
Capítulo 12
Voces en la noche
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Las noches en Hogwarts no eran la calma absoluta que Elliot se había imaginado. Al principio, los crujidos de los arcos de piedra y los susurros de los cuadros le parecieron parte de un sueño; pero con el paso de las horas se convirtieron en una pesadilla, pues, aunque el castillo dormía, nunca lo hacía en silencio.
Esa primera noche, intentaba conciliar el sueño en un sofá de la Sala Común de Slytherin. No lo había elegido él; más bien, no le habían dado otra opción. Cuando llegó al dormitorio de los alumnos del primer año, todas las camas estaban ocupadas, incluida la que le tocaba a él. Marius Fudge —de segundo año— se había apropiado de ella con la naturalidad de quien sabe que nadie se atreverá a echarlo. Por supuesto, no era su cuarto y ni siquiera tenía intención de pasar la noche allí, pero Marius no estaba dispuesto a permitir que Elliot durmiera tranquilo sin saber que no era bienvenido en Slytherin.
Adrian Holloway y Peter Oldwick, estudiantes de primer año y, por tanto, compañeros de cuarto de Elliot, intentaron razonar con Marius, pero este los despachó con un gesto de desdén. Sin embargo, para sorpresa de todos, Elliot se encogió de hombros y no le dio mayor importancia. Después de un día tan completo, no tenía ninguna gana de discutir, así que salió del dormitorio y se tendió en el sofá más apartado que había en la Sala Común.
Sin embargo, no era eso lo que le impedía dormir. Después de todo, aquel sofá de terciopelo verde era un lujo comparado con el catre de cartones y periódicos que le servía de cama en Londres. Aunque su cuerpo, acostumbrado al frío del sótano y a la dureza del suelo, no sabía qué hacer con tanta blandura, sus músculos no se relajaban y su mente no podía apagar el instinto de vigilia. Y, por si fuera poco, la oscuridad de la Sala Común tenía un tono verde enfermizo que hacía imposible olvidarse de que estaba en Slytherin. Pero tampoco era eso lo que lo mantenía despierto.
Tumbado en el sofá, no apartaba la vista del techo; allí, talladas en la piedra, serpientes y dragones se enredaban en un combate eterno. Intentó contar las escamas de un dragón, luego las de una serpiente, pero los números se le enredaban en su cabeza.
Cansado de serpientes y dragones, se giró de lado mientras el sofá crujía bajo su peso. No, en ese lado tampoco se relajaba. Se dio la vuelta al otro lado, luego boca arriba y de nuevo de lado. Nada, no había forma, el sueño le esquivaba. La causa: estaba nervioso y enfadado. Al llegar a la Sala Común, había abierto el baúl que su tutor le había enviado. Según la carta, contendría sus pertenencias, pero solo encontró libros, cachivaches y una varita. Nada de ropa. Ni un calcetín, ni un zapato, ni un jersei... Nada. ¿Acaso su tutor esperaba que Elliot llevara la misma ropa durante todo el año en Hogwarts? ¿En qué pensaba ese tutor? Resopló enrabietado.
Cerró los ojos e intentó pensar en otra cosa. Recordó a Mara, el sonido de su respiración cuando dormía pegada a su lado, el olor a vómito, el crepitar de la vela y la fiebre pegajosa que saturaba el aire. No, eso tampoco lo ayudaba. Buscó en su mente algo distinto, algo que aligerara el peso del día. De pronto, la imagen de Aristóteles dando de comer a las palomas acudió a su memoria, y una sonrisa asomó en sus labios. El viejo se giraba hacia él y le soltaba una de sus frases favoritas: «El mejor colchón es una conciencia tranquila». Elliot abrió los ojos de golpe, apretó los puños y maldijo al viejo entre dientes.
El reloj de la sala marcó las dos de la madrugada. Cansado de dar vueltas en el sofá, se deslizó fuera. Caminó descalzo, con los pies de puntillas. Sabía moverse sin hacer ruido; lo había practicado durante años. Salió de la Sala Común y se encontró en el pasillo del sótano, donde el único sonido era el de su propia respiración.
