top of page
Parte 1: Antes de la magia

Capítulo 6

Un día prestado

El refugio nunca había parecido tan amplio como esa mañana. La tenue luz que se filtraba por el cristal sucio de la ventana ya no era gris, sino dorada, como si Londres, de pronto, hubiera recordado que era verano y quisiera disculparse por todos los días robados.

La mañana transcurría en una calma extraña. Elliot, sentado en un rincón, se afanaba en restregar con los nudillos una mancha rebelde de su abrigo. A su lado, Mara canturreaba una tonada sin letra, baja y monótona, mientras hacía girar entre sus dedos una chapita oxidada. El dibujo casi borrado —un osito de peluche con un sombrero torcido— brillaba cada vez que la luz se filtraba por la rendija de la ventana. Lo había encontrado dos años atrás, perdido en una acera, y desde entonces lo guardaba como un tesoro.

Elliot cerró los ojos, dejándose llevar por el tintineo metálico de la chapita entre los dedos de Mara. 

—¡Por fin sale el sol!

Mara miraba por la ventana con los ojos iluminados. Elliot no recordaba la última vez que la voz de su hermana sonaba tan clara. Se levantó y sacó un trozo de pan duro de la bolsa de comida.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó, mirándola de reojo mientras partía el pan. 

Mara, sentada sobre la manta de cuadros y envuelta en otra hasta la barbilla, asintió con la cabeza. Sus ojos, antes opacos por la fiebre, brillaban ahora con claridad. Tomó el trozo de pan que le ofreció su hermano y lo mordió con entusiasmo.

—¡Me siento mejor! Solo me duele un poquito, aquí —dijo, señalándose la garganta con un gesto.

Elliot se quedó mirándola, con el corazón apretado en un puño.

Y entonces asomó una sonrisa. Una sonrisa pequeña, tímida, pero allí estaba en los labios agrietados de Mara. Si no fuera por el temblor leve en sus manos y por el tono rosa demasiado intenso en sus mejillas, cualquiera habría jurado que la niña estaba sana.

—¿Sabes qué me gustaría? Que este sol durase una semana.

—No lo creo. ¡Demonios! Esto es Londres. Aquí el sol y la niebla llevan siglos en guerra, y no hace falta adivinar quién va ganando.

Mara se rio. Y Elliot, al verla reír, se unió a ella. Comieron en silencio un rato, hasta que Mara cogió la carta que estaba encima de la mesa y la sostuvo frente a la nariz. Le gustaba ver el escudo, aunque las letras se le resistían tanto como a su hermano.

—¿Qué harás con esta carta?

—Nada —respondió sin mirar la carta.

—Pero la has guardado. Si no te importara, la tirarías.

Elliot se encogió de hombros. No iba a discutir ese punto. Había intentado hacerlo una vez y terminó doblando la carta con tanto cuidado que ni siquiera él se lo perdonaba.

—¿Crees que los magos de verdad podrían curarme la tos para siempre?

—Quién sabe.

Mara guardó silencio, absorta en la textura del sobre. Sus dedos, pequeños y pálidos, acariciaban los bordes del papel, el sello roto que se aferraba como un chicle endurecido. Cuando alzó la mirada, sus ojos estaban serios.

—¿Tú crees que cuando dicen "tutor" se refieren a nuestro papá?

Elliot se quedó paralizado. No recordaba haber escuchado la palabra "papá" tan nítida, tan real, en mucho tiempo. Quizá nunca. Era una palabra que pertenecía a otro mundo, a otras vidas, no a ellos dos. Se quedó mirándola, con el pecho hundido, y lanzó un suspiro.

—No lo sé. A lo mejor ese tutor no es más que un nombre en un papel. Como el hombre del saco, algo que se inventan los adultos para que los niños no preguntemos demasiado.

Mara no apartó la mirada. Sus ojos, fijos en los de su hermano, brillaban.

—Pero tiene que ser alguien real. Si no, ¿cómo es que te mandan cartas? Alguien tuvo que decirles tu nombre.

Elliot respiró hondo, buscando en el techo agrietado una respuesta. 

—No sé, Mara. Aunque no creo que sea real. 

—Pero entonces, ¿quién ha pagado tus materiales? ¿Helene?

