
Capítulo 3
Tres latidos
La luz de la mañana era solo un recuerdo lejano tras la pequeña ventana, empañada por la suciedad. Las gotas que chocaban contra ella se mezclaba con la respiración de Mara creando un ritmo descompensado y doloroso.
Elliot había pasado la noche en vela; cada vez que la mecha amenazaba con ahogarse, él la rescataba, fundiendo la cera con el calor de los dedos y rasgando tiras de papel de periódico para mantener el fuego vivo. Lo hacía por la luz, sí, pero sobre todo por Mara, que se asustaba cuando todo quedaba a oscuras. Por eso la vela nunca faltaba, ni aunque tuvieran que pasar otro día sin pan.
Mara dormía envuelta en la manta de cuadros que Aristóteles les había prestado días atrás. A ratos se estremecía, y entonces Elliot le rozaba el cuello con el dorso de la mano, comprobando el pulso. Mara ardía y, cada vez que tosía, él dejaba de respirar.
Mojó en un vaso de agua el trozo de tela que antes había sido parte de su camiseta, una prenda que ya no valía ni para limpiar zapatos. Lo exprimió y se lo colocó a Mara en la frente. Luego se sentó a su lado, con las rodillas dobladas hasta el pecho y la mirada perdida en las sombras que la vela lanzaba contra la pared.
Cuando los ojos de Mara se abrieron, estaban húmedos y brillaban de cansancio.
—¿Es de día?
—Acaba de amanecer. Aún puedes dormir más si quieres.
Ella cerró los ojos, pero no para dormir. Tenía esa expresión de los enfermos cuando el cuerpo se cansa de luchar, pero la cabeza todavía se resiste a ceder.
—¿Hay pan? —preguntó después de una larga pausa.
Elliot se levantó, rebuscó en la bolsa de tela y encontró un trozo de pan duro, apenas más grande que un dedo. Se lo acercó, procurando sonreír, y Mara lo tomó entre las manos. Le costó masticar, pero lo hizo con dignidad, sin quejarse ni una vez.
—¿No has dormido? —quiso saber ella.
—Un poco. Tenía miedo de que la fiebre te subiera mucho. Pero, tranquila, ya estás mejor.
No era verdad. Lo sabía, ella. Y lo sabía él. Pero ninguno lo confesó. Habían aprendido que algunas mentiras eran como aquel pan duro. Elliot la tapó mejor y colocó su propia manta sobre ella. Le secó la frente y le acomodó el pelo, desenredando los nudos con los dedos. Los ojos de Mara volvían a cerrarse. Pronto caería en ese sueño ligero, agitado, que la fiebre le permitía.
Se dejó caer junto a la pared, con la cabeza apoyada en las rodillas. Luchaba por mantener los ojos abiertos, pero de tanto en tanto, se le cerraban. Soñó con bandadas de pájaros cruzando el río gris, con su hermana corriendo delante de él, sana y fuerte. Soñó con su madre, o al menos con lo que su memoria, traicionera y tierna, aún guardaba de ella: el tacto de sus dedos enredados en su pelo y el calor de su cuerpo mientras le contaba un cuento.
Despertó al oír el golpe suave. Se levantó rápidamente y miró, primero la puerta, después la ventana. Nada. Se quedó completamente inmóvil, escuchando. El golpe volvió, esta vez más insistente. Mara ni se movió. Elliot la tapó hasta la barbilla y se arrastró hacia la ventana, aguzando el oído.
El cristal estaba tan cubierto de suciedad que apenas dejaba pasar la luz. Elliot, con el pulgar, raspó un círculo y miró hacia fuera. Vio una sombra pequeña, compacta, que se balanceaba en el alféizar como un puño de plumas. El ave giró la cabeza y lo miró directo a los ojos con dos cuentas ámbar, encendidas y líquidas como oro fundido.
¿Un búho?
Se pellizcó hasta notar un ligero dolor. El ave volvió a golpear con el pico la madera del marco. Con el mismo ritmo, tres veces, y después se quedó inmóvil, esperando. Elliot se rascaba la cabeza mientras miraba el ave con los ojos entornados. Finalmente, se encogió de hombros.
