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Capítulo 19
La isla fuera del mundo
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Hogwarts, 5 de septiembre de 2026
El sábado amaneció con una luz dorada, la clase de luz que solo el verano regala; el cielo despejado, salpicado apenas por unas nubes tímidas y un calor que no encajaba en aquella época. No había clases, y Hogwarts, sin horarios que cumplir ni profesores que acecharan tras las esquinas, parecía más amable.
A esa hora, varios alumnos calentaban los músculos con carreras suaves; sus risas se mezclaban con el crujido de la hierba bajo sus pies. Más allá, en los bancos de piedra de la rotonda, pequeños grupos armaban revuelo alrededor de tableros de ajedrez mágico, donde los espectadores apostaban trozos de tarta robados del desayuno.
Elliot y sus amigas salieron juntos por la puerta principal, cada uno con una escoba prestada bajo el brazo. Al pisar el patio delantero, los tres respiraron hondo oliendo la hierba fresca y la tierra mojada. Elliot les había contado su paseo nocturno a sus amigas y, para su sorpresa, Katherine estaba más interesada en Julius que en Corvinus.
—¿Qué hacía Rowle a esas horas por el pasillo? —se preguntaba Katherine, más para sí que para sus amigos.
—¿No me has oído? —insistía Elliot, indignado—. Corvinus me vigila por los cuadros.
—Sí, te he oído, Carter. Pero eso no es lo importante.
—¿Cómo que no es lo importante?
Elliot y Katherine caminaban delante mientras discutían. Amaia, que caminaba unos pasos atrás, parecía distraída. Su mirada se desviaba una y otra vez hacia un grupo de estudiantes —la mayoría de Gryffindor— que ocupaban un banco cerca de la rotonda principal.
—Amaia, ¿qué miras? —le preguntó su amigo.
—Nada.
—Venga, Moore, no te retrases.
Elliot giró la cabeza hacia el grupo, intentando descifrar qué había captado la atención de su amiga. No parecía haber nada fuera de lo común; estaba el típico revuelo de estudiantes, risas, gestos exagerados, el ir y venir de voces superpuestas. Hasta que sus ojos se posaron en el centro del círculo. Como no, allí en el centro estaba Gareth Prewett que como siempre, era el imán alrededor del cual todo lo demás giraba. Estaba sentado en el respaldo de un banco y los demás se inclinaban hacia él para hablar o llamar su atención mientras él era quien marcaba el ritmo de la conversación. A Elliot, la envidia le volvió a corroer, y se prometió que algún día sería como él.
Mientras seguían buscando un rincón tranquilo para practicar, se toparon con una escena que parecía sacada de un cuadro; el profesor Longbottom caminaba junto a su esposa Hanna, la curandera del colegio y, entre ellos, cogido de las manos de sus padres, iba el pequeño James. El niño, de apenas cinco años, tenía las mejillas sonrojadas por el frío de la mañana y los ojos brillantes. Reía, saltaba mientras tiraba suavemente de las manos de sus padres.
—¡Hola, profesor! —saludó Elliot con una sonrisa.
—¡Hola, señor Carter!
—¡Hola, Elliot! —James lo saludó con entusiasmo, tirando suavemente de las manos de sus padres para acercarse—. ¡Vamos a Honeydukes a comprar chuches!
—¡Eso suena estupendo!
—¿Y vosotros? —preguntó James, curioso, señalando la escoba que Elliot llevaba bajo el brazo—. ¿A dónde vais?
—¡Vamos a practicar vuelo!
—¡¡Ala!! ¡Papá, yo quiero volar!
—No, James —la señora Longbottom lo miró con ternura—. Todavía eres muy pequeño.
—¡Hazle caso a tu madre, hijo!
—¡Pero yo…! —insistió James.
—¿No querías ir a comprar chuches? —le distrajo astutamente su madre.
—¡Sí, sí, quiero chuches!
—¡Bueno, chicos, id con cuidado! —se despidió rápidamente el profesor Longbottom, antes de que su hijo volviera a cambiar de opinión—. No voléis muy alto ni os alejéis demasiado.
Y la familia siguió su camino, con James dando saltitos entre sus padres, estirándose mientras sus padres lo alzaban. Elliot los observó alejarse con sentimientos encontrados; la imagen de James, saltando entre sus padres con esa alegría sin fisuras, le recordó a Mara y a sus risas robadas entre tos y fatiga, pero al mismo tiempo le quemaba por dentro saber que nunca había tenido algo así. Era bonito y doloroso a la vez, como mirar algo hermoso que nunca has tenido y ya nunca podrás tener.
Los tres amigos siguieron caminando, ahora en silencio, hasta que llegaron a una zona donde no había demasiados estudiantes. No obstante, Amaia seguía más pendiente del grupo de Gryffindor que de sus amigos.
—¡Eh, Amaia! ¿Te parece bien este sitio?
—¿Eh? ¡Ah! Sí, vale.
—Moore, espero que pongas más atención cuando vueles.
—Sí, perdón —dijo Amaia, girándose a sus amigos y sonriéndoles.
Se pusieron en círculo y dejaron las escobas en el suelo.
—¿Por dónde empezamos, Katherine?
—Por enseñar a Moore a subirse a la escoba sin parecer que vaya a morirse de miedo.
Amaia, acostumbrada ya a los comentarios de su amiga, asintió, colocándose junto a la escoba con la solemnidad de quien está a punto de enfrentarse a una prueba mortal.
—Arriba —dijo Elliot, y la escoba le saltó a la mano con docilidad.
Katherine imitó el gesto y la suya obedeció con elegancia. Sin embargo, Amaia lo intentó, pero la escoba se limitó a temblar y a quedarse pegada al suelo.
—Ponle más ganas, Amaia. Como si de verdad quisieras que te hiciera caso.
Amaia cerró los ojos, respiró hondo y repitió en voz alta:
—Arriba.
La escoba se elevó torpe, pero alcanzó su mano. Amaia abrió los ojos, maravillada.
—Bien, Moore. Ahora súbete.
Amaia vaciló. Miró a Elliot, que ya estaba montado, y luego a Katherine, que la observaba con calma. Amaia se montó en la escoba, pero no avanzó ni un milímetro.
—No va a moverse si no confías —le dijo Elliot, acercándose con su escoba hasta quedar a su lado—. Solo hay que dejarse llevar. No pienses en caerte, sino en no dejar de flotar nunca.
Su amiga asintió. Se impulsó levemente, y esta vez la escoba se levantó del suelo. Una pequeña sonrisa iluminaba su rostro.
—Muy bien, Moore. Pero intenta no mirar abajo.
Cuando vio que sus amigos comenzaban a flotar, Katherine se subió a su escoba. Sin embargo, no lo hizo a horcajadas como les habían enseñado. Se sentó en la escoba con las dos piernas juntas, ligeramente inclinadas hacia un lado, y el cuerpo erguido, perfectamente equilibrado. Sujetaba la escoba con la mano izquierda y, con la derecha, sostenía el paraguas abierto, apoyándolo contra el hombro.
Cuando Elliot la vio, se sorprendió bastante. Por un momento, pensó que si fuera vestida de blanco, parecería una amazona de la época victoriana. Amaia, en cambio, se asustó al verla.
—¡Katherine! Eso… eso no parece muy cómodo.
—No menos de lo que pareces tú, Moore.
La primera vuelta no quisieron exigirle demasiado a Amaia, así que flotaron, apenas a medio metro del suelo, pero para Amaia era como si estuviera cruzando el cielo. Elliot sintió que se le llenaba el pecho de orgullo al verla volando. Rápidamente, Katherine se puso a la cabeza de sus amigos.
—Más brío, Moore.
—Podríamos subir un poco más —sugirió Elliot.
—No sé yo… —dudó Amaia.
—¡Venga, Amaia! Un par de metros.
—Carter tiene razón. Así no vas a aprender.
—Está bien.
—Seguidme.
Katherine lideró el vuelo, despacio, marcando el ritmo para que Amaia no perdiera el equilibrio. Al principio, Amaia se notaba torpe; los pies se le movían, y cada ráfaga de viento la hacía girar en redondo. Pero a la segunda vuelta, Amaia iba más firme; a la tercera, incluso se atrevió a soltar una mano y saludar a Katherine, que iba al frente del grupo.
