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Capítulo 20: La Gran Disonancia
Capítulo 20: La Gran Disonancia

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Capítulo 20

La Gran Disonancia

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Hogwarts, 7 de septiembre de 2026

Si la Sala Común de Slytherin era un espacio recargado y grandilocuente, donde la oscuridad y el frío dominaban, y el color verde se imponía en cada rincón, desde los asientos hasta las cortinas, la Sala Común de Hufflepuff era su antítesis absoluta. La primera gran diferencia es que aunque también estaba en el sótano, en Hufflepuff contaban con una enorme claraboya abovedada que se abría al exterior, permitiendo que la luz entrara a raudales. Esto creaba un ambiente cálido y acogedor. Además esa luz proporcionaba todo lo necesario para que las plantas fueran las grandes protagonistas de la sala. Había flores de múltiples colores y verdes hojas que llenaban el espacio, algunas en macetas que flotaban en el aire, otras en el suelo o sobre las estanterías, como si la naturaleza misma hubiera decidido habitar allí. Por último, las paredes, sencillas y sin ostentaciones, estaban adornadas con vigas y pilares de madera que le daban un toque rústico y natural. Para Elliot, si había una palabra que definiera la Sala Común de Hufflepuff, esa era, sin duda, «acogedora».

Esa tarde, en la Sala Común había bastante gente; unos hacían las tareas de clase, otros jugaban al ajedrez mágico o algún otro juego que desconocía Elliot por completo, y otros conversaban sentados en los sofás plácidamente. 

Tras el incidente en la clase de vuelo, Elliot había comenzado a ser aceptado en Hufflepuff. No obstante, todavía había algún estudiante con reticencias, como era el caso de Conrad Wish y John Wilson, que siempre que se los cruzaba por la Sala Común le hacían algún comentario despectivo. Pero cada vez eran menos los estudiantes que le menospreciaban, y eso hacía que Elliot se sintiera cada vez más como en su propia casa.

Elliot y Amaia estaban sentados en una mesa circular junto a una lámpara mágica de pie. Él, reclinado en la silla, seguía con la mirada el recorrido de las gotas que resbalaban por el cristal de la claraboya sobre sus cabezas. La lluvia había vuelto y esta vez con más fuerza que nunca. Los truenos retumbaban en el castillo y el repique de las gotas se mezclaba con el rasgueo de la pluma de Amaia, que escribía sin parar sobre un pergamino.

Se suponía que estaban haciendo un trabajo para Encantamientos. Sin embargo, como Elliot de momento no podía escribir, el profesor Flitwick le había permitido presentarlo junto a Amaia. Pero Elliot sabía perfectamente que el mayor peso del trabajo recaía en Amaia, pues tenía que escribir el trabajo y también buscar la información en los libros. Eso hacía que él se sintiera bastante inútil. De cuando en cuando, Amaia le hacía una pregunta relacionada con el trabajo, pero Elliot tenía la sensación de que lo hacía solo para que él se sintiera parte del equipo, como si intentara darle un papel en algo donde, en realidad, no aportaba nada. Y si esa era su intención, no lo conseguía. La culpa lo carcomía por dentro. 

—Ojalá estuviera Katherine aquí —dijo de pronto Amaia, dejando la pluma sobre el pergamino con un suspiro.

—Sí —asintió Elliot—. Se nota cuando no está.

—¿Tú crees que nos echa de menos cuando está en la Sala Común de Slytherin?

Elliot se quedó pensativo. No era algo que hubiera considerado antes.

—No veo a Katherine necesitando a nadie. 

—Pero se sentirá muy sola allí, ¿no? —insistió Amaia, preocupada.

—¿Katherine? —preguntó Elliot, con una sonrisa incrédula—. Me cuesta mucho creer que tenga algún tipo de sentimiento… —Se detuvo al ver la mirada reprobadora de Amaia—. ¡No lo digo con mala intención! A mí me cae muy bien Katherine, de verdad. Pero has de reconocer que es… algo fría.

—Bueno… Un poquito sí —admitió Amaia, con una sonrisa—. Aunque me gustaría que fuera de Hufflepuff.

—Amaia, Katherine está en la casa que quiere y a la que pertenece. Aquí… se sentiría fuera de lugar. Como yo me sentí cuando estuve allí.

—Pero a ti también te seleccionaron para Slytherin… —insistió Amaia—. ¿Por qué con Katherine iba a ser distinto?

Elliot se quedó pensativo unos instantes. Recordó lo que le dijo el Sombrero Seleccionador: «Hay un lugar donde siempre terminan los tuyos». Y luego lo colocó en Slytherin. ¿A qué se refería con «los tuyos»? Le había dado vueltas a aquella frase desde ese día, pero seguía sin encontrar una respuesta clara.

—Supongo que conmigo el Sombrero Seleccionador se equivocó —respondió al fin, aunque sin estar del todo convencido. ¿Se podía equivocar un objeto mágico? No tuvo tiempo de buscar una respuesta, pues Amaia no iba a dar su brazo a torcer tan fácilmente.

—Pues a lo mejor con Katherine también se equivocó —replicó ella, tozuda.

—¡Demonios! ¡Katherine de Hufflepuff! —exclamó Elliot, enderezándose en su silla, sorprendido.

Y antes de que pudiera evitarlo, estalló en una carcajada franca y ruidosa, como si la idea misma fuera el chiste más absurdo del mundo.

—¡Imposible! —dijo entre risas—. Katherine es cien por cien Slytherin. ¡Es más Slytherin que la propia serpiente del escudo! ¡Imagínatela con una bufanda amarilla!

