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Capítulo 2
Dos manzanas asadas
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Londres, 15 de julio de 2026
Era mediados de julio, pero Elliot no lo habría jurado, pues la lluvia incesante y la niebla que se arrastraba por las calles hacían que el agua se acumulase por todas partes, y que todo oliese a humedad vieja, y a algo que no iba a secarse nunca porque había olvidado que era el sol. Veía cómo los paraguas pasaban por el cruce del final del callejón sin detenerse y sin mirar en los rincones.
El reloj de la torre daba las doce. Miró al cielo; si no fuera por las campanadas, nadie creería que era mediodía. Llevaba dos horas tiritando detrás de un contenedor azul, inmóvil salvo por los dedos, que retorcía en silencio para que no se congelasen. El contenedor estaba junto a la puerta trasera de un restaurante italiano en un callejón donde la luz apenas entraba, con la basura acumulándose en las esquinas y donde el único camino posible era el de regreso.
La puerta de la cocina chirrió, y la luz del interior iluminó a un tipo con delantal y gorra de pescador que asomó la cabeza. El hombre echó una ojeada rápida, gruñó algo ininteligible y salió con varias cajas de pizzas. Al llegar al contenedor, miró alrededor y, al no ver más que la nada, tiró las cajas al contenedor y volvió a entrar sin más.
Elliot contó hasta veinte, y solo entonces se arrastró hasta el contenedor. Levantó la tapa y asomó la cabeza. La peste le hizo retroceder unos segundos, pero lo que vio lo animó: pan medio tierno, trozos de tomate aún rojos, porciones de pizza, incluso una albóndiga entera. Todo un festín; un buen regalo de cumpleaños. Cogió todo lo que cupo en una bolsa que sacó del abrigo y, con las manos entumecidas, esbozó una sonrisa que no recordaba haber tenido en días. Cerró la tapa del contenedor, sabiendo que aquel día Mara no se iría a dormir con el estómago vacío.
Un zarpazo lo cogió por el cuello de la chaqueta. Elliot se revolvió, sorprendido, pero la mano tenía la fuerza de una garra; dura, rugosa, pero sobre todo, sin paciencia. Alzó la vista y se encontró cara a cara con el mismo policía de siempre, aunque no necesitó verlo bien para reconocerlo. Era ese gigante que parecía oler el miedo a varias calles de distancia, el agente Smith.
—¿Otra vez tú? ¿No tienes otro sitio donde mendigar?
Elliot intentó zafarse, pero la mano del policía lo mantenía clavado contra el contenedor.
—¡Demonios! No estoy mendigando.
—Mocoso. No tienes edad para vagar solo por estas calles. Vamos, te llevaré a tu casa.
Elliot se retorció, intentando soltarse.
—Por favor, no. Nos las apañamos solos.
—¿Solos? Mírate revolviendo basura.
—¿Y qué? —Elliot se enderezó, desafiante, aunque sus rodillas amenazaban con doblarse—. No vamos a volver a vivir en una familia que no es la nuestra. Al menos aquí...
—¡No digas tonterías!
Elliot apretó los labios, se irguió todo lo que su pequeño cuerpo le permitió. El hombre se quedó mirándolo un instante. Luego su mirada vagó por el callejón.
—¿Dónde está tu hermana?
Elliot bajó la cabeza, huyendo de sus ojos.
—No está aquí.
—No me tomes por idiota. Sé perfectamente que no está —su voz se endureció—. ¿Dónde diablos está?
—¡Demonios! ¿Y a ti qué te importa?
El agente suspiró. Por un segundo, la presión en el cuello se aflojó. Elliot aprovechó el instante y metió la mano debajo del abrigo, asegurándose de que la bolsa seguía allí.
—Mira, mocoso —dijo Smith, resignado—. Si no llevamos pronto a tu hermana al hospital…
Un escalofrío recorrió la espalda de Elliot.
Si aquella noche, yo…
Sus manos comenzaron a temblar. Bajó la vista y relajó los hombros. Smith aflojó la zarpa.
—Vamos. Llévame con tu hermana. Tranquilo, Helene os cuidará.
—¡No! Esa borracha no volverá a tocarnos.
El agente Smith enarcó una ceja y calló; lo soltó del cuello, pero lo agarró del brazo con fuerza y lo giró hacia él. Elliot esperó el golpe, que nunca llegó; en su lugar, el policía lo miró con una calma que le heló más que cualquier amenaza.
—Pareces fuerte. En unos años podrás cuidarla perfectamente, pero no ahora. Eres el mayor. —Su voz se suavizó hasta casi parecer paternal—. Hazlo por ella.
Por un segundo, Elliot no supo si aquello era una amenaza o un ruego. Esperó inmóvil su momento, que no tardó en llegar, pues en el instante en que la mano del agente Smith aflojó, reaccionó propinándole una patada seca y precisa en la espinilla y luego salió corriendo.
