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Parte 2: Un lugar al que regresar

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

Personajes

Personajes que intervienen en el capítulo

Las piernas de Elliot no dejaban de temblar, y sus dedos golpeaban el asiento con un ritmo nervioso. Tras tanto tiempo encerrado en el tren, se sentía como un animal enjaulado. Giraba la cabeza una y otra vez hacia la ventana, escudriñando la oscuridad en busca de algún destello de luz que le anunciara la llegada a la estación. Pero solo encontraba niebla.

Cuando Elliot, desesperado, creyó que iba a echar raíces, el Expreso de Hogwarts frenó con un chirrido metálico. El silbato sonó insistentemente tres veces y, en un instante, la quietud del vagón se desvaneció. Una avalancha de niños irrumpió en el pasillo, arrastrando maletas, mochilas y risas que se mezclaban con gritos de impaciencia.

Elliot fue el primero de los tres en ponerse en pie. Amaia se levantó tras él, pero sus piernas temblaban y sus manos se aferraron al respaldo del asiento un segundo más de lo necesario. Katherine, en cambio, se incorporó con elegancia y con tranquilidad recogió sus cosas, mientras Amaia la esperaba en la puerta con nerviosismo.

Elliot ni siquiera miró atrás ni esperó a nadie; avanzó hacia la salida con determinación, pero apenas abrió la puerta del compartimento, una marea humana lo arrastró. Recibió codazos y empujones acompañados de disculpas atropelladas. Tuvo que agacharse varias veces para esquivar maletas que volaban sobre su cabeza y apoyarse en la pared para no perder el equilibrio.

Pero al fin salió del tren y bajó al andén de Hogsmeade. Nada más asomar la cabeza por la puerta, inspiró profundamente el aire húmedo y fresco. Olía a los pinos que se veían en las montañas que rodeaban el pueblo, a tierra mojada, pero sobre todo a libertad. Las nubes, cansadas de amenazar con lluvia, se habían retirado lo justo para dejar pasar un atardecer pálido y limpio.

—¡Elliot! ¡Katherine! ¿Dónde estáis? —gritaba Amaia desesperada cuando asomó la cabeza por el vagón, pero la voz se perdió en el estruendo del resto de gritos y voces.

El torbellino de estudiantes los había arrastrado por separado. Entre el mar de cuerpos altos y mochilas voluminosas, los tres parecían ahogarse en una marea de uniformes y risas. Sin embargo, Elliot era experto en estas marabuntas. Viendo a sus amigas tan perdidas como él entre tanta gente, cogió del brazo primero a Amaia y después a Katherine y tiró de ellas fuera de la marea para refugiarse contra la pared de la estación a la espera de que se vaciara un poco el andén. Cuando por fin salieron del río de estudiantes, Katherine hizo un gesto brusco.

—Suéltame. No me gusta que me toquen.

Elliot soltó de inmediato el brazo de Katherine, murmurando una disculpa, y, por precaución, también el de Amaia. Los tres se quedaron allí, observando cómo la avalancha de alumnos mayores pasaba a su lado, riendo y charlando a gritos. A lo lejos, entre el gentío, apareció Corvinus con sus dos secuaces, avanzando por el andén mientras varios estudiantes se apartaban para dejarles paso. Elliot giró la cabeza y vio que, al igual que ellos, otros alumnos de primero se habían refugiado en la estación, a la espera de saber qué hacer.

—¡Alumnos de primer año! ¡Por favor, los alumnos de primer año a mi derecha! ¡No os mezcléis con los mayores, que luego hay que ir buscándoos!

Elliot no tardó en localizar a la dueña de aquella voz: una figura imponente destacaba entre la multitud, envuelta en una gabardina de cuero marrón y con un sombrero puntiagudo que coronaba su silueta. Debido a la penumbra de la estación, solo se distinguían el destello de su sonrisa y el brillo de la campana que agitaba con energía mientras seguía llamando a los de primero.

Elliot le hizo un gesto a Amaia para que acudieran a la llamada. Al girarse hacia Katherine, ya no la vio a su lado; la encontró unos metros por delante, avanzando en línea recta entre la multitud como un barco rompehielos.

La niebla no ayudaba demasiado; por momentos, los niños parecían flotar sin rumbo, solo guiados por los gritos de los compañeros y el eco de aquella mujer.

—Venga, que no tengo todo el día.

El grupo de primerizos se formó entre codazos y trompicones. Había de todo: niños con capas recién planchadas, otros con las camisas del uniforme mal metidas dentro de los pantalones, pero todos llevaban la túnica negra puesta... excepto Elliot, que no solo no la llevaba, sino que su ropa sucia y agujereada atraía miradas de desconcierto y susurros a su paso.

Al acercarse a la bruja, Elliot la pudo ver con más detenimiento. Era alta, de tez color café con apenas una gota de leche —un tono algo más claro que el de Amaia—. Tenía treinta y pico años, aunque el «pico» lo guardaba celosamente en el fondo de su bolsillo. Aunque para los niños ya era una vieja, su aspecto era el de una mujer ágil y fuerte. Sus rastas, sueltas y desparramadas sobre los hombros, se balanceaban con cada movimiento, mientras sus ojos marrones —vivos y astutos— escudriñaban a los pequeños con una mezcla de curiosidad y diversión.

Cuando la mayoría estuvo reunida, la mujer les plantó una sonrisa traviesa. Elliot retrocedió un paso; esa sonrisa le recordó a las que había visto antes de que alguien acabara en problemas.

