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Capítulo 3: Tres latidos
Capítulo 3: Tres latidos

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Capítulo 3

Tres latidos

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Londres, 24 de julio de 2026

Elliot había pasado la noche en vela; cada vez que la mecha amenazaba con ahogarse, él la rescataba, fundiendo la cera con el calor de los dedos y rasgando tiras de papel de periódico para mantener la llama viva. No es que a él le importara demasiado la oscuridad, pero Mara la temía. Por eso la vela nunca faltaba, ni aunque tuvieran que pasar otro día sin pan.

Esa mañana, la luz era solo un recuerdo lejano tras la pequeña ventana, empañada por el vaho y la suciedad. Las gotas de lluvia que chocaban contra el cristal se mezclaban con la respiración de Mara, creando un ritmo descompensado y angustioso. Ella dormía envuelta en la manta de cuadros que Aristóteles les había prestado días atrás. Mientras él miraba hacia la ventana, Mara se estremeció a su lado. Entonces, Elliot le rozó el cuello con el dorso de la mano y notó el calor de la fiebre que la consumía.

Se levantó y mojó en un vaso de agua el trozo de tela que antes había sido parte de su camiseta, una prenda que ya no valía ni para limpiar zapatos. Lo exprimió y se lo colocó a Mara en la frente. Luego se sentó a su lado, con las rodillas dobladas hasta el pecho y la mirada perdida en las sombras que la vela lanzaba contra la pared.

El frío del trapo despertó a Mara, que abrió los ojos y miró a su hermano. 

—¿Es de día?

—Acaba de amanecer. Aún puedes dormir más si quieres.

Ella cerró los ojos, aunque no se durmió. Tenía esa expresión de los enfermos cuando el cuerpo se cansa de luchar, pero la cabeza todavía se resiste a ceder.

—¿Hay pan? —preguntó después de una larga pausa.

Elliot se levantó, rebuscó en la bolsa de tela y encontró un trozo de pan duro, apenas más grande que un dedo. Se lo acercó, procurando sonreír, y Mara lo tomó entre las manos. Le costó masticar, pero lo hizo con dignidad, sin quejarse ni una vez.

—¿No has dormido? —quiso saber ella.

—Un poco. Tenía miedo de que la fiebre te subiera mucho. Pero, tranquila, ya estás mejor.

Por supuesto, no era verdad, y ella lo sabía tan bien como él, pero ninguno de los dos lo confesó; habían aprendido que algunas mentiras eran como aquel pan duro. Elliot la tapó mejor y colocó su propio abrigo sobre ella. Le secó la frente y le acomodó el pelo, desenredando los nudos con los dedos. Los ojos de Mara volvían a cerrarse, y él supo que pronto caería en ese sueño ligero, agitado, que la fiebre le permitía.

Se dejó caer junto a la pared, con la cabeza apoyada en las rodillas. Luchaba por mantener los ojos abiertos, pero de tanto en tanto, se le cerraban. Soñó con su hermana corriendo delante de él, sana y fuerte, los dos avanzando hacia los brazos de su madre, o al menos con lo que su memoria, traicionera y tierna, aún conservaba de ella. Su madre abrazaba a Mara con fuerza mientras le revolvía el pelo a él con cariño. Veía a su hermana sonreír con los ojos cerrados, acurrucada contra su madre, pero cuando alzó la mirada hacia el rostro de ella, solo encontró un borrón, un manchón indistinto donde antes había estado su sonrisa.

Despertó al oír un golpe suave, pero al abrir los ojos, no supo qué lo había despertado. Permaneció en su sitio e intentó recordar qué había soñado y, al recordarlo, lanzó un suspiro silencioso. Apoyó la cabeza en las rodillas, pero cuando volvió a cerrar los ojos, unos golpecitos resonaron de nuevo. Se incorporó de un salto y escudriñó en la oscuridad, esperando encontrar algún ratón entre las sombras, pero no vio nada. Se quedó completamente inmóvil, conteniendo la respiración, y entonces… los golpes volvieron, esta vez más insistentes. 