Elliot se distrajo por un instante al ver a lo lejos una bandada de lechuzas sobrevolando la linde del Bosque Prohibido. De pronto, algo minúsculo y dorado cruzó su campo de visión. No supo qué era, pero lo vio hacer varios quiebros delante de él. Cuando intentó alcanzarlo con la mano, aquella cosa lo esquivó. Sin pensárselo dos veces, Elliot se agachó sobre la escoba y lo persiguió. Lo que fuera que perseguía no volaba en línea recta, sino que daba giros bruscamente, tanto a derecha e izquierda como arriba y abajo. Elliot aceleraba mientras la escoba vibraba bajo sus muslos, y el corazón de Elliot gritaba de júbilo.
—¡Elliot, no corras, por favor! —oyó gritar a Amaia a lo lejos.
La cosa cruzó como un rayo frente a la torre de Astronomía, ascendió en vertical y giró tan rápido que Elliot casi la perdió. Amaia volvió a gritar algo, pero él ya estaba lanzado, impulsado por la adrenalina. Estaba tan cerca que oía el zumbido que emitía. Cuando por fin lo tuvo casi al alcance de su mano, el objeto hizo un giro brusco e inesperado. Pero Elliot, alerta, reaccionó por instinto. Con un movimiento rápido, alzó la mano y lo atrapó.
La sensación fue extraña pues aquello latía entre sus dedos, como si tuviera vida propia. Lo observó de cerca, esperando encontrar un insecto mágico, pero se llevó una sorpresa al ver que no intentaba escaparse. Y aún mayor fue su asombro al descubrir que se trataba de una esfera dorada con unas pequeñas alas. No parecía un ser vivo, pero no tenía ni idea de qué podía ser.
En ese momento, Katherine llegó volando a su lado y se detuvo con la misma elegancia con la que surcaba el aire.
—¡Bravo, Carter! Atrapar una snitch no es nada fácil.
Amaia fue la primera en llegar al suelo, aunque llamarlo «aterrizaje» habría sido generoso. Llevaba tanta velocidad que no logró frenar a tiempo. Al tocar el suelo, la inercia la arrastró varios metros por la hierba hasta que, finalmente, terminó sobre su trasero. Con toda la dignidad que pudo reunir, se levantó de un salto y miró a su alrededor, rogando que nadie hubiera presenciado su torpe caída. Poco después, Elliot y Katherine descendieron con mayor control.
—¿Qué es? —preguntó Amaia.
—Es una snitch dorada —respondió Katherine, con ese tono entre condescendiente y resignado que usaba cuando explicaba a sus amigos los conceptos más básicos del mundo mágico—. Supongo que no sabréis qué es el Quidditch, ¿verdad?
Sus amigos se encogieron de hombros y la miraron, esperando una explicación.
—Es el deporte mágico más importante.
—¿Tú juegas al Quidditch? —preguntó Amaia, con un dejo de incredulidad, pues le costaba imaginar a Katherine interesada en deportes, o en cualquier actividad que no fuera leer o analizar algo.
—Por supuesto que no, Moore —respondió Katherine, con un gesto de desdén—. Es una solemne pérdida de tiempo.
—¿Has dicho deporte? —intervino Elliot con un brillo en los ojos—. ¿Se juega en Hogwarts?
—Por supuesto, Carter. ¿No habéis visto el panel de anuncios de vuestra casa? —Al ver que la sonrisa de Elliot se apagó, Katherine carraspeó, como si se diera cuenta de su metedura de pata, y siguió hablando, intentando restarle importancia:— En el de Slytherin, anuncian las pruebas para el equipo.
—¿Y cómo se juega? —preguntó Elliot, que, conociendo a su amiga, supo que no lo había dicho con mala intención. Además, la curiosidad por saber cómo se jugaba a un deporte mágico lo consumía.
Durante unos minutos, Katherine intentó explicarles a sus amigos en qué consistía el Quidditch y cuáles eran sus reglas más importantes. Sin embargo, Elliot y Amaia no terminaban de entender aquel deporte, especialmente la necesidad de incluir tantas pelotas en el juego. Cuando Katherine pasó a describir las diferentes posiciones, preguntó con sorna:
—¿Adivinad quién es el buscador de Slytherin?
—No me lo digas, Corvinus.
—Efectivamente, Carter. Resulta que el buscador es la posición más importante. Normalmente, suele definir un partido. A no ser que tengas un equipo mediocre, por supuesto.
—Supongo que no es el caso de Slytherin, ¿verdad?
—Por supuesto que no, Carter. Slytherin lleva varios años ganando. Los únicos que le pueden plantar cara son Gryffindor.
En ese momento, Iris Clearwater, la prefecta de Ravenclaw, aterrizó a su lado. Elliot la reconoció al instante; era la misma chica que le ayudó aquel fatídico día en el que era el centro de todas las burlas de Hogwarts.
—Perdona —le dijo a Elliot con una sonrisa en los labios—, esa snitch es mía. El equipo de Ravenclaw estamos entrenando y la snitch ha salido volando. ¿Me la devuelves, por favor?
Elliot no dudó y se la entregó sin protestar. Iris la tomó, la examinó con cuidado y luego lo miró con una ceja arqueada.
—No lo has hecho nada mal para ser de primero —reconoció—. Eres Elliot Carter, ¿verdad?
Él sonrió y, mientras asentía, el rubor le tiñó las mejillas.
—Soy Iris Clearwater —se presentó ella. Luego giró la cabeza hacia Amaia y Katherine. Al posar sus ojos en esta última, su expresión cambió, volviéndose más seria—. Y tú debes ser Ollivander —dijo, con un tono neutro—. Eres clavadita a tu madre.
Katherine se quedó rígida, mirándola fijamente. Sus amigos la miraron, confundidos, sin entender su repentina tensión. Iris la observó fijamente unos segundos más, antes de volver a despegar con la escoba. En cuanto se alejó, Elliot abrió la boca para preguntarle a Katherine qué había pasado, pero antes de que pudiera decir nada, dos chicos de Hufflepuff aparecieron a su alrededor. La primera caminaba con determinación, y justo detrás de ella iba Conrad Wish, intentando seguir su ritmo. Al verlo, la sonrisa de Elliot se esfumó al instante. Los dos llevaban sus insignias de prefecto adheridas al pecho.
—¡Bravo, chaval! —exclamó Eliza, con una sonrisa que delataba su entusiasmo—. Ese vuelo ha sido perfecto. Eres el nuevo de Hufflepuff, ¿verdad?
Él asintió con el ceño fruncido mirando de reojo a Conrad. La chica se cruzó de brazos, pensativa, mientras lo observaba con atención.
—Soy Eliza Fairbairn, capitana del equipo de Quidditch de Hufflepuff. Deberías presentarte a las pruebas para buscador. Nuestro anterior buscador, Julian Macmillan, se graduó el año pasado, así que estamos buscando a alguien nuevo. Normalmente los de primero no suelen participar, pero tú… podrías tener una oportunidad.
El corazón de Elliot dio un vuelco. Nunca había formado parte de un equipo, y la idea de pertenecer a algo tan importante lo llenaba de una emoción que casi lo abrumaba.
—¡Ni de coña! —gritó Conrad, interrumpiendo el momento con su voz burlona—. ¿Quieres que juegue ese enano?
—¿Y por qué no? —preguntó Eliza, con calma.
—Porque no quiero ser el hazmerreír de Hogwarts —replicó Conrad, con desdén—. Ese ni siquiera sabe leer.
Elliot apretó los dientes, conteniendo las palabras que le quemaban en la garganta.
—Para jugar al Quidditch no hace falta saber leer —intervino Katherine, con el tono cortante que utilizaba cuando alguien no le caía bien.
—Exacto —dijo Eliza.
—Me niego a que este renacuajo juegue a…
—¿Qué hacen ahí parados, desperdiciando el sábado?
La voz que los interrumpió desde el otro extremo del patio pertenecía a la profesora Honeywick. Vestía pantalones vaqueros, una sudadera amarilla y una mochila enorme a la espalda. Bajo el brazo, llevaba una vieja escoba. Elliot nunca la había visto sin su túnica, y le sorprendió lo joven que parecía, casi como una estudiante de último curso.
—Profesora —saludó Conrad, haciéndose el formal—. Solo estábamos paseando.
Honeywick se acercó, y todos los presentes guardaron un silencio expectante. Había en su andar una autoridad extraña, suave pero inapelable.
—Profesora Honeywick —intervino Eliza, sin amedrentarse—, le estábamos proponiendo a Elliot que participara en las pruebas para buscador.
—¿Me está tomando el pelo, señorita Fairbairn? —preguntó la profesora, con una ceja arqueada.
—Por supuesto que no. Elliot, aquí donde lo ve, ha atrapado una snitch.
La profesora miró a Elliot con una expresión que él quiso interpretar como orgullo, aunque no estaba del todo seguro.
