
Capítulo 14
Cambio de piel
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El Gran Comedor de Hogwarts vibraba con el rumor de cientos de voces hambrientas y el tintineo de los cubiertos. Elliot aún no se acostumbraba al despliegue de comida que se ofrecía cada día. Ese mediodía, la sopa era tan densa y especiada que su aroma llegaba hasta la entrada.
En la mesa de Slytherin, Katherine servía raciones a sus amigos, mientras Amaia, recién llegada del baño tras su pesadilla en la clase de «Pociones», abrazaba su plato de sopa. A pesar de las miradas de disgusto de algunos estudiantes de Slytherin, se había sentado junto a Katherine y Elliot.
Sin embargo, esas miradas no eran nada comparadas con las que recibía Elliot. Para muchos, él seguía siendo un intruso, no solo en la mesa de Slytherin, sino en Hogwarts mismo. Aunque intentaba ignorarlas, no podía evitar lanzar miradas de reojo.
Se había sentado al lado de unos alumnos de último curso, no porque fueran más indulgentes, sino porque su corpulencia lo ocultaba. Así, mataba dos pájaros de un tiro: por un lado, los demás no podían verlo con facilidad, y por otro, si la profesora Honeywick entraba en el Gran Comedor, podría pasar desapercibido.
Elliot hundió la cuchara en la sopa y se la llevó a la boca. Estaba demasiado salada, pero el calor del caldo era un alivio después de la fría mañana de clases. Mientras comía, su cabeza volvió al mismo problema de siempre, cómo encontrar ropa. ¿Encontraría algo en la lavandería? Y si aquella ropa pertenecía a otros alumnos... ¿qué haría? Cogerla sería robar. Además, tarde o temprano su verdadero dueño la reconocería.
Luego estaba su otro secreto. Ese era mucho más difícil de solucionar. Por mucho que buscara una solución, no encontraba ninguna. Sacudió la cabeza; no podía resolverlo todo a la vez. Primero tenía que conseguir ropa limpia. Era el problema más urgente... O, al menos, eso quería creer.
Mientras tanto, Amaia removía la sopa con la cuchara sin llegar a probarla. Katherine era la única que comía. Lo hacía con la misma elegancia con la que parecía hacer cualquier cosa, a cucharadas pequeñas, apenas llenas, y bocados diminutos. Al ver a sus dos amigos absortos en sus pensamientos, dejó la cuchara sobre la mesa y arqueó una ceja.
—¿Se os ha comido la lengua el gato?
—¿Eh? —Elliot levantó la vista—. No... Solo estaba pensando.
—¿En qué, Carter?
Elliot dudó. Esperó unos segundos, por si Amaia decía algo. Pero ella seguía tan callada como él.
—Pues... me parece absurdo que te castiguen por una tontería como la ropa.
Katherine puso los ojos en blanco.
—Carter, estás obsesionado con la profesora Honeywick. Supéralo.
—Solo digo una cosa. Si llevo la túnica puesta, ¿qué más da que la ropa de debajo esté limpia o no?
Sin embargo, ni él mismo sonó convencido. De reojo seguía viendo a algunos alumnos que, al pasar junto a la mesa, arrugaban la nariz al mirarlo.
Katherine decidió no responder. Pero Amaia salió por fin de su silencio.
—Tal vez... la profesora Honeywick solo quiere que todos vayamos... presentables —dijo, evitando mirarlo a los ojos—. Que no parezcamos... descuidados.
El tono de su voz era tan tímido que casi se perdió entre el ruido del Gran Comedor. Su piel oscura ocultaba el rubor de sus mejillas, pero Elliot comprendió por la forma en que evitaba su mirada que no pretendía herirlo.
Elliot no insistió. A esas alturas, la profesora Honeywick ya había dejado de preocuparle. Lo que de verdad le pesaba eran las miradas de los demás, los susurros, las risitas... Solo tenía que aguantar una clase más. Después buscaría la manera de conseguir ropa limpia.
Volvió la atención a su plato. Apenas acababa de hundir la cuchara en la sopa cuando un zumbido agudo invadió el Gran Comedor. Alzó la vista en busca de su origen y, antes de que pudiera reaccionar, un ejército de lechuzas irrumpió por las aberturas del techo.
Elliot se quedó boquiabierto. Dio un codazo a Amaia, que contemplaba el espectáculo tan fascinada como él. Las aves sobrevolaban las mesas en un baile casi coreografiado, esquivándose unas a otras antes de descender sobre sus destinatarios.
Una lechuza de plumaje negro y brillante planeó sobre la mesa de Slytherin y dejó caer un paquete justo delante de Katherine. El periódico golpeó la madera con un seco clap. Katherine lo recogió con absoluta naturalidad.
—¿Eso es tuyo? —preguntó Amaia, señalando el periódico.
—Sí.
Sin levantar la vista, desplegó las páginas con la soltura de quien lleva toda la vida haciéndolo.
—Es «El Profeta». El periódico de referencia de la comunidad mágica del Reino Unido.
Lo inclinó ligeramente para que pudieran verlo. En la portada, las fotografías cobraban vida igual que los retratos del castillo.
—¿Nunca habías visto un periódico, Moore?
Amaia negó con la cabeza.
—Nunca uno así. En los periódicos de Londres las fotografías no se mueven.
Katherine se encogió de hombros y siguió leyendo en silencio. Pasó la primera página con un gesto mecánico. Leía sin mostrar ningún interés hasta detenerse de pronto en la sección de anuncios clasificados.
—Mirad esto. «Se buscan calderos usados, preferiblemente con la base irregular. Se pagan bien si presentan tres marcas visibles. Entregar los jueves, al caer la tarde, donde los mensajeros descansan. No se aceptan calderos nuevos». ¿No os parece extraño?
Amaia y Elliot se inclinaron sobre la mesa para leer el anuncio. Elliot clavó la vista en las letras, aunque solo fingía seguirlas.
—No lo entiendo —admitió con naturalidad—. ¿Qué tiene de raro?
Katherine desvió un instante la mirada hacia él. Le llamó la atención que no pareciera estar leyendo el anuncio, sino simplemente observando la página. Frunció ligeramente el ceño, pero decidió no decir nada.
Cerró el periódico con un golpe seco y cruzó los brazos.
—No lo sé. Pero ¿quién busca calderos usados con unas condiciones tan concretas? ¿Y por qué exactamente tres marcas? Si solo quisiera un caldero viejo, cualquiera serviría.
—A lo mejor restaura calderos antiguos —propuso Amaia.
—O perdió el suyo y busca otro exactamente igual —aventuró Elliot.
Katherine no respondió. Permaneció unos segundos inmóvil, dándole vueltas al anuncio. Al final se encogió de hombros y volvió a abrir el periódico. Sin embargo, Elliot advirtió que, cada pocas páginas, sus ojos regresaban una y otra vez a aquel anuncio.
La conversación tomó un rumbo inesperado cuando Amaia, con la timidez de quien teme hacer una pregunta tonta, rompió el silencio:
—Esta tarde tenemos «Defensa contra las Artes Oscuras». ¿Sabéis quién es el profesor?
Katherine levantó la vista del periódico. Una leve sonrisa cruzó su rostro.
—El profesor Nott, Lucan Nott. Es el jefe de la casa Slytherin.
Al oír el apellido, Elliot dejó la cuchara sobre el plato.
—¡Ah, sí! Es ese profesor tan siniestro que vimos durante la cena de bienvenida, ¿verdad?
—¿¡Siniestro!? —repitió Amaia, alarmada.
Katherine dejó el periódico sobre la mesa.
—Ese mismo. Además, su hermano está en Azkabán.
Elliot arqueó una ceja.
—¿Azkabán?
—La prisión del mundo mágico.
El silencio se instaló unos instantes entre los tres mientras Elliot y Amaia asimilaban aquella información.
—¿Y por qué está allí? —preguntó Elliot al fin.
—Por mortífago.
Amaia y Elliot repitieron la palabra al mismo tiempo.
—¿Mortífago?
Sus miradas se cruzaron, igual de perdidas.
Katherine soltó un suspiro resignado. Se acomodó en el banco y adoptó ese aire suyo de quien está a punto de explicar algo que considera de conocimiento básico.
—Hace muchos años hubo un mago tenebroso que estuvo a punto de hacerse con el poder del mundo mágico. Era tan temido que la mayoría de la gente evitaba pronunciar su nombre. Lo llamaban El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.
Elliot frunció el ceño.
—Es un nombre un poco largo, ¿no?
—Sí, Carter. Demasiado. —Hizo una breve pausa antes de continuar—. Sus seguidores más fieles se hacían llamar mortífagos.
—Mortífagos, menuda palabreja.
Katherine cerró los ojos un instante y suspiró.
—¿Vas a dejarme terminar?
—Sí, sí. Perdona.
—Cuando El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado cayó, muchos mortífagos fueron capturados y enviados a Azkabán. El padre del profesor era uno de los más importantes. Murió luchando hasta el final.
Elliot dejó escapar un silbido.
—Maldita sea... —Dudó un instante antes de continuar—. Si su padre era así...
Amaia abrió los ojos de par en par y se abrazó a sí misma. Katherine, en cambio, permaneció completamente serena. Apoyó los antebrazos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia delante.
—La historia no termina ahí, Carter. Algunos mortífagos siguen actuando incluso después de la caída de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Theodore Nott, el hermano mediano del profesor, fue uno de ellos. Ahora cumple condena en Azkabán.
Elliot resopló.
—Pues no hace falta ser un genio para sumar dos y dos. Si su padre y su hermano eran mortífagos, lo lógico es que él también lo sea.
Katherine frunció ligeramente los labios.
—Yo no lo daría por hecho. Es verdad que he oído a alumnos mayores decir lo mismo, y la mayoría está convencida de que el profesor también es mortífago. —Hizo una breve pausa—. Pero no todos.
Sus amigos la miraron con curiosidad.
—Su hermano mayor —continuó Katherine—, Augustus Nott, luchó contra los mortífagos. Incluso se enfrentó a su propio padre. Hoy es uno de los héroes reconocidos por el Ministerio.
Elliot se quedó inmóvil. Aquello no tenía sentido. ¿Cómo podía un hijo enfrentarse a su propio padre? Él nunca había conocido al suyo, pero siempre había imaginado que un padre y un hijo estaban destinados a permanecer del mismo lado. Aunque... Si su padre hubiera sido un mortífago... ¿Qué habría hecho él? ¿Habría luchado junto a él? ¿O contra él?
No encontró ninguna respuesta. Buscó a Amaia con la mirada. Ella permanecía abrazándose a sí misma, con los hombros encogidos y los ojos húmedos, como si toda aquella historia le resultara demasiado terrible para ser cierta. Elliot le dedicó una pequeña sonrisa; la misma que reservaba para Mara cuando el mundo se volvía demasiado grande y demasiado oscuro para una niña de su edad.
Katherine hizo una pausa. Elliot y Amaia creyeron que ya había terminado, pero su expresión se volvió más seria.
—Aunque hay algo más. —Bajó la voz, como si estuviera a punto de compartir un secreto—. Una vez escuché a mi padre decir que el profesor Nott no se habla con Augustus. Ni siquiera pronuncia su nombre.
Si a Elliot todavía le quedaba alguna duda, desapareció en ese instante. El profesor Nott tenía que ser mortífago. ¿Cómo explicar, si no, que le hubiera dado la espalda a un héroe del Ministerio? Peor aún; a su propio hermano. Él jamás podría hacer algo así con Mara. Nunca. Ni aunque el mundo entero se lo exigiera. No era capaz de imaginar una familia en la que dos hermanos terminaran viéndose como enemigos. Para Elliot, la familia era lo único que ningún destino tenía derecho a romper.