Elliot se quedó callado, con los dedos enredados en el borde del sobre. Después de unos minutos, cuando Mara creyó que no iba a contestar, Elliot dijo al fin:

—He estado pensando, ¿sabes? Tal vez la carta no era para mí. —Agachó la cabeza mientras se rascaba la nuca—. Quizás hay otro niño por aquí, uno que sí es mago, y que también se llama Elliot. Sí, tiene que ser eso. La lechuza se equivocó de niño.

Mara lo miró con los ojos muy abiertos, y luego sacudió la cabeza con tanta fuerza que el rubor de sus mejillas se avivó.

—¡Imposible! ¿Otro Elliot mago, justo aquí? ¿En serio?

—Pero podría ser.

—No, hermanito. Piénsalo bien. Dos niños magos, con el mismo nombre, viviendo a dos pasos el uno del otro. No tiene ningún sentido.

—Pero tal vez yo no sea mago.

—¡Sí que lo eres! Yo vi cómo el charco se convirtió en hielo, Elliot. Lo vi. Y no fue un sueño, ni un truco de luz. Fue real. 

—Bueno, está bien. Pero la carta va a nombre de Elliot Carter. Puede que no sea nuestro apellido. 

—Claro que es nuestro apellido. Elliot Carter y Mara Carter. Mmm... Me gusta cómo suenan, ¿sabes? Suena como si fuésemos gente importante. 

—¿Gente importante?

—Sí. De esas personas que hacen cosas que todos los mayores quieren leer en los periódicos.

Elliot rio y le removió el pelo a su hermana. El color había vuelto a las mejillas de Mara, y con él, esa chispa en sus ojos que tanto había extrañado. Sus preguntas, sus teorías descabelladas, esa manera de ver conexiones donde él solo veía puntos sueltos.

El silencio que siguió era distinto. Entregaron sus dudas al pasado y regresaron a sus tareas. Elliot a su lucha contra la mancha y Mara a girar su chapita. Al rato, Mara miró a su hermano con los ojos brillantes.

—Elliot, ¿sabes qué podríamos hacer? Podríamos ir al parque. 

—¿Con este frío? 

—Mejor que quedarse aquí mirando el techo. Y además, prometiste que me llevarías algún día al Callejón Dragón.

—Diagon.

—Lo que sea.

Elliot se puso tenso. 

—Cuando estés mejor.

—Ya estoy mejor. Mira, no tiemblo ni un poquito. Ni siquiera tengo ganas de dormir.

Se miraron a los ojos fijamente. Elliot apartó la mirada apretando los labios.

—Está bien. Pero solo un rato. Por el barrio. El Callejón Diagon está demasiado lejos. Ya te llevaré cuando estés recuperada del todo, ¿vale? Y si empiezas a toser, volvemos al refugio. Palabra.

Mara volvió a estirar el meñique. Elliot entrelazó el suyo y lo selló.

—Trato hecho —dijo Mara, y la sonrisa le ocupó toda la cara.

Elliot ayudó a Mara a ponerse en pie. Al principio fue torpe, las piernas dudaron, pero enseguida encontró el equilibrio. Caminó por el refugio, primero despacio, luego con pequeños saltos para demostrarle a Elliot que ya podía.

—¿Ves? Sana como una pera.

—Las peras se pudren rápido —dijo Elliot, pero Mara se echó a reír y le lanzó la manta.

Se pusieron los abrigos. Elliot comprobó que la bufanda cubriera bien la garganta de Mara, y ella se la ajustó con un nudo torpe. Al abrir la puerta, el aire frío de fuera les golpeó en la cara, pero Mara lo inhaló profundamente.

—¡Huele a aire limpio! —exclamó, y Elliot no quiso corregirla. 


───────── ✧ ─────────


Elliot y Mara cruzaban la calle principal con paso lento, saboreando el regalo inesperado de un día sin fiebre y sin lluvia. El asfalto, recién lavado, brillaba bajo la luz tímida del sol, salpicado de charcos que reflejaban el cielo como espejos rotos y hojas mojadas que se pegaban a las suelas de sus zapatos gastados. Elliot alzaba la vista de vez en cuando, desconfiado, temiendo que las nubes pudieran traicionarlos.

