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Capítulo 15
Sin escudo
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Nada más salir del pequeño vestíbulo que comunicaba con las dependencias de los profesores, Elliot echó a andar sin un rumbo claro. Nunca antes había recorrido aquella parte del castillo. La tarde anterior había seguido a Honeywick como una sombra, demasiado agotado para fijarse en el camino. Ahora, cada pasillo se parecía al anterior. Escaleras que subían y bajaban, retratos que parecían observarlo y puertas idénticas se sucedían una tras otra. Cada vez que doblaba una esquina tenía la incómoda sensación de haber pasado ya por allí.
En un rellano de la escalera principal, estuvo a punto de chocar con un grupo de alumnos mayores. Todos llevaban la túnica con la capucha azul y el escudo de Ravenclaw bordado sobre el pecho. Elliot bajó la mirada por instinto, esperando que pasaran de largo. Sin embargo, Iris Clearwater, la chica que encabezaba el grupo, se detuvo. Alta, con el pelo recogido en una larga trenza y una insignia de prefecta sobre su túnica, lo observó con ojos vivos y curiosos. Una sonrisa amable iluminó su rostro al acercarse a él.
—¿Te has perdido, novato?
No era la amabilidad que esperaba Elliot y eso le hizo dudar unos segundos antes de responder.
—Busco el aula de «Defensa Contra las Artes Oscuras».
La chica asintió y extendió un brazo para indicarle el camino. Sin embargo, antes de que Iris pudiera decir algo, otro alumno dio un paso al frente y la interrumpió. Era Elias Whitcombe, un chico más alto que Iris y de aspecto desgarbado, con unas gafas de montura azul y una sonrisa afilada. Y, al igual que ella, lucía la insignia de prefecto en la solapa.
—Espera... ¿No eres tú el chico al que echaron de Slytherin? El que no sabe leer.
Elliot sintió cómo el calor le inundaba las mejillas. Vio la sonrisa afilada que empezaba a dibujarse en el rostro de Elias, y cómo el resto del grupo se giraba y se acercaba divertido. Avergonzado, bajó la cabeza y reanudó la marcha sin responder.
—¡Eh, sí que es él! —exclamó Elias entre risas—. ¡No te vayas! Si eres toda una celebridad. Has batido un récord. Nunca habían cambiado a nadie de Casa. Y, el primer día nada menos.
—No le quites mérito —intervino Sarah Calderwyn, una chica bajita de pelo corto con una risita burlona—. Nunca nadie había llegado a Hogwarts sin saber leer.
—¿Os imagináis cómo hará los exámenes de «Historia de la Magia»? —añadió Theo Marrowick, el más alto del grupo con una sonrisa socarrona—. Ni siquiera sería capaz de aprobarlos copiando.
El grupo de Ravenclaw siguió soltando chistes entre risas a costa de Elliot. Este apretó los puños y los miró con todo el odio que fue capaz de reunir. Sin embargo, al ver que las burlas surtían efecto, se animaron a continuar; fue como echar leña al fuego. Elliot quiso plantarles cara, pero entonces recordó las palabras de la profesora Honeywick: «Cuando lleguen las burlas, no les regale la satisfacción de ver que le hacen daño». Dio media vuelta y siguió su camino con la cabeza alta, intentando alejarse con la mayor dignidad posible. Pero antes de que pudiera alejarse demasiado, oyó otra voz.
—¡No les hagas caso! —Era Iris—. Para llegar al aula de «Defensa» baja un piso, gira a la izquierda en el pasillo de los escudos y sigue hasta la torre de «Defensa». Allí encontrarás otra escalera. Sube hasta la tercera planta. El aula está justo enfrente del retrato del caballero con armadura.
Elliot recordó el recuadro. Levantó una mano en un tímido gesto de agradecimiento, pero no se atrevió a mirar atrás. Ya se estaba alejando cuando la voz de Elias volvió a perseguirlo por el pasillo.
—¡Eh! Si no sabes leer, ¿cómo piensas coger apuntes?
Las carcajadas estallaron de nuevo a su espalda mientras Iris les regañaba. Las risas lo acompañaron hasta que los perdió de vista. Siguió caminando, aliviado por haber sobrevivido a su primer enfrentamiento con otros alumnos. Pensó que lo peor ya había pasado y que, si había conseguido aguantar aquel encuentro, podría soportar los siguientes.