—Soy Elowen Briarwood. Profesora y guardabosques de Hogwarts. —Los miró con calma mientras su sonrisa crecía—. Sacad los bañadores. Vamos a cruzar el Lago Negro a nado.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía escuchar el crujir de las hojas bajo los pies de los alumnos.

—¡¿Qué?! —gritó un chico con la cara llena de pecas.

—¿En serio? —Amaia susurró al oído de sus amigos.

Katherine arqueó una ceja.

—¡Por supuesto, a nado! —repitió la profesora divertida—. Quien no sea capaz de cruzar el Lago Negro a nado, no es digno de pisar el castillo de Hogwarts. Aquí todos tenéis que demostrar que sois dignos de entrar.

Entonces, sus ojos se posaron en Elliot, cuya ropa estaba húmeda, arrugada y sucia.

—Veo que alguien ya ha intentado cruzarlo... con ropa y todo.

Algunos giraron la cabeza hacia él, pero sus miradas no se detuvieron más que un instante. Estaban demasiado ocupados debatiendo entre el pánico y la incredulidad. Alguien empezó a sollozar. Los rumores volaban de boca en boca, y entre el murmullo general, Elliot captó las voces burlonas de un grupo de mayores, que reían desde el fondo:

—Ya está la profesora Briarwood con sus bromas de siempre.

—El año pasado les dijo a los de primero que tenían que besar a un sapo para entrar.

—¡¿Habéis visto qué caras?!

La profesora Briarwood, que hasta entonces había contenido su diversión, ya no pudo más. Soltó una carcajada tan llena de vida que los pájaros salieron volando en desbandada.

—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó, secándose una lágrima que le resbalaba por la mejilla—. ¡Si os lo creéis todo! ¡Vamos, vamos! ¡Que nadie se quite la ropa! Cruzaremos en botes.

El alivio recorrió al grupo. Primero, las risas fueron nerviosas, pero pronto, el contagio hizo su magia. Elliot miró a Katherine, y esta puso los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza.

—Menos mal —susurró Amaia.

—Moore, eres una pánfila —le dijo Katherine.

Elliot se rascaba la cabeza; aún no había decidido si aquella bruja merecía su confianza.

—Por favor, síganme —les ordenó la profesora Briarwood mientras daba media vuelta y comenzaba a caminar—. Y dense prisa, o se convertirán en la cena de los vampiros.

Los alumnos aceleraron el paso, siguiendo a la profesora con el corazón en un puño mientras escudriñaban los alrededores, nerviosos.

—¡Vampiros! —exclamó Amaia, tras Elliot y Katherine—. ¿En serio hay vampiros?

Una sonrisa traviesa asomó en la comisura de los labios de la profesora. Evidentemente, escuchaba los murmullos aterrorizados a su espalda y no tenía ninguna intención de apagarlos.


───────── ✧ ─────────


La marcha hacia el lago se hizo en dos filas, más o menos ordenadas. Elliot se acomodó cerca de Amaia y Katherine. Los niños avanzaron guiados por la luz de una lámpara flotante que la profesora hizo aparecer, pues el sol se estaba poniendo conforme avanzaba la tarde. 

A medida que se acercaban a la orilla, el embarcadero de madera fue tomando forma entre la penumbra, rodeado por varios botes que se mecían en el agua. Nada más llegar, la profesora Briarwood se volvió hacia los alumnos y, con un gesto solemne y teatral, reclamó silencio.

—Antes de empezar la travesía, necesito a Elliot Carter. 

Elliot tragó saliva y levantó la mano, sintiendo que todas las miradas se clavaban en él. Briarwood lo observó con los ojos entrecerrados y, tras un segundo, soltó:

—¡Por las barbas de Merlín! ¿Por qué estás tan sucio y mojado? ¿Te has ofrecido a echar carbón en la locomotora o te caíste en la chimenea del Expreso?

Las risas estallaron en el grupo. Elliot sintió cómo el calor le subía por las orejas. A su lado, Amaia bajó la cabeza para ocultar su sonrisa, mientras que Katherine le lanzó una mirada que, sin palabras, le decía: «Te lo dije». Pero Elliot levantó la cabeza y soltó:

—¡Maldita sea! Más bien, me peleé con el humo de la locomotora.

Se hizo un silencio sepulcral. El resto de alumnos abrió los ojos y miraba alternativamente a Elliot y a la profesora. Pero para sorpresa de todos, Briarwood soltó una carcajada y se arrodilló frente a Elliot, tan cerca que podía oler el perfume de menta de su túnica.

—Así me gusta. Siempre me han gustado los niños auténticos. Toma tu túnica. El resto de tus cosas te esperan en el castillo.

Le puso la túnica a Elliot, dándole una palmada en el hombro que lo hizo tambalearse. Los demás niños lo miraron con suspicacia sin entender por qué la profesora tenía su túnica. Empezaron a susurrar entre ellos, lanzándole miradas de reojo. Amaia parecía igual de sorprendida, pero Katherine le soltó un:

—Sigues igual de sucio, Carter.

Ajena a todo aquello, la profesora organizó a los niños en grupos de cuatro. Amaia, Katherine y Elliot acabaron en el mismo bote. El cuarto puesto lo ocupó una chica india, Priya Das, que no apartaba la vista del agua, con una expresión de horror absoluto.