Iban cogidos del brazo. Mara avanzaba con una determinación que no encajaba con su delgadez. Pero Elliot lo notaba: de vez en cuando, casi sin darse cuenta, el peso de su hermana se apoyaba un poco más en él. No importaba. Mara seguía con la cabeza alta, los ojos brillantes y alertas, más viva que nunca. Y Elliot, a su lado, apretaba los dientes y caminaba más despacio, dispuesto a ser su bastón.

Mientras caminaban, una mujer con abrigo de piel desvió la mirada cuando pasaron junto a ella. Al rato, un hombre de traje aceleró el paso, fingiendo buscar algo en su teléfono. Otra mujer con abrigo de lana tiró de su hijo cuando este señaló la bufanda deshilachada de Mara. Elliot apretó los dientes y señaló cualquier cosa en otra dirección. 

No tenían destino. Paseaban, simplemente. Se detenían ante los escaparates de las tiendas. A Mara le fascinaban especialmente los que exhibían cosas absurdas: pelucas de colores, relojes con formas de animales, paraguas con los mangos con forma de pájaros. Elliot la dejaba mirar cuanto quisiera, disfrutando en secreto de cada exclamación de asombro.

En una esquina, la tienda de juguetes tenía un escaparate repleto de figuras: soldados de plomo, muñecas y, en el centro, sobre un pedestal giratorio, un osito de peluche que parecía saludar con sus patas delanteras cada vez que la plataforma lo devolvía al principio. Mara se pegó a la ventana, con la nariz contra el cristal y las manos formando visera.

—Mira. Ese osito parece de los que te dan abracitos de noche.

Elliot asintió. Apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos palidecieron. En el reflejo del escaparate, sus ojos se encontraron un segundo con los de ella, que al instante volvió a mirar el peluche. Elliot exhaló, lento, y apoyó las palmas contra el cristal. Empujó con fuerza.

Entonces pasó.

Justo bajo su palma, el cristal comenzó a empañarse. En cuestión de segundos, una fina capa de escarcha se extendió en círculos irregulares y el vidrio emitió un crujido bajo, tenso. Apartó la mano de inmediato, con un sobresalto, y el vaho empezó a disiparse. La escarcha se retrajo lentamente, hasta que el cristal recuperó su transparencia habitual.

Mara se quedó muy quieta, con los ojos fijos en el cristal. Elliot tragó saliva. El aire se le quedó atrapado en la garganta y sintió el pulso martilleando contra sus costillas. Olvidaron las palabras. Permanecieron inmóviles, ajenos al estruendo de la moto que aceleró en la esquina y al pitido furioso del autobús que pasaba justo por detrás de ellos.

Unos momentos después, Mara giró la cabeza y miró a Elliot con la boca entreabierta. No pudo decir nada, solo bajó la vista hacia sus manos.

—Quizás tenga la mano congelada —dijo Elliot, encogiéndose de hombros—. O ha bajado la temperatura de repente.

Mara cerró la boca y sonrió. Siguieron mirando el escaparate, hasta que el dependiente los cazó desde dentro. Era un hombre gordo, de cejas tan tupidas que parecían dos orugas negras trepando por la frente. Al verlos, frunció la boca en una mueca de asco.

Salió a la puerta, con el llavero tintineando y la camisa a rayas un poco estirada en la barriga.

—¡Eh, fuera de aquí! ¿No tenéis otra cosa que hacer? Largo, venga, fuera.

Mara retrocedió al instante, bajando la cabeza. Elliot se quedó un segundo más, devolviéndole la mirada al tendero. Hubiera querido decirle que no estaba robando nada, que solo querían mirar, pero no valía la pena. Tomó la mano de Mara y se alejaron sin prisa.

Caminaron un par de calles, en silencio. Mara miraba el suelo, saltando charcos cuando podía, hasta que de repente soltó:

—¿Ves? Eres mago.

Elliot guardó silencio. Sus ojos seguían el movimiento de transeúntes y vehículos, pero no veía nada. Al detenerse frente al semáforo rojo, contempló su mano derecha por un instante, flexionando los dedos. Dejó caer la mano y se encogió de hombros.

—Si soy mago, puede que tú seas bruja.

Mara se echó a reír. Le brillaban los ojos, y por un momento, la tos parecía un recuerdo de otra vida.

