
Capítulo 2
Dos manzanas asadas
Era mediados de julio, pero nadie lo habría adivinado, pues la lluvia incesante y la niebla que se arrastraba por las calles hacían que el agua se acumulase por todas partes, y que todo oliese a humedad vieja, y a algo que no iba a secarse nunca porque había olvidado que era el sol. Los transeúntes pasaban de largo, tapados con sus paraguas y con la mirada fija en sus propios zapatos, mientras que los otros —los olvidados— se encogían en los rincones, contando las horas hasta que el agua dejara de caer. En los hogares, con la calefacción y arropados en mantas, la lluvia era una noticia, una anécdota extraña; en cambio, aquí era frío.
Elliot llevaba dos horas tiritando detrás de un contenedor azul, inmóvil salvo por los dedos, que retorcía en silencio para que no se congelasen. El contenedor estaba junto a la puerta trasera de un restaurante italiano. Era un callejón donde la luz apenas entraba, con la basura acumulándose en las esquinas y donde el único camino posible era el de regreso.
El reloj de la torre daba las doce. Miró al cielo; si no fuera por las campanadas, nadie creería que era mediodía. En aquel rincón olvidado, la oscuridad reinaba como si la luz hubiera elegido no pasar por allí. La puerta de la cocina chirrió, y la luz del interior iluminó a un tipo con delantal y gorra de pescador que asomó la cabeza. Echó una ojeada rápida, masticó algo y salió con una caja llena de trozos de pizzas, restos de pan y carne asada tan seca que ni los perros la morderían. El cocinero miró alrededor esperando encontrar algún gato callejero y, al no ver más que la nada, tiró la caja al contenedor y volvió a entrar sin más.
Elliot contó hasta veinte, y solo entonces se arrastró hasta el contenedor. Levantó la tapa y asomó la cabeza. La peste le hizo retroceder unos segundos, pero lo que vio lo animó: pan medio tierno, trozos de tomate aún rojos, porciones de pizza, incluso una albóndiga entera. Cogió todo lo que cupo en una bolsa que sacó del abrigo y, con las manos entumecidas, esbozó una sonrisa que no recordaba haber tenido en días. Cerró la tapa del contenedor, sabiendo que aquel día Mara no se iría a dormir con el estómago vacío.
Un zarpazo lo cogió por el cuello de la chaqueta. Elliot se revolvió, sorprendido, pero la mano tenía la fuerza de una garra; era dura, rugosa y sin paciencia. Alzó la vista y se encontró cara a cara con el mismo policía de siempre, aunque no necesitó verlo bien para reconocerlo. Era ese gigante que parecía oler el miedo desde kilómetros, el agente Smith. Sus dedos se cerraron como un cepo, inmovilizándolo contra el metal frío del contenedor.
—¿Otra vez tú? ¿No tienes otro sitio donde mendigar?
Elliot intentó zafarse, pero la mano del policía lo mantenía clavado contra el contenedor.
—¡Demonios! No estoy mendigando. Ni siquiera es robar. Lo tiraron. ¡Es mío!
—Mocoso. No tienes edad para vagar solo por estas calles. ¿Qué haces revolviendo basura? Vamos, te llevaré a tu casa. Vuestra madre os está buscando.
Elliot se retorció, intentando soltarse.
—¡No es nuestra madre!
—Venga, os llevo hasta su casa.
—Por favor, no. No queremos ir. Nos las apañamos solos.
—¿Solos? Mírate. La calle no perdona a los que se pasan de listos.
—¿Y qué? —Elliot se enderezó, desafiante, aunque sus rodillas amenazaban con doblarse—. No vamos a volver a vivir en una familia que no es la nuestra. Al menos aquí...
—¡No digas tonterías, niño! En casa de Helene, al menos, no pasaríais hambre y comeríais caliente.
Elliot apretó los labios, se irguió todo lo que su pequeño cuerpo le permitió. El hombre se quedó mirándolo un instante. Luego su mirada vagó por el callejón.
—¿Dónde está tu hermana?
Elliot bajó la cabeza, huyendo de sus ojos.
—No está aquí.
—No me tomes por idiota. Sé perfectamente que no está. La pregunta es, ¿dónde diablos está? —Su voz se endureció, cortante como una cuchilla—. Tu hermana puede que no aguante mucho más.
—¡Demonios! ¡No le va a pasar nada!
—¿Ah, no? Claro. Porque los niños nunca se mueren, ¿cierto? Siempre hay un final feliz como en los cuentos, ¿no?
