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Capítulo 6: Un día prestado
Capítulo 6: Un día prestado

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Capítulo 6

Un día prestado

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Londres, 20 de agosto de 2026

La mañana transcurría en una calma extraña. Elliot, sentado en un rincón, se afanaba en restregar con los nudillos una mancha rebelde de su abrigo, mientras a su lado, Mara canturreaba una tonada sin letra, baja y monótona, y hacía girar entre sus dedos una chapita oxidada. El dibujo casi borrado —un osito de peluche con un sombrero torcido— brillaba cada vez que la luz se filtraba por la rendija de la ventana. Lo había encontrado dos años atrás, perdido en una acera, y desde entonces lo guardaba como un tesoro.

Elliot cerró los ojos, dejándose llevar por el tintineo metálico de la chapita entre los dedos de Mara. Hacía días que Mara mejoraba, y la angustia que había llenado el refugio empezaba, por fin, a aflojar. Luego miró hacia el cristal y descubrió que la luz que se filtraba había dejado de ser gris para teñirse de un tono dorado, como si Londres, de pronto, hubiera recordado que era verano y quisiera disculparse por todos los días robados.

—¡Por fin sale el sol!

Mara se giró hacia la ventana con una sonrisa. 

—Hace un día estupendo.

Elliot no recordaba la última vez que la voz de su hermana sonaba tan clara. Se levantó y sacó un trozo de pan duro de la bolsa de comida y lo repartió entre los dos. Mientras comía, miraba a su hermana y notaba el pecho más ligero. Aun así, el leve temblor de sus manos y el exceso de color en sus mejillas seguían allí.

—¿Sabes qué me gustaría, hermanito? Que este sol durase una semana.

—No lo creo. ¡Demonios! Esto es Londres. Aquí el sol y la niebla llevan siglos en guerra, y no hace falta adivinar quién va ganando.

Mara se rio. Y Elliot, al verla y oír su risa, se unió a ella. Comieron en silencio un rato, hasta que Mara recogió la carta, olvidada en un rincón del suelo, y la sostuvo frente a la nariz. Le gustaba observar el escudo, aunque las letras se le resistían tanto como a su hermano.

—¿Qué harás con esta carta?

Su hermano alzó la vista y la miró confundido. Al ver el escudo, recordó.

—¡Ah! Nada.

—¿Por qué?

Elliot se encogió de hombros. 

—No es para mí —contestó, restándole importancia.

La niña lo miró fijamente, con el ceño fruncido.

—Por supuesto que es para ti.

Sin embargo, Elliot la ignoró y siguió comiendo, como si no le importara. Mara resopló.

—¿No dijiste que la dirección es la de este sótano?

Otro silencio, pero Elliot había dejado de masticar y miraba a su hermana.

—¿Y tú eres Elliot, no? 

Se interrumpió, esperando que su hermano atara cabos. Pero él la observaba sin parpadear.

—Elliot Brown —aclaró él.

Mara puso los ojos en blanco.

—Carter debe ser nuestro apellido real. —Se sentó y miró al techo un momento—. Elliot Carter y Mara Carter. Mmm... —Saboreó el sonido de sus nombres—. Me gusta cómo suenan, ¿sabes? Suena como si fuésemos gente importante.

—¿Gente importante? —preguntó Elliot, con una ceja levantada.

—¡Sí! De esas personas que hacen cosas que todos los mayores quieren leer en los periódicos.

Elliot rió y le removió el pelo a su hermana. El color había vuelto a las mejillas de Mara, y con él, esa chispa en sus ojos que tanto había echado de menos. Sus preguntas, sus teorías descabelladas, esa manera de ver conexiones donde él solo veía puntos sueltos.

Dejaron la discusión atrás y regresaron a sus pequeñas tareas: Elliot a su lucha contra la mancha del abrigo y Mara a hacer girar la chapita entre los dedos. Al rato, Mara miró a su hermano con los ojos brillantes.