Su risa contagió a Amaia, que terminó riéndose también, aunque en el fondo no estuviera del todo convencida. Cuando por fin logró controlar la risa, la niña se quedó en silencio, con los ojos perdidos más allá de la claraboya. El cristal, empañado por el vaho, reflejaba el brillo de las lámparas de la Sala Común, pero ella miraba más allá.

—Pero aquí estaría con nosotros dos —replicó Amaia, con tristeza—. ¿Por qué iba a sentirse fuera de lugar?

—Mira la luz que hay aquí, Amaia —respondió su amigo, señalando el ambiente cálido que los rodeaba—. La Sala Común de Slytherin es completamente diferente. Allí no hay casi luz; es mucho más… esnob que esto. 

Amaia calló y desvió la mirada mientras se mordía una uña. 

—De todas formas —añadió Elliot, al ver que su amiga seguía preocupada—, deberíamos buscar un lugar para poder hacer los trabajos de clase los tres juntos. 

—¿Qué tal el Gran Comedor? —preguntó Amaia, animándose al instante. Sus ojos recobraron el brillo ante la idea.

—Es una posibilidad. Pero creo que hay demasiado ruido. Necesitamos un sitio más tranquilo. 

Se quedaron los dos en silencio, cavilando, mientras buscaban en sus mentes un lugar que fuera tranquilo, accesible y, sobre todo, donde pudieran estar los tres juntos. No se les ocurría ningún sitio, hasta que Amaia, de pronto, alzó la cabeza con una chispa de inspiración en los ojos.

—¿Tú crees que la profesora Honeywick nos dejaría hacer las tareas en su aula de Transformaciones? 

—Mmm… —Elliot se rascó la cabeza—. No es mala idea. —Y, tras una pausa, exclamó con una sonrisa:— ¡Demonios, Amaia! ¡Parece que de vez en cuando tienes alguna buena idea!

—¿Qué quieres decir? —preguntó Amaia, cruzándose de brazos con un gesto de indignación, aunque el brillo de sus ojos revelaba que no estaba realmente ofendida.

—¡Nada, nada! —respondió Elliot, riendo mientras levantaba las manos en señal de paz—. Solo bromeo.

De reojo, echó un vistazo al reloj que colgaba en la pared, iluminado por la luz dorada de las lámparas.

—Hablando de la profesora Honeywick —dijo, mientras se levantaba y recogía sus cosas con prisa—, tengo que irme a su clase de lectura. Aprovecharé para preguntárselo.

—¡Genial! —exclamó Amaia, con entusiasmo—. Me gustaría contactar con Katherine para comentárselo. ¿Se te ocurre cómo podría hacerlo?

Elliot se detuvo un momento, pensativo.

—Pues la verdad es que no lo sé... —dijo, mientras se colgaba la mochila—. ¡Espera! Podrías pedirle a Lumi que le llevara un mensaje.

—¡Claro! Pero, ¿dónde puedo encontrar a Lumi?

—Seguramente esté en las cocinas —explicó Elliot, ajustándose la mochila—. Y si no está allí, puedes pedírselo a cualquier otro elfo doméstico.

Se dirigió hacia la salida de la Sala Común, pero antes de salir, sus ojos se posaron en un grupo de estudiantes reunidos frente al tablón de anuncios. Sus voces llegaban hasta él, cargadas de entusiasmo pues las pruebas para el equipo de Quidditch serían esa misma semana. Varios exclamaron que iban a presentarse para el puesto de buscador. Elliot se detuvo y, al observarlos con atención, vio que todos eran mayores que él y, sobre todo, mucho más atléticos. 

Al salir de la Sala Común, una oleada de preocupación lo invadió. Había decidido participar en las pruebas de Quidditch, pero ahora, frente a la realidad, se daba cuenta de que no sería nada fácil. ¿Y si la profesora Honeywick tenía razón? Él era pequeño, frágil incluso en comparación con los demás. ¿Qué sentido tenía presentarse a unas pruebas donde la mayoría le sacaba una cabeza y, además, veinte kilos de músculo?


───────── ✧ ─────────


Más tarde, en el despacho de Honeywick, Elliot estaba sentado frente al escritorio de la profesora, con el cuerpo rígido y la mandíbula apretada. Delante tenía una hoja de pergamino y una pluma, que de vez en cuando se le escapaba de los dedos, dejando rastros de tinta. El libro de lectura, con el lomo ajado y las letras grandes, yacía abierto.

Honeywick lo observaba pacientemente desde su silla, con una calma que contrastaba con el nerviosismo de Elliot. 

—Sostenga la pluma más recta, señor Carter —dijo, con un tono sereno pero firme—. Intente poner los dedos menos tensos. Y mire lo que está escribiendo, no su mano.

Elliot tragó saliva y ajustó la postura de los dedos alrededor de la pluma. Se esforzó por copiar la frase dictada por la profesora: «Hoy es un buen día para aprender». La escribió letra por letra, pero la «d» terminó al revés y la «y» parecía un caracol a punto de desmayarse. Para colmo, toda la frase quedó torcida, como si se hubiera deslizado cuesta abajo. 

—¿Así? —preguntó, empujando la hoja hacia la profesora.

Honeywick la revisó con la lupa de los maestros justos, como si buscara algo más que errores en la escritura. Luego, señaló las dos letras que no estaban bien escritas y, con un tono sereno, le pidió que repitiera el ejercicio. Tras varias repeticiones consiguió que todas las letras estuvieran alineadas.

—Mejor —asintió la profesora—. Ahora, lea en voz alta.

