada.

—¡No, gracias!

—¿Seguro?

Elliot asintió y lo miró a los ojos.

—¡Bueno! —El viejo suspiró, resignado, y se dejó caer de nuevo en su trono.

No insistió; pero sus ojos, astutos y cansados, no dejaron de estudiar a Elliot mientras se acomodaba.

—Esconderos bien. Si os atrapan... —Aristóteles lo miró fijo—. Ya sabes cómo funciona esto.

Elliot no respondió.

—Y esta vez no te dejarán ni acercarte.

—Nunca lo permitiré.

El viejo asintió, satisfecho.

—Eso quería escuchar. Ahora lárgate antes de que los ladrones salgan a hacer de las suyas y la poli vuelva a patrullar.

Elliot ya se disponía a marcharse, pero su mirada se detuvo en la manta que Aristóteles le había ofrecido. Era gruesa, resistente, mucho mejor que el jirón raído que cubría a Mara. Se tragó aquello que le cerraba la voz y logró decir:

—¡Creo que... mejor me lo quedo! —Sus dedos temblaron al recoger la manta—. Por Mara, ¿sabes?

Aristóteles asintió sin abrir la boca y observó cómo Elliot recogía el paquete con torpeza.

El niño se dirigió a la salida, con la manta apretada contra el pecho. Justo antes de subir la escalera, cuando el sótano ya se desdibujaba tras él, Aristóteles le gritó desde el fondo, mientras su voz resonaba entre las sombras y el humo:

—¡Chaval! ¡Si vas a hacer algún espectáculo de magia, avisa! ¡Me gustaría verlo con mis propios ojos!

Elliot sonrió, solo por un segundo. Se despidió con un gesto y subió al nivel de la calle, dejando atrás la luz cálida y el olor a tabaco rancio del sótano.


───────── ✧ ─────────


Bajó los últimos peldaños lentamente, pues cada paso era una conversación entre su cuerpo y la gravedad. Al llegar a la puerta del refugio, Elliot se detuvo, escudriñó en la oscuridad detrás de él y aguzó el oído. Nada. Solo el rumor lejano de la ciudad.

La puerta cedió con el mismo quejido de siempre. Dentro, la atmósfera era densa —el aire más quieto y más sucio— que la última vez. El haz de luz de la vela seguía allí, iluminando como una luna cubierta de nubes negras. Elliot dejó caer la mochila junto a la entrada; el golpe hizo vibrar los botes y las latas en el suelo. Ni siquiera intentó ordenarlas.

Mara estaba tumbada de lado, recogida sobre sí misma en el catre de cartones. Por un momento, Elliot pensó que dormía; pero cuando se acercó, vio que los ojos de ella estaban abiertos, fijos en la pared, y que la piel de su cara era tan clara y fina que cualquiera diría que era translúcida; el pecho le subía y bajaba a un ritmo errático, a veces en ráfagas, a veces apenas perceptible; el sudor le pegaba el pelo a la frente, y los labios estaban partidos y morados.

Elliot se quedó quieto, con la mandíbula apretada. Se sentó junto a la cama y le tomó la mano.

—Ey —dijo él, en voz baja.

Mara giró la cabeza con esfuerzo. Sus ojos estaban velados, pero todavía había un tenue brillo terco.

—¿Has vuelto, hermanito? —preguntó, apenas audible.

—Siempre vuelvo. No he tardado nada.

Elliot intentó sonreír, pero no pudo. Ella esbozó una media mueca.

—¿Has traído algo de comer?

—Un poco. Galletas, agua. Además de una manta que nos ha prestado Aristóteles y una linterna de las buenas.

No hablaron durante unos segundos. Mara apretó su mano con una fuerza sorprendente, aunque solo fue un segundo.

El niño se quitó la chaqueta y cubrió a Mara con la manta prestada, arropándola. Le frotó la espalda con movimientos lentos, rítmicos. La respiración de Mara era cada vez más superficial, pero al menos estaba ahí. Elliot se inclinó hacia adelante.

—Aristóteles te envía recuerdos.

—¿Cómo está?

—Bien. Dice que hubiese preferido verte a ti que a mí.

—Mentirosillo... —dijo Mara, y por un segundo rio, pero el sonido se cortó en tos seca.

Elliot le limpió la boca con el borde de la manga. Luego se quedó un largo rato sin decir nada, escuchando el goteo del agua sobre el cemento y el pulso de la ciudad en las cañerías. Quiso decirle tantas cosas, pero no le tenía fuerzas para hablar. Tan solo pudo acariciarle el pelo, apartando los mechones húmedos con delicadeza.

Mara temblaba; su cuerpo entero se sacudía por escalofríos. Elliot no pudo soportarlo; se metió en el catre junto a ella y la abrazó, los dos apretados bajo las mantas. Sintió la respiración de Mara en su cuello, tan débil que por momentos pensó que se desvanecería. El temblor pasó de ella a él, como si pudieran repartirse el frío.

No supo cuánto rato estuvo así, solo que de pronto Mara dejó de toser y se quedó muy quieta, respirando lento, casi normal. Elliot no se movió, ni siquiera cuando la luz de la vela titiló en una agonía interminable.

Al final, sintió que ella lo miraba.

—¿Tienes miedo? —susurró Mara.

Elliot apretó la mandíbula.

—Sí.

Ella asintió, como si lo esperara.

—Yo también.

Permanecieron unos segundos callados.

—Elliot... tal vez... si crees que puedes...

—¡Demonios! ¡Ni lo digas! —la interrumpió.

—No quiero ser...

Las lágrimas de Mara humedecieron el jersey de Elliot mientras se aferraba a él. Elliot le besó la frente y la mantuvo abrazada. Fijó la vista en la diminuta ventana, donde las luces del edificio vecino parpadeaban detrás del cristal sucio mientras escuchaba la respiración débil de su hermana.

Uno... dos... tres...

Elliot contuvo la respiración, esperando.

Cuatro... cinco...

28 de julio de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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