No obstante, al doblar la esquina del pasillo de los escudos, Elliot estuvo a punto de chocar con un grupo de alumnos de Slytherin. Caminaban ocupando todo el corredor, obligando al resto a apartarse a su paso. En el centro iba Corvinus, escoltado por sus inseparables sombras, Petra y Silas. Al verlos, a Elliot se le heló la sangre. Se había olvidado por completo de Corvinus. Dio un paso atrás, instintivamente, y quiso dar media vuelta. Sin embargo, ya era tarde; Corvinus lo había visto y se acercaba con una sonrisa lenta y calculada.
—Vaya, vaya... Mirad quién tenemos aquí. El desertor. —Dio un paso adelante, disfrutando el efecto de sus palabras. El grupo de Slytherin se detuvo detrás de él, expectante, mientras Petra y Silas se colocaron al lado de Corvinus—. Aunque ahora que lo pienso... ¿cómo hay que llamarte? ¿El Slytherin de Hufflepuff o el Hufflepuff de Slytherin?
Elliot se quedó petrificado; supo al instante que aquello no iba a ser como con los Ravenclaw. Todo su cuerpo le pedía que diera media vuelta y echara a correr. No obstante, pensó que debía aguantar el chaparrón e intentar mostrar indiferencia, tal y como le aconsejó la profesora. Soltó el aire de golpe y respiró despacio antes de contestar.
—Ya no soy de vuestra Casa. Así que no veo qué te importa.
Petra sonrió con una falsa expresión de curiosidad y dio un paso hacia él.
—He oído un rumor. Dicen que no sabes leer. ¿Es verdad?
Él la miró pero no respondió.
—Entonces... ¿cómo lees el horario? —continuó ella inclinando ligeramente la cabeza—. ¿O vas siguiendo los pasos del resto de perdedores de Hufflepuff como los ratoncitos?
El grupo de Slytherin soltó una carcajada. Elliot creyó que estaba rodeado por un nido de serpientes. De pronto, Silas dio otro paso mientras dejaba escapar una risa estridente.
—Yo he oído algo todavía mejor. Que la profesora Honeywick te ha acogido bajo su ala. —Se inclinó hacia delante con una exagerada mueca de ternura—. ¿Eres su cachorrito perdido, Carter?
De nuevo, los Slytherin rieron. Elliot los fulminó con la mirada, pero solo ayudó a avivar sus risas. Mientras, Corvinus ladeaba ligeramente la cabeza y sus ojos recorrían a Elliot con una calma inquietante, deteniéndose en cada vacilación, en cada intento por ocultar el temblor de sus manos. Sin embargo, era Silas quien llevaba la voz cantante en aquel encuentro. Se acercó un poco más a Elliot.
—He oído otra cosa, renacuajo. Dicen que casi incendiaste la clase de Pociones porque no sabías qué ponía en la etiqueta de un frasco.
—¡Yo no hice nada de eso!
—¿No? —insistió Silas con una sonrisa torcida—. Bueno... primero tendrías que saber qué es una etiqueta, ¿no?
Las risas estallaron de nuevo en el pasillo. Petra se cruzó de brazos.
—Lo más gracioso es verte cargado de libros. Debe ser un peso enorme para alguien que ni siquiera sabe para qué sirven.
Esta vez, las risas fueron acompañadas por vítores. Corvinus dio unos pasos con calma —con demasiada calma—, hasta quedar a escasos centímetros de Elliot. Un perfume intenso y elegante envolvió el aire entre los dos. Cuando habló, lo hizo casi en un susurro.
—Da gracias de que el profesor Nott te echara de Slytherin, Carter. En nuestra casa no hay sitio para basura como tú. Si hubieras seguido llevando nuestro escudo...
—¡Eh, Corvinus! ¿Ahora solo te atreves con microbios?
La voz atravesó el pasillo como un trueno y, de golpe, las risas cesaron y los murmullos se apagaron, dejando un silencio tenso y opresivo. Todas las miradas se volvieron hacia el recién llegado, aunque todos conocían aquella voz. Todos, menos Elliot.
Julius Rowle.
Otro alumno de Slytherin que cursaba cuarto como Corvinus. Su sola presencia bastaba para alterar el ambiente. Vestía un traje negro bajo la túnica de la casa, con camisa del mismo color y sin corbata. No miraba a Corvinus con miedo ni respeto, más bien con el odio de quien reconoce al rey y decide, con todo su desprecio, no inclinar la cabeza.
Al verlo, el resto de alumnos de Slytherin se apartó sin decir una palabra, dejando un amplio espacio entre Corvinus y Julius. Nadie parecía dispuesto a quedar atrapado en medio de aquellos dos. Elliot no conocía a aquel chico; ni sabía si realmente pretendía ayudarlo o si simplemente buscaba provocar a Corvinus. Fuera cual fuera el motivo, sintió un inesperado alivio. Cuando Elliot reparó en la mirada intensa con que Corvinus miraba al recién llegado, algo hizo clic en su mente. Había visto esa mirada en algún otro sitio, pero era incapaz de recordar dónde.