Buscó un destornillador entre los trastos desperdigados por el sótano. Tenía miedo del ruido que podía hacer, pero más aún de romper el cristal y dejar que el frío de la mañana invadiese su pequeño refugio. Al final, levantó la hoja de cartón que tapaba la esquina inferior y asomó la mano. El búho ni se inmutó. Solo entonces vio que el ave portaba algo atado a la pata: un sobre, enrollado y sellado con una cuerda fina.
Notó el latido en la garganta. Si no tomaba el mensaje, aquello podía alargarse eternamente. Extendió la mano con cautela, pero el búho se dejó hacer, altivo y silencioso.
La cuerda cedió al tercer tirón. Elliot agarró el sobre y retrocedió de inmediato, metiendo la mano de vuelta al sótano. Antes de que el cartón volviera a sellar ese pequeño mundo, tuvo tiempo de verlo una última vez: el ave seguía allí, inmóvil, con esos ojos que no parpadeaban. Volvió a colocar el cartón sobre la grieta, asegurándose de que ni el viento ni el frío pudieran colarse. Cuando minutos después reunió el valor para asomarse de nuevo, solo encontró la lluvia golpeando el cristal sucio.
Giró el sobre entre los dedos, evaluando el peso y la textura. No era un papel normal. Era grueso, poroso, amarillento. Olía a tierra, a madera… y a algo extrañamente familiar. Un olor antiguo, y al mismo tiempo, fresco.
El sello era lo más raro: lacre morado, con una letra “H” imposible de confundir, rodeada de cuatro figuras: un león, un tejón, una serpiente y un ave de presa. Elliot no reconocía el escudo, pero supo de inmediato que aquello no era una carta de los servicios sociales.
Le dio la vuelta, buscando alguna pista. El sobre tenía algo escrito en el frente, en letras firmes y negras, aunque no del todo claras. Se acercó a la vela.
—Seee… ñññor Elliiiiot Caa…Carttter.
¿Elliot Carter?
Frunció el ceño. Intentó descifrar las letras otra vez. Cerró los ojos con fuerza, presionando los párpados con las yemas de sus dedos. Al abrirlos de nuevo, su mano avanzó hacia el sello, pero algo lo hizo detenerse en seco. Enrolló el sobre con cuidado, asegurándose de no dañar el sello, y lo hundió en el bolsillo más profundo de su pantalón. Luego regresó junto a Mara, que seguía inmóvil bajo las mantas.
—¿Qué era ese ruido? —preguntó ella, sin apenas levantar la cabeza.
—Solo el viento. Bueno… En realidad, era un pájaro. Un búho. Ha dejado esto.
Sacó el sobre y se lo mostró. Mara estiró los dedos, pero le temblaron y los volvió a meter bajo la manta.
—¿Qué es?
—Una carta, creo. Después se la llevaré a Aristóteles para que me la lea. Pero, tranquila, seguro que es una equivocación.
Mara asintió, cerrando los ojos. El sueño la reclamó al instante, ese vaivén inquieto que atrapa a los enfermos. Elliot se acomodó junto a ella y tomó su mano. Notó el frío de aquellos dedos y los envolvió entre los suyos, frotándolos suavemente. Se quedó así mientras miraba cómo la vela seguía su lucha.
Pasaron las horas mientras Mara dormía. Afuera, la lluvia seguía golpeando al mundo. Dentro, la llama temblaba al borde de la rendición. Elliot apartó la mirada y apretó el sobre contra el pecho.
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La tarde estaba siendo como cualquier tarde de ese verano: gris y renuente. La lluvia era tan fina que ni siquiera se podía llamar lluvia. Elliot se abrigó con las dos capas de ropa menos húmedas que encontró y salió a la calle con el sobre bien doblado. Caminó los dos kilómetros hasta el puente sin cruzarse con nadie que no tuviera prisa por llegar a algún lugar. Nadie miró a un niño mojado vagando solo, ni en el parque, ni frente al túnel peatonal, donde la ciudad parecía doblarse sobre sí misma y las paredes sudaban humedad.
Bajo el puente, el aire era diferente. Más quieto, más denso, con un olor fuerte a excremento de paloma y a humo de cigarro barato. Allí la lluvia se acumulaba en charcos que nunca se evaporaban y en las ropas de quienes ya no tenían miedo de mojarse.