A su espalda, los gritos del agente Smith rebotaban entre los edificios, mezclándose con el eco de sus maldiciones y el ruido de sus pasos irregulares. Pero Elliot no miró atrás para comprobar si se había librado del agente; apretó la bolsa de comida contra su pecho y aceleró todo lo que pudo.
Sabía que el barrio era una telaraña pegajosa, un lugar donde cada esquina podía convertirse en una trampa y él lo conocía como la palma de su mano. Dobló por callejones estrechos, saltó charcos, se deslizó entre montones de basura apilada, se coló entre coches y peatones distraídos —todo sin tropezar con nada— y, de vez en cuando, entre jadeos, oía al agente Smith maldecir al darse contra un cubo, al chocar contra un transeúnte o al resbalar en el barro. Pero no se detuvo hasta encontrar el agujero en la valla que rodeaba el parque, ese paso estrecho por el que Smith —con su enorme cuerpo— nunca podría colarse.
Se metió por él, arrastrándose y, al levantarse rápido, aflojó la marcha creyéndose seguro. Pero entonces escuchó el ruido de las botas del policía trepando por la verja y el crujir del metal bajo su peso. Sin haber tenido el tiempo suficiente para recuperar el aliento, volvió a acelerar mientras maldecía la insistencia de aquel policía. Tuvo que salir por el otro lado del parque, doblando dos esquinas más, hasta que, exhausto, encontró la cuesta que llevaba a la verja cubierta de hiedra. Detrás de ella, el patio trasero de un pub, el único lugar al que ni los gatos se atrevían a entrar.
Se deslizó entre los barrotes oxidados, buscando el rincón más oscuro. Y allí se pegó al muro y se hizo pequeño con la espalda contra el cemento, intentando controlar la respiración, aunque el aire le quemaba en los pulmones. Allí agazapado, pensó en las palabras del policía sobre Mara; apretó los puños hasta sentir las uñas que se clavaban en sus palmas.
Escuchó el portazo del pub, una carcajada apagada y el tintineo de vasos; pero ni rastro del agente. Aguzó el oído concentrándose más allá del pub. Hasta él llegaba el rumor de la ciudad: los coches a lo lejos, el gruñido distante de alguna grúa y los aullidos lastimeros de perros callejeros. Elliot cerró los ojos, mientras una sonrisa se asomaba y su corazón volvía poco a poco a su ritmo habitual.
Por fin dejó escapar todo el aire que había contenido. Abrió la bolsa y revisó lo que había rescatado del contenedor. Pero de pronto, oyó el sonido de botas que se acercaban por la calle. Cerró la bolsa y se aplastó contra los ladrillos. Las pisadas se detuvieron justo al otro lado de la verja cubierta de hiedra. Elliot distinguió la silueta de Smith entre el follaje. Estaba de espaldas a él, pero si giraba la cabeza, lo descubriría. Con cuidado, se pegó todo lo que pudo al muro, rogando que la sombra lo tragara.
Y sin previo aviso, el muro... desapareció. Su cuerpo se precipitó hacia atrás, y su hombro golpeó el pavimento empapado con un dolor sordo que le arrancó un gemido ahogado. Aturdido, parpadeó una y otra vez.
Cuando alzó la vista, el muro estaba allí de nuevo, pero no a su espalda como debería ser. Estaba justo frente a él.
───────── ✧ ─────────
Tardó unos segundos en reaccionar. Se sentó y se aseguró de que todavía tenía la bolsa con la comida. Luego, se incorporó despacio. Permaneció inmóvil con los ojos fijos en el muro, pero solo vio ladrillos viejos, feos y desgastados como el de cualquier otro muro; y, sin embargo, Elliot sentía en el pecho que algo en el aire había cambiado, como el reflejo de un charco cuando lo pisas.
Dio media vuelta y miró a su alrededor. Ya no estaba en el patio trasero del pub; se encontraba en medio de una calle que no reconocía. El suelo bajo sus pies era de adoquines irregulares, resbaladizos por efecto del agua de la lluvia, y el aire olía a una mezcla extraña de calabaza, azúcar quemado y leña.
Los edificios, bajos y desalineados, se amontonaban en colores que no combinaban entre ellos: uno de verde botella contra otro de rosa chicle o uno de azul sucio apoyado junto a otro de un amarillo enfermizo. La gente vestía raro con túnicas y sombreros puntiagudos. Se fijó en que nadie corría, ni empujaba; y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que más le llamó la atención.
