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Parte 2: Un lugar al que regresar

Capítulo 9

Entre el 9 y el 10

Personajes

Personajes que intervienen en el capítulo

Elliot se había prometido no mirar atrás al ir desde el refugio hasta la estación, y lo cumplió. Incluso cuando el eco de una voz conocida —tal vez la de Aristóteles, tal vez la del agente Smith— lo llamó desde la otra acera. Pensó que era una buena señal; había cumplido una promesa; le quedaba otra por delante.

Nada más entrar a la estación de King's Cross, arrugó la nariz; había un olor repulsivo, mezcla de gasolina quemada, cartón mojado pudriéndose en los rincones y del cansancio de siglos arrastrándose entre los andenes, olores característicos de una estación de trenes que Elliot experimentaba por primera vez. Se quedó quieto mirando alrededor, pero solo conseguía ver paraguas por todas partes: abiertos, cerrados, olvidados en los rincones. Miró al techo y retrocedió un paso al ver la altura del edificio. 

—¡Atención, el tren con destino a...!

El megáfono escupió un chirrido agudo que le taladró los oídos. Un móvil estalló con el riff de «Painkiller» a todo volumen, mientras un silbato estridente cortaba el aire como una cuchilla. Dos policías lo empujaron al pasar, golpeándole el hombro sin mirarlo. Detrás, alguien gritó algo ininteligible. Y entonces, el bajo distorsionado de «Angel of Death» le vibró en el pecho cuando un chico se abría paso entre la multitud, arrastrando el sonido a todo volumen. El ruido lo rodeó, lo ahogó, lo aplastó contra el suelo. 

Elliot tragó saliva, apretó los puños y cerró los ojos. Un paso. El corazón le latía en la garganta. Otro. Más fuerte. Y, de pronto, ya no se detuvo. Cada metro hacia los andenes era un golpe de su voluntad contra el mundo. Sus pasos, al principio vacilantes, se volvieron firmes. 

Vio los letreros en lo alto, que eran gigantescos, señalando el «9» y el «10». Parecía que se mirasen con odio desde extremos opuestos. Elliot, aunque no sabía leer muy bien, sí que podía identificar números pequeños y ciertas letras. Al ver aquellos letreros, su corazón empezó a latir un poco más deprisa. Recordaba las palabras de Aristóteles: «El andén 9 y ¾, si existe, debe estar entre los andenes 9 y 10». Nada más llegar allí, buscó el andén. Entre los andenes 9 y 10, había una fila de pilares y el rumor de miles de pasos. Elliot sintió que los pies le sudaban dentro de los zapatos, aunque los dedos se le habían quedado fríos.

Elliot recorrió el pasillo; al principio lo hizo despacio, fingiendo que buscaba un aseo o a un familiar. Luego, cuando notó que una anciana lo seguía con los ojos, aceleró el paso. Al llegar al final, donde el andén 10 moría contra una puerta de emergencia, se quedó plantado. No había ningún 9¾, ni siquiera una placa oxidada con el nombre.

Volvió sobre sus pasos. Miró cada hueco entre los pilares, cada rendija; se pegó al muro palpando la superficie por si alguna piedra cedía bajo los dedos.

Elliot dio otra vuelta entre los andenes 9 y 10. Esta fue peor, porque ahora tenía que esquivar las miradas. Una pareja de policías lo miró de arriba abajo y uno susurró algo al otro; Elliot bajó la cabeza y fingió mirar sus zapatos, pero el color se le subió a las mejillas. Pasó por delante de un puesto de donuts y cogió uno de las muestras. Se lo tragó entero, casi sin saborearlo. Cuando se dio cuenta de que lo había robado, aceleró el paso para alejarse de allí.

Al tercer intento, se sentó en un banco de madera y miró el reloj de la estación. Aún faltaba una hora para el mediodía, pero sentía que el tiempo no le corría a favor. Vio cómo los padres abrazaban a los hijos, los abuelos lloraban de emoción o de rabia.