La profesora Briarwood se alzó en el primer bote y, con un gesto teatral, sacó su varita. La agitó en el aire mientras pronunciaba:

—¡Petasus Transfigo!

De inmediato, su sombrero se transformó en un llamativo sombrero de pirata, adornado con una calavera que, entre bocanadas de humo de su pipa, lanzaba gritos de ánimo a los alumnos con una voz ronca y festiva.

—¡Vamos, marineros! ¡Que el Lago Negro no se cruza solo!

Algunos niños, la mayoría hijos de muggles —como Elliot y Amaia—, se quedaron boquiabiertos al ver aquel sombrero parlante.

—¡Arriad velas, grumetes! ¡Rumbo a Hogwarts! —rugió la profesora Briarwood, ahora impostando la voz de un pirata. La calavera exhaló una bocanada de humo verde de su pipa.

Los niños reaccionaron de mil maneras distintas: unos se rieron, otros seguían paralizados, con los ojos como platos y la boca abierta. Y luego estaba Katherine, que observaba a Briarwood con una ceja arqueada y una expresión de escepticismo.

Para sorpresa del resto de alumnos, Elliot hinchó el pecho, se llevó una mano a la frente en un saludo exagerado y gritó con voz de trueno:

—¡A sus órdenes, profesora Briarwood!

La profesora giró la cabeza hacia él con una agilidad sorprendente, y sus ojos brillaron.

—¿Ha oído eso, capitana? —la calavera del sombrero carraspeó, escupiendo otra bocanada de humo—. ¡Ese mequetrefe la ha llamado profesora! ¡Merece que lo arrojemos por la borda!

—¡¿Profesora?! ¡No me llame así, marinero de agua dulce! Aquí, para ustedes, soy la capitana Briarwood. Y si lo olvida, no responderé por lo que le pase cuando los grindylows lo confundan con su cena.

—¡Demonios, no! —Elliot palideció por un segundo, pero al ver la mirada de advertencia de Briarwood, se enderezó como un soldado y rectificó a toda prisa—. ¡Quiero decir...! ¡A sus órdenes, capitana Briarwood! —Y, para rematar, le lanzó un saludo militar tan exagerado que casi perdió el equilibrio.

Cuando se giró, se encontró con dos pares de ojos clavados en él. Amaia lo miraba con los ojos como platos, indecisa entre reírse o esconderse. Katherine, en cambio, lo observaba con una ceja arqueada y, tras un momento, negó con la cabeza decepcionada. Elliot sintió cómo el rubor le quemaba las mejillas. Desvió la mirada, se rascó la nuca y se dejó caer en el bote con un suspiro.

El lago se extendía ante ellos como un monstruo dormido, oscuro y gélido. Sus aguas negras brillaban bajo la luz de la luna. Los botes comenzaron a avanzar solos, arrastrados por una fuerza invisible. Al principio, solo se escuchaba el suave roce de la madera contra el agua y el eco lejano de las risas que se desvanecían en la orilla. Era un silencio extraño, casi sagrado, que ningún niño se atrevía a romper.

Alguien tosió en la distancia, un sonido agudo que rompió el hechizo. Por un segundo, el lago desapareció para Elliot; fue solo un instante, pero durante ese momento pensó que Mara estaba allí. Giró la cabeza con rapidez, buscándola, hasta que sus ojos se posaron en Poppy Whitaker, una chica de mejillas sonrojadas que se había atragantado. Cariacontecido y resignado, su atención no tardó en volver al agua.

Se inclinó sobre el borde del bote, apoyando la barbilla en las manos, y dejó que sus dedos trazaran círculos en la superficie. El lago se convirtió en un espejo líquido que devolvía un mundo invertido donde las estrellas parecían danzar bajo sus dedos, distorsionadas por las ondas que creaba.

Y entonces, entre el reflejo de las estrellas en el lago, aparecieron torres y más torres iluminadas en el agua como si el castillo creciera al revés y bailaran bajo sus pies. Oyó las exclamaciones de otros estudiantes. Los niños empezaron a señalar torres y gritar emocionados, mientras Elliot miraba el castillo en la superficie del lago.

Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, alzó la vista en un movimiento lento, casi reverente, y entonces, por primera vez, Hogwarts apareció ante él.

El castillo se elevaba como una montaña de piedra tallada por gigantes, tan imponente y etéreo que parecía desafiar las leyes de la gravedad. Las luces se acercaban, cada vez más nítidas, como si el castillo mismo extendiera sus brazos para recibirles.

Elliot, incapaz de contener la emoción que le quemaba en el pecho, giró la cabeza hacia sus compañeras. Amaia tenía los ojos brillantes y una sonrisa que iluminaba su rostro. Katherine, en cambio, esbozaba una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero auténtica.

La profesora Briarwood sonrió con evidente satisfacción ante las exclamaciones de asombro de los alumnos de primero. Se incorporó en el bote y, con un amplio movimiento de varita, deshizo el hechizo. Su sombrero volvió a la normalidad mientras ella recorría el grupo con una mirada solemne, casi teatral, saboreando la expectación.

Durante unos instantes, los niños callaron, conteniendo la respiración. Incluso el lago parecía haberse quedado quieto y mudo. Hasta que Briarwood rompió el silencio con voz solemne:

—¡Bienvenidos a Hogwarts! 