Elliot parpadeó varias veces. Se masajeó el hombro dolorido y, por fin, avanzó intentando pasar desapercibido, aunque no era difícil, pues la calle estaba tan llena de gente extraña que él parecía casi normal. Sin embargo, sus ojos ignoraron a los transeúntes al descubrir los diferentes escaparates de las tiendas, que mostraban productos cada vez más y más raros. Sus pies se detuvieron frente a una tienda que tenía en el escaparate una escoba suspendida en el aire girando lentamente. Elliot se pegó al cristal con el cuello estirado buscando un hilo, una cuerda o cualquier cosa que sujetase la escoba, pero no había nada. Siguió avanzando, y entonces, el corazón le dio un vuelco al ver, en el siguiente escaparate, unos zapatos que bailaban solos.
Se rascó la cabeza con aire distraído mientras daba un giro completo, escudriñando la calle con curiosidad. El resto de transeúntes pasaban indiferentes ante los escaparates. Volvió a fijarse en los zapatos, hasta que se vio reflejado en el cristal con cara de idiota y la boca abierta de par en par. Carraspeó, avergonzado, y reanudó su camino, aunque eso sí, sin apartar los ojos de los escaparates. Estaba tan absorto que no vio a la mujer que cruzaba por delante de él… hasta que tropezó con ella.
—A ver si miras por dónde vas, jovencito —le recriminó la mujer.
—Lo siento, señora —logró decir Elliot.
La mujer se alisó el vestido mientras lo miraba por encima de las gafas.
—Bien, no pasa nada. Nadie ha salido herido, ¿verdad?
Le dedicó una sonrisa amable y, cuando se disponía a marcharse, Elliot la detuvo con una pregunta:
—Disculpe, señora… ¿Me podría decir dónde estamos?
Ella lo miró con una ceja levantada.
—¿Dónde vamos a estar? En el Callejón Diagon, por supuesto.
Antes de que Elliot pudiera replicar, la mujer se perdió entre la multitud. Callejón Diagon. El nombre le sonó a un juego de palabras o a un acertijo. Siguió caminando sin un rumbo claro, dejándose llevar por la corriente de gente. Cada pocos pasos, algo nuevo reclamaba su atención.
Sin darse cuenta, se desvió por una calle más estrecha, atraído por un local que vendía objetos de segunda mano. El empedrado cambió bajo sus botas; las piedras eran más oscuras e irregulares y, cuando alzó la vista, notó que la luz había disminuido, pues las fachadas se inclinaban demasiado y tenían las ventanas más pequeñas, muchas de ellas cubiertas por rejas.
Aquí ya no había risas; las conversaciones eran bajas y la gente caminaba con prisa, evitando mirarse a los ojos. Un hombre pasó junto a él murmurando algo sobre «no meterse donde no te llaman», y otro, encapuchado, le lanzó una mirada rápida antes de desaparecer tras una puerta.
Algo se le cerró en el estómago, pero siguió avanzando. Fue entonces cuando oyó voces. Dos figuras encapuchadas, casi fundidas con la oscuridad, se dirigían hacia él, medio ocultas por la sombra de un edificio torcido. Hablaban en voz baja, pero el callejón estrecho hacía que las palabras rebotaran entre las paredes. Elliot se detuvo y, con un gesto que pretendía ser natural, giró hacia el escaparate de una tienda.
—…por eso debemos actuar, ya —decía uno de los encapuchados.
—¡Ya te lo he dicho! —le recriminaba el otro en voz baja—. Debemos esperar.
—¿Esperar? ¿Esperar a qué? Ella lo predijo, este año el linaje se manifestará.
—¡Chist! Baja la voz —le reprendió el otro entre susurros mientras le apretaba el brazo al otro.
Se detuvieron justo detrás de él. No sabía por qué, pero el corazón le latía con violencia. Bajó la cabeza, evitando el reflejo del cristal. Un paso atrás y podría tropezar con aquellos hombres.
—Pero no hay tiempo que perder —insistió el otro—. Este año estarán en Hogwarts.
—Sí, lo sé. ¿Pero no sabemos quiénes son?
—Por eso hay que actuar, ya.
Elliot sintió que los segundos se convertían en horas. Cuando por fin reanudaron su camino, alzó la vista con cautela, intentando captar sus rostros en el reflejo. Pero las capuchas lo impidieron.
—La pregunta es, ¿cómo?
—Tal vez... en la Sala de los Árboles del Ministerio...
Las voces se perdieron en la distancia. Solo entonces Elliot exhaló el aire que no sabía que había estado conteniendo, pero se mantuvo en la misma posición sin moverse. Se fijó en que la tienda donde se había detenido era de antigüedades. El cristal del escaparate estaba empañado por el tiempo, pero a través de él se adivinaban objetos oscuros y polvorientos: una calavera dentro de una copa de vidrio, espejos con marcos de plata ennegrecida y figuras que parecían observarlo desde las sombras. La tienda, con su puerta de madera gastada y el letrero apenas legible, le puso los pelos de punta.