—Imposible, todavía es demasiado pequeño —dijo, sacudiendo la cabeza.
Elliot agachó la cabeza, decepcionado. Antes de aquella mañana, ni siquiera sabía qué era el Quidditch, pero ahora, por alguna razón que no lograba entender, era lo único que deseaba en el mundo.
—Es cierto que es pequeño, pero tiene reflejos, profesora —insistió Eliza, sin rendirse.
—Lo siento, pero no. El año pasado Macmillan terminó con la muñeca rota por culpa de Prewett, y pesaba veinte kilos más de lo que pesa el señor Carter.
Eliza cruzó los brazos y la miró con intensidad.
—A usted no le gusta el Quidditch, ¿verdad, profesora?
—Me encanta —respondió Honeywick, sin titubear—. Pero me gusta más que vuelvan todos mis alumnos sanos a casa.
Eliza se encogió de hombros y se dio por vencida. Ella y Conrad se alejaron, sumidos en susurros y gestos animados, trazando estrategias para las próximas pruebas. Cuando sus figuras se perdieron entre el bullicio del patio, la profesora Honeywick esbozó una sonrisa cálida hacia los tres amigos.
—¿Qué hacían antes de que llegara yo? —preguntó la profesora Honeywick, con curiosidad.
—Ayudábamos a Amaia a volar en escoba —respondió Elliot, con un dejo de orgullo en la voz.
—No soy muy buena —confesó su amiga.
—No, no lo es. Pero lo ha hecho muy bien, menos el aterrizaje. Os he estado observando desde mi despacho y, la verdad, no lo hacían nada mal. ¿Qué les parece una pequeña excursión?
Sin esperar respuesta, la profesora Honeywick se subió a su escoba y, con un salto ágil, despegó. No lo hizo como una adulta responsable, sino como una niña que toda su vida había soñado con surcar los cielos. Dio una vuelta en el aire, ejecutó un giro imposible y regresó flotando justo encima de sus cabezas.
—¿A qué esperan? —les preguntó, con una sonrisa pícara.
Les hizo una seña para que la siguieran y aceleró, alejándose de ellos. Los tres se quedaron boquiabiertos, observando cómo se perdía en el horizonte. Elliot fue el primero en subirse a la escoba.
—¡Elliot! —exclamó Amaia al verlo—. ¿Estás seguro que es buena idea?
—¡Claro! ¿Por qué no? —preguntó Elliot, confundido.
—Recuerda lo de la Sala de los Árboles —le recordó Amaia, como si eso lo explicara todo.
—¡Ah, eso! —exclamó Elliot, encogiéndose de hombros—. No creo que ella tenga nada que ver.
—Pero, ¿y si sí? —insistió Amaia.
Katherine, sin decir una palabra más, se subió a su escoba con un gesto decidido. Al empezar a flotar, declaró:
—Creo que es buena idea ir. Tal vez podamos averiguar algo.
Y, sin añadir nada más, emprendió el vuelo tras la profesora Honeywick. Elliot, sin dudarlo, la imitó. Antes de alejarse, se giró hacia Amaia y le dijo:
—No le hagas caso a Katherine, la profesora no tiene nada que ver. —Dio media vuelta y, mientras se alejaba, le gritó con una sonrisa que delataba su emoción:— ¡Vamos, será divertido!
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Volaban por encima de Hogwarts y, desde esa altura, los demás alumnos parecían pequeños insectos moviéndose en el patio. Avanzaban en fila india tras la profesora Honeywick, que los guiaba fuera del castillo, rozando los invernaderos y las torres hasta llegar al límite del Bosque Prohibido.
Elliot no tenía ni idea de adónde los llevaba. No obstante, no estaba preocupado, pues allí arriba el aire era más frío, cargado con el aroma de la vegetación y una sensación de libertad que le erizaba la piel. Amaia iba agarrada a su escoba con fuerza, con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo, como si el simple hecho de mirar hacia abajo pudiera hacerla caer. A su lado, Katherine, en cambio, no pestañeaba mientras observaba el Bosque Prohibido con tal entusiasmo que a Elliot le produjo un escalofrío.
Pronto, una cabaña de madera apareció ante ellos, de esas que parecían sacadas de un cuento, con una chimenea enorme y una parra seca que abrazaba el tejado como si lo protegiera. Frente a la puerta, una caja repleta de calabazas esperaba, y al lado de la cabaña, un campo cercado albergaba unos animales tan extraños que Elliot no estaba seguro de si eran reales o frutos de su imaginación.
La profesora Honeywick les señaló la cabaña y luego descendió hacia ella. Su forma de bajar de la escoba fue tan alegre e infantil como cuando había despegado. Elliot y Katherine la imitaron sin problema; sin embargo, Amaia comenzó a descender a una velocidad demasiado alta.
—¡Señorita Moore, no vaya tan rápido! —le advirtió la profesora Honeywick, con urgencia—. ¡Desacelere! ¡Levante el morro de la escoba!
Amaia intentó seguir las instrucciones, pero el movimiento llegó demasiado tarde. El impacto contra el suelo fue brusco, y la inercia la lanzó hacia adelante, terminando, una vez más, sentada sobre su trasero con un suspiro de frustración.
La profesora corrió hacia ella, con una expresión de sincera preocupación en el rostro.
—¿Se ha hecho daño, señorita Moore? —preguntó, agachándose a su lado.
—No, no —respondió Amaia, mientras se levantaba y se frotaba el trasero con disimulo mientras intentaba recuperar un mínimo de dignidad—. Lo siento, profesora. Es que… aún no he dominado el aterrizaje.
—Recuerde: debe desacelerar para aterrizar —le explicó la profesora con paciencia—. Si levanta un poco el morro de la escoba, lo conseguirá.
—Lo intentaré, gracias, profesora —prometió Amaia, con una sonrisa tímida.
Elliot y Katherine se acercaron a ella y la consolaron con palmaditas en la espalda.
—Moore, estás tomando la costumbre de aterrizar de trasero —comentó Katherine, con un toque de ironía—. No es el método más elegante, que digamos.
—No era mi intención, ¿sabes?
Tras asegurarse de que Amaia estaba bien, Elliot miró a su alrededor, desorientado. La cabaña de madera frente a ellos, el terreno circundante, los árboles que se mecían con el viento... Nada de eso le resultaba familiar. Se giró hacia la profesora Honeywick, con los ojos muy abiertos.
—¡Demonios! ¿Dónde estamos, profesora? —exclamó, sin poder contener su sorpresa.
—¡Señor Carter! ¡Ese lenguaje! —le regañó la profesora, aunque con menos severidad de lo habitual.
De pronto, la puerta de la cabaña se abrió de golpe y apareció la profesora Briarwood. Como siempre, vestía pantalones de cuero y un chaleco, y llevaba una escoba aún más vieja que la de Honeywick.
—¡Mirad quién viene a visitarme! —exclamó Briarwood, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Si es el desayuno. A ver, ¿cuál de los tres me como primero?
Los tres amigos se quedaron rígidos. Elliot sintió cómo Amaia se pegaba a él, buscando protección, mientras Katherine daba un paso atrás, sin apartar la vista de las profesoras. Elliot, por puro instinto, retrocedió también. Cuando la profesora Briarwood comenzó a caminar hacia ellos con esa sonrisa inquietante, fue Amaia la primera en reaccionar.
—¡Corred! —gritó.
Amaia y Elliot salieron disparados, cada uno en una dirección diferente. Ni siquiera se les pasó por la cabeza usar las escobas para escapar; las lanzaron al suelo y echaron a correr lo más rápido que pudieron. Katherine, en cambio, retrocedía lentamente, con los ojos abiertos de par en par, pero sin dar la espalda a las profesoras. Elliot no sabía si Briarwood los perseguía o simplemente se reía de ellos, pero las piernas le temblaron como si, de verdad, estuvieran a punto de convertirse en el desayuno de la profesora.
Detrás de ellos, la profesora Honeywick soltó una carcajada que resonó entre los árboles del bosque.
—¡Eh, vuelvan aquí! ¡No sean tontos! —les gritó, entre risas.
Elliot y Amaia se detuvieron en seco y se giraron lentamente, con cautela. Katherine, por su parte, recuperó su habitual frialdad y se giró hacia sus amigos, negando con la cabeza como si no pudiera creer su reacción.
—¿No… no nos va a comer? —preguntó Amaia, y al escuchar sus propias palabras en voz alta, se dio cuenta de lo absurdo que sonaba.
—¡Pues claro que no! —exclamó Briarwood, con una sonrisa que ahora parecía más amable—. ¿De dónde habéis sacado esa tontería?