Suspiró. Por un segundo, la presión en el cuello se aflojó. Elliot aprovechó el instante y metió la mano debajo del abrigo, asegurándose de que la bolsa seguía allí. El agente Smith no lo soltó.
—Mira, mocoso —dijo, resignado—. Si no la llevas a un médico ya, no va a sobrevivir. Y no es una amenaza. Es un hecho.
Un escalofrío recorrió la espalda de Elliot, y no era por la lluvia. La tos de Mara, los ojos vidriosos. Las palabras se quedaron flotando en el aire. Sus manos comenzaron a temblar.
—Vamos. Llévame con tu hermana. Tranquilo. Helene os cuidará.
—¡No! Esa borracha no volverá a tocar a mi hermana.
El agente Smith enarcó una ceja y calló. Apenas un segundo. Cuando volvió a hablar, su voz era distinta.
—¡Tu hermana está enferma! No puede sobrevivir en la calle. No querrás ser el responsable de que le pase algo malo, ¿verdad?
—¡No le pasará nada! —respondió Elliot mientras apretaba sus puños.
—He visto a demasiados como vosotros. No voy a permitir que acabéis como los otros.
—¿Cómo quienes?
El hombre lo soltó del cuello, pero lo agarró del brazo con fuerza y lo giró hacia él. Elliot esperó el golpe, que nunca llegó; en su lugar, el policía lo miró con una calma que le heló más que cualquier amenaza.
—Pareces fuerte. En unos años podrás cuidarla perfectamente. Pero no ahora. Piensa en ella. Eres el mayor. —Su voz se suavizó hasta casi parecer paternal—. Hazlo por ella.
Por un segundo, Elliot no supo si aquello era una amenaza o un ruego. No respondió y esperó inmóvil su momento, que no tardó en llegar, pues en el instante en que la mano del agente Smith aflojó, reaccionó propinándole una patada seca y precisa en la espinilla y luego salió corriendo.
No miró atrás, pues no tenía tiempo. Apretó la bolsa de comida contra su pecho y aceleró todo lo que pudo. A su espalda, los gritos del agente Smith rebotaban entre los edificios, mezclándose con el eco de sus maldiciones y el ruido de sus pasos irregulares. Pero Elliot ya no podía oírlo; corría como alma que lleva el diablo.
Sabía que el barrio era una telaraña pegajosa, un lugar donde cada esquina podía convertirse en una trampa y él lo conocía como la palma de su mano. Dobló por callejones estrechos, saltó charcos, se deslizó entre montones de basura apilada, se coló entre coches y peatones distraídos —todo sin tropezar con nada— y, de vez en cuando, entre jadeos, oía al agente Smith maldecir al darse contra un cubo, al chocar contra un transeúnte o al resbalar en el barro. Pero no se detuvo hasta encontrar el agujero en la valla que rodeaba el parque, ese paso estrecho por el que Smith —con su enorme cuerpo— nunca podría colarse.
Se metió por él, arrastrándose y, al levantarse rápido, aflojó la marcha creyéndose seguro. Pero entonces escuchó el ruido de las botas del policía trepando por la verja y el crujir del metal bajo su peso. Sin haber tenido el tiempo suficiente para recuperar el aliento, volvió a acelerar mientras maldecía la insistencia de aquel policía. Tuvo que salir por el otro lado del parque, doblando dos esquinas más, hasta que, exhausto, encontró la cuesta que llevaba a la verja cubierta de hiedra. Detrás de ella, el patio trasero de un pub, el único lugar al que ni los gatos se atrevían a entrar.
Se deslizó entre los barrotes oxidados, buscando el rincón más oscuro. Y allí se pegó al muro y se hizo pequeño con la espalda contra el cemento, intentando controlar la respiración, aunque el aire le quemaba en los pulmones. Allí agazapado, pensó en las palabras del policía sobre Mara; apretó los puños hasta sentir las uñas que se clavaban en sus palmas.
Escuchó el portazo del pub, una carcajada apagada y el tintineo de vasos; pero ni rastro del agente. Aguzó el oído concentrándose más allá del pub. Hasta él llegaba el rumor de la ciudad: los coches a lo lejos, el gruñido distante de alguna grúa y los aullidos lastimeros de perros callejeros. Elliot cerró los ojos, mientras una sonrisa se asomaba y su corazón volvía poco a poco a su ritmo habitual.