Miró a Mara, que dormía a su lado, ajena a todo. Con cuidado, la tapó hasta la barbilla y, en silencio, se arrastró hacia la ventana, aguzando el oído. El cristal estaba tan cubierto de suciedad que apenas dejaba pasar la luz. Elliot, con el pulgar, raspó un círculo y miró hacia fuera. Vio una sombra pequeña, compacta, que se balanceaba en el alféizar como un puño de plumas. El ave giró la cabeza y lo miró directo a los ojos con dos cuentas ámbar, encendidas y líquidas como oro fundido.

El chico frunció el ceño y se pellizcó el brazo para comprobar que no seguía soñando. El ave volvió a golpear con el pico la madera del marco; con el mismo ritmo, tres veces, y después se quedó inmóvil, esperando. Elliot se rascaba la cabeza mientras miraba el ave con los ojos entornados. Finalmente, se encogió de hombros.

Buscó un destornillador entre los trastos desperdigados por el sótano. Tenía miedo del ruido que podía hacer, pero más aún de romper el cristal y dejar que el frío de la mañana invadiese su pequeño refugio. Al final, levantó la hoja de cartón que tapaba la esquina inferior y asomó la mano. La lechuza ni se inmutó. Solo entonces vio que el ave portaba algo atado a la pata: un sobre, enrollado y sellado con una cuerda fina.

La cuerda cedió al tercer tirón. Elliot agarró el sobre y retrocedió de inmediato, metiendo la mano de vuelta al sótano. Antes de que el cartón volviera a sellar ese pequeño mundo, tuvo tiempo de verlo una última vez: el ave seguía allí, inmóvil, con esos ojos que no parpadeaban. Volvió a colocar el cartón sobre la grieta, asegurándose de que ni el viento ni el frío pudieran colarse. Cuando momentos después reunió el valor para asomarse de nuevo, solo encontró la lluvia golpeando el cristal sucio.

Giró el sobre entre los dedos, evaluando el peso y la textura. No era un papel normal, era grueso, poroso y amarillento. El sello era lo más extraño; tenía un lacre morado, con una letra "H" en el centro, rodeada de cuatro figuras: un león, un tejón, una serpiente y un águila. Elliot no reconocía el escudo, pero supo de inmediato que aquello no era una carta de los servicios sociales.

Le dio la vuelta, buscando alguna pista. El sobre tenía algo escrito en el frente, en letras firmes y negras, aunque no del todo claras. Se acercó a la vela y fue descifrando las palabras una sílaba detrás de otra.

—Se… ñor… Elliot Car… ter.

El corazón le latió tan fuerte que el aire se le atascó en la garganta. Inhaló, pero el aire se le atascó en la garganta. Frunció el ceño e intentó descifrar las letras otra vez. Cerró los ojos con fuerza, presionando los párpados con las yemas de sus dedos. Al abrirlos de nuevo, su mano avanzó hacia el sello, pero algo lo hizo detenerse en seco. Dobló la carta con cuidado, asegurándose de no dañar el sello, y lo hundió en el bolsillo más profundo de su pantalón. Luego regresó junto a Mara, que seguía inmóvil bajo las mantas.

—¿Qué era ese ruido? —preguntó ella, con voz débil, sin apenas levantar la cabeza.

Elliot se sorprendió al encontrarla despierta.

—Un búho. Ha dejado esto.

Sacó el sobre y se lo mostró. Mara estiró los dedos, pero el temblor la traicionó y los volvió a esconder bajo la manta.

—¿Qué es?

—Una carta. Después se la llevaré a Aristóteles. 

La niña guardó silencio unos segundos. Cuando Elliot creyó que se había vuelto a dormir, ella añadió, con un hilo de voz:

—¿Es para nosotros?

—No. Es para un tal Elliot Carter.

Mara se giró un poco, lo miró a los ojos y preguntó:

—¿Quién es Elliot Carter?

