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Capítulo 8
La promesa
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Londres, 26 de agosto de 2026
Aristóteles avanzaba con paso lento y firme. Llevaba a Mara en brazos envuelta en la manta y en el abrigo raído de Elliot, con la cabeza de la niña apoyada en el hueco de su hombro y las piernas colgando como si fueran menos suyas. Su rostro parecía de papel de arroz a la luz de las farolas. El frío era tan espeso que parecía haber arrinconado el alba, dejando a la ciudad suspendida en ese azul dudoso que ni siquiera se atrevía a llamarse mañana. Por suerte, la lluvia les había dado una pequeña tregua. Cuando llegaron a la acera delante de la comisaría, notaron el olor a tabaco mojado, a café recién hecho, y al silencio tenso que quedaba en los portales tras la última ronda nocturna.
El banco estaba ahí, al lado de la puerta principal; era uno de esos bancos de piedra fría y sin respaldo. Aristóteles lo estudió con desconfianza, pero acabó por sentar a Mara sobre él, con una delicadeza impropia de su tamaño. Se arrodilló a su lado, acomodándole la manta, y buscó en sus bolsillos hasta encontrar un paquete de pañuelos que dejó en el regazo de la niña. Todo lo hizo despacio y en silencio. Luego, miró a Elliot, que venía arrastrando los pies por la acera, con las manos metidas en los bolsillos y el rostro tan tenso que parecía que se le iban a partir los huesos de la mandíbula.
El niño se detuvo ante el banco. No supo si romper el hielo con una broma a su hermana y un revolcón de pelo, o si quedarse de pie fingiendo que aquello no era un final. Aristóteles se lo puso fácil; se levantó de inmediato, le dedicó una mirada y, con un gesto breve, se apartó unos metros hacia la pared de la comisaría. Quedaron los dos solos, Mara y Elliot, rodeados de la indiferencia del barrio, de la escarcha en los bordillos y del rumor lejano de sirenas que nunca llegaban a tiempo.
Mara apenas tenía los ojos abiertos. Elliot se arrodilló frente a ella, y aunque notó el cemento helado en las rodillas, no le importó.
—¿Te duele mucho?
Mara negó, casi imperceptiblemente. Sonrió con los labios e intentó hablar, pero la tos le pilló por sorpresa; fue un golpe seco, y luego otro, y otro, hasta que el cuerpo se le dobló sobre la manta y el aire pareció hacerse trizas en su pecho. Elliot la sujetó por los hombros hasta que la tos aflojó. Notó que la mano de Mara estaba tan fría como el banco, así que se la mantuvo apretada, frotándola con fuerza.
—Lo siento —dijo Mara cuando pudo hablar—. No quería que te preocuparas.
Elliot la miró y ya no pudo contenerse. Las lágrimas empezaron a correrle por la cara. Intentó secárselas con la manga, pero cada vez brotaban más. Mara le soltó la mano y, con un gesto lento y tierno, le secó las lágrimas una a una.
—Por favor, no llores, hermanito. Si lloras, me vas a hacer llorar a mí también.
Él asintió, con un movimiento lento. Se secó los ojos con la manga del jersey, áspera y gastada. Luego, con un cuidado que delataba todo el amor que no podía decir, le enjugó la lágrima que resbalaba por la mejilla de Mara.
—Yo no… no puedo… —No pudo acabar la frase.
Mara abrió la boca, pero las palabras tampoco salieron; en su lugar, un pequeño jadeo, un sonido quebrado que se perdió en el aire. Sus pestañas temblaron, como las alas de un pájaro herido, antes de que asintiera con un movimiento casi imperceptible.
—Si existiera... —La voz de Elliot se volvió a quebrar, pero siguió adelante—. Si existiera alguna manera de curarte, te juro que nunca te dejaría en este lugar. ¡Demonios! Ni se me ocurriría dejarte aquí.
—Lo sé, hermanito.
—No he sabido cuidarte.
Mara alzó una mano temblorosa y la apoyó en su mejilla. Un coche pasó a toda velocidad por la calle. Su motor rugió entre los edificios. El eco se perdió antes de que ninguno de los dos volviera a hablar. Elliot inspiró hondo y miró a su hermana a los ojos.
—Todo es por… —Tragó saliva—…por mi culpa.