De pronto, oyó el sonido de botas que se acercaban por la calle. Elliot contuvo la respiración, aplastándose contra los ladrillos. Las pisadas se detuvieron justo al otro lado de la verja cubierta de hiedra. Se hizo un silencio tenso. Si el agente Smith giraba la cabeza y miraba entre el follaje, descubriría su escondite. Elliot se pegó más al muro buscando que la sombra lo cubriera.
Y sin previo aviso, el muro... desapareció. Su cuerpo se precipitó hacia atrás, y su hombro golpeó el pavimento empapado con un dolor sordo que le arrancó un gemido ahogado. Aturdido, parpadeó una y otra vez.
El muro estaba allí de nuevo. Sólido. Inmutable. Frío. Pero no a su espalda. Ahora estaba frente a él.
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Tardó unos segundos en reaccionar. Primero se tocó el hombro, luego la pierna y, finalmente, se aseguró de que todavía tenía la bolsa con la comida. Se incorporó despacio, temblando, pues seguía desconcertado, y volvió a mirar el muro, pero solo vio ladrillos viejos, feos y desgastados como el de cualquier otro muro; y, sin embargo, Elliot sentía en el pecho que algo en el aire había cambiado, como el reflejo de un charco cuando lo pisas.
Se puso de pie y miró a su alrededor. Ya no estaba en el patio trasero del pub; se encontraba en medio de una calle que no reconocía. El suelo bajo sus pies era de adoquines irregulares, resbaladizos por efecto del agua de la lluvia, y el aire olía a una mezcla extraña de calabaza, azúcar quemado y leña.
Los edificios, bajos y desalineados, se amontonaban en colores imposibles: verde botella contra rosa chicle, un azul sucio apoyado en el costado de un amarillo enfermizo. La gente vestía raro con túnicas y sombreros puntiagudos. Nadie corría, ni empujaba; y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que más le llamó la atención.
Elliot parpadeó varias veces. Sabía que no estaba soñando, pues todavía le dolía el hombro. De pronto, le entró vértigo.
Por fin, avanzó intentando pasar desapercibido, aunque no era difícil, pues la calle estaba tan llena de gente extraña que él parecía casi normal. Sin embargo, sus ojos ignoraron a los transeúntes al descubrir los diferentes escaparates de las tiendas, que mostraban productos cada vez más y más raros. Y, de pronto, sus pies se detuvieron frente a una tienda que tenía en el escaparate una escoba suspendida en el aire girando lentamente. Elliot se pegó al cristal con el cuello estirado buscando un hilo, una cuerda o cualquier cosa que sujetase la escoba, pero no había nada. Siguió avanzando, y entonces, el corazón le dio un vuelco al ver, en el siguiente escaparate, unos zapatos que bailaban solos, como si alguien invisible los llevara puestos. Elliot se rascó la cabeza.
¿Todo esto es real? Entonces lo del hielo, ¿también lo fue?
Caminó un poco más sin apartar los ojos del escaparate. Tropezó con una mujer con un sombrero puntiagudo, una túnica azul celeste con unicornios estampados y un paraguas que parecía desprenderse del agua él solo. Se quedó mirando la túnica, convencido de haber visto cómo los unicornios se movían sobre la tela.
—Disculpa —dijo la mujer—. No te había visto.
—No, no. Discúlpeme usted a mí. ¿Me... me podría decir dónde estamos?
—¿Dónde vamos a estar? En el Callejón Diagon, por supuesto.
Antes de que Elliot pudiera replicar, la mujer se perdió entre la multitud. Callejón Diagon. El nombre le sonó a un juego de palabras o a un acertijo.
Siguió caminando sin un rumbo claro, dejándose llevar por la corriente de gente. Cada pocos pasos, algo nuevo reclamaba su atención.
Sin darse cuenta, se desvió por una calle más estrecha, atraído por un local que vendía objetos de segunda mano. El empedrado cambió bajo sus botas; las piedras eran más oscuras e irregulares y, cuando alzó la vista, notó que la luz había disminuido, pues las fachadas se inclinaban demasiado y tenían las ventanas más pequeñas, muchas de ellas cubiertas por rejas.
Aquí ya no había risas; las conversaciones eran bajas y la gente caminaba con prisa, evitando mirarse a los ojos. Un hombre pasó junto a él murmurando algo sobre "no meterse donde no te llaman", y otro, encapuchado, le lanzó una mirada rápida antes de desaparecer tras una puerta.