—Elliot, ¿podríamos ir al parque?

Él la miró con el ceño fruncido.

—¿Con este frío?

—Mejor que quedarse aquí mirando el techo —insistió Mara—. Y además, prometiste que me llevarías algún día al Callejón Dragón.

—Diagon.

—Lo que sea.

Elliot se puso tenso.

—Cuando estés mejor.

Su hermana dio una patada fuerte al suelo.

—¡Ya estoy mejor! Mira, no tiemblo ni un poquito. 

Durante un instante, se miraron a los ojos, fijamente. Elliot apartó la mirada, apretando los labios. Luego, miró hacia la ventana y comprobó que no llovía. Su hermana, en silencio, dejó que fuera él quien tomara la decisión, pero no apartaba los ojos de él, mordiéndose una uña.

—Está bien. Pero solo un rato —se dio por vencido Elliot—. Por el barrio. El Callejón Diagon está demasiado lejos. Ya te llevaré cuando estés recuperada del todo, ¿vale? Y si empiezas a toser, volvemos al refugio. Palabra.

Mara volvió a estirar el meñique. Elliot entrelazó el suyo y lo selló.

—Trato hecho —dijo Mara, y la sonrisa le ocupó toda la cara.

Elliot ayudó a Mara a ponerse en pie. Al principio, fue torpe, las piernas de ella dudaron, tambaleantes. Pero enseguida encontró el equilibrio. Caminó despacio por el refugio, probando sus fuerzas. Luego, dio pequeños saltitos, como para demostrarle a Elliot que ya podía.

—¿Ves? Sana como una pera.

—Las peras se pudren rápido —dijo Elliot, pero Mara se echó a reír y le lanzó la manta.

Se pusieron los abrigos. Elliot comprobó que la bufanda cubriera bien la garganta de Mara, y ella se la ajustó con un nudo torpe. Al abrir la puerta, el aire frío de fuera les golpeó en la cara, pero Mara lo inhaló profundamente.

—¡Huele a aire limpio! —exclamó, y Elliot no quiso corregirla.


───────── ✧ ─────────


Elliot y Mara cruzaban la calle principal a paso lento, saboreando el regalo inesperado de un día sin fiebre y sin lluvia. El asfalto brillaba bajo la luz tímida del sol, salpicado de charcos que reflejaban el cielo como espejos rotos y hojas mojadas que se pegaban a las suelas de sus zapatos gastados. Cada pocos minutos, Elliot alzaba la vista, desconfiado, temiendo que las nubes pudieran traicionarlos.

Mara avanzaba con una determinación que no encajaba con su delgadez. Sin embargo, Elliot notaba que, de vez en cuando, casi sin darse cuenta, el peso de su hermana se apoyaba un poco más en él. Pero no le importaba. Él la cogía del brazo, dispuesto a ser su bastón, contento de ver que Mara caminaba con la cabeza alta y los ojos brillantes, pero sobre todo, más viva que nunca.

Como no tenían destino, paseaban tranquilamente y se detenían ante los escaparates de las tiendas. A Mara le fascinaban especialmente los que exhibían cosas absurdas como pelucas de colores o paraguas con los mangos con forma de pájaros. Elliot la dejaba mirar cuanto quisiera, disfrutando en secreto de cada exclamación de asombro.

Cuando llegaron a una calle más transitada, una mujer con abrigo de lana tiró de su hijo cuando este señaló la bufanda deshilachada de Mara. Elliot apretó los dientes y le indicó a su hermana un gato que saltaba por los cubos de basura al otro lado de la calle. Mara rio al verlo tropezar, ajena a todo. Él, en cambio, no apartó la vista de la mujer hasta que sus pasos se perdieron entre la multitud. Solo entonces respiró hondo y reanudó la marcha.

En una esquina, llegaron a una tienda de juguetes que tenía el escaparate repleto de figuras que llamó la atención de los dos hermanos. Había soldaditos de plomo, muñecas, coches en miniatura y, en el centro, sobre un pedestal giratorio, un osito de peluche que parecía saludar con sus patas delanteras cada vez que la plataforma lo devolvía al frente. 