Pasó por delante de él un limpiador de andenes, calvo y con bigote, con la ropa tan sucia como la suya. Elliot se acercó.

—Disculpe, ¿dónde está el andén 9¾?

El hombre no respondió de inmediato; lo miró con el ceño fruncido. Luego soltó una carcajada fea, de esas que raspan, y dijo:

—¡Venga, fuera de aquí, chaval!

Elliot se mordió la lengua sin atreverse a replicar y se apartó, sintiendo el escozor en los ojos. Caminó sin rumbo por el andén. Vio a un grupo de chicos uniformados, de esos que van a colegios de pago; los siguió con la mirada, pensando si alguno sería también «mago». Pero solo eran niños normales, con padres normales y risas normales. Los vio arrastrando maletas y alguna jaula con gatos y pájaros. Pero ninguno llevaba túnica, ni vio ninguna varita.

Al pasar junto al mural de la cafetería, vio su reflejo en el cristal: ropa demasiado grande, pelo desordenado, ojeras de no dormir y esa expresión de perro abandonado que le juró a Mara no volver a poner. Apartó la vista de inmediato.

Cuando el reloj marcó las 11:30, Elliot caminó hacia la salida de la estación, arrastrando los pies. Al llegar a la puerta giratoria, metió la mano en el bolsillo. Rozó la carta arrugada, el sobre ya sin sello y luego, algo más pequeño, más frío. Lo sacó y lo miró. Era una chapita de metal con un dibujo ya casi borrado de un osito con un gorrito. Se quedó unos segundos allí quieto, mirándola mientras su mente hervía.

Sin decir palabra, Elliot se giró. Volvió a cruzar el vestíbulo, ignoró las miradas y se plantó otra vez entre los andenes 9 y 10. Esta vez se quedó quieto y esperó.


───────── ✧ ─────────


Pasaron minutos, aunque para Elliot parecía que habían pasado horas. Tenía el trasero helado y las piernas entumecidas, pero no se movió. El reloj marcaba que faltaban quince minutos para el mediodía. Durante ese tiempo, nadie le prestó atención.

Entonces vio a un hombre seguido de su hija. No eran muy diferentes al resto de transeúntes; sin embargo, algo llamó la atención de Elliot, aunque no supo qué era. Caminaban juntos como el resto, pero no pegados; la niña iba detrás, dando pequeños pasos con la mirada clavada en el suelo. Cuando se detuvieron frente al poste entre los dos andenes, la niña lo alcanzó y lo miraba sin decir nada mientras su padre miraba su reloj de pulsera. Elliot pudo ver que la niña intentaba hacerse la fuerte sin mucho éxito. El padre miró alrededor y luego se agachó para estar a la altura de su hija.

—¡Amaia, cariño, tengo que irme! Llego tarde al trabajo. Sabes que te echaremos mucho de menos, ¿verdad?

La niña asintió, con los labios apretados. Pero se mantuvo firme.

—Si no lo encuentras, pregunta a un empleado. Seguro que te ayudan.

Le sonrió, pero la sonrisa se quedó solo en sus labios.

—Nos veremos en Navidad.

Amaia volvió a asentir sin despegar los labios. El padre se inclinó y le dio un abrazo rápido y torpe. Luego, con gestos rápidos, le acomodó el abrigo en los hombros, le limpió una mancha invisible en la mejilla y se alejó, mirando el reloj cada tres pasos. La niña se quedó sola con su maleta; quieta, como una farola en medio del andén, mientras el mundo seguía moviéndose a su alrededor. 

Elliot supo, de inmediato, que esa niña estaba allí por lo mismo que él. Nadie que no estuviera fuera de sitio se quedaba tan quieto en un lugar como ese, mirando el vacío entre dos números. Se levantó y se acercó. Cuando estuvo a dos metros, vio que la niña tenía la piel más oscura que cualquier persona que hubiera conocido. El blanco de sus ojos destacaba, dando la sensación de que parecía mirarte dos veces. Dudó antes de hablar, pero no tenía nada que perder.