Siguieron andando hasta llegar a otro parque. Este era un rectángulo de césped con más barro que verde, delimitado por una verja negra que no cerraba del todo. Había columpios despintados, un tobogán oxidado que crujía y bancos de madera con las patas hundidas en la tierra. A Mara le encantaba el parque porque allí podías sentarte a mirar el cielo o jugar con las hojas y nadie te pedía explicaciones.

Se sentaron en el banco más alejado, el que daba la espalda a la calle. Mara empezó a buscar piedras en el barro, clasificándolas en montones según tamaño y color. Elliot vigilaba el cielo y, por si acaso, la calle. Temía que apareciese la policía. Aunque lo que más temía era que Mara se cansara demasiado o que la tos volviera de golpe.

No tardaron en ver al agente Smith.

Caminaba despacio por la acera. Sus ojos se detenían en las parejas, en los perros y, sobre todo, en los niños. Al principio, Elliot pensó que no los había visto. Pero a mitad de la ronda, Smith cambió de rumbo y se acercó al parque donde estaban ellos. Mara lo notó enseguida y se apretó más cerca de su hermano.

Smith se plantó frente al banco, al otro lado de la verja, con las manos entrelazadas a la espalda. Era un hombre grande, ancho de hombros, y su sombra se extendía sobre la madera gastada, devorando los extremos del asiento. No dijo nada al principio. Solo los observó con calma, hasta que creyó que los había intimidado lo suficiente.

—Hola, chicos.

Elliot se giró de golpe, con la espalda tensa y la barbilla alzada.

—¡No estamos haciendo nada malo! 

Smith desvió la mirada hacia Mara, y en ese segundo, su expresión cambió. Fue un vistazo rápido, pero preciso: notó las manos finas y pálidas, el rubor demasiado intenso en sus mejillas, el temblor casi imperceptible en su mentón. No era la mirada de un policía. Era la de alguien que reconoce una herida.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó, y su tono no sonó a interrogatorio, sino a preocupación genuina, como la de un tío que sabe que algo va mal.

—Ocho —respondió Mara, tan bajo que casi se perdió entre el ruido de la calle.

Smith asintió, lento. Luego, sin prisa, dirigió los ojos hacia Elliot.

—¿Y tú te llamas hermano mayor? ¿No ves que tu hermana necesita ver a un médico?

Elliot sintió cómo el pecho se le apretaba. La rabia y el miedo se le enredaron en la garganta, y las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas:

—¡Demonios! ¡Estamos bien! ¡Lárguese!

—Oye, chico. Ella no está bien. Debes llevarla a un hospital. Hay clínicas que atienden a niños como vosotros, aunque no tengáis papeles ni padres que firmen. No te lo digo solo porque sea policía. Te lo digo porque quiero ayudar.

Elliot apretó los puños hasta sentir cómo los nudillos le crujían bajo la piel. Mara, a su lado, alzó la mirada hacia él, con los ojos muy abiertos, esperando.

—¡Maldita sea! Ella odia los hospitales. Siempre la dejan peor. No vamos a ir.

Smith soltó un suspiro largo. 

—No lo digo por ti. Mírala. Mira su cara. No puedes curarla solo, por mucho que lo desees.

Elliot bajó la cabeza, sintiendo cómo la garganta se le secaba. No era la primera vez que alguien le decía algo así, pero esta vez… esta vez el policía no sonaba como los demás. No sonaba a fórmula, a protocolo, a palabras vacías. Sonaba a verdad. Y eso dolía más.

—Te entiendo. Yo también tuve una hermana pequeña. A veces uno cree que basta con querer mucho para proteger a los que te importan. Que el amor solo, sin más, puede arreglarlo todo. Pero hay momentos en los que se necesita ayuda, ¿sabes? Y no hay que avergonzarse por pedirla.

Elliot miró a Mara. Ella lo observaba a él, con los ojos brillantes y las manos apretadas contra su abrigo raído. 

—No vamos a ir a ningún hospital. 

Smith asintió, despacio.

—Bien. No quiero molestaros más. Pero si cambias de opinión —y miró a Elliot con una intensidad que no admitía dudas—, búscame en la comisaría del barrio. O díselo a cualquier otro policía. Te prometo que nadie os hará daño. Solo queremos ayudaros. Pero no esperes demasiado, ¿de acuerdo? 

Y con eso, se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás su sombra y un silencio que pesaba más que todas sus palabras.

Mara, tras un minuto largo, susurró:

—Tengo miedo.