El silencio se prolongó durante unos instantes más mientras Corvinus y Julius se miraban a los ojos. Silas, que de repente se había quedado mudo, alternaba la mirada entre ambos sin atreverse a abrir la boca. Su amiga Petra, en cambio, observaba a Julius con una expresión extrañamente serena, casi compasiva.
De pronto, el rostro de Corvinus se relajó y sonrió. Era la sonrisa de quien encuentra una presa más digna, una que se resistiría y le ofrecería mayor placer.
—¿Vas a defenderlo tú, Rowle? —preguntó con una calma inquietante—. ¿Ahora te dedicas a proteger a ratoncitos asustados? —Su sonrisa se ensanchó apenas un poco—. ¿A un sangresucia? Me pregunto qué diría tu papaíto.
Julius se controló; solo un leve movimiento en la mandíbula delató su incomodidad. Elliot pensó que nunca había visto a alguien tan frío; el pelo rapado casi al ras y la piel morena hacían que sus ojos, de un azul tan pálido que casi parecían blancos, destacaran con una intensidad incómoda, dándole una expresión dura, más aprendida que natural. El chico nuevo recorrió al trío con una mirada lenta, cargada de desdén. Finalmente, clavó los ojos en Corvinus, midiéndolo.
El pasillo se llenó de una tensión densa. Petra retorcía sus manos, y sus dedos se entrelazaban en un nudo de ansiedad. Silas soltó una risita nerviosa, mientras miraba a uno y otro. Elliot, paralizado, no sabía si intervenir, huir o contener la respiración. Corvinus, con la sonrisa en los labios, sacó su varita lentamente, invitando a Julius a hacer lo mismo. La risa de Silas se esfumó al instante.
Julius miró la varita de Corvinus sin mostrar interés. No sacó la suya pero tampoco retrocedió. Desvió la mirada hacia Elliot; algo oscuro cruzó por sus ojos mientras lo evaluaba. Resopló, un sonido entre desdén y resignación, dio media vuelta y reanudó la marcha como si hubiera perdido el interés. Mientras se alejaba, Elliot tuvo la extraña impresión de que los demás estudiantes le daban la espalda al cruzarse con él. Incluso las antorchas parecían perder parte de su luz a su paso.
Corvinus mantuvo la sonrisa, aunque la tensión había endurecido su mandíbula. Enfundó la varita, giró sobre sus talones con una calma estudiada y se alejó, como si Elliot hubiera dejado de existir. Petra y Silas lo siguieron en silencio, dos pasos por detrás, sin abrir la boca.
Elliot se quedó mirando cómo se alejaban. Respiró aliviado. Avanzó con el paso acelerado, sin rumbo fijo, por corredores cada vez más fríos y retorcidos. Sólo quería estar lo más lejos posible de Corvinus y compañía. Al final de un pasillo en penumbra se encontró de frente con tres fantasmas del colegio: el Fraile Gordo, Nick Casi Decapitado y el Barón Sanguinario. Los tres avanzaban flotando a pocos centímetros del suelo, como si patrullaran el corredor.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Nick mientras se recolocaba la cabeza para evitar que terminara de desprenderse—. ¿No eres tú el chico del que habla todo el castillo? ¿El que expulsaron de Slytherin?
El Fraile Gordo le dedicó una sonrisa cálida.
—¡Un nuevo Hufflepuff! Bienvenido, hijo. ¿Te has perdido? Las escaleras de Hogwarts tienen la fea costumbre de cambiar de sitio cuando más prisa llevas.
—Busco el aula de «Defensa Contra las Artes Oscuras» —respondió Elliot, intentando sonar seguro, aunque su voz lo traicionó—. Creo que me he equivocado de piso.
Nick dio una vuelta completa sobre sí mismo con un movimiento tan exagerado que su cabeza quedó colgando unos instantes del último jirón de piel que la unía al cuello.
—¡Magnífico! Entonces tú y yo tenemos algo en común.
Elliot lo miró sin entender.
—Los dos hemos perdido la cabeza el primer día.
—Siendo estrictos... —intervino el Fraile Gordo con una sonrisa resignada—, él nunca terminó de perderla. Y usted todavía la conserva.
Nick lanzó un bufido teatral.
—Siempre arruinando mis mejores chistes.
El Barón Sanguinario, que no había pronunciado una sola palabra, observó a Elliot durante unos segundos con su habitual expresión inescrutable. Después se dio media vuelta y continuó flotando por el pasillo sin decir nada. El Fraile Gordo hizo un gesto para que Elliot lo siguiera.
