
Capítulo 8
La promesa
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El frío era tan espeso que parecía haber arrinconado el alba, dejando a la ciudad suspendida en ese azul dudoso que ni siquiera se atrevía a llamarse mañana, aunque la lluvia había dado una pequeña tregua. La acera delante de la comisaría olía a tabaco mojado, a café recién hecho, y al silencio tenso que quedaba en los portales tras la última ronda nocturna. Aristóteles avanzaba con paso lento y firme, llevando a Mara en brazos envuelta en la manta y en el abrigo raído de Elliot, con la cabeza de la niña apoyada en el hueco de su hombro y las piernas colgando como si fueran menos suyas. El rostro de Mara parecía de papel de arroz a la luz de las farolas.
El banco estaba ahí, al lado de la puerta principal; era uno de esos bancos de piedra fría y sin respaldo. Aristóteles lo estudió con desconfianza, pero acabó por sentar a Mara sobre él, con una delicadeza impropia de su tamaño. Se arrodilló a su lado, acomodándole la manta, y buscó en sus bolsillos hasta encontrar un paquete de pañuelos que dejó en el regazo de la niña. Todo lo hizo despacio. Solo entonces miró a Elliot, que venía arrastrando los pies por la acera, con las manos metidas en los bolsillos y el rostro tan tenso que parecía que se le iban a partir los huesos de la mandíbula.
Elliot se detuvo ante el banco. No supo si romper el hielo con una broma a su hermana y un revolcón de pelo, o si quedarse de pie fingiendo que aquello no era un final. Aristóteles se lo puso fácil; se levantó de inmediato, le dedicó una mirada y, con un gesto breve, se apartó unos metros hacia la pared de la comisaría. Quedaron los dos solos, Mara y Elliot, rodeados de la indiferencia del barrio, de la escarcha en los bordillos y del rumor lejano de sirenas que nunca llegaban a tiempo.
Mara apenas tenía los ojos abiertos. Elliot se arrodilló frente a ella, y aunque notó el cemento helado en las rodillas, no le importó.
—¿Te duele mucho?
Mara negó, casi imperceptiblemente. Sonrió con los labios e intentó hablar, pero la tos le pilló por sorpresa; fue un golpe seco, y luego otro, y otro, hasta que el cuerpo se le dobló sobre la manta y el aire pareció hacerse trizas en su pecho. Elliot la sujetó por los hombros hasta que la tos aflojó. Notó que la mano de Mara estaba tan fría como el banco, así que se la mantuvo apretada, frotándola con fuerza.
—Lo siento —dijo Mara cuando pudo hablar—. No quería que te preocuparas.
Elliot la miró, y de repente ya no pudo más; las lágrimas empezaron a correrle por la cara sin freno. Intentó limpiarse la cara con la manga, pero era inútil. Cada vez que intentaba hablar, no le salía la voz.
Mara le soltó la mano y, con un gesto lento y tierno, le secó las lágrimas una a una.
—Por favor, no llores, hermanito. Si lloras, me vas a hacer llorar a mí también.
Elliot asintió, con un movimiento lento. Se secó los ojos con la manga del jersey, áspera y gastada. Luego, con un cuidado que delataba todo el amor que no podía decir, le enjugó la lágrima que resbalaba por la mejilla de Mara.
—No tengo elección. Lo sabes, ¿verdad?
Mara abrió la boca, pero las palabras no salieron; en su lugar, un pequeño jadeo, un sonido quebrado que se perdió en el aire. Sus pestañas temblaron, como las alas de un pájaro herido, antes de que asintiera con un movimiento casi imperceptible.
—Si existiera... —La voz de Elliot se quebró, pero siguió adelante—. Si existiera alguna manera de curarte, te juro que nunca te dejaría en este lugar. ¡Demonios! Ni se me ocurriría dejarte aquí.
—Lo sé, hermanito.
—Yo... Siento no ser un buen hermano mayor.
Mara alzó una mano temblorosa y la apoyó en su mejilla.
—No digas eso, por favor. Has hecho todo lo que has podido.
—Pero no ha servido de nada.
Un coche pasó a toda velocidad por la calle. Su motor rugió entre los edificios. El eco se perdió antes de que ninguno de los dos volviera a hablar.
—Me has traído hasta aquí.
—Ni siquiera he podido hacer eso.