—¿Y por qué? —preguntó Amaia, inclinándose hacia delante.
—Según mi padre, el profesor culpa a Augustus de haber traicionado a la familia. Cree que fue su testimonio el que condenó a Theodore a Azkabán.
Katherine guardó silencio un instante antes de añadir:
—Como si Augustus hubiera podido elegir entre proteger a su hermano... o hacer lo correcto.
—¡Lo que me faltaba! —exclamó Amaia, mezclando frustración y miedo—. ¿Ahora tenemos clase con un posible mortífago?
—Tranquila —dijo Elliot, intentando restarle importancia—. Seguro que Katherine nos está tomando el pelo.
Katherine negó despacio. En sus ojos asomó un brillo divertido.
—¡Demonios! —Elliot se dejó caer contra el respaldo del banco—. ¿Qué clase de sitio es este? Primero una profesora obsesionada con la ropa; luego otra que parece disfrutar haciéndonos explotar; y ahora... ¿un mortífago? ¿Esto es un colegio o un manicomio?
Ninguna respondió.
Elliot, con un suspiro, volvió a su sopa, aunque el apetito se le había esfumado. Amaia seguía removiendo el plato sin probar un solo bocado, perdida en sus pensamientos. Katherine, en cambio, continuó almorzando con absoluta tranquilidad mientras pasaba las páginas de «El Profeta», como si aquella conversación no hubiera alterado lo más mínimo su apetito.
Terminaron la comida casi en silencio. Solo el roce de los cubiertos y el crujido ocasional del periódico rompían la calma.
Cuando llegó la hora, Katherine fue la primera en levantarse. Elliot la siguió. Amaia, en cambio, tardó unos segundos más en reunir el valor para hacerlo.
El pasillo que conducía al aula de «Defensa contra las Artes Oscuras» estaba sumido en una penumbra gris. La escasa luz que se colaba por las altas ventanas apenas lograba atravesar el polvo suspendido en el aire.
Con cada paso, Elliot notaba que el nudo en la garganta crecía y no le dejaba tragar. Al detenerse frente al aula, Katherine revisó meticulosamente sus libros y materiales. Después levantó la vista y los observó con una leve sonrisa.
—¿Preparados para convertirnos en mortífagos?
Amaia tragó saliva y negó con la cabeza. Elliot respiró hondo, aferró el pomo de la puerta y lo hizo girar. En aquel momento creyó que solo estaba entrando en una clase más.
Nunca habría imaginado todo lo que estaba a punto de pasar.
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La puerta del aula cedió con un leve chirrido, y el frío del aula de «Defensa» los envolvió de inmediato. Los tres entraron en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Katherine y Elliot ocuparon el pupitre del fondo más próximo a la pared. Amaia se sentó junto a Poppy, dos filas más allá. Poco a poco, el aula se fue llenando.
La puerta del despacho, situada al final de unos escalones que dominaban el aula, se abrió. El profesor Nott apareció en el umbral y se detuvo unos segundos en silencio. Desde aquella posición elevada contempló a los alumnos con la naturalidad de quien estaba acostumbrado a que nadie cuestionara su autoridad.
Recorrió la clase con la mirada. Era una mirada fría y metódica que parecía medir a cada alumno con un criterio imposible de satisfacer. Al pasar a la altura de Elliot, la mirada del profesor Nott se detuvo en él un segundo más de lo necesario. Fue un instante breve, casi imperceptible, pero suficiente para que Elliot sintiera cómo el aire se espesaba a su alrededor. Tragó saliva con fuerza. Algo cambió en la expresión del profesor. Fue tan sutil que Elliot no supo decir si había sido un gesto de sorpresa, de duda... o de desprecio. Nadie más pareció advertirlo. El murmullo del aula continuó con absoluta normalidad, ajeno a aquel fugaz cruce de miradas.
Después descendió lentamente los escalones hasta el escritorio. Cada paso parecía bastar para imponer un poco más de silencio en el aula. Cuando el profesor llegó a la pizarra, los últimos cuchicheos ya se habían extendido del todo. Nott apoyó ambas manos sobre el escritorio y permaneció unos segundos en silencio, recorriendo el aula con la mirada.
—Mi nombre es Lucan Nott.
Su voz era baja, firme y perfectamente controlada. No necesitó alzarla para hacerse oír en el último rincón de la clase.
—Para ustedes, profesor Nott.
Dejó que el silencio se asentara antes de continuar.
—No tolero la indisciplina. Y, aunque comprendo que algunos tengan dificultades con los hechizos, lo que no admitiré será la rendición, la desidia ni la pereza. —Sus dedos golpearon suavemente el borde del escritorio—. «Defensa contra las Artes Oscuras» no es una asignatura cualquiera. Es la materia que puede decidir si un mago vive... o muere.
Nadie se movió.
—Yo me tomo esta clase con la seriedad que merece. Espero de ustedes exactamente lo mismo.
El silencio se volvió casi tangible. Solo se oyeron un par de carraspeos aislados. Elliot descubrió que estaba aferrando el borde del pupitre con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.
—¡Vaya! —murmuró Katherine, sin apartar la vista del profesor—. Este sí parece un buen profesor.
Elliot no pudo responderla; sentía una gota de sudor frío deslizarse por la nuca. No habría sabido explicar por qué, pero desde que Nott había entrado en el aula tenía la incómoda sensación de que algo iba a salir mal. Honeywick imponía normas, Ravenshade imponía respeto, pero Nott imponía miedo.
—Estudien, memoricen, practiquen y, sobre todo, den siempre lo mejor de ustedes. Si lo hacen, la magia acabará respondiéndoles.
Nott dejó que sus palabras se asentaran en el silencio del aula. Después recorrió lentamente la clase con la mirada, deteniéndose apenas un instante en cada alumno, como si estuviera memorizando cada rostro.
—Empezaremos por lo más básico. Manual de Defensa, página diez.
Un leve movimiento de su varita bastó para que todos los libros se abrieran al unísono. El profesor bajó la vista hasta la lista de alumnos.
—Señorita Ollivander. Lea en voz alta.
Katherine se levantó con serenidad, tomó el libro entre las manos y comenzó a leer con voz clara:
—«La primera norma de la Defensa contra las Artes Oscuras es reconocer el peligro. El miedo, bien orientado, constituye la base de toda estrategia defensiva. Las Artes Oscuras no son solo un conjunto de hechizos...».
Elliot sintió que el sudor empezaba a resbalarle por la frente. Bajó un poco más la cabeza, refugiándose tras el libro.
—Es suficiente, señorita Ollivander. Puede sentarse.
Katherine obedeció sin decir una palabra y volvió a su sitio con la misma naturalidad con la que se había levantado.
Elliot tragó saliva; la garganta se le había secado por completo y el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que estaba convencido de que cualquiera podía oírlo.
Entonces el profesor Nott levantó la vista y sus ojos se clavaron en él.
—Usted. El que está sentado junto a la señorita Ollivander. ¿Cómo se llama?
—Carter, profesor —logró decir Elliot, sin saber de dónde había sacado las fuerzas para responder.
—Bien, señor Carter. Continúe la lectura donde la ha dejado su compañera. En pie.
Elliot se levantó despacio. Las piernas le temblaban tanto que estuvo convencido de que toda la clase podía verlo. Apoyó un dedo sobre la página. Intentó reconocer la primera palabra. Nada. Las letras seguían siendo un laberinto incomprensible. Levantó la vista un instante. Todos lo estaban mirando. Intentó tragar saliva, pero no pudo.
—El... eh...
Una risa breve rompió el silencio desde el fondo del aula. Elliot sintió que la garganta se le cerraba.
—En voz alta, señor Carter —ordenó Nott, sin alterar el tono.
Elliot apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Lo intentó otra vez.
—El... maaa...
No pudo seguir. Las letras parecían moverse delante de sus ojos. Las líneas se mezclaban unas con otras hasta convertirse en un borrón imposible de descifrar. El calor le abrasó las mejillas hasta las orejas. Poco a poco empezaron a levantarse murmullos por toda la clase. Hasta que los susurros se convirtieron en risas contenidas.
Nott tamborileó lentamente los dedos sobre el escritorio. Parecía contar el tiempo que le quedaba a Elliot.
—¿Qué le ocurre? ¿Está intentando hacerse el gracioso?
Elliot bajó aún más la cabeza, casi escondiéndose tras el libro.
—No, profesor.
—Entonces explíqueme qué sucede.
El sudor le corría por la frente y le empapaba la nuca. Nunca había sentido tanta vergüenza ni mucho menos tanto miedo. Buscó a Katherine con la mirada; ella lo observaba en silencio, con la misma expresión inescrutable de siempre. Después miró hacia Amaia, que tenía los ojos muy abiertos. A su lado, Poppy permanecía inmóvil, con la boca entreabierta.
Elliot volvió a bajar la vista al libro. Lo intentó una vez más y cuando estaba a punto de tirar la toalla, oyó un susurro.
—El mago...
Era Katherine.
—El mago... —repitió Elliot.
—...debe de entender...
—...debe de entender...
—Señorita Ollivander —la interrumpió Nott—. Permita que el señor Carter continúe por sí mismo.
Katherine guardó silencio de inmediato. Elliot tragó de nuevo saliva. Las palabras seguían allí, negras, quietas pero incomprensibles. Cerró los ojos un instante e inspiró profundamente.
—Lo siento, profesor Nott.
Levantó la vista y miró directamente al profesor.
—No puedo leerlo.
Nott entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—¿No puede... o no quiere? —Su voz seguía siendo tranquila. Pero cada palabra parecía más fría que la anterior—. ¿Qué le ocurre, señor Carter?
Elliot sintió que ya no le quedaban fuerzas para seguir escondiéndose. Bajó la cabeza.
—Es que... —Dudó. Las palabras parecían pesar toneladas—...no sé leer.
Nadie respiró. El silencio se extendió por el aula como una losa. Amaia se llevó una mano a la boca. Poppy seguía completamente inmóvil. Y, por primera vez desde que la había conocido, Katherine dejó de parecer impasible.
Nott no perdió la compostura ni por un instante. Caminó hacia el pupitre de Elliot con pasos lentos y medidos hasta detenerse frente a él.
—¿No sabe leer, señor Carter?
Elliot negó despacio, incapaz de levantar la vista del suelo. Durante un instante, el profesor entrecerró los ojos, como si estuviera intentando comprender algo que no terminaba de encajar.
—Entonces explíqueme cómo piensa sobrevivir en Hogwarts.
Las risas estallaron por toda el aula. Al principio fueron apenas unos pocos resoplidos, pero enseguida se propagaron como una ola imposible de contener. Elliot apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Sentía que, si levantaba la cabeza y se cruzaba con la mirada de cualquiera de los que se estaban riendo, acabaría lanzándose sobre él. Sin embargo, Nott levantó una mano y el silencio regresó de inmediato.
Elliot notó cómo el nudo de su garganta se hacía cada vez más grande y tuvo que parpadear varias veces para contener el escozor que le subía a los ojos. Apretó la mandíbula con fuerza. En aquel momento habría preferido un grito, una bronca o incluso un castigo. Cualquier cosa antes que aquel silencio, que parecía dispuesto a tragárselo por completo.
Pero Nott hizo algo mucho peor que dar gritos; apoyó una mano sobre el hombro de Elliot con fuerza y lo condujo hacia la puerta.
