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Capítulo 16: Therstral
Capítulo 16: Therstral

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Capítulo 16

Therstral

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Elliot llevaba varios minutos escondido en lo alto de la torre del reloj, encogido entre las columnas y los escalones helados, sin más consuelo que el propio temblor de sus hombros y las manos frías. Desde allí arriba había visto cómo los alumnos entraban de nuevo al castillo para la siguiente clase, pero él no se movió de su sitio. 

Odiaba cada una de las lágrimas que le corrían por las mejillas, pero no podía detenerlas. Alguna puerta dentro de él se había roto, y ahora el dolor se escapaba sin control. Respiraba entrecortadamente y los hombros lo sacudían. No encontraba la fuerza para volver a levantarse, para enfrentarse a otra clase, a otra mirada y a otro susurro. Solo deseaba desaparecer. Si pudiera, se quedaría allí para siempre, en ese rincón olvidado del mundo, donde nadie lo buscara.

A medida que la mañana se acercaba al mediodía, escuchó un susurro diferente. Al abrir los ojos vio un movimiento torpe en la sombra de los escalones. Una figura diminuta, envuelta en lo que parecía un trapo y que caminaba de puntillas, temiendo romper el mundo solo con caminar. La criatura se detuvo, titubeó y luego asomó la cabeza. Unos enormes ojos azules lo miraban con pánico.

Lumi lo observó en silencio. Parecía que quería decir algo, pero no se atrevía. Elliot apretó los labios y se limpió la cara con la manga, furioso por haber sido pillado. 

—¿Qué miras? 

El elfo no contestó. Dio un pasito atrás, como para esfumarse; sin embargo, no se fue. Todo lo contrario; muy despacito, se acercó a la columna donde Elliot estaba acurrucado. Se detuvo a medio metro, con la cabeza gacha.

—¡Vete de una vez! —le espetó Elliot.

—Lumi… no quería molestar. 

—Pues lo haces. ¡Largo!

—Lumi sabe que Elliot está triste.  

El chico apretó los puños; no quería escuchar piedad, y mucho menos compasión. Si había algo peor que ser el hazmerreír de la escuela, era dar lástima. Pero el elfo no se movía, y Elliot se rindió a la resignación. Escondió la cabeza entre las rodillas y, en voz más baja, casi sin fuerzas, repitió: 

—Vete, por favor. 

Lumi dudó unos instantes. Muy lentamente, alargó el brazo y apoyó su mano en el hombro del niño. Al notar el contacto Elliot lloró con más fuerza, aunque no dijo nada. Al ver que el chico no levantaba la cabeza y, más bien al contrario, lloraba aún más, el elfo dio media vuelta y se alejó, arrastrando los pies.

Pasaron los minutos, y cuando el sol llegó a lo más alto y el reloj marcó las doce campanadas del mediodía, Elliot se tranquilizó con la idea de que nadie iría a buscarlo y podría estar a solas. Pero no pasó mucho hasta que escuchó un taconeo subiendo los escalones de la torre. 

Cuando los pasos se detuvieron a su lado, Elliot levantó la vista y vio que era la profesora Honeywick. Llevaba el cabello suelto, algo enmarañado y, aunque estaba rígida con los brazos cruzados, no parecía especialmente enfadada.

—No ha asistido a clase de Transformaciones, señor Carter. No me ha dejado otro remedio que restarle veinte puntos a Hufflepuff. Le aseguro que no les ha hecho ninguna gracia a sus compañeros de Casa. Ni a mí.

Elliot tragó saliva con dificultad. Se pasó la manga por la cara, intentando borrar no solo las lágrimas, sino también el desastre que había dejado atrás. 

—¿Quién le ha dicho que estaba aquí? 

—Tilla —respondió Honeywick, asomándose a la barandilla.

Elliot frunció el ceño, confundido, hasta que la pieza encajó en su mente. Lumi era el único que podía haberse chivado a Tilla.

—Maldito, Lumi —siseó entre dientes, con una rabia sorda que le quemaba las entrañas.

—Cuide ese lenguaje, señor Carter. 