Elliot giró el libro. La página solo tenía una oración, escrita en un lenguaje para niños de cinco años. Eso no hacía que le fuera más fácil; las letras saltaban de un lado a otro, se le confundían, y cada vez que dudaba sentía los ojos de la profesora como las linternas de los policías cuando los cogían a Mara y a él por las calles de Londres.

—Des… ceeeen… ddddió hasss… taaa de…deeeeesa…sa…paaaa… reeee… cer —logró terminar al fin, pero el esfuerzo le dejó un sabor amargo.

El libro tembló en sus manos. Odiaba su voz cuando leía en voz alta, pues le resultaba lenta y torpe. Arrastraba las sílabas como si fueran cargas demasiado pesadas. Para nada sonaba como un alumno de Hogwarts, más bien como un niño pequeño que acaba de aprender a hablar y tropieza con cada palabra. Se preguntó si James, el hijo del profesor Longbottom, leería mejor que él.

—Otra vez —pidió la profesora, con calma.

—¡Es imposible! 

Empujó el libro con tanta fuerza que resbaló por el borde y aterrizó en el suelo con un ruido sordo. Honeywick se agachó, recogió el libro y se lo tendió con calma. Pero Elliot lo apartó con un gesto brusco de la palma. Sentía el ardor de las lágrimas cerca, pero se las tragó. Ya había derramado demasiadas lágrimas ese año.

—No lo conseguiré nunca —murmuró, con la voz quebrada—. ¿De qué sirve intentarlo?

La profesora Honeywick se recostó en su asiento, observándolo con una mezcla de paciencia y determinación. 

—Señor Carter, usted ahora es un Hufflepuff.

—¿Eh…? —respondió Elliot, sorprendido por el giro de la conversación. 

—Cuando un Hufflepuff tropieza, se levanta —explicó ella, con convicción—. Una y otra vez, todas las veces que hagan falta sin rendirse jamás. Siempre seguimos adelante, aunque nos duela o el camino sea difícil. Nunca bajamos los brazos. ¿Entendido?

Elliot la observó durante unos segundos. Pero la mirada de la profesora reflejaba una firmeza tan inquebrantable que le resultaba casi insoportable. Al final, apartó la vista, abrumado. ¿Realmente era un Hufflepuff? La duda lo asaltó de nuevo, como un eco que no lograba silenciar.

—Pero, ¿de qué sirve que aprenda a leer y a escribir? 

—Para todo. Para seguir el ritmo de la escuela, para escribir sus trabajos, para no depender de nadie. Pero más que nada, porque cuando sepa leer, señor Carter, será verdaderamente libre. 

Elliot soltó un bufido, cruzando los brazos con fuerza.

—No veo que los demás se maten por aprender —replicó, con un tono desafiante.

—Los demás no son usted —respondió Honeywick, con calma—. Además… —Hizo una pausa, como si recordara algo importante:— Me prometió que daría lo mejor de sí mismo. ¿Se acuerda?

Él no contestó; desvió la mirada a la ventana enfurruñado. La profesora suspiró, como si supiera que el silencio de su alumno era una pequeña grieta en su empecinamiento.

—Venga. Quiero enseñarle el corazón de Hogwarts.

Su alumno dudó, pero al final se levantó y siguió a la profesora. Honeywick caminó con decisión hacia la escalera principal y bajó hasta la primera planta. Se detuvo ante una puerta de roble, cuyos herrajes brillaban tenuemente en la penumbra. Un péndulo grabado en la madera parecía marcar el tiempo, como si el propio paso de los años estuviera tallado en ella.

—¿Ha estado usted aquí alguna vez? —preguntó Honeywick, mientras giraba el pomo con un brillo extraño en sus ojos.

Elliot negó con la cabeza, sin apartar la vista de la puerta. La profesora la empujó, y al abrirse, un mundo entero parecía esperarlos al otro lado. La biblioteca de Hogwarts era inabarcable. Los pasillos se perdían en la penumbra, como si invitaran a explorar lo desconocido, y las estanterías se curvaban y ascendían hasta perderse en el techo. Cientos de libros, quizá miles, de todos los colores, tamaños y texturas, llenaban el espacio. El aire olía a papel viejo, a madera encerada, a siglos de conocimiento acumulado.

El niño sintió que la boca se le abría sola. Nunca había visto tantos libros juntos, ni siquiera había imaginado que pudieran existir tantos.

—Venga —susurró Honeywick, guiándolo hacia un pasillo donde los estantes estaban tan juntos que solo podían pasar uno detrás de otro—. Cada uno de estos libros tiene una historia que podría cambiarle la vida. Algunos tienen recetas de pociones secretas, otros cuentan aventuras, otros pueden enseñarle a sobrevivir, nuevos hechizos, encantamientos antiguos que ya casi se han olvidado —explicó, con un tono que delataba su pasión—. La escritura es quizá la mejor invención humana. Cada uno de estos libros es la prueba de que los humanos somos capaces de hacer magia.

Él miró las tapas de los libros, algunas adornadas con símbolos que ni siquiera reconocía. Por un momento, se imaginó a Mara allí, a su lado, mientras él abría uno de esos tomos y le leía en voz alta, compartiendo con ella las historias que guardaban entre sus páginas. 

—Pero si no aprende a leer —dijo Honeywick, invitándolo a reflexionar—, todo esto será invisible para usted. Estará rodeado de maravillas y no podrá tocarlas nunca. —Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran—. ¿Quiere eso?

Elliot negó con la cabeza, sin palabras. Un silencio reverencial llenaba la biblioteca, roto solo por el susurro de pasar páginas y el rasgueo de plumas. El niño recorrió la sala con la mirada. Estudiantes de todas las casas se distribuían entre las mesas, algunos inclinados sobre enormes tomos, otros garabateando notas con expresión absorta.