—¡Mira, Elliot! Ese osito parece de los que te dan abracitos de noche.

Elliot miró a su hermana, que se había pegado a la ventana con la nariz contra el cristal y las manos formando visera mientras miraba con la boca abierta al peluche. El niño apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos palidecieron. En el reflejo del escaparate, sus ojos se encontraron un segundo con los de ella, que al instante volvió a mirar el peluche. Elliot chasqueó la lengua y apoyó las palmas contra el cristal. Durante un segundo deseó con todas sus fuerzas poder entrar y comprarlo. Frustrado, empujó con todas sus fuerzas.

De pronto, justo bajo su palma, el cristal comenzó a empañarse. En cuestión de segundos, una fina capa de escarcha se extendió en círculos irregulares y el vidrio emitió un crujido bajo y tenso. Elliot apartó la mano de inmediato, sobresaltado. Mara dio un paso atrás y se detuvo muy quieta, con los ojos fijos en el cristal. Al momento, el vaho empezó a disiparse junto con la escarcha que comenzó a retraerse lentamente hasta que el cristal recuperó su transparencia habitual.

Mara no podía apartar los ojos del cristal, mientras su hermano, en cambio, miraba alternativamente su mano y el escaparate. Durante unos minutos, los dos hermanos guardaron silencio y permanecieron inmóviles, ajenos al estruendo de la moto que aceleraba en la esquina y al pitido furioso del autobús que pasaba justo por detrás de ellos.

Unos momentos después, Mara giró la cabeza y miró a Elliot con la boca entreabierta sin saber qué decir. 

—Quizás tengo la mano congelada —dijo Elliot, encogiéndose de hombros.

Mara cerró la boca y sonrió. Siguieron mirando el escaparate hasta que el dependiente los cazó desde dentro. Era un hombre gordo, de cejas tan tupidas que parecían dos orugas negras trepando por la frente. Al verlos, frunció la boca en una mueca de asco. Salió a la puerta, con el llavero tintineando y la camisa a rayas un poco estirada en la barriga.

—¡Eh, fuera de aquí! ¿No tenéis otra cosa que hacer? ¡Largo, venga, fuera!

Mara retrocedió al instante bajando la cabeza. Elliot permaneció inmóvil mirando cómo el dependiente pasaba un paño por el cristal limpiando las huellas de los niños. Hubiera querido decirle que no estaba robando nada, que solo querían mirar, pero no valía la pena. Cogió la mano de su hermana y se alejaron sin prisa.

Caminaron un par de calles en silencio. Mara miraba el suelo, saltando charcos cuando podía, hasta que de repente soltó:

—¿Ves? Eres mago.

Elliot no le contestó; sus ojos seguían el movimiento de transeúntes y vehículos, pero no veía nada, ni siquiera oía el estruendo de la ciudad. Al detenerse frente al semáforo rojo, contempló su mano derecha por un instante, flexionando los dedos. Dejó caer la mano y se encogió de hombros.

De pronto, se rio y su hermana se le quedó mirando interrogativamente.

—Acabo de caer en que, si yo soy mago, puede que tú seas bruja.

Mara se echó a reír con él; le brillaban los ojos y, por un momento, la tos parecía un recuerdo lejano de otra vida. Entonces, comenzó a enumerar todo lo que haría si fuera una bruja: transformar la lluvia en caramelos, hacer que los gatos hablaran para contar chismes, volar sobre los tejados de Londres como si el cielo fuera suyo y, por supuesto, tendría un gato, porque toda bruja que se precie ha de tener un gato. Elliot se limitó a escuchar, guardando cada palabra como un tesoro.