La voz de Honeywick, aunque tranquila, sonó autoritaria. Lo miró fijamente, con una intensidad que lo obligó a bajar los ojos. De pronto, las pupilas de la profesora se detuvieron en sus hombros y sus cejas se arquearon levemente.

—¿Dónde está su túnica, señor Carter? 

Él sintió cómo el calor le subía por el cuello, tiñendo sus mejillas de rojo. No quería confesar lo que Corvinus le había hecho. Las palabras se le atascaron en la garganta, así que solo pudo encogerse de hombros.

La profesora Honeywick, sin embargo, escudriñó su figura hasta detenerse en el espacio vacío donde debería estar el escudo de Hufflepuff en su sudadera. Sus dedos se crisparon levemente alrededor de la barandilla. Desvió la mirada hacia el horizonte, mordiéndose el labio inferior con fuerza. «Solo son niños», se repitió una y otra vez, aunque el esfuerzo por calmarse le costó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Tras un silencio que se hizo demasiado pesado, suspiró.

—Sabe, señor Carter, esta parte del castillo es mi lugar favorito. Desde aquí se ven las montañas, el Bosque Prohibido y el Lago Negro. Pero sobre todo, aquí el aire huele mejor. —Giró ligeramente la cabeza hacia él, con una sonrisa pequeña pero sincera—. ¿Lo nota, señor Carter? Respire. Respire hondo. A veces, el mundo parece menos pesado cuando recordamos que hay cosas más grandes que nosotros.

Por un instante, Elliot llegó a creer que la profesora Honeywick carecía por completo de empatía.

—¡Oh, mire ahí, señor Carter! —exclamó de pronto, señalando hacia el cielo con un entusiasmo que le sonó forzado—. ¿Ve esos animales? ¡Qué hermosos son!

Elliot alzó la cabeza con desgana, siguiendo la dirección de su dedo. Allí, recortadas contra el cielo plomizo, había unas criaturas que más bien parecían sacadas de una pesadilla: caballos negros, alados, de aspecto escuálido y melancólico. «Hermosos» no era la palabra que él habría usado.

—Sí, por supuesto que los veo. Aunque, la verdad, no tengo ni idea de qué son.

Thestrals —dijo Honeywick, girando lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos, antes perdidos en el paisaje, ahora lo escudriñaban con una intensidad que lo hizo sentir incómodo—. ¿Puede verlos de verdad, señor Carter?

La pregunta lo tomó por sorpresa. 

—Sí, sí, claro que los veo. No estoy ciego.

La profesora lo miró fijamente durante unos segundos. Luego, sin decir nada, se sentó enfrente de él. Elliot apartó la mirada y escondió la cara entre sus rodillas.

—No debería haber venido. No soy un buen mago, ni lo seré. El profesor Nott tiene razón, no conseguiré seguir el ritmo. He pensado que sería mejor marcharme. 

—No se crea tan especial, señor Carter. 

Aquella respuesta lo pilló por sorpresa. 

—Eh… ¿Cómo?

—Cada niño que pisa estos pasillos ha sentido en algún momento que no está a la altura. 

Elliot negó con la cabeza.

—No es lo mismo. Ellos han estudiado antes de venir aquí. Tienen padres y hermanos que les han enseñado y apoyado siempre. Yo… yo no tengo nada ni a nadie.

Se quedó callado. Por un momento, estuvo a punto de nombrar a Mara, pero algo le dijo que mejor era callarse. 

—Ya le dije que hoy sería un día difícil. 

—¿Por qué no me deja solo?

—Sinceramente, señor Carter, me tiene desconcertada. La primera noche, cuando lo vi pasear por los pasillos a altas horas, tuve la impresión de que era un niño descarado. Incluso, cuando vino corriendo Peeves a buscarme estaba asombrado. A ver… ¿Cuáles fueron sus palabras exactas?

Mientras la profesora intentaba recordar, Elliot desvió la mirada y frunció el ceño.

Así que fue Peeves el que se chivó. Maldito poltergeist.