Algo se le cerró en el estómago, pero siguió avanzando. Fue entonces cuando oyó voces.
Dos figuras encapuchadas estaban detenidas a unos metros, medio ocultas por la sombra de un edificio torcido. Hablaban en voz baja, pero el callejón estrecho hacía que las palabras rebotaran entre las paredes.
—Este año el linaje se manifestará.
—¿Estás seguro?
—Ella no se equivoca. Estarán en Hogwarts.
—¿Y todavía no sabemos quiénes?
—Aún no.
—Más nos vale averiguarlo.
—Tal vez... en la Sala de los Árboles del Ministerio...
Los encapuchados se alejaron y no pudo oír nada más. Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y apartó la mirada de la vitrina. Intentó buscar la salida; caminó hasta el fondo de la calle, donde una tienda de mascotas exhibía ratones del tamaño de gatos y pájaros que brillaban en la penumbra, pero no había ninguna salida, ni siquiera un hueco entre los edificios.
Volvió sobre sus pasos inquieto y dobló una esquina al azar. El cambio fue inmediato. La calle seguía siendo caótica, pero más ancha y luminosa; las sombras se retiraban y el murmullo de voces volvía a llenar el aire.
Alguien le rozó el brazo y le pidió disculpas; otro le ofreció un ejemplar de "El Profeta", con una fotografía que Elliot juraría que se movía. El nudo en su estómago empezó a aflojarse.
Elliot aminoró el paso hasta recuperar el ritmo tranquilo de quien pasea sin prisa. Pero la bolsa con la comida chocó contra su muslo y eso le hizo detenerse. Giró sobre sí mismo, desorientado, buscando alguna señal que le indicara por dónde había venido. Giró varias veces, pero no halló el muro por donde había llegado. De pronto, el estómago se le congeló.
Empezó a caminar más deprisa, buscando el muro. Al pasar frente a una tienda de golosinas, una mujer de pelo naranja chillón lo detuvo con una sonrisa, pero no fue su llamativo pelo lo que hizo que Elliot se quedara quieto, sino un pequeño detalle que rodeaba su figura: en el reducido círculo de acera donde estaba, la lluvia no caía.
La mujer sostenía una manzana asada en cada mano, humeantes, doradas, con el azúcar caramelizado brillando bajo la luz de los faroles. Se las ofreció con un gesto amable y una sonrisa, sin mediar palabra.
Elliot dudó. Miró las manzanas y la boca se le hizo agua. Alargó la mano hacia las manzanas, pero se detuvo. Se quedó allí, inmóvil, con los ojos fijos en el brillo caramelizado de la fruta, mientras se mordía el labio inferior con fuerza. La mujer insistió con un gesto cálido:
—¡Cógelas, anda! Están recién hechas.
Elliot murmuró un "gracias" casi inaudible, y las tomó con cuidado. Se alejó a toda prisa, mientras la cara se le encendía. Cuando llegó a una esquina, dobló y miró atrás. Solo entonces se atrevió a acercar una manzana a la nariz.
El olor lo envolvió, caliente y dulce. El estómago le rugió con fuerza. Volvió a mirar alrededor, asegurándose de que nadie lo miraba; y entonces mordió la manzana. El sabor fue cálido y el estómago dejó de doler. Guardó la segunda manzana en su bolsa con un cuidado exagerado.
Siguió vagando, ahora con la manzana en una mano y la bolsa de comida en la otra. Después de un rato, encontró lo que parecía una plaza o lo más parecido, pues era un espacio redondo donde la gente se sentaba a comer y charlar. Elliot se sentó en el borde de una fuente, contemplando el caos ordenado del lugar. Estaba a punto de resignarse cuando vio el muro al otro lado de la plaza. Se levantó, corrió hacia él y lo tocó.
Se quedó mirando el muro. Los dedos se le cerraron alrededor de la bolsa de comida. Dio un paso atrás, luego otro adelante. Se detuvo con la respiración entrecortada. El aire le quemaba en la garganta. Miró hacia atrás, hacia el Callejón Diagon, y luego de nuevo al muro. Buscó alguna grieta o rendija, pero solo encontró el ladrillo frío e indiferente.
Y entonces, se dio cuenta de que cabía la posibilidad de no poder volver junto a su hermana. La dulzura de la manzana se transformó en su boca, dejando un regusto amargo que le revolvió el estómago.