—De la profesora Honeywick —confesó Elliot, con el rostro rojo como un tomate. Miró a Amaia con envidia, ya que, gracias a su piel oscura, no se notaba cuando se sonrojaba.
La profesora Honeywick lo observaba con una chispa traviesa en los ojos.
—Ya ves, Elliot, que yo también puedo ser divertida —dijo, con una sonrisa pícara.
Elliot no supo qué lo sorprendió más, que la profesora le hubiera gastado una broma o que lo hubiera tuteado. Miró a Katherine, que los esperaba con el paraguas abierto.
—De Moore me lo podría esperar —dijo Katherine, con un tono de superioridad—, pero de ti, Carter, esperaba más sentido común.
—No se haga la valiente, señorita Ollivander —replicó Honeywick, con una sonrisa burlona mientras miraba a los tres con regocijo—. Que usted también estaba temblando.
Mientras Elliot y Amaia recogían las escobas y se acercaban, la profesora Briarwood se colocó al lado de Honeywick y se giró hacia los alumnos con una sonrisa traviesa. La misma sonrisa con la que los había recibido en la estación de Hogsmeade, y que a Elliot le había hecho sospechar que nada bueno los esperaba.
—Vaya, vaya. ¿Pero qué tenemos aquí? —dijo Briarwood con un tono juguetón—. Mira, ¿tú crees que son lo suficientemente dignos para llevarlos a nuestro refugio secreto?
—No sabría decirte, Elowen —respondió Honeywick, con una sonrisa cómplice—. Habrá que averiguarlo, ¿no crees?
—En ese caso —anunció Briarwood, mientras se ponía unos guantes y montaba en su escoba—, el último, pierde.
Y, sin más, salió disparada sobre su escoba. Los tres amigos se quedaron de pie, boquiabiertos, viendo cómo se alejaba. Al instante, Honeywick despegó tras ella, gritándoles por encima del hombro:
—¡Será mejor que se den prisa, si no quieren llegar los últimos!
Los tres amigos se quedaron mirándolas, perplejos, mientras las siluetas de las profesoras se perdían a toda velocidad en el horizonte.
—¿Qué demonios acaba de pasar aquí? —les preguntó Elliot a sus amigas.
—No tengo ni idea, Carter. Pero creo que debemos seguirlas.
—¿Seguirlas? —gritó Amaia mirando a Katherine con los ojos desorbitados—. ¿A dónde? No estaréis pensando en ir en serio, ¿verdad?
—Por supuesto que sí, Moore.
—Venga, Amaia —le animó Elliot montando sobre su escoba—. Será divertido.
—Puede, Carter —dijo Katherine—. Aunque creo que están locas. Las dos.
Y, sin más, salió volando. Elliot la siguió con una sonrisa de oreja a oreja, como si el mundo entero acabara de convertirse en un juego.
—Eso es justo lo que me preocupa —dijo Amaia, en voz baja antes de seguir a sus amigos.
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Elliot volaba tras Katherine, con el viento azotándole el rostro. Delante de ella, la silueta de la profesora Honeywick se recortaba contra el cielo, mientras que, mucho más adelante, la profesora Briarwood surcaba el aire a una velocidad que parecía desafiarlo. Elliot deseó con todas sus fuerzas poder volar tan rápido como ella. Se agachó sobre su escoba y, como si esta hubiera leído su pensamiento, aceleró de repente. El mundo a su alrededor se convirtió en un borrón de colores y viento. Al adelantar a Katherine, esta lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Luego, superó a la profesora Honeywick que se quedó atónita.
—¡Señor Carter! ¡No vaya tan rápido! —le advirtió ella, con un tono entre preocupado y sorprendido.
Katherine, al ver que su amigo adelantaba a la profesora, no quiso ser menos. Con la elegancia y la calma que la caracterizaban, también adelantó a Honeywick, sentada en su escoba como una amazona, con el paraguas abierto a su lado.
—Señorita Ollivander, creo que su forma de volar es algo peligrosa —la reprendió la profesora al verla en esa postura—. ¿No cree que debería cerrar el paraguas y subirse a la escoba correctamente?
—No se preocupe por mí, profesora —respondió Katherine, con serenidad—. Preocúpese por Moore. Ella es la que necesita ayuda.
Y, con eso, aceleró un poco más, dejando atrás a Honeywick, y dando por cerrada la conversación. La profesora, por su parte, miró hacia atrás y vio a Amaia, muy rezagada, aferrada a su escoba con los ojos cerrados y el cuerpo tenso. Sin dudarlo, Honeywick frenó y ajustó su velocidad a la de la niña, manteniéndose a su lado.
—Señorita Moore, si aprieta tan fuerte la escoba, no la deja moverse con libertad —le dijo, con un tono tranquilo pero firme.
—Mejor, profesora —respondió Amaia, abriendo únicamente un ojo para saber quién se dirigía a ella y después volver a cerrarlo.
—¿Le da miedo volar? —preguntó la profesora, arqueando una ceja.
—Lo que me da miedo es caer.
—Señorita Moore, no debería pensar tanto en lo que podría pasar y disfrutar un poco más del viaje.
—¿Disfrutar? —repitió Amaia, como si la idea le resultara ajena.
—Por supuesto. Mire a sus amigos.
—Perdone, profesora, pero Katherine está medio chiflada y Elliot, bueno… Elliot parece que haya nacido con una escoba bajo el brazo.
La profesora sonrió y miró a Elliot, que volaba persiguiendo a Briarwood con una naturalidad asombrosa.
—Sí, no se le da nada mal volar —reconoció—. Pero señorita Moore, usted puede disfrutar también, si se lo propone, y deja de poner excusas.
—No estoy muy segura de que… —murmuró Amaia, dubitativa.
—¡Déjese ya de tonterías! —la interrumpió Mirabel, con un tono que no admitía réplica—. Póngase derecha en la escoba y abra los ojos.
Esperó a que Amaia obedeciera, aunque fuera con reticencia. Cuando por fin lo hizo, Honeywick aceleró ligeramente, no tanto como para perderla de vista, pero lo suficiente como para controlarla. Amaia obedeció, aunque más por el respeto —o quizá el miedo— que le inspiraba la profesora que por verdadera convicción. Honeywick se adelantó solo lo suficiente para mantenerla a la vista. Cada vez que Amaia notaba que la profesora le daba la espalda, sus hombros se encogían de nuevo, sus dedos se aferraban con más fuerza a la escoba y su postura volvía a tornarse insegura. Pero no hacía falta que Honeywick dijera nada. Bastaba con que Amaia sintiera su mirada para que, casi sin querer, se enderezara de nuevo.
Mientras tanto, Elliot estaba alcanzando a la profesora Briarwood. Conforme la distancia entre ellos se reducía, su emoción crecía y, sin saber muy bien cómo, su escoba ganaba velocidad. La profesora, absorta en su vuelo, no se había dado cuenta de su presencia. Así que cuando Elliot, con un último empujón, la adelantó por el flanco, la expresión de sorpresa en su rostro fue sincera.
—¡Hasta luego, capitana! —gritó Elliot, con una sonrisa triunfal.
Por un instante, Briarwood lo miró con los ojos muy abiertos, sin poder creer que aquel niño de primer curso la hubiera superado. Pero su sorpresa duró apenas un segundo, el tiempo justo para llevar la mano a su cuello, agarrar el collar y desenvainar su varita.
—¡Oculus Transfigo!
El collar se transformó al instante en unas gafas de aviador, oscuras y relucientes. Sin perder un segundo, Briarwood se las colocó y, con una sonrisa que era pura provocación, aceleró tras Elliot.
—¡Prepárese, grumete! —gritó al viento—. ¡Ya verá quién es la más rápida de estos lares!
En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba a la altura de Elliot. Lo que siguió fue una carrera endiablada; Elliot adelantaba, Briarwood lo rebasaba, y así una y otra vez, como si el viento mismo los empujara a competir. Volaban tan cerca del agua del lago que las salpicaduras les refrescaban el rostro, añadiendo un toque de frescura a la velocidad.
Pero entonces llegaron a una isla. Elliot, en su entusiasmo, siguió hacia delante sin darse cuenta que se pasaba de largo. La profesora Briarwood, astuta, aprovechó para desviarse hacia el pequeño claro de la isla.
—¡Demasiado rápido para tan poco timón! —gritó, con una carcajada que delataba que había disfrutado de la carrera, pero más de ser la vencedora.