—Venga conmigo, señor Carter.
Atravesó el aula con Elliot a su lado, sin necesidad de sujetarlo o empujarlo; el muchacho caminaba como si no le quedara otra opción. Antes de salir, Nott se detuvo en la puerta y recorrió la clase con una mirada lenta y cortante.
—Si vuelvo a escuchar una sola risa, el responsable pasará el resto de la semana practicando hechizos defensivos en el Bosque Prohibido. Solo y sin ayuda.
Cuando la puerta se cerró tras ellos con un golpe seco, nadie se atrevió siquiera a respirar.
Amaia permaneció inmóvil, con los dedos aferrados al borde del pupitre y el cuerpo rígido como una estatua. Katherine tampoco apartaba la vista de la puerta. Bajó los ojos hacia el libro abierto, volvió a mirar el pasillo y otra vez el libro, como si esperara encontrar entre aquellas páginas una explicación para lo que acababa de ocurrir.
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Al salir al pasillo, Nott se detuvo ante el cuadro que colgaba junto a la puerta del aula de «Defensa».
—Avise al señor Thistledown. Dígale que se haga cargo de la clase hasta mi regreso.
—Ahora mismo, profesor —respondió el retrato con una inclinación de cabeza.
Nott volvió a girarse hacia Elliot.
—Sígame, Carter.
Echó a andar sin esperar respuesta. Elliot lo siguió casi por inercia. Percibió entonces el olor del profesor, una mezcla de humo de chimenea y aire helado, tan cercana que parecía envolverlo. El profesor mantenía una mano firme sobre su hombro, guiándolo con paso rápido por los pasillos del castillo. No dijo una sola palabra durante todo el trayecto.
Elliot tampoco. Ni siquiera se preguntó adónde lo llevaba. Lo único que le importaba era haber dejado atrás el aula... y aquellas risas.
Atravesaron corredores desiertos, descendieron una escalera de piedra y cruzaron una larga galería flanqueada por estatuas de brujas y magos que parecían observarlos pasar. Después vinieron más pasillos, más escaleras y varios giros que Elliot fue incapaz de memorizar. Cuando quiso darse cuenta, ya no tenía la menor idea de dónde se encontraba.
Finalmente, Nott se detuvo ante una enorme gárgola de piedra.
—Pelo de gato.
La gárgola cobró vida con un crujido de piedra. Giró lentamente sobre sí misma y descendió con una solemnidad casi teatral, dejando al descubierto una estrecha escalera de caracol. Un tenue olor a cera, pergamino y madera vieja ascendía desde lo alto.
Subieron sin pronunciar una sola palabra. La escalera parecía interminable, como si donde fueran solo pudiera alcanzarse después de dejar atrás el resto del castillo.
Al llegar arriba, Nott no golpeó la puerta.
—Directora McGonagall.
Al oír aquellas palabras, el corazón de Elliot dio un salto.
¿La directora? ¿Por qué?
La puerta se abrió sola. Elliot respiró hondo y entró detrás del profesor. El despacho era muy distinto de lo que Elliot había imaginado. Una chimenea encendida envolvía la estancia en una luz cálida que contrastaba con el frío de las mazmorras. Las paredes estaban cubiertas por retratos de antiguos directores de Hogwarts. Algunos dormitaban en sus sillones; otros cuchicheaban entre ellos; unos pocos observaban a Elliot con una curiosidad que le erizó la piel.
Al fondo, tras un amplio escritorio de madera, esperaba la profesora McGonagall. Vestía una túnica verde esmeralda bajo una capa oscura. Parecía igual de anciana que durante la ceremonia de bienvenida, pero, vista de cerca, aquella impresión de fragilidad desaparecía por completo. Tras las gafas cuadradas, sus ojos conservaban una viveza serena que imponía más respeto que cualquier grito.
A un lado del escritorio descansaba una gata gris. Elliot la reconoció enseguida, era Misty. La gata levantó la cabeza y soltó un suave maullido, como si también lo hubiera reconocido. Elliot intentó devolverle una sonrisa, pero los labios apenas le respondieron.
Entonces cayó en la cuenta. Misty era la gata de la directora. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Y si la profesora Honeywick le había contado que había intentado llevársela? ¿Cómo iba a convencer a la directora de que él no había querido robarla, de que había sido la propia gata quien lo había seguido? Apartó la mirada. Más le valía no llamar la atención de Misty. Ya tenía suficientes problemas.
—¿Qué ocurre, profesor Nott? —preguntó McGonagall.
Nott avanzó hasta el escritorio. En cuanto estuvo cerca, Misty se incorporó de golpe. El lomo se arqueó, las orejas se aplastaron hacia atrás y un gruñido grave escapó de su garganta.
Nott le dedicó una breve mirada, fría e indiferente. Después la ignoró por completo.
McGonagall acarició con suavidad el lomo de la gata hasta que esta fue relajándose poco a poco. Solo cuando volvió a tumbarse sobre la mesa, el profesor tomó la palabra.
—El señor Carter no sabe leer. En su situación actual, considero que no reúne las condiciones mínimas para seguir la enseñanza de Hogwarts. Por ese motivo, solicito su expulsión.
Elliot abrió los ojos de par en par.
¡¿Qué?! ¿Expulsarme?
Durante un instante estuvo a punto de protestar, de gritar que aquello era injusto, pero las palabras murieron antes de llegar a sus labios.
McGonagall permaneció inmóvil. Miró al profesor Nott durante unos segundos antes de hablar.
—¿Qué quiere decir exactamente con que no sabe leer?
—Que es incapaz de leer un texto sencillo.
Los retratos que cubrían las paredes comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos se llevaron una mano a la boca; otros negaban con la cabeza, incapaces de ocultar su desconcierto.
McGonagall dirigió la mirada a Elliot. Era mirada que inspiraba respeto.
—¿Es eso cierto, jovencito?
Elliot reunió las pocas fuerzas que le quedaban y asintió muy despacio. La directora guardó silencio. Por un instante, una sombra de incredulidad cruzó su rostro.
—¿Cómo es posible...?
La pregunta apenas fue un murmullo. Sin embargo, recuperó la compostura casi al instante. Enderezó la espalda y volvió a dirigir la mirada hacia Nott.
—Gracias, profesor. ¿Sería tan amable de dejarnos unos minutos a solas?
Nott pareció dispuesto a replicar. Sus labios llegaron a entreabrirse, pero cambió de idea. Se limitó a inclinar ligeramente la cabeza, dio media vuelta y abandonó el despacho. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.
El despacho quedó envuelto en una quietud casi reverencial. Solo el crepitar de la chimenea, el ronroneo de Misty bajo la mano de la directora y el murmullo lejano de los retratos rompían el silencio. Elliot permanecía inmóvil, incapaz de dejar de temblar.
McGonagall lo observó durante unos segundos antes de señalar con serenidad la silla situada frente a su escritorio.
—Siéntese, señor Carter.
Elliot obedeció casi por inercia. Al principio no supo qué hacer con las manos: las dejó caer a ambos lados, las entrelazó, volvió a soltarlas y, al final, las apoyó sobre las rodillas, intentando ocultar el temblor.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Entonces Misty se incorporó con la elegancia propia de los gatos, cruzó el escritorio y, de un salto, se acomodó sobre el regazo de Elliot, como si aquel fuera su sitio de siempre. Sorprendido, empezó a acariciarle el lomo sin apenas pensarlo. La gata respondió con un ronroneo profundo que consiguió aliviar, aunque solo fuera un poco, el nudo que llevaba en el pecho.
McGonagall carraspeó con suavidad. Bastó un leve gesto de su mano para que Misty abandonara el regazo de Elliot y regresara dócilmente al escritorio.
—Veo que ya conoce a Misty.
Elliot notó cómo el calor le subía a las mejillas.
—Sí... La conocí anoche...
Se interrumpió de golpe. Acababa de recordar que la profesora Honeywick podía haber hablado con la directora. Bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
McGonagall guardó silencio unos instantes antes de decir:
—Ya hablaremos de eso más tarde. Ahora dígame, señor Carter, ¿cómo es posible que un muchacho de su edad no sepa leer?
Elliot alzó la vista, pero las palabras se negaban a salir. No era solo la presencia de la directora lo que lo intimidaba; los retratos, con sus miradas fijas y juiciosas, lo incomodaban aún más. Algunos bostezaban con exageración o fingían no prestar atención. Hubo uno en particular que le erizó la piel: un hombre de rostro severo, mirada turbia y un espeso bigote negro. Lo escrutaba con el ceño fruncido mientras se acariciaba lentamente el mostacho.
El chico se removió en la silla. Los dedos se crisparon sobre las rodillas y, aunque abrió la boca un par de veces, no consiguió pronunciar una sola palabra. Al final, se limitó a encogerse de hombros, en un gesto pequeño y derrotado que decía mucho más que cualquier explicación.
—Señor Carter, preferiría escuchar su voz.
Elliot volvió a mirar de reojo los retratos. McGonagall siguió la dirección de sus ojos y dejó escapar una leve sonrisa.
—No se preocupe por ellos. Todos fueron directores de Hogwarts y están obligados a guardar absoluta discreción sobre cuanto se hable en este despacho.
Elliot bajó la vista hacia sus manos. Respiró hondo hasta reunir el valor suficiente para hablar.
—Lo... lo siento, profesora McGonagall. Yo... soy huérfano. Me iban cambiando de una casa de acogida a otra. —Tragó saliva antes de continuar—. Cada vez que me trasladaban tenía que dejar una escuela y empezar en otra. Una y otra vez.
McGonagall permaneció en silencio unos segundos antes de asentir lentamente.
—No ha debido de ser una infancia sencilla, señor Carter. Pero dígame una cosa. ¿Su familia de acogida sabía que era mago?
—Mi madre de acogida —la corrigió Elliot en voz baja y desviando un momento la mirada—. No... No lo sabía.
La directora frunció ligeramente el ceño.
—¿No lo sabía? Entonces, ¿quién abonó la matrícula de Hogwarts?
El corazón de Elliot dio un vuelco.
—Bueno... verá... No la pagó ella.
Se removió incómodo en el asiento.
—Recibí una carta de Hogwarts. Decía que mi tutor se había encargado de todos los gastos.
McGonagall entrelazó las manos sobre el escritorio.
—¿Entonces tiene un tutor? ¿Un tutor mago?
Elliot asintió con cautela.
—Eso creo.
—¿Y sabe quién es?
Elliot negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿No lo sabe? —Por primera vez desde que Elliot había entrado en el despacho, la compostura de McGonagall vaciló—. Si eso es cierto, alguien ha cometido una grave irresponsabilidad.
Se levantó de inmediato y cruzó el despacho con paso decidido hasta detenerse frente a uno de los retratos. Una mujer de cabello plateado y mirada serena le devolvió la mirada.
—Directora Iseult Ravenshade, ¿sería tan amable de localizar a su descendiente, la profesora Ravenshade? Necesito que revise con urgencia el expediente de un alumno. Elliot Carter.
—Enseguida, Minerva.
El retrato inclinó la cabeza y desapareció. McGonagall regresó a su asiento.
—Mientras esperamos, señor Carter, necesito hacerle algunas preguntas.
Elliot asintió en silencio.
Durante los minutos siguientes, la directora fue reconstruyendo su historia con la paciencia de quien intenta completar un rompecabezas al que le faltan demasiadas piezas. Le preguntó por las casas de acogida, por los colegios en los que había estado, por sus recuerdos de infancia y por las razones que habían hecho posible que un niño de once años llegara a Hogwarts sin saber leer. Elliot respondió como pudo, avergonzado, consciente de que cada respuesta parecía abrir una pregunta nueva.