Entonces, del callejón salió un hombre vestido de traje oscuro. Se plantó frente al muro, sacó del bolsillo una varilla oscura, delgada como un lápiz, y golpeó tres veces los ladrillos con ella. El muro tembló y se abrió formando una puerta por la que el hombre pasó sin inmutarse.
Elliot dudó apenas un instante; cuando los ladrillos empezaron a moverse para cerrar la puerta, se lanzó hacia adelante y cruzó tras el hombre, sin mirar atrás.
De pronto, oyó el claxon de un coche seguido del aullido agudo de un motor que se perdía entre el eco de los altos edificios. El aire olía a humo, a gasolina y a un regusto metálico que se le pegaba a la garganta.
Detrás de él, los ladrillos recuperaron su lugar, perfectamente alineados. El muro era solo un muro de nuevo. Elliot no supo si había sido real o no. Miró la manzana en su mano, aún tibia. Miró la bolsa de comida, intacta. Miró el muro, gris y feo como siempre.
Se abrochó la chaqueta hasta el cuello, ajustando las prendas contra el frío, y salió del patio, sumergiéndose de nuevo en el torrente humano de Londres. Nadie giró la cabeza hacia él. Nadie le dirigió una palabra.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
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Cuando Elliot entró a su refugio, Mara estaba sentada en una silla rota, cubierta por dos mantas y con las rodillas dobladas hasta la barbilla. Aristóteles estaba de pie junto a la mesa, clasificando pilas de periódicos y tarros vacíos. El hombre tenía la barba más descuidada del barrio y un modo de mirar que parecía capaz de leer la mente.
—Llegas tarde, chico —dijo sin apartar la vista del tarro que estaba intentando abrir—. ¿Te has perdido o qué? La chiquilla casi se muere del susto.
—¡Elliot, por fin! —exclamó Mara.
Al verlo entrar, se levantó de un salto, dejó caer las mantas a sus pies y corrió hacia él con los brazos extendidos. Elliot la abrazó y la tranquilizó. Después, sacudió el abrigo mojado y se lo quitó. Apoyó el botín de la jornada sobre la vieja mesa y rebuscó en la bolsa. Sacó la manzana asada que había guardado y se la ofreció a Mara.
—Prueba esto, Mara. Está deliciosa.
—¿Es para mí?
Mara contempló la manzana un instante antes de hundir los dientes en ella. El dulzor le formó una enorme sonrisa. Se acomodó en la silla desvencijada, envolviéndose mejor en las mantas, mientras masticaba despacio cada bocado.
—No me he perdido —contestó Elliot por fin a Aristóteles—. Solo que he tenido que dar una vuelta más larga. ¡Demonios! Había polis en todas las calles.
—Llegará el día en que no vuelvas, chico —advirtió Aristóteles mientras dejaba el tarro sobre la mesa.
—No teníamos nada para comer. No podíamos pasar solo de aire.
—Una cosa es ir a por comida y otra tardar más de tres horas, chaval. Tu hermana ha ido a buscarme de lo preocupada que estaba. Sabes perfectamente que Mara debe descansar. ¿En qué estabas pensando?
—¿Qué querías que hiciera? ¿Esperar a que se muriera de hambre?
—Sabes que la policía os busca. ¿Y te da por hacerte el héroe?
—No me hacía el héroe. Pero ¿qué otra opción tenía? No habíamos comido nada desde ayer. Tenía que salir a buscar algo para comer, y Mara no está para correr. Por eso la he dejado aquí.
Aristóteles lo miró fijamente a los ojos.
—Pues pídeme ayuda, chico.
—¡Maldita sea! Yo me valgo solo.
—Sí, claro. Hasta que no puedas —replicó el viejo, sin ceder, pero sin alzar la voz.
—¡Bien, bien! —Elliot suspiró, cansado—. Pero… siempre nos estás regalando cosas. Y apenas tienes para ti.
—¡Mírame, chico! —esperó a que Elliot alzara los ojos, y cuando lo hizo, continuó—. Yo me las apaño. Tu hermana. Punto.
—Lo sé, lo sé. De todas formas, mira lo que he conseguido —y levantó la bolsa para que ambos pudieran ver su contenido.
Aristóteles suspiró y su expresión se suavizó al ver la comida.
—No está nada mal, chico. Pero la próxima vez, no te arriesgues tanto.
—¡Deja en paz a mi hermanito! Además, no necesito que nadie me cuide —protestó Mara, irguiéndose en su silla y alzando la barbilla—. Tengo ocho años. Puedo arreglármelas sola perfectamente.