—¡Ah, sí! —exclamó de pronto Honeywick—. «Profesora, hay un alumno de primer año que no ha tenido la gentileza de asustarse cuando he gritado a pleno pulmón: “Alumno fuera de la cama”. Ha de darle un escarmiento, profesora. ¿Cómo se atreve un renacuajo de primer año a ignorarme? Si no lo vigilan se convertirá en uno de mis estudiantes preferidos. ¿Tal vez sea el heredero de los gemelos Weasley?». 

La profesora esperaba que aquello significara algo para el chico; sin embargo, él se quedó mirándola sin comprender.

—Verá, los gemelos Weasley fueron unos estudiantes bastante… traviesos. —Viendo que Elliot seguía sin comprender, añadió:— Digamos que son palabras mayores para Peeves. Por eso pensé que sería más valiente de lo que está demostrando hoy.

El chico levantó la cabeza y la miró a los ojos fijamente.

—¡No soy ningún cobarde! Solo que… Todo el mundo me señala al pasar, susurran… No me gusta sentirme tan diferente. 

—Entonces, deje de rendirse. Levante la cabeza y demuestre que no le importa lo que piensen los demás. Ni el profesor Nott, ni el resto de estudiantes, ni siquiera yo. Si aguantó todo lo que la vida le arrojó antes de llegar aquí… ¿De verdad cree que unos niños mimados de Hogwarts van a poder con usted?

Elliot la miró con los ojos muy abiertos. No era el tipo de palabras que esperaba oír de una profesora… y mucho menos de ella. Por un instante, algo dentro de él comenzó a arder. De pronto, la profesora se enderezó.

—Y ahora, levante ese trasero de una vez y demuéstrese a sí mismo, señor Carter, que puede hacerlo.

Él se quedó sentado, mirándola con el ceño fruncido. Había en la profesora una mezcla de amabilidad y reto que no llegaba a comprender del todo, y ni siquiera sabía si le gustaba, pero que sentía que funcionaba. 

—¿Por qué hace esto? ¿Por qué me ayuda? 

—Ya le dije anoche que usted me recuerda a alguien que conocí hace mucho tiempo. Ella se quedó huérfana de niña y, como usted, pensó que no encajaba en Hogwarts. Pero alguien la ayudó. Y yo quiero ser ese alguien para usted.

Elliot no comprendió a quién se refería, ni de qué le estaba hablando. No le importaba aquella historia. No obstante, siguió sentado sin saber qué hacer.

—Ya verá, señor Carter. Solo ha de aguantar el chaparrón unos días. Dentro de nada, la gente se olvidará de todo. Además, encontrará amigos; amigos de verdad que no lo juzgarán por sus capacidades, sino por lo que es.

Honeywick fue paciente y se quedó de pie, esperando a que Elliot se levantara. Cuando vio que el niño seguía quieto, le tendió la mano. 

—Venga. Nos espera el almuerzo, y le aseguro que Tilla ha preparado algo para usted. Si no baja, Tilla se volverá a enojar con usted.

El chico miró la mano que la profesora le tendía, pero en realidad no la veía. Sus ojos estaban fijos en el vacío, mientras las palabras de Honeywick resonaban en su mente. De pronto, su memoria lo arrastró a otro lugar, a otro tiempo: los días de lluvia en Londres, rebuscando entre contenedores en busca de algo comestible; las noches en que él y Mara se escondían cuando Helene volvía dando tumbos por la acera; aquella horrible noche en que... Y entonces, como un relámpago, lo vio claro.

¿Cómo me he dejado llevar así?

Una risa amarga le subió por la garganta y el peso que tenía en los hombros desapareció. 

¿En serio he llorado por esto? Si sobreviví a todo aquello, ¿van a poder conmigo cuatro niños pijos con un palo en la mano? Vale, no sé leer ni conozco hechizos, pero sé quién soy y, además, sé muy bien a qué he venido. 