Se giró de nuevo hacia la estantería y tocó el lomo de un libro al azar. Lo retiró con cuidado y lo miró por fuera. Le costó descifrar el título, pero no se rindió. Chasqueó la lengua y volvió a mirar las estanterías repletas de libros, cada uno con su propia historia por descubrir. Finalmente, devolvió el tomo a su lugar y se giró hacia Honeywick.

—Continuemos con la clase, profesora.

El eco de sus pasos resonaba por el pasillo mientras dejaban atrás la biblioteca. Elliot iba delante, marcando el paso con la espalda un poco más erguida que antes. Detrás de él, Honeywick lo seguía con una pequeña sonrisa en sus labios.


───────── ✧ ─────────


A la mañana siguiente, Amaia arrastró a sus amigos hasta la segunda fila del aula de Pociones. Katherine se colocó a la derecha de Elliot compartiendo la misma mesa de sus amigos. Ella había sido la primera en desafiar la regla no escrita de sentarse junto a alumnos de una Casa diferente a la suya. La primera vez que compartió pupitre con sus dos amigos de Hufflepuff, la clase entera la miró con las cejas levantadas, y algunos compañeros de Slytherin, como Adrian Holloway o Mireya Calder, no dudaron en lanzar comentarios despectivos. Pero, como era habitual en ella, Katherine los ignoró por completo. Sin embargo, al ver que los profesores no ponían objeciones, otros alumnos comenzaron a imitarla. Poco a poco, las clases de primer año se fueron llenando de una mezcla de colores de capuchas, como si las barreras invisibles que antes las separaban empezaran a desvanecerse.

—¿Le preguntaste a la profesora Honeywick si podemos usar su aula para estudiar los tres juntos? —preguntó Amaia mientras inclinaba la cabeza hacia él. 

—No, pero no ha hecho falta.

—¿Qué quieres decir, Carter? —inquirió Katherine, entrecerrando los ojos con escepticismo.

—He encontrado el sitio perfecto para estudiar los tres.

—¿Dónde? —preguntó Amaia, intrigada.

—En la biblioteca. 

—No es mala idea, Carter —reconoció Katherine, asintiendo con la cabeza.

—Sí… Nada mala, Elliot.

—Vaya… —dijo Elliot, cruzándose de brazos con un gesto de indignación fingida—. ¿Y ese tono de sorpresa?

Amaia rio al ver la expresión de su amigo.

—No te vengas tan arriba, Carter —dijo Katherine mientras sacaba sus libros—. Cualquiera de las dos podría haber pensado en eso.

—Ya, bueno… Pero ha sido a mí a quien se le ha ocurrido la idea.

La profesora Ravenshade salió de su despacho y caminó hasta su mesa. Se plantó allí, hierática como una estatua de hielo, sin necesidad de exigir la atención que ya poseía por completo.

—Clase. Abran el libro por la página diez.

Hubo un breve susurro de papeles y Elliot, con vergüenza, abrió el libro e intentó leer la poción; aunque sabía que, lo que tardaría en leer el título, el resto habría leído la receta entera. Por un segundo, temió que la profesora le pediría que la leyera en voz alta.

—Hoy prepararán la Solución Agrandadora. No es difícil, pero exige precisión. —Hizo una pausa calculada, y sus ojos barrieron el aula—. Si les tiembla el pulso, respiren; cálmense hasta recobrar el control. —Otra pausa, más larga, más pesada—. Recuerden: una poción mal hecha puede matar más rápido que cualquier hechizo.

Un murmullo de pánico recorrió el aula. Varios alumnos intercambiaban miradas de alarma, con las pupilas dilatadas y el miedo pintado en sus rostros. Katherine y Elliot, disimuladamente, dieron unos pasos hacia el extremo de la mesa, alejándose de Amaia. Al notar su movimiento, Amaia les frunció el ceño, pero Elliot, con un guiño cómplice, le sonrió y volvió a su sitio. Sin embargo, Katherine se quedó en la distancia, hasta que Elliot, riendo por la nariz, la tomó de la manga y la guio de vuelta a su lugar. 

—Pueden empezar —anunció la profesora.

Los alumnos se dispersaron entre frascos, cuchillos y morteros, partiendo raíces y midiendo ingredientes con una concentración que delataba su nerviosismo. Elliot, inmóvil frente a su libro, intentaba descifrar la receta. Confuso, leyó a su ritmo, pero cada paso sonaba más absurdo que el anterior:

—A…ña…dir treees o…jos dddeee p..pe..z gll..glo…bb..bbo en el mo…mor…te…ro —leyó en voz baja, mientras Amaia lo observaba con media sonrisa. Luego, Elliot la miró y le soltó:—. ¿En serio? ¿Cómo puede alguien tomarse esto en serio?

Ella se encogió de hombros. A su alrededor, los demás trituraban sustancias extrañas en sus morteros con rostros serios y movimientos torpes. Elliot observó la escena y se inclinó hacia Amaia y le preguntó desconcertado: 

—¿Acaso somos los únicos que piensan que no es normal machacar ojos de pez?

Antes de que Amaia pudiera responder, escucharon cómo Katherine, a su lado, ya estaba machacando los ojos de pez globo con una frialdad que los dejó perplejos. El menjunje que se formaba en el mortero era poco apetecible, y tanto Elliot como Amaia arrugaron la nariz, repugnados. Cruzaron una mirada y tragaron saliva al recordar que ellos tenían que hacer exactamente lo mismo.