Aristóteles estaba, como todos los días a esas horas, sentado en un banco de piedra cubierto de periódicos, un mantel hecho de bolsas de supermercado y una taza de café medio llena que probablemente llevaba días a la intemperie. El viejo parecía no notar el paso del tiempo ni el hedor de las aves que revoloteaban a su alrededor. Tenía una dignidad tranquila. Desmenuzaba un trozo de pan duro, ofreciendo las migas a las palomas que se abalanzaban en un frenesí de alas y picotazos.
Elliot se acercó. Las palomas picoteaban el pan sin levantar la cabeza. Ni siquiera se movieron cuando pasó entre ellas.
—Pareces haber visto un fantasma, muchacho.
—Un fantasma, no. —Elliot sacó la carta de su bolsillo—. Un pájaro.
Aristóteles arqueó una ceja, mientras sus ojos saltaban del muchacho al sobre.
—¿Desde cuándo te impresionan los pájaros? A menos que trajera monedas de oro.
Elliot negó con la cabeza.
—Un búho. Esta mañana nos trajo eso.
Aristóteles la observó con el ceño fruncido, mientras se rascaba la cabeza.
—Palomas mensajeras, las conozco —murmuró, mientras frotaba el papel con cuidado—. Pero un búho haciendo de cartero… Eso sí que es nuevo. Incluso para mí, muchacho.
El viejo tomó el sobre entre sus dedos. Elliot miraba a las palomas, sin perder de vista el sobre. Aristóteles giraba el sobre bajo la luz mortecina, inclinándolo hacia un lado y otro.
—Señor Elliot Carter. Sótano del edificio de oficinas abandonado de la calle… —Sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Por todos los demonios, chico! Pero, ¿quién diablos sabe dónde te escondes? ¿Y desde cuándo te llamas Carter? ¿Pensaba que eras Elliot Brown? ¿Estás seguro de que esto es para ti?
—Brown es el que me pusieron cuando nos registraron. —Sus manos se hundieron en los bolsillos—. Los servicios sociales me contaron que cuando nos encontraron, yo tenía tres años y Mara era solo un bultito envuelto en mantas. Y mamá… —tragó saliva—, jolín, ya sabes… No llevaba papeles. Nada. Ningún nombre. Así que allí nos quedamos: sin documentos.
Miró el sobre de nuevo en silencio. Aristóteles lo miró sin decir nada.
—¡Demonios! ¿Elliot Carter? La verdad… no lo sé.
Aristóteles seguía inspeccionando el sobre mientras Elliot se rascaba la nariz.
—Quizás… ¿Podría ser el apellido de mi padre?
—Quién sabe, quizás sea tu apellido, o quizás no. La verdad es que no puedo asegurarte nada, chaval.
Volvió a examinar el sobre, sosteniéndolo contra la luz bajo el puente.
—No es papel normal. Y este sello… ¡Vaya! Es cera de las buenas. ¿Quién te envía cartas tan finas?
—Nadie. No conozco a nadie excepto a ti, a Mara y a…
Se mordió el labio inferior unos segundos.
—Y a Helene. Y si Helene sabe dónde estamos, más vale…
—Tranquilo, muchacho. Por lo que me has contado de Helene, no sería una carta lo que te enviaría.
—No. Enviaría a Mike.
—Pues eso.
Aristóteles lo observó con atención, y por un momento, las arrugas de su rostro curtido parecieron suavizarse.
—¿Te gustaría que te la leyera, muchacho?
Elliot bajó la mirada y asintió.
Aristóteles rompió el sello morado con el borde de la uña amarillenta y desdobló el papel. El pergamino emitió un crujido seco. Aristóteles leyó en silencio las primeras líneas. Empezó frunciendo el ceño; después miró a Elliot y enarcó una ceja. Volvió su mirada a la carta y al fin leyó en voz alta:
—Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. ¿Me estás tomando el pelo, chico?
Elliot se giró rápidamente al viejo.
—¿Has dicho Hogwarts?
—Sí. ¿Por qué?
—Algo que oí en… Da igual, déjalo. Por favor, sigue leyendo.
Aristóteles bufó, puso los ojos en blanco, pero siguió leyendo:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA
Directora: Minerva McGonagall
Querido señor Carter:
Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.
Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.