De reojo, captó un destello verde en el cristal del escaparate. Alzó la vista con el corazón en un puño, convencido de que los hombres habían regresado. Pero no eran ellos. En el reflejo vio a un hombre elegante vestido de negro, de porte imponente y expresión altiva. Junto al hombre iba un muchacho albino de piel tan pálida como su cabello blanco, y sus ojos tan claros que casi no se distinguían de la esclerótica. Detrás, a unos pasos, avanzaba otro chico con traje negro y corbata verde, la única nota de color en la vestimenta de aquella familia. Durante un breve momento, este levantó la vista hacia su hermano y le lanzó una mirada fría. Elliot frunció el ceño. El albino pareció ajeno a la mirada de su hermano; siguió caminando junto a su padre sin volver siquiera la cabeza. Abrieron la puerta de la tienda, y la campanilla del interior resonó con un sonido metálico y hueco mientras los tres entraban.
Elliot volvió a buscar en el reflejo del escaparate; la calle estaba desierta. Giró por fin e intentó buscar la salida de aquel callejón. Caminó hasta el fondo, donde una tienda de mascotas exhibía criaturas extrañas: ratones del tamaño de gatos y pájaros cuyos plumajes brillaban con destellos iridiscentes en la penumbra. Pero no había ninguna salida, ni un hueco entre los edificios, ni siquiera una rendija por la que colarse. Solo paredes que parecían cerrarse a su alrededor.
Volvió sobre sus pasos inquieto y dobló una esquina al azar. El cambio fue inmediato. La calle seguía siendo caótica, pero más ancha y luminosa; las sombras se retiraban y el murmullo de voces volvía a llenar el aire.
Alguien le rozó el brazo y le pidió disculpas; al fondo oyó unas carcajadas mientras unos niños jugaban. El nudo en su estómago empezó a aflojarse. Aminoró el paso hasta recuperar el ritmo tranquilo de quien pasea sin prisa. La bolsa con la comida chocó contra su muslo y eso lo detuvo. Giró sobre sí mismo, desorientado, buscando el muro por donde había entrado, pero no lo vio. De pronto, sintió retortijones en el estómago.
Empezó a caminar más deprisa, buscando la salida. Al pasar frente a una tienda de golosinas, una mujer de pelo naranja chillón lo detuvo con una sonrisa. La mujer sostenía una manzana asada en cada mano, humeantes, doradas, con el azúcar caramelizado brillando bajo la luz de los faroles. Se las ofreció con un gesto amable y una sonrisa, sin mediar palabra.
Elliot dudó; miró las manzanas y la boca se le hizo agua. Alargó la mano hacia las manzanas, pero se detuvo. Se quedó allí, inmóvil, con los ojos fijos en el brillo caramelizado de la fruta, mientras se mordía el labio inferior con fuerza. La mujer insistió con un gesto cálido:
—¡Cógelas, anda! Están recién hechas.
Elliot murmuró un «gracias» casi inaudible, y las tomó con cuidado. Se alejó a toda prisa, mientras la cara se le encendía. Cuando llegó a una esquina, dobló y miró atrás. Nadie lo seguía; solo entonces se atrevió a acercar una manzana a la nariz.
Al envolverlo el olor caliente y dulce, el estómago le rugió con fuerza. Volvió a mirar alrededor, asegurándose de que nadie lo miraba; y entonces mordió la manzana. El sabor fue cálido y el estómago dejó de doler. Guardó la segunda manzana en su bolsa con un cuidado exagerado.
Siguió vagando, ahora con la manzana en una mano y la bolsa de comida en la otra. Después de un rato, encontró lo que parecía una plaza o lo más parecido, pues era un espacio redondo donde la gente se sentaba a comer y charlar. Elliot se sentó en el borde de una fuente, contemplando el caos ordenado del lugar. Estaba a punto de resignarse cuando vio el muro al otro lado de la plaza. Se levantó, corrió hacia él y lo tocó, pero no pasó nada.
Se quedó allí inmóvil, mirando el muro. Los dedos se le cerraron alrededor de la bolsa de comida. Dio un paso atrás, luego otro adelante, a un lado y al otro. Se detuvo con la respiración entrecortada. El aire le quemaba en la garganta. Miró hacia atrás, hacia el Callejón Diagon, y luego de nuevo al muro. Buscó alguna grieta o rendija, pero solo encontró el ladrillo frío e indiferente.
Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que cabía la posibilidad de no poder volver junto a su hermana. La dulzura de la manzana se transformó en su boca, dejando un regusto amargo que le revolvió el estómago.
Entonces, del callejón salió un hombre vestido de traje oscuro. Se plantó frente al muro, sacó del bolsillo una varita oscura, delgada como un lápiz, y golpeó tres veces los ladrillos con ella. El muro tembló y se abrió formando una puerta por la que el hombre pasó sin inmutarse.