Al percatarse de su error, Elliot intentó frenar para girar, pero entonces recordó que nadie le había enseñado a realizar giros cerrados o a frenar de golpe. La escoba, sin una dirección clara, lo llevó mucho más allá de la isla. Y cuando por fin logró detenerse, con torpeza, Briarwood ya le llevaba una ventaja imposible de recuperar. La guardabosques lo miró por encima del hombro, con una sonrisa triunfal que decía más que mil palabras.
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La isla se alzaba en medio del lago como un pequeño mundo apartado. Un montículo de pinos, abedules y hierba salvaje se erguía rodeado por aguas oscuras y tranquilas. Desde allí, las puntas afiladas de las torres de Hogwarts se distinguían a lo lejos, como fantasmas entre la bruma.
La profesora Briarwood aterrizó primero. Pocos segundos después, llegó Elliot, con una sonrisa de oreja a oreja.
—No está nada mal, grumete —dijo Briarwood, dándole unas palmadas en la espalda tan enérgicas que Elliot tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio—. Aunque deberías pulir esos giros —añadió, con un tono entre burlón y didáctico—. Si no quieres acabar en el lago la próxima vez.
—¡Demonios! —exclamó Elliot, con los ojos brillantes de curiosidad—. ¿Cómo hizo ese giro tan cerrado? ¿Y para frenar sin salir disparada?
Briarwood rio ante el entusiasmo del chico y, sin poder resistirse, le explicó varios de sus trucos de vuelo. Pero su atención se vio interrumpida cuando Katherine apareció en el cielo. Aterrizó con la misma elegancia de siempre, suave y segura. Saludó a Elliot con un simple movimiento de cabeza antes de ignorar por completo a la profesora y dedicarse a inspeccionar la isla con detenimiento.
La profesora Briarwood, intrigada, observó el paraguas negro de Katherine. Miró hacia el cielo despejado, buscando una explicación, y luego volvió a posar los ojos en la niña mientras arqueaba una ceja. Pero Katherine, ajena a su escrutinio, seguía examinando el terreno.
Por fin, las últimas en llegar fueron Honeywick y Amaia. La profesora volaba al lado de la niña mientras le daba instrucciones con paciencia en los últimos metros del descenso. Y esta vez, Amaia aterrizó sin tropezar ni caer, y con una suavidad que casi parecía natural. Se quedó quieta un segundo, sin poder creérselo, y luego miró a Honeywick con una sonrisa tímida.
—Muchas gracias, profesora.
Aunque Elliot no supo si Amaia le agradecía la lección de vuelo o simplemente el haber sobrevivido al intento.
—Bienvenidos —anunció la profesora Honeywick, extendiendo los brazos como si abrazara el lugar—. Este es nuestro refugio secreto. Un lugar al que venimos desde que teníamos vuestra edad.
—Así es —corroboró Briarwood, que miraba a Honeywick expectante.
—Está lo suficientemente lejos de Hogwarts para que nadie nos vea —explicó Honeywick—, pero lo bastante cerca como para volver en un santiamén.
Amaia giró sobre sí misma, con los ojos brillantes de asombro. La isla, con su hierba salvaje y el suave murmullo del agua contra la orilla, le parecía un lugar sacado de un sueño. Katherine, en cambio, recorrió el perímetro con la mirada fría y calculadora, como si evaluara cada detalle. Elliot, por su parte, solo podía pensar que por primera vez desde que llegó a Hogwarts, estaba en un lugar donde ni Corvinus ni Nott podían encontrarlo.
—¿Qué se supone que hacemos aquí? —preguntó Katherine, cruzando los brazos con escepticismo.
—Lo que quieran —anunció Honeywick, con una sonrisa—. Hoy es su primer día libre en Hogwarts. Ustedes deciden.
Briarwood seguía mirándola fijamente, confusa. Honeywick le hizo una seña con los ojos.
—Eh.. Sí, exacto —intervino Briarwood, improvisando—. Lo que queráis. Podemos pescar, ir de caza…
Los niños fruncieron el ceño, escépticos, mientras Honeywick le daba un pequeño codazo a su compañera.
—O, bueno… Si lo preferís, podemos jugar, darnos un baño en el lago, explorar la isla…
Elliot y Amaia se miraron con los ojos brillantes.
—¿Po… podemos tomar un baño? —preguntó Amaia con timidez.
—Claro, señorita Moore.
—No tenemos bañador —terció Katherine, incómoda.
—Eso —Honeywick sonrió, sacando su varita con un gesto teatral— lo arreglo yo.
Abrió su mochila y extrajo un bulto de tela arrugada que, desplegado, parecía una sábana para gigantes.
—¡Tentorium Expanse!
Al instante, la tela comenzó a hincharse y a retorcerse sobre sí misma, hasta transformarse en una tienda de campaña imponente y majestuosa. Amaia y Elliot aplaudieron, fascinados. Katherine, en cambio, arqueó una ceja mirando a sus amigos.
Uno a uno, fueron entrando. Elliot y Amaia contuvieron el aliento. Por dentro, la tienda era enorme. Las paredes estaban adornadas con cortinas de colores vivos que ondeaban suavemente. En la entrada, una ristra de campanitas tintineaba con cada movimiento del aire, llenando el espacio de un sonido cristalino. Había varios compartimentos separados para cambiarse, y hasta un mostrador repleto de bañadores, toallas, gorros de baño y todo lo que uno pudiera imaginar para un día de aventura acuática.
—¡Demonios!
—Ese vocabulario, señor Carter —le regañó Honeywick con voz cansina.
—Lo siento, profesora. ¿De dónde han salido tantos bañadores?
—Tilla —respondió Honeywick, como si fuera la explicación más obvia del mundo.
—¿Tilla?
—Sí. Tilla tiene la costumbre de recoger toda la ropa que los alumnos tiran para después darles un nuevo uso.
—Lo cierto —intervino Briarwood, con una sonrisa pícara—, es que Tilla puede ser una toca…
—¡Ejem! —carraspeó Honeywick, lanzándole una mirada de advertencia.
—Quiero decir… —se corrigió Briarwood—, es una cascarrabias. Pero hay que reconocer que es muy útil.
—Escojan el que más les guste —dijo Honeywick, señalando el mostrador.
Mientras las profesoras se perdían entre las cortinas de los compartimentos, Elliot sopesó las opciones con rapidez y eligió un bañador amarillo chillón. Se cambió en un santiamén y, al salir, se encontró con que Katherine seguía deliberando frente al mostrador. Amaia, impaciente, apareció poco después con un bañador azul.
Al ver que Katherine seguía inmersa en su selección, Amaia y Elliot, sin poder contener su emoción, salieron corriendo hacia el lago, riendo. Al llegar a la orilla, se detuvieron. Elliot se giró hacia Amaia y la vio sonreír como nunca antes la había visto. Contagiado por su alegría, avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura. Se sorprendió de que el lago no estuviera tan frío como había temido. Amaia lo siguió, pero con más cautela, probando la temperatura con los dedos de los pies antes de adentrarse.
Justo entonces, Briarwood y Honeywick salieron de la tienda. Briarwood se lanzó al agua como un animal salvaje: zambullida profunda, brazada enérgica, giro rápido y de nuevo a la superficie, donde asomaba la cabeza con una carcajada tan contagiosa que hasta el lago parecía reír con ella.
Honeywick la siguió, con un bañador de flores. Al entrar, salpicó a Briarwood a propósito, quien, fingiendo ahogarse, la persiguió entre gritos divertidos y chapoteos, como dos niñas en lugar de dos profesoras. Cuando las profesoras se acercaron, Honeywick abrió los ojos al distinguir varias cicatrices en la espalda de Elliot. Eran redondas, como monedas antiguas, y parecían antiguas quemaduras.
—Señor Carter, ¿cómo se hizo eso? —preguntó la profesora alarmada.
Elliot se dio la vuelta hacia ella como escondiendo la espalda. Miró a Honeywick con los labios apretados, pero al no poder soportar la mirada de Honeywick, desvió la mirada a Briarwood. Fue entonces cuando descubrió, en el abdomen de la guardabosques, una cicatriz enorme que le atravesaba el abdomen de lado a lado, un surco pálido e irregular.
—Conteste, señor Carter —insistió Honeywick, con un tono que delataba su inquietud.
El chico, tras un momento de silencio, volvió a mirar a Honeywick a los ojos y, señalando la cicatriz de Briarwood, dijo:
—Que explique ella cómo se hizo esa cicatriz.
Briarwood se quedó quieta un segundo. Sus ojos, por un instante, perdieron el brillo burlón que solían tener. Pero de pronto, sonrió.
—Esto es lo que pasa si intentas enseñar a un dragón a bailar —dijo, con una risa tan fuerte y repentina que el momento de tensión se desvaneció en el aire.