───────── ✧ ─────────


Nada más cruzar la puerta, los niños se toparon con una mujer de unos cincuenta y tantos años que esperaba en lo alto de la escalera principal. Sus ojos negros, oscuros como la noche, los miraba desde arriba como quien intenta registrar los rostros para futuros castigos. Su cabello, largo y ondulado, era negro salpicado por mechones grises que enmarcaban su rostro —especialmente en las sienes y la frente— y que, junto a su piel pálida, contrastaba con la túnica de terciopelo negro y púrpura que vestía, adornada con sutiles detalles dorados.

Esperaba con las manos cruzadas a la espalda y el mentón ligeramente levantado. No hizo falta que hablara para que los niños captasen en su mirada una autoridad natural, pues su expresión seria y su mirada intensa delataban a alguien acostumbrado a vigilar y ordenar, y su mera presencia llenaba el espacio de una compostura inquebrantable.

Los alumnos de primer año se apelotonaron en los últimos escalones. Amaia se puso en medio de Elliot y Katherine, bajando la cabeza. Elliot no prestaba atención a la mujer; desde que había entrado al castillo, escudriñaba el vestíbulo y los pasillos, memorizando salidas, objetos contundentes y ángulos muertos. Una costumbre que había perfeccionado a lo largo de su corta vida.

El recibidor desprendía un aroma a cera derretida y madera centenaria. La luz de la luna, filtrada por las altísimas ventanas de vidriera, se deslizaba sobre los suelos de piedra pulida, dibujando destellos plateados. El rumor de cientos de voces y el repicar metálico de los cubiertos se entrelazaban en un coro lejano que traspasaba la gran puerta que había detrás de la mujer. El sonido lo transportó a otra época que ya creía olvidada. Un escalofrío lo recorrió, y se obligó a tragar saliva.

Al ver aquella mirada tan severa, los niños fueron callando poco a poco. Cuando la mujer consideró que el silencio era lo suficientemente denso como para cortarlo con un cuchillo, avanzó hacia el grupo. Se detuvo frente a ellos, escudriñando sus rostros uno por uno. Cuando por fin habló, su voz sonó firme y severa:

—Bienvenidos a Hogwarts. Soy la profesora Calista Ravenshade. Aquí, la indisciplina no se tolera. Si alguno de vosotros esperaba un campamento de verano, ha cometido un error garrafal.

Un temblor recorrió a los niños. Algunos retrocedieron instintivamente.

—Ahora, seguidme. Sin tonterías. Y, sobre todo, sin hablar.

Elliot giró la cabeza hacia sus compañeras, buscando en sus rostros un reflejo de lo que él mismo sentía. Amaia tenía los ojos desorbitados y las manos apretadas contra el pecho. Elliot se preguntó si estaría rezando. De Katherine, en cambio, era imposible adivinar lo que pasaba por su mente.

La masa de estudiantes los arrastró hacia adelante. Llegaron a la puerta más imponente que Elliot había visto en su vida. Ravenshade abrió las dos puertas sin ningún esfuerzo, revelando el Gran Comedor.

Era como entrar en una catedral construida por gigantes. Elliot alzó la vista, buscando el techo, pero no lo encontró. En su lugar, el cielo nocturno se desplegaba sobre sus cabezas, tachonado de estrellas que brillaban y nubes que se deslizaban por él, mientras cientos de velas flotaban en el aire iluminando el espacio con una luz dorada.

Cuatro largas mesas dividían la sala, repletas de estudiantes de todas las edades, vestidos con túnicas. Sus sombreros, de todos los tamaños y formas, añadían un toque de caos organizado al escenario. Al fondo, una mesa más pequeña, perpendicular a las demás, estaba ocupada por quienes Elliot supuso que eran los profesores.

Elliot, abrumado, casi olvidó que debía vigilar sus pasos. No obstante, todo desapareció, excepto las miradas de los alumnos mayores. Algunos reían, otros murmuraban tras sus manos, y más de uno los señalaba con el dedo. Sin embargo, pronto se percató de que la mayoría de esas miradas se centraban en él. Podía sentir los dedos apuntándolo, los susurros creciendo a su alrededor, y una incomodidad le quemaba por dentro.

Cuando el grupo llegó frente a la mesa de los profesores, la profesora Ravenshade alzó una mano.

—Quedaos aquí, por favor.

Ravenshade se hizo a un lado. Fue entonces cuando vieron que sobre un taburete en medio del pasillo descansaba un sombrero. No era un sombrero cualquiera; era viejo, ajado, con manchas que parecían contar historias de siglos, y un aire de sabiduría cansada que lo hacía parecer más un anciano dormido que un objeto inanimado. Y, para sorpresa de los primerizos, el sombrero carraspeó.

—¡Ah, muy bien, muy bien! ¡Ya veo que han llegado los novatos! ¡Preparaos para la Ceremonia más importante de vuestras vidas!

De pronto, los susurros cesaron y un silencio expectante cayó sobre el Gran Comedor. Todas las miradas se posaron en el Sombrero Seleccionador, que comenzó a recitar su poema:


Abrid bien vuestros oídos,

que mi voz jamás se cuela,

pues guardo en mis cantos finos

los caminos de esta escuela.


He visto al castillo alzarse,

y he visto al castillo arder;

he visto alianzas quebrarse

y amistades renacer.


Cuatro casas presentes,

cuatro formas de crecer;

cuatro sendas diferentes

y un mismo deber.