Siguieron andando hasta llegar a otro parque. Este era un rectángulo de césped con más barro que verde, delimitado por una verja negra que no cerraba del todo. Había columpios despintados, un tobogán oxidado que crujía y bancos de madera con las patas hundidas en la tierra. A Mara le encantaba el parque porque allí podía sentarse a mirar el cielo o jugar con las hojas y nadie le pedía explicaciones.

Se sentaron en el banco más alejado, el que daba la espalda a la calle. Mara empezó a buscar piedras en el barro, clasificándolas en montones según tamaño y color. Sin embargo, Elliot no bajó la guardia: seguía vigilando el cielo y, por costumbre, la calle por si aparecía la policía. Aunque lo que más le aterraba era que Mara se cansara demasiado o que la tos volviera de golpe.

No tardó en ver al agente Smith que caminaba despacio por la acera. Sus ojos se detenían en las parejas, en los perros y, sobre todo, en los niños. Al principio, Elliot pensó que no los había visto, pero a mitad de la calle, Smith cambió de rumbo y se acercó al parque donde estaban ellos. Al verlo, Mara corrió al lado de su hermano.

Smith se plantó frente al banco, al otro lado de la verja, con las manos entrelazadas a la espalda. Era un hombre grande, ancho de hombros, y su sombra se extendía sobre la madera gastada, devorando los extremos del asiento. Durante unos minutos que los hermanos creyeron interminables, el agente solo los observó con calma, hasta que entendió que los había intimidado lo suficiente.

—Hola, chicos.

Elliot se levantó de golpe, con la espalda tensa y la barbilla alzada. Su hermana se pegó a su cuerpo y él la rodeó con el brazo.

—¡No estamos haciendo nada malo!

Smith desvió la mirada hacia Mara, y en ese segundo, su expresión cambió. Fue un vistazo rápido, pero suficiente para notar las manos finas y pálidas, el rubor demasiado intenso en sus mejillas y el temblor casi imperceptible en su mentón. Su mirada se transformó.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó, y su tono sonó a preocupación genuina, como la de un tío que sabe que algo va mal.

—Ocho —respondió Mara, tan bajo que casi se perdió entre el ruido de la calle.

Smith asintió, lento. Luego, sin prisa, dirigió los ojos hacia Elliot.

—¿Y tú te llamas hermano mayor? ¿No ves que tu hermana necesita ver a un médico? No puedes curarla solo, por mucho que lo desees.

Elliot sintió cómo el pecho se le apretaba. No era la primera vez que alguien le decía algo así, pero esta vez... esta vez el policía sonaba a verdad. Y eso le dolió. La sangre le hirvió en las venas, y las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas:

—¡Demonios! ¡Estamos bien! ¡Lárguese!

—Oye, chico. Ella no está bien. Debes llevarla a un hospital. Hay clínicas que atienden a niños sin recursos.

Durante un instante, la imagen de Mara respirando sin dolor cruzó por la cabeza del niño.

—¡No!

Apretó los puños hasta sentir cómo los nudillos le crujían bajo la piel. Mara, a su lado, alzó la mirada hacia él, con los ojos muy abiertos, esperando.

—¡Maldita sea! Ella odia los hospitales; siempre la dejan peor. ¿Por qué no se larga y nos deja tranquilos?

Elliot desvió la mirada, sintiendo cómo la garganta se le secaba. Smith soltó un suspiro largo. 

—Te entiendo. Yo también tuve una hermana pequeña. Créeme, quererla mucho no siempre es suficiente.

Elliot miró a Mara. Ella lo observaba a él, con los ojos brillantes y las manos apretadas contra su abrigo raído.

—No vamos a ir a ningún hospital.

Smith asintió, despacio.

—Bien. No quiero molestaros más. Pero si cambias de opinión —y miró a Elliot con una intensidad que no admitía dudas—, búscame en la comisaría del barrio. O díselo a cualquier otro policía. Te prometo que nadie os hará daño. Solo queremos ayudaros. Pero no esperes demasiado, ¿de acuerdo?

Y con eso, se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás su sombra y un silencio que pesaba más que todas sus palabras.