—No tienes que tenerle miedo a nadie si estoy yo —dijo Elliot, y le revolvió el pelo.

El cielo, incapaz de decidirse, lanzó un primer chaparrón corto. Las gotas caían gruesas, repiqueteando en las hojas y los bancos. Mara se cubrió la cabeza con las manos y miró el agua, fascinada.

—¿Corremos al refugio? —preguntó Elliot.


───────── ✧ ─────────


Mara y Elliot corrían pegados el uno al otro, buscando el amparo de la arboleda del parque. La lluvia los cegaba, pero seguían adelante. Elliot notó que el aire se le atascaba en los pulmones. En la puerta principal, a contraluz de los faroles desleídos, dos figuras altas: Mike y Joey. Los reconoció antes de que hablaran, por la forma de andar, por el modo en que uno ladeaba la cabeza y el otro se metía las manos en los bolsillos. 

Elliot tiró de Mara y aminoró el paso, sopesando si les daría tiempo de cruzar el parque antes de que los otros reaccionasen. Mara se pegó al cuerpo de su hermano.

—Sigue andando —le susurró Elliot.

Pero Mike y Joey ya habían empezado a avanzar. Les cerraban el paso por el sendero de grava, que se iba empapando hasta convertirse en fango. Elliot estudió el parque. No había modo de esquivarlos, pero aún podían recular y buscar la salida trasera. Dieron media vuelta y corrieron hacia la verja oxidada. Al doblar la esquina del parque, una sombra se adelantó y les bloqueó la salida. 

Helene.

La reconoció de inmediato por la chaqueta de cuero que había robado del contenedor de donaciones. Llevaba un cigarro encendido entre los labios, aunque el viento y el agua lo habían convertido en una cuerda flácida y mustia. Se agachó para mirarlos mejor, exhalando una nube de humo tan agria que a Elliot le revolvió el estómago.

—¿Dónde os creíais que ibais? —preguntó. Su voz era ronca, casi cavernosa.

Mara se escondió detrás de Elliot, apretando su brazo. Helene se acercó un par de pasos más, con el cigarro tambaleando entre sus dientes. Se detuvo a una distancia justa, la suficiente para que los niños olieran el olor a tabaco húmedo y a colonia barata. Elliot no apartaba la mirada del cigarrillo.

—Se os ve muy bien juntos. El héroe y su princesa —dijo Helene, entornando los ojos—. Lástima que ni uno ni otro os sirváis para nada.

—Déjenos ir —suplicó Mara.

Helene ignoró a la niña. Miró a Elliot con el desprecio de quien examina un trozo de carne mohosa.

—Me traéis a la policía al barrio y todavía tenéis el descaro de aparecer aquí. 

—No era nuestra intención —dijo Elliot—. A nosotros tampoco nos gusta la policía.

La mujer escupió el cigarro al suelo y lo pisoteó. Elliot cerró los ojos un momento y soltó el aire que tenía en los pulmones.

—Calla, imbécil. ¿Tú te crees que soy tonta? La muy zorra de la orientadora social estuvo husmeando en casa, preguntando por vosotros. A saber qué historias habéis contado.

—No hemos contado nada. No queremos más casas de acogida. Mara y yo nos valemos solos.

Helene rio por la nariz.

—¿Vosotros? Solo hay que mirar a la estúpida de tu hermana para darse cuenta de que está enferma.

En ese momento, Mike y Joey aparecieron por detrás, cerrando el círculo. La lluvia les resbalaba por las caras adolescentes y los ojos estaban llenos de oscuridad. Joey se tronchaba de risa cada vez que Mara intentaba esconderse más detrás de su hermano. Mike no se reía. Avanzó con las manos abiertas y las uñas negras.

Elliot miró el suelo en busca de algún objeto, una rama, una piedra, cualquier cosa. No encontró nada. Recordó la vez que estuvieron rodeados por Smith y Harris. Miró las manos, las cerró hasta sentir las uñas enterrarse en las palmas. Cerró los ojos. Imaginó el suelo helado, pegándolos al sitio. Apretó los dientes y los párpados con todas sus fuerzas.

Nada.

Abrió los ojos. Helene estaba más cerca. Tenía la boca torcida en una media sonrisa que era la antítesis de cualquier afecto humano.

—Ya es hora de que volváis a casa con mamá Helene.