Honeywick miró a Elliot, esperando su respuesta. El chico, tras una pausa, contestó:
—Supongo… que el dragón bailó sobre mi espalda.
Honeywick lo miró fijamente y abrió la boca para insistir, pero Briarwood le agarró el brazo con fuerza. Las dos profesoras se miraron un segundo, y Briarwood negó con la cabeza, como si le pidiera que dejara el tema. Finalmente, Honeywick giró en redondo y se zambulló en el agua con rabia. Elliot lamentaba que se enfadase con él, pero no estaba dispuesto a abrirse. Al menos, no de momento.
Katherine, como siempre, se hizo esperar. Cuando por fin apareció, llevaba puesto un buzo negro de cuerpo entero, con la capucha bien ajustada, dejando al descubierto solo sus ojos, la nariz y la boca. Y, por supuesto, el paraguas abierto.
—¿De verdad hay que meterse? —preguntó a sus amigos, mirando el agua con recelo.
—¡Sí! ¡Vamos, ven! —la animó Elliot, con entusiasmo, tendiéndole la mano.
Pero Katherine se quedó donde estaba, en el borde del lago. El agua le llegaba a los tobillos, pero no parecía dispuesta a avanzar ni un centímetro más. Cuando las profesoras se giraron y la vieron con aquella pinta, se quedaron paralizadas un instante, como si no pudieran creer lo que veían.
—¿Pero qué lleva puesto? —preguntó Briarwood.
Las dos profesoras estallaron en carcajadas, que intentaron sofocar, rompiendo finalmente la tensión que se había acumulado unos instantes antes. Honeywick giró el rostro hacia el lago, queriendo evitar que Katherine viera sus risas. Sin embargo, no pudo impedir que sus hombros temblaran mientras se mordía el labio inferior con fuerza. Briarwood, por su parte, se zambulló bajo la superficie con un chapoteo violento, dejando tras de sí un rastro de burbujas que parecían contener toda la risa que no había logrado esconder. Por fin, Honeywick cogió aire y se giró hacia Katherine.
—Señorita Ollivander, ¿no estaría más cómoda con un bañador?
—No.
—¿No?
—No.
Honeywick parpadeó.
—Quiero decir —continuó, intentando hacerse comprender—, ese buzo parece bastante incómodo.
—No más que un bañador.
—Pero es un día estupendo. El sol, el agua…
—Precisamente —respondió Katherine, como si eso lo explicara todo.
Desde el lago, Briarwood, que había estado escuchando la conversación con una sonrisa cada vez más amplia, soltó una carcajada tan fuerte que resonó en el aire. Y, sin más, se hundió de nuevo en el agua.
Por su parte, Honeywick frunció el ceño, confundida.
—No la sigo.
—El sol envejece la piel —explicó Katherine, con un tono didáctico.
—¿Cómo? —preguntó Honeywick, sin entender.
—Arrugas. Manchas. Flacidez.
Honeywick se miró instintivamente el hombro.
—No es para tanto.
—Lo es —afirmó Katherine—. Mírese.
Se escuchó un chapuzón violento. Briarwood, incapaz de contenerse más, había desaparecido bajo el agua de nuevo. Su risa ahogada resonaba en las burbujas que subían a la superficie.
Honeywick abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir y, tras un momento de lucha interna, suspiró, derrotada.
—Está bien —concedió—. Quédese como quiera.
—Eso pensaba hacer.
La profesora la miró un instante más, como si esperara que Katherine cambiara de opinión. Luego, con un encogimiento de hombros resignado, giró la cabeza hacia Elliot y Amaia. Ellos, absortos en sus juegos, ni siquiera parecían haber notado las excentricidades de su amiga. Con un suspiro, Honeywick se unió a Briarwood en el agua.
—Esa niña es aterradora —dijo Briarwood entre risas, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer que alguien tan joven pudiera ser tan… Katherine.
—Y solo tiene once años.
—Sí —asintió Briarwood—. Imagínate cuando tenga tus arrugas, tus manchas y tu piel flácida.
Lo soltó con una risa tan contagiosa que Honeywick no pudo evitar reír con ella, a pesar de todo. Se sumergieron y empezaron a nadar tranquilamente mientras charlaban y se relajaban.
Mientras tanto, Elliot, al ver que Amaia seguía tanteando el agua, la salpicó con una sonrisa pícara. Amaia respondió lanzándole agua con el pie. Lo que comenzó como una simple salpicadura se convirtió en una batalla campal de agua y gritos, con ambos riendo sin poder parar. Desde la orilla, Katherine los observaba con una expresión de condescendencia.
Hasta que Elliot, sin previo aviso, se giró hacia ella y le lanzó la primera salpicadura. Katherine se giró bruscamente, con el ceño fruncido y los ojos encendidos de indignación. Sin embargo, algo inesperado sucedió. Por un instante, sus labios esbozaron una sonrisa, una de esas que aparecen sin permiso, como un destello de luz en la oscuridad. Pero en cuanto se dio cuenta, la borró de su rostro, reemplazándola con su habitual mirada seria. Sin embargo, ya era demasiado tarde; Amaia lo había visto y, lo más importante, Elliot también.
Y así, poco a poco, las salpicaduras comenzaron a dirigirse hacia ella. Primero Elliot, luego Amaia, la rodearon en un círculo de risas y agua. Katherine, atrapada, intentó mantener su compostura, como si su dignidad dependiera de ello. Pero el agua fría, los gritos de sus amigos y el sol brillando sobre el lago hicieron su trabajo. Y aunque nunca lo admitiría, algo en su interior comenzó a ceder.
La profesora Honeywick los observaba desde la distancia, recostada y relajada, como si el espectáculo fuera el mejor regalo del día. Sus ojos brillaban con una satisfacción sincera mientras asentía para sí misma, lenta y satisfecha. Briarwood, que la miraba de reojo, guardó silencio aunque parecía algo confundida.
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Cuando la noche cayó sobre la isla, Honeywick encendió una hoguera que crepitó al instante. Las sombras danzaban en las paredes de la tienda, y el calor del fuego, suave pero persistente, ahuyentó el frío del atardecer. Briarwood, que tenía el don de encontrar leña seca incluso en el lugar más húmedo, se aseguró de que las llamas nunca decayeran, alimentándolas con ramas que parecían elegidas para arder con brillantez. El olor a humo y madera quemada lo impregnó todo. Por un momento, Elliot cerró los ojos y respiró hondo; aquel olor le gustaba y le hacía sentirse libre.
Se sentaron sobre mantas y toallas extendidas en círculo, con los platos apoyados en las rodillas. Cenaron sándwiches, fruta jugosa y galletas crujientes. Las profesoras sorbían una infusión espesa, que desprendía un aroma dulce a anís y un toque cítrico de limón.
Cuando Katherine mencionó, casi de pasada, que Elliot había atrapado una snitch dorada, Briarwood alzó la cabeza de golpe, sorprendida. Sus ojos, iluminados por el fuego, se posaron en él con asombro y curiosidad.
—¡Fabuloso, grumete! —exclamó Briarwood, con un entusiasmo que iluminó su rostro—. Eso no es nada fácil, ¿sabes? Y no lo digo solo porque acabes de empezar a volar. Es complicado incluso para los magos y brujas más experimentados. Requiere instinto y reflejos.
Elliot se encogió de hombros, incómodo bajo aquella atención. Los cumplidos aún le sentaban como un traje prestado, demasiado grandes, demasiado ajenos. Se removió en su sitio, mirando fijamente el fuego.
—Bueno… —murmuró, con un dejo de timidez—. La verdad es que ni siquiera sabía qué era. Tampoco sabría explicar por qué la perseguí. Simplemente lo hice. Fue como si algo me dijera que tenía que atraparla.
Briarwood se quedó mirándolo. Sus ojos se entornaron, mientras rumiaba en silencio.
—Mmm… Sí, decidido —dijo al fin, con un tono que delataba su emoción—. Mira —se giró bruscamente hacia Honeywick—, hay que hablar con Eliza cuanto antes. Este año puede que tengamos un buscador nato. Sí, esta misma mañana, cuando volábamos…
—No —la interrumpió Honeywick, con un tono seco y firme.
—¿Por qué no? —preguntó su amiga, con el ceño fruncido—. Ya has visto que es rápido y se le da bien volar. Tiene instinto.
—Sí, eso no lo niego. Tal vez el año que viene, pero ahora tan solo tiene once años, Elowen. Y además… Mira qué flacucho está. —Rápidamente se giró a Elliot—. Sin ofender, claro.