Muy cordialmente,
Calista Ravenshade
Directora adjunta
El viejo sacudió la cabeza. Extrajo la segunda hoja del sobre, donde aparecía detallado todo el material, y prosiguió con la lectura:
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
—¿Guantes de piel de dragón? Claro, lo típico que usa un niño en Londres.
Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
Una capa de invierno (negra, con broches plateados).
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
Los hechizos y su uso práctico, Hermione Granger.
Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
Teoría mágica, Adalbert Waffling.
Primeros pasos para la transformación, Minerva McGonagall.
Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
El arte de las pociones mágicas, Severus Snape.
Guía para principiantes en Defensa contra las Artes Oscuras, Lucan Nott.
RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 balanza de latón.
1 juego de frascos de vidrio o cristal.
1 telescopio.
Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
—¿Escobas propias? Lo que faltaba. Te van a poner a barrer los pasillos mientras los niños ricos estudian, ya verás.
Elliot no dijo nada. Miraba fijamente a la última paloma, que seguía picoteando migajas imaginarias.
—Mmm… Puede que ese Mike se esté divirtiendo a tu costa, chico.
Elliot levantó la cabeza rápidamente y lo miró a los ojos.
—O bueno… tal vez sea una secta rara —dijo mientras se rascaba la nuca—. Sea lo que sea, lo mejor es que lo olvides. Tira esto al fuego y no mires atrás.
Elliot sostuvo la carta en el regazo sin mirarla. Sus dedos se cerraron alrededor del pergamino.
—¿Y si es de verdad?
—Ya sabes cómo funciona el mundo, chico.
Elliot asintió con la cabeza, pero sus dedos se aferraron al papel. Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo.
—Déjate de fantasías, chico —Aristóteles señaló el bolsillo donde Elliot había guardado el pergamino—. Supongamos que es real. ¿Con qué piensas pagarlo? ¿Y dónde? ¿Conoces alguna tienda que venda varitas mágicas? ¿O calderos? ¿Y guantes de piel de dragón? Por favor, menuda ocurrencia, piel de dragón. Los dragones no existen, chaval, y si existieran, su piel costaría más que este puente entero.
Elliot bajó la mirada un segundo. Luego, se puso de pie. Estaba a punto de despedirse cuando la voz áspera de Aristóteles lo detuvo:
—¿Cómo está la pequeña?
—No muy bien —contestó sin mirarlo.
El viejo asintió. Cogió otro trozo de pan duro y lo tiró al suelo. En segundos, una bandada de palomas se abalanzó sobre él, empujando a la solitaria. Ni siquiera la miraron.
—Cuídala, chaval.
Elliot lo escuchó y no contestó. Caminó hasta la salida del puente, ignorando el sonido de las palomas y la humedad.
───────── ✧ ─────────
El regreso al sótano fue un viaje al fondo de la noche, incluso antes de que el sol se rindiera del todo. Elliot llegó empapado, con la ropa pegada al cuerpo y las zapatillas convertidas en esponjas. Los dedos, entumecidos por el frío, lucharon por girar el pomo oxidado de la puerta. Una vez dentro, el aire cargado de sudor y fiebre lo envolvió de golpe.
La vela encendida proyectaba sombras inverosímiles en las paredes, y bajo esa luz incierta, el mundo parecía reducido a los pocos metros cuadrados que compartían los hermanos. Mara estaba donde la había dejado, pero notó algo completamente diferente. La manta de cuadros se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, y la respiración, que por la mañana había sido irregular, era ahora un jadeo afilado y arrítmico. Además, el rostro de Mara era una máscara pálida y sudada. Y los ojos, cuando se abrían, no reconocían nada.
Elliot se quedó sin aire. Había oído en la calle lo que pasaba cuando la fiebre se llevaba a los niños. Primero dejaban de responder, luego no despertaban. Mara tenía ocho años y media vida de correr por delante de la muerte, pero esa noche temió que la muerte hubiera dado con su escondite.
Elliot dejó caer la chaqueta empapada y se precipitó hacia el catre. Cayó de rodillas junto a Mara y posó los dedos sobre su frente. A través de aquella piel húmeda ardía; el calor era insoportable. Le asustaba que ardiera. Aunque, bien pensado, le daba más terror que dejara de hacerlo.
—Mara —susurró. Su voz sonó más baja de lo que esperaba. Carraspeó suavemente y volvió a intentarlo—. Estoy aquí.