Su hermana lo miró a los ojos con el ceño fruncido.
—Elliot, siempre has cuidado de mí.
Elliot desvió la mirada para que su hermana no lo viera llorar. Apretó las manos de su hermana para que no notara que las suyas temblaban.
—No quiero dejarte aquí. No... —Agachó la cabeza—…no quiero quedarme solo.
Mara negó de nuevo, pero esta vez con más convicción. Se inclinó hacia él y apoyó la frente contra la suya.
—No quiero que nos separemos —susurró ella, con la voz tan frágil como el cristal.
Elliot apretó su mano pequeña entre las suyas.
—Volveré a por ti, te lo prometo. Cuando aprenda algún hechizo que pueda curarte, vendré a por ti.
Mara asintió, ahogando un sollozo mientras se pasaba el dorso de la mano por las mejillas húmedas.
—Te lo juro por lo que más quieras —susurró Elliot, extendiendo su dedo meñique hacia ella. Mara lo enganchó con el suyo, sellando el pacto con la gravedad de un ritual sagrado—. Volveré a buscarte, y estaremos juntos otra vez. Iremos juntos a Hogwarts, y algún día te llevaré también al Callejón Diagon. Te lo prometo.
Permanecieron así un buen rato, con las frentes apoyadas y el aliento mezclándose en el aire frío. Cuando el sol asomó tímido sobre los tejados, Aristóteles se acercó, lento, y se paró a unos pasos del banco. No hizo falta que dijera nada. Mara lo vio venir y, con el último resto de fuerza, abrazó a Elliot por el cuello, como cuando era pequeña y no le alcanzaba ni para rodearle los hombros.
—Te quiero mucho, Elliot —dijo Mara, y esta vez no hubo tos ni cansancio que le apagara la voz—. Cuando estés en Hogwarts... acuérdate de reír también.
Elliot asintió. Lloró en su hombro como un niño pequeño sin importarle que Aristóteles, el mundo o la ciudad entera lo vieran. Mara le acarició el pelo, murmurando palabras de consuelo que solo las hermanas saben inventar.
Cuando ya no quedaron lágrimas, Elliot se apartó, no más de un centímetro, y miró a Mara a los ojos.
—Te juro que volveré. No pienso dejarte aquí para siempre.
—Lo sé. Siempre vuelves.
Aristóteles se acercó y, con la misma delicadeza de antes, levantó a Mara en brazos. La niña no protestó. Dejó que la envolviera en la manta y la cargara como quien transporta una promesa frágil. Antes de que Aristóteles entrara con ella en la comisaría, Mara estiró el brazo y agarró la mano de Elliot una vez más. Sus dedos se entrelazaron y se apretaron hasta que, al final, fue imposible sostener el contacto.
Elliot los vio entrar en la comisaría. La puerta se cerró y el mundo se quedó frío, azul y vacío. Se sentó en el banco y se envolvió en la manta que aún conservaba el calor de Mara. Nunca antes tuvo tanto frío.
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Poco después de que el sol despuntara, Elliot, agazapado tras un Renault, seguía con la mirada clavada en la puerta de la comisaría. La acera brillaba con la escarcha de la noche, y cada vez que Elliot apoyaba la mano en el suelo, sentía un escalofrío. Pero no se movió de su escondite, ni siquiera cuando una rata pasó justo al lado de su zapato, ni cuando el humo de su propia respiración le nubló la vista por un segundo.
Mientras tanto, oyó las maldiciones de un repartidor que sacaba pilas de periódicos junto a un quiosco. Luego, el clic-clac de los tacones de una señora envuelta en un abrigo largo, que miró la comisaría con la desconfianza de quien ha visto demasiadas películas de ladrones. Sin embargo, Elliot los ignoraba. Contaba los segundos desde que Aristóteles había entrado con Mara en brazos, y esperaba ver si el agente Smith de verdad la ayudaría.
Los minutos se le hicieron tan largos que se mordió los nudillos hasta hacerse sangre. Cuando dudaba si entrar para ver qué estaba pasando, vio la sombra de Aristóteles aparecer de nuevo en la puerta. Iba sin la manta y sin Mara, con las manos vacías y la mirada gacha. Elliot tragó saliva; quiso llamarle y preguntarle, pero Aristóteles no miró a su alrededor. Avanzaba por la acera con un paso más corto de lo que Elliot recordaba. Antes de perderlo de vista, creyó ver cómo el viejo se paraba un momento, se tapaba los ojos con el brazo y, entre toses secas, seguía caminando. Al oírlo, algo se le encogió en el pecho.