Había visto el castillo a la luz de las velas, pero ahora todo estaba oscuro y todo parecía diferente: las armaduras parecían más altas, los cuadros más atentos, y hasta el aire tenía otro peso. Caminó por el corredor, siguiendo la luz mortecina de la luna que se colaba por los ventanales. El reflejo de los rayos en las baldosas le hizo pensar en las alcantarillas donde una vez se escondió de la policía. Pero en Hogwarts, aunque parecía un castillo viejo, todo estaba limpio y reluciente.
¡Demonios! Si quiero adaptarme, lo primero será asearme. Tendré que pensar algo para conseguir ropa limpia. De momento, veamos dónde puedo ducharme.
Bajó las escaleras en busca de las duchas. Si no encontraba ninguna otra, se ducharía en los lavabos de la Sala Común de Slytherin, pero el ruido despertaría a alguien, y no quería molestar. Sin embargo, la curiosidad lo arrastró hacia arriba, primero al primer piso, luego al segundo, explorando cada recodo mientras se maravillaba con los cuadros que cobraban vida a su paso.
Al regresar a las escaleras, se encontró con una gata gris que lo observaba desde la barandilla, inmóvil, con unos ojos que parecían ver más de lo que cualquier humano podría. Elliot recordó las palabras de Mara: «Si yo fuera bruja, tendría un gato». Con una sonrisa en los labios se acercó a la gata con cuidado y extendió la mano. Esta, al principio, arqueó el lomo, desconfiada, pero pocos segundos después cedió y se dejó acariciar, ronroneando suavemente. Cuando Elliot se alejó, la gata maulló, como si no quisiera que se fuera. Él se giró y le hizo un gesto de despedida con la mano. Y al girarse, la gata lo siguió.
A la altura del tercer piso, escuchó un silbido agudo y chillón, como el de un globo desinflándose. Rápidamente, Elliot se pegó a la pared. Al ver que la gata se sentaba en medio del pasillo, le hizo un gesto para que se apartara, pero el animal, imperturbable, se quedó donde estaba y comenzó a lamerse una pata con total indiferencia. Resignado, Elliot asomó la cabeza al siguiente pasillo, y vio una figura flotando a medio metro del suelo, con las piernas cruzadas y las manos detrás de la cabeza y cara de haberse comido tres paquetes de chicles podridos. No sabría muy bien explicar qué era, pero su risa llenaba el pasillo de ecos y de burlas.
—¡Eh, tú! —La figura giró en el aire con un movimiento brusco, quedando cabeza abajo como un murciélago. Su voz, aguda y chillona, resonó en los pasillos vacíos—. ¿Se puede saber qué hace un enano de primer año merodeando por aquí a estas horas?
Elliot no le respondió. No es que le tuviera miedo; curiosidad, tal vez, pero sí seguía un principio básico de la calle que había aprendido a base de golpes: quien grita, merece que lo ignoren. Pero el ser que flotaba frente a él no parecía dispuesto a rendirse.
—¿No sabes que las reglas dicen que por la noche los críos deben estar durmiendo como angelitos? —La cosa se inclinó en una reverencia exagerada, burlona, y sus ojos brillaban con malicia—. ¡Peeves podría llevarte de vuelta a tu camita con solo un dedo!
Elliot se encogió de hombros y se cruzó de brazos. Observó a aquella cosa con la misma curiosidad aburrida con la que miraría a un perro persiguiendo su propia cola.
—¿Qué demonios eres tú? No eres como los otros fantasmas.
—¡¿Fantasma?! —Peeves se irguió, ofendido—. ¡No me compares con esos aburridos espectros! ¡Yo soy un poltergeist! ¡El mejor, el más molesto, el más glorioso poltergeist de toda Gran Bretaña!
—¿Y qué demonios es un poltergeist?
Peeves se quedó mirándolo, con la boca entreabierta y una expresión que oscilaba entre la incredulidad y el desprecio.
—¿Me estás tomando el pelo, enano? ¿O es que eres más tonto de lo que pareces?
—Lo que tú digas. —Elliot se dio la vuelta y empezó a alejarse—. No tengo tiempo para tonterías.
—¿Tonterías? ¡¿TONTERÍAS?! ¡ES MI TRABAJO! ¡Mi razón de ser! ¡Eh, niño estúpido, vuelve aquí o...!
—¿O qué? —Elliot se giró de nuevo, desafiante, con media sonrisa.