Al cabo de un rato, la voz de la antigua directora Ravenshade volvió a resonar desde el retrato.
—Todo está en orden, Minerva. El expediente del señor Carter es correcto y la matrícula cubre todos los gastos hasta el final del curso.
—Gracias, Iseult.
El retrato sonrió con una leve inclinación de cabeza antes de volver a quedarse inmóvil.
Elliot no sabía qué pensar. Aquella respuesta despejaba una duda, pero abría muchas más. McGonagall entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Dígame una cosa, señor Carter. ¿Por qué cree que debería permanecer en Hogwarts?
Elliot tragó saliva. Era la pregunta más difícil de toda la conversación.
—Porque… porque necesito estar aquí. —Por un instante, estuvo a punto de nombrar a Mara. Pero se contuvo, mordiéndose el labio hasta sentir el dolor—. Y quiero demostrar que no soy lo que todos creen que soy.
McGonagall permaneció en silencio durante unos segundos. Finalmente asintió despacio.
—No voy a expulsarlo.
Elliot sintió que el aire volvía a entrar en sus pulmones.
—Pero eso no significa que el problema haya desaparecido. —La directora se inclinó ligeramente hacia delante—. Va a necesitar trabajar mucho más que cualquier otro alumno. Tendrá que aprender a leer mientras sigue el ritmo de las clases. Será difícil. —Hizo una breve pausa—. ¿Está dispuesto a hacerlo?
Elliot se quedó paralizado con los ojos y la boca abierta. Finalmente, se recompuso y asintió.
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—No obstante —dijo McGonagall, entrelazando las manos sobre el escritorio—, el profesor Nott no va a ceder en este asunto.
Elliot bajó la mirada.
—Lo sé. No le caigo bien.
Una leve sonrisa asomó a los labios de la directora.
—No se trata de simpatía, señor Carter. Se trata de principios. El profesor Nott es un hombre de principios. Dígame, ¿los tiene usted?
Elliot tardó unos segundos en responder.
—Supongo que sí.
McGonagall asintió lentamente.
—Me alegra oírlo. Pero, en su caso, hay una pregunta todavía más importante. —La directora lo sostuvo con la mirada—. ¿Es usted valiente?
Elliot se quedó sin aliento. Bajó la vista hacia sus zapatos.
No fui capaz...
Permaneció unos segundos inmóvil, con la cabeza agachada y la mirada perdida.
Tengo que serlo por ella.
Al fin alzó la mirada y se encontró de nuevo con los ojos de la directora.
—Eso espero, profesora McGonagall.
La directora lo observó durante unos segundos, sopesando cada una de sus palabras.
—Eso espero yo también. Porque va a necesitar valor. Aquí nadie le regalará nada. Si no aprende a leer cuanto antes, no solo se quedará atrás; acabará convirtiéndose en el hazmerreír de Hogwarts. No se lo digo para asustarlo, señor Carter. Se lo digo porque llevo demasiados años en este colegio y sé cómo pueden llegar a comportarse los alumnos. ¿Está dispuesto a soportarlo?
Elliot tragó saliva antes de asentir. McGonagall se recostó ligeramente en el respaldo de la silla, entrelazó las manos sobre el escritorio y permaneció unos instantes en silencio, observándolo. Incómodo bajo aquella mirada, Elliot desvió la vista hacia los retratos que cubrían las paredes del despacho.
Volvió a reparar en el anciano del espeso bigote negro. Seguía contemplándolo con el mismo gesto severo, como quien intenta descifrar un enigma o juzgar a un intruso que no termina de encajar en aquel lugar. Elliot aguantó la mirada unos segundos y, sin saber muy bien por qué, rompió el silencio.
—¿Todos ellos fueron directores de Hogwarts?
—Así es. Todos dirigieron esta escuela y, de un modo u otro, dejaron su huella en ella. —McGonagall siguió la dirección de su mirada y esbozó una leve sonrisa—. ¿Hay alguno que le haya llamado especialmente la atención?
Elliot no tuvo que pensarlo. Levantó la mano y señaló al anciano del bigote, cuyo ceño pareció acentuarse al verse señalado.
—Ese de ahí... Tiene cara de malo.
McGonagall se rió por la nariz brevemente. El anciano del retrato, sin embargo, pareció ofenderse. Entrecerró los ojos, endureció todavía más el gesto y continuó observando a Elliot con una intensidad que rozaba la hostilidad.
—Es Cornelius Nott —explicó la directora—. Uno de los primeros directores de Hogwarts y antepasado del profesor Nott. Dicen que era un hombre que entendía mejor el miedo que el afecto. No debía de ser una persona fácil de tratar.
El retrato carraspeó con ostentación, como si acabara de escuchar una grave injusticia, pero siguió sin decir una palabra.
McGonagall sonrió apenas un instante.
—La familia Nott siempre ha tenido fama de ser... complicada.
Elliot volvió la cabeza hacia la directora. La curiosidad había conseguido imponerse al miedo.
—Entonces... ¿el profesor Nott se parece a él?
McGonagall no respondió de inmediato. Permaneció unos segundos contemplando el retrato antes de volver la vista hacia Elliot.
—Lucan se crio como un Nott, y eso implica una forma muy particular de entender el mundo. Fue alumno mío. No recuerdo que fuera un niño especialmente feliz, aunque tampoco destacaba por su crueldad. Era reservado, disciplinado y extraordinariamente exigente consigo mismo.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Como ocurre con casi todos los Nott, es una persona difícil de comprender.
Elliot se mordió el labio inferior mientras observaba a la directora. McGonagall no lo apremió. Esperó con paciencia.
—¿Es verdad que fue un mortífago?
La directora arqueó una ceja.
—Así que ya ha oído ese absurdo rumor. No, señor Carter. El profesor Nott jamás fue un mortífago. Durante la Segunda Guerra Mágica apenas tenía catorce años. Ya sé lo que está pensando: que su padre sí lo fue. Y es cierto. Pero también lo es que su hermano mayor, Augustus Nott, luchó contra los mortífagos. Es uno de los héroes reconocidos por el Ministerio, el mayor benefactor de Hogwarts y dedica buena parte de su fortuna a ayudar a magos y brujas sin recursos.
McGonagall entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Como ya le he dicho, los Nott son una familia complicada. No pierda el tiempo con rumores. La realidad, señor Carter, suele ser bastante más compleja... y mucho más interesante.
Elliot volvió la vista hacia el retrato de Cornelius Nott. Durante un instante tuvo la extraña impresión de que el anciano ya no lo observaba con hostilidad, sino con una curiosidad difícil de interpretar. Cuando volvió la cabeza, encontró a McGonagall observando el retrato de Cornelius Nott con una expresión pensativa. Un instante después, la directora desvió la mirada hacia Elliot.
La directora dejó pasar unos segundos antes de cambiar de asunto.
—Hay otra cosa que quiero que entienda. El profesor Nott es uno de los mejores profesores de «Defensa contra las Artes Oscuras» que ha pasado por este colegio. Es exigente, a veces incluso demasiado, pero jamás toma decisiones a la ligera. No permita que los rumores o las primeras impresiones condicionen su juicio. Si trabaja con honestidad y se esfuerza de verdad, el profesor Nott lo reconocerá.
Elliot asintió por educación, aunque no estaba convencido. Después de lo ocurrido en clase, le costaba imaginar que algún día pudiera llevarse bien con el profesor. Y sospechaba que el sentimiento era recíproco.
McGonagall lo estudió en silencio antes de levantarse.
—Espero que esté preparado, señor Carter. Va a necesitar valor. Con el tiempo, todo esto quedará atrás... pero antes tendremos que convencer al profesor Nott.
Se dirigió hacia la puerta y apoyó la mano en el pomo.
—Y esa, me temo, va a ser la parte más difícil.
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Con un leve movimiento de la varita, McGonagall abrió la puerta del despacho. El suave crujido de la madera resonó en el silencio.
—Profesor Nott, ¿sería tan amable de unirse a nosotros?
Nott apareció unos segundos después.
—¿Ha tomado ya una decisión, directora?
Elliot se levantó de inmediato. Permaneció de pie en medio del despacho, con las manos pegadas a los muslos para ocultar el temblor. McGonagall, en cambio, seguía erguida tras el escritorio, serena como una estatua. Misty volvió a arquear el lomo al ver entrar al profesor, pero bastó una caricia de la directora para que la gata se relajara, aunque sin apartar la vista de él.
—He revisado el expediente del señor Carter. Su matrícula está correctamente tramitada y, aunque lamento profundamente las circunstancias en las que ha llegado hasta nosotros, el hecho de que no sepa leer no constituye un motivo para expulsarlo. —Sostuvo la mirada de Nott con absoluta firmeza—. Hogwarts es una escuela, profesor. Los alumnos vienen a aprender, no a demostrar lo que ya saben.
Nott permaneció unos instantes en silencio antes de responder.
—Comparto ese principio, directora. Pero también es nuestro deber garantizar que un alumno pueda seguir las clases. El señor Carter no sabe leer ni escribir. En estas condiciones, no podrá mantener el ritmo del curso.
—Entonces tendrá que esforzarse más que los demás.
—Con el debido respeto, profesora McGonagall, esto no es una cuestión de esfuerzo. Es una cuestión de preparación. El señor Carter comienza la carrera varios kilómetros por detrás del resto de alumnos.
Con cada palabra que intercambiaban, Elliot sentía cómo el estómago se le encogía un poco más. Ya no era solo miedo. Ahora también había que sumar la incómoda certeza de que, para el profesor Nott, él representaba un problema; un error que nunca debería haber llegado a Hogwarts.
—Tiene razón en una cosa, profesor Nott —respondió McGonagall con serenidad—. El señor Carter parte con una enorme desventaja. Pero esta escuela siempre ha juzgado a sus alumnos por lo que son capaces de aprender, no por lo que sabían el día que cruzaron sus puertas. Y el señor Carter aprenderá. De eso no me cabe ninguna duda.
Nott cruzó los brazos. Su expresión permanecía tan impasible como una escultura de piedra.
—Entonces permítame discrepar en otro aspecto, directora. Como jefe de la casa Slytherin, no puedo aceptar que el señor Carter continúe bajo mi responsabilidad. Y sabe tan bien como yo que no está en su mano obligarme.
Elliot sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
McGonagall no respondió de inmediato.
—Lamento oír eso, profesor. Aunque, siendo sincera, no puedo decir que me sorprenda.
Permaneció unos segundos en silencio. Después levantó la vista hacia uno de los retratos del despacho. Un anciano de larga barba plateada la observaba con una sonrisa tranquila mientras se acariciaba pensativamente la barba.
McGonagall sostuvo aquella mirada apenas un instante antes de volver a fijarse en Nott.
—Si esa es su decisión, no me deja otra alternativa. Tendré que consultar al resto de los jefes de casa. Confío en que alguno de ellos esté dispuesto a ofrecer al señor Carter la oportunidad que usted no puede darle.
—Eso no puede hacerlo. El Sombrero Seleccionador lo asignó a Slytherin y, hasta donde alcanza mi conocimiento, ningún alumno ha cambiado jamás de casa.
—Tal vez. Aun así, no perdemos nada por intentarlo.
Nott guardó silencio unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Profesora McGonagall, no me malinterprete. Mi preocupación ya no es solo que el señor Carter no pueda seguir el ritmo de las clases.