—Ni idea —contestó él, encogiéndose de hombros.

Mara asintió, cerrando los ojos. El sueño la reclamó al instante, en ese vaivén inquieto que atrapa a los enfermos. Elliot se acomodó junto a ella y tomó su mano. Notó el frío de aquellos dedos y los envolvió entre los suyos, frotándolos con suavidad. Se quedó así mientras observaba la carta a la luz parpadeante de la vela.


───────── ✧ ─────────


Esa misma tarde, Elliot se abrigó con las dos capas de ropa menos húmedas que encontró y salió a la calle con el sobre bien doblado en su bolsillo. Al salir del antiguo edificio de oficinas abandonado, descubrió que el día era igual de gris y triste que cualquier otra tarde de ese verano; pero esta vez, además, una llovizna fina y persistente caía del cielo, tan sutil que apenas merecía el nombre de lluvia. Caminó los dos kilómetros hasta el puente sin cruzarse con nadie que no tuviera prisa por llegar a algún lugar. Nadie miró a un niño mojado vagando solo, ni en el parque, ni frente al túnel peatonal, donde la ciudad parecía doblarse sobre sí misma y las paredes sudaban humedad.

Bajo el puente, el aire era diferente. Más quieto, más denso, con un olor fuerte a excremento de paloma y a humo de cigarrillo barato. Allí la lluvia se acumulaba en charcos que nunca se evaporaban y en las ropas de quienes ya no tenían miedo de mojarse.

Aristóteles estaba, como todos los días a esas horas, sentado en un banco de piedra cubierto de periódicos, un mantel hecho de bolsas de supermercado y una taza de café medio llena que probablemente llevaba días a la intemperie. El viejo parecía no notar el paso del tiempo ni el hedor de las aves que revoloteaban a su alrededor. Tenía una dignidad tranquila. Desmenuzaba un trozo de pan duro, ofreciendo las migas a las palomas que se abalanzaban en un frenesí de alas y picotazos.

Elliot se acercó al anciano, esquivando a las palomas que picoteaban el pan sin levantar la cabeza. Los pájaros, indiferentes a su presencia, ni siquiera se movieron cuando pasó entre ellos.

—Pareces haber visto un fantasma, muchacho.

—Un fantasma, no. —Elliot sacó la carta de su bolsillo—. Un pájaro.

Aristóteles arqueó una ceja, mientras sus ojos saltaban del muchacho al sobre.

—¿Una paloma te ha traído eso?

Elliot negó con la cabeza. 

—Un búho. Esta mañana.

Aristóteles la observó con el ceño fruncido, mientras se rascaba la cabeza.

—Palomas mensajeras, las conozco —murmuró, mientras frotaba el papel con cuidado—. Pero un búho haciendo de cartero... Eso sí que es nuevo, incluso para mí, muchacho.

El viejo tomó el sobre entre sus dedos, examinando su superficie con curiosidad. Elliot, aparentemente distraído con las palomas, no perdía de vista el sobre de reojo. Aristóteles giraba el sobre bajo la luz mortecina, inclinándolo de un lado a otro.

—«Elliot Carter». ¿Creía que eras Elliot Brown? ¿Estás seguro de que esto es para ti?

El chico se encogió de hombros y se quedó mirando a las palomas mientras se pellizcaba el labio inferior. Después de unos instantes, dijo:

—Lo he estado pensando. Los servicios sociales me contaron que cuando nos encontraron, yo tenía tres años y Mara era solo un bultito envuelto en mantas. Y mamá... —tragó saliva—, jolín, ya sabes... No llevaba papeles. Nada, ni ningún nombre. Así que allí nos quedamos: sin documentos. Brown es el apellido que nos pusieron cuando nos registraron.

Miró el sobre de nuevo en silencio. Aristóteles lo miró sin decir nada.

—¡Demonios! ¿Elliot Carter? La verdad... no lo sé.