—Elliot, eres mi héroe —insistió Mara. Sus labios temblaron, formando una sonrisa—. Aunque a veces eres un poquito tontito.
Elliot rió, y el sonido salió igual de triste que el llanto. Se tapó los ojos con ambas manos.
—No pasa nada, Elliot. De verdad. No te preocupes por mí. Voy a estar bien. Lo prometo.
—No quiero dejarte aquí. No... no quiero quedarme solo.
Mara negó de nuevo, pero esta vez con más convicción. Se inclinó hacia él y apoyó la frente contra la suya.
—No quiero que nos separemos —susurró ella, con la voz tan frágil como el cristal.
Elliot apretó su mano pequeña entre las suyas.
—Volveré a por ti, te lo prometo. Cuando aprenda algún hechizo que pueda curarte, vendré a por ti.
—¿De verdad volverás?
—Siempre lo he hecho, ¿no?
Mara asintió, ahogando un sollozo mientras se pasaba el dorso de la mano por las mejillas húmedas.
—Te lo juro por lo que más quieras —susurró Elliot, extendiendo su dedo meñique hacia ella. Mara lo enganchó con el suyo, sellando el pacto con la gravedad de un ritual sagrado—. Volveré a buscarte, y estaremos juntos otra vez. Iremos juntos a Hogwarts, y algún día te llevaré también al Callejón Diagon. Te lo prometo.
Hablaron así un rato, con las cabezas juntas y el aliento mezclándose en el aire frío. Elliot prometía volver y, por su lado, Mara prometía portarse bien y no discutir con las enfermeras.
Cuando el sol asomó tímido sobre los tejados, Aristóteles se acercó, lento, y se paró a unos pasos del banco. No hizo falta que dijera nada. Mara lo vio venir y, con el último resto de fuerza, abrazó a Elliot por el cuello, como cuando era pequeña y no le alcanzaba ni para rodearle los hombros.
—Te quiero mucho, Elliot —dijo Mara, y esta vez no hubo tos ni cansancio que le apagara la voz—. Tienes que ser feliz, ¿vale? Hazlo por mí.
Elliot asintió. Luego, el peso de todo lo que no había dicho lo dobló por la mitad y se rompió del todo. Lloró en su hombro como un niño pequeño, con hipo y desesperado, sin importarle que Aristóteles, el mundo o la ciudad entera lo vieran. Mara le acarició el pelo, murmurando palabras de consuelo que solo las hermanas saben inventar.
Cuando ya no quedaron lágrimas, Elliot se apartó, no más de un centímetro, y miró a Mara a los ojos.
—Te juro que volveré. No pienso dejarte aquí para siempre.
—Lo sé. Por eso eres mi hermano favorito.
Aristóteles se acercó y, con la misma delicadeza de antes, levantó a Mara en brazos. La niña no protestó. Dejó que la envolviera en la manta y la cargara como quien transporta una promesa frágil. Antes de que Aristóteles entrara con ella en la comisaría, Mara estiró el brazo y agarró la mano de Elliot una vez más. Sus dedos se entrelazaron y se apretaron hasta que, al final, fue imposible sostener el contacto.
Elliot los vio entrar en la comisaría. La puerta se cerró y el mundo se quedó frío, azul y vacío. Se sentó en el banco, con la manta aún tibia por el calor de Mara, y se cubrió con ella.
Nunca antes tuvo tanto frío.
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Apenas despuntaba el sol cuando Elliot, agazapado tras un Renault, seguía con la mirada clavada en la puerta de la comisaría. La acera brillaba con la escarcha de la noche, y cada vez que Elliot apoyaba la mano en el suelo, sentía un escalofrío. Pero no se movió de su escondite, ni siquiera cuando una rata le cruzó por el zapato, ni cuando el humo de su propia respiración le nubló la vista por un segundo.
Mientras tanto, la ciudad se desperezaba a trompicones: un repartidor de periódicos maldiciendo en voz baja, una panadera descargando sacos con un crujido de huesos viejos, el clic clac de los tacones de una señora de abrigo largo que miró la comisaría con la desconfianza de quien ha visto demasiadas películas de ladrones. Sin embargo, Elliot no les prestaba atención, sino que contaba los segundos desde que Aristóteles había entrado con Mara en brazos, y esperaba ver si el agente Smith de verdad la ayudaría.