Su mirada cambió. Con un gesto decidido, tomó la mano de Honeywick y sintió cómo los dedos de la profesora se cerraban alrededor de los suyos con un apretón firme. Se limpió la cara con el dorso de la mano. Alzó la vista hacia el horizonte y, por primera vez desde que había subido, se fijó en el paisaje que se extendía ante él, vasto y deslumbrante: las montañas recortadas contra el cielo, el Bosque Prohibido, el Lago Negro brillando bajo la luz del mediodía. Y, a lo lejos, los thestrals volaban en manada alrededor del lago. Tuvo que admitir que la profesora Honeywick tenía razón; aquellos animales eran hermosos.


───────── ✧ ─────────


Elliot entró al Gran Comedor junto a la profesora Honeywick. Al principio, solo algunos alumnos desperdigados entre las mesas fueron conscientes de su entrada. Un susurro bastó para propagar la noticia entre las cuatro casas, saltando de mesa en mesa antes de que la cuchara rozara el primer plato. Pronto, todas las cabezas se giraron hacia él.

Las mesas enmudecían a su paso. Algunos lo miraron con sorpresa; sin embargo, poco a poco aparecieron las muecas apenas disimuladas, los codazos discretos, los murmullos y las risitas. El sonido propio de los rumores frescos en un colegio. El aire mismo parecía espesarse, cargado de una curiosidad morbosa que lo envolvía como una red. 

Elliot agachó la cabeza y apretó el paso, pues cada segundo en ese pasillo interminable lo exponía más. Una parte de él anhelaba desaparecer, fundirse con las sombras, volverse invisible. No obstante, la profesora Honeywick le murmuró, sin mover apenas los labios: 

—Cabeza alta, señor Carter. 

Elliot levantó la mirada y asintió mientras apretaba los puños. Honeywick se alejó con su habitual elegancia hacia la mesa de profesores. Él, en cambio, se obligó a girar hacia la mesa de Hufflepuff. Allí estaba Amaia, sentada al borde y, a su lado, Katherine repasaba una página de «El Profeta» con el mismo escepticismo de siempre.

Al verlo acercarse, Amaia le hizo una seña tímida con la mano, señalando el banco vacío frente a ellas. Sus dedos temblaron ligeramente, pero su sonrisa era sincera. Katherine, por contra, alzó la vista brevemente, lo recorrió de arriba abajo con una mirada fría y calculadora y, finalmente, volvió a centrarse en el periódico. El chico se detuvo frente a ellas, inmóvil, con las manos apretadas a los lados y la garganta seca. 

—Esto… ¿Puedo sentarme aquí?

—¡Claro! Por supuesto. ¿A que sí, Katherine?

Katherine solo le dedicó cinco segundos de su atención. Luego, sin pronunciar una sola palabra o dedicarle un mínimo gesto, volvió a sumergirse en las páginas del periódico. Elliot no supo interpretarlo, pero se sentó igualmente. 

—¿Estás bien? Pensábamos que te habrían castigado o algo peor. 

Elliot se encogió de hombros, sin saber muy bien qué decir. Se hizo un silencio incómodo, pero no se alargó mucho. Con un movimiento brusco, Katherine dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa con un golpe seco. 

—Más bien creíamos que te habías rajado. Vamos, no me extrañaría que hubieras huido con el rabo entre las piernas.

—¡Katherine! —exclamó Amaia dándole un ligero golpe con el codo.

—¡Yo no huyo! 

Katherine lo miró a los ojos sin disminuir la intensidad.

—¿Ah, no? No es esa la impresión que has dado cuando has salido corriendo de clase.

—No seas cruel, Katherine.

—No estoy siendo cruel, simplemente digo lo que ha pasado.

—Necesitaba estar un momento a solas.

—Bien, Carter. Espero que… —comenzó Katherine, con un tono que sugería que no había terminado de hablar, pero no llegó a completar la frase.

—¡Eh, tú! —dijo Conrad con desdén, levantándose y acercándose al trío—. El analfabeto. —Los alumnos de Hufflepuff, Gryffindor y Ravenclaw que estaban cerca se giraron para cotillear—. Hemos perdido otros veinte puntos por tu culpa. Ya te habíamos advertido que…

—¿Y tú quién eres? —lo interrumpió Katherine, mirándolo de arriba abajo con una expresión que mezclaba desdén y una furia tan impertinente que no necesitaba palabras para insultarlo. 