Volvió a clavar la mirada en la puerta de la comisaría. Pero no tuvo que esperar mucho; minutos después, la puerta se abrió de nuevo para dejar pasar al agente Smith, tan erguido como siempre. Se quedó un buen rato en la escalinata, escudriñando la calle. Elliot se encogió un poco más tras el coche, respirando despacio para no dejar vaho en el aire frío. El agente se pasó una mano por el rostro, revisó un papel que llevaba doblado en el bolsillo y, tras un instante, entró de nuevo en la comisaría.
En la panadería de enfrente, el panadero descargaba sacos de harina mientras silbaba una canción alegre. Elliot intentó ignorarlo, pero la tonadilla se le metió en la cabeza. Estuvo a punto de gritarle que se callara, pero, justo en ese momento, un ruido lejano de sirenas ahogó cualquier otro sonido.
Elliot se pegó al coche; el corazón le golpeaba tan fuerte que le dolía el pecho. La ambulancia dobló la esquina a toda velocidad con sus luces azules cortando el amanecer en pedazos y deteniéndose justo delante de la comisaría. De ella bajaron dos paramédicos: uno era joven, con la barba crecida y cara de haber dormido poco; la otra era una mujer de pelo largo y con el uniforme arrugado. Cruzaron la acera con prisa pero sin nervios, empujando una camilla cuyas ruedas chirriaban sobre la escarcha.
El agente Smith les abrió la puerta y los acompañó dentro. Elliot no pudo verlos por unos segundos. Quiso levantarse, pero tenía las piernas agarrotadas. Cuando al fin se atrevió, se deslizó hasta el morro del Renault, oculto pero con mejor ángulo de visión. Vio cómo los paramédicos regresaban, esta vez con Mara encima de la camilla, arropada en una sábana azul celeste. Smith iba justo detrás, las manos metidas en los bolsillos del abrigo. La mujer le sostenía la mano a Mara, hablándole muy bajito, mientras el hombre empujaba la camilla con cuidado.
Vio que Mara no se movía; tenía los ojos cerrados y la boca apenas abierta. Elliot sintió que algo se le rompía de verdad por dentro. Quiso saltar de su escondite y correr hasta ella, pero las piernas no le respondieron. Se obligó a mirarla, a fijarse en cada detalle: el pelo revuelto asomando bajo la sábana, el perfil afilado de la cara, la mancha roja en las mejillas. Era Mara, pero también era un poco menos Mara.
Los paramédicos subieron la camilla a la ambulancia. La mujer subió detrás, y el hombre cerró las puertas con un golpe que resonó en toda la calle. Smith se quedó un momento en la acera, la cabeza baja, y luego se metió de nuevo en la comisaría. Nadie miró hacia donde estaba Elliot.
La ambulancia arrancó y aceleró hasta que el ulular de la sirena llenó de luz y ruido la calle vacía. Elliot, por un segundo, se quedó congelado. Y luego corrió como no había corrido nunca, con las manos extendidas, esquivando papeleras y coches, y gritando el nombre de su hermana aunque la ambulancia ya estuviera tres manzanas más lejos.
Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las piernas le fallaron. Se apoyó en una farola, temblando. La ambulancia era solo un punto en la lejanía. Pero Elliot gritó de nuevo. Su voz rebotó contra los edificios y se perdió entre los callejones.
—¡MARA, JURO QUE VOLVERÉ POR TI!
Después, cuando el silencio volvió, Elliot se dejó caer en la acera. Se quedó allí un rato, mirando el sitio por donde había desaparecido la ambulancia.
Los coches circulaban por la carretera, y los transeúntes pasaban a su lado, pero nadie se acercó a ayudarlo a levantarse. Elliot se limpió la cara con el abrigo, se levantó y caminó siguiendo la ruta de la ambulancia. Al principio caminaba despacio y, poco a poco, fue acelerando el ritmo hasta acabar corriendo otra vez. Y en su mente solo se repetía dos palabras:
Corre, Elliot.
9 de agosto de 2026
Enrique Vallés Balaguer