—Venga, le acompaño un trecho. Baja por aquí, pasa la armadura grande y gira a la derecha cuando encuentres el retrato del caballero con armadura. El aula está justo enfrente.
—Muchas gracias.
El reloj de la torre comenzó a sonar. Elliot sintió un vuelco en el estómago. Se despidió apresuradamente y echó a andar casi al trote. Cuando por fin encontró el aula, la puerta ya estaba cerrada. Al otro lado se oía con claridad la voz del profesor Nott. El chico permaneció unos segundos inmóvil, con la mano apoyada sobre el pomo. Finalmente, inhaló con fuerza y empujó la puerta.
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La puerta del aula de «Defensa Contra las Artes Oscuras» se cerró tras Elliot. Los alumnos de Slytherin y Hufflepuff se giraron al unísono hacia él. Al principio, sus rostros reflejaban el asombro genuino de quienes ven llegar a un alumno tarde. Pero, poco a poco, sus sonrisas brillaron con esa malicia que solo despiertan los rumores frescos.
En la primera fila, Katherine se giró con calma y sus ojos se posaron en los de Elliot por un instante, pero no delataron nada. Estaba sentada junto a Isolde Ravenshaw, de Slytherin. Aunque él no tenía la intención de sentarse junto a nadie aquel día, al ver que Katherine —que el día anterior había sido su compañero en todas las clases— lo había sustituido tan fácilemnte, sintió un pinchazo en el pecho. Amaia, en cambio, sentada junto a la ventana, tenía un sitio libre a su lado. Le hizo un gesto discreto con la mano mientras verbalizaba en silencio: «Aquí hay sitio».
No obstante, el resto de la clase no se molestó en disimular. Hubo risitas ahogadas, codazos entre compañeros y susurros que no pretendían ser discretos. Y, por supuesto, un par de voces que no se molestaron en bajar el tono:
—¡Mirad quién ha entrado! —dijo Adrian Holloway, con un dejo de regocijo.
—¡El que no sabe leer! —añadió Mireya Calder, de Slytherin, seguida de una carcajada que se propagó como un virus.
Elliot apretó los puños, pero no apartó la mirada. Alzó la cabeza con orgullo, convencido de que todas aquellas burlas no podrían ser peores que el mal rato que había pasado con Corvinus y sus dos secuaces.
De pronto, un fuerte carraspeo cortó el rumor en el aula al instante. Elliot miró al frente del aula de donde venía la tos. Allí, de pie con las manos a la espalda, Nott lo observaba fijamente. Al ver la seriedad del profesor, algo dentro de Elliot lo hizo retroceder un paso, tropezando con la puerta.
—Señor Carter, tiene el inusual privilegio de inaugurar la temporada de retrasos en mi clase. Le ruego que no lo convierta en una tradición.
Elliot asintió levemente.
—Diez puntos menos para Hufflepuff —añadió Nott con una calma inquietante.
El chico no se atrevió a protestar; el tono frío del profesor había sido más que suficiente. Un murmullo apenas contenido recorrió el aula, y Elliot supo que, de nuevo, la clase ya tenía noticias frescas para el desayuno.
—No se quede ahí de pie como un pasmarote. Tome asiento de una vez. Ya nos ha hecho perder suficiente tiempo.
Elliot se encaminó por el pasillo entre los pupitres. Amaia, desde su sitio, volvió a señalarle el sitio a su lado con un gesto discreto pero insistente. Pero él, con la espalda rígida y la mirada clavada en el suelo, la ignoró. Se sentó en la última fila, lo más lejos posible de las miradas que aún le quemaban la nuca, en una mesa vacía, en el rincón más oscuro del aula.
Su amiga lo observó con una decepción que no necesitaba palabras para ser evidente. Katherine, en cambio, lo miró un segundo más de lo necesario antes de girarse de nuevo hacia el profesor.
—Bien, como iba diciendo antes de que el señor Carter nos honrara con su llegada. Ustedes están aquí para aprender magia. Durante siete años estudiarán en esta escuela.
Hizo una pausa para mirar a todos sus alumnos excepto a Elliot. Algo que el chico supo desde lo más hondo de su alma que era deliberado. Nott caminaba por el pasillo con un libro en la mano, golpeándolo suavemente con la varita.
—Sin embargo, no podemos enseñarles todos los hechizos o pociones que existen. Sería una tarea ardua e imposible. Aquí aprenderán los hechizos básicos y más importantes. Aquellos con los que podrán vivir el día a día, y aquellos con los que podrán defenderse mínimamente de las artes oscuras.