—Eh… —Conrad la miró desconcertado ante la impertinencia de aquella niña—. Conrad Wish. Soy el prefecto… 

—Pues bien, Wish. No pintas nada aquí. Largo. Vuelve con tus especímenes, que aquí no se te ha perdido nada. 

Katherine se giró de nuevo hacia Elliot, sin esperar que contestara Conrad. Este se quedó tan asombrado que no supo qué hacer. Finalmente, se dio la vuelta y volvió a su sitio mientras se rascaba la cabeza.

—Idiota —masculló Katherine entre dientes.

Amaia la miraba con los ojos abiertos y dirigió una mirada cómplice a Elliot intentando esconder su sonrisa.

—Bien, Carter. Espero que no vuelvas a huir. Puedo soportar que no seas capaz de leer, pero no soporto a los miedicas. ¿Entendido?

—Eh… Sí, sí, claro.

Katherine clavó sus ojos en los de Elliot unos segundos antes de volver a sumergirse en el periódico. En cambio, Amaia sonreía contenta de tenerlo de nuevo entre ellas. 

—Veo que has llegado con la profesora Honeywick —preguntó—. ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha amonestado?

—No. Me va a dar clases particulares. 

Amaia le ofreció una rebanada de pan con mantequilla. Elliot la aceptó y, al dar el primer mordisco, se dio cuenta de que estaba muerto de hambre. Estaba a punto de preguntarles a sus amigas cómo había ido la clase de Transformaciones, cuando Lumi apareció de repente en la mesa, dándoles un buen susto a los tres.

—¡Lumi! —exclamó Elliot, llevándose una mano al pecho. 

El pequeño elfo doméstico lo miraba con sus ojos redondos y brillantes, llenos de una preocupación que parecía genuina.

—¡Oh, Lumi lo siente mucho! Lumi no quería asustar a Elliot. 

—No, no pasa nada, Lumi. Además, quería disculparme contigo.

—¿Tú, Elliot? ¿Tú querías disculparte con Lumi?

—Claro, Lumi. Siento lo de antes. No era mi intención faltarte al respeto. Es solo que… me pillaste en un mal momento. —Suspiró—. Pero eso no es excusa. No debería haberte hablado así.

Elliot se giró un momento y miró a sus amigas. Amaia estaba con los ojos abiertos mirando a Lumi, sin entender qué era, y Katherine miraba a Elliot con una ceja levantada. Lumi al verlas, se escondió detrás de Elliot.

—Oh, Lumi. Perdona, no te he presentado a mis amigas. Amaia, Katherine, os presento a Lumi, mi amigo.

—¿¡Amigo!? —gritó el elfo asombrado.

—¿Amigo? —dijo Katherine con los ojos abiertos. Fue una de esas pocas veces en las que Elliot vio que la cara de Katherine podía expresar algo más que indiferencia.

—¿Qué… qué se supone que eres? —dijo Amaia con cara de susto.

—Un elfo doméstico, Moore —le explicó Katherine que seguía sin salir de su asombro.

—¿Lumi amigo de Elliot?

—Claro que eres mi amigo… —empezó a contestar Elliot cuando se vio interrumpido por la aparición de Tilla.

—¡Serás inútil, Lumi! —le gritó la elfina—. No puedes aparecerte así como así delante de los alumnos.

—Lumi lo siente.

El elfo se volvió a esconder detrás de Elliot. Tilla mantenía la misma pose que esa mañana, cuando a Elliot le costaba levantarse: brazos cruzados, un dedo dando golpecitos en el antebrazo y un pie golpeando la mesa con un ritmo nervioso.

—Hola, Tilla —la saludó Elliot—. No te enfades con Lumi. En realidad, tú acabas de hacer lo mismo.

—Claro que lo he hecho. ¿Cómo si no voy a enseñarle a este zopenco cómo se hacen las cosas? Si no llego a venir aquí, este vago se pasa el almuerzo con ustedes y no los deja en paz.

—No nos molestaba —dijo Amaia.