—¡Tú no eres nuestra madre! 

Helene soltó una risa seca.

—Eso ya lo sé, idiota. Pero para el sistema, sí.

Mike fue el primero en mover ficha. Dio dos pasos rápidos y agarró a Mara del brazo, tirando de ella hacia atrás. La niña chilló. Elliot saltó al instante, interponiéndose entre ellos. Joey lo rodeó por la espalda, le agarró los dos brazos y lo inmovilizó. Mike se permitió una pausa para escupir en el suelo antes de arremeter: le dio a Elliot un puñetazo en la barriga, seco, profesional. El mundo se redujo a un punto de dolor que le atravesó la columna. Mara gritó de nuevo; el sonido se le clavó a Elliot en el corazón.

Helene aprovechó el desorden para agarrar a Mara con su propia mano. La cogió por el antebrazo con tal fuerza que los dedos dejaron marcas blancas en la piel. Mara no paraba de llorar. Elliot intentó soltarse, pero Joey era más fuerte, más grande. No había forma de luchar.

—¡Déjela! —berreó Elliot, con la voz rasgada por el golpe.

Joey le puso la zancadilla y lo tiró de boca al suelo. El sabor del barro se mezcló con la sangre de su propio labio partido. Luchó por incorporarse, pero Joey le empujó la cabeza hacia el fango, sujetándolo.

—Eso es, bro. Aprende a estar quieto —le susurró al oído.

Helene se inclinó hacia Elliot con la cara húmeda y desencajada.

—Por vuestra culpa, los de asuntos sociales se van a meter en lo mío. Como vuelvan a aparecer, no os encuentra ni Dios. Así que ya podéis dejaros de gilipolleces y comportaros.

Mara intentó zafarse, pero Helene la sacudió.

—Tú, niñata, más te vale aprender a obedecer. 

Mara lloraba a lágrima viva.

—¡Suéltela! —rugió Elliot, tratando de alzar la cabeza, pero Joey le apretó el cogote aún más.

Mike, mientras tanto, se arrodilló junto a Elliot y lo levantó de los pelos. Elliot chilló con los ojos cerrados. Lo pusieron de pie a la fuerza, sujetándolo entre los dos. Mike le dio otro puñetazo, esta vez en la boca. Elliot sintió el chasquido de su propio diente. 

—Eres un mierda, hermanito —susurró Mike, pegando la cara a la suya.

—No soy nada tuyo —consiguió musitar Elliot, sin poder evitar hacer muecas a causa del labio partido.

Y entonces, un ruido seco rompió el aire. Un golpe vibró en el brazo de Mike. El chico soltó a Elliot de inmediato y se llevó la mano al antebrazo, que colgaba flácido e inútil.

Elliot tardó una fracción de segundo en darse cuenta: alguien había aparecido detrás de Mike, y le había asestado un golpe limpio con un bate de béisbol. El chico gimió de dolor, retorciéndose.

Detrás del bate estaba Aristóteles.

El viejo tenía el bate como si hubiera nacido para sostenerlo: las piernas bien separadas, el mentón alzado y la mirada de loco que solo enseñaba cuando se cabreaba de verdad. Detrás de él, una bufanda roja ondeaba entre ellos. Elliot parpadeó. Era Peter. Junto a él, otros tres sintecho, de los que suelen pasar desapercibidos en los bancos del parque. El grupo estaba a cinco metros, pero bastó el solo golpe de Aristóteles para que Mike y Joey se quedaran clavados en el sitio.

—Suelta al chico —ordenó Aristóteles.

Joey, con un gesto torpe, dejó ir a Elliot, que cayó de rodillas. Mara, viendo el caos, intentó liberarse de la garra de Helene, pero no pudo.

Helene no se inmutó. Miró a Aristóteles directamente a los ojos.

—¿Qué haces tú aquí, viejo borracho? Métete en tus asuntos antes de que avise a la policía.

Aristóteles ignoró la amenaza y avanzó dos pasos. Detrás de él, Peter se remangó el abrigo militar. Los otros sintecho hacían bulto: una masa desordenada pero decidida. 

—Suelta a los niños —repitió Aristóteles.

Mike se rehizo, aun sobándose el antebrazo. Miró a Joey, luego a Helene, esperando una orden. Joey bajó la vista. Pero Helene no soltó a Mara, aunque tampoco avanzó.