Finalmente, se pusieron manos a la obra. Elliot cogió un frasco de poción y leyó poco a poco, como si cada palabra fuera un enigma. Dudó si preguntarles a sus amigas si era el frasco correcto. Las miró de reojo, pero Katherine seguía en su mundo, ajena a lo que hacían sus amigos. Al final, fue Amaia quien le tendió un frasco diferente. Elliot lo tomó y le sonrió en agradecimiento.

Pero de pronto, la profesora Ravenshade lo llamó:

—Señor Carter, ¿sería tan amable de acercarse un momento?

Elliot avanzó hacia el escritorio de la profesora con pasos cortos y vacilantes. ¿Le había visto pedir consejo a Amaia? ¿Eso no estaba permitido? En su cabeza ya resonaban las palabras de un castigo inminente. Ravenshade lo esperó, imperturbable, con los dedos entrelazados sobre la madera pulida de su escritorio. Cuando estuvo frente a ella, inclinó levemente la cabeza, estudiándolo con atención.

—Señor Carter, le he estado dando vueltas a lo ocurrido aquí el primer día. Usted logró preparar una poción desinfectante básica bastante decente. Sin embargo, después descubrimos que no podía leer.

Aquello lo pilló por sorpresa. No era lo que esperaba, y ni siquiera recordaba con claridad aquel primer día.

—¿Me puede explicar cómo logró realizar la poción? —preguntó la profesora, con una curiosidad que lo dejó aún más confundido.

Elliot sintió cómo la sangre se le helaba en las venas, luego le subía con fuerza a la cara y, finalmente, se le congelaba de nuevo en las orejas. El corazón le latía con tanta intensidad que casi ahogaba sus pensamientos.

—Yo… —La voz le salió demasiado baja, casi un susurro, así que tosió e intentó de nuevo—. No estaba seguro, así que miré lo que hacía mi compañera —señaló a Katherine, con un gesto tímido—. Y la imité.

Esperó la bronca, el regaño, el castigo que, estaba seguro, llegaría en cualquier momento. Pero la profesora solo lo contempló con esa expresión impenetrable, como si estuviera evaluando algo más allá de sus palabras.

—¿Cree que eso le servirá para aprobar mi clase?

—No, profesora.

—Bien. Sin embargo, usted añadió ingredientes que su compañera no usó. ¿Cómo explica eso?

Elliot se quedó en blanco. Trató de repasar aquel día en su cabeza, pero solo recordaba el miedo, el temblor de sus manos y la desesperación por no fallar. Nada más.

—No lo sé —admitió, con un hilo de voz—. ¿Tal vez fue suerte?

—La suerte es la excusa de los débiles, señor Carter.

La profesora se levantó de su asiento, como si el tema estuviera zanjado. Luego, alzando la voz para dirigirse a toda la clase, dijo:

—¡Escuchen todos! —Su voz resonó en el aula, clara y autoritaria—. Preparar una poción requiere mucha práctica y seguir las instrucciones al pie de la letra. —Sus ojos barrieron a los alumnos, fríos como el acero—. Cualquier error, cualquier tropiezo, y pueden acabar intoxicados. O peor aún.

Poppy, siempre impulsiva, levantó la mano sin dudar.

—Pero usted nos dijo que seguir la receta al pie de la letra no nos servirá si están incompletas —recordó, con una seguridad que contrastaba con el nerviosismo de Elliot.

La profesora la miró con aprobación, como si esa intervención fuera exactamente lo que esperaba.

—Correcto, señorita Whitaker. Cinco puntos para Hufflepuff —premió, con satisfacción—. No obstante, las recetas que haremos en este curso están completas. De momento, no tienen el nivel ni la experiencia para intentar crear sus propias recetas. —Hizo una pausa, como si quisiera que sus palabras calaran hondo—. Cuando comprendan qué hace cada ingrediente, sus propiedades y sus efectos, podrán experimentar. De momento, nos ceñiremos a seguir los pasos al pie de la letra. —Sus ojos se posaron en cada uno de los alumnos—. ¿Entendido?

La clase asintió al unísono y la profesora Ravenshade se dio por satisfecha. Se volvió a sentar y, tras ajustar los pliegues de su túnica con elegancia, bajó la voz para dirigirse exclusivamente a Elliot.

—Señor Carter, de momento tiene mi permiso para que sus compañeras, la señorita Moore o la señorita Ollivander, lo ayuden leyendo la receta. —Hizo una pausa, mirándolo fijamente—. Pero me gustaría que, antes del examen final del primer trimestre, usted sea autosuficiente. ¿Entendido?

Elliot asintió, con un nudo en el estómago que le impedía respirar con facilidad.

—Bien, señor Carter. Vuelva a su sitio.

Lo despidió con un gesto breve, pero antes de que Elliot diera media vuelta, añadió:

—Pero recuerde bien esto. Aunque una poción puede salvar vidas, también puede quitarlas. —Sus ojos se clavaron en los de él, fríos y serios—. No vuelva a añadir ingredientes que no estén en la receta.

Elliot dio media vuelta y regresó con sus amigas, no obstante sus pensamientos seguían atrapados en las palabras de Ravenshade. Amaia y Katherine le preguntaron qué le había dicho la profesora, sin embargo él no las escuchó. Su mente repetía una y otra vez: «Una poción puede salvar vidas». De pronto, su pulso se aceleró mientras una idea se formaba en su mente, clara como el agua: si dominaba este arte, podría salvar a Mara. Sus dedos temblaron ligeramente al sostener el mortero. Por primera vez desde que había llegado a ese extraño lugar, sintió que había un propósito detrás de todo aquello. Y, lo más importante, que estaba exactamente donde debía estar. Agachó la cabeza rápidamente cuando notó el escozor en los ojos, como si intentara ocultar la emoción que lo embargaba.