Elliot dudó apenas un instante; cuando los ladrillos empezaron a moverse para cerrar la puerta, se lanzó hacia adelante y cruzó tras el hombre, sin mirar atrás.
De pronto, oyó el claxon de un coche seguido del aullido agudo de un motor que se perdía entre el eco de los altos edificios. El aire olía a humo, a gasolina y a un regusto metálico que se le pegaba a la garganta.
Detrás de él, los ladrillos recuperaron su lugar, perfectamente alineados. El muro era solo un muro de nuevo. Elliot se rascó la cabeza. Miró la manzana en su mano, aún tibia; luego la bolsa de comida, intacta; finalmente, miró el muro, gris y feo como siempre. Alargó la mano y lo tocó; seguía estando allí.
Se abrochó la chaqueta hasta el cuello, ajustando las prendas contra el frío, y salió del patio, sumergiéndose de nuevo en el torrente humano de Londres.
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Cuando Elliot entró a su refugio, Mara estaba sentada en una silla rota, cubierta por dos mantas y con las rodillas dobladas hasta la barbilla. Aristóteles estaba de pie junto a la mesa, clasificando pilas de periódicos y tarros vacíos.
—Llegas tarde, chico —dijo sin apartar la vista del tarro que estaba intentando abrir—. ¿Te has perdido o qué? La chiquilla casi se muere del susto.
Mara alzó la vista y, al verlo, se levantó de un salto, dejó caer las mantas a sus pies y corrió hacia él con los brazos extendidos.
—¡Elliot, por fin!
Él la abrazó con fuerza y, con suaves palmaditas en la espalda, intentó calmarla. Luego, se quitó el abrigo y lo sacudió con gesto cansado. Colocó el botín de la jornada sobre la caja que servía de mesa y, tras rebuscar en la bolsa, sacó la manzana asada que había guardado. Con una sonrisa de oreja a oreja, se la ofreció a su hermana.
—Mira qué tengo para ti, Mara.
—¿Es para mí?
Mara contempló la manzana un instante antes de hundir los dientes en ella. El dulzor le formó una enorme sonrisa, que le quitó un peso de encima a su hermano. La niña se acomodó en la silla desvencijada, envolviéndose mejor en las mantas, mientras masticaba despacio cada bocado.
—No me he perdido —contestó Elliot por fin a Aristóteles—. O eso creo…
Y se rascó la cabeza mientras miraba la manzana asada que se estaba comiendo Mara.
—Llegará el día en que no vuelvas, chico —advirtió Aristóteles mientras dejaba el tarro sobre la mesa.
—No teníamos nada para comer.
—Una cosa es ir a por comida y otra tardar más de tres horas, chaval. Tu hermana ha ido a buscarme de lo preocupada que estaba. Sabes perfectamente que Mara debe descansar. Además, sabes que la pasma os busca.
—Lo sé. Pero, ¿qué otra opción tenía?
Aristóteles lo miró fijamente a los ojos.
—Pedírmela a mí, chico.
—¡Maldita sea! Llevas casi una semana dándonos de tu comida, y apenas tienes para ti.
—¡Mírame, chico! —esperó a que Elliot alzara los ojos, y cuando lo hizo, continuó—. Yo me las apaño. Tú cuida de tu hermana, ¿entendido?
Elliot bajó la mirada y lanzó un suspiro.
—Vale.
Mara se irguió en su silla y alzó la barbilla hacia el anciano.
—¡Deja en paz a mi hermanito! Además, no necesito que nadie me cuide. Ya tengo ocho años.
Elliot se acercó y le pasó la mano por el pelo enmarañado.
—¡Anda! Por supuesto. Ya eres toda una señorita.
Aristóteles inclinó la cabeza hacia Mara.
—Tienes razón. Disculpa a este viejo gruñón, chiquilla —le dijo, con un guiño cómplice—. Solo que cuando alguien tiene fiebre, debe quedarse en cama tranquilito. Incluso los adultos lo hacemos.
Los ojos de Elliot seguían cada mordisco que Mara daba a la manzana, mientras ella observaba al viejo con mirada recelosa y sus hombros se relajaban poco a poco. Al acordarse de la bolsa, miró a los ojos al anciano con una sonrisa en los labios.
—De todas formas, mirad lo que he conseguido —y levantó la bolsa para que ambos pudieran ver su contenido.
Aristóteles asintió con un gruñido de aprobación.
—No está nada mal, chico. Nunca te había visto volver con comida tan buena —murmuró Aristóteles, acercándose para examinar el contenido de la bolsa—. ¿Dónde la conseguiste?
—En el callejón que hay detrás del Milleni.
Aristóteles silbó mientras examinaba el contenido de la bolsa.