Ella no respondió. Vio que su cuerpo temblaba. A cada espasmo la sacudía y la dejaba exhausta. Por un instante, pareció que ni siquiera respiraba. Elliot apretó los dientes y buscó entre las botellas la menos sucia, la que todavía tenía agua. Destapó la botella, empapó un trapo viejo y le limpió la frente con un cuidado exagerado. Sabía que de poco iba a servir, pero Elliot repetía el gesto una y otra vez.
Pasó el tiempo sin que Elliot supiera cuánto, donde solo existió el sonido de la fiebre y la respiración débil de Mara. En algún momento, Mara entreabrió los párpados. Sus ojos, vidriosos y brillantes, parecían mirar a través de Elliot hacia algún punto lejano que solo ella podía ver. Cuando habló, su voz emergió como un suspiro que parecía costarle cada gramo de su fuerza.
—Elliot…
Él acercó el oído a sus labios.
—Estoy aquí, hermanita. Dime.
Los labios de Mara temblaron.
—Me duele… —La voz se quebró en un sollozo diminuto.
Elliot tragó saliva y buscó palabras, pero las palabras no servían. Quiso prometerle que el dolor pasaría y que todo saldría bien. Pero no pudo mentirle una vez más. Era todavía un niño, pero la vida se había encargado de enseñarle que algunas promesas eran tan endebles como la manta a cuadros con la que intentaba abrigarla.
—Mañana saldré temprano. Intentaré traerte alguna medicina.
Mara cerró los ojos. Elliot la arropó aún más, buscó entre los periódicos algo con que cubrirle los pies y la abrazó por encima de la manta. El cuerpo de Mara temblaba contra el suyo, pero poco a poco, el temblor fue cediendo. La respiración, aunque irregular, se volvió menos violenta.
La niña levantó una mano temblorosa y le dio a su hermano tres toques suaves en el pecho, justo sobre el corazón. Elliot contuvo la respiración. Conocía ese gesto. Tres toques. Tres latidos.
Elliot dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas sin hacer ruido. Se quedó así, abrazado a su hermana, intentando transmitirle un calor que él tampoco tenía.
Casi olvidó la carta en el fondo de su bolsillo, pero sus dedos la rozaron mientras acomodaba a Mara. La extrajo con cuidado y la depositó sobre la caja de madera que les servía de mesa. A pesar de la lluvia que había empapado su ropa, el sobre mantenía intacto su lacre rojo y aquella perfecta caligrafía. Sus ojos se desviaron hacia la carta y luego hacia Mara. Negó con la cabeza.
Mientras limpiaba el sudor de la frente de su hermana, Mara se despabiló lo justo para susurrar:
—¿Qué es eso? —dijo señalando la carta que estaba sobre la mesa.
Elliot no contestó enseguida. Continuó secando el sudor de su hermana. Pero había algo en aquella mirada directa, incluso a través de la niebla de la enfermedad, que desarmaba cualquier intento de evasión.
—Es la carta de esta mañana. Aristóteles me la ha leído.
—¿Quién te la ha enviado?
—Una profesora o algo por el estilo de un sitio llamado Hogwarts.
Los párpados de Mara se cerraron. Elliot contuvo la respiración, esperando. Cuando ya creía que su hermana había vuelto a hundirse en la fiebre, la voz de la niña emergió de nuevo, débil pero decidida.
—¿Howard? ¿Qué es eso?
—Howard, no. Hogwarts. Es un colegio de magos.
—¿De magos?
Elliot tragó saliva.
—Eso dice la carta.
Los labios resecos de Mara se curvaron ligeramente hacia arriba.
—Ojalá existiera la magia de verdad y tú fueras un mago, podrías hacer que no me doliera.
Sus dedos se crisparon débilmente sobre la manta, y Elliot tuvo que apartar la mirada. No supo qué decir. En vez de hablar, tomó la mano de Mara entre las suyas y la mantuvo apretada.
—Podrías ir, ¿sabes? —Mara lo dijo con esfuerzo. Sus ojos, brillantes por la fiebre, buscaron los de Elliot con una intensidad que lo atravesó.
—¿Ir a dónde? —preguntó él, con el ceño fruncido.
—A Howatt. A la escuela.
—¿Cómo voy a ir sin ti?
—Pero allí conocerías gente. Harías amiguitos.