Elliot asintió aceptando las disculpas. Ciertamente, aún quería jugar a Quidditch, pero las reticencias de la profesora Honeywick había enfriado su entusiasmo. ¿Tan peligroso era?
—Al menos déjalo que se presente a las pruebas de buscador, Mira —suplicó Briarwood—. El equipo de Hufflepuff necesita uno.
Honeywick aunque no dijo que no, tampoco cedió. Se quedó en silencio, con los labios apretados y la mirada fija en el fuego.
—Mira, llevamos años sin ganar un partido —insistió Briarwood—. Necesitamos a alguien rápido, alguien con instinto. Y él lo tiene.
—Pero, Elowen —replicó Honeywick, con un suspiro—. Ya sabes quiénes son los buscadores de Gryffindor y Slytherin. ¿Cómo va a tener alguna oportunidad frente a ellos?
—¡Bah! Solo son dos gallitos, nada más.
—¿Solo dos gallitos? —preguntó Honeywick, elevando la voz—. ¿A cuántos ha enviado Prewett a enfermería, eh? ¿A cuántos ha vilipendiado Rosier? ¿Eh? ¿A cuántos, Elowen?
Elliot, al oír aquellos nombres, contuvo el aliento.
—Carter puede ganarles —dijo Katherine con la misma calma con que afirmaría que el cielo es azul.
Todos se giraron hacia ella. Amaia y Elliot con los ojos como platos, las profesoras con una ceja levantada. Pero Katherine no pestañeó. No le molestaba ser el centro de atención; de hecho, parecía esperarlo. Enderezó la espalda y explicó su razonamiento:
—Prewett solo es un gorila sin cerebro. Fuerza bruta y nada más. Y Rosier está tan seguro de sí mismo que bajará la guardia al competir contra un niño tan canijo como Carter.
Elliot no se ofendió. Sabía que Katherine no decía las cosas para herir, sino por sinceridad. Y, en el fondo, tenía razón. Lo que sí lo dejó perplejo fue el menosprecio con el que hablaba de Gareth. Las profesoras, por su parte, seguían mirándola sin decir nada, como si no supieran si reír o regañarla.
—¡No es ningún gorila! —Amaia estalló, con los ojos furiosos y los puños apretados—. ¡Gareth es el chico más guapo de Hogwarts!
Los cuatro se giraron hacia ella al unísono. Amaia, al darse cuenta de que ahora ella era el centro de todas las miradas, se encogió sobre sí misma. Por un momento, el silencio fue tan denso que hasta el crepitar del fuego parecía contener la risa.
—Pues bien, señor Carter. A ese gorila y a ese creído, como dice la señorita Ollivander, son a quienes se tendría que enfrentar.
—¡Bah! —exclamó Briarwood, con un gesto de desdén—. Elliot les ganaría fácilmente, ¿a que sí, grumete?
Elliot no lo tenía tan claro. Ni estaba seguro de querer participar en una lucha que no era la suya. En su interior, una voz le recordaba que no había ido a Hogwarts para jugar a un deporte del que nunca había oído hablar. Ni por gloria, ni para demostrar nada a nadie. Estaba allí por algo mucho más importante. Sin embargo, todo su cuerpo le pedía participar, como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia el desafío. Miró a Briarwood y, con toda la convicción que pudo reunir, asintió e hinchó el pecho.
—¿Lo ves, Mira? —dijo Briarwood, con un tono triunfal—. El chico tiene agallas. Deberías dejarle intentarlo.
—No quiero que se parta la crisma en su primer partido. Es pequeño, Elowen. Demasiado.
—Al menos déjalo que se presente a las pruebas de selección, Mira.
Honeywick se quedó callada. El silencio se alargó, como si el tiempo mismo contuviera el aliento. Al ver que la testarudez de su amiga empezaba a ceder, Briarwood aprovechó para rematar:
—Si en las pruebas vemos que no está a la altura, elegimos a otro. Pero al menos, déjalo intentarlo.
—Por favor, profesora —suplicó Elliot al fin—. Déjeme participar.
Honeywick lo miró fijamente durante unos segundos. Luego, miró a Briarwood, quien asintió en silencio, con una sonrisa cómplice. Finalmente, Honeywick suspiró, larga y profundamente.
—Está bien. Puede presentarse a las pruebas, señor Carter. De momento. Pero solo si me promete no arriesgarse demasiado.
Una sonrisa enorme iluminó el rostro de Elliot. Sintió que algo crecía dentro de su pecho, como un fuego que se avivaba. Miró a Honeywick y, con una seguridad que no había sentido antes, dijo:
—Hecho. Gracias, profesora.
Briarwood aplaudió, satisfecha, como si acabara de ganar algo más que un simple debate. Y así, entre risas y bromas, comenzó a relatar los mejores partidos de Quidditch que se habían jugado en Hogwarts, mientras Elliot intentaba, sin éxito, ocultar la emoción que lo embargaba. Su corazón latía con fuerza, como si ya estuviera volando en el campo de juego.
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Poco a poco, el cansancio ganó la batalla. Amaia fue la primera en rendirse; se enroscó en una manta, con la cabeza apoyada en el brazo de la profesora Briarwood. Katherine aguantó un poco más, con los ojos entornados y la espalda rígida. Pero al final, incluso ella cedió, y su cabeza cayó suavemente sobre el otro costado de Briarwood, que no se movió para no despertarlas.
Elliot también se durmió, arrastrado por el agotamiento del día. Hasta que algo en el bolsillo se le clavó en el costado. Al sacarlo, sus dedos rozaron el metal frío de una chapita pequeña, desgastada, con los bordes redondeados por el tiempo. Y entonces, todo cambió. El calor del fuego ya no calentaba. El día perfecto se desmoronó en un instante. Se quedó allí, apoyado en el hombro de Honeywick, con los ojos cerrados y el corazón apretado como un puño. El sentimiento de culpa lo ahogaba.
Justo en ese momento, las profesoras, creyendo que los niños dormían, bajaron la voz hasta convertirla en un susurro.
—Va a costarle —dijo Briarwood, mirando a Elliot con una expresión que delataba su preocupación.
—Sí. Lo sé. —respondió Honeywick, con un suspiro—. ¿Cómo crees que se habrá hecho esas cicatrices de la espalda?
Un silencio largo y pesado se instaló entre ellas. Elliot, al escuchar sus palabras, apretó los puños. No le gustaba que hablaran de él, pero lo que más le molestaba era el tono de pena en la voz de Honeywick. No, eso no era lo que buscaba.
Tras unos instantes en los que ninguna de las dos dijo nada, Honeywick por fin rompió el silencio.
—Elowen, ¿te has fijado en Julius Rowle?
—¿Quién no se ha fijado en él? —respondió Briarwood, con un dejo de ironía.
Briarwood se quedó mirando a Honeywick durante unos segundos, buscando algo en sus ojos.
—¿Es por eso por lo que estamos aquí? —preguntó, con un tono de sospecha.
—¿A qué te refieres? —replicó Honeywick, evasiva.
—Ya sabes a qué me refiero. Llevamos más de una década como profesoras. ¿A cuántos alumnos hemos traído aquí?
El silencio volvió a adueñarse del ambiente. Elliot, inmóvil, contuvo la respiración. No entendía del todo lo que decían, pero sabía que seguían hablando de él, y esa certeza lo llenaba de una inquietud que no podía sacudirse.
—¿Sabes que Julius y Silas han pasado la noche en enfermería? —dijo Honeywick, rompiendo el silencio con una voz baja pero clara.
Elliot estuvo a punto de abrir los ojos. Julius y Silas. ¿En enfermería? Y entonces, en su mente, las piezas empezaron a encajar: su tropiezo con Julius en el pasillo, la persecución de Corvinus y Silas, sus miradas furiosas, sus palabras cortantes…
¿Entonces no me buscaban a mí? ¿O sí me buscaban y se tropezaron con Julius por casualidad?
—¿Julius y Silas? ¿Qué pasó? —preguntó Briarwood con curiosidad.
—No han querido explicarlo —respondió Honeywick, con un suspiro—. Ya sabes cómo son los chiquillos. Nadie quiere convertirse en un chivato.
—Ya… Pero así no nos dejan ayudarlos. Aunque… ¿Silas y Julius? —dijo pensativa Briarwood—. Nunca me lo hubiera imaginado.
—Ni yo. Pero algo pasó.
El silencio volvió a caer entre ellas, denso, cargado de preguntas sin respuesta.
—Sabes quién ha sido, ¿no? —le preguntó Briarwood.
—Claro que lo sé —Honeywick respondió, sin titubear—. Pero ya sabes quién es su padre.