—¡Menudo festín! Pizza, albóndigas, hasta un poco de carne... Ni en mis mejores días conseguí algo así.
Elliot se encogió de hombros con un brillo en los ojos.
—Solo estuve en el momento adecuado —dijo sin poder ocultar su sonrisa.
—¿Y esa manzana asada? —Aristóteles señaló la manzana que se estaba comiendo Mara, frunciendo el ceño—. No es precisamente lo que tiran los restaurantes.
Elliot abrió la boca y volvió a cerrarla rápidamente. Apretó los labios un segundo mirando el suelo. Finalmente, volvió a mirar a Aristóteles.
—No sé de qué hablas.
—¿Seguro? ¿No habrás entrado a alguna cafetería y tomado la manzana en —entornó los ojos y dibujó comillas en el aire con los dedos— calidad de préstamo?
Elliot se irguió con las mejillas encendidas.
—¡¿Qué?! No la he robado.
—¡Eh! Mi hermanito no es ningún ladrón —espetó Mara enfadada.
—Entonces que nos explique de dónde la ha sacado —insistió Aristóteles, cruzándose de brazos.
Elliot se pasó la lengua por los labios. Las palabras se le atascaban en la garganta y el sudor le resbalaba por la mejilla.
—Una mujer me la ofreció —susurró tan bajito que casi no le oyeron.
Aristóteles soltó una risa seca.
—¿Con este diluvio? Vamos, chico, invéntate algo mejor.
—¡Demonios! No estaba en Londres, ¿vale? —Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera frenarlas. Se mordió el labio con fuerza y se quedó completamente inmóvil. Solo sus ojos, nerviosos, saltaban del anciano a su hermana.
—¿Qué quieres decir con que no estabas en Londres? —preguntó Aristóteles con los ojos entornados.
—Es que… no era exactamente Londres… o quizás sí… —Elliot se pasó la mano por el pelo húmedo, y bajó la mirada evitando los ojos de sus dos compañeros.
—O estabas o no, chico. No nos líes.
Elliot se mordisqueó una uña, absorto, mientras su mirada se clavaba en la manzana. Alzó la vista y se encontró con su hermana, boquiabierta, mirándolo fijamente, y con el anciano, de brazos cruzados, esperando. Respiró hondo y se encogió de hombros.
—La verdad es que…
Las palabras salieron de golpe mientras les contaba su entrada al Callejón Diagon. Mara lo escuchaba con los ojos abiertos como dos lunas; en cambio, el viejo estudiaba el rostro de Elliot con los ojos entrecerrados. Cuando el chico acabó su historia, Aristóteles soltó un resoplido que pretendía ser una risa.
—¡Menuda imaginación tienes, muchacho! El hambre te está nublando la cabeza.
—¡Es verdad! —Elliot apretó los puños un segundo, pero al instante los aflojó, inseguro—. O… al menos eso creo.
Aristóteles se humedeció los labios con lentitud, pasando una mano por su barba gris, mientras negaba con la cabeza.
—¿Y dónde está, exactamente, ese callejón mágico tuyo? ¿En el País de Nunca Jamás, quizás?
—No lo sé. —Elliot bajó la voz de golpe, consciente de lo absurdo que sonaba todo. Pero entonces alzó la vista—. ¡Espera! La entrada estaba en el patio trasero de un pub. —Y mirando a su hermana, añadió:— Ese que siempre evitamos.
Aristóteles emitió un sonido entre risa y bufido, sacudiendo la cabeza. Abrió la boca para decir algo, pero Mara se le adelantó.
—Quiero ir al Callejón Dragón —interrumpió Mara.
—Diagon —la corrigió Elliot.
—Eso, eso, al Callejón Dragón —insistió Mara dando pequeños saltitos—. Vamos, hermanito, llévame al Callejón Dragón.
Aristóteles sacudió la cabeza con pesadez.
—Ni hablar, pequeña. Y en cuanto a ti, muchacho —apuntó a Elliot con un dedo acusador—, ya es hora de que pongas los pies en la tierra y de centrarte en lo que realmente importa.
Elliot apretó los labios y bajó la cabeza. Durante unos segundos el silencio reinó en el sótano. Mara pasaba la mirada de Aristóteles a su hermano y, con voz pequeña pero firme, lo rompió:
—Yo te creo. Y quiero verlo con mis propios ojos, hermanito. Estoy cansada de este sótano —sus manos se aferraron con fuerza a las de Elliot—. Llévame allí, por favor.
Elliot alzó la barbilla, solo un centímetro, pero suficiente para que la luz le iluminara los ojos. Y, aunque no sonrió, los labios dejaron de estar tan apretados. Aristóteles resopló sin rabia.
—Está bien. Pero antes, comed algo y dormid. Si mañana os despertáis y seguís queriendo ir, me lo contáis de nuevo y os acompaño. ¿Trato hecho?