Aristóteles seguía inspeccionando el sobre mientras Elliot se rascaba la nariz.

—Quizás... ¿Podría ser el apellido de mis padres?

—Quién sabe, quizás sea tu apellido, o quizás no. La verdad es que no puedo asegurarte nada, chaval.

Volvió a examinar el sobre, sosteniéndolo contra la luz bajo el puente.

—«Elliot Carter —siguió leyendo—. Sótano del edificio de oficinas abandonado de la calle...» —Sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Por todos los demonios, chico! Pero, ¿quién diablos sabe dónde te escondes? 

—Espera, ¿qué? —se levantó de un salto y se colocó al lado del viejo, intentando descifrar la dirección. Pero, tras un momento frustrante, se dio por vencido y volvió a su asiento. Se rascó la cabeza, confundido, mientras lanzaba un suspiro profundo—. ¿Crees que me la enviará Helene?

El viejo dejó de mirar el sobre y clavó los ojos en el chico. 

—Tranquilo, muchacho. Por lo que me has contado de Helene, no sería una carta lo que te enviaría.

Él le devolvió la mirada y asintió con pesadez.

—Sí. Enviaría a Mike y Joey. Sus «hijos» favoritos.

Aristóteles lo observó con atención, y por un momento, las arrugas de su rostro curtido parecieron suavizarse.

—¿Te gustaría que te la leyera, muchacho?

Elliot bajó la mirada y asintió. Aristóteles rompió el sello morado con el borde de la uña amarillenta y desdobló el papel. El pergamino emitió un crujido seco. Tras recorrer en silencio las primeras líneas, levantó los ojos hacia Elliot y enarcó una ceja. Volvió su mirada a la carta y al fin leyó en voz alta:

—«Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería». —Durante unos segundos frunció el ceño—. ¿Me estás tomando el pelo, chico?

El chico levantó los ojos hacia el viejo y entrecerró los ojos.

—¿Magia? 

Los dos guardaron silencio mientras el viejo miraba a Elliot con recelo, como si intentara averiguar si le estaban gastando una broma. Pero Elliot, con el ceño fruncido, parecía tan confundido como él. De pronto, los ojos de Elliot se entrecerraron aún más.

—Espera, ¿has dicho Hogwarts?

—Sí. ¿Por qué?

—Algo que oí en... Da igual, déjalo. Por favor, sigue leyendo.

Aristóteles bufó, puso los ojos en blanco, pero siguió leyendo:


COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Directora: Minerva McGonagall

Querido señor Carter:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.


Muy cordialmente,

Calista Ravenshade

Directora adjunta


El viejo sacudió la cabeza. Extrajo la segunda hoja del sobre, donde aparecía detallado todo el material, y prosiguió con la lectura. Siguió leyendo la lista de libros y objetos necesarios para asistir a Hogwarts. Con cada artículo o artefacto que mencionaba, Aristóteles lanzaba algún chiste, bromeando con lo absurdo de los nombres. Elliot no lo interrumpió en ningún momento, avergonzado, pues muchas de aquellas palabras le resultaban completamente ajenas. Por fin, su amigo llegó al final de la carta:


Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.


—¿Escobas propias? Lo que faltaba. Te van a poner a barrer los pasillos mientras los niños ricos estudian, ya verás.

Elliot no dijo nada. Su mirada se clavó en la única paloma que quedaba allí, que seguía picoteando migas imaginarias.

—Mmm... Puede que ese Mike se esté divirtiendo a tu costa, chico.

Elliot levantó la cabeza rápidamente y lo miró a los ojos.

—Sea lo que sea, lo mejor es que lo olvides. Tira esto al fuego y no mires atrás.

Elliot sostuvo la carta en el regazo, sin atreverse a mirarla. El nombre de la escuela, «Hogwarts», resonaba en su mente. La había oído mencionar a aquellos encapuchados en el Callejón Diagon. No podía ser una casualidad, ¿verdad? Pero... ¿Carter? ¿Y si la carta no era para él? Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del pergamino.