—¡ALUMNO FUERA DE LA CAMA! ¡ALUMNO FUERA DE LA CAMA! —rugió Peeves. Su voz resonaba por los pasillos como una alarma infernal, mientras se lanzaba hacia los techos, decidido a armar el mayor escándalo que Hogwarts hubiera visto en décadas.
Pero Elliot simplemente se encogió de hombros y continuó su camino con la misma calma con la que había empezado. De hecho, ni aceleró el paso, ni miró atrás, ni dio señales de que el escándalo del poltergeist le afectara lo más mínimo. La gata se levantó y volvió a seguirlo. Peeves, tras unos segundos más de alaridos que resonaron en los pasillos vacíos, se detuvo. Flotó detrás de Elliot, observándolo con una mezcla de asombro y ofensa.
—¿Qué buscas?
—Un baño.
Peeves arqueó una ceja. Durante un instante, flotó a su altura, pero Elliot ni siquiera pestañeó. El poltergeist ladeó la cabeza, intrigado. Luego, como si fuera un filósofo en plena reflexión, se sentó en el aire, cruzando una pierna sobre la otra y apoyando el codo en la rodilla, con la cabeza descansando sobre los dedos pulgar e índice.
—Un baño, ¿eh? ¿Y qué clase de crío no se mea encima de puro terror al saber que lo pueden echar de Hogwarts por vagar como un ratón a estas horas?
—Uno que ha visto cosas peores.
Peeves flotó en silencio durante unos segundos, balanceando las piernas como si estuviera sentado en un columpio invisible. Al final, suspiró —o algo parecido a un suspiro, porque los poltergeists no respiran, pero si lo hicieran, habría sonado así— y cedió.
—El mejor baño del castillo es el de los prefectos, en el cuarto piso. Quiero ver si tienes agallas para colarte ahí sin que te pillen.
Y con un giro que desafió toda lógica, Peeves se esfumó en un remolino de aire frío, dejando atrás solo el eco de una risa burlona.
Elliot se quedó quieto un momento, esperando a ver si el poltergeist regresaba con otra de sus travesuras. Pero el pasillo permaneció en silencio. Miró a la gata, se encogió de hombros y, sin pensarlo dos veces, continuaron subiendo las escaleras.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que las escaleras se movían solas, giraban y cambiaban de dirección cuando menos lo esperabas. Al principio, Elliot pensó que sería tal vez un truco del poltergeist. Luego, lo tomó como un reto personal; cada vez que una escalera giraba bajo sus pies, él saltaba al siguiente peldaño o buscaba la forma de atajar por el corredor más cercano. Empezó a moverse más rápido, con la agilidad de quien ha jugado a huir toda la vida. A los pocos minutos, dominaba el ritmo de las escaleras.
Al llegar al cuarto piso, vio la puerta del baño de prefectos. Era enorme, de madera barnizada y con un picaporte dorado que tenía forma de delfín. Empujó la puerta despacio, temiendo encontrar a algún profesor de guardia, pero no había nadie. Dentro, el baño era más grande que cualquier comedor de las casas de acogida donde había estado. Había una piscina central, grifos que brillaban como joyas y toallas apiladas en pirámides perfectas.
Mientras la gata se sentaba sobre un banco, Elliot se acercó al borde de la piscina. Metió la mano en el agua, comprobando que estaba tibia, casi ardiente, con un olor a jabón y a flores que jamás había olido. Por un segundo, pensó que podía ser una trampa del poltergeist, pero la tentación era más fuerte que sus sospechas.
Se desvistió con lentitud, dejando caer la ropa arrugada y sucia en un rincón. Luego, con cuidado, temiendo romper el hechizo del momento, se metió en el agua poco a poco. El calor lo envolvió de golpe, como una manta de cuadros tejida con hilos de consuelo, y por un instante, sintió que el peso del mundo y sus durezas —los golpes, el frío, el hambre, los días sin dormir...— se despegaban de su piel.
Se quedó flotando, con los ojos cerrados, dejando que el silencio y el vapor lo transportaran a un lugar donde no hubiera decisiones que tomar ni promesas rotas. Pero entonces, como siempre, la imagen de Mara se dibujó en su mente. Y aunque un nudo le apretó la garganta, no pudo evitar sonreír al imaginarse su risa al conocer a Peeves.