—Oh, usted es demasiado buena, señorita. Pero una buena regañina a tiempo enseña mejor que unas palmaditas en la espalda.

Elliot intentó calmar a la elfina.

—Bueno, bueno, Tilla. No lo atosigues demasiado. Solo ha venido a saludar.

—Mmm… Bien, señorito Carter. Veo que ya está mejor. Me alegro. —Tilla dio un chasquido con los dedos y apareció enfrente de Elliot un plato de sopa y otro con patatas, un huevo y carne asada—. Aquí tiene el almuerzo; lo he preparado especialmente para usted. Espero que se lo coma todo; está demasiado flacucho y necesita comer.

El chico abrió los ojos asombrado por aquella comida. No entendía por qué aquella elfina se había tomado tantas molestias con él, si siempre estaba regañándolo.

—¡Oh, Tilla! Muchas gracias, no tenías por qué…

La elfina se acercó, puso un brazo en jarra y, con la otra mano, lo señaló mientras recalcaba:

—Si quiere darme las gracias, señorito Carter, obedezca a mi ama en todo y no le dé más trabajo del que ya tiene. ¿Entendido?

—¡A sus órdenes, mi capitán! —bromeó Elliot mientras hacía un saludo militar.

Amaia tuvo que morderse los labios para no reír al ver la cara de indignación de Tilla.

—Muy gracioso, señorito Carter, muy gracioso.

—Espero no te hayas enfadado, Tilla, solo era una broma.

—No me enfado tan fácilmente, señorito. Pero óigame bien, si le veo holgazanear por ahí, le pongo a limpiar toda la platería de Hogwarts con un cepillo de dientes. ¿Entendido?

—Pero, ¿qué os ha dado a todo el mundo con los cepillos de dientes?

—¿Entendido, señorito Carter?

—Sí, sí, entendido.

—Bien. Ahora, coma, señorito. Le vendrá bien.

Elliot dio un sorbo a la sopa por cortesía.

—¡Esto está buenísimo! Creo que nunca he comido nada tan rico. Gracias, Tilla.

—Me alegro de que le… —Los ojos de Tilla se abrieron al ver el pecho de Elliot—.  ¿Y el escudo de Hufflepuff?

El chico cerró los ojos y suspiró. No tenía ninguna gana de revivir aquello, pero sobre todo acababa de recordar que Tilla le había dicho que se había pasado toda la noche cosiendo aquel escudo.

—¡Animales! —exclamó la elfina mientras daba vueltas y gritaba con todas sus fuerzas a todos los alumnos. Algunos de ellos se giraron y la miraron desconcertados—. ¡No sois niños, sois animales! ¡Y mi pobre ama tiene que aguantaros todos los días! Pobrecita, mi querida ama. 

—Lo… lo siento, Tilla —logró balbucear Elliot—. Yo…

Tilla se dio la vuelta y miró a Elliot. Su rostro se relajó y le sonrió:

—No se preocupe, señorito Carter. Esta noche lo volveré a bordar. —Se acercó más y le susurró al oído—. Pero la próxima vez hágale un hechizo reductor de mi parte al animal que intente deshacerlo de nuevo. ¿Entendido?

Antes de que Elliot pudiera reaccionar, Tilla dio media vuelta con un movimiento enérgico, dirigiéndose a Lumi con un gesto autoritario:

—Venga, Lumi. Dejemos a los niños descansar.

Y con un chasquido, ambos desaparecieron, dejando a Elliot con una sonrisa involuntaria asomando en sus labios.

—Carter, eres el tipo más raro que he conocido nunca —soltó Katherine mirándolo tan fríamente como siempre—. Mira qué hacerte amigo de unos simples elfos domésticos.

—¿Qué? —dijo Elliot, sorprendido.

—Eso, ¿qué pasa? —le apoyó Amaia, igual de confusa.

Katherine negó con la cabeza y puso los ojos en blanco. Elliot se encogió de hombros mientras colocaba su plato en el centro de la mesa para compartirlo con sus amigas. Luego, les explicó lo que había pasado el día anterior en el despacho de McGonagall.