Elliot intentaba pasar desapercibido, casi incapaz de alzar la cabeza. No obstante, de reojo observaba a sus compañeros: la mayoría permanecía en silencio, expectante. Algunos, en cambio, parecían buscar musarañas en las esquinas del techo. Y luego estaba Poppy Whitaker, que anotaba cada palabra del profesor en su pergamino con una velocidad que hacía pensar que su vida dependía de ello.
—Un buen mago o bruja —prosiguió el profesor— no se conforma con lo que se aprende en las aulas de Hogwarts. Ha de buscar por su cuenta hechizos, encantamientos y pociones que no se enseñan en ninguna clase, pero que son igual de útiles.
Nott se detuvo y, por primera vez desde que había comenzado el monólogo, miró fijamente a los ojos de Elliot. Este tragó saliva.
—¿Y saben dónde los encontrarán?
Los ojos del profesor no se apartaban de Elliot. La clase permanecía callada, atenta y expectante. Al fin, Nott levantó el libro que llevaba en la mano.
—En libros como este —dejó el libro en alto mientras seguía con la vista clavada en Elliot. Tras unos segundos, bajó el libro y siguió con su discurso—. Pero más importante aún, en los libros no aprenderán solamente a lanzar hechizos, sino también sus consecuencias. —El profesor dejó de mirar a Elliot y volvió a mirar a cada uno de sus alumnos—. Veamos, señor Pembroke —le dijo a un chico de Hufflepuff, que no parecía demasiado atento—. Tome el libro y ábralo por la página cuarenta y cinco. Lea en voz alta, si es tan amable.
Noah Pembroke dio un salto en su asiento al oír su nombre. Vio el libro que le daba el profesor y lo cogió, pero sin saber para qué. Luke Thornby, su compañero de pupitre, le dio un codazo y le señaló el libro. Noah se levantó y leyó:
—«El hechizo Leviscapho es una variante menor del hechizo Wingardium Leviosa. Su uso está pensado para levantar tan solo unos centímetros objetos pequeños y cotidianos. Este hechizo suele utilizarse más en labores domésticas como limpiar y ordenar una habitación…».
—Gracias, señor Pembroke —le interrumpió el profesor—. ¿Ven ustedes el frasco que hay sobre mi escritorio?
Los alumnos giraron su rostro hacia el escritorio del profesor. Allí no había nada excepto algunos papeles y un frasco. Algunos fruncieron el ceño, confundidos. Elliot se preguntaba a dónde quería llegar el profesor.
—Imaginen ustedes que necesitan limpiar el escritorio, ¿qué harían?
—Llamar a un elfo doméstico —dijo Peter Oldwick.
Algunos alumnos empezaron a reírse, pero tras una nueva mirada del profesor, sus risas se interrumpieron de golpe.
—Muy gracioso, señor Oldwick. Su chiste le costará cinco puntos a Slytherin. Sí, ¿señorita Whitaker? —dijo el profesor al ver la mano levantada de Poppy.
—Ejecutaríamos Levis… —Poppy frunció el ceño. Con un gesto rápido, revisó sus apuntes antes de corregirse—. ¡Ah, sí! Leviscapho, para levantar el frasco y los papeles mientras lanzamos otro hechizo para limpiar el escritorio.
—Muy bien, señorita Whitaker. Veamos si yo puedo lograrlo.
Alzó su varita hacia el frasco abandonado sobre el escritorio. Su voz resonó clara y precisa mientras ejecutaba con la varita un movimiento rápido:
—¡Leviscapho!
Los papeles y el frasco obedecieron al instante, elevándose unos centímetros en el aire con una gracia que parecía desafiar la gravedad. Pero entonces, algo salió mal. El líquido en el interior del frasco comenzó a burbujear con una intensidad inquietante, como si hirviera de repente. Y, al momento, explotó. Una lluvia de gotas azules salpicó la mesa, el suelo, incluso el borde de la túnica del profesor. Varios estudiantes —Amaia entre ellos— se sobresaltaron, dando un respingo en sus sillas. Katherine fue la única que permaneció inmóvil, con su rostro tan impasible como siempre.
—¡Vaya fastidio! —el profesor Nott soltó, más sorprendido que enfadado. Se giró hacia la clase, sus cejas arqueadas en una mezcla de curiosidad y desafío—. ¿Alguien tiene una explicación?
Algunos alumnos negaron en silencio con la cabeza, pero la mayoría se encogió en sus asientos, evitando cualquier movimiento que pudiera llamar la atención del profesor.
—¿No? ¿Nadie? —Hizo una pausa mirando a sus alumnos. Viendo que nadie parecía dispuesto a contestar, volvió a retomar su lección—. Bien, señor Pembroke, ¿puede seguir leyendo si es tan amable?