Se estiró en la bañera, puso las manos detrás de la cabeza como cojín y dejó que el agua lo meciera. No sabía cuánto tiempo pasó. Minutos, quizá horas. El sueño lo venció poco a poco, pero antes de dejarse llevar, una última idea lo hizo sonreír:
En realidad, estoy aquí solo porque Mara creyó que yo sería capaz de salvarla.
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El frío lo despertó. Todavía era de noche, y el baño de prefectos estaba sumido en una penumbra plateada. Al abrir los ojos, Elliot tardó unos segundos en reconocer el lugar. Pero al moverse, el susto lo sacudió; estaba rodeado de agua y no recordaba cómo había llegado allí. Cuando por fin reconoció el lugar, volvió a apoyar la cabeza en la loseta fría y, durante unos instantes, se quedó mirando el techo con la mente en blanco.
En la pared lateral, descubrió una enorme vidriera en la que una sirena se peinaba la melena rubia con movimientos lentos y ondulantes. Aún no se acostumbraba a que cuadros, fotos y vidrieras cobraran vida en el mundo mágico. Se quedó hipnotizado por el vaivén de sus gestos y, poco a poco, el cansancio lo venció y los párpados comenzaron a cerrársele. Al notar que de nuevo se adormecía, abrió los ojos de golpe. La idea de regresar a la Sala Común se volvió inevitable; pero, sobre todo, necesitaba encontrar ropa limpia.
Al levantarse, vio que la gata seguía tumbada durmiendo en el banco, con el rabo colgando flojo sobre el borde. Se quedó de pie frente a ella, observándola, y sintió una pizca de envidia al contemplar el sueño plácido del animal.
Buscó la toalla menos limpia de la pila más cercana y se la enrolló a modo de bata. Mientras se secaba el cabello con otra toalla, le vino a la mente Aristóteles y no pudo evitar sonreír. Sabía perfectamente qué habría dicho el viejo al verlo en ese instante con dos toallas limpias: «Solo los millonarios usan toallas limpias cada día».
Mientras se secaba y decidía cómo conseguir ropa limpia, escuchó un golpecito en la puerta, un tímido toc-toc. Se quedó inmóvil y aguzó el oído. Pasaron unos instantes de silencio absoluto. Cuando ya creía que había sido cosa de su imaginación, el suave toc-toc resonó de nuevo. Alguien masculló tímidamente algo al otro lado, pero la puerta no se abrió. Elliot contuvo la respiración y esperó, sin saber qué hacer. Tras unos segundos que se le hicieron eternos, la puerta se abrió por fin, y el sonido de unos pies descalzos deslizándose sobre el mármol del baño llegó hasta él.
Por el reflejo en la pared, vio entrar una silueta diminuta, de orejas desproporcionadas y cuerpo delgado. Cuando por fin pudo distinguirlo con claridad, reconoció al elfo doméstico de la cena. Parecía no haberlo visto. Iba recogiendo toallas mojadas mientras murmuraba para sí, absorto en su tarea.
—No era culpa de Lumi. Solo limpiaba el suelo y la niña lo miró. No deben mirar a Lumi, no está bien.
Elliot lo observó en silencio, intentando descifrar qué era aquella triste figura. Mientras tanto, el elfo recogió un tapón de jabón, lo olfateó y lo tiró a la papelera. Sus orejas caían hasta casi el pecho, y la piel, entre gris y azulada, se cubría de motas más oscuras cuando se movía.
Tras unos momentos, Lumi se giró y sus ojos se encontraron con los de Elliot. El elfo se quedó congelado, con la boca en una «o» perfecta y las toallas colgando, olvidadas, en su mano. Durante unos instantes, ninguno de los dos movió un músculo.
—Me... me... ¡Me han visto! ¡Otra vez!
El elfo doméstico se encogió como si quisiera desaparecer; su voz temblaba y apenas era un susurro ahogado, y los ojos se le llenaron de pánico. Estaba tan aterrorizado que las toallas cayeron de sus manos y sus dedos se aferraron, nerviosos, a los jirones de su ropa raída.
Elliot, aún envuelto en la toalla y con el pelo húmedo pegado a la frente, alzó las manos en son de paz.
—Tranquilo, tranquilo. No pienso decir nada.