───────── ✧ ─────────


Mientras Elliot se llevaba la cuchara a la boca con movimientos mecánicos, notó cómo algunas miradas seguían clavadas en él, cargadas de una hostilidad que no necesitaba palabras para hacerse evidente. Intentó ignorarlas, aunque era difícil cuando el peso de todos esos ojos lo convertía en el centro de un escenario que no había elegido. Sus pupilas recorrieron el Gran Comedor, buscando sin querer un respiro, hasta detenerse en la mesa de Slytherin.

Allí estaba Julius. Estaba sentado completamente solo, con varios asientos vacíos a su alrededor. Sus ojos estaban fijos en el plato y parecía no disfrutar ni participar de nada. Solo estaba allí, como un autómata programado para pasar desapercibido.

Y sin embargo, no lo lograba. Porque, igual que con Elliot, los murmullos lo seguían. Los alumnos más cercanos lo observaban de reojo, como si temieran que, en cualquier momento, Julius pudiera levantarse de un salto y desatar algo que nadie quería presenciar. 

—¿Quién es ese? —preguntó a sus amigas.

Amaia y Katherine levantaron la vista, siguiendo la dirección de su mirada. 

—Es Julius Rowle —respondió Katherine—. De Slytherin. Cuarto año.

—Da… miedo —murmuró Amaia. 

—Pues esta mañana le plantó cara a Corvinus —dijo Elliot, con un dejo de admiración en la voz que no pudo ocultar.

—¿En serio? 

—Mmm... —Katherine se quedó pensativa—. Eso va a ser un problema para él.

—¡Claro que está en problemas! —exclamó Amaia.

—No me has entendido, Moore. Va a ser un problema muy gordo porque comparte cuarto con Corvinus.

Elliot y Amaia se quedaron mirando a Katherine con horror. Elliot sintió que un escalofrío le recorría la espalda. No podía ni imaginar compartir el mismo espacio que Corvinus, día tras día, noche tras noche. Sería como vivir dentro de su peor pesadilla. 

—¿Pero quién tenemos aquí? 

La voz de Corvinus cortó el aire demasiado cerca. Elliot no necesitó girarse para saber que estaba justo a su lado, plantado con su arrogancia. Esta vez, sus dos secuaces no lo acompañaban. Y, de algún modo, eso lo hacía aún más peligroso.

—¡Pero si es nuestro querido ratoncito asustado! 

El efecto fue inmediato. Una ola de risas estalló en el comedor, no solo desde la mesa de Slytherin, sino también de algunos Gryffindor, Ravenclaw e incluso de Hufflepuff. Elliot sintió cómo el calor le subía por el cuello.

—Creía haberte dejado claro que volvieras a tu cloaca, Carter. Hogwarts no es para ti.

Las risas volvieron a estallar, más fuertes esta vez, como una marea que amenazaba con ahogarlo. Elliot sintió cómo el pánico le apretaba el pecho, pero entonces notó cómo Katherine se tensaba, lista para intervenir. Pero esta vez no la dejó.

—¿Por qué no te quedas en la mesa de Slytherin? ¿O es que ni los tuyos te soportan?

El silencio que siguió fue tan espeso que casi se podía tocar. El Gran Comedor entero parecía contener la respiración. Elliot no había planeado decirlo. Las palabras habían salido solas, impulsadas por algo más fuerte que el miedo, el hartazgo. Y ahora, con todos los ojos clavados en él, supo que no había vuelta atrás. Había cruzado una línea; sin embargo, no se arrepentía.

Las palabras de Elliot habían dado en el blanco. Corvinus se tensó como un resorte a punto de soltarse, y su mandíbula se contrajo con fuerza. De pronto, apoyó las manos en la mesa de Hufflepuff, haciendo que los platos y cubiertos vibraran. Se inclinó hacia Elliot, acercando su rostro hasta que su aliento le rozó el oído.

—Me gusta que empieces a sacar tus uñas, Carter. Tienes suerte de que haya profesores en el comedor. Pero la próxima vez que me respondas en ese tono, lo de hoy te parecerá una caricia.