—Ya habéis hecho bastante, joder. Largo de aquí, u os la lío de verdad.

Aristóteles se acercó hasta que solo los separaba medio metro. El bate colgaba de su mano derecha, pero la izquierda era un puño de nudillos viejos, duro y peligroso.

—Vamos. Sabes que si llamas a la policía, tú saldrías peor parada.

Un momento de silencio. Solo la lluvia y la respiración agitada de todos. Mara sollozaba, pero la voz de Aristóteles la tranquilizó lo suficiente como para que se aferrara al abrigo de Helene y dejara de forcejear.

Helene reculó. Fue imperceptible, un paso de nada, pero Aristóteles lo vio y supo que había ganado.

—Tienes suerte, viejo. Muy bien, tomad a los mocosos. Ya los pillaré en otro momento —dijo, empujando a Mara hacia el grupo de Aristóteles.

Elliot se puso en pie como pudo y corrió a abrazar a su hermana. La apretó con fuerza, sin importarle el dolor en el vientre ni el sabor a hierro en la boca. Mara tiritaba con los brazos flácidos y el pelo pegado en la cara por la lluvia.

Aristóteles hizo un gesto a Peter y los otros. Se interpusieron entre los niños y el trío de la casa de acogida, formando una barrera improvisada. 

Helene, Mike y Joey se marcharon reculando, sin dar la espalda, lanzando miradas envenenadas. Cuando por fin salieron del parque, la tensión se evaporó de golpe.

Aristóteles bajó el bate y se agachó junto a los hermanos. Miró a Elliot a los ojos.

—¿Qué parte de “no salgas del refugio” no has entendido?

Elliot bajó la cabeza. El nudo del estómago se había esfumado, pero en su lugar quedaba una vergüenza peor, una especie de deuda difícil de pagar.

—No quería poner en peligro a Mara.

—¿Entonces por qué la traes contigo?

Elliot no supo responder.

—Cuando te diga que te encierres, te encierras. Lo entiendes, ¿no?

Elliot asintió. El viejo miró a Mara, que aún tiritaba.

—Y tú, pequeña, deberías estar en cama.

Mara hizo un intento de sonrisa, pero solo le salió un sollozo. Aristóteles le revolvió el pelo con la mano izquierda; la única vez en la vida que Elliot lo vio hacer un gesto de afecto.

—Ahora, corred al refugio.

Echaron a correr, esquivando charcos y ramas caídas. El aire helado les llenaba la boca de sabor a lluvia. Cuando entraron por fin al edificio de oficinas donde estaba su escondite, Mara jadeaba, pero sonreía.


───────── ✧ ─────────


Apenas cerraron la puerta tras de sí, Mara se dejó caer sobre el colchón de cartón y periódicos con un suspiro entre risas, sacudiéndose el agua de los tobillos. Sus carcajadas salían en pequeñas gotas, brillantes y efímeras. 

Elliot se quedó quieto un momento, con la espalda apoyada en la puerta y el pecho subiendo y bajando al compás de un aliento que aún no recuperaba. Cerró los ojos. Por un instante —breve, frágil—, fue como si la fiebre nunca hubiera existido. 

Mara se arropó con la manta de cuadros, y al hacerlo, Elliot reparó en los detalles que la delataban: las mejillas brillantes por el esfuerzo; el cabello oscuro pegado a la frente. Pero sus ojos… sus ojos brillaban de una manera que no veía desde hacía semanas.

—¡Ha sido increíble! —dijo ella entre jadeos, con la voz aún temblorosa por la carrera—. ¿Has visto cómo corríamos?

Elliot no pudo evitar esbozar una media sonrisa.

—Parecíamos dos ratones huyendo de un león. 

Se sentía bien. Realmente bien. Hasta que la tos de Mara, agazapada todo el camino de regreso, despertó de golpe y lo tomó por sorpresa. Empezó leve, como una garrapata en el fondo del pecho, pero en segundos escaló a latigazos roncos. Mara se dobló sobre sí misma. Sus hombros temblaban bajo la manta.

Elliot fue hasta ella sin dudar. Le puso una mano en la espalda, frotando en círculos. Mara intentó sonreír, pero la tos la cortaba en pedazos.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —contestó su hermana cuando por fin pudo—. Es solo un poquito de agua en la garganta.