Valientes como leones,

corazones de amigo fiel:

si el miedo os muerde los talones,

que no tiemble vuestra piel.


Sabios de mente afilada,

como tinta sobre papel:

la luz sin juicio ni alma

puede tornarse en desdén.


Leales de buen corazón,

que luchan sin querer dañar

incluso el más noble amor,

también puede sanar.


Astutos de sombra inquieta,

hijos de un antiguo poder:

quien solo mira su silueta

no distingue amanecer.


Escuchad bien lo que canto,

pues no es simple parecer:

lo que os causa quebranto,

solo juntos vais a vencer.


Porque el viento trae susurros,

y los patios quieren hablar;

algo acecha entre los muros

y no viene a saludar.


Vendrán pruebas silenciosas,

y otras que os harán temer;

mostrarán vuestras almas valiosas,

no aquello que creéis ser.


Yo, que estoy hecho de ante,

puedo siempre percibir

que el alma más brillante

suele temer relucir.


Cuatro casas os esperan,

cuatro fuegos que encender.

Pero el fuego que os defina

lo tendré yo que escoger.


¡Acercaos sin más demora!

¡No temáis mi parecer!

Que empieza vuestra historia.

Y yo sabré quién queréis ser.


El Gran Comedor estalló en un aplauso atronador que sacudió a todos los alumnos. Los más audaces se pusieron en pie, vitoreando al Sombrero Seleccionador. Y él, con un aire de diva experimentada, parecía disfrutar del homenaje, inclinándose levemente hacia un lado y otro, aceptando los elogios con la dignidad de quien lleva siglos haciéndolo. Pero entonces, la profesora Ravenshade alzó una mano. No hizo falta más. El silencio volvió a caer sobre la sala.

Había llegado el momento.

Con un gesto, la profesora Ravenshade tomó el Sombrero Seleccionador con una mano, mientras que con la otra desenrollaba un pergamino amarillento donde los nombres de los alumnos de primer curso parecían brillar bajo la luz de las velas flotantes.

—Fergus Bell.

Un chico de mejillas salpicadas de pecas avanzó hacia el taburete. Se sentó con la rigidez de quien espera un veredicto, y el Sombrero apenas tuvo que posarse sobre su cabeza para proclamar a voz en grito:

—¡GRYFFINDOR!

La mesa de la izquierda estalló en aplausos y gritos de aprobación. Fergus, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, se abalanzó hacia su nuevo lugar entre vítores y palmadas en la espalda.

—Hazel Brookstone.

Una niña muy bajita, con los ojos brillantes y las manos apretadas contra la falda, avanzó con pasos inseguros. Se sentó en el taburete, pero el Sombrero no la hizo esperar:

—¡HUFFLEPUFF!

La segunda mesa a la izquierda estalló en una sinfonía de aplausos y risas. Los estudiantes de Hufflepuff se pusieron en pie, aplaudiendo y gritando el nombre de Hazel, recibiéndola en su nueva familia. La niña, con una sonrisa tímida pero radiante, se sentó entre ellos, y pareció olvidar que había estado a punto de llorar.

—Elliot Carter.

El corazón de Elliot golpeó tan fuerte que pensó que todos podían oírlo. Caminó hasta el taburete, sintiendo los ojos de todo el mundo fijos en él. Al sentarse, se fijó en las miradas del resto de alumnos; algunos se reían bajito, con ese tipo de risa que no presagia nada bueno; otros ponían cara de desconcierto.

Cuando se sentó, el Sombrero Seleccionador cayó sobre su cabeza. De repente, el mundo exterior desapareció, reducido solo al olor a cuero envejecido, a polvo de siglos y a un susurro de secretos antiguos. Elliot agradeció no ver las caras de los demás. Se sintió de nuevo invisible y eso era algo con lo que podía convivir. De pronto, empezó a oír una voz que nadie más oía.

—Mmm... vaya, vaya... Qué interesante. Hacía mucho que no teníamos uno de los tuyos. Inteligencia, sí, pero no confías en nadie, ¿verdad? Lealtad, oh, sí, la tienes, pero prefieres cargar con todo tú solo. Hace siglos que no veía un corazón tan empeñado en salvar a otro. Y valentía... —El Sombrero hizo una pausa, saboreando la palabra—. Oh, sí. Valiente hasta la temeridad. Podrías ir a cualquier casa, pero hay un lugar donde siempre terminan los tuyos.

Elliot apretó los dientes con fuerza. En el fondo, una parte de él ya sabía la respuesta. Ya la había sentido en el aire desde que pisó Hogwarts, sobre todo desde que había entrado al Gran Comedor. Su lugar estaba en Londres, no allí.

El Sombrero guardó silencio un instante. Y entonces gritó con una voz que resonó en cada rincón del comedor:

—¡SLYTHERIN!

El aire escapó de sus pulmones de una sola vez y, durante un instante, creyó que todo iba a salir bien. No obstante, cuando Ravenshade le quitó el Sombrero de la cabeza y el Gran Comedor volvió a aparecer a su alrededor, lo recibió un silencio absoluto. La mesa de Slytherin, situada al extremo derecho, permanecía inmóvil. Todos lo miraban fijamente, incapaces de dar crédito a lo que acababa de gritar el Sombrero Seleccionador. En las demás mesas empezaron a cruzarse miradas de desconcierto, sin saber cómo reaccionar. Elliot sintió que la tierra se abría bajo sus pies.