Elliot se acercó y le pasó la mano por el pelo enmarañado.
—¡Anda! Por supuesto que puedes. Ya eres toda una señorita. Y, además, la más valiente de los tres.
Aristóteles inclinó la cabeza hacia Mara.
—Tienes razón. Disculpa a este viejo gruñón, chiquilla —le dijo, con un guiño cómplice—. Solo que cuando alguien tiene fiebre, debe quedarse en cama tranquilito. Incluso los adultos lo hacemos.
Los ojos de Elliot seguían cada mordisco que Mara daba a la manzana, mientras ella observaba al viejo con mirada recelosa. Sus hombros se relajaron poco a poco.
—Nunca te había visto volver con comida tan buena —murmuró Aristóteles, acercándose para examinar el contenido de la bolsa—. ¿Dónde la conseguiste?
—En el callejón detrás del Milleni —contestó Elliot, parpadeando.
Aristóteles silbó mientras examinaba el contenido de la bolsa.
—¡Menudo festín! Pizza, albóndigas, hasta un poco de carne... Ni en mis mejores días conseguí algo así.
Elliot se encogió de hombros.
—Solo estuve en el momento adecuado.
—¿Y esa manzana asada? —Aristóteles señaló la manzana que se estaba comiendo Mara, frunciendo el ceño—. No es precisamente lo que tiran los restaurantes.
Elliot abrió la boca y volvió a cerrarla rápidamente. Apretó los labios un segundo mirando el suelo. Finalmente, volvió a mirar a Aristóteles.
—¿Qué tiene de especial la manzana?
Aristóteles entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante.
—El Milleni no sirve postres así. Y nadie, absolutamente nadie, tira al contenedor una manzana asada que todavía humea.
Elliot tragó saliva y desvió la mirada hacia el otro lado de la habitación.
—No sé de qué hablas.
—¿Seguro? ¿No habrás entrado a alguna cafetería y tomado la manzana en —entornó los ojos y dibujó comillas en el aire con los dedos— calidad de préstamo?
Elliot se irguió con las mejillas encendidas.
—¡No la robé! Te lo juro por lo que más quieras.
—¡Eh! Mi hermanito no es ningún ladrón —espetó Mara enfadada.
—Entonces que nos explique de dónde la ha sacado —insistió Aristóteles, cruzándose de brazos.
Elliot se pasó la lengua por los labios. Las palabras se le atascaban en la garganta.
—Una mujer me la ofreció.
Aristóteles soltó una risa seca.
—¿En la calle? ¿Con este diluvio? Vamos, chico, invéntate algo mejor.
—¡Demonios! No estaba en Londres —las palabras escaparon de la boca de Elliot antes de que pudiera contenerlas. Se mordió el labio, consciente de que había revelado demasiado.
—¿Qué quieres decir con que no estabas en Londres?
Mara detuvo la manzana a medio camino de su boca. Sus ojos se agrandaron mientras miraba a su hermano.
—Es que… no era exactamente Londres… o quizás sí… —Elliot se pasó la mano por el pelo húmedo, evitando los ojos de sus dos compañeros.
—O estabas o no, chico. No me líes.
Elliot respiró hondo.
—La verdad es que… —Elliot bajó la voz hasta convertirla en un susurro que apenas se filtraba entre las grietas del sótano. Las palabras salieron de golpe mientras les contaba su entrada al Callejón Diagon. Les habló del muro. De los adoquines. De la lluvia que no caía.
Mara y Aristóteles lo observaban fijamente. El viejo estudiaba el rostro de Elliot con los ojos entrecerrados. Finalmente, soltó un resoplido que pretendía ser una risa.
—¡Menuda imaginación tienes, muchacho! El hambre te está nublando la cabeza.
—¡Es verdad! —Elliot cerró los puños—. O… al menos eso creo.
Aristóteles se humedeció los labios con lentitud, pasando una mano por su barba gris, mientras negaba con la cabeza.
—¿Y dónde está, exactamente, ese callejón mágico tuyo? ¿En el País de Nunca Jamás, quizás?
—No lo sé. —Elliot bajó la voz de golpe, consciente de lo absurdo que sonaba todo. Pero entonces, alzó la vista—. ¡Espera! La entrada estaba en el patio trasero de un pub. Ese que siempre intentamos evitar.
Aristóteles emitió un sonido entre risa y bufido, sacudiendo la cabeza.