Mara asintió satisfecha. Elliot también, aunque sus manos empezaron a temblar levemente.
—Trato.
El viejo se levantó con lentitud y se despidió con un gesto de cabeza. Nada más cerrarse la puerta, Mara pidió a su hermano que le contara más sobre el Callejón Diagon. Y Elliot, al verla tan viva, se le aflojó el pecho y se dejó llevar por el entusiasmo de Mara. Le contó todo: lo que había visto y lo que no, mientras giraba los restos de la manzana entre los dedos.
───────── ✧ ─────────
Elliot se despertó a la mañana siguiente antes que Mara. Se quedó allí tumbado a su lado, mirando el techo lleno de manchas de humedad y escuchando el ruido de la ciudad mientras volvía a la vida y a la rutina diaria. Alzó una ceja y se incorporó un poco en el catre al darse cuenta de que no oía el tamborileo constante de la lluvia que, durante semanas, había convertido Londres en un reflejo borroso de sí misma.
Miró hacia la ventana sucia y se fijó en que el sol, aunque presente, seguía siendo tímido; tan solo un destello pálido y dubitativo que se filtraba entre las nubes grises, mientras que el cielo, pesado y plomizo, parecía contener el aliento, como si la tregua fuera solo un suspiro entre dos tormentas.
Volvió a recostarse sin dejar de darle vueltas a la promesa que le había hecho a Mara la noche anterior. Ahora, al verla dormir a su lado tan quieta, se pellizcaba el labio inferior. Giró la cabeza y descubrió el corazón de la manzana que seguía sobre la caja que hacía de mesa. Se quedó mirándola durante unos segundos, hasta que finalmente, asintió.
A las diez, ya estaban en el refugio de Aristóteles, listos para partir hacia el Callejón Diagon. Mara, abrigada con dos bufandas, un gorro viejo y agujereado y un abrigo tres tallas más grande, avanzaba con pasos lentos y tímidos, pero sin soltar la mano de su hermano. Aristóteles, que nunca había tenido paciencia para excursiones, se encasquetó el abrigo con desgana y se colocó la gorra de lana sobre el pelo canoso y enmarañado.
Los tres se adentraron en las calles de Londres. Aristóteles cargó a Mara sobre sus hombros, como una reina en su trono, para que no tuviera que caminar, mientras Elliot abría camino como un pequeño explorador. El viejo arrastraba los pies a cierta distancia, resignado, aunque de vez en cuando bromeaba con Mara para romper el silencio.
Dieron varias vueltas sin encontrar el pub. Sin darse cuenta, empezaron a girar en círculos por las calles, hasta que Elliot se percató de que habían pasado por la misma esquina tres veces. Dio un pisotón fuerte y apretó los puños. Recordaba haber evitado aquel pub miles de veces, pero ese día, era incapaz de encontrarlo. Aristóteles mascullaba cada vez que Elliot cambiaba de dirección, pero Mara, ajena a la tensión, parecía feliz de estar fuera del sótano.
—¡Demonios! Seguro que está por aquí —insistió Elliot, doblando otra vez la calle del carnicero.
—Eso dijiste hace veinte minutos, chico. Volvamos al refugio —dijo el viejo, y al levantar la vista hacia el cielo, añadió con un gruñido:—. Antes de que esas nubes nos descarguen su agua.
Dio media vuelta, dispuesto a regresar al refugio, mientras Elliot bajaba la cabeza y se rascaba la nuca. Cuando Elliot alzó la vista, vio que el anciano se había alejado con Mara a cuestas. Suspiró, y cuando iba a seguir sus pasos, se fijó en el callejón oscuro que había justo a la derecha.
Durante unos instantes se quedó completamente inmóvil con los ojos clavados en el callejón. Allí, entre montones de basura, distinguió una puerta pintada de un verde oscuro y un cartel oxidado del mismo color que colgaba arriba de la puerta. Poco a poco, una enorme sonrisa se le dibujó en la boca.
—¡Es aquí! —les gritó a sus compañeros, mientras agitaba un brazo para que se acercaran y con el otro señalaba al callejón.
Aristóteles se detuvo y lo miró con escepticismo. Desde la distancia, Elliot no oía sus palabras, pero su expresión delataba que no estaba convencido. Solo ante la insistencia de Mara, que señalaba a su hermano con entusiasmo, el anciano cedió y regresaron junto a Elliot.
—«El Caldero Chorreante» —leyó el cartel el viejo, pronunciando cada sílaba con sarcasmo—. Vaya nombrecito. Curioso, he pasado por esta calle miles de veces y nunca había reparado en este pub. ¿Seguro que es aquí?