Entonces, desde la mesa de los profesores, un aplauso solitario rompió el silencio. Poco a poco, otros se fueron sumando, con una timidez casi incómoda. No obstante, no hubo vítores ni gritos.

Elliot avanzó por el pasillo entre las mesas, sintiendo cómo las miradas se clavaban en él. Algunos estudiantes se inclinaban, susurrando mientras señalaban los hilos sueltos de su jersey o las zapatillas agujereadas o la cara cubierta de hollín. Otros simplemente desviaban la vista.

Cuando llegó a la mesa de Slytherin, el aire se espesó. Al pasar por delante de Corvinus —que no aplaudía—, sus miradas chocaron durante un segundo eterno. No hubo palabras, pero en esos ojos oscuros, Elliot leyó todo el desprecio del mundo. Detrás de él, Silas y Petra lo observaban con la misma hostilidad. Por un instante, Elliot miró la puerta del Gran Comedor y la vio demasiado lejos.

Avanzó hasta encontrar un hueco vacío entre dos estudiantes que, al verlo acercarse, se apartaron. Se sentó, y durante un breve instante, sintió el peso de las miradas como cuchillos. Pero pronto el interés se desvaneció. Se centraron de nuevo en la ceremonia de selección. Y Elliot volvió a no ser nadie.

La ceremonia continuó, indiferente a su soledad. La profesora Ravenshade seguía llamando nombres, uno tras otro, y el Sombrero Seleccionador los asignaba a sus casas entre aplausos y vítores. 

—Amaia Moore —llamó la profesora Ravenshade tras varios alumnos.

Amaia subió con paso diminuto, y Elliot vio cómo se mordía el labio. Antes de sentarse, lo miró directamente. Tenía los ojos tan brillantes que Elliot creyó que iba a echarse a llorar allí mismo. Elliot contuvo la respiración y cruzó los dedos debajo de la mesa. Pero, nada más posarse el Sombrero Seleccionador sobre la cabeza de Amaia, gritó:

—¡HUFFLEPUFF!

La mesa de los tejones rugió de alegría. Elliot agachó la cabeza, pero se esforzó por volver a levantarla y sonreírle a Amaia, que lo miraba decepcionada. Sin embargo, Amaia fue recibida con una ovación. Al principio pareció no saber cómo reaccionar, pero poco a poco una sonrisa fue iluminándole el rostro, tan grande que incluso los de Ravenclaw la celebraron. Cuando se sentó junto al resto de primerizos de Hufflepuff, quedó de espaldas a Elliot. Él dejó de verla casi por completo, y la sensación de soledad se hizo todavía más intensa.  

—Katherine Ollivander —continuó la profesora Ravenshade sin tregua.

Al oír el nombre, Elliot escuchó murmullos de los estudiantes:

—Una Ollivander...

—¿De los Ollivander de toda la vida? ¿Los fabricantes de varitas?

Katherine, ajena a los murmullos, avanzó con la cabeza alta. No miró a Elliot, pero él no apartaba los ojos de ella. Katherine se sentó en el taburete con una elegancia impropia de su edad, sin el menor atisbo de nerviosismo. El Sombrero descendió sobre su cabeza. Elliot cerró los ojos con todas sus fuerzas mientras se mordía el labio inferior. Pasaron unos segundos y después otros más, pero el Sombrero Seleccionador no se decidía. 

El Gran Comedor se llenó de un suave murmullo de expectación. Elliot empezó a moverse en su banco, incapaz de estarse quieto. De cuando en cuando, abría un ojo para comprobar que nada había cambiado. Y así era; el Sombrero seguía guardando silencio. Nunca había tardado tanto en decidir con ninguno de los alumnos. Finalmente, abrió la boca y gritó:

—¡SLYTHERIN!

Esta vez, la mesa de Slytherin estalló en aplausos. Elliot abrió los ojos y contuvo la respiración. Algunos alumnos incluso se pusieron en pie. Katherine, sin embargo, no sonrió ni hizo el menor gesto de celebración. Se levantó del taburete y caminó hacia su mesa con la serenidad de siempre. Al llegar a la altura de Elliot, se detuvo apenas un instante. Lo miró a los ojos e inclinó ligeramente la cabeza.

Elliot dejó escapar el aire por fin y le devolvió la sonrisa.


───────── ✧ ─────────


Cuando el Sombrero Seleccionador asignó a Poppy Whitaker —la última alumna de primero en ser llamada— a Hufflepuff, la profesora Ravenshade recuperó el Sombrero y se retiró hacia la mesa de profesores, mientras Poppy era recibida entre aplausos en su nueva Casa. La subdirectora ocupó su lugar a la izquierda del trono central, donde, casi perdida entre los respaldos altos y las sombras, estaba sentada una anciana. Su figura alta, pero delgada y estirada, parecía tan frágil que Elliot juraría que un soplo de viento podría derribarla. Sin embargo, sus ojos azules, tras las gafas, helaban el aire a su alrededor con una sola mirada.

La anciana se levantó y se dirigió hacia un atril frente a la mesa de los profesores. Mientras avanzaba, Elliot escuchó a sus compañeros susurrar su nombre con respeto: directora McGonagall. Poco a poco, los susurros se apagaron, hasta que el silencio, casi reverencial, se adueñó de la sala ante la presencia de la directora de Hogwarts.

—Sed bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts.