—¿Y si soy yo? —murmuró en voz alta, sin pretenderlo.

—Ya sabes cómo funciona el mundo, chico.

El chico lo miró a los ojos sin abrir la boca, pero sus dedos se aferraron al papel. Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo.

—Déjate de fantasías, chico —Aristóteles señaló el bolsillo donde Elliot había guardado el pergamino—. Supongamos que es para ti. ¿Una escuela de magia? ¿Ahora quieres dedicarte a sacar conejos de una chistera? Por no hablar de todo lo que te piden que lleves. ¿Con qué piensas pagarlo? ¿Y dónde? ¿Conoces alguna tienda que venda varitas mágicas? ¿O calderos? ¿Y guantes de piel de dragón? Por favor, menuda ocurrencia, piel de dragón. Los dragones no existen, chaval, y si existieran, su piel costaría más que este puente entero.

Elliot bajó la mirada un segundo. Luego, se puso de pie. Estaba a punto de despedirse cuando la voz áspera de Aristóteles lo detuvo:

—¿Cómo está la pequeña?

—No muy bien —contestó sin mirarlo.

El viejo asintió, pensativo. Cogió otro trozo de pan duro y lo tiró al suelo. En segundos, una bandada de palomas se abalanzó sobre él, empujando a la solitaria fuera del círculo, sin siquiera mirarla.

—Cuídala, chaval.

Elliot lo escuchó, pero no contestó. Caminó hasta la salida del puente mientras apretaba el sobre en el bolsillo, ignorando a las palomas y la llovizna.


───────── ✧ ─────────


El regreso al sótano fue un viaje al fondo de la noche, incluso antes de que el sol se rindiera del todo. Elliot llegó empapado, con la ropa pegada al cuerpo y las zapatillas convertidas en esponjas. Los dedos, entumecidos por el frío, lucharon por girar el pomo oxidado de la puerta. Una vez más tuvo que empujar la puerta con todo su peso para poder abrirla.

Dentro, el aire cargado de sudor y fiebre lo envolvió de golpe. La vela encendida proyectaba sombras en las paredes, y bajo esa luz incierta, el mundo parecía reducido a los pocos metros cuadrados de aquella habitación. Mara estaba donde la había dejado; sin embargo, parecía que todo había cambiado. La manta de cuadros se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, y la respiración, que por la mañana había sido irregular, era ahora un jadeo afilado y arrítmico. Además, el rostro de Mara era una máscara pálida y sudada, y los ojos, cuando se abrían, parecían mirarlo sin reconocerlo.

Elliot se quedó sin aire. Había oído en la calle lo que pasaba cuando la fiebre se llevaba a los niños. Primero dejaban de responder, luego se dormían para no despertarse. Mara tenía ocho años y media vida de correr por delante de la muerte, pero esa noche temió que la muerte hubiera dado con su escondite.

Dejó caer la chaqueta empapada y se precipitó hacia el catre. Cayó de rodillas junto a su hermana y posó los dedos sobre su frente. A través de aquella piel húmeda ardía tanto que el calor era insoportable. Le asustaba que ardiera; aunque, bien pensado, le daba más terror que dejara de hacerlo.

—Mara —susurró. Su voz sonó más baja de lo que esperaba. Carraspeó suavemente y volvió a intentarlo—. Estoy aquí.

Ella no respondió, ni dio señales de haberlo oído. Elliot observó cómo su cuerpo temblaba, y cómo cada espasmo la sacudía y la dejaba más exhausta que antes. Por un instante, sus manos temblaron al creer que ni siquiera respiraba. Apretó los dientes y buscó entre las botellas la menos sucia, la que aún conservaba un poco de agua. Destapó la botella, empapó un trapo viejo y le limpió la frente con un cuidado exagerado. Durante unos minutos, repitió esos movimientos una y otra vez, como si el simple hecho de hacer algo pudiera ahuyentar los pensamientos que lo asediaban.