—Mira, chaval, cuando descubras cómo atravesar paredes, avísame. Necesito entrar en la caja fuerte del banco, no en un cuento de hadas.
Elliot inclinó la cabeza mientras se rascaba la nuca. Miró fijamente la manzana que tenía Mara en la mano.
—Yo sí te creo, hermanito. Llévame allí. Yo quiero ir al Callejón Dragón.
—Diagon —la corrigió Elliot.
—Eso, eso, al Callejón Dragón —insistió Mara dando pequeños saltitos—. Vamos, hermanito, llévame al Callejón Dragón.
Aristóteles sacudió la cabeza con pesadez.
—Ni hablar, pequeña. Y en cuanto a ti, muchacho —apuntó a Elliot con un dedo acusador—, ya es hora de que pongas los pies en la tierra y de centrarte en lo que realmente importa. Los cuentos no llenan la barriga.
Elliot apretó los labios.
—Yo la cuido —dijo bajito, mirando el suelo.
Aristóteles lo miró largo rato. Sus ojos se arrugaron en las comisuras y sus hombros cayeron ligeramente.
—Lo sé, chico —admitió, y su voz perdió filo—. Simplemente… He visto a demasiados quedarse por el camino.
Por un momento, nadie dijo nada. Mara pasó la mirada de Aristóteles a su hermano y, con voz pequeña pero firme, rompió el silencio:
—¡No te metas con mi hermano! Si él dice que ha estado en el Callejón Dragón, yo le creo.
Elliot alzó la barbilla, solo un centímetro, pero suficiente para que la luz le iluminara los ojos. No sonrió, pero los labios dejaron de estar tan apretados. Entonces, Mara se giró hacia su hermano y añadió:
—¡Quiero verlo con mis propios ojos, hermanito! Estoy cansada de este sótano —sus manos se aferraron con fuerza a las de Elliot—. Llévame allí, por favor.
Aristóteles resopló sin rabia.
—Está bien. Pero antes, comed algo. Y dormid. Si mañana os despertáis y seguís queriendo ir, me lo contáis de nuevo y os acompaño. ¿Trato hecho?
Mara asintió. Elliot también, aunque sus manos empezaron a temblar levemente.
—Trato.
El viejo se levantó con lentitud, más pesado, y se despidió con un gesto de cabeza.
Fue entonces cuando Mara pidió a su hermano que le contara más sobre el Callejón Diagon. Y Elliot, al verla tan viva, se le aflojó el pecho. Así que le contó todo: lo que había visto y lo que no. Se dejó llevar por el entusiasmo de Mara, aunque seguía girando la manzana entre los dedos.
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La mañana siguiente amaneció en silencio, sin el tamborileo constante de la lluvia que, durante semanas, había convertido Londres en un reflejo borroso de sí misma. Por primera vez en demasiado tiempo, el techo del refugio no era una gotera gigantesca. Pero el sol, aunque presente, seguía siendo tímido: un destello pálido y dubitativo que se filtraba entre las nubes grises. El cielo, pesado y plomizo, parecía retener el aliento, como si la tregua fuera solo un suspiro entre dos tormentas.
Elliot se despertó antes que Mara, y se quedó mirando el techo lleno de manchas de humedad, escuchando el ruido de la ciudad mientras volvía a la vida y a la rutina diaria. No dejaba de darle vueltas a la promesa que le había hecho a Mara la noche anterior. Ahora, al verla dormir a su lado tan quieta, se pellizcaba el labio inferior. Miró el corazón de la manzana que seguía sobre la caja que hacía de mesa y después volvió a mirar a su hermana.
Finalmente, asintió.
A las diez ya estaban en el refugio de Aristóteles dispuestos a ir en busca del muro mágico. Mara iba envuelta en dos bufandas, un gorro viejo y agujereado, y un abrigo tres tallas más grande que ella. Caminaba despacio, con pasos tímidos, pero sin soltar nunca la mano de su hermano. Aristóteles, que nunca había tenido paciencia para excursiones, se encasquetó el abrigo con desgana y preparó una mochila con algo de pan y dos botellas de agua.
Los tres se aventuraron en las calles de Londres. Aristóteles sentó a Mara sobre sus hombros para que no caminara y Elliot abría camino como un pequeño explorador. El viejo arrastraba los pies a cierta distancia, resignado, pero bromeaba con Mara.