—No necesito amigos. Solo que te cures.
—Me gustaría que fueras feliz…
Mara cerró los ojos un instante y tragó saliva. Elliot no quiso romper el silencio. Pero Mara volvió a abrir los ojos y apretó los labios.
—Aunque sea sin mí.
—¡Demonios, no! —La voz de Elliot se quebró, áspera y desesperada—. No, Mara. No digas eso.
—¡Lo siento, Elliot! —Mara sollozó, y sus lágrimas cayeron sobre la almohada—. Siento que por mi culpa no puedas ir.
—¿Qué tonterías dices, Mara? —Elliot le acarició el pelo con ternura—. ¿Qué se me ha perdido a mí en una escuela? Nada.
Mara se abrazó a su hermano llorando. Los ojos de Elliot se humedecieron. Pero tragó saliva y se los secó con un gesto brusco.
—¿Para qué iba a querer sacar conejos de una chistera? —dijo Elliot mientras le acariciaba el pelo.
Mara se encogió de hombros, pero su llanto había disminuido.
—¿O sacar pañuelos de la manga? —insistió Elliot con media sonrisa.
Mara dejó escapar una risita pequeña. Elliot le secó los ojos con ternura.
—Pero a lo mejor te enseñarían a volar en escoba.
Elliot dejó escapar una risa. Aunque sus ojos, por un segundo, miraron al techo.
—¿Te imaginas a tu hermano volando en escoba?
Con los brazos extendidos, Elliot imitaba el vuelo torpe de una escoba descontrolada. Las lágrimas de Mara se secaron mientras una sonrisa débil se dibujaba en su rostro. Cuando el repertorio se agotó, pasó el pulgar suavemente por las mejillas húmedas de su hermana y ajustó la manta hasta su barbilla.
—Descansa un poco.
Se sentó a su lado y comenzó a hilvanar un cuento improvisado de una princesa que invitaba a un dragón a tomar una taza de chocolate. Poco a poco, los párpados de Mara cedieron al peso de la enfermedad, y su respiración, aunque irregular, tomó el ritmo del sueño febril.
Elliot miró la carta sobre la caja de madera que hacía de mesa. Recordó las palabras que Aristóteles le había leído. “Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería”, “dispone de una plaza”, “material requerido”. Era todo tan absurdo. Alargó la mano y cogió la carta. Repasó con el dedo las letras redondas y los animales que rodeaban la H. No comprendía todas aquellas palabras extrañas, pero sostener ese papel entre sus dedos era como si alguien hubiera encendido una pequeña luz en la oscuridad de su vida. Por primera vez, alguien había escrito su nombre completo. En algún lugar del mundo, alguien sabía que existía.
Elliot se enderezó de golpe con los ojos abiertos de par en par.
Si todas esas tonterías de varitas o guantes de piel de dragón existen, ¿habrá algo que pueda curar a Mara?
La carta giraba entre sus dedos.
¿Pero con qué dinero lo compraría?
La lanzó de vuelta a la mesa. Se dejó caer contra la pared y cerró los ojos. Decidió dormir un poco.
Pero, de nuevo, abrió los ojos y se levantó. Esta vez su corazón latía con fuerza en el pecho. Un escalofrío le recorrió la piel, eléctrico y vivo. Y sus manos temblaban.
¡Claro! ¡En el Callejón Diagon!
Volvió a apoyarse en la pared, pellizcándose el labio inferior, pero su corazón no dejaba de latir con fuerza. Empezó a morderse las uñas. Se levantó y dio vueltas por la habitación. No podía estarse quieto.
Cansado, se apoyó con el hombro en la pared y miró a Mara como dormía. La respiración volvió poco a poco a ser la habitual. Volvió a sentarse.
Por fin, respiró hondo y apartó el aire con la mano. Se acercó a su hermana y comprobó que estaba bien tapada.
La vela languidecía, y el mundo oscilaba entre la sombra y la luz. Afuera, la lluvia golpeaba la ventana con la insistencia de siempre. Pero para Elliot solo existían su hermana, el calor enfermo y la carta.
Mañana lo intentaré.
9 de abril de 2026
Enrique Vallés Balaguer

Elliot Carter
Estudiante

Aristóteles
Sintecho

Mara Carter
Hermana de Elliot