Mara, tras un minuto largo, susurró:

—Tengo miedo.

—No tienes que tenerle miedo a nadie si estoy yo —dijo Elliot, y le revolvió el pelo. Mara le sonrió y abrazó a su hermano mayor.

El cielo, incapaz de decidirse, lanzó un primer chaparrón corto. Las gotas caían gruesas, repiqueteando en las hojas y los bancos. Mara se cubrió la cabeza con las manos y miró el agua, preocupada.

—¡Corramos al refugio! —gritó Elliot, con el aire atascado en el pecho.

Empezaron a correr bajo la lluvia, sin advertir que alguien los observaba desde la entrada del parque.


───────── ✧ ─────────


Mara y Elliot corrían pegados el uno al lado del otro, buscando el amparo de la arboleda del parque y, aunque la lluvia los cegaba, seguían adelante. Cuando Elliot levantó la cabeza y miró más allá, distinguió dos figuras. Al principio, pensó que eran dos adultos cualquiera paseando. Sin embargo, al separarse de la puerta, el aire se le atascó en los pulmones al reconocerlos al instante por la forma de andar. Uno ladeaba la cabeza y el otro se metía las manos en los bolsillos, arrastrando los pies. No podían ser otros que sus dos hermanos de acogida, Mike y Joey.

Elliot tiró de Mara y aminoró el paso. Calculó si todavía les daría tiempo a cruzar el parque antes de que los otros reaccionaran.

—Sigue andando —le susurró Elliot.

Pero Mike y Joey ya habían empezado a avanzar, cerrándoles el paso por el sendero de grava, que se iba empapando hasta convertirse en fango. Elliot estudió el parque y no encontró la forma de esquivarlos, pero aún podían recular y buscar la salida trasera. Dieron media vuelta y corrieron hacia la verja oxidada. Oyeron los pasos apresurados de Mike y Joey cuando comenzaron a perseguirlos. Al doblar la esquina del parque, una sombra se adelantó y les bloqueó la salida; Helene.

La reconoció de inmediato por la chaqueta de cuero que había robado del contenedor de donaciones. Llevaba un cigarrillo encendido entre los labios, aunque el viento y el agua lo habían convertido en una cuerda flácida y mustia. Se agachó para mirarlos mejor, exhalando una nube de humo tan agria que a Elliot le revolvió el estómago.

—¿Dónde os creíais que ibais? —preguntó. Su voz era ronca, casi cavernosa.

Mara se escondió detrás de Elliot, apretando con fuerza su brazo. Helene dio un par de pasos, con el cigarrillo tambaleando entre sus dientes. Se detuvo a una distancia justa, la suficiente para que los niños olieran el olor a tabaco húmedo y a colonia barata. Elliot no apartaba la mirada del cigarrillo.

—Se os ve muy bien juntos. El héroe y su princesita —dijo Helene, entornando los ojos—. Lástima que ni uno ni otro os sirváis para nada.

—Déjanos ir, por favor —suplicó Mara.

Helene ignoró a la niña. Miró a Elliot con el desprecio de quien examina un trozo de carne mohosa.

—Me traéis a la pasma al barrio y todavía tenéis el descaro de aparecer aquí.

—No era nuestra intención —dijo Elliot—. A nosotros tampoco nos gusta la poli.

La mujer escupió el cigarrillo al suelo y lo pisoteó. Elliot cerró los ojos un momento y soltó el aire que tenía en los pulmones.

—Calla, imbécil. ¿Te crees que soy tonta? La muy zorra de la orientadora social estuvo husmeando en casa, preguntando por vosotros. A saber qué historias habéis contado.

—No hemos contado nada. No queremos más casas de acogida. Mara y yo nos valemos solos.

Helene rio por la nariz.

—¿Vosotros? Solo hay que mirar a la estúpida de tu hermana para darse cuenta de que está enferma.