La directora esperó sin interrumpirlo.
—Lo que realmente me preocupa es lo que harán los demás alumnos con él.
McGonagall frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué se refiere?
—Usted conoce este castillo tan bien como yo. Sabe lo crueles que pueden llegar a ser los... —Se detuvo un instante—...los niños.
—Profesor, le recuerdo que está hablando de niños.
—Precisamente. Son niños. Y los niños pueden llegar a ser extraordinariamente crueles. No siempre por maldad, sino porque aún no comprenden el daño que son capaces de hacer.
Su voz seguía siendo serena, pero había perdido la frialdad de hacía unos instantes.
—Si no lo expulsa, no le estará haciendo ningún favor. Solo lo estará encerrando en una jaula llena de fieras.
McGonagall sostuvo su mirada.
—Profesor, le insisto. Está hablando de niños.
Nott negó despacio con la cabeza.
—Son niños, sí, pero eso no lo hace menos real.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Cuando Nott volvió a hacerlo, su voz sonó más baja que nunca.
—Profesora, siempre he respetado sus decisiones y respetaré esta también. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados mientras otro niño acaba destrozado.
Por un instante, algo cambió en su expresión. Fue apenas un destello, una sombra de dolor que desapareció antes de que Elliot pudiera comprender qué la había provocado.
McGonagall no respondió de inmediato. Lo observó en silencio durante unos instantes. Luego, desvió de nuevo la mirada al director del cuadro que seguía mesándose los cabellos de la barba mientras sonreía y le guiñaba un ojo a la directora.
Elliot, por su parte, no entendió del todo aquel último comentario. Ni quería entenderlo. Lo único que tenía claro era que el profesor Nott no quería verlo en Slytherin.
—Profesor Nott, el señor Carter ha tenido una vida extraordinariamente difícil. No seré yo quien le cierre la puerta a la primera oportunidad que ha tenido de construir un futuro mejor.
La directora volvió la vista hacia Elliot. Durante un instante, su expresión se suavizó y le dedicó una sonrisa serena, casi maternal. Pero, al enfrentarse de nuevo a Nott, aquella calidez desapareció. Solo quedaba la firmeza de una directora acostumbrada a tomar decisiones difíciles.
—El señor Carter me ha dado su palabra de que se esforzará. Y, hasta que me demuestre lo contrario, pienso confiar en ella.
Nott inspiró lentamente.
—Es libre de hacerlo, profesora. Pero me temo que el resto de jefes de Casa compartirán mi opinión.
—Eso lo veremos enseguida.
—¿Y si ninguno acepta hacerse cargo de él?
McGonagall sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—Entonces tendré que replantearme su permanencia en Hogwarts.
Nott asintió sin añadir nada más. Cruzó las manos a la espalda y aguardó en silencio. Por un instante, Elliot tuvo la impresión de que el profesor estaba convencido de haber ganado. Notó cómo el sudor le resbalaba por la nuca y se le pegaba a la piel. Nunca había sentido tanto miedo concentrado en tan poco tiempo.
McGonagall se volvió hacia los retratos.
—Directores, les agradecería que localizaran de inmediato a los jefes de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff. Necesito que acudan a mi despacho con la mayor urgencia posible.
Varios retratos asintieron antes de abandonar sus marcos en distintas direcciones.
Elliot sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La idea de tener que esperar el juicio de cuatro profesores le revolvía el estómago. Nunca se había sentido tan pequeño. Solo deseaba desaparecer antes de que todos decidieran, una vez más, si merecía o no un lugar en algún sitio.
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Uno a uno, los retratos fueron abandonando sus marcos, que quedaron reducidos a paisajes vacíos y salas desiertas. Apenas unos segundos después, las figuras regresaron por ellos, y, poco a poco, los jefes de las casas de Hogwarts comenzaron a llegar al despacho.
La primera en aparecer fue la profesora Ravenshade. Al verla, Elliot sintió un fugaz alivio. Recordó que aquella misma mañana había elogiado su poción y concedido diez puntos a Slytherin. Tal vez estuviera dispuesta a darle una oportunidad.
La segunda fue una mujer de mediana edad, de cabello corto salpicado de canas que relucían bajo la luz de las velas. Vestía una túnica azul noche bordada con pequeñas constelaciones de plata que parecían centellear cada vez que se movía. Su expresión transmitía una serenidad casi contagiosa y, al cruzar el umbral, dedicó a Elliot una sonrisa cálida que consiguió aliviarle un poco el nudo del estómago.
La última en entrar fue, para desgracia de Elliot, la profesora Honeywick. Nada más cruzar la puerta, sus ojos se posaron en él. Lo recorrió de arriba abajo con una sola mirada y su gesto se endureció visiblemente, como si acabara de confirmar una sospecha.
Misty, en cambio, reaccionó de forma muy distinta. Se incorporó sobre la mesa y dejó escapar un suave maullido. Honeywick sonrió, se acercó a acariciarla y la tomó en brazos con total naturalidad. Elliot no pudo evitar sentir una punzada de celos. ¿Por qué ella podía sostener a «su» gata mientras que él apenas se había atrevido a tocarla?
McGonagall fue directa al asunto.
—El señor Carter ha sido rechazado por el profesor Nott. Quisiera saber si alguna de ustedes estaría dispuesta a aceptarlo en su Casa.
Elliot sintió el impulso de hacerse todavía más pequeño. Notaba todas las miradas clavadas en él, como si cada respiración, cada gesto y cada palabra fueran examinados antes de emitir un veredicto.
La profesora Ravenshade dio un paso al frente.
—Con el debido respeto, directora, ¿podría explicarnos por qué el profesor Nott ha tomado esa decisión?
McGonagall asintió y, sin omitir ningún detalle importante, relató lo ocurrido. Mientras hablaba, Elliot procuró mantener la vista baja, aunque la curiosidad acabó imponiéndose y fue observando a los presentes uno por uno.
Nott permanecía inmóvil, con las manos enlazadas a la espalda. Su rostro era una máscara impenetrable, incapaz de revelar si lamentaba lo ocurrido o si seguía convencido de haber actuado correctamente.
Ravenshade escuchaba con la misma expresión serena de siempre. No asentía, ni fruncía el ceño, ni mostraba sorpresa alguna. Parecía limitarse a reunir todas las piezas antes de formarse una opinión.
Honeywick, por su parte, no apartó la vista de McGonagall ni un solo instante. Mientras acariciaba distraídamente a Misty, su expresión permanecía tan impasible que Elliot tuvo la sensación de que ya había tomado una decisión incluso antes de entrar en el despacho. Y estaba convencido de que esa decisión no iba a favorecerlo.
Solo la profesora de Ravenclaw reaccionó de otra manera. A medida que escuchaba la historia, algo cambió en su rostro. Sus manos, finas y marcadas por la edad, se cerraron lentamente sobre el regazo, y sus ojos oscuros dejaron entrever una compasión sincera.
Elliot apartó la mirada. Le resultaba mucho más fácil soportar el desprecio que la lástima.
Cuando McGonagall terminó de exponer los hechos, un silencio espeso se adueñó del despacho. La profesora Ravenshade fue la primera en romperlo. Su voz, sobria y perfectamente controlada, resonó con claridad.
—Debo admitir que coincido con el profesor Nott. En Gryffindor nos enorgullecemos de que nuestros alumnos enfrenten desafíos con valentía, pero el señor Carter tendría que dedicar todas sus fuerzas únicamente a alcanzar el nivel mínimo exigible. Eso no sería un desafío, sino un milagro. Y, siendo realistas, no creo que pueda conseguirlo. —Negó despacio con la cabeza—. Lo lamento, directora, pero no puedo aceptarlo en Gryffindor.
Algo frío se instaló en el estómago de Elliot. Sin darse cuenta, había depositado en Ravenshade la mayor parte de sus esperanzas. Había sido la única profesora que lo había felicitado aquella mañana, la única que le había concedido diez puntos. Pensó que quizá ella estaría dispuesta a darle una oportunidad. Se había equivocado. Bajó la cabeza, apretó los dientes y deseó con todas sus fuerzas que aquella reunión terminara de una vez.
La siguiente en hablar fue la profesora Sinistra, jefa de Ravenclaw. Su voz era serena, aunque una ligera vacilación dejaba entrever que la decisión no le resultaba fácil.
—En Ravenclaw buscamos alumnos con una gran curiosidad intelectual y una sólida base académica. Aceptar a un estudiante que no sabe leer ni escribir provocaría un enorme desconcierto entre los demás alumnos. Yo tampoco puedo admitirlo en mi Casa. Lo más sensato sería ponerlo cuanto antes bajo la tutela de alguna institución del mundo mágico especializada en menores huérfanos.
Hizo un leve gesto con la mano hacia Elliot.
—Quizá usted, profesor Nott, podría hablar con su hermano para...
La frase murió en sus labios.
Al encontrarse con la mirada de Nott, la profesora Sinistra comprendió de inmediato que había mencionado algo que no debía. Carraspeó con incomodidad y desvió la vista.
Elliot apenas reparó en aquel silencio incómodo. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas oía otra cosa. Si lo enviaban a una institución para huérfanos del mundo mágico, todo habría terminado. Lo separarían de Mara y jamás volvería a verla. Sus ojos buscaron la puerta y su mente bullía con planes de huída.
McGonagall permaneció inmóvil. Ni siquiera volvió la cabeza hacia Elliot. Sus ojos se posaron en la profesora Honeywick y, por primera vez desde que había comenzado aquella reunión, su mirada pareció suavizarse. Había algo en ella que Elliot no supo interpretar.
—Profesora Honeywick, ¿cuál es su opinión?
Pero Elliot ya apenas escuchaba. Su cabeza corría mucho más deprisa que la conversación.
Tengo que volver al aula de Pociones. Alguno de esos frascos tiene que servir para curar a Mara. Pero ¿cuál?
La voz de Honeywick seguía sonando al fondo, cada vez más lejana.
—Ya conozco al señor Carter. En menos de un día ha desobedecido mis instrucciones en dos ocasiones...
¿Cómo llego hasta allí? No recuerdo el camino. Maldita sea... ¿Por qué este castillo tiene tantos pasillos?
—También ha provocado que Slytherin perdiera cinco puntos y, por lo que he visto, no parece comprender que sus actos tienen consecuencias para los demás...
Las mazmorras. Tengo que encontrar las escaleras y bajar. Después cogeré todos los frascos que pueda. Aristóteles me ayudará a leer las etiquetas...
—Además, tendrá que aprender no solo a leer y escribir, sino también a respetar las normas de este colegio.
Elliot apenas era consciente de que seguía en aquel despacho.
Lo conseguiré. Encontraré una poción. Tiene que existir alguna...
Entonces la voz de Honeywick atravesó todos sus pensamientos.
—Pero en Hufflepuff siempre hay sitio para uno más.
Elliot alzó la cabeza de golpe. La profesora seguía mirando a McGonagall.
—En nuestra casa no admiramos solo a los héroes ni a los alumnos brillantes. También creemos en las segundas oportunidades. Y nos sentimos orgullosos de ayudar a quienes están dispuestos a levantarse una y otra vez.
Solo entonces dirigió la mirada hacia Elliot.
—Señor Carter, si está dispuesto a trabajar más que nadie, a ponerse al día y a respetar las normas de Hogwarts, Hufflepuff estará encantada de recibirlo.
El despacho quedó en silencio. Elliot permanecía inmóvil, con la boca entreabierta. Miraba a la profesora Honeywick incapaz de comprender lo que acababa de oír. La misma mujer que unas horas antes le había castigado, acababa de convertirse en la única persona dispuesta a abrirle una puerta.