Hizo una pausa, y sus ojos recorrieron las mesas con una intensidad que parecía atravesar a cada alumno.

—Los que volvéis ya conocéis estas paredes. Han sido testigos de vuestros triunfos, vuestros errores y vuestro crecimiento. Para quienes llegáis hoy por primera vez —aquí su mirada se detuvo un instante en los de primer curso— sabed esto: Hogwarts es mucho más que un lugar donde aprenderéis magia. En Hogwarts se recordará cada uno de vuestros pasos mucho tiempo después de que hayáis abandonado sus muros.

Los estudiantes de primero intercambiaron miradas. Elliot miró a Katherine, pero ella estaba concentrada en las palabras de la directora. Más allá, en la mesa de Hufflepuff, Amaia se había girado hacia él y le dedicó una sonrisa, casi tímida, acompañada de un pequeño gesto con la mano, un saludo clandestino que solo él podía ver y al que correspondió con una sonrisa y un guiño de ojo.

Después de unos segundos, en los que McGonagall les dedicó una sonrisa amable, su expresión se tornó seria antes de reanudar su discurso.

—La mayoría de vosotros ya conoce las normas. Pero repetirlas nunca está de más.

Sus ojos barrieron el Gran Comedor antes de posarse, solo por un instante, en los alumnos de primer año. Elliot juraría que, en ese breve segundo, la mirada de la directora se detuvo en él. Bastó aquel instante para comprender que su aspecto frágil era solo una ilusión. Detrás de aquellos ojos había una voluntad de hierro y una autoridad silenciosa que imponía mucho más que cualquier grito.

—El Bosque Prohibido está, como su nombre indica, prohibido. Sus criaturas no distinguen entre la valentía y la temeridad, y estas paredes han llorado ya demasiadas ausencias.

Por un instante McGonagall calló y agachó la cabeza.

—Las normas no son caprichosas —declaró McGonagall, recuperando su postura—. Existen para protegeros. Cumplidlas, y Hogwarts será vuestro refugio. Incumplidlas y sus puertas se cerrarán para vosotros —hizo una pausa mientras recorría con la mirada a todos sus alumnos—. Para siempre.

El silencio en el comedor se volvió denso mientras los alumnos se sobreponían. Elliot tragó saliva y buscó a Amaia; más allá, en la mesa de Hufflepuff, ella lo observaba mientras se mordía el labio inferior. Buscó la mirada también de Katherine, pero ella, en cambio, seguía atenta a la directora, totalmente inmune a sus palabras.

—Y recordad esto —continuó la directora—, la magia es un don para aprender y compartir. El abuso de poder, las trampas y la deslealtad no tienen cabida entre estos muros.

La directora McGonagall volvió a recorrer las mesas de estudiantes. Por fin esbozó una sonrisa.

—Y ahora cenad. A partir de mañana se os pondrá a prueba.

El festín apareció de golpe: los platos se llenaron con sopas humeantes, asados que crepitaban, pasteles de queso y bandejas de fruta fresca. Elliot no podía dejar de mirar la mesa. En su vida, solo había visto tanta comida en los sueños de las noches de más hambre. Esperó unos segundos, convencido de que alguien acabaría diciéndole que aquella comida no era para él. Solo después de ver que los demás comían sin castigo y sin que nadie les quitara el plato, tomó un trozo de pan, lo partió, lo probó despacio. Nada más probarlo, dejó sus escrúpulos a un lado y empezó a comer con la misma saña que el resto de alumnos.

Fue el primero en notar algo extraño bajo la mesa. Entre las patas de los bancos, moviéndose con sigilo absoluto, había diminutas siluetas. Unas criaturas de orejas enormes y ojos grandes, vestidas con trapos que parecían toallas viejas. Se deslizaban por el comedor recogiendo los platos vacíos, rellenando las jarras, y luego desaparecían. Elliot se sobresaltó al principio, pero la sorpresa se convirtió inmediatamente en una punzada de reconocimiento; aquellos seres se movían invisibles, mudos, con ropas maltrechas y procurando no molestar.

Elliot bajó la cabeza y susurró un saludo:

—¿Hola?

El elfo doméstico que tenía justo al lado se detuvo. Le devolvió la mirada asustado, y después chilló con voz de pajarillo:

—¡Oh, no, me han visto, me han visto!

Un escalofrío recorrió la espalda de Elliot y miró alrededor. Cuando la bajó de nuevo, el elfo se había esfumado. El resto de estudiantes seguía comiendo, ajeno al intercambio.

Los estudiantes sentados al lado de Katherine la bombardeaban con preguntas sobre la tienda de varitas de su familia. Ella respondía con monosílabos cortantes, lanzando miradas furtivas hacia Elliot entre interrogatorio e interrogatorio. Mientras tanto, él permanecía aislado en su propio rincón de la mesa; las espaldas de sus compañeros formaban un muro invisible que lo separaba de cualquier conversación.

Aburrido, dejó vagar la mirada por la mesa de profesores. Allí, la profesora Briarwood reía y gesticulaba, provocando las carcajadas del resto de docentes a su alrededor. A su lado, una profesora con el rostro claro y el pelo de un tono castaño con reflejos dorados y recogido con mechones sueltos, lo observaba directamente, con los labios apretados. Se acercó ligeramente a Briarwood y, con un gesto de cabeza, señaló a Elliot. Briarwood se giró, lo miró y soltó una risa. Elliot vio cómo comenzaba a narrar algo mientras reía —supuso que sería su saludo militar, por la forma en que la profesora movía las manos—; sin embargo, la otra bruja se limitó a alzar una ceja antes de volver a fijar su mirada en él.