En ese momento, Mike y Joey aparecieron por detrás, cerrando el círculo. La lluvia les resbalaba por las caras adolescentes y los ojos estaban llenos de oscuridad. Joey se tronchaba de risa cada vez que Mara intentaba esconderse más detrás de su hermano. Mike, en cambio, avanzó hacia ellos con las manos abiertas y las uñas negras.

Elliot miró el suelo en busca de algún objeto, una rama, una piedra, cualquier cosa. No encontró nada. Comenzó a retroceder, interponiéndose siempre entre los atacantes y Mara. De pronto, recordó la última vez que estuvieron rodeados por los agentes Smith y Harris. Miró las manos, las cerró hasta sentir las uñas enterrarse en las palmas; recordó el suelo helado. 

¡Conviértete en hielo, conviértete en hielo! ¡Vamos, vamos!

Nada.

¡Demonios! ¿Por qué no funciona?

Helene se acercó todavía más. Tenía la boca torcida en una media sonrisa que era la antítesis de cualquier afecto humano.

—Ya es hora de que volváis a casa con mamá Helene.

—¡Tú no eres nuestra madre!

Helene soltó una risa seca.

—Eso ya lo sé, idiota. Pero para el sistema, sí.

Mike fue el primero en mover ficha; dio dos pasos rápidos y agarró a Mara del brazo, tirando de ella hacia atrás. La niña chilló. Elliot saltó al instante, interponiéndose entre ellos. Joey lo rodeó por la espalda, le agarró los dos brazos y lo inmovilizó. Mike se permitió una pausa para escupir en el suelo antes de arremeter, dándole a Elliot un puñetazo en la barriga, seco, casi profesional. El mundo se redujo a un punto de dolor que le atravesó la columna. Mara gritó de nuevo; el sonido se le clavó a Elliot en el corazón.

Helene aprovechó el desorden para agarrar a Mara por el antebrazo con tal fuerza que los dedos dejaron marcas blancas en la piel. Mara no paraba de llorar y llamar gritando a su hermano. Elliot intentó soltarse, pero Joey era mucho más grande; no tenía forma de luchar contra él.

—¡Déjala! —berreó Elliot, con la voz rasgada por el golpe.

Joey le puso la zancadilla y lo tiró de boca al suelo. El sabor del barro se mezcló con la sangre de su propio labio partido. Luchó por incorporarse, pero Joey le empujó la cabeza hacia el fango, sujetándolo.

—Eso es, bro. Aprende a estarte quieto —le susurró al oído.

Helene se inclinó hacia Elliot con la cara húmeda y desencajada.

—Por vuestra culpa, los de asuntos sociales se van a meter en lo mío. Como vuelvan a aparecer, no os encuentra ni Dios. Así que ya podéis dejaros de gilipolleces y comportaros.

Mara intentó zafarse, pero Helene la sacudió.

—¡Tú, niñata, más te vale aprender a obedecer!

Mara lloraba a lágrima viva.

—¡Suéltala! —rugió Elliot, tratando de alzar la cabeza, pero Joey le apretó el cogote aún más.

Mike, mientras tanto, se arrodilló junto a Elliot y lo levantó de los pelos. Elliot chilló con los ojos cerrados. Lo pusieron de pie a la fuerza, sujetándolo entre los dos. Mike le dio otro puñetazo, esta vez en la boca. Elliot sintió el chasquido de un diente.

—Eres un mierda, hermanito —susurró Mike, pegando la cara a la suya.

—No soy nada tuyo —consiguió musitar Elliot, sin poder evitar hacer muecas a causa del labio partido.

Un golpe seco rompió el aire. Mike gritó de dolor y su brazo cayó muerto, soltando a Elliot de inmediato. Elliot tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que Aristóteles había aparecido detrás de Mike, y le había asestado un golpe limpio con un bate de béisbol. 