—Sí. Y supongo que en el Ministerio de Magia no querrán tampoco meter baza.
—¿El Ministerio de Magia? —preguntó Honeywick, con un dejo de ironía—. Claro que no. Mamá ya habló con la ministra Granger; aun así no quieren inmiscuirse en asuntos de estudiantes.
Elliot se quedó paralizado. ¿Mamá? De toda aquella conversación, esa palabra fue la que más lo golpeó. ¿La mamá de Honeywick es del Ministerio de Magia? La conversación estaba dejando demasiadas piezas sueltas, demasiada información arrojada a bocajarro. Su mente intentaba procesarlo todo; sin embargo cuanto más lo intentaba, más se le escapaba entre los dedos.
De reojo, miró hacia Katherine y vio que ella lo miraba también con los ojos entornados. Aquello lo tranquilizó un poco. Sabía que su amiga, con su mente aguda y su capacidad para analizar cada detalle, entendería mejor todo aquello que él.
—Vaya… ¿Y qué opina Lucan de todo esto? —preguntó de nuevo Briarwood.
—¿Lucan? —Honeywick bufó, con desdén—. Si fuera por él, les haría tragar Veritaserum a Silas y Julius para que contaran toda la verdad. Así es como él arregla las cosas.
El silencio volvió, pero esta vez cargado de tensión. Briarwood miró a su amiga fijamente, como si pudiera leer en su rostro lo que sus labios no decían.
—¿Qué os pasa últimamente a Lucan y a ti? —preguntó, con un tono más suave pero igual de insistente—. Creía que habíais dejado a un lado…
—Nada —la interrumpió Honeywick secamente.
—¿Nada? No es eso lo que parece.
Honeywick no contestó, pero no hacía falta; su rostro lo decía todo.
—El otro día hablé con Calista —continuó Briarwood, con cautela, al ver que su amiga no hablaba—. Me contó lo que dijiste en…
—¿Y no era verdad? Dime. ¿Tengo o no razón?
Briarwood la miró durante un largo momento, dejando que la tensión bajara un poco.
—Sabes que estoy de tu parte, Mira. Pero no culpes a Lucan. Él hizo lo mejor que pudo. Ya sabes cómo…
—¿Lo mejor que pudo? —la volvió a interrumpir Honeywick, con un tono amargo—. El año pasado la cagó. Y este año… ¿Qué se le ocurre? ¿Encuentras tú alguna lógica? Porque yo no.
—Mira, por favor. Él tampoco lo está pasando bien. Y ahora, encima, esto…
—Pfff… —Bufó Honeywick, enfadada.
El silencio que siguió fue duro e incómodo, el tipo de silencio que deja al descubierto heridas que nadie quiere tocar, como si el aire mismo estuviera cargado de palabras que nadie se atreve a decir.
Pasaron varios minutos así, con solo el crepitar del fuego y el susurro del viento entre los sauces, como si la naturaleza intentara llenar el vacío dejado por las palabras. Elliot, inmóvil, intentaba procesar todo lo que había oído. Pero era demasiado: nombres, secretos, tensiones que no entendía y que parecían formar un rompecabezas sin solución. Volvió a mirar a Katherine, que seguía fingiendo que estaba dormida, como él. En sus ojos, sin embargo, vio el mismo reflejo de confusión y la misma necesidad de respuestas.
De pronto, Honeywick rompió el silencio. Su voz sonó diferente, más suave y cargada de una ternura que contrastaba con la tensión anterior.
—¿Y tú? ¿Sigues buscando?
Briarwood apartó la vista. Sus ojos, que hasta entonces habían brillado con determinación, se perdieron ahora en la luna casi llena, plateada y serena, colgada en lo alto como un testigo mudo de sus secretos. El silencio se alargó tanto que Elliot creyó que no respondería. Su corazón empezó a latir con fuerza, como si intuyera que algo importante estaba a punto de revelarse.
¿Buscarlo? ¿Están hablando de la búsqueda del linaje? ¿Eso quiere decir que no era Honeywick sino Briarwood, quien estaba buscando cuando estaba en el baño de prefectos? ¿O están las dos compinchadas?
No sabía qué pensar. Tal vez Katherine tenía razón y Honeywick sí estaba metida en lo de la Sala de los Árboles. Aunque, en el fondo sentía que faltaba algo; algo importante que no alcanzaba a entender, como una pieza clave de un rompecabezas que se le escapaba.
—Sí —dijo al fin Briarwood sin mirar a su amiga, con una voz que delataba su duda—. Pero no sé si hago bien…
Honeywick permaneció callada, respetando ese dolor que no necesitaba palabras. Pero al fin, rompió el silencio con ternura:
—Lo siento, Elowen. No era mi intención ponerte triste. ¿Sabes que me preocupo por ti?
—Lo sé, Mira. No te preocupes. Es solo que es un tema delicado.
—Ya… Lo siento de nuevo —se disculpó Honeywick—. ¿Sabes que te quiero como a una hermana?
—Lo sé —asintió Briarwood, con una sonrisa triste—. Y yo a ti.
—Te he echado de menos este verano mientras te fuiste.
—Yo también. Pero… tengo que intentarlo. —Briarwood tragó saliva y respiró hondo antes de añadir, con una determinación que contrastaba con su voz temblorosa:— Tengo que volver a…
No obstante no pudo terminar la frase. De nuevo, el silencio las venció. Los ojos de Briarwood brillaron bajo la luz plateada de la luna, húmedos y vulnerables, y una lágrima resbaló por su mejilla antes de que pudiera evitarlo. Honeywick no dijo nada más. Apartó la mirada, comprensiva, y dejó que el silencio volviera a envolverlas como un manto. Porque sabía que, a veces, el dolor solo necesita espacio para respirar, un momento de quietud para no ahogarse en sus propias palabras.
Elliot lo supo en ese mismo instante que las confidencias habían terminado. No hubo un final explícito, solo ese cambio sutil en el aire, como cuando una puerta se cierra sin hacer ruido y, de repente, dejas de pertenecer a lo que hay al otro lado. Y entonces, sintió el peso de haber escuchado lo que no debía. Quiso borrar las palabras de su mente, desenredarlas como si fueran hilos sueltos, pero sabía que ya eran parte de él, como una mancha imborrable en el alma.
Cuando el fuego empezó a morir, Briarwood se levantó con un sigilo que solo delataba su cansancio emocional. Tomó una manta y la extendió sobre Amaia y Katherine, arropándolas. Honeywick, con igual cuidado, le colocó una manta a Elliot y, antes de alejarse, le acomodó el pelo con una ternura que lo hizo sentir, por un momento, como si nada hubiera cambiado.
—Buenas noches, pequeño.
Y así, con el olor a humo impregnado en el pelo y la cabeza llena de preguntas que ardían como brasas, cerró los ojos. Pero el sueño no llegó; los volvió a abrir al rato, incapaz de conciliarlo. Su mirada se perdió en la distancia, donde las torres de Hogwarts se alzaban sobre el acantilado, oscuras y majestuosas, con las luces ya apagadas, como si el castillo mismo durmiera.
Repasó mentalmente la conversación entre Honeywick y Briarwood, una y otra vez, como si buscara en las palabras algo que le diera sentido. Se negaba a creer que Honeywick tuviera que ver con algo turbio. Y, sin embargo, una semilla de duda se había plantado en su mente. ¿Y si así fuera? ¿Qué haría él entonces? La profesora había sido increíblemente amable con él, lo había ayudado, lo había defendido y enfrentado al profesor Nott por él. ¿Sería justo acusarla, o incluso pensar mal de ella? Además, era una tontería incluso llegar a plantearse esa cuestión, pues sentía que era imposible que ella tuviera algo que ver con los encapuchados. Pero entonces, ¿por qué esa sensación de incertidumbre no lo abandonaba?
Suspiró y volvió a mirar hacia Hogwarts, contando las torres como si ese simple acto pudiera ahuyentar las dudas de su mente. De pronto, un destello de luz en lo alto de la torre de la lechucería llamó su atención. ¿Quién enviaba una lechuza a aquellas horas? La luz se extinguió rápidamente, como si alguien hubiera apagado una vela en la oscuridad.
Cansado, se dijo que ya se lo comentaría al día siguiente a Katherine y, con un suspiro, dejó que el tema se desvaneciera en su mente. El sueño tardó en llegar, pero cuando lo hizo, fue suave, envuelto en el crujir de las hojas y el eco lejano de las risas del día, como si el propio lago y el bosque lo arrullaran para descansar.
14 de septiembre de 2026
Enrique Vallés Balaguer