Con el pulso acelerado, Elliot asintió. Les hizo una seña y se metieron por otro callejón mucho más estrecho que había en un lado del pub hasta llegar a la verja cubierta de hiedra. Deslizó su cuerpo flaco entre los barrotes oxidados y entró al patio trasero del pub. Aristóteles dejó a la niña en el suelo y Mara, tan delgada como su hermano, lo siguió sin problemas. Sin embargo, el anciano intentó hacer lo mismo, pero sus hombros robustos chocaron contra el metal. Tras un par de intentos frustrados, resopló y se quedó al otro lado de la verja, observándolos desde la acera mojada.
—Fue justo aquí —dijo Elliot, extendiendo el brazo hacia la pared de ladrillos que cerraba el fondo del patio—. Solo necesitamos tocarlo. O quizás empujarlo un poco.
El chico avanzó y presionó su palma contra los ladrillos. Contuvo el aliento mientras contaba los segundos, pero no pasó nada. Se rascó una mejilla, mientras recordaba qué hizo el día anterior para abrir el muro. Intentó reproducir exactamente lo que había hecho el día anterior. Se colocó de espaldas, buscó las sombras y apoyó el cuerpo contra el muro igual que cuando se ocultó de Smith. Sin embargo, tampoco funcionó. Insistió con más fuerza, esta vez usando todo el peso de su cuerpo, hasta que la piel de sus manos ardió en protesta. No obstante, la pared continuó inmutable.
Desde el otro lado de la verja, Aristóteles los observaba. Bajó un poco la vista y resopló al ver la insistencia del niño. Pero Elliot no se dio por vencido. Se separó de la pared y, mientras se rascaba la barbilla, intentó recordar. De pronto, sus ojos se abrieron.
—¡Un momento! —exclamó Elliot, con un destello en los ojos—. Recuerdo que, cuando quise volver, un hombre golpeaba los ladrillos con... —Golpeaba el aire con la mano, como si dirigiera una orquesta con una batuta, pero la palabra no le venía… hasta que, de repente, se le iluminó el rostro—. ¡Claro! ¡Con una varita!
El viejo soltó una carcajada.
—¿Una varita? Pero, ¿te está oyendo, chico?
El chico apretó la mandíbula, decidido a ignorar las risas. Mara, sin embargo, se plantó frente a Aristóteles, con los brazos en jarras y una mirada de indignación. Iba a replicarle al anciano cuando su hermano la llamó:
—Mara, ayúdame a buscar una rama. Tal vez podamos construir una.
Aristóteles volvió a reír, pero los hermanos lo ignoraron. Recorrieron el patio encharcado, rebuscando entre los desperdicios. Finalmente, Elliot encontró una rama caída, la rompió hasta dejarla del tamaño adecuado y regresó al muro. Se detuvo delante de él e intentó recordar qué hizo el mago.
Golpeó primero un ladrillo de arriba, después uno de abajo, luego a la derecha y, por último, a la izquierda. Se separó, conteniendo la respiración, y esperó. Sin embargo, no ocurrió absolutamente nada. Volvió a probar con otra combinación: arriba, derecha, izquierda y abajo. El resultado fue el mismo. Probó con todas las combinaciones de cuatro golpes que se le ocurrieron. Luego probó con tres golpes, incluso con cinco. Pero no ocurrió nada, salvo que Aristóteles se impacientó todavía más.
Finalmente, exasperado, Elliot gritó con todas sus fuerzas, partió la rama contra su rodilla y arrojó con todas sus fuerzas los pedazos al suelo.
—¿Satisfecho? No hay nada aquí, chico —dijo Aristóteles—. Volvamos al refugio.
Pero Mara seguía allí, inmóvil, con la mirada clavada en el muro. Avanzó un paso, alargó la mano y rozó la superficie áspera de los ladrillos con la punta de sus dedos. Y en un susurro que parecía dirigido más a sí misma que a los demás, murmuró:
—Quizás está dormido hoy.
Aristóteles soltó un resoplido cansado.
—¡El único dormido es tu hermano!
Elliot se rascó la cabeza mientras miraba con los ojos entornados al muro. Mara se acercó a Elliot y le cogió la mano con sus dedos helados.
—Sé que existe, hermanito.
Sus labios temblaban, pero aun así dibujaron una sonrisa que su hermano correspondió. Aristóteles observó el intercambio y su expresión se suavizó.
El suave plic-plic de las primeras gotas de lluvia rompió el silencio.
—Es hora de irnos, antes de que esto se convierta en diluvio.
El chico asintió, resignado. Apretó la mano de su hermana y se preparó para abandonar el patio, pero antes de hacerlo, lanzó una última mirada al muro. Seguía allí, tan sólido e inmutable como cualquier otro muro. Por fin se alejó, con las manos en los bolsillos y más confundido que nunca.
30 de julio de 2026
Enrique Vallés Balaguer