El viejo cogía el bate como si hubiera nacido para sostenerlo: las piernas bien separadas, el mentón alzado y la mirada de loco que solo enseñaba cuando se cabreaba de verdad. Detrás de él, una bufanda roja ondeaba entre ellos. Elliot parpadeó incrédulo. Era Peter. Junto a él, otros tres sintecho, de los que suelen pasar desapercibidos en los bancos del parque. El grupo estaba a cinco metros, pero bastó el solo golpe de Aristóteles para que Mike y Joey se quedaran clavados en el sitio.

—Suelta al chico —ordenó Aristóteles.

Joey, con un gesto torpe, dejó ir a Elliot, que cayó de rodillas. Mara, viendo el caos, intentó liberarse de la garra de Helene, pero no pudo. La mujer no se inmutó. Miró con desprecio a Aristóteles directamente a los ojos.

—¿Qué haces tú aquí, viejo borracho? Métete en tus asuntos antes de que avise a la pasma.

Aristóteles ignoró la amenaza y avanzó dos pasos. Detrás de él, Peter se remangó el abrigo militar. Los otros sintecho hacían bulto como una masa desordenada pero decidida.

—Suelta a los niños —repitió Aristóteles.

Mike se rehízo, aun sobándose el antebrazo. Miró a Joey, luego a Helene, esperando una orden. Joey dio un paso atrás. Pero Helene no soltó a Mara, aunque tampoco avanzó.

—Ya habéis hecho bastante, joder. ¡Largo de aquí, vejestorios!

Aristóteles se acercó hasta que solo los separaba medio metro. El bate colgaba de su mano derecha, pero la izquierda era un puño de nudillos viejos, duro y peligroso.

—Los que tienen miedo de la policía no suelen amenazar con llamarla.

Un momento de silencio donde solo se oía la lluvia y la respiración agitada de todos. Mara sollozaba, pero la voz de Aristóteles la tranquilizó lo suficiente como para que dejara de forcejear. Helene reculó; fue imperceptible, un paso de nada, pero Aristóteles lo vio y supo que había ganado.

—Tienes suerte, viejo. Muy bien, tomad a los mocosos. Ya los pillaré en otro momento —dijo, empujando a Mara hacia el grupo de Aristóteles.

Elliot se puso en pie como pudo y corrió a abrazar a su hermana. La apretó con fuerza, sin importarle el dolor en el vientre ni el sabor a hierro en la boca. Mara tiritaba con los brazos flácidos y el pelo pegado en la cara por la lluvia.

Aristóteles hizo un gesto a Peter y los otros. Se interpusieron entre los niños y el trío de la casa de acogida, formando una barrera improvisada. Helene, Mike y Joey se marcharon reculando, sin darles la espalda y lanzando miradas envenenadas. Cuando por fin salieron del parque y se alejaron, la tensión se evaporó de golpe.

Aristóteles bajó el bate y se agachó junto a los hermanos. Miró a Elliot a los ojos.

—¿Qué parte de «no salgas del refugio» no has entendido?

Elliot bajó la cabeza. El nudo del estómago se había esfumado, pero en su lugar quedaba una vergüenza peor, una especie de deuda difícil de pagar.

—No quería poner en peligro a Mara.

—¿Entonces por qué la traes contigo?

Elliot no supo responder.

—Cuando te diga que te encierres, te encierras. Lo entiendes, ¿no?

Elliot asintió. El viejo miró a Mara, que aún tiritaba.

—Y tú, pequeña, deberías estar en cama.

Mara hizo un intento de sonrisa, pero solo le salió un sollozo. Aristóteles le revolvió el pelo con la mano izquierda; la única vez en la vida que Elliot lo vio hacer un gesto de afecto.

—Ahora, corred al refugio.

Echaron a correr, esquivando charcos y ramas caídas. El aire helado les llenaba la boca de sabor a lluvia. Cuando entraron por fin al edificio de oficinas donde estaba su escondite, Mara jadeaba y respiraba entrecortadamente. Cuando empezaron a bajar los escalones, Mara sufrió un ataque de tos que a Elliot le retumbó en los oídos.

7 de agosto de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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