—¿Estás bien? —preguntó Amaia. Parecía estar realmente preocupada.

—Lo voy a conseguir. Lo juro.

Pero no hablaba con Amaia.


───────── ✧ ─────────


Aquella misma noche, las doce campanadas del reloj de la torre resonaron mientras Elliot y Amaia se deslizaban como sombras por los corredores desiertos de Hogwarts. Amaia caminaba pegada a Elliot mientras con sus dedos apretaba el dobladillo de la túnica de su amigo. Su temor se debía a que la primera noche que recorrieron esos pasillos, se habían cruzado con varios fantasmas y, aunque Elliot intentó que se riera del susto, Amaia no olvidó la sensación que le recorrió la espalda al ver al Barón Sanguinario flotando a escasos centímetros de ella. Desde entonces, cada ruido la hacía contener el aliento.

Elliot, aunque caminaba con la espalda recta, la mirada seguía alerta. Su preocupación no tenía nada que ver con los espectros que habitaban el castillo; sino más terrenal, más concreto, más... Corvinus. Desde su último encuentro en los pasillos, una alarma interna le recordaba que toparse con él de noche sería peor que enfrentarse a cien fantasmas juntos. Aun así, disimulaba su inquietud, esbozando una calma que no sentía. Intentaba que Amaia no notara cómo sus ojos escudriñaban cada rincón, cada sombra, cada vez que doblaban una esquina.

—¿De verdad no te da miedo Hogwarts de noche? —le preguntó Amaia, mientras se apretaba a él.

—Me dan más miedo las cocinas después de las nueve —respondió Elliot, forzando una sonrisa que no lograba ocultar su propia inquietud.

Al doblar una esquina, justo donde la luz de las antorchas perdía su tonalidad dorada y se teñía de un azul espectral, algo cruzó volando ante sus narices con un destello fugaz. Un segundo después, una risita aguda rebotó contra las paredes de piedra, deformándose en ecos que parecían burlarse de ellos.

—¡Ajá! ¡Os pillé, os pillé! —gritó Peeves, con una risotada.

El poltergeist giró en el aire con un movimiento descontrolado.

—¡Carter, Carter! ¿Te crees que me olvido de ti? ¡El trato, el trato! 

Elliot se quedó inmóvil pues se había olvidado por completo. Con las clases, la lectura, el Quidditch y el peso de mil cosas más sobre sus hombros, lo último que necesitaba ahora era perder el tiempo preparando una broma para un fantasma. Pero sabía que, si no inventaba algo rápido, Peeves no lo dejaría en paz. Y un poltergeist ofendido era peor que un ejército de troles enfadados.

—¡Oh, el trato! —exclamó Elliot, levantando las manos en un gesto apaciguador.

Peeves se acercó flotando, tan cerca que su lengua azulada casi rozó la nariz de Elliot. El aliento frío del poltergeist le erizó la piel.

—No te habrás olvidado, ¿verdad? Me prometiste un plan, y yo quiero mi plan.

—¡Claro que no me he olvidado, Peeves! —improvisó Elliot, con una seguridad que no sentía—. Lo estoy preparando. Pero hay que esperar al momento perfecto, ¿vale? Si lo hacemos ahora, no tendrá gracia. Y tú quieres que sea épico, ¿no?

Peeves lo miró de arriba abajo, desconfiado. Sus ojos se entrecerraron, y su boca se retorció en una mueca que podría haber sido una sonrisa si no hubiera sido tan grotesca.

—Mmm… ¡Está bien! Pero no tardes, Carter. ¡El tiempo vuela! —Hizo un giro en el aire por diversión—. Hay menos tiempo que magia, ¿lo pillas?

Le guiñó un ojo con un parpadeo exagerado que deformó toda su cara. Acto seguido, se esfumó a través de la pared, dejando tras de sí un eco de risa burlona y el olor agrio de la travesura pura.

Amaia miró a Elliot con el ceño fruncido.

—¿De qué trato habla? 

—No es nada. Solo le doy largas a Peeves para que no me moleste. 

Aunque, en el fondo, una parte de sí mismo, la más oscura y vengativa, sí anhelaba gastarle la broma al Barón Sanguinario y bajarle los humos a ese fantasma engreído. Amaia no insistió. En lugar de eso, cambió de tema con un susurro tenso:

—Oye… ¿Tú también crees que no es muy normal dar clases a medianoche?

—¡Maldita sea! ¿Cómo va a ser normal? Ya os lo dije, esto se parece más a un manicomio que a una escuela.

Amaia asintió, totalmente de acuerdo con su amigo mientras subían por la escalera en espiral de la torre de Astronomía que olía a escarcha y a metal antiguo. Y cuanto más subían, más fuerte era la sensación de que el mundo los observaba desde las alturas, como si el universo mismo los estuviera juzgando.

Cuando entraron en el aula, ya había varios estudiantes sentados. En la clase de Astronomía, los alumnos de Hufflepuff compartían espacio con los de Ravenclaw. Las mesas estaban dispuestas en un gran círculo, invitando a la discusión y al intercambio de ideas. Al frente, el profesor Moorland los esperaba, despeinado, con la túnica azul salpicada de estrellas plateadas y el cuaderno de notas tan arrugado como una servilleta de bar.

—Buenas noches, jóvenes cometas —saludó el profesor con una sonrisa que iluminó su rostro cansado—. Tomen asiento y dejen los chistes malos para más tarde. Hay tiempo para todo, incluso para reírse de las estrellas.

Los alumnos que aún seguían de pie buscaron sus sitios con rapidez. Elliot y Amaia se sentaron juntos, entre Poppy y el compañero de cuarto de Elliot, Noah.