Pasó el tiempo sin que Elliot supiera cuánto, donde solo existió el sonido de la fiebre y la respiración débil de Mara. En algún momento, Mara entreabrió los párpados. Sus ojos, vidriosos y brillantes, parecían mirar a través de Elliot hacia algún punto lejano que solo ella podía ver. Cuando habló, su voz emergió como un suspiro que parecía costarle cada gramo de su fuerza.

—Elliot...

Él acercó el oído a sus labios.

—Estoy aquí, hermanita. Dime.

Pero su hermana no contestó; volvió a cerrar los ojos, y él la arropó aún más. Buscó entre los periódicos algo con que cubrirle los pies y la abrazó por encima de la manta. El cuerpo de Mara temblaba contra el suyo, pero poco a poco, el temblor fue cediendo. La respiración, aunque irregular, se volvió menos violenta.

La niña levantó una mano temblorosa y le dio a su hermano tres toques suaves en el pecho, justo sobre el corazón. Elliot contuvo la respiración. Conocía ese gesto, tres toques, tres latidos. Elliot dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas sin hacer ruido. Se quedó así, abrazado a su hermana, intentando transmitirle un calor que él tampoco tenía.

Casi olvidó la carta en el fondo de su bolsillo, pero sus dedos la rozaron mientras acomodaba a Mara. La extrajo con cuidado y la depositó sobre la caja de madera que les servía de mesa. A pesar de la lluvia que había empapado su ropa, el sobre mantenía intacto su lacre rojo y parecía que el agua no le afectaba. Sus ojos se desviaron hacia la carta y luego hacia Mara. Negó con la cabeza.

Mientras limpiaba el sudor de la frente de su hermana, Mara se despabiló lo justo para susurrar:

—¿Qué es eso? —dijo señalando la carta que estaba sobre la mesa.

Elliot permaneció en silencio, mientras continuaba secando el sudor de su hermana. Pero había algo en aquella mirada directa, incluso a través de la niebla de la enfermedad, que desarmaba cualquier intento de evasión.

—Es la carta de esta mañana. Aristóteles me la ha leído.

—¿Quién la envía?

—Una profesora o algo por el estilo de un sitio llamado Hogwarts.

Los párpados de Mara se cerraron. Elliot contuvo la respiración, esperando. Cuando ya creía que su hermana había vuelto a hundirse en la fiebre, la voz de la niña emergió de nuevo, débil pero decidida.

—¿Howard? ¿Qué es eso?

—Howard, no. Hogwarts. Es un colegio de magos.

Ella abrió los ojos un poco más y miró a su hermano.

—¿De magos?

Elliot tragó saliva.

—Eso dice la carta.

Los labios resecos de Mara se curvaron ligeramente hacia arriba.

—Ojalá existiera la magia de verdad, podrían curarme.

Sus dedos se crisparon débilmente sobre la manta, y Elliot tuvo que apartar la mirada. No supo qué decir. En vez de hablar, tomó la mano de Mara entre las suyas y la mantuvo apretada.

—Podrías ir, ¿sabes? —Mara lo dijo con verdadero esfuerzo. Sus ojos, brillantes por la fiebre, buscaron los de Elliot con una intensidad que lo atravesó.

—¿Ir a dónde? —preguntó él, con el ceño fruncido.

—A Howatt. A la escuela.

Él intentó sonreír ante el nuevo error de su hermana, pero el gesto se le quedó a medio camino.

—No era para mí. Buscaban a un tal Elliot Carter.

Guardaron silencio mientras Elliot miraba la carta y acariciaba la mano de su hermana.

—Además —continuó él después de unos minutos—, ¿cómo podría ir sin ti? 

—Me gustaría que fueras feliz... 

Mara cerró los ojos un instante y tragó saliva. Elliot no quiso romper el silencio, pero Mara volvió a abrir los ojos y apretó los labios.

—Aunque sea sin mí. 