Elliot apartó la mirada, incómodo, y la dejó vagar por el otro lado de la mesa de profesores. Allí estaban, además de la subdirectora Ravenshade, un anciano de baja estatura —apenas más alto que un niño— y un hombre de unos cuarenta años, de hombros anchos y porte imponente. El contraste entre su cabello negro como el carbón y la oscura túnica que vestía endurecía aún más sus facciones, otorgándole un aspecto casi siniestro.

Katherine siguió la dirección de su mirada y se volvió hacia Lyra Ashcombe, una alumna de tercer curso sentada a su lado.

—¿Quién es ese profesor?

Lyra hizo una mueca de desagrado.

—Es el profesor Nott. Da «Defensa contra las Artes Oscuras».

Katherine alzó ligeramente las cejas.

—Así que es él...

Lyra asintió despacio.

—Sí.  Y créeme, es duro. Muy duro.

—¡Ya te digo! Es un auténtico cabrón —intervino Marius Fudge, un alumno de segundo curso sentado junto a Elliot—. Y, para rematar, es el jefe de Slytherin.

—Lo peor es que eso no significa que nos favorezca —añadió Lyra con un suspiro—. Nos quita puntos igual que a cualquier otra casa.

Elliot cruzó una mirada con Katherine. Sin decir nada, Lyra y Marius reanudaron la conversación, dándole la espalda una vez más.

Volvió entonces la atención al profesor Nott. Había algo en él que le resultaba difícil de explicar. Se movía con calma, sin desperdiciar un solo gesto. Sus ojos recorrían el Gran Comedor con la frialdad de quien vigila. Instintivamente, Elliot pensó que sería mejor no llamar la atención de aquel hombre.

De pronto, oyó un estallido de risas. Venía de la mesa de Gryffindor. Allí, un joven pelirrojo y de complexión robusta dominaba la atención. Contaba historias con los brazos en alto, gesticulando mientras revivía anécdotas del verano, y su risa resonaba por todo el comedor, contagiosa y llena de vida. Era el tipo de persona que hacía que todos a su alrededor se sintieran parte de algo, y Elliot no pudo evitar sentir una punzada de envidia.

Fue durante el tercer plato cuando una sombra se proyectó sobre el mantel. Era Corvinus. Avanzaba por detrás de la mesa con la parsimonia de quien está acostumbrado a que todos le cedan el paso. Al llegar junto a Elliot, apoyó las manos sobre los hombros de Marius y, con absoluta naturalidad, lo apartó para ocupar su sitio. Marius ni siquiera protestó. Se hizo a un lado sin oponer la menor resistencia.

Corvinus tomó asiento. Se acomodó las mangas con parsimonia y, sin dignarse a mirar a Elliot, murmuró lo bastante bajo para que solo ellos dos pudieran oírlo.

—En Hogwarts no hay sitio para gente como tú. Y, lo que es más importante, Slytherin está reservado para los mejores. ¿Entendido?

—¿Y tú qué eres? ¿El mejor de los idiotas?

Las palabras escaparon de la boca de Elliot antes de que pudiera contenerlas. En cuanto las oyó, supo que acababa de cometer un grave error.

Corvinus se rió por la nariz. Después tamborileó los dedos sobre la mesa con una calma inquietante mientras miraba a Elliot con una media sonrisa.

—Eso me gusta. Tienes veneno... aunque sigas siendo una rata de alcantarilla. Pero escucha bien: si vuelves a cruzarte en mi camino, no quedará de ti ni lo suficiente para que las ratas puedan roerte.

Sin esperar respuesta, Corvinus se levantó, se alisó la túnica y regresó junto a sus secuaces. Solo entonces Elliot se dio cuenta de que había estado apretando el cuchillo de mantequilla con tanta fuerza que le dolía la mano.

Alzó la vista hacia Katherine, que ya lo estaba mirando, y durante un breve instante, Elliot vio que su máscara de hielo se había desvanecido. Fue apenas un destello; un abrir y cerrar de ojos. Después, su rostro recuperó la serenidad de siempre, impasible e inescrutable.

Elliot tragó saliva. Más allá de Katherine, en la mesa de Hufflepuff, Amaia también lo observaba. Tenía los ojos muy abiertos; había presenciado toda la escena. Inclinó ligeramente la cabeza, preguntándole en silencio qué había pasado. Elliot negó despacio con la cabeza. Después bajó la mirada.

¡Maldita sea! ¿Y si me equivoqué viniendo aquí? ¿Y si Hogwarts no es más que un centro de menores con túnicas caras y varitas?

8 de julio de 2026

Enrique Vallés Balaguer

Contar respiraciones

01

Capitulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capitulo 2

Tres latidos

03

Capitulo 3

El precio de la magia

04

Capitulo 4

El peso de la bolsa

05

Capitulo 5

Un día prestado

06

Capitulo 6

El peso del mundo

07

Capitulo 7

La promesa

08

Capitulo 8

Entre el 9 y el 10

09

Capítulo 9

El último techo

10

Capítulo 10

Bienvenidos a Hogwarts

11

Capítulo 11

Voces en la noche

12

Capítulo 12

La medida exacta

13

Capítulo 13

Cambio de piel

14

Capítulo 14

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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