Elliot supo que era mentira, pero no insistió. Con gestos rápidos pero suaves, tomó su propia manta y la pasó por el cabello de Mara para secárselo y recoger las gotas que resbalaban hacia sus mejillas. Frotó sus pequeñas manos entre la tela áspera hasta sentirlas menos frías. Miró alrededor del refugio, buscando algo seco que pudiera reemplazar la ropa empapada que se pegaba al cuerpo tembloroso de su hermana, pero no encontró nada. Por un momento consideró ofrecerle su camiseta, pero al pasar los dedos por la tela, la sintió tan húmeda como la de ella. 

Fue hasta la caja de cartón que hacía de despensa, cogió una taza y sirvió agua del termo que Aristóteles les había dejado días atrás. Se la llevó a Mara, quien la bebió a sorbitos. Cada trago calmaba la tos aunque fuera por un segundo.

—¡Demonios! No debíamos haber corrido tanto.

Mara negó con la cabeza, exhalando el final de un acceso de tos.

—Sí debíamos. No cambiaría ni un minuto del paseo, aunque tosa toda la noche, hermanito. Ha sido estupendo.

Elliot se sentó a su lado, observando cómo Mara se acomodaba. Tenía las mejillas encendidas, pero los ojos igual de vivos. El contraste lo desarmaba: quería verla siempre así, pero sabía que el precio de la felicidad era caro y podía pagarse en salud.

—¿Recuerdas el escaparate? Lo congelaste de verdad. Eres mago. 

—O porque hace un frío de mil demonios.

Mara resopló, cansada pero terca.

—Tú no quieres verlo. Pero yo sí lo vi.

Elliot le apartó un mechón mojado de la frente. Mara lo miró con intensidad.

—¿Y si eres mago de verdad? No puedes desperdiciar ese don.

Elliot sonrió, con amargura.

—¿Para qué me sirve la magia si no puedo curarte? ¿De qué sirve congelar un cristal?

—Eso no lo sabes —replicó Mara—. Quizá en Howatts

—Hogwarts.

—Eso mismo. Quizá en Howards tengan una medicina que lo cure todo. ¿No sería bonito?

Elliot apartó la vista. 

—No quiero irme a ningún sitio sin ti.

—Quizá puedas llevarme contigo.

La tos volvió, más fuerte. Mara apretó los ojos, doblándose sobre sí. Elliot la sostuvo, sintiendo la fragilidad de los huesos bajo la manta. El agua no ayudaba, ni el frío del sótano. Cuando la crisis pasó, Mara se dejó caer sobre el catre, agotada.

—Lo siento.

—No tienes que sentir nada. Solo tienes que descansar.

La acomodó con delicadeza, asegurándose de que la manta cubriera los pies. Se quedó así, sentado a su lado, escuchando la respiración irregular y el golpeteo monótono de la lluvia contra la pequeña ventana.

—¿Sabes? Da igual lo que pase mañana. Hoy fue un día estupendo. Gracias, hermanito.

Elliot la observó dormir, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de una respiración que, por un instante, le permitió engañarse. El rostro de Mara, relajado en el sueño, casi saludable, le hizo creer. Pero entonces volvió la tos. Un sonido ronco, quebrado, que rasgó el silencio como un cuchillo. Y la culpa, siempre la culpa, le apretó el pecho con sus dedos de hierro.

Había querido regalarle una tarde de normalidad. Solo eso. Y lo único que había logrado era avivar la fiebre.

Maldijo en silencio. Maldijo a los magos, con sus hechizos inútiles. Maldijo a los adultos, esos que tenían soluciones para todos menos para ellos. Y, sobre todo, maldijo su propia impotencia, su incapacidad para protegerla.

30 de abril de 2026

Enrique Vallés Balaguer

Elliot Carter

Estudiante

Agente Smith

Policía

Mike

Hermano de acogida de Elliot

Mara Carter

Hermana de Elliot

Helene

Madre de acogida

Joey

Hermano de acogida de Elliot

Contar respiraciones

01

Capitulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capitulo 2

Tres latidos

03

Capitulo 3

El precio de la magia

04

Capitulo 4

El peso de la bolsa

05

Capitulo 5

Un día prestado

06

Capitulo 6

El peso del mundo

07

Capitulo 7

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

bottom of page