Noah se volvió a levantar y siguió con su lectura.
—«A diferencia de su versión superior, Wingardium Leviosa, el hechizo Leviscapho no distingue entre objeto y contenido. Por eso no hay que utilizarlo para levantar objetos mágicos o frascos de pociones, ya que altera el equilibrio mágico interno y puede provocar explosiones, liberaciones caóticas de encantamientos o reacciones mágicas en cadena…».
—Gracias, señor Pembroke.
Se acercó a Noah, recogió el libro de sus manos y lo alzó para que toda la clase pudiera verlo. Sus ojos recorrieron el aula antes de hablar.
—¿Lo ven? Hasta un hechizo tan sencillo e inofensivo como Leviscapho puede tener consecuencias graves. Por eso, aunque sean sus primeros días en Hogwarts, debo recalcarles algo que deberían aprender antes que cualquier hechizo: la magia puede parecer inofensiva, e incluso divertida, pero lanzar un hechizo al tuntún, sin precaución, sin conocimiento… —Hizo una pausa y clavó la mirada en Elliot—. Puede ser peligroso.
Dio media vuelta y comenzó a pasear por el pasillo central, observando a cada alumno con una intensidad que parecía atravesarlos. El discurso del profesor resonaba en la cabeza de Elliot con una claridad inquietante. Aunque las palabras recordaban a las de la profesora Honeywick del día anterior, había algo distinto en la forma en que Nott las pronunciaba.
—Pues bien, si su intención es ser buenos magos o brujas, entonces deben devorar cada libro de nuestra Biblioteca. Pero, sobre todo, deben entender hasta la última consecuencia de los hechizos que lancen.
El profesor llegó hasta la altura de Elliot y se detuvo. No dijo nada al principio; simplemente se quedó allí, de pie, dándole la espalda al resto de la clase. El silencio se espesó, cargado de algo que Elliot no lograba descifrar.
—Si no pueden entender las consecuencias de un hechizo, son un peligro para ustedes mismos y para todos los que los rodean.
Hizo una pausa, con sus ojos clavados en los de Elliot con una intensidad que parecía perforarle el alma. Entonces, con un movimiento lento y deliberado, dejó caer un libro sobre el pupitre de Elliot. El golpe seco resonó en el aula.
—Este libro es un buen comienzo para aprender hechizos. Es para usted, señor Carter. Se lo regalo.
Elliot miró el libro sin atreverse a tocarlo. Luego levantó la vista al profesor.
—Le aseguro que en buenas manos, este libro es un arma poderosa. Pero en las suyas, por ahora, no es más que un montón de papeles inútiles.
El profesor Nott se quedó allí, inmóvil, observándolo. Durante unos segundos no dijo nada más. El niño respiraba entrecortadamente. Sentía las mejillas arder y los ojos húmedos, pero se mordió el labio. El resto de alumnos había dejado de existir para Elliot; solo existían los ojos del profesor. Tras un incómodo silencio, Nott inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué hará, señor Carter? —preguntó, con una voz tan baja que solo Elliot pudo oírla—. ¿Aceptará este libro como lo que es, una oportunidad? ¿O lo dejará pudrirse en su mochila? La elección es suya. —Se agachó aún más hasta decirle en la oreja—. Aunque, entre nosotros, yo ya sé su elección.
El aula parecía contener la respiración. Elliot y Nott se quedaron unos segundos mirándose a los ojos. El chico percibió algo en los ojos del profesor que no había visto hasta entonces; creyó ver en ellos un desprecio tan intenso que no pudo soportarlo. Bajó la vista y sintió cómo algo dentro de él cedía, como una cuerda tensada durante demasiado tiempo.
Finalmente, Nott se dio media vuelta y se dirigió al frente del aula. Elliot quería que el mundo se lo tragara. De pronto, la clase estalló en una sonora carcajada. El profesor se giró de golpe y tronó con una furia inesperada.
—¡¿Me ven cara de payaso?!
Las risas terminaron. La mayoría de los alumnos se encogió en sus asientos. Otros agacharon la cabeza.
—Al próximo que se ría, me va a tener que escribir una redacción de diez páginas sobre el peligro de la magia oscura.
Mientras el profesor llegaba a su escritorio, los alumnos se miraron unos a otros nerviosos. Holloway y Oldwick que estaban sentados delante de Elliot, se giraron con cara de pocos amigos. Holloway le espetó con toda la malicia que pudo reunir:
—Todo esto es por tu culpa, Carter. Si no fueras tan inútil, no tendríamos que tragarnos toda esta cháchara.