El profesor Nott frunció el ceño hasta que sus cejas casi se unieron.
—Te equivocas, Mirabel...
La profesora Honeywick sostuvo su mirada sin inmutarse. Misty arqueó el lomo y dejó escapar un leve gruñido.
—Profesor Nott —dijo con calma—, ¿le tengo que recordar que no se tome esas libertades conmigo?
Nott guardó silencio un instante. Sin apartar los ojos de ella, respiró hondo antes de corregirse.
—Disculpe, profesora Honeywick. Pero sigo creyendo que se equivoca. Sus compañeros acabarán destrozándolo. Las burlas, las humillaciones, el desprecio... será demasiado para él. —Sus ojos se desviaron un instante hacia Elliot antes de regresar a Honeywick—. Ya lo verá. Nunca llegará a encajar.
—Coincido con el profesor Nott —intervino Ravenshade—. No sé si le está haciendo un favor al muchacho o si, simplemente, está alargando un sufrimiento inevitable.
Honeywick no respondió de inmediato. Continuó sosteniendo la mirada de Nott antes de hablar con la misma serenidad.
—No me preocupa. En Hufflepuff no dejamos atrás a quien está dispuesto a levantarse.
Nott tensó la mandíbula, pero permaneció en silencio.
—Mirabel... —intervino entonces la profesora Sinistra con cautela—. Comprendo lo que intentas hacer, pero no será fácil para él. Quizá lo más sensato sea buscar una institución especializada. Existen otras escuelas de magia, menos exigentes, donde...
Honeywick negó despacio con la cabeza.
—Puede que tengan razón. Puede incluso que dentro de unos meses me demuestren que me he equivocado. Pero al menos no le negaré una segunda oportunidad al chico.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—En Hufflepuff no elegimos a nuestros alumnos porque sean los más brillantes o los más prometedores. Los elegimos porque creemos en ellos cuando todavía nadie más lo hace.
Sus ojos no se apartaban de Nott. Este apretaba la mandíbula y respiraba fuertemente, pero parecía dispuesto a no volver a hablar.
—El señor Carter merece esa oportunidad. Y, mientras pertenezca a mi Casa, me aseguraré de que nunca tenga que afrontarla solo.
McGonagall asintió despacio. Apenas fue un gesto, pero la satisfacción que reflejaban sus ojos resultaba inconfundible.
—Muchas gracias, profesora Honeywick. Queda resuelto, entonces. —Dirigió la mirada hacia Elliot—. Señor Carter, desde este momento pertenece usted a la Casa Hufflepuff. —Después volvió a mirar a Honeywick—. Profesora, el alumno queda bajo su responsabilidad.
Elliot la observó sin saber qué decir.
Honeywick se volvió hacia él. La calidez con la que había defendido su permanencia en Hogwarts desapareció al instante. Su sonrisa se borró y dio paso a la misma expresión seria y exigente que Elliot recordaba de aquella mañana. Durante un segundo tuvo la incómoda sensación de haber escapado de un peligro para caer directamente en otro.
Tal vez aquello fuera incluso peor. En las calles de Londres, al menos, conocía las reglas; allí sabía qué esperar. Hogwarts, en cambio, seguía siendo un lugar lleno de normas que no comprendía y de personas imposibles de descifrar. Y, para colmo, estaba convencido de que la profesora Honeywick le había tomado manía desde el primer día.
—Espero que esté a la altura de las exigencias de Hufflepuff, señor Carter.
Elliot tragó saliva. El nudo que tenía en la garganta apenas le dejaba respirar. No tenía otra opción. Asintió despacio.
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Los pasillos de Hogwarts parecían más largos que nunca. Elliot caminaba un paso por detrás de la profesora Honeywick, con la vista clavada en sus zapatos. A cada recodo, los murmullos crecían. Al principio solo fueron susurros: dos alumnos de Gryffindor cuchicheando entre ellos, un grupo de Ravenclaw que se volvía para observarlo, varios estudiantes de Slytherin que ni siquiera se molestaban en disimular las sonrisas. Nadie lo señalaba con el dedo, pero Elliot sentía el peso de todas aquellas miradas sobre la espalda.
Honeywick no redujo el paso ni una sola vez. Caminaba con la cabeza alta, los labios apretados y el gesto endurecido. Al pasar junto a otro grupo de alumnos, una voz rompió el murmullo del pasillo:
—¡Mirad! ¡Ese es el que no sabe leer!
Las risas estallaron al instante.
Honeywick se volvió tan deprisa que el silencio cayó de golpe. Bastó una sola mirada para que los estudiantes bajaran la cabeza y fingieran un súbito interés por el suelo. Y reanudó la marcha como si nada hubiera ocurrido.
Poco después abandonaron las zonas de paso y llegaron al ala reservada a las dependencias de los profesores. Honeywick se detuvo frente a una puerta de madera clara, flanqueada por dos grandes macetas de las que brotaban flores suspendidas dentro de delicadas esferas de cristal.
Abrió la puerta e indicó a Elliot que pasara primero.
La dependencia de Honeywick lo sorprendió por completo. No se parecía en nada al despacho de McGonagall. Había mantas de lana tejidas sobre los sillones, cortinas de tonos cálidos que tamizaban la luz y estanterías repletas de pequeños objetos cuidadosamente colocados: cajas de música, relojes de arena, figuras de porcelana y jarrones rebosantes de flores de todos los colores. Margaritas, amapolas, claveles y muchas otras que Elliot ni siquiera sabía nombrar llenaban la estancia de vida. El aire olía a miel, a té recién hecho y a flores silvestres, mezclados con un aroma dulce que no logró reconocer.
—Siéntese ahí, por favor —dijo Honeywick, señalando con un gesto firme un sillón amarillo que parecía sacado de un cuadro demasiado alegre para la situación. Después se quitó la capa, la colgó con cuidado en el perchero y se remangó las mangas antes de volverse hacia él.
Elliot se dejó caer en el sillón. Se retorcía las manos sobre el regazo sin saber qué hacer. ¿Debía disculparse? ¿Intentar explicarse? ¿O era mejor guardar silencio y esperar a que pasara la tormenta?
La profesora lo observó durante unos instantes. Finalmente, habló sin rodeos.
—Señor Carter, estoy muy disgustada con usted.
—Lo... lo siento, profesora. Intentaré aprender a leer lo antes...
Honeywick alzó una mano para interrumpirlo.
—No, no me refiero a eso. De ese asunto ya hablaremos. Estoy disgustada porque me ha desobedecido. Dos veces. Dígame una cosa: ¿cuántas veces tendré que pedirle que se cambie de ropa?
Elliot la miró con la boca entreabierta.
—¡Demonios! ¿Pero qué le pasa con mi ropa? ¿De verdad no tiene cosas más importantes de las que preocuparse?
—¡Señor Carter! —lo reprendió con severidad—. Cuide su lenguaje. No pienso permitir que utilice expresiones como «demonios» ni que emplee improperios delante de mí. ¿Ha quedado claro?
Elliot bajó la cabeza. Sentía la cara arder de vergüenza, aunque seguía apretando los puños.
—Sí, profesora Honeywick. Lo siento.
La profesora esperó unos segundos antes de continuar, ya con un tono más sereno.
—Bien. Volvamos a la ropa. ¿Por qué no se ha cambiado? Y, esta vez, le ruego que me diga toda la verdad.
Elliot buscó una respuesta desesperadamente. Cualquier excusa serviría. Cualquier mentira que lo sacara de aquella situación. Pero su cabeza era un caos y la mirada firme de Honeywick no le dejaba espacio para inventar nada. Bajó la vista.
—Yo... verá, profesora... La verdad es que... no tengo más ropa que esta.
Honeywick permaneció inmóvil. Sus ojos se abrieron ligeramente y, durante unos segundos, no dijo absolutamente nada. Después se sentó despacio en el sillón que había frente a Elliot. Cuando volvió a mirarlo, la dureza había desaparecido de su rostro.
—Vaya... —murmuró casi para sí—. ¿Por qué no me lo dijo antes?
Elliot apartó la mirada. Sentía un nudo en la garganta y tuvo que apretar los dientes para que la voz no le temblara.
—Me daba vergüenza. —Hizo una breve pausa—. Solo quería ganar un poco de tiempo. Pensé que... encontraría alguna manera de conseguir ropa.
Honeywick no respondió enseguida. Permaneció observándolo en silencio, como si acabara de descubrir a un niño completamente distinto del que había creído conocer aquella mañana.
Elliot levantó la vista con cautela. La compasión había desaparecido. En su lugar encontró una expresión serena, cálida y profundamente humana. Por primera vez desde que había llegado a Hogwarts, sintió que alguien lo estaba mirando a él... y no a su aspecto.
—Señor Carter, ¿cómo es posible que no tenga más ropa? ¿En qué clase de casa de acogida ha vivido?
Elliot abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla al instante. No podía decirle que se había fugado. Tenía que inventar algo. Y rápido.
—Es que... bueno... Cuando se enteraron de que era mago... las cosas se complicaron.
Tragó saliva y desvió la mirada hacia la puerta. Sabía que aquella explicación era endeble, casi una vaguedad. Pero ya no podía retirarla. Solo le quedaba esperar que la profesora no hiciera más preguntas.
Honeywick permaneció unos segundos en silencio, observándolo con atención. Finalmente, suspiró.
—Sea como sea, ese problema tiene solución.
Se incorporó y chasqueó los dedos. Con un leve «plop», apareció una elfina doméstica de piel color lavanda. Sus orejas, tan largas que casi rozaban el suelo, se balancearon al hacer una profunda reverencia ante Honeywick. Después reparó en Elliot y dio un pequeño respingo, sobresaltada por encontrar a un alumno allí.
—Tilla, querida, ¿crees que podríamos conseguir algo de ropa para el señor Carter?
—¡No! —La respuesta salió de Elliot antes siquiera de pensarla. Se levantó de un salto del sillón—. No la necesito. Ya me las apañaré yo.
Honeywick arqueó una ceja.
—¿De verdad? Dígame, señor Carter, ¿cómo piensa conseguir ropa sin un solo knut? ¿Tiene algún plan?
Elliot vaciló.
—Todavía no.
—Entonces, ¿qué piensa hacer?
Él bajó la mirada un instante antes de responder.
—Ya se me ocurrirá algo.
Honeywick lo observó en silencio. Había visto ese mismo orgullo muchas veces.
—Señor Carter, aceptar ayuda cuando uno la necesita no es un signo de debilidad.
Elliot negó con la cabeza.
—No quiero que nadie me regale nada.
La profesora dejó escapar una leve sonrisa.
—Eso le honra. Pero no estoy hablando de regalarle nada.
Volvió la vista hacia la elfina.
—Tilla, ¿podrías buscar algo de ropa para el señor Carter? No importa que no sea nueva. Solo necesito que esté limpia y en buen estado.
La elfina sonrió de oreja a oreja.
—¡Claro que sí, señorita Honeywick! Seguro que encuentro algo precioso para el joven.
—Gracias, Tilla.
—¡Enseguida, señorita!
La elfina hizo una nueva reverencia y desapareció con otro suave «plop».
Honeywick se levantó y abrió un armario del que sacó una caja de madera. Al levantar la tapa, aparecieron unas tijeras, un cepillo de cerdas suaves y un pequeño frasco cuyo contenido desprendía un agradable aroma a miel y romero.