—Hoy vamos a hablar de ciclos. Todo en el universo tiene ciclos: las lunas, que crecen y menguan; las mareas, que suben y bajan; las vidas, que nacen y se desvanecen... —Hizo una pausa para mirar a sus alumnos antes de añadir con un brillo en los ojos—. Y, sí, también la magia.

La pluma de Poppy volaba sobre el pergamino mientras escribía cada palabra del profesor con una rapidez envidiable. Elliot la observó con una punzada de admiración y frustración. Aunque él también sacaba su pergamino, el tintero y una pluma, la realidad era que, mientras él tardaba en escribir una sola palabra, el profesor ya había cambiado de tema. Así que las sacaba para sentirse uno más, pero en el fondo sabía que estaba a años luz de sus compañeros.

—¿Qué pasa si los ciclos cambian? —continuó el profesor—. ¿Qué ocurre si, de repente, la magia deja de comportarse como siempre lo ha hecho? ¿Y si la magia se debilita?

Poppy levantó la vista hacia el profesor, dejando caer la pluma de su mano. No fue la única; uno a uno, los alumnos clavaron sus miradas en Moorland.

—Eso no puede pasar —interrumpió Poppy, con una voz firme y segura que resonó en el aula.

Solo llevaban dos semanas en Hogwarts, pero Elliot ya tenía claro que Poppy era la alumna más aplicada del curso. Katherine le había confesado, en voz baja, que el Sombrero Seleccionador debía haberse equivocado con ella igual que con él; pues, según ella, Poppy debería estar en Ravenclaw, no en Hufflepuff. No obstante, a Elliot aquello le daba igual, pues le caía muy bien Poppy y, sobre todo, prefería que estuviera en Hufflepuff porque cuando los profesores preguntaban, ella siempre tenía una respuesta preparada, lo que le permitía pasar desapercibido. Además, Hufflepuff había ganado varios puntos gracias a ella y eso no era nada desdeñable.

—Mi padre siempre me ha dicho que la magia es eterna —sentenció Poppy, convencida de que su padre tenía la verdad absoluta.

—Pero entonces, si la magia se debilita mucho, ¿puede llegar a desaparecer? —preguntó Amaia, alarmada.

Varios alumnos rieron ante la ocurrencia de Amaia. Ella, avergonzada, se encogió en su silla. Poppy se giró hacia ella y le puso una mano en el brazo.

—Tranquila, Amaia. La magia no puede desaparecer.

El profesor esbozó una sonrisa.

—Nunca se sabe, señorita Whitaker —dijo Moorland—. Tal vez la pregunta que ha lanzado la señorita Moore no sea tan tonta como podría parecer a simple vista. —Hizo una pausa, disfrutando del silencio que había creado—. De hecho, los griegos decían que el sol era eterno. Y ya ven… —añadió, con un gesto que abarcaba el cielo invisible más allá de las paredes del aula—, hoy sabemos que hasta el sol se apagará algún día.

El profesor se giró hacia la pizarra, y la tiza chirrió al clavarse en la superficie negra con fuerza.

—¿Han oído hablar de la Gran Disonancia? 

Los alumnos se miraron entre sí con el ceño fruncido, confundidos.

—¿No? —El profesor continuó, con una sonrisa—. Veamos. Hay una teoría que sugiere que existe un desfase en el mundo mágico, un fenómeno que provoca que la magia pierda potencia con el tiempo. Los hechizos duran menos, las pociones pierden efecto e incluso las varitas se resisten a trabajar. —Hizo una pausa dramática—. Es como si la magia misma estuviera cansada.

—¿Es eso posible? —preguntó Harry McMurray, un chico de Ravenclaw.

—Claro que no —intervino Poppy, con su habitual seguridad.

—¿Seguro, señorita Whitaker? —preguntó el profesor, con una ironía que no pasó desapercibida—. ¿Conocen el término Magia Antigua?

Muchos alumnos asintieron. Elliot y Amaia cruzaron sus miradas, sintiéndose una vez más excluidos. Su conocimiento limitado del mundo mágico los dejaba a menudo al margen de estas conversaciones.

—Pues bien —continuó el profesor—, según la hipótesis de algunos estudiosos, la Magia Antigua es la misma que tenemos ahora. Simplemente, la magia en la actualidad ha perdido potencial debido a la Gran Disonancia.

—¡Imposible! —exclamó Noah, incrédulo.

El profesor sonrió, como si la reacción de sus alumnos fuera exactamente lo que esperaba.

—Hay registros de hechizos tan poderosos que, en la actualidad, no somos capaces de invocar. Durante mucho tiempo, se teorizó que esto se debía a que, en el pasado, existía un tipo de magia diferente y más poderosa, la Magia Antigua, que hoy ya no existe. Pero algunos sabios se preguntan: ¿y si no es que ya no existe, sino que la magia actual ha perdido potencial?

Un murmullo recorrió la sala, tenso y nervioso. Priya Das levantó la mano con timidez:

—¿Eso no es el ciclo extraordinario de reajuste?

Elliot tuvo la extraña sensación de haber oído aquel término en alguna otra ocasión, pero, por más que lo intentó, no logró recordar cuándo.

—Exactamente —corroboró el profesor, con un gesto de aprobación—. Ese es el nombre rimbombante que les han puesto los periodistas, como si fuera algo nuevo que han descubierto ellos. —Su voz se tiñó de ironía—. Cuando, en realidad, es algo que se discute desde hace siglos.