Oldwick asintió con la cabeza y, antes de volverse, le lanzó a Elliot un gesto obsceno. Él, en cambio, no se atrevió a mirar a ningún otro compañero. El resto de la clase se quedó quieto sin alzar la cabeza. La clase siguió, pero para él, la hora se hizo interminable. Oyó la voz de Nott, las preguntas de Poppy, el ruido de las páginas al pasar, pero él estaba muy lejos de aquella aula.
───────── ✧ ─────────
Cuando la campana sonó, Elliot fue el primero en recoger sus cosas y levantarse. Salió del aula y se adentró en los pasillos, con la vista clavada en el suelo. No quería que Amaia lo viera, ni que Katherine se le acercara, ni ver ni oír a nadie. Buscaba un lugar tranquilo en el que esconderse.
Sin rumbo fijo, vagó hasta el primer piso, arrastrando los pies. Al doblar una esquina, se topó de frente con dos chicos de Hufflepuff de quinto curso. Los dos eran altos; uno, su piel tan oscura como la de Amaia, llevaba la insignia de prefecto; el otro, tenía el pelo largo y la corbata desabrochada. Sus miradas lo recorrieron de arriba abajo. Al principio lo observaron con curiosidad, pero poco a poco se transformó en desprecio.
—Tú eres Elliot Carter, ¿verdad? —John Wilson, el chico de pelo largo, cruzó los brazos. Su tono estaba más cercano a un reproche que a una pregunta.
Elliot asintió despacio. Sintió cómo el peso de su nombre se volvía más pesado. Estuvo a punto de confesar que era Elliot Brown y olvidarse de aquel Carter.
—Será mejor que no vuelvas a hacer que Hufflepuff pierda puntos, ¿entendido? Bastante tenemos con ser el hazmerreír del colegio por tu culpa.
Conrad Wish, el prefecto, dio un paso al frente hasta casi invadir la zona personal de Elliot. Lo miró a los ojos y arrugó la nariz.
—¿Por qué no te largas de Hogwarts? —le espetó con todo el desprecio del mundo—. No sirves para mago. ¿Tú qué opinas, John? ¿No crees que parece un squib?
John se acercó y se puso a la altura de Conrad. Elliot dio un paso atrás. No había entendido aquello de «squib» pero tenía claro que no era un piropo. John empezó a sonreír.
—Ahora que lo dices, sí que tiene pinta de squib —contestó John mientras se le formaba una sonrisa afilada en el rostro—. A ver, pongámoslo a prueba. Venga, saca tu varita y haz un hechizo.
—Eso. Cualquiera. El que más te guste —le secundó Conrad.
Los dos se quedaron mirándolo, conteniendo las risas. Elliot tragó saliva. No conocía ningún hechizo, ni siquiera sabía cómo se lanzaban. Quiso gritar que no era justo, que era su primer año y que acababa de llegar a Hogwarts. Pero recordó a Katherine ejecutando un hechizo en el tren. Supuso que todos sabían lanzar hechizos menos él. Bajó la mirada, incapaz de sostener el escrutinio de aquellos dos alumnos.
Las risas de los estudiantes de quinto estallaron en el pasillo. Elliot dio media vuelta y empezó a caminar todo lo rápido que pudo, con los puños apretados y la mirada clavada en el suelo. Pero la fuga duró poco. De pronto, nuevas risas se unieron a las de Conrad y John. Cuando alzó la mirada, el corazón le dio un vuelco. Allí, bloqueando el pasillo y cerrando el círculo a su alrededor, estaban Corvinus, Petra y Silas. Supo, en ese mismo instante, que lo peor estaba por llegar.
Esta vez, Corvinus no dejó que Silas ni Petra llevaran la voz cantante. Era su presa y no quería que nadie se le adelantara. Avanzó con esa elegancia felina que lo caracterizaba, como si el suelo mismo se inclinara para cederle el paso. Más que caminar parecía que desfilaba y el pasillo, su escenario personal.
—¡Bravo, Carter! Veo que los de Hufflepuff te odian tanto como nosotros.
No supo de dónde habían salido, pero de pronto el pasillo se llenó de alumnos que no querían perderse el espectáculo. Había alumnos de Slytherin y de Hufflepuff, pero también de Gryffindor y Ravenclaw. Los rodearon y Elliot no solo vio las sonrisas expectantes, sino que también el ansia por presenciar la humillación de alguien diferente, de un alumno al que no consideraban a su altura.
—¿Por qué no le haces caso a Conrad y te piras de una vez? —añadió Corvinus—. Nos harías un gran favor a todos.