El elfo titubeó. Sus ojos, inquietos, saltaron de la puerta al suelo de piedra, hasta detenerse, al fin, en Elliot.
—¿No... no va a delatar a Lumi?
—Claro que no. Nadie se va a enterar de que te vi haciendo... lo que sea que estés haciendo.
Lumi dudó. Retrocedió dos pasos, pero la curiosidad lo mantuvo en su sitio. Sus dedos, que no dejaban de moverse, se detuvieron un instante.
—¿Por... por qué? —titubeó el elfo—. Los magos siempre delatan a Lumi. Y los niños son peores.
Elliot se encogió de hombros con indiferencia, pasando la toalla por su pelo húmedo con un gesto distraído. Luego, señalando su propia piel de gallina, esbozó una media sonrisa torcida.
—Supongo que estamos en las mismas. Yo tampoco debería estar aquí.
El elfo inclinó la cabeza y, por un instante, sus orejas se movieron levemente. Sus ojos, antes llenos de recelo, brillaron con una chispa de curiosidad.
—¿Acaso usted tampoco es un buen mago?
—Ni siquiera sé si soy mago.
Hizo una pausa y luego extendió la mano.
—Me llamo Elliot. Tú eres Lumi, ¿verdad?
El elfo no se movió. Sus ojos se posaron en la mano tendida de Elliot. Durante un segundo eterno, evaluó el gesto. Finalmente, alargó la mano y rozó la de Elliot con la punta de sus dedos.
—Sí, Lumi. No muy bueno. Lumi limpia y ayuda.
—¿No muy bueno?
—No tan bueno como los demás. Me mandaron a Hogwarts porque en la casa anterior no servía. Los elfos dicen que soy torpe. Ayer rompí un plato. Hoy, me han visto dos veces... Bueno, tres. —Miró al suelo—. Si sigo fallando, me mandarán lejos.
Elliot no supo qué responder. Durante un rato, solo compartieron el silencio. Lumi empezó a frotar el suelo con un pie con movimientos circulares, cada vez más lentos.
—¿Por qué Elliot ha venido a baño tan bonito?
—Nunca había visto un baño así. Y hoy fue un día largo. Necesitaba relajarme.
—El baño es lo mejor que tiene el castillo. Los magos no lo saben, pero Lumi sí.
El elfo miró el montón de ropa arrugada que Elliot había dejado en el suelo. Se acercó, olió la camiseta y puso cara de haber mordido un limón.
—¿Puedo limpiar esto?
—No, por favor. Solo tengo eso. Si lo pierdo, no tendré nada que ponerme.
—Lumi solo tiene este trapo. Si se ensucia, lo lava y lo pone mojado; no hay otro. Los magos creen que los elfos tienen ropas infinitas. No es verdad.
La confesión flotó en el aire un momento. Elliot recordó que él y su hermana tenían una sola muda de ropa. Se quedó mirando a Lumi durante unos momentos.
—¿Tienes hambre?
Lumi abrió los ojos como platos.
—¡Oh, no, no! Los elfos no pueden aceptar comida de magos. Está prohibido.
La respuesta dejó a Elliot sumido en sus pensamientos. El frío terminó por devolverlo a la realidad. Se vistió en silencio mientras Lumi seguía cada uno de sus movimientos sin apartar la mirada.
—¿Elliot volverá?
—Seguro. Me gusta este baño.
Lumi esbozó una sonrisa tímida que duró muy poco, porque, de pronto, ambos escucharon voces al otro lado de la puerta. Al principio fue solo un murmullo lejano, pero poco a poco era más cercano y definido. Una voz era masculina, grave y autoritaria, y la otra femenina, más aguda pero igualmente firme.
—Ya han llegado —decía el hombre—. Debemos empezar la búsqueda.
—¿Por dónde deberíamos empezar?
Lumi se tensó de golpe. Sus ojos se abrieron de par en par. Giró sobre sí mismo con las manos temblorosas y el cuerpo listo para desaparecer.
—¡Lumi tiene que irse! No pueden ver a Lumi aquí. Es tarde. ¡Es muy malo, muy malo!
—¡Espera, Lumi! ¿Dónde puedo conseguir...?
Pero no pudo terminar la pregunta. El elfo ya había desaparecido con un blup, dejando únicamente un revoltijo de toallas esparcidas por el suelo. Elliot se quedó petrificado con los ojos como platos.