Al oír aquello, Elliot recordó de pronto dónde lo había escuchado; en el Callejón Diagon, cuando un niño, con la voz ronca de tanto gritar, anunciaba a voz en grito los titulares de la primera página de «El Profeta».

—Bueno, si eso hace siglos que se discute, no hay por qué preocuparse ahora —dijo Miles, provocando la risa de algunos compañeros.

—No se confíe, señor Nimble —respondió el profesor Moorland, cortando de cuajo las risas—. La cuestión se ha vuelto de moda nuevamente porque se teme que esté a punto de suceder un nuevo cambio en la Gran Disonancia. Según predicen algunos estudiosos, el cambio de tiempo tan errático que vivimos es solo el primer paso para un nuevo reajuste —explicó, dirigiendo su mirada hacia Priya, buscando la aprobación de su alumna por el uso del término periodístico—. Como cuando dos placas tectónicas se mueven provocando un terremoto.

Moorland cruzó los brazos mientras recorría la clase con una mirada que parecía desafiar a sus alumnos a seguir el hilo de su razonamiento.

—Pero, profesor —intervino Alfie Greenwell, alzando la mano con determinación—, mi padre dice que la Orden del Umbral culpa a los muggles del ciclo extraordinario de reajuste.

—Sí, es una teoría. No obstante, no es la única...

—¿No será que tu padre es de esa secta, verdad, Alfie? —espetó Noah, interrumpiendo al profesor con un tono burlón.

—Pues sí —respondió Alfie, con un gesto de desafío—. ¿Y qué pasa? Además, no es ninguna secta, ¿sabes?

—¡Claro que es una secta! —intervino Poppy.

—¡No lo es! —gritó Priya.

De pronto, el aula estalló en un barullo caótico. Unos defendían a la Orden del Umbral con fervor y otros la despreciaban con desdén. Amaia y Elliot permanecieron callados, mirándose el uno al otro con confusión, mientras se sentían, una vez más, excluidos del debate que agitaba al resto de sus compañeros.

—¡Por favor! ¡Guarden silencio! —El grito del profesor cortó el caos en seco—. Guarden sus opiniones para otra ocasión.

Moorland los miró a todos con una intensidad que parecía penetrar sus pensamientos. No fue necesario que dijera nada más. Simplemente esperó, imperturbable, hasta que el aula recobró un silencio tenso, cargado de preguntas sin responder.

—Bien, como iba diciendo… —reanudó el profesor, con un tono más sereno pero igual de firme—. Algunos, entre ellos los miembros de la Orden del Umbral, piensan que este desfase producido por la Gran Disonancia es una reacción natural. Según su teoría, el mundo muggle avanza más rápido que el nuestro y la magia, en consecuencia, se resiente.

Algunos alumnos resoplaron, mientras que otros se giraron para mirar a sus compañeros con el ceño fruncido. Pero antes de que el caos volviera a desatarse, el profesor continuó:

—Otros creen que se trata de un ciclo continuo: durante cientos de años, la magia fluye con una fuerza descomunal; en otros, se debilita, como las mareas. —Hizo una pausa, mientras se le dibujaba una sonrisa en los labios—. Y luego están los que lo achacan a las tormentas solares… —Añadió, con un dejo de ironía—. Una solemne tontería, diría yo.

Apoyó ambas manos en la mesa, buscando un contacto físico con sus alumnos.

—Quiero que lo entiendan. No les he contado esto para asustarlos. Es para que se preparen.

Un silencio absoluto cayó sobre la clase. Hasta el viento, que antes susurraba entre los cristales de las ventanas, parecía haberse detenido.

—Todo lo que van a estudiar aquí, en Hogwarts, puede ser más útil que nunca. Vamos a necesitar a todos los magos y brujas para entender y, tal vez, detener la Gran Disonancia.

El silencio que siguió fue tan denso que parecía que se podía cortar con un cuchillo. Los alumnos se miraron entre sí, alarmados. Algunos habían oído el término «ciclo extraordinario de reajuste» en sus hogares: en susurros entre sus padres al leer el periódico, o cuando volvían de reuniones secretas con expresiones graves. Pero nunca habían creído que fuera tan grave, ni tan peligroso, hasta ahora.

—Siento haberlos asustado, jóvenes cometas —dijo el profesor, con un tono más suave, intentando aliviar la tensión—. Pero últimamente está en boca de todos los medios, y pensaba que ustedes sabrían de qué hablaba. No obstante, volvamos a la astronomía, porque esto no es el tema de la noche. Volvamos a los ciclos celestes. Esta noche vamos a hablar de cómo el planeta Venus se desplaza…

La clase continuó con su ritmo habitual, pero para algunos alumnos, la noticia de que la magia podía dejar de existir se había convertido en una pesadilla que no podían sacarse de la cabeza. Un leve murmullo estuvo presente durante el resto de la clase, mientras diferentes alumnos se preguntaban en voz baja si todo aquello sería cierto.

Sin embargo, había un alumno que parecía más callado que nunca, completamente ajeno a lo que decía el profesor. Elliot se había quedado de piedra. De repente, existía la posibilidad aterradora de que la magia se apagara antes de que él encontrara una poción para curar a su hermana. Su búsqueda se había vuelto más urgente que nunca. No podía perder el tiempo. Debía aprender a leer lo antes posible para avanzar en la búsqueda de una cura. Cada segundo contaba.

21 de septiembre de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

18

Capítulo 18

Reyes y peones

19

Capítulo 19

La isla fuera del mundo

20

Capítulo 20

La Gran Disonancia

21

Capítulo 21

Entre gigantes

22

Capítulo 22

La primera luz

23

Capítulo 23

Una semilla de duda

24

Capítulo 24

Usted es un Hufflepuff

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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