El tiempo se le hizo tan interminable que se mordió los nudillos hasta hacerse sangre. Fue entonces cuando vio la sombra de Aristóteles aparecer de nuevo en la puerta. Iba sin la manta y sin Mara, con las manos vacías y la mirada gacha. Elliot tragó saliva; quiso llamarle y preguntarle, pero Aristóteles no miró alrededor; avanzaba por la acera con el paso más corto de lo que Elliot recordaba. Antes de perderlo de vista, Elliot creyó ver cómo el viejo se paraba un momento, se tapaba los ojos con el brazo y, entre toses secas, seguía caminando. Al oírlo, algo se le encogió en el pecho.
Minutos después, la puerta de la comisaría volvió a abrirse para dejar pasar al agente Smith, tan erguido como siempre, quedándose un buen rato en la escalinata y mirando la calle, el banco y las esquinas. Elliot se encogió un poco más tras el coche, respirando despacio para no dejar vaho en el aire. El agente se pasó la mano por el rostro, revisó un papel que traía doblado en el bolsillo y luego entró de nuevo a comisaría.
El silencio se volvió absoluto hasta que, unos minutos después, un ruido lejano de sirenas rompió el aire quieto. Elliot se pegó al coche; el corazón le golpeaba tan fuerte que le dolía el pecho. La ambulancia dobló la esquina a toda velocidad con sus luces azules cortando el amanecer en pedazos y deteniéndose justo delante de la comisaría. De ella bajaron dos paramédicos: uno era joven, con la barba crecida y cara de haber dormido poco; la otra era una mujer de pelo largo y uniforme arrugado. Cruzaron la acera con prisa pero sin nervios, empujando una camilla con las ruedas chirriando sobre la escarcha.
El agente Smith les abrió la puerta y los acompañó dentro. Elliot no pudo verlos por unos segundos. Quiso levantarse, pero tenía las piernas agarrotadas. Cuando al fin se atrevió, se deslizó hasta el morro del Renault, oculto pero con mejor ángulo de visión. Vio cómo los paramédicos regresaban, esta vez con Mara encima de la camilla, arropada en una sábana azul celeste. Smith iba justo detrás, las manos metidas en los bolsillos del abrigo. La mujer le sostenía la mano a Mara, hablándole muy bajito, mientras el hombre empujaba la camilla con cuidado.
Vio que Mara no se movía; tenía los ojos cerrados y la boca apenas abierta. Elliot sintió que algo se le rompía de verdad por dentro. Quiso saltar de su escondite y correr hasta ella, pero las piernas no le respondieron. Se obligó a mirarla, a fijarse en cada detalle: el pelo revuelto asomando bajo la sábana, el perfil afilado de la cara, la mancha roja en las mejillas. Era Mara, pero también era un poco menos Mara.
Los paramédicos subieron la camilla a la ambulancia. La mujer subió detrás, y el hombre cerró las puertas con un golpe que resonó en toda la calle. Smith se quedó un momento en la acera, la cabeza baja, y luego se metió de nuevo en la comisaría. Nadie miró hacia donde estaba Elliot.
La ambulancia arrancó, primero lento, luego más rápido, acelerando hasta que el ulular de la sirena llenó de luz y ruido la calle vacía. Elliot, por un segundo, se quedó congelado. Y luego corrió como no había corrido nunca, con las manos extendidas, esquivando papeleras y coches, y gritando el nombre de su hermana aunque la ambulancia ya estuviera tres manzanas más lejos.
Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las piernas le fallaron. Se apoyó en una farola, temblando. La ambulancia era solo un punto en la lejanía, una promesa que se alejaba más y más rápido de lo que cualquier niño podría alcanzar nunca. Pero Elliot gritó de nuevo. Su voz rebotó contra los edificios y se perdió entre los callejones.
—¡MARA, JURO QUE VOLVERÉ POR TI!
Después, cuando el silencio volvió, Elliot se dejó caer en la acera. Se quedó allí un rato, mirando el sitio por donde había desaparecido la ambulancia.
La ciudad siguió su día ajena a todo. Elliot se limpió la cara con el abrigo, se levantó y caminó siguiendo la ruta de la ambulancia. Empezó despacio, poco a poco fue acelerando el ritmo y acabó corriendo otra vez. Y en su mente solo escuchaba dos palabras:
Corre, Elliot.
7 de julio de 2026
Enrique Vallés Balaguer