Sollozó y sus lágrimas cayeron sobre la almohada. Durante un instante, Elliot fue incapaz de respirar. 

—¡Demonios! ¿Qué tonterías dices, Mara? —Le acarició el pelo con ternura—. ¿Qué se me ha perdido a mí en una escuela? Nada.

Mara se abrazó a su hermano llorando. Los ojos de Elliot se humedecieron, pero se obligó a tragarse las lágrimas y se secó los ojos con un gesto brusco.

—¿Para qué iba a querer pañuelos de la manga? —dijo Elliot mientras le acariciaba el pelo.

Mara se encogió de hombros, pero su llanto había disminuido.

—Pero a lo mejor te enseñarían a volar en escoba.

Elliot dejó escapar una risa. Aunque sus ojos, por un segundo, miraron al techo.

—¿Te imaginas a tu hermano volando en escoba?

Con los brazos extendidos, Elliot imitaba el vuelo torpe de una escoba descontrolada. Las lágrimas de Mara se secaron mientras una sonrisa débil se dibujaba en su rostro. Cuando el repertorio se agotó, pasó el pulgar suavemente por las mejillas húmedas de su hermana y ajustó la manta hasta su barbilla.

—Descansa un poco.

Se sentó a su lado y comenzó a hilvanar un cuento improvisado de una princesa que invitaba a un dragón a tomar una taza de chocolate, pero cuando fueron a tomarlo, estaba frío, y el dragón lo calentó con su aliento de fuego. Poco a poco, los párpados de Mara cedieron al peso de la enfermedad, y su respiración, aunque irregular, tomó el ritmo del sueño febril.

Cuando su hermana se durmió, Elliot miró la carta sobre la caja de madera que hacía de mesa. Magia, hechicería,… Era todo tan absurdo. Magia, ¿a quién se le ocurre…? Pero eso explicaría muchas cosas de las que vio en el Callejón Diagon. Negó con la cabeza, descartando la idea. Alargó la mano y cogió la carta. Repasó con el dedo las letras redondas del nombre: «Elliot Carter». ¿Era ese su nombre verdadero? ¿Elliot Carter? Sostener ese papel entre sus dedos era como si alguien hubiera encendido una pequeña luz en la oscuridad de su vida. 

¿Y si soy Elliot Carter?

Volvió a dejar la carta sobre la mesa y se recostó en la pared mientras acariciaba a su hermana distraídamente. Sonrió al recordar los chistes que hizo Aristóteles mientras leía la carta. Pero de pronto, la sonrisa se le borró; se enderezó de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

¡Hogwarts!

Aquella palabra la había oído justamente en el Callejón Diagon. No podía ser una casualidad; tenía que existir. Y si Hogwarts, una escuela de magia, existía… tal vez Mara tuviera razón y existiera algo capaz de curarla. Volvió a apoyarse en la pared, pellizcándose el labio inferior, pero su corazón no dejaba de latir con fuerza. Empezó a morderse las uñas; se levantó y dio vueltas por la habitación, incapaz de estarse quieto.

Cansado, se apoyó con el hombro en la pared y observó a Mara mientras dormía. Poco a poco, su respiración recuperó el ritmo habitual. Volvió a sentarse. Por fin, respiró hondo y apartó el aire con la mano. Se acercó a su hermana y comprobó que estaba bien tapada.

La vela languidecía, y el mundo oscilaba entre la sombra y la luz. Afuera, la lluvia golpeaba la ventana con la insistencia de siempre. Pero para Elliot solo existían su hermana, el calor enfermo y la carta.

Regresaré al Callejón Diagon. Allí debe haber algo que cure a Mara.

2 de agosto de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

18

Capítulo 18

Reyes y peones

19

Capítulo 19

La isla fuera del mundo

20

Capítulo 20

La Gran Disonancia

21

Capítulo 21

Entre gigantes

22

Capítulo 22

La primera luz

23

Capítulo 23

Una semilla de duda

24

Capítulo 24

Usted es un Hufflepuff

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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