—Hola. ¿Por casualidad no serás bruja?

La niña lo miró de abajo arriba. Cuando su mirada llegó a los ojos de Elliot, la niña volvió a bajar los suyos. Elliot asintió para sí.

—Me llamo Elliot Bro... Carter, Elliot Carter. Voy a Hogwarts, si es que encuentro el andén.

Elliot esperó con paciencia a que la niña alzara la mirada y contestara. Pero ella seguía allí, inmóvil, con la cabeza agachada y los ojos fijos en sus zapatos. Él tampoco se movió. Cuando Amaia comprendió que él no se movería, la niña negó con la cabeza, apenas un movimiento tímido, casi imperceptible.

—¡Demonios!

Amaia se estremeció y dio un paso atrás. Pero Elliot no lo notó.

—¡Solo quedan poco más de diez minutos! 

Calculaba con la mirada los andenes, las puertas, los guardias. No había tiempo para dudas ni para miedos. Si querían subir a ese tren, tendrían que encontrar la manera. Y rápido.

—Bien, sígueme —dijo Elliot guiándola al mismo rincón donde momentos antes se había escondido—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—A... Amaia Moore.

—Encantado, Amaia. ¿Es tu primer año como yo?

—Sí.

Siguieron caminando en silencio hasta que llegaron al escondite de Elliot.

—Tú, mira por ahí. Yo vigilaré esta parte.

Amaia obedeció sin rechistar. Se quedaron callados, cada uno mirando a su lado. Pero el silencio no tenía cabida allí; el rugido de un tren entrando en el andén se mezclaba con el chirrido agudo de sus frenos, mientras los altavoces escupían avisos entre pitidos estridentes. Las maletas, arrastradas por viajeros, golpeaban el suelo con un clac-clac constante.

De pronto, Amaia le dio dos tímidos golpecitos en el brazo y señaló a una familia que avanzaba por el centro del andén 9. La familia la componían el padre, la madre y dos niños; la pequeña era de la edad de Elliot y Amaia, y el adolescente era dos o tres años mayor. Elliot frunció el ceño y Amaia, viendo su expresión, señaló el carro de maletas que el padre arrastraba, donde una jaula enorme se balanceaba. 

Elliot ya había visto a otras familias con maletas y jaulas con pájaros; no entendía qué tenía de especial aquello. Se rascó la cabeza. No llevaban túnicas, ni varitas, ni gorros, ni varitas; no eran más que una familia normal y corriente. Se encogió de hombros y se volvió para vigilar el andén. Pero Amaia insistió, señalando una y otra vez la jaula. Entonces, Elliot se fijó en el ave y sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Un búho! 

Se golpeó la frente con la mano y de pronto se echó a reír. Amaia lo miró con el ceño fruncido, pero él se rehízo rápidamente y le hizo un gesto a la niña para seguirlos. La familia avanzó decidida hacia un pilar de ladrillos, y entonces, se desvanecieron.

—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Amaia con los ojos fijos en el pilar.

—¿Lo han atravesado?

Los dos niños se miraron. Después volvieron sus miradas al pilar de ladrillos.

—¡Vamos, tenemos que intentarlo! —dijo Elliot, extendiendo la mano hacia ella.

Amaia asintió. Elliot se fijó en que temblaba y que su mirada estaba fija en el pilar, por lo que se le acercó un paso más, le cogió la mano y esperó con paciencia. Ella volvió a tragar saliva.

—¿Estás seguro?

Elliot metió su otra mano en el bolsillo para esconder su propio temblor. Rozó la chapita y la apretó, clavándose en su palma. Entonces, asintió con decisión, esbozando una tímida sonrisa, la misma que usaba con Mara cuando el miedo la amenazaba. Amaia le devolvió el gesto, inspiró hondo y apretó su mano con fuerza.