El murmullo de las voces y el eco de unos pasos que se acercaban lo devolvieron de golpe a la realidad. Una sombra cruzó por debajo de la puerta. Elliot se lanzó tras un pilar y se hizo lo más pequeño que pudo. Al oír que la manilla empezaba a girar, se pegó todavía más al pilar, fundiéndose con las sombras. La puerta se abrió lentamente con un chirrido suave, casi inaudible, que le retumbó en los oídos. Alguien se asomó al interior del baño. Elliot no se atrevió a moverse; ni siquiera tuvo el valor de inclinar la cabeza para descubrir quién era. De reojo, vio que la gata seguía profundamente dormida en el banco. Rogó en silencio que no la vieran.
—¿Qué haces? —dijo la voz de mujer.
Elliot se sobresaltó. ¿Lo habían descubierto?
El silencio se alargó hasta hacerse insoportable. Cerró los ojos y contuvo la respiración, suplicando que se alejaran. El corazón le martilleaba el pecho con tanta fuerza que parecía dispuesto a abrirse paso entre las costillas.
—Nada —dijo el hombre—. Creía haber oído algo aquí dentro.
Cerraron la puerta y los pasos reanudaron la marcha. Elliot dejó escapar el aire que estaba conteniendo y esperó un par de segundos antes de moverse. Alzó la vista y negó con una sonrisa en los labios al ver que la gata seguía durmiendo, ajena a todo aquel vaivén. Después se acercó despacio a la puerta y apoyó la oreja contra la fría madera. Las voces se alejaban del baño, aunque algunas palabras seguían llegando hasta él, rotas e incompletas:
—Deberíamos preguntar a los demás... —decía el hombre.
—¿No sería mejor esperar a...? —empezó a decir la mujer, pero su voz se perdió en la distancia.
Elliot frunció el ceño. No tenía ni idea de qué estaban hablando, aunque estaba seguro de que se referían a los estudiantes. ¿Pero qué buscaban? Apartó la pregunta de su cabeza. Si quería volver a la Sala Común, antes tendría que salir de allí. Y no podía permitirse que lo descubrieran.
Tragó saliva y se acurrucó junto a la puerta. Contuvo la respiración mientras agudizaba el oído. Permaneció inmóvil, esperando que las voces se alejaran. O, en el peor de los casos, que los pasos regresaran y se detuvieran justo al otro lado.
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Cuando por fin dejó de oír pasos, esperó unos segundos más antes de abrir la puerta con suma cautela, solo lo justo para asomarse. El pasillo estaba casi a oscuras, pero le pareció vacío. Justo en ese momento, un relámpago iluminó brevemente el corredor, seguido de un trueno tan repentino y ruidoso que el corazón casi se le sale del pecho. Sin embargo, gracias a ese destello, confirmó que no había nadie y que podía salir sin peligro.
Cerró de nuevo la puerta y chistó a la gata para despertarla, pero el animal dormía tan profundamente que ni pestañeó. Insistió, y esta vez un trueno ensordecedor resonó en el baño, sacando a la gata de su letargo. Elliot la llamó para que se acercara, pero el animal, con parsimonia felina, se tomó su tiempo para estirarse con elegancia; luego, bostezó con suma exageración y, por fin, decidió acercarse. Elliot la recibió con caricias antes de llevarse un dedo a los labios para que no hiciera ruido, como si los gatos no fueran ya de por sí maestros del sigilo.
Abrió de nuevo la puerta y asomó la cabeza con cautela. Tras escudriñar el pasillo durante unos segundos, salió del baño con sigilo e indicó a la gata, con un leve gesto de la mano, que lo siguiera sin hacer ruido. Entonces las primeras gotas de lluvia comenzaron a repiquetear contra los cristales de las ventanas. Elliot sonrió para sus adentros; aquel sonido amortiguaría el eco de sus pasos.
Al llegar al primer cruce de pasillos, se detuvo, indeciso. No sabía por dónde se habían marchado los dos que había oído hablar. Además, necesitaba ropa limpia; no podía asistir a su primer día de clase con aquella ropa tan vieja, agujereada y sucia. Se le ocurrió que tal vez Hogwarts tendría una lavandería y que allí podría encontrar algo que le sirviera. Sin embargo, no tenía ni idea de dónde estaría. Tras pensarlo un momento, decidió que lo mejor sería regresar al lugar donde se había encontrado con Peeves y preguntarle a él. Sabía que no sería fácil obtener la información, pero no tenía otra opción.