Elliot intentó esquivar al trío y salir de aquel círculo de estudiantes, pero cada vez que giraba le bloqueaban la salida. De pronto, la voz de Corvinus resonó de nuevo en el pasillo, esta vez cargada de una autoridad oscura:
—Actio túnica —gritó, mientras su varita se alzaba con un movimiento rápido, apuntando directamente a Elliot.
La túnica se desprendió de los hombros de Elliot, volando por los aires hasta posarse en la mano libre de Corvinus. La sostuvo en alto, examinándola con desdén.
—Esta túnica es para magos y brujas de Hogwarts. Tú no mereces llevarla.
Con un gesto teatral, la dejó caer al suelo y apuntó de nuevo con la varita, esta vez hacia la tela inerte.
—¡Incendio! —pronunció, y una llama voraz brotó de la punta de su varita, envolviendo la capa en segundos.
El olor a tela quemada llenó el aire mientras Corvinus observaba, impasible, cómo las llamas devoraban el tejido. Cuando solo quedaron jirones carbonizados, pisó los restos con el pie, apagando lo poco que quedaba. Hubo aplausos y risas que estallaron a su alrededor. Luego, Corvinus alzó la vista lentamente hacia Elliot, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
Elliot empezó a girar la cabeza a un lado y a otro buscando entre el público alguna cara amiga, pero no la encontró; más bien todo lo contrario. No supo qué hacer. Se quedó paralizado, con el cuerpo tenso. Todas sus fuerzas y cada fibra de su ser estaban concentradas en contener las lágrimas que se le acumulaban en los ojos. Se prometió que no iba a darles ese gusto.
Corvinus se acercó con lentitud mientras los susurros cesaban y todos volvían a prestar atención al nuevo acto que estaba a punto de comenzar. Elliot dio un paso atrás, pero Conrad, que estaba justo detrás de él, lo empujó hacia el centro del círculo. Cuando Corvinus estuvo a su lado, se agachó hasta quedar a la altura de su oído. Su aliento frío le rozaba la piel, provocándole escalofríos.
—Tú no perteneces a Hogwarts.
Con una sonrisa que helaba la sangre, alzó su varita y apuntó directamente al escudo de Hufflepuff en el suéter de Elliot.
—Insigne Evanesco.
Los hilos dorados y negros del escudo comenzaron a desvanecerse, como si el tiempo retrocediera, hasta dejar la tela lisa, vacía, sin rastro de la Casa que se suponía debía protegerlo. El símbolo de su pertenencia había desaparecido en un instante.
—Tú no eres digno de llamarte mago.
Lo miró con un desprecio tan profundo que Elliot sintió cómo se le helaba el alma.
—Vuelve al agujero de donde saliste, ratoncito asustado.
El pasillo estalló en risas; incluso hubo aplausos y vítores. Muchos felicitaban a Corvinus y otros lo animaban a seguir. Elliot, con el suéter ahora despojado de su escudo y el corazón apretado como un puño, sintió que el mundo entero se reía de él.
—¡Que viene Nott! —Ophelia Burke, una Slytherin de voz estridente, lanzó la advertencia con un tono que delataba terror.
El efecto fue inmediato. Los alumnos apiñados en el pasillo comenzaron a dispersarse como cucarachas bajo una luz repentina, desapareciendo tras esquinas y puertas con rapidez. Solo Corvinus se permitió el lujo de no alterarse. Se quedó donde estaba, a un metro de Elliot, inmóvil, con los ojos clavados en él. Luego, con una lentitud deliberada, giró sobre sus talones. Con elegancia, alzó su varita hacia los restos carbonizados de la capa, aún humeantes en el suelo.
—¡Evanesco!
Las cenizas se esfumaron al instante, como si nunca hubieran existido. Satisfecho, se alejó por el extremo opuesto del pasillo, justo cuando los pasos del profesor Nott comenzaban a resonar en la dirección contraria. Sin embargo, no corrió; parecía no necesitarlo. Y cuando se desvaneció entre las sombras, Elliot también desapareció. Bajó corriendo las escaleras y solo se detuvo cuando llegó a la torre del reloj. Subió, escalón a escalón, sin pensar, solo huyendo de las burlas, de las risas, de todo.
Cuando alcanzó el último rellano, se dejó caer en el suelo, escondido. Allí, por primera vez desde que llegó a Hogwarts, lloró de verdad. Durante varios minutos, solo se oyó el tictac del reloj y el latido de un corazón convencido de que nadie, nunca, lo aceptaría en aquel lugar.
Ahora él también lo tenía claro; no pertenecía a ese mundo.
21 de agosto de 2026
Enrique Vallés Balaguer