Caminaron hacia el pilar. Amaia apretó los dedos de Elliot; él notó cómo el pulso le subía por la garganta, rápido y caliente. Cerraron los ojos al rozar la pared. Dieron unos pasos más y... De pronto, oyeron un silbido profundo y un rugido metálico les hizo abrir los ojos, seguido de un golpe de aire caliente que hizo que abrieran los ojos.

El mundo había cambiado. La plataforma era enorme, iluminada por lámparas antiguas y rayos de sol que caían desde un techo de cristal. Todo brillaba, desde las letras doradas del cartel «Andén 9 ¾» hasta el tren rojo y negro que esperaba, humeante, como una bestia dormida. El tren exhalaba un olor a caramelo quemado y tierra mojada. Los gritos de los niños rebotaban en las paredes, mezclados con el croar de sapos y el aleteo seco de las lechuzas. Un hombre con un sombrero verde pasó junto a ellos cargando un baúl que flotaba a medio metro del suelo.

Amaia soltó la mano de Elliot y giró sobre sí misma con la boca abierta.

—¿Esto es de verdad?

Elliot no miró los puestos ni los animales. Había aprendido que la magia no hacía a la gente mejor. Sus ojos fueron directos al reloj de la estación. El tren partía en cinco minutos. Exhaló, largo y lento, y el nudo que llevaba en el pecho desde que entró en la estación se aflojó solo lo justo. 

Avanzaban entre el gentío como dos peces en un río a contracorriente. Amaia miraba a todos lados con los ojos brillantes. En cambio, Elliot buscaba cómo subir al tren.

Un hombre con un carrito de caramelos que, según prometía a gritos, teñían el pelo del color que eligieras.

—¡Azul eléctrico! ¡Rosa chicle! ¡Verde veneno! —vociferaba el hombre, mientras los niños se agolpaban a su alrededor.

Un gato negro asomaba la cabeza desde la capucha de una niña, con los ojos dorados fijos en Elliot. Una abuela de sonrisa pícara deslizaba golosinas en los bolsillos de sus nietos mientras la madre no miraba. Pasó ante ellos una familia —un ejército en miniatura—, cuatro niños vestidos con idénticos abrigos azules —tan brillantes que casi cegaban—, empujados por una madre que vociferaba órdenes como un sargento en plena batalla:

—¡Formación! ¡Que nadie se quede atrás! Los caramelos, después en el tren.

Más allá, un grupo de chicos mayores de risas ruidosas y uniformes impecables se dedicaba a lanzarse ranas vivas de un extremo a otro de la plataforma. Las ranas, increíblemente, aterrizaban con gracia en las manos de sus compañeros, croando con indignación antes de ser devueltas al aire. Nadie, absolutamente nadie, parecía encontrarlo extraño.

El silbato del tren volvió a sonar, agudo y largo. Los niños y adultos empezaron a darse prisa para subir a los vagones, a despedirse y reír y llorar todo al mismo tiempo.

Amaia y Elliot llegaron a la altura del tren. Las puertas estaban abiertas, y los coches parecían largos y brillantes. En cada puerta, un revisor, uniformado y serio, pedía billetes y los marcaba. Amaia se detuvo de golpe.

—¡No lo encuentro! 

Revolvía los bolsillos de su abrigo con las manos nerviosas. Sus dedos se enredaban en la tela.

—¿Qué buscas?

—El billete. No lo... ¡Ah, aquí está!

Sacó el billete, arrugado pero intacto, como un trofeo rescatado del olvido. Era solo un trozo de papel, pero en ese momento, valía más que el oro. Sin embargo, era mucho más de lo que Elliot tenía, porque hasta ese momento Elliot no había pensado en que necesitaría un billete. Clavó los ojos fijos en el billete, y sintió cómo el estómago se le encogía.

—¿Billete?

—Claro.

—¡Maldita sea! No tengo billete.

Amaia lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo que no tienes billete? ¿No te lo han comprado tus padres?

—Eh... No tengo padres.