Decidido, dobló la esquina del pasillo por donde había llegado y, al girarse hacia la gata para indicarle que lo siguiera, tuvo la mala fortuna de chocar de lleno contra algo blando pero contundente, como un saco de harina. El impacto lo devolvió a la realidad más rápido que un cubo de agua fría.
—¡Ay, demonios! —farfulló, llevándose la mano al hombro.
El «saco de harina» era, en realidad, una mujer. Media estatura, túnica color mostaza y un moño castaño tan deshecho que parecía estar a punto de escapar de su propia cabeza. La mujer olía a algo entre flores secas y desayuno dulce. Sus ojos color miel lo miraban con esa clase de experiencia que solo tienen quienes llevan muchos años viendo niños meterse en problemas. Elliot la reconoció; era la profesora que estaba sentada en la cena al lado de Briarwood y que había visto mirarlo fijamente. Elliot maldijo para sí.
—¡Lumus! —exclamó la profesora mientras agitaba su varita.
La punta de la varita se iluminó como una antorcha. La profesora la acercó al rostro de Elliot, obligándolo a cubrirse los ojos ante el resplandor. Desde aquel ángulo, la claridad ascendía desde abajo y proyectaba sombras inquietantes sobre las facciones de la profesora, dándole un aspecto mucho más siniestro del que habría tenido a la luz del día.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Solo se oían las gotas de lluvia golpeando el cristal de las ventanas. Finalmente, la profesora habló con un tono severo.
—¿Se puede saber qué hace usted fuera de la cama, jovencito?
Elliot buscó una excusa, pero a esas horas su mente estaba demasiado nublada para inventar algo creíble. Y, para colmo, no hacía falta ser un experto en magia para ver que aquella profesora no se dejaba engañar con facilidad. Decidió que lo más sensato era contar una media verdad.
—Buscaba el baño, señora.
Elliot se rascó la nuca mientras esquivaba los ojos de la profesora. Esta ladeó la cabeza.
—Profesora Honeywick. ¿El baño de los prefectos, dice? ¿Acaso es usted prefecto, señor...?
—Carter. Elliot Carter, profesora Honeywick.
—¿Es usted prefecto, señor Carter?
—Me perdí, profesora Honeywick. Las escaleras se movieron solas, y cuando quise darme cuenta, ya no sabía cómo volver.
Por un instante, algo brilló en los ojos de la profesora; pero su voz siguió siendo fría.
—Vaya, qué desafortunado es usted. Y, casualmente, las escaleras lo llevaron al baño de los prefectos. Señor Carter, debe ser el alumno con peor suerte que he conocido en todos mis años en Hogwarts.
Hizo una pausa mientras buscaba los ojos de Elliot, que seguían esquivándola.
—Espero que tenga la suerte de no volver a perderse por esos pasillos, porque la próxima vez, en lugar de dar explicaciones, estará frotando cada escalón de este castillo con un cepillo de dientes.
Elliot tragó saliva. No sabía si era mejor contestar o guardar silencio. Optó por lo segundo. Pero en ese breve instante de silencio, la gata salió de detrás de él y maulló. Cerró los ojos maldiciendo su mala suerte. La profesora Honeywick miró la gata con una ceja levantada. Sus ojos fueron de la gata a Elliot, buscando una explicación.
—¡Nox! —exclamó la profesora apagando la luz de la varita.
La semipenumbra regresó al pasillo, para alivio de Elliot. Entre las sombras tenía la absurda sensación de ser menos transparente ante la profesora.
—Misty, ¿qué haces aquí? —dijo la profesora mientras se agachaba y cogía en brazos a la gata—. Tu ama te estaba buscando.
Colocó a la gata sobre su brazo izquierdo y, con la otra mano, la acarició suavemente. El animal se acomodó contra él, ronroneando satisfecho. Elliot observaba alternativamente a la gata y a la profesora, con una absurda punzada de envidia. Hasta que, por fin, la profesora recordó que él seguía allí, frente a ella.