Sus ojos se clavaron en los de Elliot. No había rastro de humanidad en ellos. Elliot sostuvo la mirada con determinación. Temía que notara que sus manos temblaban, pero las apretó sobre la mesa. Corvinus lo estudió durante un segundo eterno. Luego, lentamente, se enderezó. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Creo que, después de todo, puede que todavía me des alguna que otra diversión.

Sin añadir nada más, dio media vuelta y se alejó, dejando atrás un silencio cargado de tensión. El aire parecía más pesado. Y Elliot sintió el peso de su amenaza en todo el cuerpo. 

Miró a sus amigas. Amaia lo miraba preocupada. Katherine parecía orgullosa de él, pero no dijo nada. Sus ojos vagaron por el comedor. El peso de las miradas ajenas seguía ahí, como un eco que no se disipaba. Algunos alumnos parecían sorprendidos, como si aquello no encajara en el guion. Otros seguían cuchicheando tras sus manos, con risitas nerviosas que delataban que ya estaban imaginando el próximo espectáculo. 

Hasta que sus ojos se encontraron con los de Julius. El chico de Slytherin lo miraba desde su mesa, con una intensidad que lo hizo contener el aliento. Elliot no entendió su mirada. Tragó saliva, incómodo, y apartó la mirada rápidamente.

Finalmente, sus ojos se posaron en la mesa de profesores. Allí estaba Honeywick, que lo observaba. Al ver que Elliot se giraba, asintió con la cabeza, pero Elliot notó que también había un dejo de preocupación en sus ojos. Él le sonrió; ella le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo. 

—¿Sabéis qué? —dijo Elliot, bajando la voz para que solo Amaia y Katherine lo oyeran—. Creo que estaba equivocado sobre la profesora Honeywick. No es tan mala profesora como pensaba.

—No está mal —dijo Katherine sin convicción—. Aunque sigo pensando que es algo blandita. 

—Pues, a mí me ha encantado —añadió Amaia entusiasmada—. Acabo de tener clase de Transformaciones con ella. Me ha gustado mucho. Ha sido muy amable y no da tanto miedo como otros profesores.

Elliot no pudo evitar reír, con lo que el nudo de la garganta que tenía desde que se había levantado esa mañana se aflojó un poco más. Por un rato, el mundo se vio reducido a ese rinconcito de la mesa de Hufflepuff junto a sus amigas. 

—Debemos irnos si no queremos llegar tarde a Pociones —dijo Amaia cuando vio la hora. Y, dirigiéndose a Elliot, le dijo—. Si quieres, ahora que eres un Hufflepuff, nos podemos sentar juntos. 

—Gracias —agradeció Elliot, pero añadió con preocupación—. Pero prométeme no hacer estallar la clase. 

—No te preocupes, Carter. He traído una poción para quemaduras. Por si acaso. 

—¡Eh! ¡Que no me va a explotar nada! —exclamó indignada Amaia.

Katherine la ignoró y él se rio de nuevo. Cuando salieron del Gran Comedor, los susurros y las miradas seguían allí, pero Elliot iba con la cabeza alta caminando junto a sus amigas, riendo y charlando como cualquier otro niño más. 

Desde la mesa de profesores, la profesora Honeywick los vio salir y asintió satisfecha.  

27 de agosto de 2026

Enrique Vallés Balaguer

> Parte 1: ¡Corre, Elliot!

Contar respiraciones

01

Capítulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capítulo 2

Tres latidos

03

Capítulo 3

El precio de la magia

04

Capítulo 4

El peso de la bolsa

05

Capítulo 5

Un día prestado

06

Capítulo 6

El peso del mundo

07

Capítulo 7

La promesa

08

Capítulo 8

> Parte 2: Un lugar al que regresar

09

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

10

Capítulo 10

El último techo

11

Capítulo 11

Bienvenidos a Hogwarts

12

Capítulo 12

Mientras Hogwarts duerme

13

Capítulo 13

La medida exacta

14

Capítulo 14

Cambio de piel

15

Capítulo 15

Sin escudo

16

Capítulo 16

Therstral

17

Capítulo 17

A dos metros del suelo

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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