El silencio que siguió fue bastante incómodo para los dos. Amaia se quedó paralizada, con la boca entreabierta y el billete tembloroso entre los dedos, como si de pronto Elliot se hubiera convertido en algo frágil. Elliot aguantaba su mirada, incómodo.

¡Demonios! ¿Mi tutor no pensó que necesitaría un billete?

El silbido del tren volvió a la vida a Elliot. Esbozó una sonrisa y se encogió de hombros.

—Bueno, no pasa nada. Voy a comprarme un billete —mintió. Luego, señalando el tren con un movimiento de cabeza, añadió—. Sube tú. Pero resérvame sitio, ¿vale?

—¿Seguro?

—Segurísimo. No tardaré.

Amaia asintió. Le entregó el billete al revisor y subió al vagón. 

Él esperó unos minutos hasta verla desaparecer en el vagón. Caminó a lo largo del tren, estudiando cada puerta, cada revisor. Observó cómo los otros niños decían adiós a sus padres. Había adolescentes que se avergonzaban de sus madres, y madres que lloraban como si sus hijos partieran a la guerra. Elliot sintió envidia de verdad.

Llegó al final del tren donde estaba el vagón de equipajes. Había un par de mozos apilando baúles y cajas, pero no parecían muy atentos a lo que pasaba alrededor. Cuando la campana sonó y los revisores empezaron a gritar «última llamada», Elliot vio su oportunidad.

Avanzó pegado al tren, sigiloso como una sombra. Esperó a que los mozos se distrajeran con sus tareas y, en un segundo de descuido, saltó al interior. Cuando estos bajaron y cerraron de golpe, el estruendo del cierre resonó en sus oídos. La oscuridad lo envolvió por completo, espesa y fría, tragándoselo entero.

Elliot se quedó inmóvil, agazapado entre maletas, conteniendo el aliento, mientras el tiempo parecía estirarse. Afuera, los silbatos aullaban y las voces se perdían en la distancia, cada vez más débiles. De pronto, un golpe seco sacudió el suelo bajo sus pies; el temblor le subió por las piernas y el ruido de las ruedas al deslizarse por las vías apagó cualquier otro sonido. Solo entonces, al sentir que ya no había vuelta atrás, soltó el aire de golpe y una sonrisa tímida le asomó en los labios.

Hogwarts, allá voy.

8 de julio de 2026

Enrique Vallés Balaguer

Contar respiraciones

01

Capitulo 1

Dos manzanas asadas

02

Capitulo 2

Tres latidos

03

Capitulo 3

El precio de la magia

04

Capitulo 4

El peso de la bolsa

05

Capitulo 5

Un día prestado

06

Capitulo 6

El peso del mundo

07

Capitulo 7

La promesa

08

Capitulo 8

Entre el 9 y el 10

09

Capítulo 9

El último techo

10

Capítulo 10

Bienvenidos a Hogwarts

11

Capítulo 11

Voces en la noche

12

Capítulo 12

La medida exacta

13

Capítulo 13

Cambio de piel

14

Capítulo 14

¡No te pierdas ni un solo hechizo!

Cada semana, un nuevo capítulo de «Regreso a Hogwarts» cobra vida en la web.

La historia avanza paso a paso, como un viaje que se despliega ante ti: con sus misterios, sus giros y sus momentos de calma antes de la tormenta.

Estoy trabajando constantemente en los siguientes capítulos para que la historia siga creciendo sin perder su ritmo y su esencia.

Puede que, en algunos momentos, necesite una breve pausa antes de continuar el viaje. Si eso ocurre, lo anunciaré con antelación en la página principal.

Hasta entonces… prepara tu varita y acompáñame en esta historia.

La magia acaba de empezar.

Regreso a

Hogwarts

Gracias por estar aquí. Ojalá este rincón consiga que, aunque sea por un momento, vuelvas a sentir cerca la magia de Hogwarts.

© 2026 por Enrique Vallés Balaguer

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