Cuando Honeywick volvió a hablar, Elliot resopló hastiado.
—Además de vagabundear por los pasillos a altas horas de la noche, ¿se dedica a robar los gatos?
Sin embargo, era Elliot quien sentía que le habían robado a la gata.
—Yo no he robado nada. La gata me siguió.
La profesora entrecerró los ojos antes de hablar.
—Eso no lo creo. Misty es muy selectiva con las personas; no suele irse con la gente que no conoce.
Elliot se encogió de hombros. La profesora guardó silencio durante unos instantes, observándolo mientras él seguía con la mirada fija en la gata. Al notar que la profesora lo miraba, Elliot desvió la vista, incómodo.
—Bien, señor Carter. Vuelva a la Sala Común y duerma algo. Mañana será un día largo.
Elliot asintió sin mirarla, pero antes de dar un paso, la profesora añadió:
—Y no se presente mañana a clase con ese aspecto. No tolero la ropa arrugada y llena de polvo, ni los zapatos que parecen haber arrastrado medio bosque, ni ese... —se detuvo buscando las palabras adecuadas—, aroma a suciedad.
Elliot no respondió, pero apretó la mandíbula y, por primera vez, la miró directamente a los ojos.
—Usted es un alumno de Hogwarts, señor Carter, y en esta escuela, todos debemos mostrar el respeto que merece la institución. ¿Me he explicado con claridad?
Elliot se mordió la lengua. La miró durante unos segundos a los ojos. Después, agachó la cabeza y se limitó a asentir con un gesto seco.
La profesora Honeywick observó el gesto encogido de Elliot. Con un suspiro casi imperceptible, suavizó su postura y el tono de voz.
—Bien. Pues vaya directamente a su dormitorio, señor Carter. Suerte que es su primera noche en el castillo. Si no fuera así, ya le habría descontado puntos a Slytherin. Debería ser consciente de que sus actos pueden perjudicar a sus compañeros de Casa. Y, ¿usted no querrá que eso ocurra, verdad?
Elliot negó, bajando la cabeza. Se dio la vuelta para marcharse, pero no pudo evitar murmurar entre dientes, convencido de que ella no lo escucharía:
—No es tan divertida como la capitana Briarwood.
La profesora Honeywick, por supuesto, lo escuchó. Y sin alterarse, respondió:
—Ah, ¿no soy tan divertida como la profesora Briarwood? —Hizo una pausa dramática, saboreando la ironía—. Pues espere a enterarse de que la profesora Briarwood tiene por costumbre comerse a los alumnos que se pasean de noche por los pasillos... o que llegan tarde a clase.
Elliot se giró de golpe, y vio que la profesora tenía una extraña sonrisa en los labios.
—¿Quiere que lo lleve ahora mismo a verla? Estoy segura de que le encantaría conocerlo.
El chico se asustó de verdad. Abrió mucho los ojos, dio un paso atrás mientras negaba con la cabeza. La profesora agrandó su sonrisa.
—A dormir, señor Carter. Mañana será un día largo.
Elliot bajó la cabeza, sintiendo un calor vergonzoso en las mejillas. Cuando se puso en marcha, oyó de nuevo, detrás de él, la voz de la profesora pronunciar «Lumus». Un instante después, la luz de su varita volvió a encender el pasillo. Caminó por él y bajó las escaleras, pero al llegar al último escalón, no pudo evitar mirar atrás. Otro destello de relámpagos iluminó a la profesora, que seguía plantada en el mismo sitio, observándolo con Misty en un brazo y sosteniendo en alto la varita «encendida». Elliot tenía claro una cosa: aquella profesora no le gustaba, y mucho menos desde que le había quitado «su» gata.
¿Con quién estaría hablando cuando la oí en el baño y qué será lo que buscan?
Durante unos segundos se quedó allí mirando a la profesora, esperando que se diera la vuelta. Pero la profesora lo vigilaba desde las alturas. Resignado, volvió a mirar al frente y corrió hacia la Sala Común de Slytherin.
Volvamos a la Sala Común. Ya buscaré la forma de encontrar ropa limpia mañana por la noche.
Sin embargo, Elliot no tenía ni idea del día que le esperaba ni de que lo peor estaba por llegar.
10 de julio de 2026
Enrique Vallés Balaguer