—Vamos a arreglar ese pelo.
Antes de que Elliot pudiera protestar, la profesora acercó una banqueta y le indicó que se sentara. Él obedeció con cierta desconfianza. Honeywick comenzó a desenredarle el cabello con una delicadeza que lo desconcertó. Después fue recortando los mechones con paciencia, deteniéndose de vez en cuando para contemplar el resultado antes de continuar.
Elliot notaba el leve tirón del cepillo y el roce frío de las tijeras sobre la nuca, pero también el cuidado con el que la profesora trabajaba. Honeywick apenas hablaba. Parecía completamente concentrada, y él, poco a poco, dejó de estar tenso y se limitó a permanecer quieto.
Cuando terminó, le lavó el pelo con agua templada perfumada con aquel jabón de miel y romero y se lo secó con una toalla tan suave que Elliot no recordaba haber sentido nunca una igual.
La profesora dio un paso atrás y lo observó con atención.
—¡Vaya! Si debajo de todo esa mata de pelo se escondía un chico bastante guapo.
Elliot abrió mucho los ojos. Nadie le había dicho algo así en toda su vida. Se volvió hacia el espejo. El reflejo le devolvió la imagen del mismo chico delgado de siempre, con las mismas pecas y los mismos ojos verdes. Solo tenía el pelo más corto y limpio.
Frunció el ceño. No sabía si la profesora hablaba en serio... o si simplemente estaba intentando hacerlo sentir mejor.
Después, con un gesto de la mano, la profesora señaló la mesa. Tilla había preparado una cena que parecía sacada de un sueño: una hogaza de pan recién horneado, aún humeante; un estofado de carne cuyo aroma llenaba toda la estancia; una tetera de porcelana de la que escapaban finos hilos de vapor y, como broche final, una fuente de galletas cubiertas con glaseado que relucía bajo la luz de las velas.
—Tiene que comer. Mañana será un día muy largo y, antes de que vaya a la Sala Común de Hufflepuff, hay algunas cosas de las que debemos hablar.
Elliot se sentó con un suspiro. El hambre le retorcía el estómago. Se sirvió un buen plato y empezó a comer sin preocuparse por los modales. El pan aún estaba caliente, el estofado parecía devolverle las fuerzas con cada cucharada y el té le reconfortaba la garganta. Honeywick también se sirvió, aunque apenas probó un par de bocados.
Esperó a que Elliot hubiera calmado un poco el hambre antes de hablar.
—No voy a engañarlo, señor Carter. Mañana será un día muy difícil. En eso, el profesor Nott tenía razón. Durante un tiempo será el centro de atención de todo Hogwarts, y no por los motivos que a usted le gustaría. Escuchará burlas, soportará miradas y habrá alumnos que intentarán hacerle daño solo por diversión.
Elliot dejó la cuchara sobre el plato.
Hasta ese momento había pensado en Mara, en la ropa, en aprender a leer... pero no en lo que le esperaba al día siguiente. La imagen del aula volvió de golpe a su memoria: las risas, los susurros, las caras de sus compañeros. Por primera vez se preguntó si el profesor Nott no habría intentado protegerlo.
Honeywick advirtió el cambio en su expresión.
—No intente demostrar que es más fuerte de lo que es. Cuando lleguen las burlas, no les regale la satisfacción de ver que le hacen daño. Apóyese en las personas que quieran ayudarlo. Y no tenga miedo de pedir ayuda cuando la necesite.
Elliot bajó la vista hacia el plato. El hambre había desaparecido casi por completo.
La profesora guardó silencio unos instantes antes de sonreír con suavidad.
—Y, sobre todo, tenga paciencia. Ya verá cómo esto pasará. En unas semanas aparecerá otro cotilleo, otro alumno meterá la pata o alguien romperá una armadura, y la mayoría habrá encontrado un motivo nuevo del que hablar. Los adolescentes olvidan antes de lo que ellos mismos creen.
Elliot levantó la vista, sorprendido.
—A partir de mañana, cuando terminen las clases, vendrá a mi despacho todos los días. Yo misma le enseñaré a leer. Al principio será difícil, incluso frustrante. Pero no pienso permitir que fracase.
El chico bajó la vista y se mordió el labio inferior.
—¿Por qué yo? ¿Por qué quiere ayudarme?
Honeywick permaneció unos instantes en silencio, como si buscara la respuesta entre los recuerdos.
—Es una buena pregunta, señor Carter. Y, si le soy sincera, no estoy segura de saber contestarla. Supongo que me recuerda a alguien. Ella también se quedó sola siendo muy joven. Hubo quien le tendió la mano cuando más lo necesitaba y, gracias a esa ayuda, consiguió salir adelante.
El silencio volvió a adueñarse del despacho. Solo el crepitar de la chimenea y el tintineo de la lluvia contra los cristales acompañaban sus pensamientos.
Al terminar la cena, Tilla apareció para retirar los platos. Se despidió con una alegre reverencia y desapareció con un suave «plop». Honeywick se acercó a una estantería, escogió un libro de tapas gruesas y lo dejó sobre la mesa. Sus páginas amarillentas estaban llenas de letras enormes y dibujos sencillos.
—Empezaremos ahora mismo. Cada minuto cuenta, señor Carter.
La primera lección fue sencilla: el abecedario, las sílabas más sencillas y unas pocas palabras que Elliot repetía una y otra vez. Tropezaba constantemente, confundía letras y se detenía cada vez que dudaba, pero Honeywick no mostró el menor signo de impaciencia. Corregía, esperaba y volvía a empezar, como si no existiera otra forma de enseñar.
No supo en qué momento el cansancio terminó por vencerlo. Apenas había dormido la noche anterior y el primer día en Hogwarts lo había dejado completamente exhausto. Poco a poco, la voz de Honeywick se fue alejando, hasta convertirse en un murmullo cálido e indistinto.
Lo último que sintió fue una mano apartándole con delicadeza un mechón de pelo de la frente.
Y, por primera vez en mucho tiempo, quizá años, esa noche no pasó frío.
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Elliot se despertó sobre una cama mullida, arropado por unas mantas que desprendían un tenue aroma a lavanda. Hacía años que no dormía tan profundamente, con esa sensación de descanso que parecía aliviar incluso el cansancio acumulado en los huesos. Durante unos segundos no supo dónde estaba.
La habitación era pequeña, pero acogedora. Una luz dorada se filtraba por la ventana, muy distinta al cielo gris de Londres o al resplandor verdoso que iluminaba la Sala Común de Slytherin. Todo allí parecía más cálido, más vivo.
Al alzar la vista descubrió un techo de vigas de madera oscura, robustas y envejecidas por el tiempo. De las esquinas colgaban guirnaldas de amapolas frescas que perfumaban el aire con un olor que, de pronto, le resultó familiar.
Parpadeó varias veces, todavía desorientado. Entonces los recuerdos de la noche anterior comenzaron a regresar uno tras otro. La conversación con McGonagall. El profesor Nott y la clase de «Defensa». Un nudo le atenazó el estómago. Se llevó una mano a la cara y cerró los ojos con fuerza, como si aquel simple gesto pudiera borrar todo lo ocurrido el día anterior.
De pronto, un suave carraspeo. Después, el toc-toc de unos pies descalzos golpeando el suelo con creciente impaciencia. Finalmente, otro carraspeo, esta vez mucho más sonoro. Elliot fingió no oír nada. Solo quería esconder la cabeza bajo las mantas y desaparecer.
—¡Levántese de una vez, señorito Carter!
Dio un respingo al reconocer la voz aguda de Tilla. La elfa doméstica lo observaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Tamborileaba un dedo sobre el antebrazo mientras uno de sus enormes pies descalzos no dejaba de golpear el suelo.
—¡Vamos, vamos! ¡El día no espera a los dormilones!
Durante unos segundos, Elliot contempló el techo todavía sin comprender dónde estaba. Aquella no era su cama, ni aquella su habitación. ¿O sí? ¿Estaba en la Sala Común de Hufflepuf? Pero ese aroma a lavanda que impregnaba las mantas le recordaban a algo… ¿a qué?
¡A Honeywick!
Se incorporó de inmediato en la cama.
¿Qué hago en la cama de la profesora?
Se quedó inmóvil. Poco a poco recordó la conversación, la clase de lectura y el sueño que lo vencía sin remedio. Sintió que las mejillas empezaban a arder. Una cosa era haberse quedado dormido sobre la mesa, agotado por el hambre y el cansancio. Otra muy distinta era que Honeywick hubiera tenido que acostarlo como si fuera un niño pequeño.
¿Habré babeado? No, no, por favor.
Deseó con todas sus fuerzas que la tierra se abriera bajo sus pies. Se volvió a tumbar y se cubrió la cabeza con la manta.
La elfina agarró la manta y tiró de ella con tal energía que Elliot estuvo a punto de acabar en el suelo.
—¡He dicho fuera de la cama! ¿Acaso es usted un perezoso, señorito Carter? ¡La ropa de cama debe ventilarse antes del mediodía! Y usted tiene que estar vestido, aseado y presentable antes de ir a clase.
Al ver que Elliot seguía inmóvil, volvió a cruzarse de brazos y lo fulminó con la mirada.
—¡La señorita Mirabel no tiene tiempo que perder con flojos como usted!
Sin esperar respuesta, comenzó a retirar las sábanas con movimientos rápidos y sin ninguna contemplación. Elliot apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado para no acabar envuelto en ellas. Y se volvió hacia el otro lado de la cama y cerró los ojos.
En ese momento sintió un roce húmedo en la nariz. Frunció el ceño y abrió los ojos de golpe. A apenas un palmo de su cara, Misty lo observaba tumbada sobre la cama con la cola enroscada alrededor de las patas. Había sido ella quien acababa de lamerle la nariz.
Sin poder evitarlo, Elliot sonrió.
—¡Buenos días, Misty!
La gata respondió con un ronroneo satisfecho y, como si aquella bienvenida hubiera cumplido con el protocolo, se acomodó tranquilamente a su lado.
Tilla, mientras tanto, seguía parloteando, más para sí misma que para Elliot, mientras dejaba la habitación impecable con una eficiencia casi militar.
—¡Por las barbas de Merlín! ¡Qué poca vergüenza! Dormir en la cama de la señorita Mirabel mientras ella pasa la noche en ese sofá viejo. Los niños de hoy ya no respetan nada. ¿Así agradece usted su bondad? ¡Robándole su cama! —refunfuñó mientras doblaba las sábanas con rápidos movimientos de muñeca—. ¡Y mírelo! Despatarrado como un gnomo de jardín después de una fiesta.
Entonces reparó en Misty.
—¡No me diga que esa gata también ha dormido aquí!
Abrió mucho los ojos y empezó a hacer aspavientos con las manos.
—¡Fuera! ¡Vamos! ¡Vuelve con tu ama! ¿Qué haces en esta cama? La vas a llenar de pelos. ¡Fuera, fuera!
Misty ni siquiera se dignó a mirarla. Permaneció tumbada junto a Elliot con la calma de quien se sabe dueña del lugar.
Tilla soltó un resoplido de indignación, la cogió en brazos, salió de la habitación y la llevó hasta la puerta de las dependencias. Cuando la elfina regresó a la habitación, encontró a Elliot otra vez escondido bajo la almohada. Con toda la energía que posee un elfo doméstico, se la arrancó de las manos antes de que pudiera sujetarla.
—¿Qué hora es? —murmuró Elliot con voz adormilada.