Dieron varias vueltas; una vez pasaron tres veces por la misma esquina. Había pasado miles de veces por delante del pub, pero ese día se resistía. Aristóteles mascullaba cada vez que Elliot cambiaba de dirección, pero Mara no se quejaba. Solo miraba a su hermano.
—¡Demonios! Seguro que está por aquí —insistió Elliot, doblando otra vez la calle del carnicero.
—Eso dijiste hace veinte minutos, chico. Si nos estás tomando el pelo...
Elliot lo ignoró. Y, sin previo aviso, dieron con el patio trasero del pub. Había basura apilada y una puerta de servicio pintada de verde oscuro, igual que en su recuerdo. Aristóteles fue el primero en reparar en el cartel oxidado:
—“El Caldero Chorreante” —leyó, pronunciando cada sílaba con sarcasmo—. Vaya nombrecito. Curioso, he pasado por esta calle miles de veces y nunca había reparado en este pub. ¿Seguro que es aquí?
Con el pulso acelerado, Elliot asintió. Deslizó su cuerpo flaco entre los barrotes oxidados y entró al patio trasero. Aristóteles dejó a la niña en el suelo y Mara, tan delgada como su hermano, lo siguió. Aristóteles intentó hacer lo mismo, pero sus hombros robustos chocaron contra el metal. Tras un par de intentos frustrados, resopló y se quedó al otro lado de la verja, observándolos desde la acera mojada.
—Fue justo aquí —dijo Elliot, extendiendo el brazo hacia la pared de ladrillos que cerraba el fondo del patio—. Solo necesitamos tocarlo. O quizás empujarlo un poco.
El chico avanzó y presionó su palma contra los ladrillos, repitiendo exactamente el gesto que recordaba. Contuvo el aliento mientras contaba los segundos. Nada. Insistió con más fuerza, esta vez usando todo el peso de su cuerpo, hasta que la piel de sus manos ardió en protesta. La pared permaneció inmutable. Era simplemente lo que parecía: ladrillos y cemento. Duros. Indiferentes.
Desde el otro lado de la verja, Aristóteles los observaba. Bajó un poco la vista y resopló al ver la insistencia del niño.
—¡Anda! ¡Un momento! —exclamó Elliot, con un destello en los ojos—. Recuerdo que había un hombre golpeando los ladrillos con algo... como una varita. Quizás necesitamos algo así. Mara, ayúdame a buscar una rama o cualquier cosa que pueda servir.
Los hermanos recorrieron el patio encharcado, rebuscando entre los desperdicios. Finalmente, Elliot encontró una rama caída. La quebró hasta dejarla del tamaño adecuado y regresó al muro. Tocó los ladrillos con ella, primero suavemente, luego con más fuerza. Uno, dos, tres, cuatro golpes. El muro permaneció indiferente. Partió la rama contra su rodilla y arrojó los pedazos al suelo. El silencio duró apenas un segundo. Entonces, Aristóteles dijo:
—¿Satisfecho? No hay nada aquí. Nunca lo hubo. El hambre también inventa recuerdos, chico.
Pero Mara seguía allí, inmóvil, con la mirada fija en el muro. Avanzó un paso, alargó la mano y rozó la superficie áspera de los ladrillos con la punta de sus dedos. Y entonces, en un susurro que parecía dirigido más a sí misma que a los demás, murmuró:
—Quizás está dormido hoy.
Aristóteles soltó un resoplido cansado.
—¡El único dormido es tu hermano!
Elliot apretó los dientes. Quiso gritar, pero no tenía fuerza. Se alejó unos pasos, se metió las manos en los bolsillos y se encogió en su abrigo. Mara se acercó a Elliot y le tomó la mano con sus dedos helados.
—Yo sí te creo. Sé que existe.
Sus labios temblaban, pero aun así dibujaron una sonrisa que su hermano correspondió. Aristóteles observó el intercambio y su expresión se suavizó.
El suave plic-plic de las primeras gotas de lluvia rompió el silencio.
—Es hora de irnos. Antes de que esto se convierta en diluvio.
El chico asintió. Apretó la mano de su hermana y se preparó para salir del patio, pero antes de hacerlo, miró el muro una última vez. El muro seguía allí. Inmóvil.
Pero Elliot ya no estaba tan seguro de nada.
2 de abril de 2026
Enrique Vallés Balaguer

Elliot Carter
Estudiante

Aristóteles
Sintecho

Mara Carter
Hermana de Elliot

Agente Smith
Policía