—¡La hora de levantarse, que es la mejor hora del día! —respondió Tilla mientras sacudía la almohada en el aire—. La señorita Mirabel ya está en su despacho. Así que, si no quiere que lo ponga yo misma a sacar brillo a los cubiertos hasta que se vea reflejado en ellos, ¡más le vale ponerse en marcha!
Elliot dejó escapar un gruñido, apartó las mantas y se puso en pie con desgana. La alfombra era tan mullida que sus pies se hundieron ligeramente en ella. Miró a su alrededor. Solo estaban Tilla y él. La elfina ya había empezado a dar la vuelta el colchón solamente con la ayuda de un chasquido de dedo.
—Vamos, vamos. Vístase de una vez, señorito Carter. A ver si me deja terminar mi trabajo.
Elliot se acercó a la ventana. Seguía lloviendo. La lluvia caía sobre el pequeño jardín de Hogwarts, donde las flores se mecían bajo un cielo gris y los charcos reflejaban la cálida luz que escapaba de las ventanas. No era un día soleado. Sin embargo, por alguna razón, le pareció un día bonito.
—Su ropa está en la silla —anunció Tilla, señalando la pila con el pie—. Y no crea que ha sido tarea fácil.
Elliot se giró. Sobre la silla descansaba un conjunto perfectamente doblado: una camisa blanca, un pantalón azul oscuro y un jersey color mostaza con el escudo de Hufflepuff bordado sobre el pecho. Encima habían dejado unos calcetines de rayas amarillas y negras, una corbata a juego y, junto a la silla, un par de zapatillas impecablemente limpias.
—¿Y esto qué es?
—Su ropa, ¿qué va a ser? Ahora vístase de una vez. Tengo que ventilar la habitación y preparar el desayuno antes de que el sol salga dos veces.
Elliot recorrió la habitación con la mirada. La ropa que había llevado el día anterior no estaba por ninguna parte. Abrió un armario; miró detrás de la puerta; e incluso se agachó para comprobar si estaba debajo de la cama.
—¿Qué está buscando, señorito Carter? Como siga perdiendo el tiempo, llegará tarde a clase.
—¿Dónde está mi ropa?
Tilla siguió doblando una sábana. Luego, señaló con impaciencia la silla.
—Ahí. Se la estoy enseñando desde hace un rato.
—Esa no es mi ropa.
La elfina soltó un bufido.
—¡Pues claro que lo es! Me he pasado media noche cosiéndole el escudo de Hufflepuff, planchándola y dejando esos pantalones como nuevos.
Elliot negó con la cabeza.
—No. Esa no es la mía. ¿Dónde está la que llevaba ayer?
Tilla lo miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—¿Se refiere a esos harapos?
Asintió con total naturalidad.
—Los tiré a la basura.
Elliot sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué?
—No servían ni para vestir al elfo doméstico más pobre de Hogwarts. Estaban rotos, sucios y olían a rayos. Hice lo que habría hecho cualquiera con dos dedos de frente.
Elliot dio un paso hacia ella.
—¡No tenías derecho!
Por primera vez, Tilla pareció desconcertada.
—¿Derecho? Señorito Carter, aquello eran unos trapos viejos.
—¡Eran míos!
La elfina abrió la boca para responder, pero se quedó callada un instante.
—Bueno... pues ahora tiene otros mejores —replicó finalmente, recuperando el tono enérgico—. Así que deje de protestar, cámbiese de una vez y vaya a clase.
—Pero…
Elliot volvió a dejarse caer sobre la cama. Apoyó los codos en las rodillas y se cubrió el rostro con las manos.
—Tenía algo importante en el bolsillo… —murmuró, casi para sí.
Tilla frunció el ceño.
—¿Algo importante? Lo único que encontré fue una chapa vieja…
Elliot levantó la cabeza de golpe.
—¡Esa! ¿Dónde está?
—¿La chapa?
—Sí. ¿La tienes?
La elfina lo observó unos instantes, incapaz de comprender por qué un trozo de metal oxidado podía alterarlo tanto.
—Iba a tirarla, pero la señorita Mirabel me dijo que la guardara.
—¿Entonces la tienes?
Tilla soltó un pequeño resoplido.
—Sí, sí. Ahora vuelvo. Pero usted vaya cambiándose. No hay tiempo que perder.
Salió de la habitación con paso apresurado.
Elliot permaneció inmóvil unos segundos antes de atreverse a tocar la ropa limpia. Empezó a vestirse con movimientos lentos, todavía dándole vueltas a la cabeza.
Al poco, Tilla regresó y le tendió la chapa. Elliot la tomó con ambas manos como si fuera mucho más frágil de lo que parecía. La contempló apenas un instante antes de acercársela a los labios. Luego la guardó con cuidado en el bolsillo del pantalón.
Tilla arqueó una ceja, intrigada, pero no hizo ninguna pregunta. En su lugar, volvió a apremiar a Elliot mientras abría las ventanas y dejaba entrar el aire fresco de la mañana.
Elliot terminó de vestirse. No estaba acostumbrado a llevar ropa que le quedara bien. La tela era suave, cómoda, y por primera vez no parecía que vistiera con lo primero que alguien había decidido tirar. Cuando alzó la vista hacia el espejo, tardó un instante en reconocerse. Frente a él había un alumno de Hogwarts. Se llevó una mano al pelo. Después rozó con la yema de los dedos el escudo de Hufflepuff bordado sobre el jersey.
Miró de reojo a Tilla. Quiso darle las gracias, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
—¿Dónde está la profesora?
—En su despacho. Está muy ocupada, señorito Carter. No solo tiene que dar clase. Es la jefa de Hufflepuff y, como si eso no bastara, siempre encuentra tiempo para ayudar al profesor Longbottom en los invernaderos o echar una mano a la profesora Briarwood con esas criaturas tan raras que cuida. Y ahora, además, ha decidido hacer de niñera de un niño que ni siquiera sabe agradecer lo que hacen por él.
Las palabras le escocieron. Elliot hizo una mueca, pero guardó silencio. En el fondo, sentía que Tilla tenía motivos para pensar así.
—Supongo que tampoco es culpa suya —continuó la elfina mientras estiraba con fuerza una sábana y, con otro chasquido, una escoba cobraba vida y comenzaba a barrer la habitación—. Pero no se acostumbre. Su sitio está en la Sala Común de Hufflepuff, como el de cualquier otro alumno. Esta habitación es el único lugar donde la señorita Mirabel puede descansar de niños revoltosos... y de otros demasiado perezosos para salir de la cama.
Terminó de colocar las mantas con un último tirón. Luego se volvió hacia Elliot y se cruzó de brazos.
—Y recuerde una cosa, señorito Carter. Si sigue en Hogwarts es porque la señorita Mirabel decidió darle una oportunidad. No la desperdicie. Mi ama tiene un corazón muy grande, pero no acostumbra a dar segundas oportunidades.
Elliot bajó la vista.
—Haré todo lo que pueda.
Tilla soltó un bufido. Recogió la pila de ropa de cama sucia con una sola mano y, con otro chasquido de dedos, la hizo desaparecer. Después rebuscó en el bolsillo de su bata, sacó una hoja doblada y se la tendió a Elliot.
—Su horario de Hufflepuff. Y más le vale no llegar tarde. Después de lo de ayer, no le conviene dar más motivos para que hablen de usted.
Elliot desplegó el pergamino. Paseó la vista por las líneas, intentando descifrar alguna palabra. Solo consiguió reconocer unas pocas letras y un par de nombres.
—Mmm... Tilla, ¿tú sabes leer?
La elfina irguió la cabeza con evidente indignación.
—¡Claro que sí! Tilla lee tres idiomas. Y recito recetas de cocina en todos ellos. —Cuando recordó que Elliot no sabía leer, suavizó el tono—. ¿Quiere que le lea el horario, señorito Carter?
Elliot asintió. Sentía que, con cada petición de ayuda, se hacía un poco más pequeño.
—Veamos... La primera clase de hoy es «Defensa Contra las Artes Oscuras», con el profesor Nott...
Las palabras cayeron sobre Elliot como un cubo de agua helada.
—¡¿Qué?!
Le arrebató el pergamino de las manos como si, al leerlo él mismo, fuera a descubrir que Tilla se había equivocado. Lo desplegó de un tirón... y, un segundo después, recordó un pequeño detalle: seguía sin saber leer.
—¡Maldita sea! No... No puede ser. ¿La primera clase es con el profesor Nott?
—¡Señorito Carter! —Tilla lo atravesó con una mirada de absoluta reprobación—. ¡¿Qué lenguaje es ese?! Si vuelve a soltar una palabra así, le pondré a ordenar los archivos de la señorita Mirabel durante semanas. ¡¿Le ha quedado claro?!
—Eh… sí, sí. Lo siento —balbuceó Elliot, retrocediendo un paso. Tenía la impresión de que un ratón acababa de rugirle—. Pero, Tilla, compréndeme. El profesor Nott fue quien quiso expulsarme.
—Pues apechugue con ello, señorito Carter. Usted le prometió a mi ama que sería valiente. —La elfina lo señaló con un dedo diminuto—. ¡Demuéstrelo!
Elliot se dejó caer en una silla. Las burlas del día anterior acudieron a su memoria una detrás de otra. Las risas, los susurros, las miradas… Y ahora tendría que volver a entrar en el aula del profesor Nott como si nada hubiera pasado. Sintió cómo el pánico le iba cerrando poco a poco el estómago.
Ajena a todo aquello, Tilla continuó leyendo el horario con total naturalidad.
—Después tendrá Transformaciones con mi querida señorita Mirabel. Luego…
Al levantar la vista, Tilla descubrió que Elliot seguía sentado, con la mirada clavada en el suelo.
—¿Qué hace todavía ahí, señorito Carter? ¿Así piensa agradecer la bondad de mi ama? Si lo único que sabe hacer es lamentarse y temblar como un ratón, más vale que recoja sus cosas y se marche por esa puerta.
Las palabras le golpearon con más fuerza de la que esperaba. Apretó los puños. No. No había llegado hasta Hogwarts para huir a la primera dificultad. Se puso en pie de un impulso.
—No voy a marcharme. Estoy aquí por algo importante... y no pienso irme con las manos vacías.
Tilla lo sostuvo la mirada durante unos segundos. La severidad de su expresión no desapareció, pero algo en sus ojos pareció relajarse.
—Eso espero, señorito Carter. Si mi ama ha decidido confiar en usted, será porque ha visto algo que los demás no hemos sabido ver. Procure que no se haya equivocado.
Elliot asintió sin decir una palabra.
Cuando estuvo preparado para marcharse, Tilla lo acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, le alisó la corbata, le recolocó el cuello de la camisa y retiró una diminuta pelusa de la túnica con la meticulosidad de quien inspecciona un uniforme.
—Y una cosa más —dijo sin dejar de examinarlo—. No permita que nadie lo pisotee. Aquí nadie es tan perfecto como aparenta... ni siquiera los profesores.
Retrocedió un paso para contemplar el resultado. Satisfecha, asintió.
—Ahora sí. Mucho ánimo, señorito Carter.
Elliot salió al corredor con el corazón latiéndole con tanta fuerza que casi podía oírlo. Caminó despacio entre los cuadros, las alfombras y los altos techos de piedra.
Pensó en Mara, en cómo se reiría al saber que su hermano se había dormido delante de una profesora y que, para rematar la faena, una elfina doméstica lo había puesto firme a primera hora de la mañana.
Sin darse cuenta, sonrió. Y siguió caminando con la cabeza un poco más alta.
19 de julio de 2026
Enrique Vallés Balaguer
